Capítulo 12
Para suerte de Mary Anne, sus padres salían en ese momento del despacho, ella respiró tranquila, no quería volver a estar a solas con ese par de sicópata, mucho menos con ese hombre.
―Nos vamos, Mary Anne ―le comunicó su padre con un dejo de molestia en su voz.
La joven suspiró aliviada.
―Sí, padre.
―Buenas noches ―se despidió lacónico el hombre, sin detenerse en nadie, la madre sólo hizo una venia y Mary Anne, ni siquiera eso. ¿Qué habría pasado en el despacho? El duque jamás se comportaba de esa forma tan maleducada.
En el carruaje nadie hablaba.
―¿Cómo le fue con Higgins? ―preguntó su padre al rato ya sin molestia.
―Mal, padre, su hermana me amenazó y me apretó muy fuerte el brazo, me trató casi de prostituta.
―Esas palabras, hija ―la censuró la madre.
―Bueno, sus padres no lo hicieron mejor ―indicó el hombre.
―¿Qué va a pasar? ―consultó la joven con interés.
―No sé, no sé, tengo muchos negocios con Rodd, eso me podría jugar en contra si resultan ciertos los comentarios acerca de Thomas.
―Padre, estoy segura que sea como sea, Thomas cumplirá su palabra de entregar esas tierras, además, son sólo chismes, debemos esperar a que él vuelva, ¿no le parece?
―Sí, creo que será lo mejor, ¿cuándo vuelve? Yo no tengo idea.
―Pasado mañana, si todo sale bien, podría demorarse uno o dos días, pero no he recibido otra notificación, hasta el momento se sigue manteniendo el día de su regreso.
―En ese caso, esperaremos.
Mary Anne cerró los ojos, estaba segura que Thomas podía arreglar todo, además, debía responderle ciertas cosas, quería saber todo lo de esa mujer y si era cierto que él estaba en buena compañía femenina en Londres.
"Yo le doy el beneficio de la duda, me gustaría que usted hiciera lo mismo". Esas palabras resonaron en la mente de la joven y decidió hacerlo, si él se lo había pedido, por algo sería, si tuviera algo que esconder, no le hubiese dicho nada, además, las cartas y sus detalles... No, no podía engañarla. "Sólo vea como la mira", las palabras que su nana siempre le repetía llegaron a su cabeza como un milagro, sí, él siempre le regalaba sus miradas y en ellas se perdía. No, no dudaría de él. No valía la pena.
Al llegar a la casa, Margarita la esperaba con una grata sorpresa: una nueva carta de Thomas.
Mary Anne casi se la arrebató a su nana y la apretó contra su pecho antes de leerla. Esperaba que no fueran malas nuevas, pero estaba casi segura que no era así. Por lo menos, eso era lo que esperaba.
Se sentó en la cama y abrió el sobre, con emoción y un par de lágrimas amenazando salir de sus ojos.
―¿Qué pasa, niña? ¿Pasó algo malo en esa casa?
―Nana... ni siquiera Thomas me trató de esa manera, me sentí tan... para ellos no soy más que una ramera.
―¡Niña!
―Es verdad, nana, fueron muy duros conmigo, además... estaba la ex prometida de Thomas, ella dice que él todavía está enamorado de ella.
―¿Y usted le creyó?
―No, nana, pero me trataron muy mal. Me dio mucho miedo. Y rabia.
―Niña, no piense en eso, ya pasó, mejor lea la carta de su prometido.
Mary Anne obedeció y sacó la carta del sobre y comenzó a leer.
Querida Mary Anne,
No sabe cuán alegre estoy de pensar en volver a verla antes de lo previsto. Envío mi mensajero delante de mí para anunciar la buena nueva, mañana estaré llegando a la ciudad y anhelo ir a verla en cuanto pise la comarca, espero que usted esté tan ansiosa de verme como yo, aunque deduzco por sus cartas que así es.
