6. El golpe de Estado del coronel Casado
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El golpe de Estado del coronel Casado
6.1. El desgaste político del gobierno Negrín y sus aliados
6.1. EL DESGASTE POLÍTICO DEL GOBIERNO NEGRÍN Y DE SUS ALIADOS
La rendición de Menorca prácticamente coincidió en el tiempo con la derrota definitiva del ejército republicano en Cataluña. El día 4 de febrero las tropas de Franco habían entrado en Girona. Una semana después, el día 11, finalizaron las operaciones en territorio catalán. La guerra estaba totalmente decidida. Gran Bretaña y Francia, con el reconocimiento oficial del régimen de Franco el 27 de febrero, también lo entendían así. Hasta los Estados Unidos de América no cesaban de mandar mensajes mostrando su extrañeza por haber continuado la guerra después de caer Barcelona, provocando la destrucción en pueblos y ciudades, solicitando la rectificación de conducta en el Centro «para evitar nuevas víctimas y destrucciones»[1].
El presidente de la República, Manuel Azaña, dimitió al conocer el abandono de las principales potencias europeas. Negrín tampoco estuvo de acuerdo con el proceder de la máxima autoridad de la República, como mostró en carta que le envió unos días después, en la que le decía estar «dolorosamente impresionado»[2]. Diego Martínez Barrio, su sucesor constitucional, se negó a ejercer el cargo. La República estaba totalmente abandonada y hundida. Sin embargo, aún controlaba aproximadamente el 30% del territorio español y todavía faltaba mucho por ver…
Fruto de los últimos acontecimientos y de la acción desgastadora de los quintacolumnistas, el prestigio de Negrín iba cayendo en picado. Para muchos ciudadanos y bastantes líderes políticos del propio Partido Socialista (especialmente los del sector crítico encabezado por Largo Caballero), Negrín era un «vendido» a los intereses del PCE y de la Internacional Comunista, que aceptó el chantaje de ésta para plegarse a sus pretensiones a cambio de recibir ayuda desde la URSS (lo que no había hecho Largo Caballero, que prefirió abandonar el poder) y que sólo aguantó en el gobierno por el miedo de la mayor parte de la población[3]. De «dictador al dictado del PCE y de Moscú» y de «artífice de la triste experiencia contrarrevolucionaria de nuestra República y de nuestra guerra», le calificaría y acusaría Luis Araquistáin[4].
También «echó una mano» la Quinta Columna, omnipresente por todos lados. En Madrid, por ejemplo, tenemos el testimonio de algunos de sus líderes y agentes más activos que relatan cómo ejercieron una labor intensa de propaganda ante todo el mundo, pero en especial ante los anarquistas, para hacerles ver que la lucha proseguía a beneficio exclusivo de Rusia, de Inglaterra y de Francia. «Nuestra labor se completaba con el relato de los actos despóticos de Negrín, de su vida crapulosa y de cuanto demostraba que no era sino un agente al servicio de Rusia»[5]. También estuvo muy extendido el rumor de un golpe militar de los comunistas para hacerse con el poder, seguro que divulgado sin ningún tipo de fundamento por los quintacolumnistas: «Respirábamos un clima de golpe de Estado, hasta el extremo de que aquel que no lo diese con premura lo recibiría pronto», diría un testigo del momento[6].
El principal aliado de Negrín, el PCE, también sufrió el desgaste y las iras del resto de formaciones políticas y sindicales. A partir de febrero de 1939, la maquinaria comunista entró en un acelerado proceso de descomposición. El Partido Comunista estaba pagando la factura de una expansión espectacular que nunca fue acompañada, ni siquiera en los mejores momentos, por la articulación de una organización eficiente: «Cuando llegaron los momentos agónicos, la afiliación masiva, que había constituido la base del crecimiento exponencial del partido coincidiendo con los más destacados hitos de la resistencia republicana —Madrid, el Jarama, Guadalajara, el primer Gobierno Negrín—, basado fundamentalmente en la afluencia de gente sin experiencia militante previa, se reveló como un ingrediente sumamente volátil»[7].
Día a día, minuto a minuto, las tensiones entre las distintas formaciones fueron creciendo en el seno del Frente Popular. Todos contra el PCE, aunque desde distintas órbitas y con distintos objetivos. Sólo los comunistas reclamaban la resistencia a ultranza, como habían manifestado con su adhesión a los tres puntos de Figueres por medio de una declaración del Buró Político.
La CNT, en constante crecimiento, pretendía sacar «tajada» del aislamiento político del Partido Comunista y de la debilidad de su trabajo sindical y su escasa presencia en las fábricas. Entre la CNT y el PCE subyacía una cuestión de disputa por el liderazgo del movimiento obrero en la República en guerra. El PSOE, que había seguido el juego de la unidad durante mucho tiempo, ahora desvelaba sus profundas discrepancias con el comunismo, que le había quitado muchos afiliados en la batalla por ganar representatividad, tanto por medio de una feroz labor propagandística como de una nueva concepción organizativa. El Partido Comunista había sabido atraerse a distintos sectores sociales, dirigiendo a cada uno de ellos un mensaje específico. A las clases medias el aseguramiento del orden y defensa de la pequeña propiedad, al campesinado la puesta en valor de la reforma agraria, al proletariado la defensa de las conquistas sociales republicanas. «Todo ello lo convirtió en una organización de masas capaz de aglutinar en su seno la representación de un amplio espectro social interclasista identificado con el proyecto originario del Frente Popular»[8].
Las acusaciones públicas entre socialistas y comunistas fueron en aumento cada día que pasaba. En la Conferencia de Madrid, celebrada entre el 9 y el 11 de febrero de 1939, Dolores Ibárruri en su discurso culpó a Largo Caballero, Miaja y Casado de la situación de la guerra, por sus errores, favoritismos, claudicaciones e incapacidades; y a los dos últimos de que se emplease el estado de guerra contra el Partido Comunista, al igual que en los viejos tiempos. A esta complicada situación vino a sumarse la existencia de un serio problema de dirección del partido. Ante la ausencia por enfermedad de José Díaz, se formó un secretariado de tres miembros, compuesto por Dolores Ibárruri, Pedro Checa y Manuel Delicado. «Esta troika —según Hernández— seguía de cerca al gobierno, en el que figuraban dos ministros comunistas (Vicente Uribe y José Moix, éste por el PSUC), pero se distanció del resto de órganos de dirección —el Comité Central y el Buró Político (formado por los ya citados más Isidoro Diéguez, Ángel Álvarez y José Palau)—, que apenas podían ya reunirse al completo. A dos de los miembros, Jesús Hernández y Pedro Martínez Cartón, no se les convocaba para que no desatendieran sus tareas en los ejércitos»[9].
