7. La doble sublevación de Cartagena (5-7 de marzo)
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La doble sublevación de Cartagena (5-7 de marzo)
7.1. Las conspiraciones de Cartagena
7.1. LAS CONSPIRACIONES DE CARTAGENA
Cartagena era un lugar estratégico para los dos bandos contendientes en la guerra. La base naval constituía en los últimos meses del conflicto el único departamento marítimo del régimen republicano, pues Cádiz y El Ferrol se hallaban en poder de Franco. Resultaba estratégica para los republicanos por dos motivos fundamentales. El primero, por constituir un importante baluarte para la resistencia. El segundo, por la importancia de la flota para el repliegue ordenado y protegido de evacuación de los mandos militares y de los cuadros más comprometidos del Frente Popular. Para el ejército franquista quizá era un objetivo más psicológico que militar, pues a esas alturas ya nadie dudaba que la victoria fuera sólo cuestión de unos días o de pocos meses. El daño moral que podía imprimir a la República, sin embargo, podía ser certero, pues la dejaba sin barcos y, poco a poco, sin territorio que rendir.
En los primeros días de marzo de 1939, ya con la guerra decidida, se produjo en Cartagena uno de los episodios más curiosos de la misma: dos sublevaciones al mismo tiempo. Los casadistas, como en el resto de la zona republicana, se sublevaron contra las autoridades gubernamentales. Pero al mismo tiempo lo hicieron los franquistas. Dos conspiraciones de naturaleza totalmente distinta acabaron por unos momentos unidas en una sublevación. Además, la sublevación de Casado en esta ciudad se produjo antes incluso que el propio golpe encabezado por el coronel. ¡Más difícil, imposible!
Los sucesos de Cartagena, como opinan Bahamonde y Cervera[1], responden a un clima conspirativo similar al que prácticamente de forma coetánea se produce en otros lugares de la España republicana, pero con algunos rasgos específicos de la base, que los hacían peculiares. Entre ellos destacaba, por encima de todos, la desmotivación del personal, por la escasa importancia militar jugada por la base naval durante el conflicto. Se había centrado fundamentalmente en el servicio de protección del tráfico mercante y en el mantenimiento de un canal suministrador de pertrechos de guerra y alimentos. Consecuencia directa de esta desmoralización era el relajamiento de la disciplina. Además, fue evidente su falta de operatividad, organización y eficacia, principalmente por dos motivos: la falta de coordinación entre las unidades de la Marina y entre la base y la flota y la poca adecuación y baja cualificación para sus cargos de los mandos impuestos tras julio de 1936. La marina republicana no había conseguido superar los efectos de la represión de la oficialidad que, en su inmensa mayoría, había sido partidaria de la sublevación contra el gobierno del Frente Popular. La escuadra de Cartagena no podía considerarse sospechosa de connivencia con el enemigo, ya que expeditivamente había liquidado a su oficialidad en los momentos iniciales de la guerra. Todo este cúmulo de circunstancias, sin duda, estimuló el crecimiento y la actividad de la Quinta Columna.
Ello no quiere decir, ni mucho menos, que la sublevación fuera inevitable. Para Artemio Precioso, mayor de milicias, militante comunista y jefe de la 206.ª Brigada, encargada de la represión[2], en Cartagena se produjo la sublevación casadista y franquista y deserción de la flota por propio error de las autoridades. La orden de desplazamiento se dio con evidente retraso (la tarde del día 3) por la indecisión y vacilaciones del presidente Negrín. Cuando la brigada llegó a los alrededores de Cartagena, en la mañana del día 5 de marzo, la guarnición estaba ya sublevada. Además, el coronel Galán, que había sido nombrado ese mismo día 3 nuevo jefe de la base naval, cometió la imprudencia de meterse en ella antes de que sus tropas llegasen a Cartagena, pensando que todo se solucionaría con su capacidad negociadora.
Unos días antes de la sublevación, todos los jefes y oficiales conspiraban. «Aquí todos conspiran», escribe Luis Romero[3]: Norberto Morell, jefe del Arsenal; Antonio Ruiz, subsecretario de Marina; el coronel Gerardo Armentia, jefe del Regimiento de Artillería; Vicente Ramírez, jefe del Estado Mayor Mixto… y muchos más. Tal vez sólo se libra el general Carlos Bernal, jefe de la base naval, que a sus años no quería saber nada de conspiraciones ni de sublevaciones.
Por otro lado, los franquistas, que no eran muchos en la base ni ocupaban cargos significativos, también conspiraban. Los primeros contactos tuvieron lugar en el mes de enero de 1939, aprovechando el golpe moral que supuso para los republicanos la caída de Barcelona. Según parece, el jefe del Regimiento de Infantería de Marina, Basilio Fuentes, era el alma del movimiento[4]. En esa fecha los conspiradores se pusieron en contacto con el teniente coronel de Artillería Lorenzo Pallarés Cacha, destinado en Murcia, para ver si estaba dispuesto a aceptar el cargo de jefe del arsenal. Pero la conspiración bajó de intensidad por la detención de su responsable. «El ambiente de levantamiento continuaba pero no se concretaba en nada», declaró el propio teniente coronel, destinado desde febrero en Cartagena. Según el testimonio del jefe del astillero, comandante Antonio Galvache[5], Fernando Oliva, jefe del Estado Mayor de la base, había informado a Vicente Ramírez, segundo jefe de la misma, de la conspiración con el fin de atraerlo, pero lejos de conseguirlo éste ordenó la detención de Basilio Fuentes y la de Andrés Senac Sicilia, el cambio de la guardia por fuerzas del Batallón n.º 7 de Retaguardia y la estrecha vigilancia de instalaciones y personal sospechoso por parte de las fuerzas de Infantería de Marina. Según los informes policiales[6], la conspiración tenía prevista la sublevación militar para el día 16 de febrero, pero fue suspendida por las detenciones provocadas por el SIM.
