I

El gendarme Kurt Janisch vuelve a observar hoy la foto en la que su padre, el coronel Janisch, rendía honores al rey treinta años atrás. Fíjate, ahí sigue estando el padre, visiblemente obligado a retroceder un paso pese a su propio impulso entusiasta por cuadrarse, pero ¿por qué no hay nada ahí que lo detenga? Hay algo blando, indeciso en sus hombros que por otra parte parece empujarlo hacia adelante. Quizás fuese sólo una reverencia ante el monarca añadida involuntariamente, casi a modo de propina, al tantas veces ensayado saludo militar. En el hijo es imposible reconocer ya nada servicial, así de pie delante del armario, con sus ajustadas mallas a rayas, como una piel de serpiente, mientras doma su cuerpo haciendo lentos ejercicios de calentamiento antes de salir a correr. El padre aún paseó su servidumbre, con hombros caídos pero manos firmemente dispuestas, por las polvorientas carreteras comarcales hasta los coches de desguace abollados. Quizás el hijo sea más polifacético y sepa también dar órdenes, su aspecto despierta mi curiosidad: su cara algo angulosa, por la que los pensamientos, que en todas las personas gustan de crecerse, parecen más bien escurrirse espantadizos. Bien. Pero la voluntad ya estaría ahí, ¿para qué va a utilizarla? El barco capea, el semáforo se ha puesto en marcha y está siempre en verde, la sutil diferencia respecto a otros seres humanos se acrecienta.

El gendarme, a todo eso, está completamente poseído por una especie de obsesión que llegó imperceptiblemente pero que al final se quedó, incluso es perceptible para los vecinos (asombro ante los retoños del jardín delantero, ¿de dónde habrán salido? ¿Comprarlos él? ¡Imposible!). A veces alguien consulta en el registro de la propiedad lo que el gendarme intentó camuflar con el libro de la vida. Ahora ha atracado, ha atisbado su objetivo. Ha recogido los remos, ha echado el anzuelo. Las redes: lanzadas. Tal vez al principio había sitio en el gendarme para algo distinto, bello, ¿razonable? Un hombre de buen ver y aparentemente sereno es el gendarme, como nos gusta a las mujeres. Así sí que se puede trabajar. No sólo por conservar la paz en el mundo engañan los hombres a las mujeres como a chinos para hacerlas depender de ellos, cuando en realidad las mujeres bien tienen algo mejor que ofrecer, todo su pensar y sentir, y muchas cosas de lana de colores. Es del todo comprensible que nosotras, especialmente las que, de entre las más viejas, no hemos visto mucho a través de las escotillas de salida del cuerpo, tengamos aun así que seguir siendo ¡extrañas a nosotras mismas!, nosotras, damas hambrientas de amor, por desgracia no conocemos a ese gendarme (la eclosión de la primavera en la carretera comarcal se muestra directamente ante su coche de servicio y nosotras no estamos ahí) personalmente. No hay cuidado, yo lo haré: para no ponerles a ustedes en peligro su pequeña felicidad amorosa, que, como cualquier otra, descansa sobre un engaño, es mejor que ahora me haga cargo yo sola de la narración. ¡No me interrumpan! De momento, para evitar la guerra entre los cuerpos, ni siquiera veo todavía su función precisa. Ni siquiera esa determinación en el hombre, que ya siento, conoce por ahora su objetivo con exactitud, pero yo sé que lo está buscando desde hace mucho tiempo y que lo va a encontrar en lo más fácilmente corrompible, en el cuerpo humano. Quien se conoce a sí mismo, acto seguido quiere algo del otro, pero entonces los otros también lo quieren enseguida.

Entretanto, por cierto, están los dos muertos, el rey y su conductor y guarda, el padre del gendarme, que en aquel entonces guió orgulloso los briosos coches negros desde la estación central de Graz (la visita oficial había llegado con el ferrocarril desde Viena por el viaducto del Semmering) pasando, como estaba ya previsto, por el puente sobre el río Mur, para más tarde tirarlos sin ningún miramiento en la armería, donde los ricos, ya siglos atrás, habían dejado en depósito sus trajes metálicos. Cómo se puede odiar la vida, piensa ahora mismo el hijo que sobró de la mesa del padre, y gira la cara al viento de las montañas. Allá arriba, a través de la ventana de la buhardilla de su casa, se puede ver un pequeño comedero para reses en el que se hunden hocicos blandos, cuyos propietarios y propietarias caerán muertos más tarde de un disparo, muchos de ellos, salvo las hembras madres, protegidas todavía en esta época del año por su maternidad. Otros están solos. Incluso los animales buscan a menudo, sin razón, la proximidad del otro, y también el gendarme tiene sus amigotes en la fonda y hace sus pequeños negocios adicionales (¡para los relojes y las joyas mejor es mejor la capital de la comarca! Allí no lo conoce a uno tanta gente). Por eso muchos lo consideran un buen compañero, al que pueden comprar más baratas las herramientas de segunda mano o los materiales para la construcción. Pero cuando él recorre honestamente su interior, tiene que reconocer que ahí dentro está tan oscuro que uno no sabe dónde está. No hay que extrañarse entonces de que de vez en cuando, una vez al mes más o menos, tenga que iluminarse un poco con una borrachera aguerrida pero sin objetivo claro. Los compañeros no ven ese lado oscuro en su amigo, a veces tal vez lo intuyan, y a sus mujeres, que tienen olfato para eso y se sienten atraídas irresistiblemente hasta verse reducidas a un montón de brasas, no les quieren hacer caso. A quien le baste leer para conocer, que haga el favor de hacerlo.