En medio de las disputas políticas, Negrín decidió instalar el aparato gubernamental en la Posición Yuste, que fue la sede del presidente del Gobierno desde el 25 de febrero al 6 de marzo de 1939. Estaba situada en la finca El Poblet, ubicada en el término municipal de Petrel (Alicante), a un par de kilómetros de Elda (núcleo industrial de amplia fidelidad republicana), enclavada junto a la carretera nacional de Madrid a Alicante, a menos de cuarenta kilómetros de la capital alicantina. A pocos kilómetros de la finca se encontraba el aeródromo militar de El Mañá, en el término municipal de Monóvar. Además de la seguridad que le proporcionaba el paraje, el presidente estaba convencido de que sólo si se lograba controlar el territorio comprendido entre Valencia y Cartagena cabría prolongar la guerra lo suficiente para proceder a una evacuación ordenada a través de los puertos. Temía que en la zona centro-sur el derrumbamiento del aparato estatal pudiera ser aún más rápido y catastrófico que el de Cataluña.
Algunos de sus principales mandos militares no entendían este tipo de decisiones del presidente, que parecían un signo de miedo y debilidad. El general Miaja confesaba con resignación al enviado especial a Madrid del periódico Paris-Soir que había intentado ver en varias ocasiones a Negrín pero que resultaba «más fácil alcanzar al viento, pues este hombre nunca para en un sitio. Con una intranquilidad se traslada de un sitio a otro presintiendo la debilidad que le rodea. No es ningún secreto que las dos terceras partes de sus ministros los tiene en contra y solamente su autoridad, su dinamismo y su inteligencia les obligan a aceptar sus decisiones»[10].
6.2. La maltrecha economía y su repercusión social
6.2. LA MALTRECHA ECONOMÍA Y SU REPERCUSIÓN SOCIAL
La crisis no era sólo política y militar. También incidía en la inestabilidad de la República la negativa evolución de la economía y la dramática situación social que se iba agravando día a día. La escasez de artículos de primera necesidad en la mayor parte de la retaguardia y las limitaciones en el propio ejército determinaban en gran parte el deterioro político y militar.
Al comenzar 1939 la situación se hacía angustiosa, sobre todo en las grandes ciudades. Madrid había perdido en unos meses el ambiente de euforia, alegría y optimismo que la caracterizaba desde el inicio del conflicto. Cuando el coronel Casado tomó posesión de la jefatura del Ejército del Centro en mayo de 1938, tras muchos meses alejado de la capital, esperaba encontrarse con una población desmoralizada por el castigo de las bombas y por la limitación de alimentos. No fue así, según relata en sus memorias: «Afortunadamente me equivoqué, porque había comprobado con toda clase de garantías que la moral, tanto en la población civil como en las fuerzas armadas, era excelente. Es más, me atrevería a decir que estaba entera». En ellas narra cómo muchos evacuados a Valencia y otras poblaciones echaban de menos el ambiente alegre de Madrid. El presidente Negrín participaba de la misma opinión, según le comentó en su primera entrevista oficial: «No me extraña la influencia de Madrid respecto a la moral, pues cuando venimos los ministros y yo, mejora nuestra moral, tal vez debido al ambiente desmoralizador que siempre se respira en Barcelona»[11].
En febrero de 1939, el enviado especial del periódico Paris-Soir escribía que el sol era la única calefacción en el rudo invierno madrileño. El carbón falta por completo. Las raciones de pan están reducidas a cien gramos por día. El hambre y el frío son trágicos. Pero esto no era lo peor, para el observador: «No son los sufrimientos y la miseria que chocan al viajante que después de una ausencia de tres meses vuelve a Madrid, es el gran decaimiento moral de la población. La población se pregunta: ¿para qué luchar, por qué razón pasamos este hambre y este frío?»[12].
La dieta estaba reducida prácticamente a lentejas de mala calidad y escasas de cantidad. Se las bautizó con el nombre de píldoras de resistencia del doctor Negrín. La gente ya no aguantaba más, por lo que se fueron generalizando las manifestaciones y tumultos por sus calles, en protesta por la penuria y calamidades de una guerra que consideraban ya inútil. Los manifestantes eran en su mayoría mujeres, en algunos casos organizados previamente por la Quinta Columna. Según testimonio de algún testigo[13], el grito más generalizado era el de:
¡Queremos pan y carbón.
Y si no: la rendición!
Este tipo de acciones recordaba a antiguas formas de protesta como los motines de subsistencia, que se dieron por buena parte de España hasta las primeras décadas del siglo XX, encabezados principalmente por mujeres ante la subida de precios de los productos de primera necesidad, que podían hacer de su consumo un producto de lujo dada la miseria de las clases populares. Ahora, durante la guerra, la penuria no sólo llegaba a las clases más desfavorecidas. Era prácticamente generalizada.
Madrid, desde luego, era una ciudad profundamente cansada. La prensa inglesa, incluso, hablaba del fallecimiento cada semana en ella, a causa de las privaciones, de 400 a 500 personas[14]. Los informes de la diplomacia francesa aumentaban la cantidad a 600 víctimas al día por incluir las muertes que provocaban las epidemias y la difícil situación de los hospitales, arrasados por los bombardeos y sin apenas energía eléctrica[15]. Y no era sólo la muerte, sino lo que conllevaba, como recuerdan algunos testimonios: «Los muertos pasaban hasta semanas en las casas. No había coches ni cajas para su enterramiento. Había que esperar turno, igual que lo hacían en vida para el pan u otras mercancías difíciles de conseguir»[16].
En Barcelona la situación no era mejor. «Los estragos que causaba la tortuante penuria de víveres —según un testigo del momento— ensombrecía la ciudad con las figuras espectrales de los cuerpos escuálidos y decaídos, los rostros descarnados y la expresión macilenta de la población en estado de vigilia»[17]. El mayor problema con el que se encontraron las tropas franquistas tras su conquista el 26 de enero fue la falta de alimentos básicos, entre ellos el pan como principal, decían los diplomáticos franceses[18]. Pero salvado éste, que no era pequeño, tenían otro gran reto por solventar: la industria, que representaba tres cuartas partes de la de todo el país, estaba en un «marasmo abominable», según informaba el cónsul de Francia en la ciudad en el mes de marzo. Las causas principales: los bombardeos y los sabotajes[19].
En Valencia no sólo continuaba la escasez de los años previos, sino que se agravaba alarmantemente. El 18 de enero de 1939 la diplomacia francesa recalcaba que la población llevaba seis días sin comer pan. Tampoco había leche, ni pescado, ni de nada… Calificaba la situación de «trágica»[20].
