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Willard observó a Ian Bowles cuando éste salió del quirófano de Firth. Le había puesto una cruz la segunda vez que había aparecido en el recinto y, al igual que hacía con todos los demás pacientes del médico, había hecho sus averiguaciones. Bowles era el único sobre el que no se sabía nada en el lugar. Durante los últimos tres meses Willard no se había limitado a entrenar a Bourne; como todos los buenos agentes, había empezado inmediatamente a familiarizarse con su entorno. Se había hecho amigo de todas las personas importantes de la zona, que de hecho se habían convertido en sus ojos y sus oídos. La ventaja de estar en Manggis era que ni el pueblo ni la zona circundante estaba demasiado poblada. Al contrario que Kuta y Ubud, sólo unos pocos turistas conseguían llegar a la zona, así que no era difícil identificar a los pacientes que iban a ver al doctor. Mediante aquel sencillo método, Ian Bowles cantaba como una almeja. Sin embargo, Willard no actuaría hasta que Bowles se destapara en un sentido u otro.
Desde que lo habían liberado de sus obligaciones secretas en el piso franco de la NSA en la rural Virginia, Willard había reflexionado largo y tendido sobre la manera de resultar de la máxima utilidad al servicio secreto, el cual hacía las veces de su madre, padre, hermana y hermano. Treadstone había sido el sueño de Alexander Conklin. Sólo Conklin y el propio Willard conocían el fin primordial de Treadstone.
Acometió aquel trabajo con una prudencia extrema, porque estaba trabajando con una desventaja con la que Conklin nunca había tenido que enfrentarse. En los tiempos de Alex, el Viejo había refrendado Treadstone; lo único que Conklin tenía que hacer era volar fuera del radar de Inteligencia Central y cumplir con los objetivos que había prometido al Viejo, mientras seguía trabajando en sus propios asuntos completamente en la sombra. Willard no contaba con la ventaja de semejante apoyo. Por lo que concernía a Veronica Hart e Inteligencia Central, Treadstone estaba tan muerto y enterrado como el propio Conklin. Willard era demasiado inteligente para creer que Hart le permitiría una reanudación, lo que significaba que tenía que trabajar clandestinamente dentro de una de las mayores organizaciones secretas del mundo. La ironía no le pasó desapercibida.
Mientras seguía a Bowles fuera del recinto y por un solitario callejón, reflexionó sobre lo fortuitas que habían sido las llamadas telefónicas de Moira Trevor, puesto que aquella remota isla alejada de la red de Inteligencia Central era el lugar perfecto para iniciar la resurrección de Treadstone.
Delante de él, Bowles se había parado junto a una motocicleta aparcada a la sombra de un franchipán. Sacó su móvil. Cuando apretó la tecla de marcación rápida, Willard desplegó un fino alambre metálico con agarraderas de madera en ambos extremos y, poniéndose rápidamente detrás de Bowles, le rodeó el cuello con el alambre y tiró con tanta fuerza de las agarraderas que lo puso de puntillas.
El neozelandés dejó caer el móvil y alargó las manos por detrás de él para intentar agarrar a su agresor oculto. Saltando para esquivarlo, Willard mantuvo la presión letal sobre el alambre. Los gestos de Bowles se hicieron más frenéticos. En su desesperado intento por respirar se desgarró la carne del cuello, los ojos se le salieron de las órbitas y unos hilos rojos vetearon el blanco. De pronto el aire se llenó de una asquerosa fetidez y el hombre se desplomó.
Tras desenrollar el alambre del cuello de Bowles, Willard recogió el móvil y, mientras se alejaba a paso vivo, comprobó el número que había estado marcando. Reconoció los primeros números como pertenecientes a un móvil ruso. La llamada no se había realizado, así que se adentró en Manggis hasta un lugar en el que sabía que habría cobertura y pulsó la tecla de volver a marcar. Al cabo de un instante le respondió una voz masculina.
Willard, momentáneamente asombrado, recobró no obstante la serenidad y dijo:
—Tu hombre, Bowles, está muerto. No envíes a otro —y colgó, antes de que Leonid Danilovich Arkadin pudiera decir una sola palabra.
