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Las personas se enfadarían conmigo si supiesen que aquí las meto dentro de pieles de embutido y las cuelgo, expuestas a todas las miradas, pero es que sin relleno el pantalón tampoco aguanta. La puerta de casa se cierra de golpe. Una muchacha ha desaparecido de la faz de la tierra, que no es ni faz ni es tierra tampoco. En realidad es agua, que, a todo eso, juega ya un poco desganada con el cuerpo. Ahí, en estos momentos, la Gabi se incorpora a una biocenosis de plantas y animales perfectamente ajustada para el medio acuático, formando pareja de hecho con cada una de las especies por separado. ¡Ay, si hubiese más para elegir! La protección de esta comunidad humano-acuática desempeña un papel clave si los seres humanos quieren protegerse; por supuesto a su especie también, pero para empezar a sí mismos. Para eso deben proteger también a todas las demás especies, tarea muy trabajosa, pero imprescindible para que la humanidad no se vaya a pique, pues existe precisamente esa sensible base colectiva, en la que especialmente las lagunas, los cenagales, los estanques y los humedales están siempre seriamente amenazados. Esta muchacha, por el contrario, ya está muerta, siempre resulta un fracaso de primer orden que una vida acabe antes de tiempo. ¿Quién ha cometido el fallo? ¿Quién es el autor del crimen? Ustedes lo saben, yo también lo sé, para qué seguir preguntando. Solamente una vez: se es joven, algunos se mantienen jóvenes siempre, porque para ellos no hay futuro. Eso que se ahorran. Han tenido un rival terrible en la vida, rival que en este caso ha ganado. De modo que las órdenes de búsqueda con la foto de modelo de Gabi cuelgan en los postes. Los coches pasan diligentemente por delante, ven las hojas ahí clavadas y frenan súbitamente o arrancan rechinando, quizás porque sus dueños se sienten presos de la curiosidad, cosa que a menudo reporta a los utilitarios que van detrás quebraderos de cabeza. Más tarde podrán recoger los restos de sus cabezas en el hospital o en el servicio de grúa, donde se los devolverán previa entrega del certificado de admisión. Qué bien que hayamos permitido la entrada de un fotógrafo en casa, por lo menos ahora nos queda algo de esta bella muchacha. De tan bella es casi fea, por lo menos esa foto, y debajo, un profundo escote, el foso que la separa de nosotros, los más viejos; cuando uno la ve, querría haber sido un poco joven alguna vez y haberse quedado exactamente así. El recorte remite a algo, sí, pero no a esa empresa de la construcción en la capital de la comarca, donde la Gabi tenía un puesto de aprendiza de comercial. La empresa está presente en la foto de forma invisible a pesar de que la foto más bien sugiere ociosidad al observador, como la mayoría de fotos, ¿no les parece? Tal vez sea el vestido, pero la expresión de esta foto es fingida, la boca parece una boca que desea dar un beso, no una boca que desea leer las líneas de un documento impreso con el ordenador, aunque con esta foto se ha conseguido una impresión mejor. Qué suerte tiene esta muchacha de haber nacido para besar. Se acabó. ¿Estamos de acuerdo en dar de baja la cuenta bancaria, con su propietaria incluida? ¿No está de acuerdo? Entonces tendrá que ponerla sobre la mesa así, en forma de periódico. De todos modos damos por hecho su beneplácito y se lo cargamos todo a su cuenta.
La madre de Gabi deambula por la casa, desamparada, el vivo retrato de un cordero, hecho no importa por quién, pero con la intención inicial de reproducir un animal orgulloso. ¿No es verdad que tiene un novio en Alemania, con el que quiere estar? Está lista para dar el salto a la nueva vida, el carril para tomar carrerilla se encuentra justo delante de ella, festoneado por el sol, debajo hay un prometedor lago helado en el que ella, ¡seguro que sí!, aterrizará. El extremo del glaciar, su lengua, que oscila o retrocede según el clima, brilla ante sus ojos; no me parece que sea duro el lugar donde va a aterrizar. Parece un refulgente paraíso vacacional, pero muy probablemente, como pasa con muchos lagos, será sólo una acumulación de agua del deshielo, vamos, un valle de lágrimas. Sin embargo, en estos momentos, la madre, por ese modo que tiene de sopesar qué puede haber hecho su hija, tiene aspecto de jueza, ¿en qué lío se habrá metido? ¿Dónde estará? Si se supiera por lo menos dónde está. Precisamente ella misma le buscó este novio tan majete a la Gabi, con el que incluso tiene permiso para pasar la noche. ¿Qué otros datos codificados puede haber para clasificar y ocultar en el ordenador? ¿O para reservar más tarde? De hecho, la madre conoce todos los datos. Al fin y al cabo los ha introducido con sus propias manos. ¿Sobre qué van a poder interrogar durante meses de trabajo a las más de 2000 personas los tan sólo 20 funcionarios que habrán sido designados para ocuparse del caso? ¡¿De qué van a enterarse?! ¿Para qué apuntar miles de matrículas? ¿Por qué se ha largado la Gabi, si es que lo ha hecho? Quiero decir, si es que realmente se ha largado. Su novio sigue ahí y vuelve a limpiar el coche. El mueble móvil brilla ahora con fuerza y sonoridad. No, el novio tampoco tiene más detalles. Inmediatamente después de clase va a visitar a la madre, se sienta a la mesa de la cocina igual que podría quedarse de pie. Toma una taza de café igual que podría tomarse un té en su Walkman. Habla de su novia desaparecida como si jamás hubiese estado ahí. No sabe nada igual que podría saber algo. Es sencilla y sincera, ésas son las palabras que le han enseñado en el centro educativo de formación profesional cuando se trata de una conexión electrónica, que jamás se abriría voluntariamente a menos que le cayera un rayo encima. ¿Qué hacer, sin embargo, para que el circuito finalmente se cierre? Todavía tenemos que practicarlo. En estos momentos, la corriente fluye en una dirección como podría fluir en la otra. Los electrones se alegran de tener libertad y de que nadie les obligue a hacer lo que no quieren hacer, también nosotros podemos hacer las cosas de otra manera, pero nuestro entrenador todavía no ha conseguido que lo podamos hacer. El novio de Gabi está acabando, junto con otros compañeros del grupo de trabajo, un abrepuertas electrónico, pero de momento la puerta permanece cerrada todavía, el circuito aún no se ha hecho cargo de la dirección sobre los electrones, un circuito cuya tarea consistiría en oponer a los electrones la mínima resistencia posible. Eso es lo que nuestra juventud también desea: ¡ninguna oposición a sus planes! ¡Las que se montan los electrones entre ellos! A ningún ser humano se le hubiera ocurrido, pero saca provecho de ello. Sólo quieren seguir su propio camino si al final del mismo hay un espacio un poco menos repleto de ellos. De lo contrario, prefieren quedarse en casa. Cargados negativamente, obedeciendo a su naturaleza, siempre van a la búsqueda, al contrario que yo, de lo positivo. Siempre es posible tomarlos como ejemplo (extraído de: Muffller / Eberich: Elektronik für Kinder (Electrónica para niños), volumen 276, 7.a edición revisada). Y en estos momentos, al aprendiz le parece que un abrepuertas es lo que cierra el cielo también, cuando ya lo tenía al alcance de la mano. A su habitación en casa de sus padres, y también a la nueva pequeña vivienda de propiedad, recién acabada de pagar, no les van a pasar el aspirador durante un tiempo, tampoco se va a preparar ninguna otra merienda, nadie más va a escogerle presidente de su mundo ni recortará para él montones de artículos de la revista de coches para pegarlos en su cuaderno de espiral, ni volverá a honrar con su visita durante un tiempo al cielo en la tierra, el obligado destino de su excursión puntualmente cada sábado por la noche. Todo esto ni se lo imagina todavía. ¿Otro hombre y Gabi? Descartado. No había ningún otro hombre, y en caso de que lo hubiese habido, no estaría ahora con ella, pues no la conocería de nada. Sólo son habladurías de sus amigas, unas envidiosas. No hay