En la provincia de Ciudad Real, granero de la República, faltaban hasta los productos típicos manchegos, como el vino, escaso, caro y malo: «En la Mancha, menos cuesta el vino que el agua», decía un viejo refrán. Y durante la contienda: «El vino de la guerra, cuesta un sentido y no vale una perra». Pero no quedaba ahí eso. Prácticamente no había de nada, como decía esa coplilla que circuló por todos los rincones manchegos:
Las consecuencias sociales de la escasez de artículos básicos, de la desastrosa política de transportes y de la desmoralización que iban produciendo ambos fenómenos junto a los bombardeos y los sabotajes quintacolumnistas fueron tremendas, porque cada vez afectaron a un mayor número de personas. Pero también políticamente pasaron factura a la maltrecha República. La mayor parte de la población se mostraba indiferente hacia los asuntos políticos y en ocasiones hasta hostil hacia quien predicaba y organizaba la resistencia, como hacían ver los propios representantes de la Comintern en España[22]. También lo ponían de manifiesto los diplomáticos franceses: para el cónsul en Valencia, la tragedia del hambre había logrado vencer psíquicamente la resistencia, doblegando todas las voluntades y traduciéndose en una pasividad ante todos los asuntos, salvo el de la propia subsistencia[23].
6.3. La conspiración
6.3. LA CONSPIRACIÓN
En este ambiente de derrotismo militar, descomposición política y miseria nació la conspiración promovida por el coronel Casado. Segismundo Casado era al inicio de la guerra jefe de la escolta del presidente de la República. En 1936 ascendió a teniente coronel. Participó en la defensa de Madrid, en la batalla del Jarama y en la batalla de Brunete. Posteriormente fue jefe del XVIII y del XXI Cuerpos de Ejército y después del Ejército de Andalucía. En mayo de 1938 ascendió a coronel cuando estaba destinado en el frente de Aragón, pasando a sustituir a Miaja en la jefatura del Ejército del Centro. El 2 de marzo de 1939, Negrín le ascendió a general, intentando poner freno a su conspiración. No aceptó el ascenso.
El día 12 de febrero se reunieron en Madrid el presidente Negrín y el coronel Casado. Éste le expuso al presidente la necesidad de acabar la guerra cuanto antes, puesto que estaba totalmente perdida y el pueblo no podía seguir sufriendo. Negrín trató de tranquilizarlo y le informó de que, en Marsella, los rusos tenían preparados 600 aviones, 500 piezas de artillería y 10 000 ametralladoras para entrar en España. Aun así le reconoció la gravedad del momento: «Estoy de acuerdo con usted en que la situación es verdaderamente grave; pero, por grave que sea la situación, las circunstancias nos exigen continuar en la lucha como única solución, pues desde el mes de mayo de 1937 he tratado reiteradamente de entrar en negociaciones con el enemigo utilizando incluso mi amistad con significados nacionalistas, pero fracasé en todas esas tentativas»[24]. Casado replicó que los suministros rusos nunca llegarían y que aunque lo hiciesen servirían de muy poco y le propuso que convocase una reunión urgente con los altos mandos militares.
El presidente aceptó su sugerencia. Previamente a la convocatoria solicitó informe secreto a algunos de sus principales responsables militares a través de la Subsecretaría de Armamento[25]. Las respuestas breves y manuscritas de cada uno de ellos eran sumamente reveladoras:
- —Buiza, jefe de la Flota: «Moral de la tropa a punto de derrumbar. Han estado a punto de salir y conminar al Gobierno para que se rinda».
- —General Escobar, jefe del Ejército de Extremadura: «Estado moral malo. Dan confianza a los mandos para disimular».
- —General Bernal, jefe de la Base Naval de Cartagena: «Moral de la base es de derrota. Vanguardia y retaguardia quieren que se acabe la guerra».
- —General Hernández: «No ha sufrido la moral colectiva. Moral individual, mala. Si el enemigo atacara derrumbamiento de la moral. Moral en la retaguardia es de derrota».
Tan sólo la del general Mariones (Ejército de Andalucía) era sumamente positiva: «Moral no se ha resquebrajado».
La reunión se celebró el 16 de febrero en el aeródromo de Los Llanos (Albacete)[26]. Negrín comenzó su intervención reconociendo que no era la situación que él había buscado, pues intentó desde los primeros días de su primer mandato negociar la paz con los nacionales, utilizando la amistad que le unía a varios familiares de Serrano Suñer, el cuñado de Franco. También hizo varios intentos similares buscando la mediación británica, pero todos los esfuerzos resultaron inútiles. Tras sus palabras, pasó el turno de intervención a sus mandos militares, a los que escuchó atentamente pero, aun con la opinión contraria de todos, salvo el general Miaja, dio la orden de resistir. Era la decisión oficial. Terminada la reunión, y en ausencia del doctor Negrín, los jefes militares continuaron por su cuenta. «Los mandos tuvimos breves cambios de impresiones —recuerda el coronel Casado— y nos ratificamos en la creencia que teníamos de que obraba al dictado del Partido Comunista, es decir, al dictado de la Unión Soviética. Esto nos reafirmó en el acuerdo, tomado de firme con anterioridad, de eliminar el Gobierno del doctor Negrín, que carecía de legitimidad, y tratar de negociar la paz directamente con el enemigo, siendo como era la Autoridad Militar, el Poder Legítimo de la Nación»[27]. Según las fuentes franquistas, Franco tuvo puntual noticia de lo que se habló en la reunión de Los Llanos a través del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), «que ahora contaba con una emisora puesta a su disposición por Casado»[28].
Efectivamente, la decisión estaba tomada con anterioridad. Los contactos de Casado con los servicios secretos franquistas y con los mandos militares republicanos ya estaban en marcha desde meses antes. Según algunas fuentes, Casado se había «ofrecido» a Franco en septiembre de 1938, haciéndole llegar sus deseos de capitulación[29]. En un informe del SIPM de finales de noviembre se habla de una entrevista de acercamiento entre el hermano de Casado, el teniente coronel César Casado; el comandante León Sanz y un ingeniero agrónomo llamado Eduardo Rodrigáñez, miembro de la Organización Antonio, de la Quinta Columna de Madrid, con vistas a conseguir una reunión a puerta cerrada con el coronel Casado. Parece ser que tuvo lugar en torno al 19 o 20 de noviembre, tras la derrota del Ebro. Las actuaciones sobre Casado siguieron, a pesar de que Pedrero, Jefe del SIM en la Zona Centro, montó una estrecha vigilancia cerca del coronel y sus familiares[30].
