Capítulo 7
Thomas daba vueltas en la cama, pensando en todo aquello que había vivido con Mary Anne aquel día, los besos, su confesión de algo que no hablaba con nadie: su padre. Meditaba en lo que esa niña le provocaba, encendía su pasión, sin olvidar su sentimiento de protección hacia ella, que le impedía dar un paso más. Ella, aunque ya no fuera virgen, merecía su respeto y una noche de bodas especial, tal vez no fuera el primero en su vida, pero sí sería el primero en hacerla sentir amada y no usada.
Pero había un problema mayor que le quitaba el sueño, un problema que debía arreglar lo antes posible. Su hermana Gabriella andaba en malos pasos, tenía un novio nada bueno para ella. Edward. Sí, el mismo Edward que le hizo tanto daño a Mary Anne, y él no podía permitirlo, no permitiría que lastimara a su hermana como había hecho con su prometida, ya suficiente daño había hecho. El problema era que él no quería dar la cara y estaba escondido, se había llevado a su hermana con él, nadie sabía dónde estaban. Él tenía mucha gente buscándolo, su madre estaba angustiada, aunque sabía que su hija no era de los trigos más limpios, pensar que su hija pudiera estar sufriendo por haberse escapado, dejaba a su madre con dolor en el corazón. Mucho más al enterarse el tipo de hombre que estaba con su hermana. Por eso aquella noche del baile llegó su madre y su hermana pequeña, Paulette, a verlo, se suponía que todas llegarían para su compromiso, pero no alcanzaron a llegar, aquel mismo día Gabriella había desaparecido, y mientras su familia estaba preocupada, Edward disfrutaba de la fiesta y acosaba a Mary Anne. ¿Qué clase de vida le esperaba a su hermana con un hombre como ese? Una vida como la que había tenido su madre con su padre. O peor. Mal que mal, su madre siempre fue una mujer fuerte, además que su madre no necesitaba de él para subsistir, en cambio Gabriella era una niña caprichosa que no movía un dedo, que esperaba que todo se lo dieran en bandeja, incluso, él había tenido que llamarle la atención en varias ocasiones a causa de su maltrato con el personal de servicio. Eso era algo que a él le molestaba en exceso, su madre había sido sirvienta en la casa de una familia rica y su trato no siempre fue el mejor. Eso era algo que su hermana sabía, pero no entendía. Ahora, con Edward manteniéndola, tendría que acatar todas sus órdenes, sin derecho a réplica. Y eso no lo permitiría. No. Demasiado había luchado para que nada les faltara, no iba a venir un desgraciado a arrebatarles la felicidad que les correspondía.
Intentó serenarse, la rabia lo consumía por ratos y no podía darse el lujo de no pensar claro, tenía que tener la mente fría para saber qué hacer. ¿Qué era lo que había movido a Edward para enamorar y luego dejar a Mary Anne plantada en el altar? Él no se tragaba la excusa de haberla encontrado con alguien más, si lo estaba, no fue con el consentimiento de su novia. ¿Qué estaba moviéndolo ahora para enamorar a su hermana? ¿Venganza por casarse con quien él repudió? No, a él no le importaba su joven prometida. ¿Dinero? Sí, eso podría ser. Poco después del rompimiento del noviazgo entre Edward y Mary Anne, salió a la luz que la familia Kenningston había quedado en la ruina, sus problemas económicos venían desde antes, entonces... ¿y si Edward lo que busca es el dinero?
Se levantó de la cama y se fue a su despacho a escribir una carta a su tesorero, necesitaba averiguar la condición económica de Edward Manchester. Con esa información a la mano, podría tomar medidas, porque si era así, como él pensaba, entonces la medida que tomaría sería drástica, pero necesaria, aunque en el proceso, él perdiera a Mary Anne...
Cerró los ojos y rogó al cielo que no fuera así, que ella entendiera y aceptara. Cosa difícil, debía arriesgarse si quería salvar a su hermana de un destino doloroso y cruel, pero necesario para quitar la máscara de ese hombre.
