Capítulo 5

 

 

 

―Thomas... ―Ella quiso correr a sus brazos, pero no se sintió capaz, si él la rechazaba por lo que acababa de oír…

 

―Esperaba llegar más temprano, pero el carruaje se averió en el camino, no quise hacerla esperar tanto, lo lamento.

 

Margarita se levantó y salió de allí sin que ninguno de los dos se percatara. Seguían con sus miradas fijas el uno en el otro.

 

―Tome. ―Extendió su mano con el ramo de crisantemos violetas que le llevaba.

 

Mary Anne dio tres pasos y se detuvo, esperaba su reacción, la reacción de rechazo a la que estaba acostumbrada del resto de la gente. Pero no había ni un solo rastro de amenaza en los ojos de Thomas.

 

―Gracias ―respondió ella acercándose un poco más y tomando las flores. Sus ojos brillaban tanto por las lágrimas de hacía un rato, como por el hecho de verlo allí, con ella. Había vuelto. Se aferró a las flores interponiéndolas entre ellos. Thomas la miró un momento, esperaba que ella dijera algo, pero no hablaba, sólo se quedó quieta, con las flores en su pecho parapetándose tras ellas.

 

―Mary Anne. ―Él le quitó las flores de las manos y las colocó en uno de los bancos a su espalda, se volvió hacia su joven prometida y le tomó la mano―. Yo no soy él. Yo no soy como ese infeliz que no tiene respeto ni consideración por una mujer, yo sí lo tengo, especialmente si esa mujer es mi prometida.

 

―Thomas… yo… yo lo siento mucho… yo no quise… ―Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, suplicantes, tristes también.

 

―No se disculpe, no tiene por qué hacerlo, sé perfectamente quién cree que soy.

 

En la mirada de él había cierto dolor que ella no comprendió.

 

―Thomas…, por favor… ―suplicó la joven con miedo en sus ojos.

 

―Mary Anne, no me mire así, se lo ruego, no pasa nada, todo está bien, le doy mi palabra ―concluyó agachándose para besarle el dorso de la mano posesivo, temeroso y con su mirada clavada en los ojos femeninos.

 

Dos lágrimas corrieron rápidas por las mejillas de la joven, Thomas se incorporó y las atrapó justo cuando rodaban por su mentón.

 

―¿Qué pasa Mary Anne? Yo sé que apenas nos conocemos, pero necesito saber qué pasa por su mente, ¿hay algo más que el que su ex prometido la haya dejado en el altar acusándola de haberla encontrado en la cama con otro hombre?

 

Ella negó con la cabeza, bajando la vista.

 

―¿Qué pasa, Mary Anne?

 

―No… no puedo…

 

Ella intentó apartarse de él, pero él la tomó firmemente de los hombros y la atrajo hacia su cuerpo con suavidad.

 

―No se me escape, Mary Anne ―imploró en un susurro―, no debiera decir esto, mucho menos sentirlo…, pero quiero besarla, querida, desde aquella noche, desde aquel baile, quiero recorrer con mis labios su hermosa y apetecible boca. ―Se acercó a ella para rozar sus labios en la comisura de la boca femenina, suave, solo un roce, luego se fue hacia la comisura opuesta y comenzó a besarla, hasta que ya no pudo más y la besó en plena boca, posesivo y dulce, siendo correspondido por su prometida que sintió un estremecimiento y un cosquilleo en su estómago, algo que jamás había sentido.

 

―Thomas… ―Ella intentó apartarse un poco del hombre, no podía entregarse así, no podía volver a ser un juego para nadie ni dejar que él creyera que era una mujer fácil.

 

―No, Mary Anne, no… ―suplicó él en su boca.

 

―Yo no quiero volver a…

 

Él la tomó de la cabeza para atraerla a él y la besó más profundamente quería demostrarle que él era sincero, que estos días lejos de ella se le hicieron eternos, que él no era Edward, que él no la dejaría plantada en el altar. Que la quería y la necesitaba, sobre todo en esos momentos. 