Junto a la trama militar coexistía otra civil, guiada por quintacolumnistas[7]. Estaba dirigida por el médico odontólogo Antonio Bermejo, contando como colaboradores principales con el exjefe de la policía municipal Calixto Molina y con el estudiante de medicina Antonio Martínez Gimeno. Comenzaron a captar adeptos con bastante rapidez y eficacia. Entre los primeros se encontraban personajes populares de la ciudad como José Cascales, exsargento de la Guardia Civil; Antonio Bueno, inspector de policía; y Antonio Ramos Carratalá, director de la Caja de Ahorros. Calixto Molina venía actuando de enlace con los militares, representados por Arturo Espa, jefe de Operaciones del Regimiento de Artillería de Costa.
El 1 de marzo, Calixto Molina se entrevistó con José Cascales, al que ordenó alertar a todos los miembros de la organización. En otra entrevista con el enlace Monterde, le indica que avise a Pedro Bernal, director de la prisión, también de la Quinta Columna, para que disponga lo necesario a fin de facilitar su asalto y consiguiente liberación de los jefes de la organización clandestina en el momento de iniciar la sublevación. También se pone en contacto con Espa, para decirle que «es necesario sublevarse cuanto antes, a lo más tardar el día 5, domingo»[8]. Este mismo militar ofrece a Calixto Molina las primeras noticias de la existencia de la conspiración casadista en la base naval, por medio de su acompañante el teniente jurídico de la Armada Francisco Muñoz Delgado. La primera reacción es de alarma. Posteriormente, les vendrá bien y se aprovecharán de ella. El día 3 de marzo, Molina y Espa deciden sublevarse al día siguiente.
En el momento de la sublevación algunos de los quintacolumnistas, como el propio líder, se encontraban detenidos por sus actividades conspirativas. El SIM logró infiltrarse en la organización clandestina y, tras la oportuna denuncia, en el verano de 1938 se abrió procedimiento judicial para procesarlos[9]. Los cabecillas fueron detenidos, pero el juez, favorable a la Quinta Columna, alargó la tramitación de diligencias sumariales, llegando a marzo de 1939 sin ser juzgado el caso, para desesperación del agente del SIM Santiago Pérez, que solicitaba reiteradamente la ejecución de veintitantos miembros. En la madrugada del 5 de marzo Calixto Molina formó una patrulla armada compuesta de varios policías que se dirigió a la cárcel, liberándolos sin resistencia.
Días antes de la nueva fecha prevista para la sublevación, 4 de marzo, se hizo cargo de la conspiración franquista el comandante Manuel Lombardero, aunque el líder era el general Barrionuevo, pero éste estaba retirado, vivía fuera de Cartagena y se encontraba sometido a estrecha vigilancia[10]. Desde el comienzo de la guerra, Lombardero fue dado de baja del Ejército y permaneció primero detenido y después retirado y olvidado, residiendo en su casa del barrio de Los Dolores. Entre sus colaboradores en la conspiración figuraban los hijos políticos del general, José Pareja, Rafael Lorenzo y Antonio Romero, y sus amigos José García Sánchez, Ángel Berizo y el capitán de Estado Mayor Enrique Rodríguez Feital.
No se sabe quién está con quién en estas conspiraciones paralelas. Sólo tienen un punto en común: negarse a que el mando de la base sea entregado al comunista Francisco Galán, a quien Negrín ha ordenado sustituir al general Bernal. Los franquistas querían acabar con la guerra directamente, sin preámbulos ni negociaciones. Los republicanos pretendían impedir el predominio comunista para, en sintonía con la conspiración dirigida por Casado, negociar la paz. Parece ser que, como confirma el propio Galán al llegar a Cartagena, los mandos de la base, como Vicente Ramírez, creían el rumor extendido por toda la zona republicana (seguro que por la Quinta Columna) de un inminente golpe de Estado comunista. Le costó trabajo convencer a Ramírez: «No es lo que se nos decía», le replicó tras la exposición argumentada de Galán[11].
En la reunión del mes de febrero celebrada en el aeródromo de Los Llanos (Albacete) entre los principales jefes militares y el presidente Negrín, el almirante Miguel Buiza, responsable de la escuadra de Cartagena, advirtió que la flota abandonaría aguas españolas si no se buscaba la paz, pues apenas podían resistir por mucho más tiempo los intensos bombardeos que venía sufriendo. El 2 de marzo se nombró jefe de la base naval al coronel Francisco Galán, miembro del Partido Comunista, cesando al general Bernal, que había participado en la reunión de Los Llanos. Ese mismo día Buiza presidió una reunión de mandos y comisarios, a la que asistieron los jefes de las flotillas de destructores y sus jefes de Estado Mayor, los comandantes de los cruceros y de la mayoría de los destructores. En ella Buiza pidió mantener la lealtad de la flota mientras se agotaba el plazo que le había dado a Negrín para que empezara a negociar la paz. Sin embargo, la mayoría de los mandos se mostraron abiertamente a favor de la rendición inmediata[12], como Abárzuza, del Jorge Juan; Gómez Meroño, jefe de Estado Mayor de las flotillas de destructores; Armada, comandante del Libertad; Núñez de Castro, comandante del Escaño; Ahumada, comandante del Gravina; y, sobre todo, Federico Vidal, del Lepanto, que ya había intentado entregar su buque al enemigo.
