Capítulo 6

 

 

 

Mary Anne abrió los ojos apenas. Su nana la estaba despertando.

 

―Mi niña, en un rato más viene la modista, debe levantarse.

 

―Ya, nana. Gracias.

 

―Le tengo listo su baño, levántese.

 

Mary Anne se sentó en la cama con pesadez, la que se esfumó en cuanto vio un inmenso ramo de rosas rojas en su velador.

 

―¿Thomas?

 

―Al amanecer llegaron con esto para usted. ―La mujer le regaló una enorme sonrisa. Mary Anne miró la carta que su nana extendió hacia ella. Con manos temblorosas, rompió el sello y la abrió. Leyó en voz alta.

 

 

 

Querida Mary Anne:

 

Tal como usted solicitó, le envío las rosas rojas que me hacen recordar a usted, porque su rostro, como una flor, se torna rojo cada vez que la miro.

 

No sabe cuánto deseo verla, tomarla en mis brazos, besarla de nuevo, sé que no es propio decirle esto en una carta, pero nuestro compromiso me hace sentir que tengo el derecho y privilegio de decirle estas cosas. Cada día me hace necesitarla más. Necesito sus pequeñas manos en las mías, sus ojos con ese brillo tan especial, su boca pequeña, sus palabras, sus caprichos.

 

Excúseme por explayarme de este modo, son los sentimientos que usted despierta en mí, querida, pero ya no diré más, todo lo demás que tengo para decir se lo diré personalmente.

 

Suyo por siempre,

 

 

 

Thomas Wright.

 

 

 

Mary Anne cerró la carta emocionada y miró a su nana. Ésta sonreía feliz por su niña.

 

―¿Lo ve, mi niña? Él está interesado en usted, no es una simple compra como usted pensó al principio.

 

―¿Tú crees que por fin pueda ser feliz?

 

―No lo creo, mi niña, estoy segura, se lo merece y él parece un buen hombre.

 

―Sí, ¿verdad? Él me trata muy bien, es tan diferente a Edward, nana, tan diferente en todo sentido. Al principio, creí que sería malo, que me tocaría sufrir, pero no, nana, no, fue todo lo contrario.

 

―Lo sé, mi niña, lo sé.

 

La mujer se acercó a la joven y le acarició el cabello de forma maternal.

 

―La voy a extrañar mucho cuando se vaya ―dijo con los ojos aguados―, pero sé que estará bien cuidada.

 

―Nana, yo no quiero separarme de ti, ¿qué voy a hacer sola? ―preguntó abrazándose a ella, más que eso, se aferró a su nana a quien amaba tanto.

 

―Pero, niña, usted se va a casar y yo no tengo nada que hacer.

 

―Le diré a Thomas que te llevo conmigo, sé que él no me lo negará.

 

―No, niña, no, eso no ―respondió con firmeza Margarita―, usted no va a hacer eso, puede venir a visitarme cuando quiera. Y ahora, vamos, la voy a bañar que va a llegar la modista y usted ni siquiera ha tomado desayuno.

 

Mary Anne aceptó sin replicar, cuando su nana le hablaba con ese tono de voz, no tenía nada qué hacer, aparte de obedecer.

 

Pero ella estaba de muy buen humor como para molestarse, es más, estaba feliz.

 

 

 

&&&

 

 

 

―Hija, la modista llegó, está en la sala de bordado ―le anunció su madre mientras Mary Anne tomaba desayuno en su habitación.

 

―Gracias, madre, bajo enseguida ―contestó la hija de buen humor, estaba feliz aquel día, Thomas no sólo había cumplido su palabra de enviarle las rosas, sino que también le había escrito una ardorosa carta, casi de amor.

 

Apenas terminó de comer, bajó aprisa la escalera para dirigirse a la salita, allí una mujer tomaba medidas a su madre, para su vestido del matrimonio.

 

―Aquí está, ya llegó la flamante novia.

