Credibile est illi numen inesse loco

Esse deos, i, crede — fidem iurata fefellit, et facies illi, quae fuit ante, manet! (¿Creeré en la existencia de los dioses? Se burló de la fe jurada, y su rostro permaneció tan hermoso como antes)

Ovidio

Ah, el séptimo arte. Ese arte que todos conocen pero en realidad no comprenden... Si en realidad lo sintieran como yo lo hago, llegarían a tocar el cielo —o tal vez el infierno— con las manos. El cine... Esa maravilla de la que todos hablan sin tener en cuenta distintos factores, sin saber muy bien a lo que se están refiriendo... El cine, para mí, es la sabiduría, es la forma de llegar al orgasmo y de eyacular en silencio. El cine es lo que me hace sentir en determinados momentos como un dios, como un Hernán Cortés sometiendo al pobre Moctezuma... Sus historias hacen que me olvide de la jodida existencia durante un par de horas y sus personajes siempre están ahí, esperándome y consolándome. Sin embargo, lo que más adoro del cine, es que puedo perderme en ensoñaciones. Yo puedo ser un personaje más, meterme dentro de esa pantalla y hacer cualquier cosa que se me pase por la cabeza.

Una vez a la semana vengo a este cine que se encuentra escondido en una oscura callejuela. Siempre acudo a la sesión de la madrugada porque así nadie interrumpe mis sesiones íntimas con un amante que no me pide nada a cambio. La sala se despliega ante mí como un lugar exótico y salvaje, la pantalla se ilumina como lo haría la cara de una prostituta ante la llegada de su fiel cliente, las butacas aterciopeladas se estremecen con el contacto de mi piel.

Últimamente siento que mi refugio ha sido violado, pues cada vez que entro en la sala hay una persona que ya está sentada en la primera fila. He intentado descubrir su rostro, pero la oscuridad no me lo permite y cuando las luces se encienden no hay ni rastro de esa presencia fugaz. Esta noche la situación va a cambiar y yo me voy a convertir en el cazador que acecha a su presa. Cuando entro, casi media hora antes de que empiece la sesión, no ha llegado todavía nadie. Al cabo de unos quince minutos escucho la puerta abrirse y un aroma dulzón inunda mis fosas nasales. Me recuerda a algo vagamente familiar pero no acierto a adivinar a qué. No muevo la cabeza, finjo que me hallo completamente concentrado en la negra pantalla, y a través del rabillo del ojo distingo un leve movimiento un par de asientos más allá, en la misma fila en la que yo estoy sentado. No voy a mirar, me repito. Sea quien sea esa persona que comparte los mismos gustos que yo no debe pensar que siento curiosidad, así que espero callado y rígido como una estatua hasta que las luces se apagan por completo y la pantalla muestra unas vivas imágenes: los tráileres. Es en ese momento cuando aprovecho para girar disimuladamente la cabeza. Me sorprende lo que veo: una mujer, bastante joven y bonita —todo sea dicho— está sentada a tan sólo cuatro butacas más allá de la mía. Tiene el pelo rojo como el fuego, y muy largo. No distingo el color de sus ojos pero brillan intensamente. O tal vez sólo sea el reflejo de la pantalla. De todos modos, y sin saber muy bien por qué, noto un bulto que ha crecido en mi entrepierna. Me descubro completamente excitado. Los poros de mi piel se dilatan cada vez que la mujer agita la cabellera y llega hasta mí ese aroma que todavía no he logrado adivinar.

La película empieza. Hoy se trata de un pase de una antigua película de vampiros, El ansia. Me acomodo en la butaca. De repente me siento un poco mareado, seguramente por el intenso perfume que lleva la mujer. Esta vez la ensoñación que tengo no es como en otras ocasiones. Es demasiado nítida, demasiado real. En ella, me hallo en un castillo viejo y ruinoso. Atravieso pasillos alumbrados tan sólo por antorchas que los dotan de un ambiente lúgubre e irreal. Camino decidido y estoy hambriento, muy hambriento. Sé con certeza que voy en busca de comida y que esa comida está tras la puerta que abro cuidadosamente. Cuál es mi sorpresa al descubrir que en la habitación, toda revestida de rojo —sábanas rojas, cortinas rojas, pétalos rojos cubriendo la cama—, está la mujer del cine. Me espera tumbada, completamente desnuda. Su sexo se muestra ante mí en todo su esplendor. No sé muy bien lo que soy pero puedo ver la cálida sangre corriendo debajo de su nívea piel y los latidos de su corazón me provocan más hambre. La mujer me mira con unos extraños ojos violetas, sonriendo tímidamente, aunque su sonrisa se transforma en un gesto de terror al comprender mi naturaleza. Me lanzo contra ella como un animal salvaje y con una uña afilada y brillante desgarro su garganta. La sangre fluye. Me recuerda a los pétalos esparcidos por toda la cama. Muerdo su cuello, lamo ese líquido caliente y espeso, tan dulce como la miel. No me sacia. Quiero más, mucho más. Quiero que la mujer sufra, que grite clamando piedad, sentimiento que no tendré con ella. Mis uñas arañan toda su tersa piel. La muerdo por cada rincón de su cuerpo, extrayendo cada gota de sangre. La mujer aúlla de dolor. Intenta salvarse. Qué ilusa. Ya casi no bombea su corazón, pero yo continúo succionando su sangre como un...