 

Cuando se apartó, ella tenía las mejillas teñidas del rojo que le gustaba tanto y sonrió, pero al ver caer una lágrima por ellas, la besó dulcemente.

 

―No llore, Mary Anne, no pasa nada.

 

―Yo no debí permitir… Lo siento…

 

―Está bien, todo está bien, querida.

 

―Creí que ya no volvería.

 

―Lo sé y créame que siento haberme tardado tanto, esperaba llegar esta mañana temprano. ¿Me extrañó?

 

Ella bajó la cara avergonzada. Sí, lo había extrañado, sin saber exactamente porqué, tal vez las cartas que le enviaba a diario…

 

Él puso dos dedos bajo la barbilla femenina y le levantó el mentón con delicada suavidad.

 

―La extrañé, Mary Anne, aunque no me crea, aunque piense que para mí usted no es más que un objeto, que soy como el imbécil de su ex novio o que, por no pertenecer a su misma clase social, soy un desalmado miserable.

 

―Yo no pienso eso.

 

―Sí que lo piensa, querida ―contradijo con ternura.

 

―Thomas, no es así… ―Bajó nuevamente la cabeza―. El problema no es usted, soy yo, yo la que no…

 

―¿La que no qué, querida?

 

Ella se atrevió a mirarlo entonces a la cara, con sus ojos empañados por las lágrimas. Si no se lo decía ahora, después sería demasiado tarde. Prefería arriesgarse en ese momento, así, si la iba a dejar por lo que le contaría, lo hiciera ahora y no más tarde, cuando su vergüenza fuera peor.

 

Pero no era capaz. No podía.

 

Thomas, al ver que no hablaba, le ofreció su brazo.

 

―Vamos a dar un paseo, Mary Anne.

 

Caminaron en silencio, en incómodo silencio, durante un buen rato. Mary Anne no sabía qué decir, él se veía molesto y ella sabía que no podía reclamarle nada, la culpa había sido de ella, si no hubiese dudado de su palabra… Y ahora estaba todo mal.

 

―Thomas… ―Se envalentonó la joven deteniéndose y parándose frente a él―. Yo siento mucho lo que pasó, siento haber dudado de su palabra.

 

Él la miró, era tan pequeña para él, sonrió y arqueó las cejas al ver la cara roja de su prometida.

 

―No se moleste, Mary Anne, entiendo su miedo, después de lo que hizo su ex prometido, lo normal es que dude del resto. No tiene que darme explicaciones.

 

―Gracias ―manifestó con sinceridad.

 

―No tiene nada qué agradecer, querida.

 

Thomas retomó el paseo, estaba inquieto y Mary Anne pensó que si no era por el problema que había sucedido unos momentos antes, no entendía por qué y ya no se atrevía a preguntar. Pero recordó la carta en la que le informó que no estaba bien, que las cosas iban mal. Y encontró una buena forma de preguntar, tal vez eso era lo que le molestaba.

 

―Thomas, en su última carta mencionó que las cosas no iban bien, ¿puedo ayudarle en algo?

 

Él se detuvo y la miró sorprendido, ella lo miró con los ojos muy abiertos, como si hubiera dicho una infidencia.

 

―¿Realmente le importa? ―le preguntó anonadado.

 

―Bueno, está tenso, inquieto… y si no es por lo que yo dije hace un rato, entonces me imaginé que podría ser el problema que señaló en su carta.

 

El hombre volvió a caminar lento con la joven, sin decir nada. Mary Anne sintió que no debió preguntar nada, si él no quería contar, no tenía ninguna obligación, ni siquiera eran esposos y, aunque lo fueran, ella no tendría ningún derecho sobre él.

 

―Tuve un problema, el día de la fiesta me llegaron muy malas noticias.

 

―¿Malas noticias?

 

Mary Anne pensó que no se veía exactamente atribulado cuando abrazó a esa chica.