Con el fin de organizar la trama, según algunos indicios, Casado envió al otro bando al jefe de Estado Mayor, coronel López Gallegos, para preparar el golpe, lo que tuvo que hacer pasando a través de la Sierra[31]. A principios del mes de febrero de 1939, Casado entró en contacto directamente con altos jefes militares y con destacados líderes políticos republicanos, a los que propuso abiertamente su implicación para derribar al Gobierno del doctor Negrín. Uno de los primeros en conocer sus planes fue el carismático líder socialista Julián Besteiro, que había jugado un papel bastante pasivo durante el conflicto. Se entrevistaron en casa de este último el día 3 de febrero. El coronel le informó del objetivo de los altos mandos militares de coger el poder con el único fin de negociar la paz, bajo la justificación de constituir la única autoridad legal tras la declaración del estado de guerra el mes anterior. Además, le invitó a participar e incluso presidir el Consejo Nacional de Defensa, que se constituiría como única autoridad legítima de la República, en el que estarían representados todos los partidos y sindicatos a excepción del Partido Comunista. Besteiro aceptó su participación pero no la presidencia, por creer que debía reservarse a un jefe militar por la misma motivación expuesta por Casado[32].
Dos días después, su ayudante, el teniente coronel José Centaño de la Paz, le confesó pertenecer a la Quinta Columna, concretamente al grupo Lucero Verde, ofreciéndose a canalizar la comunicación con los nacionalistas con toda clase de garantías. También su médico personal, Diego Medina, era integrante de la Organización Antonio, de la Quinta Columna madrileña. Casado exigió como garantía a su ayudante que el coronel nacionalista Fernando Barrón, íntimo amigo suyo, le escribiera una carta firmada de su puño y letra con las condiciones previas para entablar las negociaciones «oficiales». No tardó mucho en llegar la carta del coronel Barrón, en la que le informaba que las condiciones serían rendición incondicional y exención de responsabilidades para todos los que no hubieran cometido delitos criminales[33].
Mientras, el general Miaja se reunió con representantes de las organizaciones y partidos de Madrid proponiéndoles la constitución de una Junta o Consejo político-militar para negociar la paz. El 10 de marzo el embajador francés en Londres daba cuenta de la reunión a su ministro[34]. En ella había representantes de las Federaciones Provinciales Socialistas, de la UGT de Alicante, Jaén, Murcia, Albacete y Madrid, quienes se comprometieron al momento, según cuenta un líder ugetista[35], porque en Madrid ya no estaban los elementos más destacados de los partidos ni organizaciones y por el cansancio de la gente para continuar la guerra y el estado moral de la tropa por la pérdida de Cataluña.
El día 20, Casado recibió en la capital a Centaño, hombre de confianza de Ungría, que iba acompañado del agente Manuel Guitián. Según un informe del SIPM, durante su entrevista con Casado, Centaño le instó a que no retrasara más el golpe: «El ejército de Franco no puede admitir demoras»[36]. Al terminar la conversación el coronel volvió a citar a los mandos militares en su cuartel general, la Posición Jaca, para urgirles en la acción y asegurarse su apoyo. Reafirmaron la propuesta de apoyar al Consejo y prescindir de Negrín, para llevar adelante la negociación con Franco.
En esos días también se reunió con el coronel Ungría, jefe de los servicios de información secreta de Franco, tal vez gracias a las gestiones de su jefe de Estado Mayor. Le comunicó que para él sería un error «que los nacionales desencadenasen una ofensiva prematuramente pues no conseguirían otra cosa que resistencias desordenadas, víctimas y daños de mucha consideración. Él tenía la situación controlada, y podía ofrecer un final diferente»[37]. Prometió a los servicios de inteligencia franquista que para el sábado 25 un gobierno presidido por Besteiro desarrollaría el plan de entrega[38]. «Tenemos la impresión de que Casado puede realizar su plan con pleno éxito y toda seguridad», concluía el informe elaborado al efecto por el SIPM sobre la entrega de Madrid[39].
Las gestiones e informes del Servicio de Inteligencia y Policía Militar se completaban con una intensa campaña de propaganda a través de radio y octavillas en las que se hacía ver la cobardía de Azaña por huir al extranjero, abandonando al pueblo, y que Negrín, Álvarez del Vayo y Uribe, defensores de la resistencia, servían a los intereses exclusivos de Rusia. La iniciativa partió, según el SIPM, del propio Casado[40].
El 24 de febrero se reunió el Comité de Enlace del Movimiento Libertario, en el que el representante de la FAI afirmó que con el Gobierno Negrín no había posibilidad de hacer una paz honrosa y que inevitablemente se necesitaba formar un gobierno o una Junta de Defensa a tal fin. En aplicación de los acuerdos tomados por el Comité de Defensa Confederal del Centro, se entablaron conversaciones con otras fuerzas políticas y con Casado para estudiar el método de una sublevación «cada día más precisa e inevitable»[41]. Según el profesor Bahamonde[42], resultó decisiva la participación de la CNT madrileña en la trama conspirativa, en la logística del golpe del 5 de marzo y en el posterior desarrollo de los acontecimientos durante la semana de la pequeña guerra civil. En la conspiración, proporcionó al coronel Casado elementos ideológicos que sirvieron de base justificativa del golpe, como el discurso pacientemente elaborado desde julio de 1936 sobre el complot comunista. También resultó decisivo el compromiso del IV Cuerpo de Ejército, la unidad militar más compacta y homogénea, en términos políticos, de todo el Ejército del Centro, desde mediados de 1938, cuando su jefe, Cipriano Mera, completó el control cenetista sobre la unidad. Mera y Casado colaboraron estrechamente durante la preparación del golpe porque compartían un similar sentimiento anticomunista.
Día a día la conspiración casadista crecía y se conocía públicamente, pues sus miembros no se recataban de anunciarla. Tampoco escondían sus movimientos: libremente concentraban y colocaban a sus unidades leales en los puntos estratégicos importantes. El día 27 llegaron al PCE las primeras noticias del plan golpista de los casadistas, pero con contenidos confusos. La dirección del Partido Comunista adoptó una serie de decisiones en el sentido de organizar la autodefensa[43]. Los miembros del Buró Político y del aparato del Comité Central se trasladaron a Murcia, cerca del Gobierno. Se puso en alerta a todas sus unidades militares, formando un Estado Mayor Militar del partido para dirigir la defensa. Además, se reforzaron los servicios de vigilancia en algunas ciudades y se preparó un código cifrado para mantener la comunicación y el contacto con todos los jefes.