Salgo de la ensoñación jadeando como un perro, casi sin respiración, completamente sudoroso. Me miro las manos y suspiro aliviado cuando me doy cuenta de que son las mismas uñas mordidas de siempre, no esas garras afiladas con las que he magullado a la mujer. ¡Ella! Giro la cabeza para mirarla pero ya no está allí. Es más, la película ya ha acabado y un viejo está limpiando la sala a pesar de que no está sucia. Me mira con cautela y con curiosidad. Yo hago un gesto con la mano, disculpándome por haberme dormido. ¿Realmente ha sido un sueño? Salgo de allí con una extraña sensación en el cuerpo y decido que voy a cambiar de cine.

Soy gilipollas. He vuelto al cine. Lo cierto es que sentí como si una mano invisible me arrastrase hasta este lugar que antes me servía como un espacio de autoconocimiento, de paz espiritual, y que sin embargo ahora se me antoja como un territorio tétrico y amenazante. La mujer de pelo rojo no ha llegado todavía pero una parte de mi ser sabe muy bien que va a venir, y yo lo deseo, como si quisiese que volviera a ocurrir lo de la pasada noche. Volver a imaginar una escena violenta, una escena que tiña mis pupilas de rojo. Sentirme de verdad como un cazador, un conquistador, ¡qué cojones!, sentirme como un auténtico dios. La sala se oscurece y la mujer no ha llegado. Me entristezco. No voy a tener la oportunidad de dominarla en mi mente. Esta noche, más que nunca, sentía la necesidad de matarla. Sí, esa es la palabra que acude a mi mente: matarla. Hacer con ella lo que siempre me hubiese gustado hacer. ¿Me estoy volviendo loco? ¿De verdad yo mataría a alguien? Si mi madre siempre dijo que yo no era capaz ni de matar a una mosca... Y sin embargo, siento que eso no es del todo cierto, pues fuera de este mundo fantástico soy un ser miserable, del que todos se aprovechan, al que nadie hace caso. Un cero a la izquierda. Soy sólo una sombra en la que nadie se fija. Y a veces me gustaría clavarle entre ceja y ceja una bala a mi jefe, o estrangular a esa última furcia que me dejó por un tío más guapo y más rico. Aun así... Eso son sólo destellos fugaces de ira que todos tenemos, no puede ser que yo fuese capaz de matar a nadie y sin embargo la zorra de cabellos flamígeros...

La puerta de la sala se abre. Mi cuerpo se tensa en la butaca. Las manos ya me están sudando. El familiar olor dulzón domina el espacio. Unos tacones resuenan en el suelo. Ella se sienta en la fila de delante. Ese aroma me está enloqueciendo. Lo único que quiero es lanzarme contra ella, violarla en este frío suelo y luego quebrar su cuello como si se tratase de una muñeca de porcelana...