7.2. El estallido de la doble sublevación y la conversión en una sola
7.2. EL ESTALLIDO DE LA DOBLE SUBLEVACIÓN Y LA CONVERSIÓN EN UNA SOLA
La sublevación casadista en Cartagena estaba prevista para las 11 de la noche del 4 de marzo, horas antes de que estallara el golpe de Estado que venía preparando minuciosamente el coronel Casado. Había que actuar rápido, antes de la toma de posesión de Galán. A esa hora tenían orden de sublevación el regimiento de Artillería y el de Infantería Naval, los marinos de la base y los del arsenal y la Intendencia de la Armada.
El comienzo de la sublevación se retrasó unas horas, hasta la madrugada del domingo 5 de marzo. De repente, las dos conspiraciones se juntaban en una sola sublevación. Prendieron la chispa los casadistas. Los sublevados, parece ser que al mando del coronel Armentia y del almirante Buiza, actuaban de acuerdo con el grupo conspirador de Madrid coordinado por Matallana[13]. Su primera acción consistió en presentar un ultimátum a Negrín en el sentido de que o negociaba inmediatamente la paz o la flota se hacía a la mar hasta que el Gobierno resignase sus poderes en las autoridades militares. Después hicieron prisionero a Galán. Como éste relata, «irrumpieron en Capitanía unos 50 hombres armados que con la guardia se apoderaron del edificio donde me hallaba y un grupo armado de unos 10 soldados y marineros, capitaneados por el jefe de E. M. de Marina D. Fernando Oliva, allanaba mi despacho procediendo a mi detención»[14]. En esta situación decidió presentar su dimisión al presidente del ejecutivo para no imponer su nombramiento por la fuerza. El lema de los sublevados era «Por España y por la paz».
Pero sobre esa sublevación se insertó una segunda, protagonizada por elementos abiertamente profranquistas que se sublevaron bajo la consigna de «Viva Franco. Arriba España». La encabezaba el general retirado Rafael Barrionuevo. Contaba con pocos adeptos, porque tanto en Artillería como en Infantería de Marina eran mayoría los republicanos. Por ello el comandante Lombardero decidió aprovechar la conspiración casadista, más madura y numerosa, y esperar una buena oportunidad para hacerse con los mandos. La noche del 4 de marzo, Lombardero avisó al viejo general de que la sublevación preparada para tomar Cartagena estaba lista para estallar de forma inmediata. Decidieron mantenerse reservados «por desconocer cómo se había organizado y sospechar que intervendrían elementos rojos, por lo que convenía esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos», según palabras de Barrionuevo[15].
La ocasión esperada se presentó el domingo 5 de marzo por la mañana. El general Barrionuevo y el comandante Lombardero fueron al parque, donde el general notó, según su propia declaración, «una situación rara de inseguridad y vacilación, algo nebuloso que flotaba en el ambiente». Barrionuevo aprovechó que el coronel del parque, Armentia, del que desconfiaban, había ido a la base para autoproclamarse jefe de la sublevación. Nombró jefe de Estado Mayor al comandante Lombardero. «Se presentó el Sr. Armentia y al preguntarles si estaba con nosotros replicó que él estaba por España y por la Paz y quedó detenido en una de las habitaciones del parque», expuso el general en la declaración oficial.
Mientras, en toda España se conocía el triunfo de la sublevación franquista de Cartagena por la emisora local «Flota Republicana». A las 7:45 h emitían un manifiesto dirigido a los marineros de la República:
Nuestros soldados han ocupado casi en su totalidad la ciudad de Cartagena. Los traidores que abusando de la confianza que en ellos depositó nuestro Gobierno se apoderaron de Cartagena sublevándose en el Arsenal, en la Base y en el Penal, únicos puntos en su poder, que muy pronto serán dominados[16].
Pocos minutos después, la emisora se ponía al servicio de los franquistas, radiando mensajes de aliento a la causa:
¡Atención, cartageneros! ¡Atención españoles todos! Cartagena ha sacudido el yugo marxista que la oprimía y se pronuncia a favor del caudillo Franco y de la auténtica España. ¡Arriba España! ¡Viva Franco[17]!
Por la mañana, el comandante Lombardero llamó por teléfono a la base. Le dijeron que estaban al habla con Negrín, quien accedía a revocar el nombramiento de Galán. Lombardero pidió que cesaran con las negociaciones porque en la plaza no había más autoridad que la del general Barrionuevo, que representaba al «Gobierno Nacional». El presidente Negrín se propuso entonces como único objetivo evitar todo episodio de violencia, lo que comunicó por teletipo al propio Galán, insistiendo en evitar cualquier tipo de represalias[18].