 

―Un gusto, señorita ―saludo la modista haciendo una pequeña reverencia.

 

―Igualmente ―respondió Mary Anne.

 

―Mientras le tomo las medidas a su madre, puede ver el catálogo que tengo con trajes de novias.

 

―Está bien. ―Mary Anne tomó el folleto de manos de la mujer y se sentó en una silla a mirarlo.

 

Había muchos modelos de vestidos de novia, pero ninguno le parecía lo suficientemente bonito. No estaban a la altura de lo que Thomas esperaría de ella. ¿O sería que ella era demasiado exigente?

 

No dijo nada. Se quedó mirando cada modelo, de uno le gustaba la cola, de otro, el escote, de otro el faldón. Y así. No se decidía por ninguno.

 

―¿Lo vio? ¿Hay algo que le guste? ―le preguntó la mujer a Mary Anne cuando terminó con la madre.

 

―La verdad es que no, no logro decidirme.

 

―Hija, no se vaya a poner exigente para hacerle la vida imposible a su prometido.

 

―No, mamá, lo que pasa es que sé que ninguno de estos le gustará a Thomas, son demasiado pomposos. A él le gustan las cosas más sencillas. Y a mí también.

 

―Ya, entonces, ¿qué quiere? ¿Un vestido de pordiosera?

 

―Por supuesto que no, pero algo menos exagerado que esto. Mamá, no puedo usar una cola de cinco metros. Es ridículo.

 

―Es lo que se usa en Londres y París, señorita, esos trajes son la última tendencia.

 

Mary Anne miró a su madre, era cierto que ella no estaba al tanto de la moda en las grandes ciudades como pudieran estarlo otras chicas de su edad, ella apenas salía a misa y a lo justo y necesario.

 

―Supongo que su novio quiere lo mejor para usted y él sí está acostumbrado a viajar y ver otros lugares, no solo este, además estará toda la comarca y más, amigos de la familia de Sir Thomas, los nuestros, mujeres que estarán al pendiente de su vestido, si se ve pobreza, sabe que hablaran.

 

―Madre, hablarán por sí y por no.

 

―Disculpe que interfiera, pero Milord me pidió expresamente que sólo le ofreciera lo mejor, él no quiere que nadie hable mal de usted, en eso tiene razón su madre, además, es un día especial, ocurre una sola vez en la vida, no puede negarse a usar lo mejor.

 

―¿Qué me aconseja usted? Yo, para ser sincera, no tengo mucha experiencia en vestidos.

 

―Yo le aconsejo, para su cuerpo y su rostro, una mezcla de este ―le dijo la mujer enseñándole el vestido que llevaba la cola de cinco metros― con este. ―Ahora le indicó un el que llevaba el faldón triple, con cascadas y ondas, y un ramo de flores, del mismo género del vestido, en la parte de atrás, del nacimiento de la falda―. Y este escote, le quedaría de maravilla con una gargantilla a tono.

 

―Bueno ―asiente, no muy convencida―, si usted lo dice, yo no sé mucho de esto.

 

―Quedará preciosa, la próxima vez traeré a mi hermana para que le vea el mejor peinado.

 

―Gracias ―contesta aturdida.

 

La mujer se hizo de su cinta de medir y comenzó a trabajar con Mary Anne mientras esta se dejaba hacer. Nunca le habían hecho un traje a medida y no sabía lo complicado que era. Esperaba que todo saliera bien, aunque Thomas parecía un buen hombre y sabía que si no fuera su interés casarse con ella no haría este gasto, no podía quitarse de la mente la afrenta que sufrió cuando Edward la dejó plantada en el altar y no quería que toda esta parafernalia la condujera a una humillación aún mayor.

 

 

 

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Por la tarde, después del té, Mary Anne salió al jardín, quería releer la carta de Thomas a solas, ver cada palabra de nuevo, con esa letra nítida, propia de un hombre sin dobleces. Recordó el beso, ese beso cálido y tierno, no fue brusco, no, al contrario, fue dulce, suave...