Cuando Moira se separó de Stevenson, se dirigió en la dirección opuesta a la que tenía que ir. Invirtió veinte minutos en seguir diversas rutas indirectas, mirando por los retrovisores de los coches y en las lunas de los escaparates buscando una cola, y cuando se hubo asegurado de que no la estaban siguiendo, volvió caminando hacia el coche que la esperaba a tres manzanas al oeste de la fuente de Poseidón.
El chófer la vio acercarse y salió del vehículo. Sin mirarla ni saludarla de ninguna manera se dirigió hacia ella. Pasaron uno junto al otro lo bastante cerca para que el hombre le entregara las llaves sin detenerse ni alterar siquiera el paso.
Moira pasó junto al coche aparcado, cruzó la calle y se paró para mirar hacia todas partes, como si no estuviera segura de qué camino tomar. De hecho, estaba examinando el entorno, descomponiéndolo en vectores, que inspeccionaba en busca de alguien mínimamente sospechoso. Un niño y una niña, presumiblemente su hermana, jugaban con un golden labrador bajo la mirada atenta de su padre. Una madre empujaba el cochecito de su bebé; dos sudorosos corredores corrían en zigzag, mientras escuchaban por unos auriculares conectados a sus iPod sujetos a unos brazaletes.
Nada parecía fuera de lugar, lo cual era exactamente lo que la preocupaba. Podía tener bajo control a los agentes de la NSA en la calle o incluso si pasaban en coche; era la gente que pudiera esconderse detrás de las ventanas de los edificios o en los tejados la que le preocupaba. Bueno, no había forma de evitarlo, pensó. Había hecho todo lo que estaba en sus manos, y ya no quedaba otra cosa que poner un pie delante del otro y rezar para que hubiera logrado despistar cualquier vigilancia que pudieran haberle asignado en cuanto los dos agentes de la NSA la habían dejado en el Hospital Naval de Bethesda.
Como precaución añadida, sacó la tarjeta SIM de su móvil, la aplastó con el tacón del zapato y luego la arrojó de una patada por la rejilla del alcantarillado a un sumidero y también tiró el móvil. Llevaba la llave en la mano mientras se acercaba al coche, aparcado en la acera de enfrente. Cruzó por delante del vehículo y dejó caer el bolso; después de arrodillarse, sacó su polvera y utilizó el espejo interior para examinar los bajos del auto lo mejor que pudo. También examinó la parte posterior. ¿Qué esperaba encontrar? Nada, afortunadamente. Pero siempre existía la posibilidad de que un agente de la NSA hubiera dejado al pasar un micrófono debajo del chasis.
Al no encontrar nada sospechoso, abrió el coche y se sentó al volante. Era un Chrysler plateado último modelo que sus mecánicos habían mejorado con un poderoso motor turboalimentado. Tras encontrar el portátil y el móvil debajo del asiento, arrancó el inmaculado envoltorio de plástico de este último. El teléfono era un móvil desechable cargado con una tarjeta de prepago. Mientras no los utilizaras durante mucho tiempo, era seguro hablar por ellos y nadie podía utilizar la SIM para triangular tu posición como ocurría con los móviles registrados.
Resistiendo el impulso de encender el ordenador allí mismo, giró la llave en el contacto, arrancó y se metió entre el tráfico con prudencia. Ya no se sentía cómoda permaneciendo en un lugar demasiado tiempo; ni tampoco le parecía seguro volver a la oficina ni a su casa siquiera.
Cruzando de nuevo la ciudad hacia Virginia, condujo sin rumbo durante casi una hora, al cabo de la cual ya no fue capaz de reprimir su curiosidad. Tenía que averiguar qué había en la memoria flash que había recuperado del cadáver de Jay. ¿Contendría la clave de lo que se traían entre manos la NSA y Black River y que, según Stevenson, tenía enloquecido a todo el Departamento de Defensa? ¿Por qué, si no, Noah y la NSA habrían perseguido a Jay, y ahora irían tras ella? Tenía que suponer que el policía de tráfico de la capital era un poli falso, que era, de hecho, un agente de la NSA o de Black River. Stevenson se había mostrado aterrorizado. El panorama en su conjunto le produjo un escalofrío.