 

―Sí, lamento no poder decirle más por el momento, porque es algo que, primero tengo que averiguar bien antes de dar un veredicto y segundo, porque se relaciona con usted.

 

―¿Conmigo?

 

―Así es.

 

Entonces entendió... Lo más seguro es que quería averiguar si lo que decían de ella era verdad y así tendría una razón para dejarla sin quedar él como un desalmado para quedarse con su amante.

 

―No se asuste, querida, está relacionado con usted, pero no es usted el problema ―aclaró Thomas con celeridad al ver su ensombrecido rostro.

 

―Entonces, no entiendo ―repuso ella más confundida todavía.

 

―Excúseme, Mary Anne, si no puedo dar detalles en este momento, así como usted guarda sus secretos, yo también, en este momento, quisiera guardarme los míos.

 

―Respeto eso, Thomas, pero si puedo ayudarle...

 

―Gracias, pero preferiría que se mantuviera al margen de estos problemas, eso me corresponde a mí solucionarlo, pero si quiere, puede ayudarme estando conmigo.

 

―¿A qué se refiere? ―preguntó ella nerviosa.

 

―A que, como le dije la noche del baile, me dé el beneficio de la duda, así como yo se la doy a usted, sé que usted ha sufrido mucho y le ha tocado cargar con un estigma que no le corresponde, pero me gustaría poder saber que usted confía en mí.

 

La primera reacción de Mary Anne fue gritarle que sí confiaba en él, pero luego pensó en la joven que llegó a verlo cuando ella se iba y dudó, ¿cómo confiar en un hombre que mete a una mujer en cuanto se va su prometida?

 

―No puede, ¿verdad? ―adivinó Thomas al ver el rostro de su prometida. La sombra de dolor que ella había visto antes, pasó otra vez por sus ojos.

 

―¿Cómo confiar en un hombre que no espera que se vaya su novia para meter a otras mujeres a su casa?

 

Thomas la miró sin comprender, no sabía a qué venía aquello.

 

―¿Me lo va a negar? ―increpó ella con celos a flor de piel que ya no pudo ocultar.

 

―Si supiera a qué se refiere, podría corroborar o negar dicha afirmación, Mary Anne ―respondió él con contenida tranquilidad.

 

―Vamos, Sir Thomas, ¿acaso cree que no vi cuando esa muchacha se colgaba de su cuello y usted, feliz, daba vueltas con ella?

 

Thomas rio sin poder contenerse.

 

―¿Y se ríe? ¿Le parece gracioso? Pues para mí no es gracioso, al contrario, me parece un asunto bastante desagradable.

 

―Déjeme explicarle, Mary Anne, por favor.

 

No había una cuota de malhumor en la voz y gestos de Thomas.

 

―¿Puede haber explicación para algo así?

 

―Claro que la hay.

 

―Pues yo no la quiero escuchar ―replicó dándole la espalda y caminando de vuelta a su casa.

 

―Por favor, Mary Anne, sí necesita escuchar, no es lo que usted se imagina.

 

―¿Qué quiere que oiga? ¿Que estuvo demasiado tiempo ocupado con ella estos días que no podía venir y se inventó ese inesperado viaje? ―inquirió con sarcasmo.

 

―Por favor ―insistió él, tomándola del brazo para voltearla y hacer que lo mirara.

 

―¡Basta, Thomas! ¡No quiero escucharlo!

 

―Pues tendrá que escucharme lo quiera o no, después de todo, seremos esposos y no puede quedarse con una duda de esa naturaleza.

 

―¿Casarme con usted? Primero muerta.

 

―Mary Anne, no diga eso ―replicó dejando de reír.

 

Ella lo miró directo a los ojos, con rabia y celos que, por una parte a Thomas lo dejaban tranquilo, pero, por otra, lo hacían sentirse intranquilo por la decisión apresurada que podría tomar su joven prometida.

 

―Jamás me voy a casar con usted, primero tendrían que matarme.

 

―Mary Anne, su padre...