que darles crédito alguno, pues de hacerlo se lo quedan y no se lo devuelven a uno nunca más. De eso nada. La Gabi era un libro abierto para su novio, una ventana con sus cristales, o sea un marco digno para él también. Que era una embaucadora de primer orden: si eso fuese cierto, no nos lo podríamos imaginar, dicen madre y novio al unísono. Siempre supimos de todos sus pasos, y cuando el chico lavaba el coche, ella tomaba asiento en el porche, o se quedaba de pie, en verano enseñando las piernas, en invierno no enseñando nada, y a todo siempre respondía desaboría, pero jamás decía esta boca es mía. Nunca sabía lo que sentía antes de desearlo. Pero bueno, hay que reconocer que se sentía un poco limitada. La casa que la madre había acabado de pagar recientemente no le iba nada, pero al novio sí. El chico no sabía lo que sentía hasta que vio la foto del nuevo Ferrari con nuestro Schumi dentro como un tapón de corcho. Las facciones de Gabi casi siempre eran como la zona de maniobras de la estación de trenes, si bien es verdad que se movían, no la llevaban a nada que la condujese más lejos, a la lejanía, al país de la sonrisa. A Austria. Todo recto. No hay pérdida. No. Siempre de vuelta, no importa desde donde. Ausencia, aunque en casa, un vaso sobre la mesa que a veces nada en la luz, después se hunde en la sombra, en el ir y venir de las mareas. Lávame pero no me mojes, es decir, por encima del nivel máximo del agua. ¡Un segundo!, ahí ya no crece ninguna planta, pero sin embargo existe el deseo de que mucha agua cubra el pie, y luego más, pero mucho más. Todo el mundo quiere más, no importa de qué. Quien se expone a un peligro, perece en el intento, sobre todo cuando el nivel del agua oscila dependiendo de la época del año. El lago descansa en calma, ¿quién descansa en él? Residuos de lodo, arena, arcilla, rocalla y una chica inundada de agua descansan en él, o sea, siempre que la muchacha no haya ido a reposar demasiado hondo. Dicho de otro modo, para que el lector situado en la zona de prácticas entre tierra firme y las aguas lo entienda: si es un libro, ¡que sea uno bueno! Algo parecido era la Gabi: con ella uno sabe a qué atenerse, busque, compare y si encuentra algo mejor… Bueno, no sé. Uno siempre puede volver a retomarlo, el libro, claro, y nunca se aburre con él, no importa dónde lo abra, aunque suele hacerlo ordenadamente en la cama de matrimonio de Ikea que su novio ha recibido como regalo de parte de sus padres (sí señor, todo el mundo tiene que contribuir de algún modo, de lo contrario no seríamos los que somos, seríamos otros), siempre con sábanas limpias para él y para su novia. Otra cosa no tenían. Sus recursos para el futuro se han utilizado de forma ponderada, puesto que hasta ahora no se han malgastado, porque los recursos son por principio indispensables, pero también inmultiplicables. Lo que quería decir con esto: si hay un ser humano ahí, entonces deberíamos dejarlo donde está, pues cuando se haya ido, nadie va a poder sustituirlo. Siempre se puede coger a otro, pero a ése en concreto probablemente ya nadie va a poder encontrarlo. Porque en todos los demás que sean como él encontraremos todo tipo de objeciones. ¡Dios mío, cómo vamos a llenar las páginas de contenido si ni siquiera somos capaces de expresar con sencillez lo más sencillo! Proteger y conservar a seres humanos es tarea compleja, que se puede ir poniendo en práctica con la naturaleza. Por supuesto eso exige tomar decisiones constantemente en muchos aspectos, y eso puede tener consecuencias de gran alcance, aunque normalmente no lo hace, pues pasan cien mil años hasta que uno tiene que extraer la consecuencia de que no hubiese tenido que quemar sus zapatos viejos en el horno, porque durante todo ese tiempo han contaminado y destruido el medio ambiente. El susodicho hubiese hecho mejor dando calor él mismo a otros seres humanos con un bonito cuerpo y una cara amable, y un coche rápido y una programación televisiva con chispa. La Gabi tenía todo eso, y ¿qué le ha reportado? Nada. Con lo expresiva que era y ¡nada!, ninguna respuesta, especialmente en esa foto monísima que cuelga ahí, cuando uno espera el autobús de línea, no puede evitarla, y muchas de las personas que han llegado demasiado temprano no pueden hacer otra cosa que analizar hasta el último detalle la foto, no tienen nada mejor que hacer, y el autobús no se les puede escapar, que para eso han venido más pronto. Pese a que todos conocen a la Gabi al natural, todo el mundo se queda clavado un cuarto de hora ante su foto. Con qué facilidad se pierde uno algo si mira un segundo para otro lado. Pese a que todo el mundo conoce bien a la Gabi, por lo menos de vista, pues todos han crecido aquí, les resulta extraña en esa foto. Hay algo frívolo, arrogante en ella que molesta a la gente. Aquí sale a la luz una cara completamente distinta en la que nadie se había fijado en la vida real. Por otro lado, una apariencia así, como sacada de las revistas (la mujer desnuda y su cara, que de hecho la tiene, en la parte superior de mi ilustración, y si no, denle la vuelta al periódico u observen otra cosa que no sea un ser humano, en la página cinco del diario Kronenzeitung, pero ahí debería estar esa mujer desnuda, ¿no? Dios mío, ¿qué es eso a lo que están ustedes mirando a la cara, es eso realmente una cara?), les resulta completamente familiar, y también que la Gabi esté más desnuda que vestida en la foto les resulta normal desde que tienen la caja tonta, es decir, desde hace decenios. Ahí la gente se quita mucho más que ropa. También le quitan toda la ropa a su pareja, y entonces se dan la vuelta para que se les pueda ver por dentro y: que están completamente vacíos y huecos por dentro en realidad. Antes no nos lo hubiésemos creído. Los cuerpos mientras tanto se han vuelto lo suficientemente indiscretos como para meterse por todos lados y poder así desnudarse más rápidamente. ¡Qué divertido! En la tienda de ropa Bauer, todos los lunes, los cinco primeros en llegar a la caja completamente desnudos obtienen un look maravilloso por 5000 chelines austríacos, o sea que, si pueden, dense prisa, ¡les convendría urgentemente un recauchutado! Algunos pasan completamente desapercibidos. Aunque intenten gritar tan fuerte como todos los demás. Una chica tan mona, esta Gabi. Si por fin se la ha encontrado, hay que entregarla, y nadie sabe nada al respecto todavía. Poco a poco, tras la habitual espera, empieza la búsqueda rutinaria de una desaparecida, cierto gendarme también ha oído hablar oficialmente de eso, pero no sabe nada, vamos, lo sabe todo, desea poder tomárselo en serio, confía en poder simular, si conviene, seriedad por lo menos, pero no acaba de conseguirlo. Ahora pone cara sombría ante sus compañeros. Se le interroga, sí; como la mayoría de ellos, conocía a la Gabi por lo menos de vista, los compañeros ya lo saben, una chica bonita. En el fondo no saben nada. No saben que la Gabi descansa en el fondo del lago, que no es demasiado profundo. Sí, los pensamientos a veces son profundos, pero los fundamentos que conducen a un crimen a menudo no lo son. El gendarme es algo así como un guía turístico, sólo que él jamás conduciría solo a un turista, a no ser que pudiese sacar provecho de ello. Ahí lo tenemos, observen cómo en estos momentos se restriega, como quien no quiere la cosa, contra ese joven compañero, se pega a él por detrás como por casualidad cuando se cambian de ropa. El compañero tiene la camisa por la cabeza y no ve nada y no se puede defender, durante un momento, que pasa con demasiada rapidez, ha quedado atrapado en su ropa como un pez en la red, ha levantado los brazos, las estrechas caderas están, bueno, simplemente están ahí y presentan algo de purpúreo acné, a eso lo llamo yo carne, justo con todas sus máculas. Menudo placer: como quien no quiere la cosa, apretar el rabo ligeramente hinchado como si fuera un matasellos contra la cadera izquierda del más joven para que pueda husmear y percibir un buen cuerpo, por lo menos externamente.