Hacia las 11:30 horas empezó un bombardeo por aviones Savoia 79. Resultaron alcanzados algunos buques, como el Sánchez Barcáiztegui, el Gravina y el Lazaga, que quedaron inmovilizados. Poco después, el general Barrionuevo ordenó a Lombardero que mandase salir inmediatamente a la escuadra, en el plazo máximo de un cuarto de hora, con la amenaza de bombardearla. Si a las 12:30 horas la flota no había salido de Cartagena, las baterías abrirían fuego. La consigna de Franco era la de hacer salir la flota por encima de cualquier otro objetivo con el fin de dejar a la República sin su último baluarte de resistencia, como reconocieran después agentes de la Quinta Columna[19]. El subsecretario de Marina, Antonio Ruiz, que había llegado para asumir el mando de la base en sustitución de Galán, pidió que personalmente le diera la orden el general. Le preguntó si le garantizaba que si salía no sería hostilizada por las baterías. Barrionuevo contestó que no se le dispararía si salía en el plazo dado. Momentos después, Ruiz, acompañado de otros oficiales, bajaron al muelle para embarcar en el Cervantes. Pocos minutos antes de la hora prevista, las 12,30 del 5 de marzo, zarpó la flota rumbo a Argel, aunque las autoridades francesas ordenaron dirigirse al puerto tunecino de Bizerta. La expedición —según el almirante jefe de las Fuerzas de Bloqueo del Mediterráneo[20]— estaba compuesta por tres cruceros (Miguel de Cervantes, Libertad y Méndez Núñez), ocho destructores (Ulloa, Escaño, Gravina, Almirante Antequera, Almirante Miranda, Lepanto, Almirante Valdés y Jorge Juan), un submarino (C-4) y algunos buques auxiliares.
«En seguida comunicamos con el Generalísimo por Radio —recuerda el general en su declaración—, que contestó a los pocos minutos alentándonos con sus palabras y aumentando nuestro entusiasmo con el anuncio de enviarnos importantes refuerzos»[21]. A las 14,20 horas, el general Barrionuevo lanzó un mensaje por radio dirigido a Franco: «Me hago cargo en nombre V. E. y ejército mando plaza Cartagena. Tropas guarnición, ejército y marina están sumadas ejército salvador patria. Escuadra abandonó puerto rumbo desconocido. Ampliaré inmediatamente»[22].
7.3. El desarrollo de la sublevación
7.3. EL DESARROLLO DE LA SUBLEVACIÓN
La sublevación de parte de la guarnición de Cartagena y la salida de la flota hacia Bizerta hicieron concebir a los mandos nacionales la ejecución rápida de una importante operación de desembarco en Cartagena que tenía un mayor alcance que consolidar la sublevación franquista: alcanzando al enemigo en el punto vital de su resistencia, habría de apresurar el desenlace final de la guerra.
Media hora después de salir la flota de Cartagena, el almirante jefe de las Fuerzas de Bloqueo del Mediterráneo, con sede en Palma, salió a la mar con los cruceros-auxiliares Mar Cantábrico y Mar Negro rumbo a Cabo Palos. Minutos antes ordenó a tres minadores que se dirigieran a Castellón, por encontrarse allí reunidas las fuerzas para futuras operaciones.
Mientras, en Cartagena, el general Barrionuevo había nombrado al teniente coronel de Artillería de la Armada Lorenzo Pallarés jefe del Arsenal y al comandante Julio Fuentes jefe del cuartel de Infantería de Marina y fuerzas del regimiento naval. Éste apenas pudo tomar el mando, porque fuerzas del Batallón n.º 7 y Aviación se hicieron con el cuartel y con el regimiento, para gran desesperanza y desilusión de Barrionuevo, como declararía a raíz de los acontecimientos:
Los Jefes y Oficiales de Infantería de Marina que estuvieron en el Parque fueron pocos y la mayoría no dieron muestras de gran entusiasmo, salvo contadas excepciones, entre ellas los Capitanes Rodríguez Feital y Jesús García. No fueron más entusiastas los Oficiales de Artillería que allí se encontraban, que con su pasividad y falta de celo, no pudieron ni aún disciplinar el fuego, lo que nos obligó a intentarlo personalmente el Comandante Lombardero y yo, recorriendo los centinelas casi en funciones de cabo[23].
Si los jefes y oficiales no parecían sumarse a los sublevados, los falangistas mostraron más implicación, arrojo y entusiasmo.
Las operaciones militares comenzaron con el envío de una pequeña columna con cuatro tanquetas a Los Dolores para realizar una exploración y reforzar la emisora de la flota. En el camino encontraron fuerzas avanzando hacia Cartagena que les infringieron enormes pérdidas. Sólo regresaron al parque algunos hombres y una tanqueta. Otras fuerzas fueron enviadas a la Telefónica para reforzar a las que allí había. El capitán de infantería Ródenas con algunos soldados y falangistas fueron a desalojar la casa de Maestre en la Glorieta de San Francisco, ocupada por los comunistas.
Si por mar se dirigían hacia Cartagena las fuerzas de desembarco del ejército franquista, por tierra lo hicieron desde Valencia las tropas de tendencia comunista de la 206.ª Brigada. Esta brigada era una de las tres que componían la 10.ª División, mandada por Víctor de Frutos, perteneciente al XXII Cuerpo de Ejército. Tras el fracaso de las operaciones de Extremadura había sido enviada a la provincia de Valencia y ahí se hallaba acantonada en fase de reorganización.