Disculpe mi falta de educación de ni siquiera saludar como corresponde, pero la emoción me embarga.
Espero que me espere, no sé a qué hora llegaré, de todos modos, por más que quisiera irme directo a su casa, debo hacer un pequeño trámite antes de pasarme por su hogar.
Sin más, esperando ansioso el día de mañana, se despide afectuosamente,
Thomas Wright.
―¡Va a llegar mañana, nana! ―informó entusiasmada.
―Me alegro, niña, ve que todo va a salir bien.
―Sí, nana, mañana iremos a la escuelita y nos vendremos directo para acá a esperarlo, debe hacer un trámite y luego se viene.
Mary Anne volvió a apretar la carta contra su pecho, era la mejor noticia que había recibido aquel día. Ahora podría dormir tranquila. Higgins y sus pécoras secuaces serían historia.
Por la mañana, la joven amaneció de muy buen humor, la inminente llegada de Thomas la hacía sentir tranquila y feliz, se había apresurado a volver, por ella, de eso estaba segura, su carta, más ansiosa que lo habitual, se lo daba a conocer. Se fue a la escuela; el día parecía más brillante a pesar de estar con negras nubes en el cielo, pero Mary Anne no las veía, para ella todo estaba radiante, tan radiante como ella misma.
Sue Helen fue la primera en saludar a su querida maestra, estaba feliz de volver a clases, eso le dio a la joven un motivo más para estar feliz, no quería que esa niña se perdiera en un campo con todo lo inteligente que era.
Las clases transcurrieron en tranquilidad, los niños hacían sus tareas entusiasmados, no eran muchos, apenas unos diez, pero cada uno de ellos con deseos de salir de la pobreza o de hacer otras cosas más que ver los campos y los animales, trabajando para otros como bestias, con el pago mínimo que daban la mayoría de los hacendados. Y eso si se les pagaba, muchos eran simplemente esclavos, que por un precario alojamiento, debían trabajar de sol a sol. Esas cosas eran las que Mary Anne detestaba de su clase social, a ella no le gustaba que se menospreciara a los demás por no tener un título o dinero, para ella, todos eran seres humanos dignos de respeto.
Al terminar, los niños salieron corriendo cada uno a su casa, Sue Helen se quedó unos minutos con ella, ayudándole a guardar todo y dejar las cosas ordenadas.
―Me alegra mucho que puedas seguir viniendo, Sue Helen, sé que puedes llegar muy lejos.
―Yo no quiero dejar de aprender, tal vez hasta pueda ir a la universidad alguna vez.
―Estoy segura que puedes hacerlo si te lo propones.
―Bueno, eso si mi padre no se opone, a él no le gusta que estudie, él prefiere que me dedique a la cocina y a los animales, ahora tengo que dejar cocinado en la noche para poder venir.
A Mary Anne se le encogió el corazón, no le parecía que una niña de diez años tuviera que trabajar de ese modo, aunque era cierto que las chicas de quince o dieciséis ya estaban casadas, Sue Helen era una niña todavía. No supo qué contestar.
―A mí no me importa hacerlo si puedo venir, me encanta aprender, el otro día me encontré con un caballero que me regaló un libro, una enciclopedia de ciencias.
―¿De verdad?
―Sí, estaba en la librería, en el escaparate, era muy lindo, tenía muchos colores... Él se paró a mi lado y me preguntó si sabía leer, yo le contesté que sí, que quería ser doctora, me tomó de la mano y entramos y me lo regaló.
―¡Vaya!, ese hombre sí era un buen samaritano.
―Ya lo creo, maestra, además me dio dinero.
―¿Dinero?
―Sí, me dio unas cuantas libras, me dijo que era para comprarme lo que hiciera falta para estudiar.
―¿No te pidió nada a cambio?
―No, ni siquiera me quiso decir su nombre cuando se lo pregunté y cuando le dije que no podía pagar eso que estaba haciendo por mí, me respondió que lo único que le interesaba era que luchara por lo que quería, que el día que se enterara que yo había estudiado, estaría pagado.