La respuesta no se hizo esperar, apenas en un par de días recibió la carta con el informe financiero de la familia Manchester. Vivían de la caridad de la gente sin que estas lo supieran, se invitaban a distintos hogares de la comarca y de eso se alimentaban, lo único que les quedaba era la casa del pueblo, porque el palacete que tenían en Londres, lo habían vendido hacía un tiempo, ya no les quedaban casi animales, habían dejado los necesarios para mantener las apariencias. Ya fuera los que usaban en las cacerías con los demás hombres o los perros de caza y cuidadores de los predios. Nadie, hasta el momento, sabía de la situación de tan distinguida familia, y él no sería quien lo diera a conocer, usaría otra estrategia para recuperar a su hermana.
Aquella tarde, como las otras, fue a ver a Mary Anne, pero su ánimo era distinto, sabía que la decisión que acababa de tomar podía jugarle en contra con su prometida y la boda, pero se arriesgaría, no podía dejar a su hermana en manos de ese monstruo. Y no le importaría el coste si lograba liberarla, haciendo que se desilusionara de él.
―Mary Anne, quiero que me mire a los ojos y me diga que sus palabras, que sus besos, son sinceros. ―Thomas le tomó la cara entre sus manos y la miró suplicante, tenía miedo, no lo podía ocultar y aunque Mary Anne lo notó, no se atrevió a preguntar en ese momento.
―Thomas, usted sabe que mis sentimientos son reales, ¿amor? No podría decir que es eso, porque sería muy precipitado, pero ya se lo he dicho, usted, con sus gestos, sus hermosos detalles, me han ido conquistando cada vez más.
―No quiero perderla, querida, usted está haciendo que mi corazón lata como nunca antes.
―Thomas...
Mary Anne no supo qué decir, estaba extraño.
―Hay cosas en la vida que uno debe hacer, esas cosas traen consecuencias, buenas o malas... pero siempre nuestras decisiones traen consecuencias y mucho me temo que una decisión que acabo de tomar me traiga una mala consecuencia, una consecuencia que no quiero, pero no puedo evitar.
―Thomas, me está asustando.
―Usted no debe tener miedo, soy yo a quien ese sentimiento lo inunda.
―¿Qué pasa?
―Mary Anne...
Thomas abrazó a su prometida con fuerza y con el miedo a flor de piel, sabía que estos podían ser los últimos días que la viera y estuviera con ella. Si ella lo quería dejar después de eso...
&&&
Los días de Mary Anne pasaban entre la modista; las cartas y flores matutinas de Thomas y sus visitas vespertinas. En cambio los de Thomas, pasaban entre noches de casi en vela, escribiendo cartas para su joven amada, arreglando negocios y, cuando lograba dormir, soñaba con el día que su prometida fuera totalmente suya, un sueño que se transformaba en pesadilla cuando ella lo rechazaba por no estar a su altura, por ser un pobre diablo que no merecía su amor, por lo que en realidad, su descanso, no era descanso. Por las mañanas iba a atender sus diferentes asuntos, ver sus campos, atender sus inquilinos y las diferentes empresas que ocupaban su atención. Eso lo hacía hasta cerca de las cuatro de la tarde, hora en que iba a su casa y después de refrescarse, iba al castillo Wellington, a ver a Mary Anne.
―Usted está muy extraño, Thomas, desde hace días que actúa diferente, me gustaría saber qué es lo que ocurre ―le suplicó ella una tarde.
―Desde el primer día usted me dijo que yo era extraño, querida ―le recordó él pensando en aquella cena.
―Es verdad ―contestó sonrojándose―, pero era porque yo tenía una imagen suya que no estaba siendo del todo real, en cambio ahora usted pareciera que tuviera miedo.
Thomas la miró, eso era verdad, no podía fingir frente a ella, pero tampoco podía decir lo que tenía que decir, se sentía en una encrucijada.
―Mary Anne, quiero hacerle una pregunta ―dijo al fin nervioso.
―Claro, dígame.