 

―Puede azotarme todo lo que quiera, ojalá me matara a golpes. Cualquier cosa antes de casarme con usted. ―Mary Anne se iba a dar la vuelta, pero Thomas se lo impidió agarrándola del brazo―. ¡Suélteme!

 

―¡Mary Anne! ―La voz de su padre en su espalda la sacó de la inútil lucha que libraba en ese momento.

 

―Padre. ―Mary Anne se dio la vuelta para mirar al hombre, sabía que venía, no sólo la reprimenda, sino también la golpiza, él ya se lo había advertido y ahora la veía luchar de esa forma.

 

―No pasa nada, duque, es sólo una discusión de enamorados, ¿verdad, querida? ―explicó Thomas a su suegro con aire descuidado.

 

Mary Anne lo miró asustada, su padre no lo creería, ahora ya no estaba tan envalentonada como hacía unos minutos atrás cuando le gritó que prefería ser muerta a golpes en vez de seguir con él. Thomas comprendió su mirada y sonrió con un dejo de burla.

 

―Creo que mi querida prometida es un poco mimada, suegro ―comentó divertido, tomando del brazo a Mary Anne y atrayéndola a su cuerpo protector―, pero está bien, así la tienen criada y así es como la acepto y quiero, no podría ser de otra forma.

 

―No creo que ese sea el modo de comportarse de una mujer decente ―censuró el padre.

 

―Mary Anne "es" una mujer decente ―cortó molesto Thomas―, que tenga un carácter fuerte no la hace menos digna de respeto y cariño.

 

Otra vez estaba hablando como si ella no estuviera presente, pensó la joven, pero en esta ocasión lo agradecía, esperaba que una vez que su prometido se fuera no hubiera represalias por parte de su padre.

 

―Ella debería comportarse mejor con usted, no tratarlo de esa forma. Debería estar agradecida de querer casarse con ella.

 

―El agradecido soy yo ―replicó Thomas―. Además, una escena de celos siempre es motivo de orgullo, aunque su hija está equivocada, la chica con la que me vio no es ninguna querida, muy por el contrario, jamás estaría con ella como mujer.

 

―No fue eso lo que yo vi ―murmuró Mary Anne sin pensar―, es muy bonita por lo demás, cualquier hombre se sentiría feliz de tenerla a su lado.

 

―Estoy seguro de ello y espero verla casada algún día con un buen hombre que la ame y la respete. De otro modo, tendrá que vérselas conmigo, nadie se burlará de ninguna de mis hermanas.

 

Mary Anne quedó con la boca abierta, ¿era su hermana?

 

―No puede comportarse así, usted es hombre y ella no tiene ningún derecho a celarlo, Thomas, si no lo frena de inmediato, no lo hará jamás. Después será demasiado tarde.

 

―Tiene todo el derecho del mundo a celarme, duque, si yo la quiero en exclusiva, ella merece lo mismo de mi parte,

 

―Bueno, los dejo para que conversen, pero si se pone muy soberbia, avíseme, no quiero que mi única hija siga siendo el hazmerreír de la familia.

 

Thomas lo miró molesto, apretó más a Mary Anne a su costado, protector, y elevó el mentón.

 

―Ella no es el hazmerreír de nadie, si un imbécil no supo apreciarla no es culpa de su hija y eso usted debiera saberlo mejor que nadie y debería defenderla como un león a sus hijos, ser su escudo protector y no exponerla a los chismorreos de las viejas que no tienen nada más que hacer. Usted tiene el poder de hacerlo. Aunque ya no debe preocuparse, que para eso estoy yo, limpiaré su nombre y todo el mundo tendrá que respetarla, por las buenas o por las malas.

 

El duque miró a su hija, él jamás la defendió de los comentarios, simplemente, se limitó a sacarla de sociedad y esconderla en el castillo, pero eso no fue solución, porque las veces que debía salir, obligada a algún lugar, su paso era seguido por chismes y habladurías.

 

―Yo no podía hacer nada, si Edward dijo eso delante de todo el pueblo, ¿quién era yo para poner en duda la palabra de tan noble caballero?