Después de atravesar Rosslyn se percató de pronto de que estaba hambrienta. No podía recordar la última vez que había comido, aparte de lo que fuera que le habían dado esa mañana en el hospital. ¿Quién podría comerse aquella cosa? Aún más, ¿qué clase de chef era capaz de preparar semejante papilla insípida y recocida?
Giró en Wilson Boulevard, pasó Hyatt y aparcó a varios coches de distancia de la entrada del café Shade Grown, un lugar que conocía por fuera y por dentro y en el que en consecuencia se sentía segura. Cogió el portátil y el teléfono y salió del coche, lo cerró y se metió a toda prisa en el local. La boca se le hizo agua al percibir el olor a beicon y tostadas. Después de meterse en un reservado con los desgastados asientos color cereza, le echó un somero vistazo al menú plastificado antes de pedir tres huevos fritos, doble ración de beicon y tostadas de pan de trigo. Cuando la camarera le preguntó si quería café, dijo:
—Por favor. La crema de leche aparte.
Sola ante la mesa de formica, abrió el pequeño ordenador de manera que la pantalla quedara mirando hacia ella y la pared que tenía detrás. Mientras el aparato se inicializaba, se inclinó hacia abajo y se sacó la memoria flash de debajo del aro de su sujetador. El diminuto rectángulo electrónico estaba caliente y parecía latir como un segundo corazón. Colocando el pulgar en el lector biométrico, respondió a las tres preguntas de seguridad. Por último, conectó la memoria flash a uno de los puertos USB situados en el lado izquierdo del ordenador y, abriendo Mi PC, navegó por la memoria portátil que había aparecido allí y pulsó dos veces encima con el ratón.
La pantalla se oscureció, y por un momento Moira pensó que la memoria tenía estropeado el sistema operativo. Pero entonces en la pantalla empezaron a aparecer unos renglones de lo que parecía un galimatías. No había carpetas ni archivos, sólo aquella serie de letras, números y símbolos que no paraban de avanzar por la pantalla. La información estaba encriptada; típico del prudente Jay.
En el acto pulsó la tecla ESCAPE y volvió a la pantalla de Mi PC. Tras acceder a la unidad C, abrió el asistente de las conexiones de acceso inalámbrico. O la cafetería tenía una conexión Wi-Fi, o lo tenía algún lugar cercano, porque el asistente detectó una red abierta. Eso era bueno y malo al mismo tiempo. Por un lado, significaba que podía acceder a la web, pero la red no tenía ninguna protección codificada. Por suerte, entre otra gran cantidad de medidas de seguridad, había hecho instalar en todos los portátiles de Heartland sus propios paquetes de encriptación, lo que en ese caso significaba que, incluso si alguien pirateaba su dirección IP, no podría leer los grupos de información que enviara y recibiera; ni tampoco podría localizarla.
Apartó el ordenador cuando llegó el desayuno. Al programa Heartland le llevaría algún tiempo descifrar el software para analizar los datos de la memoria extraíble. Moira descargó los datos encriptados y apretó la tecla INTRO, que inició el programa.
Cuando acabó de mojar la yema del tercer huevo con una cuña de pan con mantequilla y lo que le quedaba de beicon, oyó un leve repique. Atragantándose casi con el último bocado, le dio un buen trago al café y amontonó los platos en el borde de la mesa.
Su dedo índice planeó sobre la tecla INTRO durante una milésima de segundo antes de apretarla. De inmediato las palabras empezaron a inundar la pantalla, y entonces se ordenaron, desvelando el contenido completo de la memoria externa.
«PINPRICKBARDEM», leyó.
No se lo podía creer. Sus ojos se movieron sobre los renglones que repetían una y otra vez «PINPRICKBARDEM». Las líneas terminaron y ella volvió a examinar el texto. La memoria entera había estado llena de esas catorce letras. Descompuso las letras, formando las palabras más evidentes: «Pin Prick Bar Dem. —Luego otra—: PinP Rick Bar Dem. —Escribió debajo—: Picture in Picture, un sistema multivisión (¿en una televisión digital?), Rick’s Bar (¿?), Demócrata».