Pero la respuesta era insuficiente para abortar una conspiración donde estaban implicados los principales jefes militares. «El PCE careció de decisión para adelantarse a los conspiradores, de fuerza para sofocarlos y de coordinación en la respuesta a su pronunciamiento. De ahí la variopinta gama de respuestas al golpe del 5 de marzo, que fueron desde el acatamiento en algunas provincias a la resistencia armada en Madrid, pasando por la movilización expectante en Levante. De ahí, también, el desplome definitivo»[44].
Tampoco había una postura unánime del partido ante la conspiración, quizá por sus dificultades internas. En esos últimos días del mes de febrero, el comunismo se encontraba cada vez más dividido. Incluso comienza a calar entre los principales mandos, como Dolores Ibárruri y Jesús Hernández, la propuesta del búlgaro Stepánov[45], delegado en España de la Comintern, que llevaba dos años por el país. Ésta consistía en ofrecer al presidente del Consejo de Ministros y ministro de Defensa, Negrín, la posibilidad de formar un Consejo de Defensa, Trabajo y Seguridad General, con un par de ministros, dos o tres personalidades políticas no ministros y un par de militares fieles y enérgicos para aplicar los métodos de la dictadura democrática-revolucionaria y convertir la guerra en una guerra popular, pues según su opinión todos los problemas venían del alejamiento de las masas tanto del gobierno como del partido. Para él, el Partido Comunista tuvo su última oportunidad durante la Conferencia de Madrid, que movilizó a todo el aparato y a las bases, constituyendo «el más grandioso acto político de aquel tiempo». Pero no fue aprovechado: «Si después de la conferencia de Madrid hubiéramos celebrado conferencias en Valencia, Albacete, Alicante y en otras ciudades con intervenciones de Dolores y de otros dirigentes del partido, si en el mismo Madrid hubiésemos organizado nuevos mítines, las masas habrían estado del lado del Partido Comunista», escribe en su informe con resignación. De forma ingenua creía que ese entusiasmo popular comunista hubiera bastado para acabar con el golpe de Casado.
A estas razones hay que sumar, según Stepánov, el problema que originó la primera medida de reacción a la conspiración, la salida de Madrid de los miembros del Buró Político y del aparato del Comité Central. La organización madrileña se quedó aislada del Comité Central y éste se encontró física y materialmente desgajado de las organizaciones del partido, de los trabajadores, de las masas y del ejército. Mientras, los mejores cuadros militares y de comisarios del partido se concentraron en Elda, al lado del Gobierno pero alejados de los órganos del partido y de las unidades militares. En suma, el aislamiento de los mandos políticos y militares del Partido Comunista llegaba en el momento menos oportuno, cuando crecía la trama golpista.
La primera fecha prevista, 25 de febrero, tuvo que aplazarse. El SIPM, desde Torre de Esteban Hambrán, comunicaba dos días después al Cuartel General del Generalísimo que el día 28 se constituiría la Junta organizada por Casado, solicitando el plácet para que inmediatamente Besteiro y el coronel Ruiz Fornells se trasladaran en avión a Burgos para formalizar la rápida capitulación[46]. Tampoco se ejecutaron los planes previstos. Días después un telegrama del SIPM explicaba las razones del retraso: «Casado continúa dispuesto actuar, pero pretende poner de acuerdo a los partidos y Gobierno. Gobierno intentó destituir Casado y Matallana no acatando éstos orden. Casado salió día dos para Valencia, objeto reunir militares»[47].
El día 3 de marzo, Casado intentó atraerse al jefe de la aviación republicana Ignacio Hidalgo de Cisneros, a pesar de su militancia comunista. En una comida celebrada en los alrededores de Madrid, le habló de la intransigencia de Negrín y de la necesidad de acabar la guerra cuanto antes: «Le doy mi palabra —le comentó Casado— de que puedo conseguir de Franco mejores condiciones de las que pueda conseguir Negrín. Incluso puedo asegurarle que respetarán nuestra graduación». Hidalgo de Cisneros dudaba de que ello fuera posible y Casado le respondió que el representante británico en Madrid, Denys Cowan, habría realizado todos los arreglos necesarios con Franco. El militar comunista le dijo que fuera a decirle eso a Negrín, lo cual, evidentemente, no hizo el coronel, pero que sí haría Hidalgo[48].
La reacción del propio Negrín hacia las palabras de Hidalgo de Cisneros como hacia toda la conspiración tampoco fue contundente ni eficaz. No pudo convencer a Casado con la palabra, pero tampoco evitó las intrigas en sus responsables militares. En palabras del comisario comunista y uno de sus más estrechos colaboradores, Jesús Hernández (había sido ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes hasta marzo de 1938), con quien charló el 3 de marzo, Negrín parecía resignado, sin voluntad de resistir. En la entrevista, el presidente le mostraba su desacuerdo con la postura de los responsables militares, en especial de Casado, al que calificaba de traidor. Jesús Hernández le exigió actuar en consecuencia, a lo que le contestó con suma resignación la imposibilidad de hacerlo por lo solo que se encontraba:
Mire, cuando tomé el avión en Francia para venir aquí sabía que tenía 80% de posibilidades de perder la vida. Hoy creo que tengo el 99%, pero con la última posibilidad quiero salir dignamente. He creído en la resistencia en marzo del año pasado. Creo que con nuestros actuales medios podemos resistir unos meses. Pero no quieren.
Para resistir todo este tiempo necesito hacer toda una porción de cambios fundamentales. Cuando tiendo la mirada no veo gente capaz y entusiasta más que en el Partido Comunista. Y cada nombramiento de los que hago, al recaer en un comunista es una conmoción de todos los partidos y organizaciones. Así, no puedo gobernar[49].
6.4. El golpe militar
6.4. EL GOLPE MILITAR
En la tarde del 5 de marzo de 1939 se producía el tan esperado golpe de Estado preparado por el coronel Casado. Esa tarde dominical se estaba celebrando Consejo de Ministros, presidido por Negrín, en la Posición Yuste. Al atardecer hicieron un descanso para cenar. Durante la cena, Soley, miembro del Partido Comunista y ayudante de Negrín, llegó con la noticia de que las emisoras de radio de Madrid y Valencia estaban transmitiendo ciertos discursos con ataques frenéticos al Gobierno. Rápidamente varios ministros llamaron por teléfono a Casado, quien les confirmó el golpe y la formación de una Junta de Defensa. Negrín intentó paralizar los planes de Casado hablando telefónicamente con él: «Negrín coge el auricular y pregunta qué pasa con ustedes en Madrid. Respuesta: me he sublevado. Pregunta: ¿contra quién? Respuesta: contra Vd. Negrín: en tal caso, ¡le destituyo del puesto que ocupa! Casado no respondió, sino que simplemente colgó el auricular»[50].