Thomas rodeó la cara femenina con sus manos y la miró con dulzura y miedo. No sabía muy bien cómo plantear la pregunta. Él, un hombre al que no le temblaba la mano para conseguir lo que quería, que tenía que enfrentarse a diario con hombres sin escrúpulos, que había tenido que luchar con uñas y dientes para llegar a donde estaba, ahora se cohibía frente a esta niña de ojos profundos que al mirarlo lo dejaba sin aliento y con la valentía en los pies.
―Thomas... ―Mary Anne se tomó de las muñecas de su prometido, él se había quedado muy quieto observándola, sin decir nada.
Thomas, como saliendo de un trance, sacudió la cabeza, cerró los ojos y la volvió a mirar.
―Mary Anne...
No, no había caso, no se atrevía a decir nada.
―Por favor, Thomas, me pone nerviosa su silencio. ¿Acaso quiere terminar nuestro compromiso? ―preguntó asustada.
―¡No! No, por supuesto que no, querida, al contrario, temo que sea usted la que no quiera casarse conmigo.
―¿Yo? ¿A qué se refiere? Eso no pasará.
Thomas no pudo evitar besarla con timidez, apenas, solo rozando sus labios, la correspondencia de parte de su niña lo hacían sentir seguridad que lo que ella sentía era verdadero, que no era simplemente por una obligación de compromiso, no, no era así, al contrario, ella respondía a sus besos con la candidez propia de una mujer que está conociendo el amor.
―Mary Anne, si yo no tuviera todo el dinero que tengo, ¿usted se hubiese casado conmigo?
―Si usted no tuviera todo el dinero que tiene... sería usted quien no hubiese querido casarse conmigo, ni siquiera nos hubiésemos conocido.
―Pero si yo un día hubiera aparecido en su casa y le hubiese pedido matrimonio, ¿usted hubiese aceptado?
Mary Anne lo miró, no era su dinero lo que la había enamorado, al contrario, muchas veces hubiese deseado no tener, ni ella el título ni él el dinero, así no tendrían que rendirle cuentas a nadie ni pensar en el qué dirán.
―A mí no me importa el dinero, sé, por experiencia, que es algo que viene y se va, si usted no hubiese tenido dinero y me hubiera cortejado... ―Mary Anne mantuvo su mirada en la del hombre un momento y sonrió con dulce coquetería―. Sí, claro que sí. No es su dinero el que me conquistó, Thomas, usted lo sabe muy bien.
―Mary Anne... ―Thomas ahora la besó de verdad, sabía que cada día que pasaba ella se sentía más atraída hacia él, como él se sentía con ella, aun así, no podía evitar sentir miedo a perderla.
―¿Qué pasa?
―Nada, Mary Anne, nada de lo que usted tenga que preocuparse.
―Me preocupa verlo así.
―No debe hacerlo, todo está bien, solo son miedos propios de un hombre enamorado.
―¿Enamorado?
―Enamorado, Mary Anne, aunque no lo crea.
―¿Lo que me dice es cierto?
―¿Por qué mentiría?
Mary Anne bajó la cabeza, no era que desconfiara de su prometido, no, el problema era que tenía miedo de ser ilusionada y luego abandonada como había hecho Edward. Thomas la dejó bajar su rostro sin soltarla, pero pronto la hizo levantar la cabeza y mirarlo.
―No estoy jugando, querida, lo que siento por usted es verdadero y créame, el miedo que usted tiene a que yo la deje no es nada comparado al mío de que usted lo haga.
―¿Por qué lo haría yo? No tendría sentido.
Él sonrió con amargura y la besó en la frente.
―Tiene razón. No tendría sentido.