 

―¡El padre de la afectada! Su palabra debió valer mucho más, pero me alegra que ese matrimonio no se llevara a cabo, lo más seguro es que hoy su hija sería maltratada y golpeada, no sólo por su esposo, sino también por usted ―lo acusó.

 

El Duque no supo que contestar y calló, se dio la vuelta y se fue por el mismo camino por el que vino. Thomas se volteó a mirar a su prometida, ésta lo miró con los ojos muy abiertos y una palidez que asustó al hombre.

 

―¿Está bien? Venga, no pasa nada. ―La abrazó a su pecho y acarició su cabello.

 

―Gracias, no lo merezco, pero gracias.

 

―¿Qué es lo que no merece, querida?

 

―Que me defienda, que me abrace... que me cuide.

 

―Merece eso y más, Mary Anne, y quien quiera que diga que no es así, es mentira.

 

La joven no dijo nada, se acomodó en el pecho de su prometido, disfrutando de la protección que él le brindaba.

 

―¿Pasaron los celos? ―susurró él en su oído.

 

―¿De verdad era su hermana?

 

―No tengo por qué mentir, querida, esa era la explicación que quería darle. Yo jamás la engañaría, tengo hermanas, una madre y espero algún día tener hijas, y no me gustaría que las hicieran sufrir.

 

―¡Qué vergüenza! ―Mary Anne escondió la cabeza en el pecho masculino.

 

―No debe tenerla, eso me indica que no le soy indiferente.

 

Mary Anne iba a contestar una tontería, como que simplemente estaba cuidando su reputación o el respeto que él le debía, pero no dijo nada, eso no era verdad. Después de todos los gestos que había tenido para con ella, claro que ese hombre no le era indiferente, por lo menos, con todos sus detalles amorosos, la había ilusionado.

 

Thomas tomó la cara de la joven entre sus manos, acunándola y la miró con ternura.

 

―¿Le soy indiferente, Mary Anne o está empezando a sentir algo por mí?

 

―No puedo decir que me es indiferente, Thomas, después de todos los gestos para conmigo... Pero no quiero volver a sufrir.

 

―No debe tener ese temor, querida.

 

―Si usted lo dice, lo creo, pero me cuesta confiar, aunque mis barreras se caen a pedazos con cada detalle suyo.

 

Él la contemplaba, veía sus mejillas, sus labios, sus ojos brillantes como dos gemas preciosas, su hermoso cabello rizado. Sin duda esa mujer valía su peso en oro. Y mucho más.

 

―Yo haré que rompa todas las barreras y me deje entrar ahí, a su corazón.

 

―¿Por qué? Si a usted solo le importa mi título, ¿por qué le importa tanto que abra mi corazón?

 

―Porque usted no es la mujer que yo esperaba conocer al llegar aquí, al contrario, es la mujer que yo esperaba para mi vida.

 

―Pero si apenas me conoce y no han sido muy buenos encuentros, yo he sido bastante hiriente con usted.

 

Él sonrió con ternura.

 

―Mary Anne, sus berrinches, son eso, berrinches de niña, usted no me ha herido en lo absoluto.

 

―Pero he sido pesada.

 

―Rebelde, como una gatita en el agua ―aclaró acariciando su pelo.

 

―Pero ahora...

 

―Ahora estaba celosa, por eso se le perdona todo.

 

―No creo que mi papá piense igual.

 

―Por él no se preocupe.

 

―Gracias.

 

―No tiene nada qué agradecer.

 

―Sí tengo, si no hubiera sido por usted, él me hubiese...

 

―Jamás la volverá a tocar ―afirmó besando suavemente la mejilla que el Duque había golpeado el día que se conocieron.

 

 

 

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Thomas se fue al despacho de su suegro, mientras Mary Anne y su madre tomaban el té.

 

―Duque, necesito dejar en claro ciertos aspectos de mi relación con su hija ―dijo Thomas, rechazando el vaso de brandy que le ofrecía el otro hombre.