 

―Veo que aún lee mi carta. ―Thomas sacó a Mary Anne de su ensoñación y se levantó de un salto―. Lo siento, no quise asustarla.

 

―No, no, no pasa nada ―contestó turbada y roja como las rosas que él había enviado por la mañana.

 

―¿Qué pensaba, Mary Anne? ¿No había podido leer antes mi carta? ―le preguntó acercándose a ella peligrosamente.

 

―No, no es eso... ―Se detuvo, ahora tendría que decirle que la estaba releyendo y él podía pensar cualquier cosa de ella―. Lo que pasa es que esta mañana vino la modista y...

 

―¿Por qué está tan nerviosa, querida? ―la interrogó tomando la pequeña mano de su prometida entre las suyas y mirándola con intensidad.

 

Mary Anne bajó la cara, estaba avergonzada, eso era claro, pero Thomas quería estar seguro de las razones de esa vergüenza, si era por lo que él escribía en su carta o por lo que ella sentía al leerla. No dejaba de mirarla, pero ella miraba el suelo. Él levantó su mano y enredó sus dedos en el cabello de su joven amada, se acercó y la besó en la frente, el estremecimiento, que ella no pudo ocultar, le dieron alas al hombre para dar un paso más. Levantó el bello rostro de la chica y depósito un dulce beso en la boca femenina, ella lo recibió de inmediato abriendo sus labios a él, que la besó suavemente. Esto era especial, tanto tiempo solo y luego, pensando que ya no encontraría una mujer de la cual enamorarse, hace un trato comercial con una distinguida familia, y ahí, en ese lugar, en la mujer que pensó sería déspota y orgullosa, encontró una bella y tierna mujer que lo estaba perturbando.

 

―¿Me va a decir lo que pensaba cuando llegué que se puso tan nerviosa, querida? ―volvió a insistir Thomas, con sus labios casi pegados a los de Mary Anne.

 

―Nada, estaba releyendo su carta... Nada más ―contestó con ganas de volver a ser besada.

 

―Mary Anne... ―atinó a decir él antes de volver a besarla―. Jamás pensé que encontraría lo que tanto buscaba, aquí.

 

―¿Hay algún problema con este lugar? ―preguntó ella confusa.

 

―No es el lugar, Mary Anne, es todo, no se suponía que yo sintiera estas cosas por usted, mucho menos usted por mí, ni siquiera se esperaba que nos llevásemos bien. Pero usted ha trastocado todo mi mundo, me ha volteado del revés, todo lo que creía, todo lo que buscaba de la vida y creí nunca encontrar, estaba aquí. ―Le tomó la cara con ambas manos al decir lo último, indicando, claramente, que era a ella a quien se refería.

 

―Thomas... me... me... confunde... No sé qué decir... Yo... yo creí que... yo creí que usted... que usted me trataba así porque... porque así lo había decidido, pero no porque realmente sintiera su corazón inclinado hacia mi persona ―apenas logró articular la joven.

 

―Cuando llegué aquí, no tenía ni un solo plan de comportarme bien con usted, incluso, al verla, si lo recuerda, fui bastante hosco, más en realidad de lo que pretendía.

 

―Sí, lo recuerdo bien ―Mary Anne intentó apartarse, recordaba a la perfección su comentario acerca de su belleza.

 

―No se me escape, querida. ―La volvió a atraer a su lado―. Si dije lo que dije aquel día, no fue porque lo pensara de verdad, sino que al verla... ―Recorrió con su vista el rostro femenino reteniendo sus facciones en su mente―. Al verla todo mi esquema se derrumbó, desde aquel día no he vuelto a pensar bien. Mucho menos después de ver que no sólo era una cáscara vacía, sino también que era delicada por dentro, mucho más de lo que quiere aparentar.