&&&
Un mes más tarde, Thomas, tuvo que viajar a Londres, y mientras iba en viaje, recuerda a Mary Anne, había quedado muy triste y sus ojos aguados no los podía borrar de su memoria. Mientras viajaba en su barouche, recordaba cada palabra y gesto de la joven. Cada vez era más obvio que se estaba enamorando de esa niña-mujer que lo enloquecía, con sus pucheros de niña y sus besos de mujer. La recordó cuando la vio por primera vez. Su primera impresión fue pensar que era una chica engreída, pero cuando él le dijo que no era tan desagradable de mirar, ofensa de la que se arrepentiría por siempre, la tristeza que pasó por sus ojos, como un relámpago, le indicó que ella no era así. Y recordó el primer beso entre ellos, ese beso que le indicó a ciencia cierta que algo más se estaba gestando allí.
Despertó con el salto del carro y asomó la cabeza para saber qué ocurría y se dio cuenta que no había sido un salto, sino un brusco detenerse. Otro carruaje, similar al de Thomas, estaba averiado en el camino. Una mujer aguardaba a la orilla del camino, mientras el conductor intentaba arreglar la avería. Thomas se bajó y le ordenó a su chofer que le ayudara al otro hombre, mientras él fue a ver a la mujer que estaba al sol.
―Señora, ¿puedo ayudarla?
―Es usted muy amable, señor...
―Thomas Wright ―respondió con solemnidad.
―Mi nombre es Melanie Dankworth ―informó ella con una cálida y coqueta sonrisa, Thomas se quedó quieto por un minuto, pero luego, guardó las distancias, no quería darle a esa mujer una falsa imagen, se dio cuenta de inmediato que esa mujer era de armas tomar.
―Puede subir a mi barouche, allí estará resguardada del frío ―ofreció Thomas, su carruaje estaba cerrado completamente a causa del viento.
―Es usted todo un caballero, Thomas ―aduló la mujer tomándose del brazo del hombre.
Él se confundió pero la acompañó hasta el carro y la ayudó a subir, él se quedó abajo, dudó por un momento en subir o quedarse, pero pensó que lo más sensato sería ir con los choferes para ver el daño y el tiempo que tardarían en arreglarlo, no confiaba en esa mujer.
―¿Usted no sube, Thomas? ―lo interrumpió ella en sus pensamientos antes que él se diera media vuelta y se alejara.
―No, no, iré a ver si demorarán en el arreglo.
―Vamos, no hay tanto apuro, puede venir conmigo aquí. ―La mujer se acarició el escote y, como sin querer, lo bajó un poco más dejando gran parte de sus senos al descubierto. Eso hizo que Thomas se arrepintiera de haber ofrecido su ayuda, esa mujer no era precisamente una dama y joven no era como para confundir su descaro con inocencia.
Thomas se apartó sin decir nada y se acercó a los hombres que intentaban arreglar el vehículo.
―No, no puedo ―se quejó el otro conductor, tirando unas herramientas al suelo.
―Señor, es imposible, no tiene arreglo, la rueda se quebró y necesitan otra ―informó Markus a su amo.
Thomas miró a su chofer y luego dio un vistazo a su carruaje, ellos podrían enviar ayuda, pero ¿cómo dejar a la mujer sola allí? Aunque así era como estaban antes que ellos llegaran. Tampoco podían llevarla, él ya estaba atrasado para llegar a la ciudad y esto acarrearía más atraso todavía.
―Podemos enviar ayuda ―sugirió finalmente Thomas.
―Se lo agradecería, señor, en realidad, de otro modo, no sé cómo podría hacerlo, no puedo dejar a mi señora aquí sola para ir a buscar ayuda y no podría llevarla conmigo caminando todo el trayecto, queda mucho todavía por andar.
―En cuanto lleguemos al primer pueblo, enviaré ayuda, no se preocupe.
―¿Puedo abusar de su generosidad, milord? ―suplicó el hombrecito apenas Thomas se había vuelto a su carruaje. Thomas, temiendo lo peor, no se volvió, respiró hondo y luego miró de reojo al hombre―. ¿Puede llevar a mi señora y dejarla en el pueblo? No quiero que esté aquí, al frío, seguro tardaré horas en esto y es preferible que me espere en el pueblo, donde podrá descansar.
Thomas asintió con la cabeza, no quería hacerlo, no quería viajar con esa mujer en el mismo carro, pero no se negaría a ayudar a una mujer.
