13
Durante las siguientes dieciocho horas Arkadin se dedicó exclusivamente a entrenar a sus reclutas. No les permitió comer, dormir ni hacer otra cosa que no fuera tomarse algún respiro para ir a orinar. Treinta segundos, ése era todo el tiempo que tenían para vaciar sus vejigas sobre la tierra roja de Azerbaiyán. El primer hombre que tardó más recibió un contundente golpe detrás de la rodilla con el bastón defensivo de Arkadin; el primer hombre se convirtió en el único hombre en desobedecer esa orden o, de hecho, cualquier otra.
Como Triton le había advertido, tenía cinco días para convertir a aquellos asesinos en una unidad de choque. Más fácil de decir que de hacer, la verdad, aunque Arkadin tenía experiencia de sobra para conseguirlo, no en vano había sufrido en sus carnes algo parecido en Nizhni Tagil cuando era joven, y más tarde en su huida por haber asesinado a Stas Kuzin y a una tercera parte de su banda.
Nizhni Tagil estaba más o menos asentada sobre un yacimiento de hierro tan rico que no se había tardado en explotar una enorme cantera. Eso había ocurrido en 1698. Hacia 1722 se había fundado la primera fundición de cobre, y a la sombra de ésta y de la cantera había empezado a estirar sus huesos entre crujidos una ciudad, una máquina llena de crimen y vicio para servir y alojar a los exhaustos trabajadores. Ciento trece años más tarde, allí se construyó la primera locomotora de vapor rusa. Al igual que la mayoría de las ciudades fronterizas dominadas por la industria y sus magnates sedientos de dinero, el lugar destilaba una especie de naturaleza descamada y anárquica que la influencia semicivilizada de la ciudad moderna jamás fue capaz de domeñar, y mucho menos de erradicar. Posiblemente ésa fuera la razón de que el Gobierno federal hubiera rodeado el ponzoñoso lugar de cárceles de alta seguridad con focos cegadores que blanqueaban la noche.
En Nizhni Tagil sólo había sonidos solitarios, cuando no aterradores, como el pitido lejano del silbato del tren que resonaba desde los montes Urales o el inesperado alarido de las sirenas de las cárceles; como el gemido de un niño perdido en las calles mugrientas o el blando chasquido de los huesos que se rompían en las trifulcas de borrachos.
Cuando Arkadin andaba esquivando al ejército de mafiosos que se habían desplegado por las calles y los barrios bajos de la ciudad, aprendió a seguir a los perros callejeros amarillos que se escabullían por los callejones sombríos con el rabo encogido entre las patas. Entonces, inopinadamente, se había topado con dos hombres que escudriñaban la misma red de lugares apartados y desprovistos de todo que le habían parecido bastante seguros sólo un momento antes. Dándose la vuelta, los dejó creer que le iban a dar alcance. Al doblar una esquina, agarró rápidamente un trozo de madera astillada que había formado parte de una cama vieja, se agachó y le atravesó la pierna al que iba en cabeza. El hombre soltó un gritó y cayó hacia delante. Arkadin estaba preparado, así que lo agarró y lo lanzó contra el suelo para aplastarle la cara contra la acera mugrienta. El segundo hombre se le echó encima, pero Arkadin le golpeó con el codo en la nuez. Cuando el tipo empezó a dar arcadas, Arkadin le arrancó la pistola de la mano y le disparó a bocajarro. Luego dirigió el arma contra el primer hombre y le metió una bala en la nuca.
Desde ese momento supo que las calles eran demasiado peligrosas para él; tenía que encontrar un refugio. Pensó en dejarse detener y que lo arrojaran a una de las cárceles cercanas como manera de protegerse, pero no tardó en desechar tal idea: lo que podría haber funcionado en otra parte del país, estaba fuera de lugar en Nizhni Tagil, donde los policías eran tan corruptos que a menudo resultaba imposible distinguirlos de los delincuentes de la ciudad. No es que anduviera escaso de ideas; nada más lejos de la realidad. La experiencia que había acumulado hasta el momento había hecho del pensar con inteligencia su forma de vida.
