Carta a un padre de Valencia
PAPÁ, he matado a un hombre. No se lo digas a mamá, no se lo digas. No sé por qué lo hice, pero lo he matado. Tú ahorraste toda tu vida para enviarme a estudiar fuera y yo he matado a un hombre. Tú querrás protegerme, como siempre, querrás darme la razón, justificar el asesinato. Siento decirte que no hay ninguna razón de peso, papá, lo siento. Esta carta que no la lea mamá, por favor, que se llevará un buen disgusto. No me llames por teléfono porque me voy a mudar. No sé dónde voy a ir, porque seguro que dentro de nada me estarán buscando. Este hombre es importante, papá. Bastante importante. Aunque me vaya al fin del mundo, me encontrarán.
Yo qué sé, todo ha sido por culpa de mis manías. Tú sabes que yo he tenido muchas siempre. No quería cruzar la carretera en verde, siempre en rojo, cosa que tú decías que me traería algún disgusto. Pero mira, no, ha sido otra manía la que me lo ha traído, pero al fin y al cabo, manía es. No tendría que haberme ido de casa, porque tú ahorraste toda tu vida, siempre guardando un poquito de aquí y de allá para que yo pudiese estudiar fuera, ya que tú decías que yo era una chiquilla inteligente, que valía, y se lo decías a todos tus amigos del trabajo. Déjame decirte, papá, que en realidad te he estado engañando estos tres años. Yo no he estudiado nada. Bueno, el primer año que llegué sí que empecé la carrera pero al cabo de unos meses lo dejé. Es que no me gustaba mucho, me parecía difícil. No sé, seré inteligente como tú dices, pero no me gusta estudiar, me aburre mucho, y una amiga me aseguró que podía tener todo el dinero que quisiese sin necesidad de estudiar. Es verdad que para el trabajo que he estado haciendo no se necesitan muchos estudios, aunque siempre gusta más a los clientes una puta culta. Sí, has leído bien, papá, he sido puta. Bueno, seguro que tú prefieres decir prostituta, que puta es una palabra muy fea. Que conste que he sido prostituta de lujo, que los clientes que he tenido nunca han sido barriobajeros ni he tenido nunca ningún problema. No me han pegado ni nada por el estilo. Algún insultillo que otro, pero son gajes del oficio.
Sé que no te gustará nada que te cuente estas cosas, pero debo hacerlo. Mira, papá, tengo que explicarte por qué comencé en todo esto, porque al fin y al cabo esto sí tiene un motivo, no como la muerte de este hombre que, por cierto, parece que me esté mirando ahí, desde el suelo, encharcado de sangre.
Bueno, papá, te explico. Nosotros no hemos sido nunca una familia rica. Pasábamos, teníamos ahorrillos y esas cosas, pero nada más. Por tanto, pagarme el viaje y la carrera ya era un esfuerzo. Pero yo tenía que vivir aquí. Al principio trabajé en un bar de comida rápida, que lo sepas, pero era muy duro y apenas ganaba. Y claro, llegó esta amiga y... Si tienes que echarle la culpa a alguien, que sea a ella, que fue la que me convenció. Ella es mi compañera de piso y llegaba todos los fines de semana con cosas nuevas. Que si un perfume de Adolfo Domínguez, que si unos Manolos (son unos zapatos muy caros, papá), que si un bolso de Prada... Como comprenderás, yo sentía un poquito de envidia, porque si apenas llegaba a final de mes, ¿cómo iba a darme algún caprichillo? Total, que venció la curiosidad y le pregunté. Me confesó que era puta —prostituta, perdón— de lujo y que si quería yo también podía serlo. Hombre, primero pensé que cómo iba a serlo yo, si apenas me gustaba el sexo y no tenía casi pechos ni un tipo sorprendente. Caroline —es su nombre profesional, no puedo decirte el verdadero— me confesó que eso daba igual, que además, había tíos con filias extravagantes.
Así empecé, papá. No es que fuese precisamente divertido tener entre mis piernas cada día a unos cuantos tíos, pero tampoco era excesivamente desagradable. Y he de reconocer que algunos clientes incluso eran atractivos. ¡Y pagaban tan bien, papá! A la semana me podía sacar unos seiscientos euros, y eso si trabajaba poco. ¿Cómo te quedas? Si ese es el salario mínimo allá en España. Yo no sé cómo estará de bien pagada allí la prostitución de lujo, pero ya ves que aquí lo está demasiado bien.
Papá, sé que después de haber leído todo esto te puede haber pasado una de estas dos cosas: o bien estarás riéndote, pensando que es una broma; o bien estarás gritando y cagándote en todo. Si es la segunda, sólo decirte que muchas veces pensé en dejarlo, porque total, tenía ya mucho dinero, pero cada vez quería más y más. Los clientes me llevaban a restaurantes lujosos, a hoteles con los que ni siquiera habrás soñado, incluso algunos me ofrecían pasar las vacaciones con ellos.