Intento no pensar en ello. Esos pensamientos violentos deben desaparecer de mi cabeza. Me centro en la película pero ya la he visto. Un hombre lobo americano en Londres. Siento un cosquilleo en la nuca y la oscuridad se cierne sobre mí. Oh, mierda. ¿Está pasando otra vez? ¿De nuevo voy a sumergirme en estas vivencias oníricas? Es todo tan real que cada sonido, cada hedor, atraviesa mi cerebro. Corro como un loco. Más bien estoy trotando. Si miro alrededor me doy cuenta de que estoy en un bosque sombrío. Credibile est illi numen inesse loco. Aquí sólo hay inquietud funesta, frondosos álamos, una taciturna mansión a la que dirijo mis pasos. Oteo a través de la ventana, y allí está ella. Tan magnífica y bella como siempre, una belleza atemporal. Los mismos ojos violetas, el mismo cabello con destellos fulgurantes que me hechizan. Y de nuevo estoy hambriento. Quiero desgarrarla y comerme sus entrañas, abrir su pecho en canal y saborear su corazón todavía palpitante. La mujer se deshace del camisón y se encamina desnuda hacia las escaleras que dan al jardín de la mansión. Me escondo entre el follaje, pero con todos los músculos en tensión para derribarla. La mujer mete un pie en las oscuras aguas de la piscina y yo me lanzo contra ella. Su cabeza choca contra el suelo provocando un ruido como de huevos rotos. Los ojos se le quedan en blanco y la sangre comienza a manar de la herida. La lamo ávidamente. Con una garra abro su abdomen en canal. La mujer grita semiinconsciente. Ante mí se muestran como el más suculento banquete sus órganos y comienzo a alimentarme de ellos mientras echo la cabeza hacia atrás y profiero un aullido como un...

Despierto de nuevo. No puedo casi respirar. Noto un cierto regusto metálico en la garganta. El corazón se me va a salir del pecho. Ni siquiera malgasto tiempo en mirar hacia delante. Sé que la mujer no va a estar ahí. Ni siquiera el viejo que limpia. Salgo del cine, pero esta vez no estoy asustado. Sólo quiero volver la semana siguiente y continuar vejando y martirizando a esa puta de cabello escarlata y ojos malva. Al llegar a mi diminuto y maloliente piso de soltero me dirijo atropelladamente a la cama, me echo encima de ella y me masturbo mientras recreo de nuevo todas esas imágenes tan reales que he tenido. El orgasmo llega como una bendición y me duermo con el recuerdo de destellos rojizos en un fondo negro, con el centelleo de unos ojos que cambian del negro al violeta en cuestión de segundos.

De nuevo aquí, en este cine que se ha convertido en un altar de culto en el que gustoso realizaría sacrificios humanos —uno en concreto—, como si fuese un salvaje indígena que goza del canibalismo y de la sodomía. Dibujaría en mi rostro señales de guerra con la fresca sangre de la víctima y entre gritos y danzas hundiría el hacha en el cuerpo tembloroso. Ah, la sangre me salpicaría en la cara y se mezclaría con las pinturas. Lamería las gotas que se deslizasen por mis mejillas y extraería el corazón, levantándolo en vilo (como se levantó al Rey León) para enseñarlo a todos esos súbditos que adoran al hechicero de la tribu.

Cada día puede que esté más loco. No necesito ni que esté ella presente para pensar en todas estas cosas, tampoco necesito de una película de fondo. No obstante, al abrirse la puerta de entrada y escuchar el taconeo impertinente de la zorra pelirroja, las ansias atraviesan mi pecho de un modo indescriptible y deseo en ese mismo instante hacer con ella lo que jamás se ha hecho, algo como arrancarle la ropa y posteriormente extirparle también sus órganos sexuales porque son los culpables de la lujuria y se merece un castigo.

Hoy toca La mosca y ya no me sorprendo cuando froto mis manos como si fuese ese insecto... El bálsamo dulzón anega la sala, aunque últimamente lo siento nauseabundo y eso todavía me enfurece más. Las mujeres deberían oler bien, pero es que esta parece que se esté descomponiendo. Se sienta justo delante de mí y siento el impulso de alargar las manos, sujetarla de los cabellos y arrancarle el cuero cabelludo, que todo ese cabello sedoso caiga al suelo como una lluvia roja. Se remueve en su asiento y me doy cuenta de que he alargado en verdad los brazos y que estaba rozándola. Mi otro yo se hubiese avergonzado por esa actitud de perturbado pero el actual se retuerce de gusto al pensar que posiblemente la mujer se sienta observada y tal vez en peligro.