Hizo una búsqueda en Google. Había un Rick’s Bar en Chicago y otro en San Francisco, y un Andy & Rick’s Bar en Truth o Consequences, Nuevo México, pero no había ningún Rick’s Bar en Washington, D. C., ni en los alrededores. Tachó lo que había escrito. ¿Qué carajo significarían esas letras?, se preguntó. ¿Eran otro código más? Ya estaba a punto de ejecutar de nuevo el programa de software de Heartland cuando, detectando con el rabillo del ojo la aparición inopinada de una sombra, levantó la vista.
Dos agentes de la NSA la miraban fijamente a través del ventanal. Cuando cerró de golpe la pantalla del portátil, uno de ellos abrió la puerta para entrar en la cafetería.
Benjamin Firth estaba dando buena cuenta de su botella de arak con espíritu de revancha, cuando Willard entró en la consulta tranquilamente. Firth estaba sentado en la mesa, con la cabeza gacha, bebiendo grandes tragos del licor de palma con precisa resolución.
Willard contempló al médico un instante, acordándose de su padre, cuyo alcoholismo le había llevado a la locura y, finalmente, a un coma hepático. Aquello no había sido agradable, y en el camino había habido varios ataques graves de desdoblamiento de personalidad, tipo Jekyll y Hyde, de los que aquejaban a algunos alcohólicos. Después de que su padre le hubiera golpeado la cabeza contra una pared en uno de aquellos ataques, Willard, que entonces contaba ocho años, aprendió por su cuenta a no tener miedo. Guardó su bate de béisbol debajo de la cama, y en la siguiente ocasión que su padre, apestando a alcohol, se abalanzó sobre él, trazó un arco absolutamente preciso con su bate y le rompió dos costillas. Después de eso, su padre no volvió a tocarlo, ni por ira ni por cariño. En su momento, Willard pensó que había logrado lo que quería, pero más tarde, tras la muerte del viejo, empezó a preguntarse si, junto con su padre, no se habría herido a sí mismo.
Con un gruñido de asco, atravesó la consulta, le arrancó la botella a Firth y le metió a la fuerza una pequeña libreta en la mano. El médico se lo quedó mirando durante un instante con los ojos inyectados en sangre, como si intentara localizar a Willard en su memoria.
—Léalo, Doc. Adelante.
Firth bajó la mirada y pareció sorprendido.
—¿Dónde está mi arak?
—Vamos —dijo Willard—. Le he traído algo mejor.
Firth soltó un sonoro bufido.
—No hay nada mejor que el arak.
—¿Quiere apostar?
Willard le abrió la libreta y el médico se quedó mirando fijamente la foto del pasaporte de Ian Bowles, el neozelandés que se había hecho pasar por paciente y que lo estaba chantajeando para que le sacara unas fotos a Jason Bourne. Ésa era la razón de que se hubiera emborrachado como una cuba. No podía soportar pensar en lo que tenía que hacer ni en lo que le ocurriría si no lo hacía.
—¿Qué…? —Sacudió la cabeza, confundido— ¿Qué está haciendo con esto?
Willard se sentó a su lado.
—Permítame que le diga que el señor Bowles ya no volverá a ser un problema para usted.
Firth se despejó como si el otro hombre le hubiera arrojado un cubo de agua helada a la cara.
—¿Lo sabe?
Willard le quitó el pasaporte.
—Lo oí todo.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral del médico.
—No podía hacer nada.
—Entonces fue una suerte que estuviera aquí.
Firth asintió desanimadamente con la cabeza.
—Ahora necesito que haga algo por mí.
—Lo que sea —dijo Firth—. Le debo la vida.
—Jason Bourne no debe saber jamás lo ocurrido.
—¿Nada de nada? —El médico lo miró—. Alguien sospecha que está aquí, alguien lo persigue.
La cara de Willard permaneció impávida.
—Nada en absoluto, doctor. —Willard alargó la mano—. ¿Me da su palabra?
Firth apretó con fuerza la mano del otro hombre, que era firme, seca y en cierta manera consoladora.
—No dije nada, ¿no es así?