El Gobierno encargó a Joaquín Rodríguez las operaciones militares para reducir la sublevación de Cartagena. Negrín le llamó personalmente la misma mañana del 5 y marchó rápido a su objetivo. En las inmediaciones de la ciudad se encontró con las fuerzas de la 206.ª Brigada, diez tanques y blindados más una compañía y media de Asalto. Diseñó una distribución de fuerzas que permitieran encerrar Cartagena en un semicírculo cuyos extremos se apoyaban en el mar por el Norte en Cabo de Palos y en el Sur en Puerto de Mazarrón, siendo el punto más saliente de este semicírculo la salida del casco de la ciudad[24]. El objetivo principal era hacerse con las baterías de costa, para impedir el desembarco y controlar el puerto.
Hacia las 14 horas del día 5 las fuerzas de la 206.ª Brigada alcanzaron las primeras casas del núcleo urbano. Pocos minutos después ponían cerco al arsenal, recibiendo este recinto intenso fuego desde diversas casas de la calle Real, el Teatro Circo y las Cuevas de Quitapellejos. Entonces comenzaron las deserciones, que minaron la capacidad de dominio de los sublevados. Fuerzas de Infantería de Marina que se dirigían hacia el arsenal se pasaron en el trayecto al enemigo. También lo hicieron las guarniciones de la Cabana y Constructora. Las baterías, en poder de los sublevados en las primeras horas del día, a medida que pasaba el tiempo se iban hacia sus rivales: empezó la deserción por el castillo de Galeras, luego el Roldán, más tarde la batería de Los Dolores y así sucesivamente. Hasta la guardia de la puerta del arsenal se pasó al bando enemigo, huyendo tras el asesinato del condestable Germán Montero por parte de su oficial. «Al principio todo el mundo secundaba bien las órdenes, pero después…» declaraba con resignación el jefe de órdenes del arsenal[25].
También sobre las 14 horas el almirante Cervera, jefe del Estado Mayor de la Armada del ejército franquista, ordenó que dos submarinos de las Fuerzas de Bloqueo del Mediterráneo se hiciesen a la mar con orden de reconocer fondeaderos de Palos, Mazarrón y Águilas. A las 16 horas se recibió orden comunicando que las tropas, a medida que llegaban a Castellón, embarcasen en vapores mercantes, cruceros-auxiliares y minadores. La misión asignada consistía en desembarcar en Cabo Palos si no encontraban resistencia. En el mismo radio se ordenaba que el Canarias y resto de destructores hiciesen acto de presencia frente a Cartagena el lunes 6 al amanecer. Allí esperarían el Mar Cantábrico y el Mar Negro. Las fuerzas navales de Castellón y de Málaga quedaban movilizadas en la operación Cartagena.
A las 17:30, desde Burgos, Franco envía al jefe militar de Cartagena un nuevo mensaje anunciando el envío de refuerzos:
Ordenado a escuadra nacional tome contacto. Envío importantes refuerzos. Ante caso posibles envíos fuerzas rojas tapone accesos a Cartagena destruyendo puentes que las detengan, aspillerando casas, dando tiempo y espacio llegada tropas. Reciban todos los buenos españoles el saludo de la España nacional[26].
A las 20 horas, las fuerzas de la 206.ª Brigada habían dominado todas las alturas meridionales de la ciudad. Permanecían por reducir el arsenal, capitanía y el parque de Artillería. El coronel Armentia, republicano antes y durante la guerra, inesperadamente sumado a los franquistas, se encargó de organizar y defender el parque, «bajo nuestro control y durante todo el tiempo —declaró el general Barrionuevo— trabajó con nosotros hasta caer muerto por las tropas de la Brigada 206 al tomar el parque»[27].
En los últimos minutos del día 5, el almirante jefe Moreno, a bordo del Mar Cantábrico, recibe un radio del almirante Cervera en el que le ruega tome precauciones y acelere la marcha de las fuerzas de desembarco: «Situación Cartagena parece ser menos favorable que a última hora de la tarde y requiere inmediata presencia buques y tropas desembarco»[28]. Le ordena que salgan de Castellón el Lázaro y Sister con tropas embarcadas y hagan lo mismo los minadores apenas metan las suyas a bordo. El resto del convoy manda que vaya saliendo al quedar los buques listos. Además, ordena que las fuerzas de desembarco se dirijan a Cartagena, anulando el desembarco en Cabo Palos.
La salida del Lázaro y Sister se produce a la 1:30 del día 6 desde Castellón. Estos dos buques van escoltados por el Marte. Entre los tres buques conducen 2300 hombres. A ellos se une posteriormente el Vulcano, donde viaja el general jefe del Cuerpo de Desembarco. Una hora después sale del puerto de Málaga el Jaime II con un batallón de Infantería de Marina. A estas fuerzas se sumarán el Canarias y el V. Melilla y el Huesca, salidos entre las 20 y las 22 horas.