La película está casi acabando y no he sufrido ninguna especie de trance. Me siento entristecido ya que entrar en ese túnel es como probar la mierda más buena del universo; estoy casi seguro de que ni los místicos en sus contactos con la divinidad se sentían como yo: tan llenos, tan pletóricos, el juez de jueces. ¡Sí, señor! La zorrita se ha movido y no llego a comprender el motivo pero una luz brillante ciega mis ojos y yo ya sé que estoy navegando. ¡Allá vamos! Abróchense los cinturones porque van a experimentar el viaje más alucinante de toda su vida. Y esta vez ya me hallo en plena faena, estrangulando a la mujer con unas pinzas repugnantes. Babeo encima de ella. La mujer grita completamente asustada. Tengo bien claro lo que soy y por qué se muestra tan asustada. ¡Soy un auténtico monstruo, lo he conseguido! Se retuerce entre mi abrazo mortal. Su rostro está adquiriendo un tono violáceo, ¡casi como sus ojos! Me río ante esta ocurrencia. Aprieto todo lo que puedo, tanto, que su cabeza cae al suelo debido a lo afiladas que están mis pinzas. La cabeza-mujer me mira desde el suelo con la boca abierta y la lengua fuera. Has sufrido mucho, ¿verdad, guapa? Levanto una de mis extremidades para chafar esa cabeza...

Salgo a la superficie. No hay otra forma de llamarlo. Es como si hubiese estado dos horas bajo el agua. No puedo respirar y me duele el estómago. Toso y escupo. Una extraña sustancia sale de mi boca. El flequillo se me pega a la frente y mis manos han dejado sendas marcas en los reposabrazos. Aun así, tengo ganas de reír, lanzar exclamaciones de júbilo. La mujer hoy está todavía aquí, en la puerta de salida. Está muy pálida y descubro unas marcas rosadas en su cuello. Frunzo el ceño. ¿Y si...? Cuando se da cuenta de que yo también la estoy observando sale corriendo de la sala. Yo me levanto también y al llegar adonde estaba descubro que se le ha caído un pañuelo. ¡Lástima! Llega a ser un zapato y se convierte en mi Cenicienta. Recojo el pañuelo y lo olfateo. Tal vez esta noche tenga juerga doble gracias al descuido de la mujer.

Ya en mi piso me tumbo en la cama. No puedo dormir pues me siento raro. Continuamente me miro y palpo el cuerpo por si me han salido colmillos, más pelo de lo normal, unos tentáculos gigantes; por si estoy vendado de pies a cabeza o tengo dos tornillos en las sienes. Me pregunto qué monstruo o asesino en serie seré durante la próxima sesión...

Esta vez he llegado tarde al cine porque mi jefe me ha metido un puro. Dice que últimamente no rindo en el trabajo. ¡Como si él hubiese rendido alguna vez en su vida! Habría dado lo que fuera por abrir en canal ese barrigón que le cuelga pero tengo otro objetivo. La mujer ya ha llegado. Me siento unas filas detrás de ella. Huele mal, muy mal, como si algo se estuviese quemando. La película empieza pero no la conozco, a pesar de que he visionado tantas que podría llevarme el premio al cinéfilo del año. Ella se levanta, pienso que va al baño, pero cuál es mi sorpresa cuando se para en mi fila y se sienta a tan sólo dos asientos más allá. Las manos me tiemblan. En la pantalla se suceden una tras otra imágenes totalmente perturbadoras. Tengo muchas nauseas y todo me da vueltas. Me levanto como puedo y siento que una mano me sujeta del brazo. «¿Se encuentra usted bien?». Qué voz más melódica, qué pausada, es como si en una se reuniesen cientos de voces. Asiento con la cabeza. Ella me obliga a sentarme otra vez. «No está en condiciones de caminar», me aconseja. Hago caso a lo que me dice, no podría negarme aunque quisiera. Se sienta a mi lado. No para de mirarme. «He notado que usted me observa siempre», vuelve a decir. «Estoy segura de que le gustaría acostarse conmigo». Giro la cabeza y la miro con los ojos como platos. Espero que me suelte una bofetada pero está sonriendo. Qué dientes más blancos y qué labios más carnosos. «No ponga esa cara, ¿creía que no iba a darme cuenta? Las mujeres tenemos un sexto sentido para eso». Acerca una mano hasta mi rostro y me acaricia. «Yo puedo conseguir que usted experimente un placer sin límites. Sensaciones que le llevarían al mismo cielo. ¿No daría su alma por un rato conmigo?». Asiento rápidamente, sin dudar. Su rostro está a tan sólo unos milímetros del mío. El olor a quemado se intensifica. La pelirroja se levanta y se sienta a horcajadas en mis piernas. Me doy cuenta de que debajo del vestido, tan rojo como su cabellera, no lleva ropa interior. Sus labios se posan sobre los míos y me besa con pasión. Su lengua explora mi cavidad bucal. No acierto a hacer nada. Es la primera mujer con la que estoy desde hace muchísimo tiempo. ¿Dónde ha quedado el cazador de noches anteriores? «No se preocupe, yo lo haré todo».