 

―Yo no quiero ser una frágil mujer ―reclamó ella con un puchero, él sonrió y rozó sus labios con los de ella.

 

―No dije "frágil", dije "delicada", que no es lo mismo, usted no es altanera, ni orgullosa, ni soberbia, es una niña, Mary Anne, sigue siendo una niña en un cuerpo de mujer, y esa mezcla es la que me vuelve loco.

 

Ahora la besó más profundamente, recorriendo su boca sin dejar espacio en ella sin ser besada, intensificando el beso cada vez más, llegando a convertirse en un beso provocativo y sensual.

 

―Thomas... ―Ella lo apartó por las sensaciones nuevas que estaba sintiendo, cosquilleos que jamás había sentido y que dudaba mucho fueran decorosas.

 

―Mary Anne, lo siento ―se disculpó turbado el hombre―, lo siento, no quise faltarle el respeto, excúseme, por favor.

 

Mary Anne se animó a mirarlo, no había sido sólo culpa de él, también ella había propiciado aquello... Y le había gustado. Pero no se lo diría, él pensaría que ella era una casquivana de la peor clase.

 

―No se disculpe, Thomas, está bien, fue algo de ambos.

 

―Pero yo debí detenerme antes, no dejarme llevar así.

 

―Está bien, no pasa nada, ya pasó.

 

Mary Anne, con las mejillas sonrojadas, apoyó su cabeza en el pecho masculino, si no podía sentir sus labios, sentiría latir su corazón, apegada a su pecho, donde se sentía cómoda, protegida y amada. Como siempre se quiso sentir.

 

Thomas, para cambiar el tema y no pensar más en lo recién ocurrido, le levantó la cara y la acunó entre sus manos.

 

―Cuénteme, Mary Anne, ¿cómo le fue con la modista? ¿Cómo la trató?

 

―Bien, bien ―respondió ésta torciendo el gesto.

 

―¿Pasó algo malo? ―preguntó preocupado.

 

―No, no, es que... Me van a hacer un vestido demasiado ostentoso.

 

―Sólo lo que usted se merece.

 

―Sí, pero es demasiado, tiene una cola de cinco metros, ¿lo puede creer? ¡Cinco metros! ―reclamó ella con tono infantil.

 

Él sonrió con ternura.

 

―Es lo que usan las jóvenes en Londres. ¿No le gusta?

 

―No sé, es que es como un poquito mucho ―repuso arrugando la nariz.

 

―Si no le gusta, puede decirlo, debe ser a su gusto, pero si quiere mi opinión, debería dejarlo así, ya sabe, acudirá mucha gente a nuestro matrimonio y no quiero que hablen mal de usted, quiero que la vean regiamente vestida, para que nadie tenga nada que objetar.

 

―Lo mismo me dijo mi mamá y Samantha, la modista.

 

―Tienen razón, aunque si usted no quiere y no le importa lo que vayan a decir, yo no tengo problema.

 

―Bueno, tampoco quiero dejarlo mal a usted.

 

―Por mí no se preocupe, querida, a mí no me afectan las habladurías.

 

―¿No?

 

―No, no dependo de nadie, no me afectan.

 

―Entonces, ¿por qué tanto interés en que yo tengo el mejor vestido de novia?

 

―Primero, porque usted se lo merece y segundo, porque quiero que sea la envidia de todas las demás mujeres, que tengan que tragarse todo lo que han mal hablado de usted. 

 

―¿No que no le importa lo que digan?

 

―De mí, no de mi futura esposa, a usted no la tocan.

 

―¿Y si lo que hablaran fuera verdad?

 

―¿Es verdad?

