V
Dos años habían transcurrido. Una mañana de diciembre, el pequeño cementerio dormía bajo un frío intenso. Nevaba desde la víspera, una nieve fina que el viento del norte impulsaba. Del cielo, que palidecía, los copos de nieve caían, espaciados, con el vuelo ligero de una pluma. La nieve iba cuajando y un alto manto de cisne bordeaba el parapeto de la terraza. Más allá de esta línea blanca, en la palidez confusa del horizonte, París se extinguía.
La señora Rambaud seguía rezando, de rodillas, sobre la nieve, ante la tumba de Jeanne. Su marido acababa de levantarse silenciosamente. Se habían casado en noviembre, en Marsella. El señor Rambaud había vendido su casa de Les Halles[35] y se encontraba en París desde hacía tres días para terminar este asunto; el coche que les esperaba, en la calle des Réservoirs, debía pasar por el hotel para recoger su equipaje y conducirlos inmediatamente a la estación. Hélène había hecho el viaje con el único propósito de arrodillarse allí. Permanecía inmóvil, con la cabeza gacha, como enajenada, sin notar la fría tierra, que le helaba las rodillas.
Mientras tanto el viento cesó. El señor Rambaud se había alejado por la terraza para dejarla sola con el mudo dolor de sus recuerdos.
La bruma se levantaba por las lejanías de París, cuya inmensidad se hundía en la vaga palidez de esta nebulosa. Al pie del Trocadero, la ciudad, color de plomo, parecía muerta bajo la lenta caída de los últimos copos de nieve. Era, en el aire que se había quedado inmóvil, como un pálido moteado sobre fondo sombrío, deslizándose con un balanceo insensible y continuo. Más allá de las chimeneas de la Manutención, cuyas torres de ladrillo tomaban el tono del cobre viejo, el resbalar sin fin de toda esa blancura iba haciéndose más espeso; se diría que eran como gasas flotantes que se deshacían hilo a hilo. No subía ni un suspiro de esta lluvia de ensueño, encantada en el aire, cayendo adormecida y como acunada. Los copos parecían moderar su vuelo al acercarse a los tejados; se posaban uno a uno sin cesar, por millones, con un silencio tal, que las flores, al deshojarse, hacen más ruido. Un olvido de la tierra y de la vida, una paz soberana llegaba desde esa multitud en movimiento, cuya marcha no se dejaba sentir en el espacio. El cielo clareaba más y más por todas partes al mismo tiempo, con un tinte lechoso que las humaredas turbaban todavía. Poco a poco, los islotes brillantes de las casas iban destacándose; la ciudad aparecía a vuelo de pájaro, cortada por sus calles y plazas, cuyos surcos y agujeros de sombra dibujaban la osamenta gigantesca de los barrios.
Hélène se había levantado lentamente. En el suelo, la huella de sus rodillas quedaba marcada sobre la nieve. Envuelta en un amplio abrigo oscuro, ribeteado de pieles, parecía más alta y de soberbios hombros sobre tanta blancura. La hebilla de su sombrero, formada por una trenza de terciopelo negro, ponía en su frente la sombra de una diadema. Había recobrado su bello rostro tranquilo; sus ojos grises, sus dientes blancos, su barbilla redonda, un tanto gruesa, le daban un aire razonable y firme. Cuando volvía la cabeza, su perfil tomaba de nuevo una pureza grave de estatua. La sangre dormía bajo la palidez reposada de las mejillas y se notaba que había vuelto a la altivez de su honestidad. Dos lágrimas se habían desprendido de sus párpados, y la serenidad de ahora se asentaba en su antigua pena. Permanecía de pie ante la tumba, una simple columna en que dos fechas medían la corta existencia de la pequeña muerta de doce años.