El chofer de Thomas se apresuró y caminó hasta él.
―¿Pasa algo, señor?
―Avísale a la mujer que nos vamos, que la llevaremos hasta el pueblo, yo me iré contigo adelante.
―¿Y eso por qué, señor? Discúlpeme que le diga, pero no sé si eso sea correcto.
―Me parece más incorrecto viajar con ella al interior del carruaje. No quiero acercarme a esa mujer.
Markus no pregunto más, sus razones tendría su señor para tomar esa decisión y él no era nadie para contradecirlo. Después de avisarle a la señora que partirían a buscar ayuda, se sentó al lado de su señor y sonrió con poco disimulo.
―¿Qué pasa, Markus, que te ríes así?
―Ahora entiendo por qué no se quería ir con ella, milord ―terminó en una sonora carcajada cuando ya los caballos galopaban a paso rápido.
Thomas no pudo evitar reír al oír la contagiosa risa de su lacayo.
―Cuéntame lo que pasó, por qué dices eso ―le pidió Thomas.
―Estaba lista y dispuesta esperándolo.
―¿A qué te refieres con eso? ―preguntó alarmado.
―A que se había bajado el escote del vestido y su falda estaba levantada "casualmente", dejando gran parte de sus piernas al descubierto. Su cara de frustración al verme aparecer... Ya quisiera que usted hubiera estado allí para verla.
―Puedo imaginarla ―respondió Thomas―, es una mujer muy descarada.
―No sé si descarada sea la palabra correcta, señor, creo que es mucho más que eso.
―La dejaremos en el pueblo y no volveré a saber de ella.
―Ojalá, señor, esa mujer le podría traer más de un problema con la señorita Mary Anne, ella sí que es una mujer de verdad. Y lo ama.
―Mary Anne es especial ―concordó Thomas― y muy bella, por lo demás.
―Así es, no necesita los artilugios de esta mujer para atraer a un hombre, al contrario, ella es sencilla y transparente.
―A ti siempre te gustó para mí.
―Vi sus ojos, señor, cuando le llevé aquella primera carta el día que usted viajó a ver a su hermana; la decepción, al principio, y la emoción, después, no las pudo ocultar, se le notó a leguas que su carta le dio la esperanza que tanto necesitaba.
―Te entiendo, Markus, desde que la conocí, pude ver en sus ojos todas las emociones que sentía su corazón, ella ha sufrido mucho y aún no cree en la sinceridad de mis palabras. Todavía tiene miedo que la deje plantada en cualquier momento.
―Debe cuidarla, señor, se nota que no es una chica a la que le importe usted sólo por su dinero, incluso, creo que sería mucho más feliz si no estuviera su fortuna de por medio.
―Por eso no quiero nada con esta mujer, aunque Mary Anne no esté presente, le debo fidelidad y respeto y si me iba con esa mujer, no solamente le iba a faltar el respeto, sino que podía ser acusado de serle infiel a mi prometida, cosa que estoy seguro no hubiese sucedido, pero nadie podría asegurar lo contrario si viajamos en el mismo carro, no quiero que nada enturbie esto que siento, aunque después de lo que voy a hacer, supongo que lo que haga para demostrarle mi amor y fidelidad no servirán de nada
―No diga eso, señor, ella no es una chica así, puede que sus padres se opongan al matrimonio, si así lo hacen, estoy seguro que ella luchará por usted, no se quedará sin hacer nada.
―Ojalá, Markus, tengas razón, yo cada día siento más temor a que me deje.
―No lo hará, se ve muy ilusionada con usted.
Thomas asintió con la cabeza, no quería que nada ensombreciera la felicidad que podía conseguir al lado de Mary Anne, mucho menos por una mujer por la que no tenía ningún interés.
Un golpe en el techo del carro les llamó la atención a ambos. La mujer llamaba, ¿necesitaría algo o a "alguien?
Markus detuvo el barouche y se bajó, por órdenes de su amo a ver a la mujer.
―¿Necesita algo, señora?