En cualquier caso, nosotros volvemos: búsqueda rutinaria de una desaparecida. Los ordenadores desbrozan sus extensas colecciones de datos y consiguen que gente que en realidad jamás se ha visto se junte en la pantalla, quizás mortalmente. ¿Dónde están todos esos criminales del distrito responsables de atentar contra la moral? Aquí los tiene, en esta máquina le están esperando ya, preparados para ser consumidos por el Estado, ¿a cuáles de ellos hemos puesto en libertad últimamente y a cuáles no?, ¿qué asesinos de niños reciben de nuevo la protección del canciller y cuáles son perseguidos implacablemente por Jörg durante toda su vida?, no, por este canciller no, por otro. ¿A quién no se le ha condenado todavía a cadena perpetua habiéndole castrado además, y/o asesinado previamente? En este distrito ya se juntan unos cuantos, pero tampoco son muchos, incluyendo entre ellos los exhibicionistas ya conocidos, que, por lo menos en la fase inicial de su pasatiempo, son inofensivos. Examinémoslos de todas formas, con eso tendremos ya mucho trabajo antes de irnos a merendar o de que nos releven. La chica de todos modos aparecerá, eso seguro. Trabajaremos para que eso ocurra con la mayor celeridad y la menor burocracia posibles, y para que la muchacha no esté demasiado deteriorada cuando la pillemos, como una observación que uno haya hecho, ¡hay que pillarla rápido!, antes de que la olvidemos, antes de que tenga que retirarse y finalmente desecarse del todo, como el agua en el lago. No veo indicios de nada parecido en estos momentos. Aplaco mi exasperación por los asesinos; la ordenación del territorio tendrá que ser respetada, no, no nos meamos en los árboles y matorrales públicos, y tampoco nos meamos en las paradas de autobús o en las paredes de casas ajenas, este instrumento, ni idea de cuál, sirve para reducir las disparidades regionales desde el punto de vista económico y ecológico, es decir, que algún día volverá a reinar el orden en el reino animal y en el vegetal, y aquello que no nos pertenezca: fuera; lo que nos pertenezca: trae para acá que lo necesitamos, ¡venga, venga! La Gabi es uno de los nuestros, una nativa de la variedad de seres vivos complejos, no, de la compleja variedad de todos los seres vivos y de la naturaleza animada. Pero que ya se haya convertido en parte de la naturaleza inanimada, eso no nos lo acabamos de creer, para eso necesitamos una ilustración. ¿De dónde sacar sin robar? Que ahí se haya extraído un diente torcido de los que tiene previstos la naturaleza, que al fin y al cabo están destinados a los ángeles portadores de ortodoncias, sí, incluso a ellos hay que ayudarlos para que, en el coro o como solistas, estén muy guapos, bueno vale, diente: extraído, pero no tan pronto todavía, bueno, que la constante interacción entre seres vivos y muertos se haya alterado y con ella el ecosistema. Pues eso, que algo tan horrible ni siquiera queremos tener que imaginarlo. Esta vez no. Ya volveremos a hacerlo la próxima vez. Pueden haber desaparecido millones de seres vivos, por favor, a eso nos hemos podido acostumbrar del todo, pero si se trata de una sola persona, eso no puede ser, habría que darle un acompañante, ya veremos a quién tenemos en reserva. Los organismos dañinos, por ejemplo, siempre están de oferta, ¿qué hacemos ahora con ellos? Intentamos mantener los daños económicos en el nivel más bajo posible, y los daños ecológicos también. Tratamos con respeto el hogar natural, pero a nuestro hogar, a ése no lo respetamos, para él compramos el nuevo producto de limpieza con componente antibacteriano que les mata a ustedes directamente el 99 por ciento de todas las bacterias, pero el uno por ciento restante se las trae. Y como siente que trae consigo algo que puede destruir más que construir, quiere soltarlo por fin, ¿para qué le sirven a uno si no sus talentos y capacidades? Uno puede, como decíamos, destruir o crear algo. Ese bacilo en concreto, ese extraño no deseado que conservó la vida, puede ahora reproducirse tranquilamente, pues ya no tiene ningún competidor y por lo tanto puede desplegar sus facultades. Así que, a este niño de pecho le daremos una buena neumonía, y a este que aprende a conducir y que no se lava nunca las manos le daremos una buena gripe intestinal. Sísísí, a los remedios químicos básicamente sólo se debería recurrir de forma puntual y en las cantidades estrictamente indispensables, pero a ser posible nunca. En concreto esta muchacha que no permaneció con vida ha sido víctima de un asesino que actúa selectivamente, pero que no quiere ser considerado como tal a menos que sea estrictamente necesario porque alguien quiera ver su carné (¡pero los compañeros saben todos quién es quién! Le compran en secreto relojes y joyas, en una zona intermedia entre la legalidad y la ilegalidad fijada para ese fin, y sin pensárselo), él perseguía objetivos más ambiciosos. No, yo no conozco todos sus objetivos. Agradecería cualquier tipo de pista. La propiedad en sí misma no es motivo suficiente para una demanda, a menos que alguien se la quiera disputar a uno. Eso motivaría una acción de retención de la posesión, pero quién sabe lo que saldría de ahí, depende por completo del abogado. ¿Qué pasa cuando en primavera las hojas nos invitan a visitar el exterior y uno va y las arranca? ¿Dejaría entonces de ser primavera? ¿De qué narices de propiedad me está usted hablando, por el amor de Dios? Efectivamente ahí hay una, pero lo que es pertenecerle, pues no, todavía no le pertenece a uno. La propiedad en estos momentos todavía sigue cubierta por una mujer, que ahora (si pudiera diría: ha escondido la cabeza debajo del ala para que los transeúntes no la reconozcan) se pasea por delante de la puerta abierta de su casa con la cabeza gacha y de morros porque otra vez un hombre no se ha presentado a la cita acordada, y además, de todas formas, en los últimos tiempos seguramente la ha engañado a menudo. El sexo funciona, ella lo desea así y no de otro modo, pero mejor de otro modo. Por lo demás, algo va por el mal camino y lo tendríamos que encaminar. La versión más terrible de la verdad dice así: este hombre no la puede haber amado, pues a quien se ama, no se le manda al carajo. ¿O sí? No, no puede ser. Pues a la persona o a la cosa que se ama, si uno no tiene hambre, se la mete en el frigorífico para picar entre horas. Al fin y al cabo, uno no quiere que se estropee y tenerla que tirar a la basura. El ser querido se guarda para poder seguir comiendo de él, de su cuerpo maravilloso, mañana y pasado mañana también. Jesús. ¡Ay, por las noches no estabais todos allí! Ya lo he dicho repetidas veces. No puede ser que me engañe, desde hace mucho, con una más joven. Si alguien preguntase: ¿quién de nosotras es ya mayor? ¡Cómo se agacharían nuestras cabezas l’oréalizadas! La mujer ya quería haberse separado muchas veces anteriormente, pero siempre se ponía enferma. En breve querría elegir, si tuviese elección, piensa una mujer de mediana edad, y echa una ojeada a lo largo de la carretera, transitada a todo volumen pero sin ritmo por mujeres que compran, madres con cochecitos y niños pequeños con botas de agua, en serio, realmente esta gris carretera comarcal no es una caja de ritmos que digamos. El tiempo apremia. Y a su vez, la mujer, recurre a sus codos, en realidad se ha quitado años, aunque quitar y poner desgraciadamente sólo está en manos de Dios nuestro Señor. Un hombre. Claro. Andar borrando en el pasaporte, ¡a quién se le ocurre! A la señora Dagmar Soller, pero la pillarán.