Sus ojos violetas se tornan en ese preciso instante del color de la sangre. Los dientes ahora son podridos e irregulares y con una uña larguísima y ennegrecida araña mi mejilla. Suelto un gemido. «¿Qué coño haces?», pregunto, dispuesto a quitármela de encima y largarme de allí. «¿No es esto lo que quería, señor?». La agarro del pelo para lanzarla contra el suelo pero unos cuantos mechones se le desprenden. Ella ríe como una loca. Con una fuerza sobrehumana me coge del cuello y casi flotando me lleva hasta la tarima. Acabo por los suelos, magullado y dolorido. No me da tiempo a levantarme, de nuevo la tengo sobre mí. Una de sus uñas se clava en mi ojo. La esclerótica cede ante la presión y un líquido amarillento se me escurre hacia la mejilla. Grito casi como una nena, lo que provoca que ella se ría todavía más. Desgarra mi camisa. Los botones saltan por todas partes. ¿Dónde coño está el viejo que limpia casi todas las noches? ¡Necesito que alguien me ayude! Intento pedir ayuda pero el grito muere en la garganta cuando ella atrapa mi lengua con los dedos, la muerde y me la arranca. Veo como la mastica y a continuación la engulle. «Deliciosa», murmura, con una voz tan grave y áspera que no la puedo asociar con ninguna mujer. Su rostro va cambiando: ahora es el de una bestia, ahora es el de una calavera. «Es esto divertido, ¿verdad? Lástima que en tu caso sólo fuesen delirios. Ningún humano puede sentirse un dios durante mucho tiempo».

Sus manos se convierten en unas garras horribles y las clava en mi abdomen. Un dolor sobrehumano pone a mi cerebro en alerta. Quiero levantarme, pero ella me arranca un brazo. Sus carcajadas resuenan por toda la sala y lo último que veo antes de caer en la nada son sus ojos rojos como el fuego, en ellos parecen arder las llamas del infierno.

Frío. Tengo mucho frío. Estoy desconcertado. No sé dónde estoy. ¿Será esto la muerte, sólo un inmenso frío y la oscuridad? Oigo de fondo unas voces entrecortadas. Abro los ojos. Me los toco. Vuelvo a tener los dos. Me palpo el vientre, intacto. No me falta ningún brazo. A mi lado hay dos personas: el viejo del cine y la mujer pelirroja. Me estremezco ante su mirada. «Oiga, ¿está usted bien? No paraba de gritar y moverse en el asiento», dice el viejo, mirándome como si estuviese loco. ¿Entonces ha sido todo un sueño, un horroroso sueño? Suspiro aliviado. La mujer me mira comprensiva. «No se preocupe ya usted, vaya a hacer lo que tenga que hacer», le dice al acomodador. Él asiente y se marcha, dejándonos solos. «¿Quiere que le acompañe a casa?», me pregunta amablemente. Niego con la cabeza. «Está bien, como quiera, pero tenga cuidado».

La miro con el ceño fruncido. Ella saca algo de su bolso y me lo tiende. Es una manzana roja, muy roja. «Tenga, seguro que está desmayado». Cojo la fruta con una mano temblorosa. La piel de la mujer arde y yo me estremezco. Sus ojos me observan fijamente, como si quisiera conocer todo de mí. «¿Sabe? Todos estos monstruos que les gusta ver a los humanos, a través de las pantallas, no son más que imaginación». No sé adónde quiere ir a parar esta mujer con su charla; yo tan sólo quiero marcharme de allí. «Sin embargo, la realidad es otra. Usted sabrá que de mí se han hecho infinitas películas que me han disgustado profundamente. Mi naturaleza no es la que ustedes imaginan. Son los hombres los que me han hecho así, y yo... Yo les doy a elegir». No tengo ni idea de qué está hablando; las manos me sudan y miro hacia todos lados intentando escabullirme. Seguramente sea una loca.

«No se preocupe, de monstruos está el mundo lleno, como le dije, es usted el que decide si ser o no uno de ellos». Se dirige taconeando hacia la salida, mientras yo la miro boquiabierto. Al fijarme en su trasero me doy cuenta de que un largo rabo cuelga de él.

Salgo corriendo del cine y me juro que jamás volveré a él. Tiro la manzana, que se aleja rodando calle abajo. En la vida hay dos clases de personas: las que se dejan tentar y las que no. Yo no quiero ser de las primeras.