 

Mary Anne bajó la cara, como cada vez que tocaban ese tema. Thomas ya sabía que esa era su reacción, cerrarse como una ostra a él, por lo que no insistiría, le daría el tiempo y el espacio para sentirse lo suficientemente cómoda con él como para revelar aquel secreto. De una cosa estaba seguro: los hechos de la que se le acusaban podían ser ciertos; el cómo, no. Algo había en la mirada de Mary Anne que le hacía sentir que ella no era la mujerzuela que todos decían, al contrario, era la más pura de las mujeres que había conocido. Una cualquiera sabría lo que sucedía con un beso, su prometida no, ¿acaso ni siquiera la habían besado?

 

―Thomas...

 

―No se preocupe, Mary Anne, algún día usted confiará en mí lo suficiente para contarme, mientras, seguiré pensando que ese hombre mintió al acusarla de una forma tan ruin

 

―¿De verdad piensa así? ―preguntó ella sorprendida

 

―Por supuesto, querida, no encuentro otra explicación a sus reacciones, pero no pensemos en eso, ¿sí? No vale la pena, ahora estamos hablando de su vestido que me encantaría saber cómo es, pero no quiero arruinar nuestro matrimonio, tendré que esperar para verlo el día señalado.

 

―Aún no hemos puesto fecha ―le recordó ella.

 

―Es cierto, querida ―admitió él casi sorprendido, se le había olvidado por completo ese detalle.

 

―Tiene que poner una fecha ―le advirtió ella.

 

―Tenemos, Mary Anne, el matrimonio es de a dos.

 

Ella lo miró con emoción, no la iba a dejar fuera de esto.

 

―Usted ha sido la que no ha querido incluirse en los planes de la boda, siempre he querido incluirla.

 

―A veces usted habla como si yo no existiera ―le reprochó ella.

 

―Lo siento si suena así, estoy acostumbrado a tomar decisiones solo, pero eso no significa que no quiera su opinión.

 

―Usted es muy diferente a los hombres que conozco, a la mayoría les parece que las mujeres somos sólo un adorno.

 

―Para mí, no. Mi madre ha sido un gran ejemplo de mujer esforzada y trabajadora, que no es un simple adorno, como usted dice. Mis hermanas, casi lo mismo, aunque debo confesar que una de ellas se me está escapando de las manos, lo único que le importa es el dinero, las joyas y los muchachos, no le importa con quien se relaciona mientras sea de alcurnia y tenga dinero.

 

―Tal vez la juventud.

 

―No, es la tercera, si fuera la menor, o hubiese sido la mayor que pasó más penalidades con nosotros que las demás, lo entendería, pero ella... ella creo que es la más parecida a mi padre.

 

―¿Su padre es así?

 

―Era. Murió hace mucho tiempo, yo era apenas un niño.

 

―Lo siento.

 

―Gracias, pero yo no lo lamento; aunque yo era muy pequeño, su recuerdo no lo he podido olvidar.

 

―Pero era su padre, debió doler.

 

―No. No después de tener que soportar verlo golpear a mi madre y a dos de mis hermanas; llegaba borracho a casa, después de beberse casi todo el salario, y encima le pegaba a mi madre porque no tenía comida decente. No, Mary Anne, a mi corta edad lo vi un par de veces abusar de mi madre y luego llamarla... ―No continuó la oración―. Esas cosas no se olvidan. Cuando veía esas cosas y no podía hacer nada porque no era más que un crío, me prometí a mí mismo jamás maltratar a una mujer, fuese lo que fuese lo que me hiciera. Cuando mi padre murió, me hice cargo de todo. Pasé a ser el hombre de la casa, no por un título, sino porque en esta sociedad maldita las mujeres no pueden hacer muchas cosas, cosas que les están reservadas a los machos. ―Sonrió con amargura―. Pero fue siempre mi madre la que me guió, a veces yo simplemente ponía mi nombre. Ella me enseñó todo lo que sé de los negocios. La muerte de mi padre fue lo mejor que nos pudo ocurrir como familia, de otro modo, jamás hubiésemos salido de la pobreza.