¿Me equivoco o aquí se encontró hace años algo que jamás llegó a aclararse? ¿Qué voy a encontrarme si abro este viejo periódico? Un pálido rostro resplandece bajo la hilera más baja de ramas de abeto, como una pequeña luna, la cara está contando algo, pero no puede seguir haciéndolo porque le pusieron una mano pesada en el gaznate, le arrancaron la ropa, los rasgos de la faz se le estremecieron; vías que tal vez de buena gana hubiesen permitido el acceso con sólo haberlo solicitado, se abombaron, se rompieron, mientras se sacudían las raíces del cuerpo, las piernas, y se tiraba de ellas hasta el límite, hasta que la quebradiza tierra se desprendió. Bueno, ¿dónde está ahora la bolsita con el humor que hace un instante, al realizar la denuncia, todavía teníamos? ¿Dónde está el humus para plantar en tiestos? Unos vaqueros, en los que no parece caber nada más, se abren por las costuras, una chaqueta sale volando por los aires, cae desde el cielo de vuelta a la tierra, se convierte en un saco, en contra de su salvaje voluntad, pues no fue cortada para eso, al ir a parar dentro de ella la cara de la mujer. Bien, y dónde hay que dejar sellado que ésta, al principio interesada en tantas cosas, en un futuro sólo va a anhelar el sueño porque ha conocido lo contrario del sueño, la actividad más frenética, hasta en la última radicela de su ser, y ha aprendido a rechazarla rotundamente.

A veces, al gendarme le pone nervioso que los aldeanos ni siquiera lo conozcan, a pesar de que su traje de camuflaje, al que aspiraba al principio, fuese todo bondad y amabilidad, por supuesto, y entonces vuelve a beber demasiado rato, si es preciso a solas. El suelo debajo de sus pies y entre ellos ha sido acariciado, hasta ponerlo demasiado caliente para él, por mujeres a cuyas propiedades había echado el ojo. Un hombre tan enérgico y grande, capaz de provocarlo casi todo. Una mujer escogida, que previamente pasó demasiado tiempo en el escaparate, hasta que fueron demasiados los que la vieron y no se la llevaron, ahora sólo conoce el metro cuadrado que hay frente al teléfono, requemado desde hace tiempo de tanto ir y venir corriendo, así como el camino hacia la puerta y la bonita cama, que fue adquirida para dos en la capital de la comarca, incluyendo nuevas sábanas de satén. Para qué hace falta el resto.