Entre las 7 y las 9 de la mañana del martes 6 de marzo hicieron presencia frente a Cartagena las primeras fuerzas navales procedentes de Castellón, pero tienen que permanecer a la espera porque llegan noticias de que el enemigo controla varios puntos estratégicos de la base y algunas baterías de costa y por el lanzamiento minutos después de doce disparos contra el Mar Cantábrico. A las 9:40 el almirante Cervera encarga al almirante Moreno el mando de la operación. Pero éste ya percibe la dificultad de la misma, como reconociera en el parte de las operaciones:
El movimiento en Cartagena no fue de la amplitud que parecía a juzgar por las noticias tendenciosas de las radios. El General Barrionuevo no tuvo el mando de todas las baterías de costa en ningún momento, en especial de las del frente occidental. Al propio tiempo tampoco lo tenía sobre las de Portman; en cambio el Castillo de San Julián estuvo, al parecer, siempre en su poder. Claro está que en estas condiciones era imposible forzar el puerto, pues los buques que lo intentaran, al efectuarlo uno a uno, serían hundidos por las baterías de poniente. De esto me di cuenta a las dos horas de llegar al ver el fuego que nos hacían desde las proximidades del fuerte Galeras. Tampoco contaba con las baterías antiaéreas; lo prueba la reacción contra la aviación negrilla desde distintos puntos[29].
Efectivamente, las cosas no podían ir peor. Las baterías del Oeste estaban controladas por fuerzas gubernamentales. La DECA (Defensa contra Aeronaves) se mostraba activa, lo que hacía imposible forzar la entrada directa al puerto. A lo largo de la mañana, las tropas de la 206.ª Brigada tomaron la emisora de la «Flota Republicana» casi sin lucha. Y lo mismo la Comandancia Militar. El edificio de la Intendencia ni siquiera fue defendido. Una sola tanqueta de la Escuela de Tanques de Archena bastó para ponerles en fuga. Los soldados del capitán Regalado, del Batallón 822, entraron sin sufrir una sola baja. Los sublevados perdieron también la batería costera de La Parajola, que dominaba el mar y la bahía, siendo clave en el acceso al puerto. Las fuerzas de la Telefónica se sostenían y algunos grupos del Batallón n.º 7 y elementos comunistas, con pistolas, hostilizaban el parque, donde la situación se complicaba por la falta de víveres para alimentar a los 800 hombres que había en su interior, varios cientos de ellos procedentes de la Armada que habían sido desarmados en el cuartel de San Antón. Resultaban sospechosos en su mayoría y solamente pudieron ser utilizados en la prestación de algunos servicios. También había numerosos presos, entre ellos el comandante militar de la plaza. «Un poco de arroz fue el rancho, muchos se alimentaron con pequeñas cantidades de mermelada y el lunes se repitió lo mismo», recordaba el general[30].
Durante toda la mañana del 6 de marzo se solicitaron refuerzos a Franco para salvar el arsenal, constantemente atacado y sin capacidad de resistencia. Los mensajes enviados eran angustiosos. El general Barrionuevo solicitó a sus tropas que resistieran a toda costa, pues las fuerzas de desembarco no podían intervenir por la situación adversa en tierra firme. El jefe del arsenal, teniente coronel Pallarés, no pudo contener por más tiempo la resistencia. Contaba con una defensa compuesta por entre 150 y 250 hombres, según las fuentes, pero el fuego de la artillería y ametralladoras enemigas desde las laderas de los montes próximos impedía toda maniobra defensiva y ofensiva. Solamente las bombas lanzadas desde el submarino C-2 y las de la aviación franquista sobre las laderas hicieron albergar alguna esperanza, pero al final todo fue inútil. Los refuerzos enviados por el general Barrionuevo no podían acercarse para salvar el arsenal. Por la tarde, un grupo de sublevados compuesto por sesenta y seis militares (entre ellos el teniente coronel Pallarés y el coronel Monreal)[31], lograron huir a bordo del submarino, evitando también que éste cayese en manos enemigas, a pesar de ser atacado constantemente durante su fuga por fuego cruzado de tanques, granadas y ametralladoras[32].
Mientras se perdía el arsenal, el almirante Moreno hacía todo lo posible por activar el desembarco, única oportunidad para ayudar a los sublevados. A las 15 horas se había reunido a bordo del Vulcano con el general de las Fuerzas de Desembarco. A las 20:05 remitió el siguiente radio al almirante Cervera, con dos propuestas concretas de desembarco:
Reunido con General Jefe División 83 y falto aún de información sobre puerto de Porman, informo a V. E.:
1.º Durante todo el día de hoy no me ha sido posible entablar relación con Comandante Militar de la Plaza, Barrionuevo.
2.º He sido hostilizado por fuego baterías Oeste de la Plaza con tiro preciso.
3.º Baterías antiaéreas de Cartagena han dado señales de actividad sobre Aviación Nacional y no sobre la roja.
4.º Castillo Galeras me informan está en poder rojos y ha mantenido fuego con Castillo San Julián.
Ante esta situación, que modifica las anteriores, considero como únicas dos soluciones:
1.º Desembarco en el muelle de Cartagena-Arsenal solo posible forzando boca puerto expuesto a perder algunas unidades y forzada el puerto el desembarco en el Arsenal sería bajo posible fuego armas automáticas de Galeras.
2.º Desembarco en Portman, con las dificultades de escasez de medios pues barcos no pueden atracar y solo se dispone de dos barcazas que he mandado reconocer.