A su alrededor, el cementerio extendía la blancura de su manto, sólo manchado por unos ángulos de tumbas enmohecidas y los hierros de las cruces, parecidos a brazos en duelo. Únicamente los pasos de Hélène y del señor Rambaud habían marcado un sendero en este rincón desierto. Era una soledad sin mancha en que los muertos dormían. Las avenidas hundían los ligeros fantasmas de sus árboles. Por unos momentos, una pella de nieve caía, sin ruido, de una rama demasiado cargada; y ninguna otra cosa se movía. Al otro extremo, un negro pisoteo había pasado y se estaba enterrando bajo aquel sudario. Un segundo cortejo avanzaba por la izquierda. Los ataúdes y los cortejos desfilaban en silencio, como sombras recortadas en la palidez de un lienzo.
Hélène salió de su ensueño cuando vio junto a ella, una mendiga que se rezagaba. Era la tía Fétu. La nieve apagaba los pasos de sus grandes zapatos de hombre, destrozados y reparados con trozos de delgados cordeles. Jamás la había visto temblar con tan negra miseria, cubierta de andrajos más sucios, todavía más gorda y con aire embrutecido. La vieja, pese al mal tiempo, a las fuertes heladas y a las lluvias que cayeran, seguía ahora los entierros para especular con la compasión de la gente caritativa. Sabía que, en los cementerios, el miedo a la muerte hace soltar las perras; visitaba las tumbas, se acercaba a las personas que estaban de rodillas, en el momento en que se deshacían en llanto, porque entonces no podían rechazarla. Desde hacía un instante, habiendo entrado con el último cortejo, espiaba a Hélène desde lejos. Pero no había reconocido a la buena señora y contaba, entre pequeños sollozos y con la mano extendida, que tenía en su casa a dos niños que se morían de hambre. Hélène la escuchaba, muda ante esta aparición. Los niños carecían de lumbre, y el mayor se moría enfermo del pecho. De pronto, la tía Fétu se detuvo; un esfuerzo se produjo en los mil pliegues de su rostro y sus diminutos ojos bizquearon. ¡Cómo! ¡Era la buena señora! ¡El cielo había acogido, por fin, sus oraciones! Y, sin enmendar la historia de sus pequeños, se puso a gemir con un alud de palabras inagotable. Le faltaban los dientes y apenas se llegaba a comprenderla. Todas las miserias que Dios puede mandar se habían abatido sobre su cabeza. Su señor había desalojado la casa y ella acababa de pasar tres meses en la cama: sí, aquello seguía doliéndole; ahora la hormigueaba por todas partes, y una vecina decía que era cosa segura que una araña le había entrado por la boca mientras dormía. Si por lo menos tuviese un poco de fuego, se habría calentado el vientre; no había nada como esto para aliviarla. Pero no tenía nada de nada, ni siquiera unos pedazos de cerilla. ¿Tal vez la señora había estado de viaje? Esto era cosa suya. En fin, la encontraba con muy buen semblante, lozana y hermosa. Mientras Hélène sacaba su bolsillo, la tía Fétu resopló apoyándose en la verja de la tumba de Jeanne.
Los cortejos se habían marchado. En alguna parte, en una tumba vecina, se oían los rítmicos golpes de pico de algún sepulturero. Entretanto la vieja había cobrado aliento, con la mirada fija en el bolsillo. Para que aumentase la cuantía de la limosna, se mostró muy zalamera y empezó a hablar de la otra señora… No se podía negar que era muy caritativa, pero no sabía cómo actuar, y su dinero no resultaba provechoso. Prudentemente iba mirando a Hélène mientras decía estas cosas. En seguida se atrevió a nombrar al doctor. ¡Oh, éste sí que era un hombre más bueno que el pan! El verano pasado había hecho un viaje con su esposa. Su pequeño crecía y era un muchacho muy guapo. Pero los dedos de Hélène, que abrían el bolsillo, temblaron, y la tía Fétu, de pronto, cambió de voz. La muy imbécil, hasta entonces no se había dado cuenta de que la buena señora se encontraba ante la tumba de su hija. Tartamudeó, suspiró y trató de hacerla llorar. ¡Una chiquilla tan cariñosa, con unas manitas encantadoras que todavía veía alargándole monedas de plata! ¡Qué largos cabellos tenía, y cómo miraba a los pobres con sus ojos llenos de lágrimas! ¡Ah!, un ángel semejante no puede reemplazarse, ya no los hay; por mucho que buscaran por todo Passy, no encontrarían otro igual. Cuando llegara el buen tiempo, todos los domingos le traería un ramillete de margaritas cogidas en el foso de las fortificaciones. Se calló, inquieta por el gesto con que Hélène le cortó la palabra. ¿Acaso no acertaba ya con lo que había que decir? La buena señora no lloraba y sólo le dio una pieza de un franco.