A todo eso hay una necesidad urgente de actuar, sin embargo, la última vez ya actuó uno distinto, uno que la descubrió en un cruce en su automóvil, la paró y la desplumó sin haberle puesto antes siquiera anestesia local. A ella se le fue todo de las manos. Quién se lo iba a imaginar. Necesitamos algo por escrito. Así que tarde o temprano vamos al notario. Las personas que desean actuar ahora, no importa cómo ni con qué, pueden escoger primero, y escogen a uno que les gusta. Él no miente, es respetable, deportista, limpio y resuelto y se diferencia agradablemente de uno que, vamos, no les gusta tanto, pese a ser también respetable, deportista, limpio y resuelto. Pero desgraciadamente a éste no se le nota. Por fortuna sólo escogerán a alguien a quien se le note todo, sobre todo que se sienta seguro en su piel, pero más seguro se sienta o se siente él en su Porsche. Los respetables y eficientes. Los laboriosos también. ¿Cuál es su secreto? No lo sé, si no, lo contaría. Tal vez queramos que nos engañen porque nosotros mismos no paramos de engañar a todo el mundo, vamos, cuando se nos presenta la ocasión. Por ejemplo, esta mujer se ha esterilizado, lo reconoce con toda franqueza a pesar de que ahora ya no puede tener hijos. No quiere niños y nunca los ha querido, ya que ella misma es una niña y quiere serlo para este hombre. Otro niño no hubiese hecho más que molestar. La otra, Gabi, casi una niña, tampoco ha hecho más que molestar también. Esto lo demuestra todo. ¿El qué? ¿A quién? Sea quien sea, en estos momentos lo enfocan con el foco del buen rollo y él sale corriendo para el Carnaval de Villach o lo ve en la tele y se siente en este país como en casa. Otros viven en el lago, ¡no!, eso no puede usted decirlo, autora: que alguien duerma en un lago no significa que además viva allí. ¿O es que no ha visto el bote hinchable? Él vive en una buhardilla con fotos en las paredes, de cachorros y de modelos, ambos proyectos públicos y privados, sólo depende de quién las use y para qué las aproveche. Ante todo aprovechar, para sentirse bien, ¡genial! Ya lo querría de sí mismo cualquier copo de nieve oropelado tambaleándose sin conocimiento mientras todavía vuela por el aire, desde donde se va alegrando ya por el suave aterrizaje, pero entonces va y se derrite enseguida. Ni siquiera hizo falta una piedra caliente.
El detalle decisivo que no vio nadie, o todos los que no se fijaron mucho, fue un coche que en las frías noches del pasado invierno, antes de que llegara nuestra prima Vera, aparcaba cada mañana en las cercanías de la estación de autobuses. Al volante esperaba muy probablemente el hombre que ha estado acompañando secretamente a Gabi durante más de medio año hasta su empresa en la capital de la comarca y que, en ocasiones, probablemente cuando sus horarios de trabajo se lo permitían, también la llevaba de vuelta a casa. Por lo menos es seguro que la muchacha realizó más de la mitad de esos viajes, un trayecto relativamente corto, con este desconocido, los otros viajes, los nocturnos, enloquecidos, no queremos ni mencionarlos, pues nos caeríamos redondos sólo de pensar en las que ambos llegaron a liar y en lo que se acosaron mutuamente. Gabi tuvo que haber engañado a la madre y al novio. A otros no los pudo engañar, pero ésos no han dicho nunca nada al respecto. Nadie sabía nada sobre el tema, quedémonos con la versión oficial. En esta cadena de sucesos —si nos aproximásemos más, veríamos más cosas— estaba la Gabi cuando se le cortó la respiración, tal vez avasallando demasiado al hombre, que en realidad sólo quería mimarla un poco. Eso no puede ser. ¡Un poco siempre es necesario! Con una ligera presión se llegó a ese punto, pues la Gabi, malcriada con tantos mimos, se puso la mar de tonta. La lengua, la laringe, la carótida, los pulmones han sido adiestrados para la aparición pública. Si fallan porque se quiere dejar a alguien completamente solo con su respiración, ambos claudican en su ambición de mantener el funcionamiento del cuerpo. Se burlan entonces del resto del cuerpo, le gritan: no eres nada sin nosotros y no puedes hacer nada. Pero puedes intentarlo, eres muy dueño de hacer lo que quieras, pero te vas a caer, querido cuerpo, y después te va a resultar muy dificultoso levantarte, o bien, si eres Dios, resucitar, como muy tarde en ese instante quedará demostrado, cuando las mujeres retiren una piedra y empiecen a llorar. Pero si eres Dios, entonces no nos necesitas para nada. El oxígeno ha sido desviado del cerebro, y los terrenos cerebrales se han quedado secos, las condiciones medioambientales en el biotopo mental han cambiado de forma drástica. Quien crea que las convivencias ricas en reflexiones y pensamientos son más estables, en principio tiene razón, pero no siempre. Una optimización del número de pensamientos no debería ser necesariamente el objetivo de un proyecto como éste, por si se están sorprendiendo de encontrar tan pocos pensamientos aquí, en este lugar. ¡No les queda más remedio que buscar! Además no es estrictamente necesario que haya muchos. Lo más importante: cuáles, y también es importante analizar mis pensamientos con respecto al papel que desempeñan en mi cerebro, pues mi cerebro se aburre fácilmente y desea desde hace mucho empezar a urdir algo nuevo. Y también convendría decidir qué estrategias deberían estar representadas con respecto a aquello con lo que voy a rellenar mi sesera, para que luego me representen a mí, y yo, por mi parte, pueda representar aquí honestamente y en calidad de abogada a personas vivas o que vivieron en el pasado. Cuanto más variadas son las películas de la tele que vacío en mi azotea, mayor es el número de especies de organismos que más tarde podré cosechar de mis mesas y bancos. Devoro la muerte y la transformo en vida. Después hago que me la preparen exquisitamente. De todos modos, tal vez sería necesario leer los periódicos también. Gracias, con mucho gusto, siempre vale la pena. Aquí ya he copiado, p. ej., muchas de sus páginas, pero no las he puesto en relación. Siempre me maravilla cómo las naturalidades de la vida me abren su corazón, pero entonces cierro la puerta de golpe. Se trata de una gincana, empiecen cuando quieran, ya verán como no encuentran nada ya, pues ya habré despedazado los cadáveres, y después los habré rociado con el producto de limpieza de sanitarios Pastor-Pandi, un producto británico de resultados excelentes pero que desgraciadamente ya no está a la venta. Ya han desaparecido, como los dos huevos estrellados de antes. ¡Oh, no!, se me han escapado las vagas insinuaciones de una de las amigas de Gabi, que hace uno o dos días miró pensativa hacia el cielo (jamás habría conseguido ser tan guapa como la Gabi, por eso espolvoreó algo a su alrededor, de un estuche de l’Oréal, para que no se la pudiese ver tan claramente) y me dijo algo aborrecible, algo que nunca aparecería, p. ej., en un libro de historias marianas. Esta chica anda a tientas, ahora que el camino está libre, por la vida de la amiga, duda sobre qué podría sacar de ella para darle un uso mejor, un hombre simpático, tranquilo, fiel, hijos, una casa propia, vacaciones, y entonces deja caer esa vaga insinuación en una dirección que nuestras miradas no vislumbran todavía. No vemos nada. Habrá que volver más tarde a esa insinuación cuando de repente otros nos la señalen, como el sol, que al atardecer aún brilla, antes de descender finalmente a la otra mitad de la esfera terrestre, donde a la gente les queman ya las plantas de los pies y desean por fin tener el sol sobre sus cabezas.