Mary Anne sonrió y abrazó a la niña.
―¿Te das cuenta? Tienes que luchar, tus sueños se cumplirán, ya lo creo que sí, desde el cielo tu madre te cuida y pone en tu camino a las personas que te ayudarán a conseguirlos.
―Gracias, maestra, si usted no hubiese insistido en que yo estudiara, nunca me hubiera atrevido a decírselo a mi papá.
―Está bien, mi niña, eres tan inteligente que espero puedas seguir estudiando hasta que seas la mejor doctora del mundo.
La niña le agradeció con un beso y se fue a su casa, su padre llegaría y debía tener todo listo, ese era el trato para poder estudiar. Mary Anne suspiró molesta, ese hombre, además de ser un hombre que no valoraba a las mujeres, tenía la mala costumbre de beber en exceso, esperaba que esos niños no pagara las consecuencias de la inconsciencia de su padre.
Margarita y Mary Anne salieron y cuando estaban cerrando, la joven sintió unos pasos detrás de ella, se volteó con algo de susto, nadie andaba por allí, mucho menos después que se habían marchado todos los niños.
―Thomas...
―Me dijeron que aquí podía encontrarla, Mary Anne, ya no podía esperar para verla.
Mary Anne sonrió abiertamente, escuchar esas palabras la ponía feliz y corrió la decena de pasos que los separaban y se lanzó, literalmente, a sus brazos, siendo recibida por el hombre elevándola un poco del suelo y apretándola contra su cuerpo. No se esperaba ese recibimiento, claro, tampoco sabía lo que había pasado en su ausencia.
―Sabía, por sus cartas, que me extrañaba, pero no pensé que tanto ―comentó él después de dejarla en el suelo.
―¡Ay, Thomas! No sabe lo que ha pasado por aquí.
―¿Qué ha pasado, querida? No me diga que el imbécil de su ex novio estuvo molestándola otra vez.
―No, no, ojalá hubiera sido eso, ni siquiera necesito verlo, pero no... No hablemos de cosas malas ―dijo ella y lo miró a los hermosos ojos azules que la contemplaban con preocupación―, cuénteme cómo le fue, ¿pudo solucionar sus asuntos?
―Usted misma lo dijo, querida, no hablemos de cosas malas. Tenía tantas ganas de verla, sentirla.
Thomas acunó su rostro y la besó con tanta pasión contenida como ternura. Ella lo recibió de la misma forma, cada vez más ese hombre se le estaba metiendo en la piel. Él sí que sabía besar.
Sin querer, pensó en lo que le dijo Alexandra, acerca de las compañías femeninas y de su propia relación con él.
―¿Pasó algo, querida? ―le preguntó Thomas al sentirla distraída.
―Thomas, ¿puedo hacerle una pregunta? No piense que desconfío de usted, pero quiero, necesito ―aclaró―, oírlo de sus propios labios.
―Por supuesto, lo que quiera saber ―respondió, la pregunta de sus finanzas, tan temida para él, había llegado antes de lo previsto y por ella, no por su padre, como supuso que sería.
―Usted... ¿usted me engañaría con otras mujeres? ¿Me ha engañado?
Thomas quedó de piedra. Jamás se le pasó por la mente que Mary Anne le preguntara una cosa así, ¿a qué venía eso? ¿Acaso Lady Melanie Dankworth había esparcido algún rumor del cual él no se enteró?
―Mary Anne, ¿a qué se refiere? ¿Alguien le ha dicho algo? ―inquirió con nerviosismo.
―¿Alguien debería hacerlo? ―consultó a su vez con desconfianza.
―¡No! Por supuesto que no, pero no entiendo, yo le dije que no me gusta jugar con las mujeres y es cierto, mucho menos con usted, sabe mis sentimientos y son sinceros, Mary Anne, no podría, aunque quisiera y tuviera la oportunidad, engañarla. ¿Por qué lo pregunta?