El señor Rambaud, entretanto, se había acercado al parapeto de la terraza. Hélène fue a reunirse con él. Entonces la vista del caballero iluminó los ojos de la tía Fétu. A éste no le conocía; debía de tratarse de alguno nuevo. Arrastrando los pies, caminó detrás de Hélène impetrando para ella todas las bendiciones del paraíso, y cuando estuvo junto al señor Rambaud volvió a hablar del doctor. Éste sí que tendría un hermoso entierro cuando muriera, si todos los pobres a quienes había cuidado por nada siguiesen el cortejo. Es verdad que era un poco mujeriego, nadie podía negarlo. Las damas de Passy le conocían bien. Pero esto no le privaba de adorar a su esposa, una señora tan buena que, habiendo podido comportarse mal, ya no pensaba en ello. Un verdadero matrimonio de tórtolos. ¿Los había visto la señora? Seguro que los encontraría en casa, pues acababa de ver las persianas abiertas en la calle de Vineuse. ¡Querían tanto a la señora en otros tiempos, que era seguro que estarían contentos de abrazarla! Mascullando estas frases a medias, la vieja observaba al señor Rambaud. Éste la escuchaba con su calma de buena persona. Los recuerdos evocados ante él no pusieron ninguna sombra en su tranquilo semblante. Creyó notar tan sólo que la insistencia de esta pordiosera importunaba a Hélène, por lo que, buscando en su bolsillo, le dio a su vez una limosna, alejándola con un gesto. Cuando vio una nueva moneda de plata, la tía Fétu se deshizo en demostraciones de agradecimiento. Compraría un poco de leña y se calentaría el vientre; no había nada mejor que esto para calmarle el dolor… Sí, un verdadero matrimonio de tórtolos, y la prueba estaba en que la señora había dado a luz a un segundo hijo, una preciosa niñita rubia y gordinflona que debía andar ahora por los catorce meses. El día del bautizo, en la puerta de la iglesia, el doctor le puso en la mano una moneda de cinco francos. ¡Ah!, los buenos corazones se encuentran, la buena señora le traía suerte. ¡Dios mío!, haced que la señora no tenga ningún disgusto; colmadla con todas las prosperidades… En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.
Hélène permanecía erguida ante París mientras la tía Fétu se alejaba por entre las tumbas mascullando tres padrenuestros y tres avemarías. La nieve había cesado, los últimos copos se habían posado sobre los tejados con una lentitud cansada y en el vasto cielo color de perla, tras las brumas que se fundían, el tono dorado del sol encendía una claridad rosada. Una sola franja azul sobre Montmartre festoneaba el horizonte de un azul tan acuoso y tierno, que mejor se diría la sombra de un satén blanco. París se desprendía de sus humos, se ensanchaba con sus campos de nieve y el deshielo le fijaba en una inmovilidad de muerte. Ahora el revoloteo de los copos ya no daba a la ciudad ese gran temblor cuyas ondas pálidas hacían estremecer las fachadas color de herrumbre. Las casas surgían completamente negras de las masas blancas en que dormían, como enmohecidas por siglos de humedad. Calles enteras parecían en ruinas, devoradas por el salitre, con los tejados a punto de hundirse y las ventanas ya destrozadas. Una plaza, cuyo cuadrado gredoso se percibía, se llenaba de montañas de escombros. Pero, a medida que la franja azul de Montmartre se agrandaba, una claridad se filtraba, límpida y fría, como agua de un manantial, colocando a París bajo una capa de hielo en que las mismas lejanías adquirían una nitidez de estampa japonesa.