Sin detenerse, consideró y rechazó diversas posibilidades, las cuales eran todas demasiado públicas, demasiado trufadas de potenciales chivatos que estarían al acecho por la promesa de una botella de verdadero aguardiente o de una noche de sexo desatado con alguna menor. Al final, dio con lo que estuvo seguro que era la solución perfecta: se escondería en el sótano de su propio edificio, donde la banda y el maníaco de su nuevo jefe, Lev Antonin, seguían teniendo su cuartel general. El objetivo reconocido de Lev Antonin era encontrar y destruir al asesino del hombre al que había sucedido. No descansaría ni daría respiro a sus hombres hasta que le llevaran la cabeza decapitada de Arkadin.
Dado que era él quien había comprado el edificio en la época en que había adquirido su negocio inmobiliario, estaba íntimamente familiarizado con cada palmo de él. Sabía, por ejemplo, que se había proyectado y empezado a construir un renovado sistema de aguas residuales para el edificio, aunque nunca se había terminado. A través de un solar municipal largo tiempo abandonado lleno de hierbajos y detritus, accedió a aquel frío y húmedo símbolo abandonado de su ciudad natal, un repulsivo conducto subterráneo que hedía a descomposición y muerte, y al cabo de un buen trecho apareció en las enormes tripas del edificio. Se habría reído de lo fácil que había sido conseguirlo de no ser plenamente consciente del atolladero en el que estaba metido. Se encontraba prisionero en el lugar que más desesperadamente ansiaba abandonar.
El avión dio unos bandazos mareantes y Bourne se despertó sobresaltado. La lluvia repiqueteaba con fuerza contra la ventana de plexiglás. Se había quedado dormido, soñando con la conversación que había tenido con Tracy Atherton, la joven sentada a su lado. En sus sueños, hablaban de Holly Marie Moreau, en lugar de Francisco de Goya.
Había dormido profundamente y sin soñar durante el viaje de más de veintitrés horas desde Bali a Madrid, vía Bangkok, en Thai Air. El vuelo desde Madrid a Sevilla en Iberia, aunque era el más corto, en ese momento se había convertido en un suplicio. Las bolsas de aire, unidas a los latigazos de la tormenta, hacían que el avión se zarandeara y cabeceara. Tracy Atherton permanecía callada e inmóvil, con la mirada fija al frente, mientras que su tez se había vuelto blanca como el papel, Bourne le sujetó la cabeza dos veces para que vomitara en la bolsa para los mareos que sacó del respaldo del asiento delantero.
Tracy era una rubia, delgada como un suspiro, de grandes ojos azules y una sonrisa que parecía enseñorearse de toda su cara. Su dentadura era blanca y uniforme, tenía las uñas rectas y por toda joya lucía una alianza de oro y unos pendientes tachonados de diamantes, lo bastante grandes para ser caros, aunque lo suficientemente pequeños para ser discretos. Iba vestida con una blusa rojo fuego debajo de un liviano traje sastre de seda plateado con la falda de tubo y la chaqueta entallada.
—Trabajo en el Prado, en Madrid —le había dicho ella—. Me contrató un coleccionista privado para autentificar un Goya recién encontrado que creo que es falso.
—¿Por qué dices eso? —le había preguntado Bourne.
—Porque supuestamente es una de las Pinturas Negras que Goya pintó al final de su vida, cuando ya estaba sordo y se estaba volviendo loco a causa de la encefalitis. La serie constaba de catorce cuadros. Este coleccionista cree que posee el decimoquinto. —Meneó la cabeza—. La verdad es que la historia no está de su parte.
Cuando el tiempo se calmó, le dio las gracias a Bourne y se dirigió al baño para lavarse.