Odiar no es bueno, pero hasta que ustedes no me digan a quién, no puedo decirles en realidad si es bueno o malo. A algunos les da la energía que necesitan, como una barrita de Mars, que viene directamente de Marte, el dios de la guerra, y que se precipita en la figura del hombre hasta que ésta se derrite. Ni siquiera el piloto, con su asiento eyectable, consigue salvarse. Con ese odio, de todos modos, se puede llegar a ser muy viejo. Ahuyenta el tiempo, aunque de todas formas éste sale corriendo en cuanto nos ve. Todo el mundo cree estar entre amigos cuando se encuentra a alguien con apariencia pacífica, investido con un cargo oficial y que desviste mujeres, que después siempre acaban totalmente hechas polvo. Para qué odiar entonces, excepto en la guerra, que actualmente vuelve a tener lugar y consigue arrancárnoslo todo, y eso es mucho, dependiendo de la saña del adversario, y que sólo se dejaría contener con el mayor amor a la vida y con un telón de acero cosido por uno mismo. No tenemos de eso en nuestro almacén, allí sólo hay dos edredones muy blanditos, por si de casualidad pasa alguien. En cambio tenemos de oferta campos de batalla recíprocos, hasta que el campo que nos separa esté pisoteado. Ahora además, se ha reblandecido a causa de la lluvia y nuestro deseo de la propiedad del vecino. No sirve siquiera para la batalla. Pero el vecino tendrá que ceder igualmente, lo hemos amenazado con la policía si no quita el muro con ese horrible vallado que nos estropea las vistas. Con la franqueza, el trabajo y la alegría con que el gendarme engaña a los demás va a engendrarse ese amor a la vida que los otros sienten por él, aunque de ese producto queda poco en stock. Las llamas ya se alzan con ahínco en la Gameboy en la que se simula nuestra propia vida. Pero ¿qué es esa terrible cara que nos devuelve la mirada desde allí? No hay cara nuestra ninguna que devuelva la mirada al gendarme, que sueña dulcemente con el poder y la gloria, pues este hombre, injustamente, todavía no nos interesa. Cuando haya conseguido el plan de ejecución de obras de nuestras conexiones y nuestra casita y nuestras viviendas de propiedad, esto podría cambiar rápidamente. ¡Confío en conseguir que lleguen ustedes a conocer por lo menos un instante de felicidad de ese hombre! Pero lo dudo, para empezar ya ni me gusta. A menudo me echan en cara que me quede ahí como un pasmarote y abandone a mis personajes antes incluso de tenerlos, porque, dicho abiertamente, enseguida me resultan insulsos. Tal vez precisamente ahora que el servidor del Estado se inclina ante el plan de ejecución de obras ajeno que ha robado, tal vez ahora sea más feliz que nosotros. ¡Y qué más nos da!

Mucho me temo, de todos modos, que sólo en el caso de que se le hablara en nombre de la República, nuestra comunidad de los vivientes se preocuparía de él, y eso puede tardar mucho. El tiempo muerto lo lleno yo con mi inútil canto. Lo que haga falta, pero a muchos no se les concede la capacidad de ser la alegría de la huerta, a pesar de que las campanillas blancas, sí, estamos en primavera en estos momentos y eso nos alegra mucho, extiendan sus pequeñas garras excavadoras por el suelo, como si quisieran absorberlo, antes de que tarde o temprano lo mismo les suceda bajo una suela de zapato. De hecho Kurt Janisch se pregunta a veces a sí mismo de dónde vendrá esa oscuridad (para la que, gracias a su profesión, tiene cierta carta blanca, y que, cada vez que uno piensa: ¡ahora sí se ha ido al traste la bombilla!, todavía se vuelve más y más oscura. ¿Quién deja las persianas bajadas por la noche? ¡Sólo aquel que por la mañana va a temer la luz del día!). Él no cae en la cuenta. En realidad, los padres no lo subestimaron, pero tampoco lo estimularon a hacer nada, ni siquiera a simplemente mantener en forma su físico, muy apetecible desde bien pronto, ya llegará alguien y lo subirá en el coche, una chica maja quizás. Seguro que alguien va a necesitar a esta figura fantasmal, luminosa y con pelo rizado, y al mismo tiempo robusta, para la que el ser humano nada puede hacer, pero sí el gendarme, pues la entrena regularmente. Dios se la ha dado junto con su mandato, para que el ser humano, ante su aparición, de nuevo olvide la obediencia. Especialmente las mujeres dedican mucho a su aspecto, y de este modo obedecen a una industria dispuesta a todo, cuyos productos constantemente se contradicen los unos a los otros, ¿por qué si no habría tantos? El gendarme rara vez reflexiona sobre sus actos, de los que nosotros habremos de ocuparnos, prefiere quedarse en la superficie, por donde se pasará el peine, dejando surcos tras de sí en la fuerte cabellera de pelo rubio oscuro como martillos en la roca. El peine ha sido humedecido previamente, por lo que la cabeza tiene aspecto como de lluvia, de la que uno naturalmente se hubiese resguardado. El gendarme ya ha conseguido escalar por sí mismo hasta un rango muy alto, e incluso su hijo adulto ya tiene un buen puesto, aunque no como director de destacamento de policía, donde desgraciadamente entraría en conflicto con el cargo de su padre. Sí, y además yo quería añadir otra cosa: el hijo también tiene ya una casita, qué bien, aun cuando todavía no le pertenece del todo, la obtuvo a través de una renta vitalicia. Pero la vida que por el momento sigue siendo propietaria de la casa, por desgracia e inesperadamente ha seguido viviendo, con desigual suerte, pero en general bastante bien, aunque al principio parecía más bien una ruina: una vieja dama que sólo sale raras veces, aunque la encargada de sacarla a diario a pasear sería la nuera del gendarme, uno no puede hacerlo todo solo. Tampoco se la puede matar todavía, p. ej., con hojas de lirio de los valles, sería demasiado pronto, empezarían las habladurías en esta comunidad estrechamente delimitada, y las turbas se aglutinarían formando un emparrado difícilmente penetrable (¡aunque bien cargadito de uvas!), un seto impenetrable que, como una red, protege al principio al malhechor para acabar después, si es que éste no se quita la vida, entregándolo a la justicia. El hijo del gendarme tiene una mujer que se debe a Dios y a la Virgen, y que cada domingo temprano y cada día al anochecer se ofrece en sacrificio incruento ante el tabernáculo. Así la educaron, y ella ha acordado con su voluntad continuar haciéndolo libremente, sin la coacción de las monjas, que la fueron puliendo para que ella algún día pasara por la puerta del cielo. Hace diez años dio a luz, un niño, sentido y objetivo únicos del matrimonio. También desearía una niña, también desearía poder ser un poco más. Sobre que haya que cambiarle los pañales a una mujer vieja Dios no ha dicho nada. Por eso tiene la mujer joven una cabeza tan dura, las opiniones de la Iglesia son lo más inamovible que existe, ya puede la vieja estar sentada hasta la noche en su propia mierda, o hasta que se pudra, que ahora nos vamos a la misa de la tarde, tendrá que aguantar hasta el momento de ir a la cama, la vieja, no la Iglesia, ésa hace ya mucho más que aguanta y ni siquiera necesita pañales. Pues ella toma y toma y jamás suelta lo que consigue tener. A lo mejor lo hemos aprendido de ella, no, eso lo sabíamos ya antes. Y el hijo, digamos de una vez cómo se llama, Ernst Janisch se llama, tiene a su vez un hijo, Patrick, pero la mitad de la mujer y siete octavos de la revieja pertenecen a Dios. Dos litros se traga ésa tranquilamente a diario, y hay que dárselos, de lo contrario chilla; eso conlleva una gran cantidad de excreciones cuando uno no puede ir al váter porque está situado en la planta de abajo, donde viven actualmente los hijos del gendarme, donde se utiliza mucho más. La vieja no se lo imaginó así cuando puso indirectamente su destino en las manos de una persona con puesto oficial. Pero lo que aquí escribo no pretende ser ninguna investigación. El diagnóstico, «Cirrosis hepática incipiente», es igualmente definitivo, creo. Cuando Dios acabe con el último octavo de la vieja, él mismo estará tan ausente que no reparará ya en nada y pasará por alto a muchos malhechores. Da igual. Esta casa entonces pertenecerá por completo al hijo del gendarme, por fin, entonces ya no compartirá nunca más, nada, ni siquiera con este Dios, para cobrar ya estamos nosotros. Este Dios recibe nuestros pecados, con eso ya tiene bastante.