¿A qué coche te refieres, chica que aprendes a conducir? Compañera en la empresa, por favor, da un paso adelante y habla con voz fuerte y clara por este micro ¡para que también nuestros eficientes funcionarios te puedan escuchar! Bueno, se lo juro, el efecto luminoso cuando la Gabi llegaba a la oficina era como si llevase joyas con diamantes, como si nadara o nadase bajo el sol. A uno le venían ganas de arrimarse a ella, lo único que le faltaba era ser madre, todo lo demás ya lo era, incluso Princesa del Carnaval o Princesa de las Cosechas, probablemente por eso ya no podía salir nada más de ahí. Me encantaría poder describir qué clase de brillo habría en la atávica cabaña por encima de la cerveza y de la música de la radio, allí donde los tertulianos miran embobados sus copas, que, gastadas de tanto ser lavadas, ya no pueden devolver destello ninguno. De eso viene, por cierto, que los que frecuentan esas tertulias habitualmente no tengan ningún brillo en absoluto. Una muchacha tan guapa, la Gabi, como si no formase parte de nosotros. Se reía a menudo, tal vez en los últimos tiempos con menos frecuencia. Y en el borde del tocador del baño de señoras hay un estuche alargado con un lápiz de labios, un perfilador y rímel, que la hacen todavía más bella a la Gabi, también hay una esclava de plata que le regaló su novio, cuando baja ligeramente la cabeza, ¡está tan guapa!, deja que el cabello le acaricie los hombros y derrocha ociosamente en sí misma algo de tiempo que alguien le ha regalado, ¡ay, si todo el mundo tuviese tanto tiempo para sí!, más bien se lo tendrían que tomar, seguro que se nota en el resultado. Eso es lo que pone junto a la caja del DÍA, donde hay productos para la limpieza del tiempo en oferta: sombras de ojos, cremas de tratamiento para la cara, incluso mascarillas para la limpieza de los poros. Hay que ir siempre hasta el fondo, aunque la mayoría de las personas prefieren lo superficial y, mientras se compran una diadema aterciopelada para el pelo, murmuran para sí que les gustaría ir a ver el musical tal o cual. Las plantas y los animales dependen los unos de los otros, y qué color de sombra de ojos pega con qué tinte de pelo depende también de ambos, que con algo de buena voluntad podrían entenderse a las mil maravillas siempre que la naturaleza les dejara hacer y dado el caso aceptara ayuda cosmética. ¡Pero si eso ya lo hace! Siempre. ¡Haga el favor de pasar y haga desaparecer mis irregularidades y mis granos! No importa lo que deseen, a los colores los dejamos en nuestra piel, que es lo que nos aconsejaron, ¿no dejamos también fosfatos en nuestros acuíferos a pesar de que nos lo desaconsejaron terminantemente? La Gabi tenía un secreto, ¡anda que a mí!, la naturaleza también tiene sus secretos, ¿no? La naturaleza sale hoy con este tío del terruño que se encuentra a la orilla de las aguas. Y mañana saldrá con otro. Pero ¿con quién anda por ahí la Gabi si no es con su novio oficial que hace formación profesional? Nadie lo sabe. Ni idea. Pero hay alguien ahí. Nadie sabe cuántas manifestaciones del agua existen sobre la tierra, pero muchos quieren saberlo porque sus pasatiempos son el windsurf, las lanchas, los barcos de vela o la natación. ¿Y de esta joven vecina de nuestro vecindario nadie sabe nada más preciso? El viento cambia de dirección junto con el agua de forma inhumana, cien metros y ahí está esperando ya la muerte y mira el reloj y golpea en el suelo con la guadaña. En cambio, dónde estará la Gabi, se preguntan algunos que poco a poco se van poniendo nerviosos. No son muchos. El novio y la madre están sentados el uno delante del otro y sobrepujan en banalidades con tal de que no haya silencio. ¿Sobre qué pueden hablar que no sea la Gabi? Mientras tanto, la madre más bien piensa solamente en su novio de Alemania, cuándo podrá marcharse, qué le va a contar de todo esto, pronto estará con él. Ellos, la madre y el novio de Gabi, también sobrepujan por unos palitos salados, siempre los hay encima de la mesa. Ahora me encuentro muy a gusto, de lo contrario debería pensar en otra cosa. Medita el novio para sí y calla a la vez, con qué frecuencia se le levanta el rabo al mirar a la Gabi, a pesar de no haber acabado todavía con la comida y de que la revista porno sólo estuviese medio vacía; por desgracia ahora ya no está. Se habrá largado, la casa está ahí como muerta. Hay un vacío que el joven no puede llenar hoy con pensamientos sin fermentar. Apenas entrar en la casa, le ha asaltado una rara timidez, le pide a la naturaleza que hoy le permita apartar por completo los instintos que siente por su novia, pero no sabe exactamente por qué. Hoy quiere pensar tierna y dulcemente en ella, se lo exige a sí mismo, y con esa exigencia ha de acabar en una sesión de cine en la capital de la comarca, y aparte de eso no hay más exigencias que satisfacer. ¿Que si volvería ella a estar dispuesta a tenerle agarrado el rabo justo por encima de los testículos como hace poco para ir subiendo lentamente hasta arriba del todo, donde lo apretaría con mucha más fuerza? Ella dice que le da grima, que no le gusta nada mirar, pero él es paciente y puede esperar a que lo haga otra vez, y que lo repita tal como él se lo ha enseñado. Lo principal es que ella se esté tranquilita y que le permita introducirse otra vez y que entonces incluso mueva un poquito las caderas. ¡De ensueño, se lo aseguro! Si ustedes y yo fuésemos una casa, en estos momentos nos vendríamos abajo. La Gabi, por su carácter, no es demasiado explosiva, pero una botellita de vino puede hacer milagros. El novio ha subido un momento a su habitación, ha abierto, ni idea de por qué, su armario ropero, ha olido los vestidos, ha hecho tintinear una o dos pulseras de oro finitas en el mueble aparador, ha aguzado el oído: nada. El armario seguramente querrá dormir. Todo ordenadito. ¿Ya han hablado hoy con el espíritu de la ausencia? ¿No? ¡Díganle que voy en su busca! Qué silencio hay aquí. Los aproximadamente 2000 peluches se alegran, como cada día, de su propia belleza y de lo amorosamente que fueron escogidos por su dueña, uno por uno, coleccionados a lo largo de muchos años, por este motivo sólo aquí se muestran realmente satisfechos de sí mismos. Ya va siendo hora de que la habitación acabe de una vez con la oscuridad en los rincones, ¿o no? El estudiante de formación profesional abre además las puertas de otros armarios. Como si la Gabi se fuese a meter voluntariamente un par de días dentro del armario. El equilibrio hídrico de la tierra continúa lavando laboriosamente sus platos, que una y otra vez alguien roba, gente que derrocha el agua de continuo, ¿quién pagará después los platos rotos? ¡Por Dios, qué mal ha quedado! Y encima es una repetición. Perdón, a menudo no me sigo a mí misma, en cualquier caso, son tantos los paisajes que viven del agua… piensen en los lagos de Carintia, o en los del Salzkammergut, esa valiosísima región donde los ricos se han atrincherado con firmeza y seguridad, y, si alguna vez tienen que dar su voto, siempre se deciden por la libertad y por los liberales (de Jörg). Se puede poner la hora siguiéndolos. La madre da una calada al cigarrillo, ya lleva quince hoy, eso le hará bien y la calmará si la Gabi sigue mucho tiempo sin aparecer. Los bronquios de la madre pedirán la palabra, pero no los vamos a escuchar. Agua, de la que el ser humano está compuesto, ¡tanta!, no habría encima que meterlo otra vez en el agua después de la muerte, del agua al agua, no del polvo al polvo. Me parece superficial de un modo y del otro. Una exploración de las aguas freáticas en los pulmones de la madre concluiría: ¡se acabó!, como mucho dentro de diez años aquí se podrán criar cangrejos y echarlos después a una ensalada variada, pero para entonces ya estaremos muertos y no tendremos que verlo. La madre llora ahora y necesita otro pañuelo, pues éste ya no puede absorber ni almacenar nada más. Qué van a decir al respecto el suelo o incluso mi disco duro, ¡si yo lo he dispuesto todo la mar de bien y se lo he hecho saber textualmente a la tierra! A ellos les exigimos todo eso sin escrúpulos, ¡qué crueldad!