Para la República, la guerra terminaba como había empezado, con un golpe de Estado, aunque la diferencia con el de julio de 1936 era evidente: ahora no se pretendía conquistar el poder para gobernar, sino todo lo contrario, para lograr la mejor rendición posible ante el ejército de Franco y acabar con un conflicto innecesario para los protagonistas. Con el golpe militar de julio de 1936 tenía en común el motivo esgrimido por los golpistas, el comunismo: la revolución comunista en 1936 y la influencia comunista en el Gobierno de Negrín en 1939. Miedo a la revolución comunista.
Para la gobernabilidad de la República se formó el Consejo Nacional de Defensa presidido por el general Miaja, jefe supremo del Ejército, cuya misión principal era negociar una paz honrosa con el enemigo. El hombre fuerte del mismo era el coronel Casado, responsable de la Consejería de Defensa. Una nueva paradoja de la guerra: dos hombres que no habían tenido buenas relaciones profesionales durante el desarrollo bélico se unían contra el presidente Negrín, que había evitado el cese de Casado cuando era jefe del Ejército del Centro, solicitado en julio de 1938 por el entonces jefe del Grupo de Ejércitos de la Región Central, general José Miaja, su inmediato superior[51].
Tabla n.º 7
Consejo Nacional de Defensa (5 de marzo-28 de marzo de 1939)
Presidencia | José Miaja (militar) |
Estado | Julián Besteiro (PSOE) |
Gobernación | Wenceslao Carrillo (PSOE) |
Defensa | Segismundo Casado (militar) |
Hacienda | Manuel González Marín (CNT) |
Trabajo | Antonio Pérez (UGT) |
Justicia | Miguel San Andrés (IR) |
Instrucción Pública | José del Rio (UR) |
Comunicaciones | Eduardo Val (CNT) |
Desde el Ministerio de Hacienda, en Madrid, convertido en sede de los sublevados, los líderes del movimiento cívico-militar se dirigieron por radio al país para comunicar la constitución del Consejo Nacional de Defensa, insistiendo en la «carencia de base jurídica del gobierno» por estar declarado desde hacía pocos meses el estado de guerra en toda la zona republicana, lo que obligaba al mandato de la autoridad militar. Primero intervino Miguel San Andrés, de Izquierda Republicana, que leyó el manifiesto del nuevo órgano de gobierno. Después habló el socialista Julián Besteiro, que acusó a Negrín de engañar al pueblo con falsas esperanzas, como la llegada de armamento procedente de Francia, y de estar al servicio de la URSS. Negó la legitimidad del gobierno, porque Azaña había dimitido y las Cortes permanecían inactivas. A continuación tomó la palabra Cipriano Mera, de la CNT, que acusó a Negrín de traidor e indigno. Las últimas palabras las pronunció el coronel Casado, que reclamaba una patria exenta de tutela extranjera y se comprometía a que la guerra no terminase mientras no se respetara la independencia de España y no se tuviese la garantía de una paz sin crímenes: «Asegurar la paz de España y evitar que nuestro país se sumerja en un mar de sangre, de odio y de persecución que hagan imposible por muchas generaciones una patria española unida por algo más que la dominación extranjera, la violencia o el terror», diría desde el micrófono.
Territorio controlado por el Consejo Nacional de Defensa (marzo 1939)
Tras ser público el golpe de Estado, la dilación en la toma de resoluciones en Elda alcanzó, para algunos comunistas, niveles desesperantes[52]. En las primeras horas del día 6, Jesús Hernández logró hablar con Negrín para comunicarle que los comunistas tenían controlada la situación «y si Vd. lo ordena podemos aplastarlos». El presidente le recomendó calma y no hacer nada hasta que el Gobierno deliberase. Hacia las dos de la madrugada, Hernández llamó a la Posición Yuste y habló con el subsecretario de Defensa, Antonio Cordón. Éste le informó de que el Gobierno iba a reunirse. Hernández le solicitó que se tomaran decisiones con urgencia. Poco después volvió a llamar a Negrín, quien le ordenó que no hiciera nada mientras el ejecutivo deliberaba. Después habló con el ministro Uribe, quien le contestó en el mismo sentido. Fue la última conversación. Las comunicaciones se cortaron. A partir de ese momento, lo que quedaba de la dirección comunista tenía que actuar por su cuenta.
La falta de reacción oficial del partido puso en evidencia tanto el desconcierto en el PCE como que carecía de un plan para salir de la guerra. La reacción de quienes estaban reunidos en Elda junto con Negrín fue la de, tras una fase de estupor, marcharse para no caer en manos de los sublevados: «La situación del PCE se hizo crítica: por fuga o por captura de sus principales dirigentes, se encontraba prácticamente descabezado y falto de línea a seguir. Fue en ese momento cuando el sector político-militar rellenó el vacío dejado por la dirección desaparecida y preparó otro tipo de respuesta. Tras asegurarse posiciones en la carretera Madrid-Valencia, Hernández formó un nuevo Buró Político, integrado por Larrañaga, Palau, Zapirain y Martínez Cartón, y decidió asumir de forma directa todo el trabajo militar, publicando un manifiesto en nombre de la nueva dirección con fecha 9 de marzo»[53]. En él se negaba la acusación de vacío de poder y abandono de los comunistas y se llamaba a la resistencia contra el Consejo Nacional de Defensa, se instaba a los comisarios y militares comunistas a no relegar el mando ni a entregar las armas bajo ningún concepto sin haber conseguido la restitución de la legalidad y sin que hubieran cesado las persecuciones contra el PCE. En caso contrario se emplearían los tanques contra el Consejo.
A pesar del manifiesto, la confusión era tremenda. Mientras se difundían directrices oficiales, llegaban informaciones de algunas provincias en las que se aseguraba que los comités provinciales del PCE, o una parte significativa de los mismos, se habían adherido a la Junta. También de la huida de algunos de los más destacados cuadros militares, como Domingo Ungría o el Campesino. Pero lo más grave para los intereses del partido era que algunos de sus jefes militares, como Gustavo Durán y Ernesto Güernes, del XX y XXI Cuerpos de Ejército, respectivamente, rehusaron oponerse al Consejo, al considerarlo como el único poder legal existente tras la marcha de Negrín.
La sublevación de Casado fue, como bien ha significado el profesor Bahamonde, «una alternativa insurreccional en una situación límite, gestionada desde Burgos con la intención de acelerar la descomposición de la República»[54]. Franco intentó aprovechar al máximo los recelos de los socialistas hacia los comunistas y los antagonismos políticos entre comunistas y anarcosindicalistas, evidenciados en las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, o las diferencias entre los seguidores de Prieto y Azaña contra Negrín, que habían provocado la crisis de abril de 1938.