Bourne esperó varios segundos antes de alargar la mano hacia abajo, abrir la cremallera del delgado maletín de la chica y revisar su contenido. Para ella, él era Adam Stone, tal y como rezaba en el pasaporte que Willard le había entregado antes de abandonar el recinto del doctor Firth. Según la historia que se había inventado, era un inversor de capital riesgo que iba a ver a un cliente potencial a Sevilla. Sin dejar de pensar ni un segundo en el agresor desconocido que había intentado matarlo, desconfiaba de todos los que se sentaban cerca de él, de quien entablaba una conversación casual y de todo aquel que quisiera saber en dónde había estado y adónde se dirigía.
Dentro del maletín había unas fotos —algunas con mucho detalle— del cuadro de Goya, un estudio terrorífico sobre un hombre del que tiraban, hasta descuartizarlo, cuatro sementales encabritados que resoplaban por los hocicos, mientras unos oficiales del ejército haraganeaban cerca, fumando, riendo y pinchando alegremente a la víctima con sus bayonetas.
Junto con aquellas fotos había un juego de radiografías, también de la pintura, acompañadas de una carta que autentificaba el cuadro como genuino de Goya firmada por el profesor Alonzo Pecunia Zúñiga, un especialista en Goya del Museo del Prado de Madrid. No habiendo nada más de interés, Bourne devolvió las hojas al maletín y volvió a cerrar la cremallera. ¿Por qué le había mentido la mujer, diciéndole que no sabía si el cuadro era un Goya auténtico? ¿Por qué le había mentido acerca de que trabajaba en el Prado, cuando, en su carta, Zúñiga se dirigía a ella como a una extraña, no como a una respetada colega del museo? Estaba seguro de que no tardaría en averiguarlo.
Miró fijamente por la ventanilla hacia el infinito blanco grisáceo y se concentró en su presa. Había utilizado el ordenador de Firth para reunir la información sobre don Femando Herrera. Para empezar, Herrera era colombiano, no español. Nacido en Bogotá en 1946, el menor de una familia con cuatro hijos, fue enviado a Inglaterra a cursar estudios universitarios, donde se licenció en Económicas por Oxford. Luego, inexplicablemente, su vida tomó otros derroteros totalmente distintos durante un tiempo. Trabajó como petrolero para la Tropical Oil Company y consiguió llegar a cuñero —taponador de tuberías— y aún más arriba, trasladándose de campamento en campamento, siempre aumentando la producción de barriles diarios en cada traslado. Incansable siempre, siguió prosperando, y acabó comprando un campamento a precio de saldo porque los expertos de Tropical Oil estaban seguros de que estaba en declive. En efecto; Herrera le dio la vuelta y, al cabo de tres años, se lo revendió a Tropical Oil por un precio que decuplicaba el de compra.
Ése fue el momento en que se metió en el negocio del capital riesgo y, a continuación, utilizando sus gigantescos beneficios, se introdujo en el sector más estable de la banca. Compró un pequeño banco local en Bogotá que había estado al borde de la quiebra, le cambió de nombre y se pasó la década de 1990 transformándolo en una potencia nacional. Después se expandió por Brasil, Argentina y, en los últimos tiempos, España. Hacía dos años había resistido enérgicamente una OPA del Banco de Santander, prefiriendo permanecer como su propio amo. En ese momento su Aguardiente Bancorp, así llamado en honor del potente aguardiente aromatizado con regaliz de su país natal, tenía más de veinte sucursales, la última abierta cinco meses antes en Londres, donde, cada vez más, tenía lugar toda la actividad internacional.
Había estado casado dos veces, tenía dos hijas, las cuales vivían en Colombia, y un hijo, Jaime, a quien don Fernando había colocado como director gerente de la sucursal en Londres del Aguardiente. Parecía un hombre inteligente, sobrio y serio; Bourne no había podido encontrar ni el menor atisbo de algo siniestro en relación con él o con el AB, como era conocido el banco en los círculos financieros internacionales.