―¿Por qué Thomas no se vino conmigo? Aquí estaría mucho más cómodo ―preguntó la mujer con gesto altivo.
―Mi amo no suele viajar con mujeres a solas, señora, ya estamos por llegar al pueblo, enviaremos a alguien con la rueda de repuesto y a usted la dejaremos en un hotel para que descanse.
―¿Acaso su amo me tiene miedo?
―No es eso, señora, pero él es un hombre comprometido y si lo ven llegando al pueblo con otra mujer, comenzarán las habladurías y él no quiere que su novia sea lastimada y mucho menos por una mentira o por los chismes.
―Bastante difícil lo veo, esa mujer no es muy decente que digamos, al contrario, su ex prometido por algo la dejó, ¿no? Y todo el mundo sabe por qué.
―Precisamente, señora, él está cansado de los cuentos de viejas que no tienen nada más que hacer, según sus propias palabras. Permiso.
La mujer se puso roja de ira, ella estaba acostumbrada a que los hombres cayeran rendidos a sus pies, hombre en quien ponía sus ojos, hombres que caían en sus redes, y Thomas Wrigth no sería la excepción. Era bien conocido que él tenía más dinero que la misma Reina y no lo iba a dejar escapar. No por nada había montado la escena de la avería del carruaje. No en vano se había enfriado hasta que él apareció en el camino. No. Ese hombre no se le iba a escapar así tan fácil. Haría lo que fuera para sacar a esa Mary Anne del camino y quedarse con él. Thomas Wright sería suyo, aunque fuera lo último que hiciera.
Mientras tanto Thomas interrogaba a su lacayo y amigo acerca de esa mujer.
―Señor, mucho me temo que ella no lo dejará en paz muy fácilmente.
―La dejaremos en un hotel, enviaremos ayuda al hombre del camino y nos marcharemos lo antes posible, no quiero volver a verla ni a tratarla de nuevo.
―Será lo mejor, señor, esa mujer es extraña, algo se trae entre manos, dígame que estoy loco o lo que quiera, pero siento que el accidente de su carruaje fue provocado.
―Es imposible, ni siquiera conozco a esa mujer, ¿la conoces tú?
―No, tal vez de nombre podría conocerla, por las habladurías, una mujer como ella no debe tener muy buena reputación.
―Se llama Melanie Dankworth...
El chofer se puso lívido, pero no dijo nada, simplemente apuró a los caballos como si en eso se le fuera la vida.
―¿Qué pasa, Markus? ¡Ten cuidado! No vamos a quedar varados nosotros ahora.
―Lo siento, señor ―respondió el otro bajando la velocidad.
―¿Qué pasó?
―Nada, señor.
―No me mientas, has oído hablar de ella. Cuéntame, ¿qué dicen las malas lenguas?
―Señor, esa mujer no es buena. Dicen que ha tenido tres maridos, los cuales han muerto en extrañas circunstancias, todos hombres de negocios, quedando ella como única heredera. Además, dicen que ella ha tenido de amantes a múltiples hombres de los que saca todo el dinero que puede, amenazándolos y extorsionándolos, algunos han tenido que dejar que sus aventuras con esa mujer salgan a la luz, porque ya no pueden hacer nada.
Thomas se quedó de piedra, no esperaba eso.
―Y mucho me temo, señor, que como se lo dije antes, esta avería haya sido provocada, ella quiere cazarlo a usted ahora. Incluso ella sabe de la señorita Mary Anne.
―¿Te dijo algo de ella?
―Dijo que ella no era decente, que por algo la había dejado su ex prometido.
―¡Maldición! ―murmuró Thomas molesto―. Pero no te preocupes, en cuanto corra el rumor, no creo que le queden ganas de seguirme.
―Ojalá, señor, eso suceda antes que ella le haga daño a la señorita Mary Anne.
Thomas miró a su cochero con miedo. ¿Sería capaz esa mujer de lastimar a su prometida para sacarla del camino? Esperaba que no, porque si lo hacía, tendría que vérselas con él.