La sublevación de Casado se autorrevistió de una legalidad basada en dos hechos. El primero, la falta de asistencia legal del Gobierno, una vez dimitido el presidente de la República. La declaración del estado de guerra del 23 de enero de 1939 dejaba a la autoridad militar como única legítima[55]. El segundo, se presentó como necesario y preventivo ante una rebelión comunista auspiciada por Negrín. No hay pruebas ni indicios que avalen la teoría de la conspiración comunista, pero fue explotada al máximo por sus oponentes.
Se ha dicho constantemente que la sublevación contaba con el apoyo de la alta cúpula militar, socialistas, republicanos, ugetistas y cenetistas, como principales. Pero no fue así. La división en el seno de algunas de ellas era tan evidente que el apoyo no fue ni mucho menos unánime. Aunque así lo pareciera por medio de los comunicados oficiales de las ejecutivas o comités nacionales.
Quizá los más fieles al golpe de Casado fueron los partidos republicanos y los anarquistas. Para Eliseo Gómez Serrano, diputado de Izquierda Republicana por Murcia, los republicanos apoyaron el golpe por estar «al borde de una dictadura comunista». «En nuestra retaguardia —añadía en sus diarios— hay una desazón, una desmoralización y una nerviosidad crecientes. Todo el mundo desea acabar esto cuanto antes»[56].
En cuanto a los anarquistas, ya estaban radicalizando su anticomunismo en todos sus plenos. A las pocas horas de producirse la sublevación, el Movimiento Libertario decidió convocar un Pleno Nacional de Regionales. A él acudieron los Comités Nacionales de la CNT, FAI y FIJL. En sus conclusiones decidieron «manifestar su satisfacción unánime a la solución dada con la creación del Consejo Nacional de Defensa». Además, aprobaron la constitución del Comité Nacional del Movimiento Libertario, con el fin de asegurar «una unidad indestructible de acción eficaz, tal como las circunstancias lo requieren»[57]. Apenas hubo voces discrepantes en la reunión, pero hemos podido detectar que esa unanimidad no fue real entre los militantes. Los anarquistas madrileños apoyaron masivamente la colaboración con el Consejo, pero los catalanes se opusieron. Para Vázquez, su secretario general, Negrín quería lo mismo que el coronel Casado: negociar con el general Franco, por lo que no aprobaba la colaboración de la CNT catalana con el Consejo Nacional de Defensa[58].
No pasó lo mismo en el sindicato de la UGT, formado mayoritariamente por militantes socialistas aunque había una parte de comunistas, también en sus órganos de representación. Por eso la Ejecutiva no se puso de acuerdo a la hora de aprobar una declaración de apoyo a las nuevas autoridades y decidió convocar al Comité Nacional, también a petición de numerosos afiliados. La reunión, celebrada a los pocos días del golpe, empezó mal (muchos no aceptaban a los representantes secundarios de algunas federaciones, porque los líderes ya estaban en Francia) y acabó peor. Se produjo una violenta discusión, llegando algunos miembros a sacar las pistolas, por lo que tuvo que suspenderse en medio de un gran escándalo[59]. La sesión volvió a reanudarse al día siguiente. En ella se logró aprobar, en contra del criterio de varios, una declaración de conformidad con el Consejo y se nombró al representante del sindicato en el mismo.
La situación más paradójica se dio en el PSOE, el partido del propio Negrín. Los órganos oficiales mantuvieron su fidelidad al Gobierno, como parecía que no podía ser de otra manera. Sin embargo, la mayoría de militantes se pusieron del lado del Consejo Nacional de Defensa. Éste contó con el respaldo mayoritario tanto de la facción más radical del partido (Francisco Largo Caballero) como de la más moderada (Julián Besteiro) y de muchos militantes del centrismo. Todos ellos compartían la necesidad de actuación ante el desgaste del Gobierno de Negrín, la inutilidad de la resistencia y, sobre todo, los últimos nombramientos de mandos militares del PCE para ocupar puestos estratégicos del ejército, lo que según ellos culminaba la influencia comunista en el ejecutivo y en la dirección de la guerra, de tan trágicos resultados. Se ascendía a generales al coronel Juan Modesto y a los tenientes coroneles Emilio Bueno, Luis Barceló, Francisco Galán, todos comunistas. Se nombraba al general Antonio Cordón, también comunista, secretario general del Ministerio de Defensa, lo cual significaba entregarle el mando del aparato del ejército. Éste a su vez ascendía a general a dos tenientes coroneles, el comunista Enrique Líster y el negrinista José Coello de Portugal. En suma, se ascendía a hombres del PCE, pero excepto a Francisco Galán, al que le destinaba a la dirección de la base naval de Cartagena, el resto de los ascendidos no recibían ningún destino o continuaban al mando de las mismas unidades. Los nombramientos, realizados el día 27 de febrero, salieron publicados en la Gaceta de la República el 3 de marzo.
El golpe de Casado y la resistencia comunista que provocó sacó a la luz y a la opinión pública algo que era evidente en las instituciones y en el Ejército Popular de la República: el fracaso de la unidad política y la división en el seno del Partido Socialista. Ambos aspectos se convirtieron en un importantísimo problema para la República desde los inicios de la guerra y marcaron, en gran parte, el destino de la misma. Y esta división interna no sólo fue debida a las diferencias personales entre Prieto y Negrín, como quiso mantener el secretario general del PSOE, Ramón Lamoneda, una vez acabada la guerra: «El rencor de Prieto por la crisis de Abril, junto con el rencor de Caballero por la crisis de Mayo —rencores personales, dolores de amor propio— han ido creando un fermento que los anarquistas, los capituladores y la quinta columna han aprovechado para fabricar el clima propicio a la sublevación de Casado, rebelión del miedo y salida desesperada que se cubrió estúpidamente con el anticomunismo para hacer a los comunistas el favor de brindarles el argumento de que la guerra no se perdió por ellos, sino contra ellos»[60].
La lectura de los cientos de telegramas de adhesión enviados por ayuntamientos, organizaciones políticas y sindicales, asociaciones, etc., al Consejo Nacional de Defensa, a las pocas horas de formarse[61], dan idea de lo extendida que estaba la idea de la conspiración comunista y de la dependencia de Negrín de la URSS, quizá por la ardua labor de la Quinta Columna. En ellos la mayoría alaban la iniciativa del golpe sobre todo por buscar la independencia de España. La mayor parte, después de felicitar y enviar los mejores deseos a las nuevas autoridades, acaban con frases como: «conseguir victoria e independencia de España»; «en prolibertad independencia patria»; «deseando vehementemente rotundos éxitos en su gestión en bien de la paz e independencia de nuestra querida patria»; «interpretar verdadero sentir patrio expulsando lo exótico de nuestro ambiente nacional»; «haciendo votos por feliz éxito y pronta terminación invasión extranjera en nuestra querida España». También puede verse en algunos de ellos la adhesión de los Radios Comunistas, lo que muestra que la oposición al golpe no fue unánime en el PCE.