Arropada en su abrigo de pieles, con las manos perdidas en las bocamangas, Hélène meditaba. Sólo una idea volvía a ella como un eco. Habían tenido un hijo, una pequeña rubia y gordita, y ella la veía de la edad adorable en que Jeanne empezaba a hablar. ¡Son tan preciosas las niñitas a los catorce meses! Contaba los meses: catorce; esto hacía casi dos años, teniendo en cuenta los otros; precisamente en aquella época, con quince días de diferencia. Entonces tuvo una visión soleada de Italia, un país ideal, con frutos de oro, en el que los amantes iban cogidos por la cintura en la noche embalsamada. Enrique y Julieta caminaban ante ella bajo el claro de luna. Se querían como esposos que se convierten de nuevo en amantes. Una niñita rubita y gorda cuya carne desnuda reía al sol mientras intentaba balbucear unas palabras confusas que su madre ahogaba con sus besos. Pensaba en estas cosas sin cólera, con el corazón en silencio, ensanchando todavía su serenidad en la tristeza. El país del sol había desaparecido y ella paseaba ahora sus lentas miradas sobre París, cuyo enorme cuerpo había puesto rígido el invierno. Colosos de mármol parecían acostados en la paz soberana de su frialdad, como miembros cansados por un sufrimiento que ya no sentían. Un agujero azul se había abierto por encima del Panteón.
Estos recuerdos le traían los de los últimos tiempos. Había vivido en pleno estupor en Marsella. Una mañana, pasando por la calle des Petites-Maries, se puso a sollozar ante la casa de su infancia. Fue la última vez que lloró. El señor Rambaud venía a menudo y ella le sentía a su alrededor como una protección. Nada exigía y jamás descubría su corazón. Hacia el otoño, una tarde le vio entrar con los ojos enrojecidos, destrozado por una gran pena: su hermano, el reverendo Jouve, había muerto. A su vez, ella le consoló. Después, ya no recordaba exactamente. El sacerdote parecía estar siempre tras ellos, y ella cedió a la resignación con que él la envolvía. Puesto que él la quería todavía, no encontraba razones para rehusar. Le parecía muy sensato. Ella misma, cuando terminó su luto, decidió tranquilamente los detalles con el señor Rambaud. Las manos de su viejo amigo temblaban con una ternura desesperada. Como ella quisiera; la estaba esperando desde hacía meses, y una seña le bastaba. Se casaron de negro. La noche de la boda, también él besó sus pies desnudos, sus hermosos pies, que parecían de estatua de mármol. Y la vida siguió de nuevo.
Mientras el cielo azul se agrandaba en el horizonte, este despertar de su memoria era una sorpresa para Hélène. ¿Es que había estado loca durante un año? Ahora, cuando evocaba la mujer que había vivido cerca de tres años en aquella habitación de la calle de Vineuse, creía representar un personaje extraño cuya conducta la llenaba de desprecio y asombro. ¡Qué ataque de rara locura, qué mal abominable, ciego como el rayo! No obstante, no era ella quien lo había provocado. Ella vivía tranquila, escondida en su rincón, perdida en la adoración de su hija. El camino se estiraba ante ella, sin una curiosidad, sin un deseo. Había pasado una ráfaga y ella había caído por el suelo. Aun ahora, no se explicaba lo ocurrido. Su ser había cesado de pertenecerle, otra persona mandaba en ella. ¿Era posible? ¡Ella había hecho aquellas cosas! Luego, un gran frío la heló; Jeanne desaparecía bajo las rosas. Entonces, en el embotamiento del dolor, ella volvió a estar tranquila, sin un deseo, sin una curiosidad, siguiendo su lenta marcha por el camino recto. La vida renacía con su severa paz y su orgullo de mujer honesta.