Según me informa Mando División 83 el desembarco en Porman se realizaría por fuerzas ligeras que en raid sobre San Julián operaría ocupar Galeras con apoyo Aviación y Escuadra para facilitar entrada en puerto resto convoy y desembarco Arsenal.
Ruego a V. E. resolución[33].
A las 3 horas de la madrugada del día 7 se recibió orden del Generalísimo de proceder al desembarco urgente en Portman, a pocos kilómetros al Este de Cartagena: «Correrse después a San Julián y Escombreras para dominar muelle del puerto y asegurar posteriormente acción sobre Galeras y zona Oeste. Acelerar marcha para aprovechar noche»[34]. A las 7:30 de la mañana la acción tiene que abortarse por disparos enemigos desde las baterías de Portman. Los comunistas se habían apoderado de ellas durante la medianoche.
La resistencia de los sublevados se estaba derrumbando de forma acelerada. El parque quedó aislado, con todas la comunicaciones cortadas, siendo inútiles todos los esfuerzos para restablecerlas «y los recursos a que recurrimos de enviar patrullas, un coche ligero a la telefónica, parejas, incluso casi disfrazadas y sin armas, no dieron resultado», según Barrionuevo[35]. Se quedaron también sin corriente eléctrica. Con el motor de un camión y una dinamo improvisaron un alumbrado deficiente, que no permitía ni siquiera poder oír la receptora de radio.
Al amanecer del martes 7 de marzo las fuerzas comunistas de la Brigada 206 lanzaron el ataque definitivo. Al cabo de algunas horas consiguieron forzar dos puertas del parque y salvar los diversos obstáculos que se habían colocado para defenderlas. Entraron por las dos escaleras y después de un leve enfrentamiento armado, saldado con algunos muertos y bastantes heridos, cogieron prisioneros a cuantos allí se encontraban, siendo los últimos en caer en sus manos, hacia las 10 de la mañana, el comandante Lombardero y el general Barrionuevo, que se encontraban delante del despacho del coronel[36].
A las 3 de la tarde se ordenó desde Burgos abandonar definitivamente el desembarco. El general del Cuerpo de Desembarco propuso al almirante Moreno una acción desesperada: enviar de noche ciento cincuenta hombres para ocupar por sorpresa las baterías enemigas de Portman. El almirante Cervera no autorizó la operación. Como respuesta, Moreno realizó la propuesta de desembarcar en Cabo Palos o Mazarrón. A las 15:38 horas, el almirante Cervera se oponía: «Desembarco en Cabo Palos y Mazarrón no lo considero conveniente por estimar que enemigo está ya alerta y ofrecería serias dificultades por causa escasear material adecuado»[37]. La operación de desembarco quedaba definitivamente suspendida, para desesperación del único reducto que permanecía sublevado, la Capitanía General, que veía escapar su última oportunidad. Por la tarde, el responsable de su defensa, capitán de corbeta Fernando Oliva, decidió la rendición.
La 206.ª Brigada, principalmente, redujo el foco insurreccional de la base y reconquistó Cartagena. Pero por la situación general de la zona republicana, donde Negrín y su gobierno habían sido derrocados la noche del 5 de marzo por el Consejo Nacional de Defensa, formado por socialistas, anarquistas y republicanos, los comunistas quedaban alejados del poder. Por tanto, el triunfo de los comunistas en Cartagena sobre los franquistas recuperó el poder en la ciudad para los casadistas, que no lo habían sabido ganar frente a los franquistas la madrugada del día 5. Una situación rocambolesca. En fin, cosas de la guerra…
Casi tres días había durado la aventura del último alzamiento franquista durante la guerra, aunque en ningún momento las fuerzas militares sublevadas consiguieron dominar del todo ni la base ni la ciudad. Por ese motivo ni siquiera el designado por Barrionuevo alcalde de Cartagena, Pedro Sánchez Meca, pudo tomar posesión de su cargo, al no ser capaz de llegar al Ayuntamiento. Incluso según el responsable militar de las operaciones de reducir la sublevación, el comunista Joaquín Rodríguez[38], la base naval podía haber sido reducida antes, pero el Partido Comunista le ordenó que no lo hiciera tan pronto, pues necesitaba tiempo para que llegara el nuevo jefe que el partido quería enviar para controlar la ciudad y cuya presencia física se hacía imprescindible.
La batalla fue tremenda, por tierra, mar y aire. Las fuerzas movilizadas por el régimen republicano fueron numerosas por la importancia que tenía para la República conservar Cartagena: 1000 hombres el día 5 y 9000 los restantes, procedentes sobre todo de Infantería de Marina, Asalto, Carabineros, Batallón n.º 7 de Retaguardia y 206.ª Brigada[39]. Los desperfectos resultaron cuantiosos. También las víctimas humanas. Sobre todo en el naufragio del Castillo de Olite, que fue atacado por el fuego de las baterías de costa de la Parajola en la mañana del 7 de marzo y hundido en las proximidades de Escombreras. Llevaba a bordo 2000 soldados de un regimiento de Artillería y tropas de Infantería. Mil doscientos veintitrés perecieron en el naufragio[40]; el resto cayeron prisioneros al conseguir llegar a la costa. Otro buque, el Castillo Peñafiel, recibió varios impactos de la aviación y baterías de costa y quedó seriamente averiado, pero logró emprender la huida hacia Ibiza con limitadas bajas: cuatro muertos y veinticinco heridos[41].