Percibió el regreso de Tracy antes de que el perfume a helecho y cítrico de la chica llegara hasta él. Ésta se sentó en el asiento de al lado con un susurro de seda.
—¿Te sientes mejor?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en el Prado? —le preguntó Bourne.
—Unos siete meses.
Pero había titubeado un instante demasiado largo, y él supo que estaba mintiendo. Pero, una vez más, ¿por qué? ¿Qué tenía que esconder?
—Si no recuerdo mal —dijo Bourne—, ¿no estuvieron bajo la sombra de la sospecha algunos de los últimos trabajos de Goya?
—En 2003 —dijo Tracy, asintiendo con la cabeza—. Pero desde entonces las catorce Pinturas Negras han sido autentificadas.
—Pero no la que tú vas a ver.
La chica frunció la boca.
—Nadie la ha visto todavía, excepto el coleccionista.
—¿Y quién es ese coleccionista?
Tracy apartó la mirada, repentinamente incómoda.
—No soy libre de decirlo.
—Sin duda…
—¿Por qué estás haciendo esto? —Volviéndose de nuevo hacia él, se mostró repentinamente enfadada—. ¿Crees que soy idiota? —El color rosa ascendió desde su cuello a las mejillas—. Sé por qué estás en este vuelo.
—Dudo que lo sepas.
—¡Por favor! Vas a ver a don Femando Herrera, igual que yo.
—¿El señor Herrera es tu coleccionista?
—¿Lo ves? —La victoria iluminó sus ojos— ¡Lo sabía! —Sacudió la cabeza—. Te diré una cosa: no vas a conseguir el Goya. Es mío; me da igual lo que tenga que pagar.
—Eso no parece propio de alguien que trabaje en el Prado —dijo Bourne—, ni de hecho en ningún museo. ¿Y cómo es que dispones de un presupuesto ilimitado para comprar una falsificación?
Ella cruzó los brazos por delante del pecho y se mordió el labio, decidida a guardar silencio.
—El Goya no es falso, ¿verdad?
Ella no dijo nada.
Bourne soltó una carcajada.
—Tracy, te prometo que no voy tras el Goya. De hecho, hasta que no hablaste de él, no tenía ni idea de que existiera.
Ella lo miró con miedo.
—No te creo.
Él sacó un paquete del bolsillo interior de la americana y se lo entregó.
—Anda, léelo —dijo—. No me importa. —Willard había hecho un trabajo realmente extraordinario, pensó Bourne, cuando Tracy abrió el documento y lo examinó.
Al cabo de un momento, levantó la vista hacia él.
—Esto es un folleto informativo sobre la puesta en marcha de una empresa de comercio electrónico.
—Necesito financiación, y la necesito pronto, antes de que nuestros rivales se nos adelanten en el mercado —mintió Bourne—. Me dijeron que don Fernando Herrera era el hombre idóneo para evitar el papeleo y conseguir el resto del capital inicial que yo y mi gente necesitamos para ayer. —No podía contarle su verdadero motivo para ver a Herrera, y cuanto antes la convenciera de que era un aliado, más pronto lo conduciría adonde quería llegar—. No lo conozco de nada. Si me llevas a verlo, te lo agradecería.
Ella le devolvió el documento, que Bourne guardó, aunque la expresión de la chica siguió mostrando desconfianza.
—¿Cómo sé que puedo confiar en ti?
Él se encogió de hombros.
—¿Cómo se puede estar seguro de algo?
Tracy pensó en ello durante un momento, y entonces asintió con la cabeza.
—Tienes razón. Lo siento, no puedo ayudarte.
—Pero yo sí puedo ayudarte a ti.
Ella levantó una ceja con escepticismo.
—¿De verdad?
—Te conseguiré el Goya a cambio de una canción.
Tracy soltó una carcajada.
—¿Y cómo podrías hacer eso?
—Dame una hora cuando lleguemos a Sevilla, y te lo demostraré.