Las gentes siguen pasando por los caminos y carreteras. ¿Han oído algo sobre la Gabi quizás? No sabemos quién es. Una mujer con una conducta aburrida, no sé cuál, se planta delante de su casa y no sabe por qué hace eso ahora. Por supuesto, hace tiempo que le han llegado las últimas noticias, hace ya casi dos días; pero no dice nada al respecto porque nadie le pregunta. En cierto modo aquí continúa siendo una outsider, una extraña. Una advenediza. En la mañana de hoy desea verse idolatrada de nuevo, ella sola y además de forma exclusiva, siempre se lo ha imaginado mucho más agradable de lo que es. Hace años que se lo digo, y no sirve de nada. A su espalda se alza una bonita casa que ahora quiere salir a estirar las piernas, pero que en lugar de eso, y por error, le da una patada en la rótula al que está enfrente, que ahora se coloca las dos manos sobre los hombros, de manera que los brazos se le cruzan sobre el pecho. Como si las manos utilizasen los hombros a modo de soportes. A partir de ya, esta persona deberá guardar cama tres semanas. Esta mujer se esperaba ayer algo más de ferocidad por parte de este hombre, por lo menos tanto como de hecho recibió hace dos días en las montañas, pero desde entonces al hombre no se le ha visto el pelo durante un día y medio completos. ¿Otra mujer? ¡Jesús! ¿Qué estoy diciendo yo ahora, y con quién me voy a enrollar si no hay nadie?
Este hombre creía que a ella le gustaba la ternura, la tierna publicidad, por ejemplo, pero la única referencia que él tenía era la publicidad de Palmers, yo creo que es suficientemente tierna, en ella se ven todos los cuerpos hasta casi los fundamentos más profundos de su ser; la envidia en este caso es infundada, señoras mías, ¡pueden estar satisfechas de poder estar vivitas y coleando! ¿De verdad que les gustaría que todo el mundo pudiese meterse en su pensamiento? Mientras dura la publicidad, esta mujer se prepara rápidamente un tentempié en la cocina, ¡en verano se prepara ella misma incluso helado de chocolate! Y cuando vuelva, desea que lo salvaje de este hombre sea de inmediato verdaderamente salvaje. ¡A la hora en punto! Ella sabe muy bien en qué punto. Ahí es muy sensible. ¿A quién le contará sus penas ahora? Y es que no tiene a nadie y por eso le suplica al hombre que funde con ella una familia, para poder desahogarse por fin, y para andar bien follada, lo que el cuerpo aguante. Mucho no será. Pero el hombre ya tiene una mujer en casa. Debe abandonarla por ella, que al fin y al cabo tiene un hogar muy bonito. Su mujer no lo necesita tanto como lo necesita esta mujer. Hoy pasaremos una alegre velada y mañana también. Para ello ama y se sacrifica la mujer, tal como aprendió a hacer de pequeña por Jesusito de mi vida cuando estaba en las monjas. ¿O debe dejar que ese hombre se marche? Si no lo hace, tarde o temprano igualmente se largará. No lo podrá retener. Pero si ahora reúne las fuerzas para dejar que este hombre vuelva con su mujer y con su familia —no hay que olvidar que tiene un nietecito—, entonces algún día tal vez volverá por su propio pie con ella, como muy tarde cuando todas esas personas, cada una de ellas por separado, estén muertas, ¿no? Pero si ahora consigue reunir las fuerzas para abrir esta lata de cebolletas, le será concedida la gracia de que los panecillos, que hace un rato le ha preparado a él con algunos centenares de variedades de embutido, no estén tan sosos como recientemente. El embutido está picado, es evidente, a lo mejor se pondrá malo antes de que lo pueda servir, ¿o es sólo el estómago de la mujer? Con lo bonitos y variopintos que se ven los panecillos. Más vale andarse con cuidado, los tiramos a la basura y compramos nuevos, lo tiramos todo a la basura y lo compramos todo nuevo. La mujer no tiene ningunas ganas de ir ahora al tendero, en esos diez minutos podría escapársele su amante. Dejemos el embutido donde está y echemos pimentón por encima, no mucho, si no, su estómago se sentirá insatisfecho como los pecadores en el infierno, donde, para mi gusto, todo está demasiado picante, ya me he puesto húmeda otra vez. Pero, por favor, a la Gabi no debe volver a verla, eso no, eso sería demasiado para esta mujer. Si la Gabi por lo menos no fuese tan joven… Si por lo menos fuese mayor que esta mujer… pero entonces ya no sería la Gabi, sino otra persona. ¿Dónde estará? El amor, el amor no es solamente una muestra del máximo respeto hacia otro, de dentro hacia fuera, también debería poder manifestarse abiertamente. Se le pedirá que a ser posible se esfuerce un poquito más. ¿O es que este hombre no es capaz de mostrar sentimientos? ¿No sería una pena que cada vez que uno se despertara se desvaneciese el sueño de golpe? Tres botellas de espumoso de albaricoque procedente de la región de Wachau, cómo le gusta, es tan dulzón… Ella prefiere el espumoso sin albaricoque, pero a él no le puede imponer su mejor gusto. Kurt es un profesional de pies a cabeza. Hace un rato la ha llamado. Soy yo. Ve enseguida a nuestro punto de encuentro en la montaña. Yo voy para allá. ¿Me has entendido? Claro que sí, estuvimos allí anteayer, y todas las demás veces el pasado verano, ¿lo has olvidado? El viento de la montaña ya ruge lleno de rabia de que esta mujer no tenga intención de acudir a la cita. ¿Qué coño le pasa? ¿Qué hará en su casa perdiendo el tiempo y esperando, cuando debería estar en otro sitio? Y es que esta cautivadora figura acaba de ser reclamada. Él ya está de camino metido en su calzado de montaña ligero en medio de la rugiente tempestad de la primavera. ¿Por qué la mujer no sale de una vez? ¿O es que tiene motivos? ¿No tendrá miedo ahora? Qué raro. Normalmente siempre hace lo que él le manda, y su cuerpo se abre de par en par y sube las persianas hasta lo alto, y todo eso antes siquiera de oír esos determinados pasos que enseguida habrá que emprender. Justo. Ya puedo oír dentro de mí, como una voz terrible, el desgarrarse de la ropa interior, tal vez tenga una corazonada. La casa. La casa es su único objetivo, su objetivo, su vida, intuye ella, se lo ve escrito en la frente, aunque él no esté ahí, en los momentos de lucidez que tiene en su desobnubilación. Pero enseguida vuelve a dudar de sí misma y de sus observaciones. Es muy dueña de tener esos pensamientos, ciertamente, pero no son ciertos, y pronto desaparecen, ofendidos, tan pronto como él se acerca y se hace más importante que ellos, que los pensamientos, más importante que cualquier otra cosa. Tal vez por eso él se preocupa tanto por la casa y examina hasta el último detalle todas sus particularidades, como si quisiera llevarla al orgasmo. ¿Qué quieren? Este hombre es dulce, es potente, satisface los más íntimos deseos de la casa. ¿Contraventanas nuevas? ¡No faltaba más, ahí las tienes! ¿Que el suelo de la cocina parece apagado y abatido? Lo arreglamos enseguida. El sheriff, que es él mismo, viene de inmediato. La mujer se siente casi pequeña y fachosa