Mira, este es —perdón, era— uno de ellos. Si ahora mismo, para serte sincera, nos encontramos de vacaciones. Bueno, él ya no. Por lo menos, ya no me pone nerviosa, que como ahora está muerto no me puede hablar. Sí, papá, es que el problema era ese: su forma de hablar. ¿Tú has leído un cuento de Poe, este escritor americano tan famoso? Es que tiene un cuento —que no me acuerdo ahora cómo se llama— en el que un tío mata a otro porque le da mucho yuyu su ojo de cristal. ¡Pues te juro que a mí me pasó algo parecido! Las manías no deberían existir, mira lo que nos obligan a hacer... Lo que también es verdad es que yo no debería haber aceptado su propuesta de pasar las vacaciones juntos. Si ya me costaba pasar una noche con él, imagina una semana. No he aguantado ni tres días. Me da un poco de pena porque era de los que mejor pagaban... Y atractivo. Pero la fastidiaba al abrir la boca. En el fondo, él tiene algo de culpa. Yo le dije muchas veces: «Fulanito (no puedo decirte el nombre, entenderás por qué), cállate un rato, que me vas a volver loca». Y nada, el tío seguía, todavía se enfadaba. Yo qué sé, si ves que a alguien le molesta algo tuyo, pues trata de evitarlo. Al fin y al cabo, él venía a mí por lo que venía, pero también le encantaba hablar y dárselas de ingenioso, aunque en realidad de inteligencia poca.
Si te digo lo que a mí me molestaba te vas a reír. O bueno, seguro que te enfadas, porque pensarás que por esa gilipollez he matado a alguien. Ya, un crimen no es un juego, no es algo de lo que sentirse orgulloso. Yo no tenía pensado matarlo, de verdad. ¿Por qué lo hice? Es que estaba volviéndome loca. En dos días me había salido un tic en el ojo y me rechinaban los dientes cada vez que lo escuchaba. Mira, tenía voz de pito, eso no me molestaba tanto, pero sí que hablara con la zeta. Sí, papá, eso me estaba volviendo loca. Pero tú sabías que esa manía ya la tenía desde pequeña, que la prima Carmen también habla con la zeta y una vez la golpeé con la raqueta en la playa porque me había gritado «pázamela» en lugar de «pásamela». Yo no he podido evitarlo, si no, ¿crees que lo hubiese matado? A ver si te crees que a mí me gusta matar a gente, que voy todos los días por ahí con un gancho sacando intestinos... Papá, que encima ahora tengo mucho miedo, ¿qué me harán? ¿Quién va a poder defenderme de esto? A ver quién me mandó a mí ponerme de apodo Serena. Zerena por aquí, Zerena por allá. Qué prezioza erez, Zerena. Salíamos a cenar y decía: «Doz copaz de vino, por favor». Y yo con la cabeza agachada, muerta de vergüenza. Seguramente a los demás les daba igual, pero a mí me parecía que todos nos miraban, que se reían. ¡Me estaba volviendo loca! Y ahora, míralo, qué calladito. Si hubiese estado así siempre no habría pasado esto.
¿Qué voy a hacer, papá? Lo que podrías hacer tú es ir a Santa Catalina y ponerme unas velitas, rezar un poco por mí, o mucho, aunque creo que ni Dios me va a salvar de esta, que ya dice en sus mandamientos no matarás, y yo bien que he matado, y encima me he ensañado y me ha gustado. Lo único que quería es que se callara. Pero nada, mientras le golpeaba con la botella de cava una y otra vez él seguía «Zerena, Zerena...».
Voy a tener que irme, papá. Estoy escribiéndote desde la habitación del hotel, pero en nada amanecerá y vendrá el servicio de habitaciones. Hoy puedo decirles que no entren, ¿pero y mañana, y pasado? Tampoco sé cuándo empieza a soltar tufillo un cadáver. Me voy a ir muy lejos, ya te he dicho que tengo muchos ahorros. Pero me encontrarán, porque saben que yo me había marchado con él de vacaciones, que era su prostituta preferida. Puedo decir que intentó violarme, pero no creo que me ayuden, al fin y al cabo él es un hombre reconocido y yo... una puta —aunque de lujo— con manías.
Te parecerá que estoy muy tranquila con todo esto. Pues no, estoy muy asustada, y podrás comprobarlo porque la tinta se está corriendo en algunas partes de la carta. Eso es porque estoy llorando. No lloro por él, lloro por mí. Ahora bien, me siento como si me hubiese quitado un peso de encima. Como me encuentre en mi camino a alguien que hable con la zeta... Bueno, ya sabes.
Te quiero mucho, papá, siento haberte defraudado tanto, pero... ¡te juro que no pude evitarlo! Me iba a volver loca...
P. D.: No se lo cuentes a mamá, ya sabes lo pronto que se disgusta.