—Todos los permisos han sido cancelados y se ha hecho volver de sus vacaciones a todo el personal —dijo Amun Chalthoum—. He puesto a todos mis efectivos a trabajar en la investigación de cómo cruzaron los iraníes mi frontera con un misil tierra-aire.
Aunque Amun no se estuviera moviendo ya en un terreno movedizo con algunos de sus superiores, Soraya sabía que la situación del egipcio era mala. Aquella brecha en la seguridad llevaba escrito encima «fracaso personal». ¿O no? ¿Y si todo lo que él le había contado no fuera más que una sarta de mentiras destinadas a distraerla de la verdad: que con el consentimiento, bien del Gobierno egipcio, bien de algunos ministros demasiado temerosos de levantar su voz contra Irán, al-Mokhabarat había decidido utilizar a Estados Unidos como su representante bélico?
Habían dejado atrás a Delia en el lugar del siniestro y atravesado el ejército de buitres mediáticos que rodeaban el perímetro, y en ese momento circulaban a toda velocidad por la carretera en el todoterreno de Amun. El sol estaba justo encima del horizonte, llenando la bóveda celeste de una claridad translúcida. Unas nubes blancas se extendían por el horizonte occidental como si estuvieran agotadas de nadar por la oscuridad nocturna. El viento les azotaba la cara llevando el último frescor de la mañana. Pronto Amun tendría que subir las ventanillas y poner el aire acondicionado.
Después de escudriñar todos los trozos del lugar del impacto en la panza del avión, el equipo de investigación había creado una simulación en 3D de los últimos quince segundos del vuelo. Cuando Amun y Soraya se apiñaron sobre un ordenador portátil dentro de una tienda, el jefe del equipo había empezado con las explicaciones.
—La simulación es todavía un poco burda —había advertido— debido a la premura con que hemos tenido que prepararla. —Cuando el misil penetró como una centella en la estructura, el hombre señaló—: Tampoco podemos estar seguros al cien por cien de la verdadera trayectoria del misil. Podemos equivocarnos en uno o dos grados.
El misil impactó en el avión de pasajeros, lo partió en dos e hizo que cayera a tierra dando vueltas vertiginosamente.
—Lo que sí sabemos es el alcance máximo del Kowsar. —Pulsó una tecla en el ordenador, y la imagen cambió a la de un mapa topográfico por satélite de la zona. Puso una equis roja—. Éste es el lugar donde se estrelló. —Pulsó otra tecla e hizo que un círculo azul se superpusiera encima de la zona que rodeaba el lugar del siniestro—. El círculo muestra el alcance máximo del misil.
—Lo que significa que el arma fue disparada dentro de esa área —dijo Chalthoum.
Soraya se dio cuenta de que estaba impresionado.
—Eso es —dijo el responsable. Era un hombre musculoso y calvo, con una típica barriga de norteamericano bebedor de cerveza y unas gafas demasiado pequeñas que no paraba de subirse por el puente de la nariz—. Podemos reducirlo aún más, si quieren. —Pulsó con el índice una tecla más y en la pantalla apareció un cono de color amarillo—. El punto en el vértice es donde el misil impactó en el avión. El inferior es más ancho porque tomamos en consideración un error de un tres por ciento para el lugar de la trayectoria.
De nuevo volvió a pulsar una tecla y la vista se movió, haciendo un zum sobre un cuadrado del desierto cercano.
—Además podemos determinar que el misil fue lanzado desde algún lugar dentro de esta zona.
Chalthoum miró la imagen con más detenimiento.
—¿Qué extensión tiene? ¿Un kilómetro cuadrado?
—Casi —había dicho el responsable con una pequeña sonrisa de triunfo.