al lado de su casa. Observa al hombre explorar esquinas y rincones. No le abre la vulva con más cariño que cuando abre estas puertas correderas acristaladas de la estantería con los clásicos. Me imagino yo. Ante su ojo espiritual el hombre se le aparece encogido como un animal que levanta la mirada hacia ella y al que entonces le permite levantarse y alzar la cabeza. Vaya. El estúpido animal mira en una dirección completamente distinta. ¿Era eso un ruido? ¿Está dando golpes la puerta de casa porque no cierra bien? Mañana te la arreglo. A los pies de la amada: nadie, ni uno solo, vamos, ni siquiera el único. Por hoy deberá apartar de su lado a su amorcito con la esperanza de poder volver a recogerlo mañana allí donde lo haya depositado. ¿Por qué no se pone en marcha hacia la montaña? Le haría bien un poco de movimiento. Inexplicablemente hoy no puede, a pesar de tener constantemente pensamientos tan húmedos, en cuanto abre la caja de su cerebro para sacar uno de ahí dentro, vivito y goteando, enroscándose, resbaladizo, y cierra la boca para atraparlo, ávida. ¿Quién se tragará todo eso? ¡Ella! Excepcionalmente ella se lo va a poder tragar todo, esta vez él se lo permite. Normalmente no. ¿Pero por qué no volvió a casa la Gabi hace dos días? Precisamente la mujer ha oído brotar esa pregunta de todos los manantiales del suelo, que ya no encuentran freno. Esos manantiales no van a poder ser captados ya. ¿Dónde coño estará la Gabi, dónde coño estará? Ni idea. La última vez él se ocupó de la mujer, su única y exclusiva amante, dedicándole mucha ternura y atención, pues la Gabi no cuenta, ese pichoncito no sabe ni hacer la O con un canuto. La mujer ahora quiere que él la ataque por sorpresa, le arranque la ropa o se la suba para arriba, como hace a menudo, y lleno de apetito se amorre a su coño como a un bocadillo bien relleno, como hace a menudo; pero cuando él se lo hace, entonces a ella ya no le gusta tanto, pues le duele la minuciosidad con la que él la inspecciona y absorbe sus precipitaciones y vaporizaciones para que vuelva a reinar el orden en la naturaleza. Orden como en esta casa. Sí, tenemos varios tipos de reproducción: vegetativa mediante gemación o, si lo desean, también podemos de formas distintas: asexualmente mediante esporas, pero por supuesto también sexualmente mediante la unión de dos gametos, por fortuna eso no conduce siempre a una catástrofe, aunque a la naturaleza siempre le apetecen las catástrofes. Y a ella, a la mujer, le gusta que él haga algo así con ella. Es su naturaleza. Ya no le gusta tanto que él consiga darle dolor a su cuerpo, un sabor desagradable y una docena de pañuelos de papel de olor desagradable, o que le obstruya los filtros con mierda en lugar de taponarla como Dios manda. En eso a ella le pasa como a las algas: si su cantidad aumenta demasiado, se forma una masa espesa y pestilente, tal como le ocurrió al lago de ahí afuera. A ése no quiere la mujer tomarlo como modelo, aunque sí le gustaría ser así de insondable. Por lo menos una vez por semana se lo tiene que hacer, por lo menos una, aun cuando se esté tan ocupado como este hombre. El resto de la semana lo tenemos libre y nos podemos reponer. Si no la esparrancara de vez en cuando con sus fuertes dedos, ella enseguida echaría algo de menos. ¡Agua! Aquí tiene, piedra calcárea. Lo filtra todo. Para ella sólo existe él. Sus pezones se tensan, como si tuvieran que arrastrar un carrito. Duelen de verdad, pero su comportamiento para con ella ha sido aburrido y distraído en los últimos tiempos, debe confesarse a sí misma, le doy la razón. Y ¿por qué? Exclusivamente por culpa de la Gabi. Cuando la ve, le arden los ojos y se pone muy caliente. Se trata de un fenómeno natural que se ha descrito a menudo, pero raramente se ha podido reflexionar sobre él. Que se encuentre con la Gabi es algo que no debe volver a suceder más. O adiós casita y adiós muy buenas. La mujer no es nada exigente, ni siquiera es tan exigente como las llamadas plantas indicadoras, ya que estamos con la naturaleza, que imponen sus condiciones y por desgracia nos las suelen imponer también a nosotros. A este respecto, el valor indicador de estas especies de plantas es mayor cuanto más particulares son las exigencias de la especie concreta. Esto se puede utilizar para investigar la calidad del suelo. No, es mejor que lo haga él con sus propias manos, qué coño me importa a mí esa planta indicadora, si sólo indicaría que ya no soy tan joven y que no le gusto tanto como yo desearía, piensa la mujer. Sólo puede ser exigente porque posee una casa, no porque ella misma esté dentro también. Sin su casa no tendría ningún valor como indicador. Sería como una carretera sin indicadores, nunca podría mostrar sus aguas, sus valores de humedad no se podrían evaluar jamás, nadie se interesaría por ella. Sísísí, la naturaleza exige sus derechos, pero sólo se le conceden después de que gente comprometida haya luchado por ella al menos durante cincuenta años. El agua que ahora sale chorreando de la mujer es indicativa de un equilibrio perturbado, pues el hombre, así le parece a ella, hace mucho que no viene; pero sólo hace dos días, jamás se ausentó tanto tiempo. Mentira, a menudo se ha ausentado mucho tiempo ¿Cómo es que se ha podido olvidar de que él quería que se encontrasen en el sitio habitual? Hace rato que debía haberse puesto en camino. Qué raro. Algo en ella le dice que no. Ahora prefiere estar colgada de la ventana como una cortina y mirar hacia fuera, medio a escondidas, por si él viene. ¿Cómo va a venir si está a medio camino subiendo la montaña? La última vez que estuvo allí, fue con la Gabi, eso la mujer lo sabe seguro, ella misma lo vio. Después debió llevarla directamente a su casa, ¿dónde puede estar ahora? ¿Se habrá vuelto a marchar? De hecho al volver debiera haber pasado un segundo por su casa, para verla a ella y para que ella lo viera a él, para consolar, para calmar, para follar, qué sé yo para qué más, pero después él ya no volvió a aparecer por su casa. Sólo recibió esa única llamada de él y luego la otra, a la que ahora no presta atención. Ella, antes de que él se marchara —la Gabi ya estaba sentada, cargada con tal cantidad de pelo que su cabeza, fatigada, se veía, ya antes de arrancar, inclinada desde el asiento del copiloto hacia el regazo de él, donde su rabo estaba, con toda certeza, a punto de reventar—, la mayor, así pues, en el momento de la inminente marcha, perdió el control completamente. Cuando él hizo ademán de irse (antes aún comprobó si la puerta del sótano también estaba cerrada), ella, subiéndose la cremallera que enseguida volvería a bajar, se agarró a él, sollozó, suplicó, confió en que él por fin se diese cuenta de que algo en ella no está bien, algo que él mismo debe arreglar, lo quiere tanto, lo quiere tanto, de eso probablemente ya se han dado cuenta todos los niños del pueblo, salvo él. ¡Por favor, vuelve! Todas las