El señor Rambaud dio un paso queriendo llevársela de este lugar de tristeza. Con un ademán, Hélène le indicó su deseo de quedarse todavía. Se había acercado al parapeto y miraba hacia abajo, hacia la avenida de la Muette, donde un estacionamiento de carruajes ponía al borde de la acera una cola de viejos coches arruinados por el tiempo. Las capotas y las ruedas blanquecinas, los caballos cubiertos de moho, parecían estar pudriéndose allí desde tiempos antiguos. Los cocheros permanecían inmóviles, tiesos bajo sus abrigos helados. Sobre la nieve, uno tras otro, avanzaban penosamente otros coches. Los animales resbalaban y tendían el cuello, mientras los hombres, descendiendo de su asiento, los tiraban de las riendas entre denuestos; y tras los cristales se veían las figuras de los pacientes viajeros echados sobre cojines, resignados a hacer en tres cuartos de hora una carrera de diez minutos. La nieve, como una capa de guata, ahogaba los ruidos; en aquellas calles mortecinas, únicamente se oían las palabras, con una vibración especial, chillona y distinta; las llamadas, las risas de la gente sorprendida por la helada, la rabia de los carreteros, que hacían restallar sus trallas, el bufido de un caballo resoplando de miedo. Más lejos, a la derecha, los grandes árboles del muelle eran una maravilla. Se habría dicho que eran árboles de cristal hilado, inmensas arañas de Venecia a las que el capricho de los artistas había retorcido los brazos salpicados de flores. El viento, por el lado norte, había cambiado los troncos en fustes de columnas. En lo alto se entrelazaban las ramas velludas, penachos de pluma, un exquisito recorte de ramitas negras bordeadas de blanco. Helaba y ni el menor aliento cruzaba aquel aire límpido.
Hélène se decía que no conocía a Enrique. Durante un año, le había visto casi todos los días; había pasado horas y horas apretándose contra ella, estrechándola, hablándole con los ojos junto a los suyos. Una tarde, ella se le entregó y él la hizo suya. Pero no le conocía; hacía un esfuerzo enorme, pero no llegaba a comprenderlo. ¿De dónde venía? ¿Cómo se encontraba junto a ella? ¿Qué clase de hombre era para que ella se le entregase; ella, que antes hubiese muerto que ceder a cualquier otro? Lo ignoraba; había allí un vértigo en que la razón vacilaba. En el último momento, como en el primer día, seguía siendo para ella un extraño. En vano acoplaba los pequeños hechos dispersos, sus palabras, sus actos, todo cuanto recordaba de su persona. Amaba a su mujer y a su hijo, sonreía muy discreto, mantenía una actitud correcta de hombre bien educado. Después veía su rostro ardoroso, sus manos agitadas por el deseo. Pasaban las semanas y él desaparecía, arrastrado. En este momento, no podría decir dónde le habló por última vez. Pasó, su sombra se fue con él. Su historia no tenía otro desenlace. Ella no le conocía.