Aquella zona relativamente pequeña del desierto era adonde se dirigían en ese momento, confiando en encontrar algún rastro de los terroristas y sus identidades. De hecho, formaban parte de un convoy de cinco todoterrenos que transportaban personal de la al-Mokhabarat. A Soraya le pareció extraño y ligeramente inquietante que estuviera acostumbrándose a tenerlos alrededor. Tenía un mapa desplegado sobre el regazo en el que estaba señalada la zona que habían visto en el ordenador, y había también un primer plano de otra imagen enmarcada en una cuadrícula. En cada uno de los otros coches un copiloto disponía del mismo material. El plan de Chalthoum consistía en enviar un vehículo a cada una de las esquinas de la zona, para que desde ahí se desplazaran hacia el interior, mientras que él y Soraya se dirigirían directamente al centro y empezarían su búsqueda allí.
Mientras avanzaban traqueteando a una velocidad de vértigo, Soraya miró a Amun, cuyo rostro mostraba la dureza y la contracción de un puño. Pero ¿hacia qué la estaba guiando? Si la al-Mokhabarat estaba implicada, era evidente que él no le permitiría acercarse mínimamente a la verdad. ¿Estaban cazando gambusinos?
—Los encontraremos, Amun —dijo ella, más para aliviar la tensión que porque tuviera ningún íntimo convencimiento de tal cosa.
La risa de Amun fue tan desagradable como el ladrido de un chacal.
—Por supuesto que los encontraremos. —Su tono era siniestro, sardónico—. Pero, aunque por alguna especie de milagro lo logremos, ya es demasiado tarde para mí. Mis enemigos utilizarán este fallo en la seguridad en mi contra, dirán que he traído la desgracia no sólo sobre la al-Mokhabarat, sino sobre todo Egipto.
Su desacostumbrado tono de lástima de sí mismo desconcertó a Soraya y la hizo endurecer su voz.
—Entonces, ¿por qué te molestas en llevar a cabo esta investigación? ¿Por qué no volver grupas sin más y dejarlo estar?
La sombría expresión de Amun se reforzó cuando se puso colorado. Tenía todos los músculos en tensión, y a Soraya le pareció que intentaba reunir fuerzas; durante un instante se preguntó si no la golpearía. Pero entonces, con la misma rapidez con que había llegado, el arrebato emocional pasó, y entonces la risa de Amun, cuando surgió, fue radiante e intensa.
—Sí, debería tenerte siempre a mi lado, azizti.
Una vez más, Soraya fue víctima del desconcierto, en esta ocasión por la utilización del entrañable tratamiento familiar, y sintió un repentino arrebato de afecto larvado por él. No pudo evitar preguntarse si sería tan buen actor, y al pensarlo la vergüenza hizo que se ruborizase al instante, porque deseaba que fuera inocente y no estuviera involucrado en aquel acto odioso. Quería algo de él que sentía no podía tener, y sin duda no lo tendría jamás si fuera culpable. Su corazón le decía que Amun era inocente, pero su mente seguía moteada por las sombras de la sospecha.
El egipcio se volvió un momento hacia Soraya y posó sus ojos oscuros y ardientes en ella.
—Encontraremos a esos hijos de la boñiga de un camello, y los llevaré ante mis superiores engrilletados y de rodillas, te lo juro por la memoria de mi padre.
Al cabo de quince minutos habían llegado a una zona del desierto que no se distinguía en lo más mínimo del inhóspito paisaje por el que habían estado viajando. Los otros cuatro todoterrenos se habían separado hacía algún rato, aunque sus conductores estaban en permanente contacto con Amun y entre sí a través de la radio. Mientras realizaban sus respectivas búsquedas hacían continuos comentarios.
Soraya levantó unos prismáticos y empezó a buscar cualquier objeto fuera de lugar, aunque no era optimista al respecto. El propio desierto era el peor enemigo que tenían, porque los vientos habrían desplazado la arena, y lo más probable es que hubieran enterrado cualquier cosa que los terroristas pudieran haberse dejado por descuido.
—¿Algo? —pregunto Chalthoum al cabo de veinte minutos.