A las víctimas en el mar hay que sumar las provocadas en los enfrentamientos en la ciudad, mucho menos numerosas. Manuel Martínez Pastor ofrece la relación detallada de 53 muertos civiles y militares y 22 heridos[42]. Luis Romero habla de 85, desglosándola en 16 muertos en acción de guerra, 44 prisioneros fusilados y 25 cadáveres sin identificar[43]. Juan Martínez Leal establece una cifra intermedia: 60 muertos del lado sublevado[44].
La Causa General, instruida por el franquismo para depurar las responsabilidades de la guerra, incluye un informe en el que habla de represalias por la sublevación militar de julio de 1936 por parte de las fuerzas comunistas que se apoderaron de la base naval entre el 5 y el 7 de marzo de 1939, con ejecución sumarísima de diez personas: un capitán de intendencia, un alférez de fragata, un oficial de intervención civil, un auxiliar de electricidad y torpedos, un auxiliar de artillería, un cabo de artillería, un operario de la Maestranza, un mozo de farmacia y dos soldados de infantería de marina[45].
La sublevación de Cartagena resultó un episodio curioso de la guerra civil española por tres motivos principales. El primero, porque era una sublevación militar continuadora de la de julio de 1936, pero casi tres años después. Segundo, porque la sublevación franquista se produjo la madrugada del 5 de marzo aprovechando la conspiración y sublevación casadista, más numerosa que la propia. El general Barrionuevo supo hacerse con habilidad con los resortes del poder en la estratégica base naval de Cartagena a las pocas horas del estallido de la sublevación promovida por los militares seguidores del coronel Casado. Tercero, porque la sublevación casadista se produjo en Cartagena con anticipación de unas horas sobre el golpe de Estado general, que se efectuó en Madrid la noche del mismo día 5 de marzo. Tanto los casadistas como los franquistas cartageneros tenían un objetivo común: impedir que la base cayera en manos de los comunistas, por lo que tuvieron que adelantar los planes generales para evitar la toma de posesión del nuevo responsable de la base nombrado por el presidente Negrín.
Tras ser sofocada la sublevación, el nuevo responsable de la base iba a ser el coronel Joaquín Pérez Sala, uno de los jefes militares republicanos de mayor prestigio, nombrado por el Consejo de Defensa. A última hora de la tarde del 7 de marzo envió al consejero de Defensa el parte que daba por finalizada la sublevación de Cartagena:
El movimiento de los rebeldes de Cartagena, ciudad y cercanías, a la hora de redactar este parte, ha terminado totalmente, lográndose todos los objetivos y dándose, por tanto, por terminado dicho movimiento insurreccional. Al mismo tiempo, todas las fuerzas cumplimentan a V. E. y demás miembros de ese Consejo Nacional de Defensa[46].
La República había reconquistado Cartagena, aunque ahora sin barcos, su valor más preciado. «La Flota, en espíritu, se encuentra a las órdenes de V. E.», decía el general jefe del Ejército del Centro en telegrama al coronel Casado[47]. No cabe más ironía. La victoria en Cartagena sería utilizada inmediatamente por la propaganda comunista como ejemplo no solo para todos los combatientes sino incluso para la victoria final, aunque a esas alturas seguro que eran muy pocos los que lo creían. Ya prácticamente todos los habitantes de la zona republicana pensaban en la paz, en sintonía con las nuevas autoridades del Consejo Nacional de Defensa.
El 30 de marzo por la mañana, mientras era liberado el general Barrionuevo de la prisión militar de Monte Olivete (Valencia), se llevó a cabo la entrega de la flota republicana refugiada en Bizerta, que pasó a ser la flota recuperada al mando del contralmirante 2.º jefe del Estado Mayor de la Armada Salvador Moreno Fernández, con tan sólo un cambio, pero de nombre: el crucero Libertad había pasado a denominarse Galicia.
Uno a uno —relata el parte oficial— fueron haciendo entrega las Autoridades francesas a las dotaciones españolas, de los barcos y uno a uno a medida que se recibían, eran bendecidos por el Capellán del Mallorca. Después, a las 12 h previa señal del Almirante que se hallaba en el Mallorca, y los Comandantes de los buques en persona, al frente de sus dotaciones formadas, izaron lenta y solemnemente la bandera de España, y los barcos, que un día fueron enemigos, purificados por la bendición, y dignificados por arbolar la bandera roja y gualda, pasaron a servicio de Dios y de la Patria[48].
El 2 de abril salieron del puerto de Bizerta rumbo a España. La flota recuperada fue a Algeciras, Cádiz y Ferrol, donde quedaron los buques para efectuar las grandes y numerosas reparaciones que necesitaban.
Un día antes, en la fecha del último parte de guerra del general Franco, el 1 de abril de 1939, a las 7 horas, habían entrado en el puerto de Cartagena los submarinos nacionales General Mola y General Sanjurjo y más tarde, a las 10 horas, fondeaba y amarraba en el malecón de la Curra el crucero Canarias. Poco después lo hacían el crucero Navarra y el cañonero Dato. De nuevo ondeaba la bandera roja y gualda en Cartagena.