Sobre la ciudad se extendía un cielo azul sin mancha. Hélène levantó la cabeza cansada por los recuerdos, feliz de tanta pureza. Era un azul límpido, muy pálido, apenas un reflejo azul bajo la blancura del sol. El astro, bajo en el horizonte, tenía el brillo de una lámpara de plata. Ardía sin calor, en la reverberación de la nieve, en medio del aire helado. Abajo, los dilatados tejados, las tejas de la Manutención, la pizarra de las casas del muelle, eran como sábanas orladas de negro. Al otro lado del río, el cuadrilátero del Campo de Marte se extendía como una estepa en que los puntos sombríos de los coches perdidos hacían pensar en los trineos rusos deslizándose con un repicar de campanillas. Los olmos del muelle de Orsay, achicados por la distancia, alineaban una floración de finos cristales erizando sus agujas. En la inmovilidad de este mar de hielo, el Sena discurría con sus aguas terrosas entre las orillas cubiertas de armiño; arrastrados desde la víspera, se distinguía claramente, entre las columnas del puente de los Inválidos, el rompimiento de los bloques de hielo que se precipitaban con violencia bajo los arcos. Luego, los puentes se escalonaban semejantes a encajes blancos, cada vez más delicados, hasta las rocas centelleantes de la Cité, que las torres de Notre-Dame coronaban con sus picos nevados. Otras agujas, a la izquierda, agujereaban la planicie uniforme de los barrios. San Agustín, la «Opera», la torre Saint-Jacques, eran como montañas en que reinasen las nieves eternas; más cerca, los pabellones de las Tullerías y del Louvre, unidos por las nuevas construcciones, dibujaban la cresta de una cadena de cimas inmaculadas. Quedaban todavía, a la derecha, los montes blancos de los Inválidos, de San Sulpicio, del Panteón, muy lejano este último, perfilando sobre el azul un palacio de ensueño, con sus revestimientos de mármoles azulados. No se oía una voz. Las calles se adivinaban por los surcos grises, y los cruces parecían haberse hundido con un crujido. Filas enteras de casas habían desaparecido. Únicamente las fachadas vecinas eran reconocibles por las mil rayas de sus ventanas. Las capas de nieve, luego, se confundían, perdiéndose en una lejanía deslumbradora, como en un lago cuyas sombras azules prolongaban el azul del cielo. París, inmenso y claro, en la intensidad de la helada, brillaba bajo un sol de plata.
Entonces Hélène abrazó por última vez con una mirada la impasible ciudad, que también seguía desconocida para ella. La encontraba de nuevo, tranquila y como inmortal en la nieve, tal como la había dejado, tal como la había visto cada día durante tres años. París, para ella, estaba lleno de pasado. Con él había amado, con él Jeanne había muerto. Pero este compañero de todos los días mantenía la serenidad de su faz gigantesca, sin ninguna ternura, mudo testigo de las risas y las lágrimas, cuya oleada parecía que el Sena arrastrara. Según las horas, le había creído de una ferocidad de monstruo o de una bondad de coloso. Ahora comprendía que lo ignoraría siempre, indiferente y vasto. Seguía su curso: era la vida.
El señor Rambaud, entonces, la tocó ligeramente para llevársela. Su bondadoso semblante parecía inquieto. Murmuró:
—No te apenes.
Lo sabía todo y no encontró más que esta frase. La señora Rambaud le miró y se sintió tranquila. Tenía la cara sonrosada por el frío y los ojos claros. Ya se sentía lejos. La existencia comenzaba de nuevo.
—No recuerdo si cerré bien el baúl grande —dijo.
El señor Rambaud prometió que lo revisaría. El tren partía a mediodía; les sobraba tiempo. Enarenaban las calles; su coche no necesitaría más de una hora. Pero de pronto levantó la voz:
—Estoy seguro de que olvidaste las cañas de pescar.
—¡Oh, completamente! —exclamó ella, sorprendida y enojada por su falta de memoria—. Debimos recogerlas ayer.
Eran unas cañas muy cómodas, cuyo modelo no se vendía en Marsella. Tenían, junto al mar, una casita de campo donde iban a pasar el verano. El señor Rambaud consultó su reloj. Camino de la estación podrían todavía comprar las cañas. Las atarían con los paraguas. Se la llevó presuroso, cortando por medio de las tumbas. El cementerio estaba vacío; no había más que las huellas de sus pasos sobre la nieve. Jeanne, muerta, se quedaba sola frente a París, para siempre.
* * *