—No… ¡Espera! —Ella apartó los ojos de los prismáticos y señaló a la derecha de donde se encontraban—. Allí, a las dos…, a unos cien metros.
Chalthoum giró en la dirección indicada y aceleró un poco.
—¿Qué ves?
—No lo sé, parece una mancha —dijo, mientras apuntaba los prismáticos hacia el lugar.
Se apeó del vehículo de un salto aun antes de llegar al sitio. Después de tambalearse dos pasos a causa de la inercia y de la blandura del suelo, siguió adelante. Se estaba acuclillando delante de la mancha oscura cuando Chalthoum llegó hasta ella.
—No es nada —dijo él con evidente indignación—, sólo una rama ennegrecida.
—Puede que no.
Soraya alargó las manos y, ahuecándolas, excavó alrededor de la rama, que estaba casi totalmente quemada. Cuando el agujero se ensanchó, Chalthoum ayudó a evitar que la arena volviera a cubrir el agujero. A medio metro más o menos, ella tocó con las yemas de los dedos algo frío y duro.
—¡El palo está atrapado en algo! —dijo con excitación.
Pero lo que desenterró fue la lata vacía de un refresco. Un extremo del palo estaba enganchado en el orificio del abrefácil. Cuando extrajo el palo, la lata se volcó, haciendo que de su orificio se esparciera una lluvia de ceniza gris.
—Alguien encendió un fuego aquí —dijo Soraya—. Aunque no hay manera de saber el tiempo que llevan aquí las cenizas.
—Quizá sí haya una manera.
Chalthoum estaban mirando con atención las cenizas derramadas, que formaban una mancha semejante al cono amarillo de la pantalla del ordenador que representaba el margen de error del lugar de lanzamiento del misil.
—¿Tu padre te enseño algo acerca de Nowruz?
—¿La celebración prerrevolucionaria del año nuevo persa? —preguntó Soraya, asintiendo con la cabeza—. Sí, pero nunca lo celebramos.
—En los dos últimos años ha experimentado un resurgimiento en Irán. —Chalthoum puso la lata en posición vertical, la sacudió para extraer el contenido e hizo un gesto con la cabeza—. Aquí hay más ceniza de la que razonablemente cabría esperar de una hoguera para cocinar. Además, una célula terrorista habría dispuesto de comida precocinada que no requiriese ser calentada.
Soraya se estaba devanando la sesera intentando recordar los rituales del Nowruz, pero al final tuvo que recurrir a Chalthoum para que le diera un curso de reciclaje.
—Se enciende una buena hoguera y todos los miembros de la familia saltan por encima mientras piden que la tez pálida generada por el invierno sea sustituida por unas saludables mejillas coloradas. Luego se celebra una fiesta durante la que se cuentan historias para entretener a los niños. Cuando el día se acaba y llega la noche, la hoguera se extingue y las cenizas, que representan la mala suerte del invierno, son enterradas en el suelo.
—Me cuesta creer que unos terroristas iraníes hayan celebrado el Nowruz aquí.
Chalthoum utilizó el palo para hurgar entre las cenizas.
—Eso parece un trozo de cáscara de huevo y ahí hay un trozo de monda de naranja quemado. Tanto el huevo como la naranja se usan al final de la celebración.
Soraya meneó la cabeza.
—Jamás se arriesgarían a encender una hoguera.
—Es cierto —dijo Chalthoum—, pero éste sería un lugar perfecto para enterrar la mala suerte del invierno. —La miró—. ¿Sabes cuándo empezó el Nowruz?
Soraya pensó durante un segundo, y entonces se le empezó a acelerar el pulso.
—Hace tres días.
Chalthoum asintió con la cabeza.
—Y en el momento del Sa’at-I tahvil, cuando acaba el viejo año y empieza el nuevo, ¿qué sucede?
A Soraya le dio un vuelco el corazón.
—Que se disparan los cañones.
—O —dijo Chalthoum— un misil Kowsar tres.