―Porque... ―La joven dudó si decirle o no la conversación con Alexandra.
―Alguien le fue con algún cuento, ¿verdad? Y usted lo creyó.
―No, no lo creí, pero...
―Pero qué, Mary Anne, no me gusta esta conversación, algo me esconde y quiero saber qué es, dígame, ¿con quién habló?
―Con Alexandra Remenic.
El rostro moreno de Thomas, se volvió blanco como el papel al escuchar ese nombre. Para él no podía ser cierto que esa mujer se había encontrado con su prometida.
―¿Qué le dijo esa mujer? ―la interrogó luego que volvió en sí.
―Me dijo que ustedes habían estado comprometidos, pero que usted había jugado con ella, luego, al final, usted se había enamorado de ella, pero que lo dejó, que usted la seguía buscando, que seguía enamorado de ella.
―¿Eso le dijo?, ¿de verdad?
―¿Por qué mentiría con algo así?
―Querida ―la apretó contra su cuerpo y le acarició el cabello con suavidad―, esa mujer no es buena, ha hecho mucho daño, no sólo a mí, también a mi familia y allegados.
―Yo sé que esa mujer es mala, se le nota en la cara.
―¿Cómo es que se encontró con ella?
―Es una historia más larga y desagradable.
―Bueno, no hablemos ahora, entonces, vamos a su casa que está a punto de llover y ya le dije que no quiero que se me enferme, menos ahora que falta tan poco para nuestra boda.
Se separaron y recién en ese momento, Thomas se percató de la presencia de Margarita, a unos pasos de ellos.
―Margarita, buenas tardes, ¿cómo está? Deme acá, yo le ayudo.
Le pidió el bolso que llevaba ella y el que debía llevar Mary Anne y las subió a su carruaje, con el que había ido en su busca.
―Supongo que tiene todo listo ―le preguntó a Margarita sentado frente a ella en su barouche.
―Todo listo, ¿de qué? ―preguntó la mujer sorprendida.
―Sus cosas, apenas falta poco más de una semana para que nos casemos con Mary Anne, no creo que quiera esperar hasta última hora para preparar sus cosas para mudarse a nuestra casa.
La mujer miró con el ceño fruncido a su niña, ya le había advertido de rogarle a Thomas el llevarla con ellos tras el matrimonio. La joven levantó los brazos en señal de que ignoraba lo que decía su prometido.
―No me mires a mí, yo no le he dicho nada.
―¿No le dijo el duque que se iría a vivir con nosotros después de mi boda con Mary Anne? Se lo dije luego de mi primer viaje ―explicó Thomas.
―Yo no tenía idea ―contestó Mary Anne.
―Yo menos. Pero no quiero ser una molestia.
―No es ninguna molestia, Margarita, estoy seguro que Mary Anne no sería feliz si está lejos de usted, aunque la pueda visitar cuando quiera, no sería lo mismo. Ella está acostumbrada con usted, es más madre de ella que la misma duquesa ―afirmó con seguridad.
―¡Gracias! ―exclamó feliz Mary Anne dándole a su novio un sonoro beso en la mejilla.
Thomas sonrió poniéndose un poco rojo por la efusividad de su bella prometida.
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Nada más llegar, el duque de Wellingston los esperaba con cara de pocos amigos, le pidió al prometido de su hija hablar en privado, a lo cual el hombre accedió sin dificultad. Después de dar una furtiva mirada sonriente a Mary Anne, desapareció con el padre de su novia en el pasillo que llevaba al despacho.
―Thomas, quiero hablar claro con usted, me han llegado informes, muy confiables, acerca de su situación económica, sé que las cosas no han andado bien para usted últimamente y quiero saber qué va a pasar con mi hija, usted me prometió de dote una buena cantidad de dinero, más los terrenos colindantes...