 

―Usted dirá ―respondió el otro un poco contrariado.

 

―Las discusiones y peleas que podamos tener con Mary Anne son entre ella y yo, si ella grita, me hace una escena, lo que sea, y digo "lo que sea" ―recalcó aquellas últimas palabras―, nadie,  y repito, nadie, ni usted, ni su esposa, ni nadie, va a intervenir.

 

―Sí, me parece, ustedes son una pareja y como tal deberán resolver sus asuntos por ustedes mismos.

 

―Bien, lo segundo... No volverá a golpearla. Nunca más, por ninguna razón, si usted tiene ganas de golpear a alguien, inténtelo conmigo o con alguien de su fuerza y tamaño, no con ella. Supongo que eso quedó claro la otra vez, pero me veo en la necesidad de repetírselo después de ver la cara con la que miró a su hija en el jardín.

 

―Lo estaba gritando y luchaba contra usted ―se excusó el hombre.

 

―Eso es asunto mío, si yo no me molesto, no veo por qué usted tendría que hacerlo.

 

―Tiene razón ―aceptó el Duque a desgano.

 

―Y una última cosa, quiero que a Mary Anne no le falte nada y sea feliz, en cuanto me case con ella y me la lleve a vivir conmigo, me llevo a su doncella con nosotros.

 

―¿A Margarita? ¿Y eso?

 

―Por lo que pude apreciar, ellas se llevan bastante bien y Mary Anne la necesita.

 

El Duque aceptó a regañadientes, no es que la mujer les hiciera falta en casa, porque su única obligación era cuidar de su hija, pero no entendía por qué tenía que llevársela.

 

―Si necesita a otra persona que ocupe el puesto de Margarita, yo mismo se la facilitaré, pero ella se viene con su hija a vivir conmigo.

 

―Está bien, si usted lo dice, y no necesitamos a nadie, ella sólo se ocupa de mi hija.

 

―Bien, entonces, con los asuntos arreglados, me marcho, tengo cosas de las que ocuparme. Si les falta algo, no dude en pedirlo y en cuanto el matrimonio se realice, las tierras colindantes pasarán a su nombre, junto con los criados y plantaciones.

 

―Es usted muy generoso, Sir Thomas.

 

―Cuide a Mary Anne, pero cuídela muy bien. Yo sabré si no es así. ―Esas palabras, a oídos del Duque, sonaron a amenaza, aunque no debería preocuparse, la única vez que la golpeó fue por defenderlo a él, pero su yerno no entendió explicaciones. Pero si así lo quería, no era su asunto.

 

Salieron del despacho y se encontraron con las mujeres en el saloncito del té, hubiesen ido a la terraza, pero hacía frío y no querían enfermarse.

 

―Me voy, Mary Anne, mañana vendré a verla por la tarde, debo atender unos asuntos y no podré venir temprano, espero que no se moleste ―terminó con un dejo de burla.

 

Mary Anne se levantó de su silla y se acercó con una divertida sonrisa.

 

―Con una condición ―exigió con un tono infantil y una mirada que le derritió.

 

―Usted dirá, querida.

 

―Quiero rosas rojas.

 

Thomas sonrió y acarició la mejilla femenina.

 

―Mañana, a primera hora, tendrá un ramo de rosas rojas en su cuarto.

 

Ella se mordió el labio y a él le dieron ganas de volver a besarla, pero con sus padres ahí, no podía hacerlo como quería, por lo que simplemente le dio un dulce y casto beso en el dorso de la mano, observándola con una mirada pícara. Las mejillas de la joven se arrebolaron y él sonrió para sus adentros, esa chica con su candidez, lo estaba trastornando de una forma que no se imaginó que podría sucederle. Se enderezó e intensificó su mirada, ella se cohibió y bajó la mirada.

 

―Nos vemos, querida.

 

―Hasta mañana ―logró articular ella.

 

―Duque, milady. ―Hizo una venia y se retiró con su típico paso firme.