fantasmadas con él y sus misterios deben tener un fin por fin. Pero para que puedan tener un fin, antes de nada debería venir él y empezar desde cero formal y enérgicamente. Pero él se escurre, no se le ocurre ninguna respuesta cuando ella le exige una determinación. Pero para poder exigirle una determinación, antes de nada debería estar él ahí. Pero no viene. Se va. Ella no se atreve a llamarlo a su casa, allí encontraría a su mujer, terca y torpe como un tanque Leopard, después de que finalmente pudiera ser suministrado a Turquía y por lo menos doscientas personas, gracias a él, se hiciesen mutuamente un careto del todo nuevo. Aquella noche, después de que la Gabi fuese facturada para casa, la mujer no pegó ojo. Pero ahora, en cambio, se comporta con mucha tranquilidad, solamente se queda un rato. Cuando alguien pasa por delante, hace como quien comprueba algo en el revoque de la casa o en el alféizar de la ventana, tal vez suciedad, moho o un arañazo. Pasa los dedos por encima de la pared como si quisiera pintar ahí. La casa es todo lo que tiene para ofrecer, con eso no debemos engañarnos por más tiempo; los niños, tanto los pequeños como los mayores, esperan siempre recibir algún regalo, eso lo tienen en común. Y ella no se hace la estrecha cuando él le da fuerte en el culo con la mano extendida o con una regla expresamente adquirida para la ocasión, al contrario, con el tiempo le ha acabado gustando, pero no que dure mucho, mucho rato no lo puede soportar; no se puede establecer de ninguna manera un contacto más fuerte entre dos personas cuando una de ellas tiene más potencia que la otra, porque en ese caso, una acabaría atravesando a la otra por la mitad. A la mujer le irrita verse cada vez más impaciente por que él la penetre por detrás. Aunque a la vez lo teme, y durante mucho tiempo se resistió. Para que los músculos finalmente se relajen, él en efecto tiene que darle bastante fuerte y durante mucho rato, a menudo pasan dos o tres días hasta que ella puede volver a sentarse correctamente. Por todas partes las mujeres, también ella, intentan llegar hasta la experiencia primigenia más lejana posible, pero llegadas a tal punto, en lugar de disfrutarla, siguen investigando incansablemente para llegar a su origen en el pasado, que también debe acabar perteneciéndole a una por completo. ¿Le pegaron tanto de niña? De inmediato tenemos que leer uno o más libros para llegar a entenderlo. La mujer quiere entenderlo y perdonarlo todo de este hombre, de lo contrario, su gozo en un pozo. Busca a un hombre que esté dispuesto y en situación de ligarse a ella, de ayudarle a llevar las cargas de la existencia y, por supuesto, de colmar todos sus deseos sexuales. Sí. Tal vez debería uno volver a darse el gusto con lo más sencillo, el amor, que cualquier animal conoce, pero todos los animales, incluso el nuestro, no siempre nos reconocen como a su dueño, o no exclusivamente. Una vez se ha sacrificado por ella, el hombre siempre vuelve enseguida para su casa, salvo que haya alguna pequeña reparación por hacer (¡a menudo ella ha estropeado adrede alguna cosa para que se quede más tiempo!), como si inmediatamente tuviese que buscarse a sí mismo en otro sitio para encontrarse. Así se lo imagina ella, que ya se ha leído algún que otro libro sobre el tema. Él sale a correr a las montañas. Ella ya está pensando: mientras no busque a otra… Lo que sea, menos eso. Menos eso, la mujer le desea toda la alegría del mundo, cuando por fin se adormece en su propia calma, en su propia fragancia, iluminada por sus propias luces, aunque no tiene muchas. Seguro que necesitaremos un juez. Como punto de partida utilizaremos siempre el punto débil de esta mujer, pues aquí podremos iniciar el control de su personalidad. Eso es lo que hará el juez, y se quedará perplejo. Pero igualmente deberá emitir su sentencia: pertenece al llamado sexo débil, ¡qué le vamos a hacer! Creo que eso es muy práctico. Uno puede comprar a las mujeres, ya condimentadas, y entonces sólo tiene que meterlas en el horno. De modo que muchas ya han muerto, muchos hombres también, lo que le pase a ésta nos importa un pimiento.
Los compañeros del gendarme han empezado a ir de casa en casa y a hacer preguntas. ¿Quién vio por última vez a Gabriele Fluch? Ni siquiera eso se puede determinar con exactitud. También al atardecer, y durante la noche, la pequeña casa unifamiliar donde ella vivió sigue completamente iluminada. Cada ventana con tal intensidad, que parece que quiera invitarnos a todos a pasar dentro, seguro que la Gabi también estará entre los visitantes, que no paran de llamar a la puerta, entrar sin haberse limpiado los zapatos como es debido y ofrecernos revistillas a las que nos hemos de abonar, o ideas sobre Cristo a las que nos podemos adherir. No, la Gabi no está aquí. Ya se ha registrado todo. El novio, a todo esto, ya se ha ido para casa, aún tiene que estudiar para un examen. La madre lo tiene que llamar en cuanto se sepa algo. Los padres de él harán lo propio, si se sabe algo. La casa unifamiliar de los Fluch se encuentra en un pequeño grupo de simpatizantes. Todo el mundo se conoce, pero todo el mundo evita conocerse demasiado. Como las casas se parecen tanto que resulta fácil confundirlas, también las personas quieren ser como los demás. Todos son como todos, y nadie cuenta nada del otro o al otro. Es un barrio obrero, construido a bajo precio en los años sesenta, pero dentro hay de todo, incluso agua, el papel pintado pudimos escogerlo nosotros. Es como en la vida, en la que habitan las corrientes, pero cuando alguna vez van en nuestra contra, no hay nadie que se oponga. Nos aniquilan, nadie llora, pero el resultado está bastante bien, pues nuestra casa permanece. En este barrio la gente se mantiene unida, incluso sin conocerse especialmente bien, lo cual no es en absoluto necesario. Los interrogatorios siguen sin dar fruto. Todavía no son demasiado pertinaces, pues a estas alturas todavía existe la esperanza de que la Gabi vuelva a casa, hablando y riéndose, ella no le hace mal a nadie, por qué alguien habría de hacerle mal a ella. Nadie le hace mal a ella. La paz es fuerte y está decidida a reinar. Nadie puede luchar contra ella, es capaz de pulverizar incluso a la guerra más larga. Una pasividad paralizante se apodera de los seres humanos cuando reina la paz, ninguna oportunidad para la guerra. ¡Nunca más! La paz debe abrazar y tomar posesión de todo, y su reino debe ser infinito y todopoderoso, tiene fama de tener experiencia en eso, así que ¡sin problemas!, la paz que da órdenes siempre es muy dura con nosotros, más que la guerra. Así debe ser, y nosotros obedecemos con gusto al más poderoso, a la paz, que su poder sea garantizado, alabado sea su nombre por toda la eternidad, con breves interrupciones. No, por toda la eternidad no, en ella duermen los muertos, y sobre ellos ya no tiene que reinar la paz, ellos ya están tranquilos. Así solitos.