―Su dinero está asegurado, duque, y respecto a los terrenos colindantes, aquí tengo los documentos de la propiedad, documentos que quedarán en su poder. Sí, las cosas no han marchado bien, pero no estoy en la ruina, a su hija no le faltará nada y cumpliré mis obligaciones para con usted.
―Me interesa saber que mi hija no se va a casar con un don nadie.
―Desde que me ofreció el "trato" ―repuso el hombre molesto― su hija está destinada a casarse con un don nadie, con dinero, pero un don nadie al fin y al cabo, no tengo ni su alcurnia ni su sangre, duque, que no se le olvide y eso no fue impedimento para que me la ofertara.
―Mi hija no es un objeto.
―Seguro estoy de eso, no soy yo quien la trata de ese modo, duque, no soy yo quien está pensando en venderla al mejor postor.
―¿Mi hija le contó de Higgins Cardew?
―¿Higgins Cardew? ―La sorpresa se reflejó en los ojos de Thomas.
―¿No se lo...? ―El duque se dio cuenta en ese momento que había cometido un error al mencionarlo.
―¿Qué me tenía que contar su hija de ese tipo?
―Nada.
―No es nada si usted me lo preguntó al decirle que la vendía al mejor postor. ¿Acaso piensa en vender a su hija a ese hombre?
―Thomas, yo tengo que asegurar el futuro de mi hija.
―El futuro de su hija está seguro conmigo.
―Pero si usted está al borde de la quiebra... ―replicó el duque.
―He salido de peores que esta, recuerde, "suegro", que nací sin nada.
―Pero, Thomas, entiéndame, por favor, yo sólo velo por el bienestar de mi hija.
―¿Bienestar? ¿Con un tipo como Higigns Cardew? Por favor, duque, a ella dígale eso, a ella la puede engañar, que la tiene encerrada aquí como si fuera una rehén, pero no a mí, que conozco más del mundo que usted mismo.
―Higgins Cardew es un buen hombre.
―No, Higgins no es un buen hombre, es un desgraciado y un degenerado, él no distingue hombres de mujeres, incluso, prefiere a los hombres, ¿eso quiere para su hija? ¿Un malnacido que no tiene ninguna moral?
―Prefiero eso a un hombre sin dinero ―afirmó con altanería.
―¿Y me dice que le preocupa su hija?
―Me preocupa, Thomas, más de lo que usted puede imaginar, su futuro económico está dentro de mis preocupaciones, el amor y esas cursilerías son una fantasía femenina que a base de realidad se les pasa, si no es así, entonces, un buen par de azotes y entran en razón. Sin dinero no hay amor que perdure ni felicidad sin preocupaciones.
―Ya veo cómo piensa, duque, pero por el momento no se ocupe en buscar un nuevo comprador, porque los derechos de su hija son míos, yo estoy cumpliendo mi parte del trato, usted debe cumplir la suya y yo no voy a permitir que usted incumpla con su parte.
―Mientras usted no me dé una razón, Thomas, todo queda como antes, pero quiero asegurarme que el dinero que me debe por la dote, me llegue.
―No se preocupe, su dinero está bien resguardado, así como lo de la fiesta y lo que ustedes necesiten; de aquí al matrimonio, con los gastos de Mary Anne, corro yo ―concluyó con decisión.
―Como usted diga.
&&&
Mary Anne, por su parte, acompañó a Margarita a guardar las cosas, se había llevado algunos cuadernos para revisarlos. Los niños no tenían más que dos cuadernos cada uno, por lo que mientras se llevaban uno para hacer tareas, el otro lo llevaba ella para poner las notas. Eran muy precarias las condiciones en las que estudiaban los niños, pero eso a ella no le importaba, el entusiasmo de los niños compensaba cualquier carencia.
―¿Ve, mi niña, que no tenía por qué preocuparse? ―le dijo la mujer al entrar al cuarto.