El presidente Negrín y la mayoría de los miembros de su gobierno abandonaron con rapidez el país, el mismo día 6 de marzo, pero buena parte de las bases comunistas y de sus mandos militares no se conformaron con la nueva situación y comenzaron una serie de enfrentamientos armados por gran parte de la exigua zona republicana. Acusaban a los casadistas de haber entregado el esfuerzo y sacrificio de muchos españoles y extranjeros antifascistas realizado durante treinta y dos meses a Franco. ¡La guerra no merecía este final!, para ellos. El «Consejo de la Traición», como algunos le denominaron, fue capaz no solo de expulsar al gobierno legítimo, sino de dejar en la cárcel «para que Franco no tenga que tomarse la molestia de buscarles a valerosos revolucionarios»[62].
En la mayor parte del territorio republicano el Consejo fue bien recibido y apenas contó con oposición. La mayoría de la gente lo único que quería era que acabara la guerra cuanto antes, fuera como fuera. Las nuevas autoridades, sin embargo, actuaron con rapidez cerrando las sedes de partidos y organizaciones comunistas y deteniendo a sus dirigentes. En la provincia de Cuenca el golpe de Casado encontró la ayuda de algunos oficiales de la 69.ª División del XVII Cuerpo del Ejército, que se encontraba replegada por gran parte de su territorio. Al conocerse la sublevación, el mando de la División apoyó inmediatamente a la Junta. Ante esto, el comisario comunista del XVII Cuerpo, Laín, se comunicó con Uribe y, de común acuerdo con el Comité Provincial del Partido Comunista, decidió hacerse con la unidad y detener a su mando. «Sin embargo, las diferencias ideológicas provocaron que esto no se cumpliera»[63].
Algunos comunistas armados salieron a las calles. Pero el Comité Provincial, que había mantenido contactos con el de Madrid, se vio desmantelado. Algunos de sus líderes huyeron a Valencia y Cartagena. El resto fueron detenidos y clausurada su sede. La rápida actuación del XVII Cuerpo y la de las fuerzas políticas locales aseguraron a la Junta de Defensa la provincia de Cuenca desde el primer momento.
En la Andalucía republicana las autoridades civiles y militares controlaron la situación a favor del Consejo Nacional de Defensa con suma facilidad. Bastaron unas cuantas detenciones y el cierre de las sedes comunistas[64]. En Almería, a todos los comités locales y provinciales se les presionaba para que se adhirieran a la Junta o si no se les amenazaba con la cárcel. Los locales de las JSU, del PCE y de otros organismos, como el Socorro Rojo, Mujeres Antifascistas, etc., fueron desalojados, desvalijados y clausurados. En Granada también hubo asalto a las sedes comunistas, detenciones y destitución de mandos militares. En Baza quedó detenido José María Galán y todos los militares y políticos comunistas.
En Córdoba, sede del VIII Cuerpo de Ejército (Pozoblanco), su jefe provisional, Ildefonso Castro Ruiz, junto al gobernador civil Antonio Remís Álvarez, de Izquierda Republicana, se encargaron de controlar la situación a favor del Consejo Nacional de Defensa, haciendo cumplir la orden del jefe del Ejército de Extremadura, general Escobar, que ordenó a todos los ayuntamientos la adhesión al Consejo. Además, el mayor de Milicias Ildefonso Castro se encargó de reprimir la escasa oposición que se produjo en algunas unidades mandadas por comunistas, especialmente de la 25.ª Brigada, deteniendo a algunos de sus responsables. En Villanueva de Córdoba, capital de la Córdoba republicana, el alcalde Bartolomé Caballero, comunista, no se sumó a la adhesión al Consejo Nacional de Defensa en la sesión del 9 de marzo, pero junto a otros cuatro concejales comunistas ya no apareció más por el Ayuntamiento. Otras dos concejalas comunistas asistieron a la sesión del día 13 de marzo, pero fueron expulsadas a instancias de un concejal socialista. En esta población, a las pocas horas de anunciarse la constitución del Consejo, fuerzas militares casadistas ocuparon los locales del PCE, de la JSU, del Socorro Rojo Internacional y del Comité Provincial de Mujeres, llevándose detenidos a todos los directivos que se hallaban presentes, así como a los que iban encontrando por la calle. Sin embargo, al contrario de lo que sucedió en otros lugares, en la provincia no entregaron a los comunistas al vencedor, sino que a última hora, en la noche del 26 de marzo, cuando ya los franquistas habían entrado en Pozoblanco, abrieron las puertas de las cárceles.
En Jaén la situación parece que tuvo mayor gravedad. Los casadistas detuvieron a dirigentes políticos y mandos militares comunistas en la prisión provincial y en el convento de Santa Úrsula. Llevó la iniciativa el jefe del XVII Cuerpo de Ejército. El comisario del mismo era el líder de la JSU, José Laín Entralgo, que se puso a salvo. El 27 de marzo, los casadistas trasladaron a estos presos, unos setenta, a Villacarrillo, y los encerraron en una iglesia. Los habían engañado en la creencia de que los llevaban al puerto de Alicante. Y allí se los encontraron los franquistas.
Pero hubo algunas ciudades donde la oposición organizada del PCE acabó por convertirse en una nueva guerra dentro de la «gran guerra». La «pequeña» guerra civil tuvo a Madrid como principal y más trágico escenario, pero no fue el único. También hubo movimiento y enfrentamiento en otras ciudades y provincias, como Cartagena, Ciudad Real, Valencia y Albacete. En cada lugar se actuó de forma distinta y sin ningún tipo de coordinación ni de órdenes generales. En muchos casos se desconocía, incluso, lo que estaba sucediendo en otros lugares. Esto es, sin duda, una prueba irrefutable de que no hubo una conspiración comunista global, que fue uno de los grandes argumentos justificativos de Casado, opinan Bahamonde y Cervera[65]. Vicente E. Pertegas, del Comité Central del PCE, realizó el único intento de coordinar los sucesos de Madrid con los de Valencia, pero sobre la marcha de los acontecimientos. Se dirigió desde Tarancón (Cuenca) a la ciudad levantina en un tren de mercancías, pero no consiguió ningún resultado. Los miembros del Comité Provincial del Partido no quisieron saber nada de lo que sucedía en Madrid y los mandos militares ni le recibieron[66]. Cuando llegó ya era demasiado tarde y le remitieron a las negociaciones de paz.