 

Mary Anne quedó sin palabras, escuchar esa parte de la vida de su prometido fue demasiado revelador, por eso él defendía a las mujeres, no fue él el propiciador del golpe que le dio su padre. Era verdad que no estaba de acuerdo con esa situación.

 

―Como puede darse cuenta, usted está segura conmigo, jamás su padre va a volver a lastimarla. Por lo menos no, mientras yo pueda impedirlo.

 

―Me deja sin palabras, Thomas, jamás me hubiera imaginado que había sufrido tanto, yo... no sé qué decir.

 

―No diga nada, querida, no hay nada qué decir.

 

Mary Anne lo miró directo a los ojos, su mirada era sincera, real. Ahora entendía tantas cosas, él no sólo había sido el proveedor de su familia, también había sido un compañero fiel, un verdadero hijo y hermano amante.

 

―No sabe las ganas que tengo de besarla, Mary Anne.

 

Las manos de Thomas viajaron por propia voluntad al rostro de la joven, acunándola, como le gustaba, y contemplándola con cada vez más cariño, amor o lo que fuera que estaba sintiendo su corazón por esa niña.

 

Mary Anne ofreció sus labios, por primera vez sin pensar en el daño que él le podría hacer, sabía que él no era como Edward. Él no la lastimaría.

 

Entonces, él la besó, con dulzura y pasión. Recorriendo y reconociendo la boca femenina en la suya, esos labios que estaban hechos para él, que los podía disfrutar y saborear como anhelaba. Profundizó el beso y cuando ella le salió al encuentro, sintió que su corazón se saldría de su pecho, ella no sabía besar, se le notaba, pero ahí estaba, queriendo aprender con él, aceptándolo como su maestro, su compañero. Ella elevó sus brazos, los puso alrededor de su cuello y enredó sus dedos en su pelo, haciendo que una corriente eléctrica se deslizara por toda su columna vertebral. Se separó de ella, antes de cometer una estupidez y llegar donde no quería hacerlo, por lo menos, no por el momento.

 

―Mary Anne ―murmuró con voz ronca por el deseo que debía controlar.

 

―Thomas, lo siento...

 

―Como quisiera que el matrimonio fuera lo antes posible ―confesó.

 

―Debemos poner fecha ―le recordó ella tan turbada como él.

 

Él le tomó la mano y la guió hasta un banco cercano.

 

―Tiene razón, usted dirá, cuándo quiere casarse.

 

―En cuanto esté listo mi vestido de novia, antes no puedo. ―Sonrió con dulzura.

 

―En eso tiene razón, ¿cuándo estará listo?

 

―En dos meses, sé que eso es mucho tiempo, pero si no fuera tan aparatoso... ―Su voz sonó a dulce censura.

 

―Créame que en este mismo instante me arrepiento ―respondió con un dulce beso.

 

―Yo le dije ―ironizó con ternura y él no pudo evitar sonreír.

 

―Sí, me lo dijo.

 

Un nuevo beso entre ambos dejó a Thomas sin respiración.

 

―Creo que me estoy enamorando, querida, y no puedo evitarlo.

 

―¿Quisiera evitarlo?

 

―No, no, absolutamente no.

 

―Creo que a mí me está pasando lo mismo.

 

―No sabe cuánto me alegra oír eso, querida, es lo mejor que mis oídos puedan escuchar.

 

Se volvieron a besar, ahora los besos eran más suaves, más delicados.

 

―Será mejor que entremos, querida, hace frío y no quiero que se me enferme antes del matrimonio.

 

―Sí, está helado.

 

Thomas la abrazó por los hombros y ella pasó su brazo por detrás de su espalda y así, abrazados, llegaron al salón del castillo.

 

Ella iba tranquila, las palabras y  la forma de pensar de su prometido, tan diferente a los hombres que ella conocía, incluso a su padre, le hacían pensar que podría ser muy feliz a su lado.