―Sí, nana ―respondió con una gran sonrisa.
―Ahora va a estar más tranquila, ya no pasará nada, su prometido se encargará de arreglarlo todo.
―Sí, nana, tienes razón, ya no me preocuparé más.
Dejaron todo guardado en el mueble que Mary Anne tenía dispuesto para eso y bajó entusiasmada, quería conversar con Thomas. Antes de salir, hizo un gesto y se golpeó la frente con la mano.
―Las cartas, nana, tengo que entregárselas.
La joven corrió a su escritorio y sacó las cartas que tenía guardadas, se las echó al bolsillo de su delantal de maestra y bajó.
Allí la esperaba Thomas con una radiante expresión, esa niña lo traía de cabeza y no estaba dispuesto a perderla por nadie.
―Mire, aquí están las cartas que le escribí ―le dice ella entregándole las cartas que sacó de su bolsillo.
―Pero estas son mucho más que los días que estuve fuera ―comentó él con una sonrisa.
―Es que creo que escribí más de una diaria.
―Bastante más, tomando en cuenta que usted me envío algunas el otro día.
―Sí ―respondió ella roja como una apetecible manzana para él.
―No sabe cuánto la extrañé. ―La tomó con suavidad de los hombros y la acercó a él, para quedar a centímetros de su boca. Así la podía contemplar a su gusto, ver sus mejillas sonrojadas, sus labios semiabiertos con el deseo de ser besados, sus ojos que despedían fuego e inocencia, su hermoso rostro enmarcado por esos maravillosos bucles que caían deliciosos sobre su frente.
―Y usted no sabe cuánto lo necesité.
Sus pestañas se humedecieron con amargas lágrimas.
―¿Qué pasó en mi ausencia, querida? ¿Qué ocurrió? ―Thomas, preocupado, rodea el rostro de su prometida―. Sé que Higgins Cardew pretende su mano.
―Sí, mi padre... él... Es horroroso él ―terminó ella en un puchero,
Thomas, sin poder evitarlo, sonríe y planta un beso en los labios femeninos mordiéndole el labio inferior con delicadeza, lo que a ella estremeció de pies a cabeza. Él se apartó levemente de ella, mirándola con intensidad.
―Lo siento ―se disculpó él deseando más.
―Thomas... ―Ella no sabía qué decir.
―No dejaré que la casen con nadie más que no sea yo.
―Mi padre dice que usted está en la ruina y que no debería casarme con usted.
―Mis finanzas no están del todo bien, pero el dinero de la dote y la propiedad están protegidas, así como el castillo de la comarca que es mi regalo de bodas para usted. El resto... Bueno, no puedo decir que está tan seguro, las cosas no han ido bien para mí.
―¿Y si mi padre me prohíbe casarme con usted?
―¿Usted no quiere casarse conmigo?
―No es eso, pero si él me lo impide, yo no...
―Si yo no tuviera dinero, si tuviera el justo para vivir, ¿usted seguiría queriendo casarse conmigo?
―Eso no me importaría, pero si fuera así, mi padre me desheredaría y me quitaría el título de condesa. ¿Usted se casaría conmigo si lo está haciendo por eso?
―¿Usted cree que a esta altura de mis sentimientos hacia usted, me importa eso tan banal?
Mary Anne bajó la cara, culpable, todas sus dudas, él las despejaba al instante, era ella quien no confiaba en su prometido, cuando él vivía asegurándole su amor, fidelidad y respeto.
―Sé que usted aún no confía en mí, querida ―le dijo levantando su rostro para mirarla a los ojos―, no la juzgo, después de haber vivido esa horrible experiencia con ese desgraciado, lo entiendo, no debe avergonzarse por sentir inseguridad en mis palabras.
La joven apoyó su cabeza en el pecho masculino y él la abrazó con ternura, le habían hecho mucho daño, pero él sanaría cada herida hasta verla confiada y feliz, como merecía estar.