Ninguno de todos esos prometedores bienes que están en perspectiva, son considerablemente más de los que yo podría enumerar aquí, está en estos momentos pagado del todo o merece la pena o, al menos, está realmente en perspectiva, con la excepción de la renta vitalicia de la vieja, que, de no suceder algo grande y hacer el Señor un milagro, parece que va a sucumbir a la eternidad o a lo que sea. Para esta infinita bienaventuranza, de todos modos, la nuera del gendarme ya ha abonado una suculenta paga y señal, concretamente en forma de pedazo de hijo, que todavía es un niño, especialmente grato a Dios. Dios le raspa el alma en la confesión, el cura se la escudriña en busca de sucios pensamientos y le dice, después de haberse hecho una paja en la oscuridad del alma, su lugar preferido, que el hijo debe colocarse al final de la cola de los niños, donde se le pueda alcanzar fácilmente; es una cola de silbidos y puñetazos la que el cura recibe una vez por semana en la misa infantil, y a la que devuelve para casa, una vez usada la palma de la mano, cuando alguien charla o chismorrea verdades desagradables. ¿Esos fardos no serán más bien hipotecas en el camino de un hombre aún joven, que urgentemente necesitaría tales hipotecas para quitarse de encima algo de peso? Para él incluso las cortinas son ya una decisión revolucionaria: sólo necesita lo imprescindible, dice siempre, es decir, la casa y el terreno. Por lo demás, el montador, el ingeniero es tacaño y su padre lo es aún más. Su mujer debe adornar el jardín delantero con esquejes que ha arrancado en secreto de las macetas del vivero, como si eso no sucediese constantemente a gran escala en el mundo y no fuese una advertencia para nosotros. ¿No querrá este hijo de Dios conservar la casita pero deshacerse de la mujer y del hijo? ¿Tan pronto le ha durado toda su fidelidad? ¡Si no hace tanto que tiene familia! ¡Quizás vengan más niños! Lo sabremos o no, dependerá de que yo pueda expresarme de forma comprensible y de que no confunda continuamente a los personajes, hasta ahora no parece que vaya a ser así. ¿A santo de qué habré empezado yo con tres generaciones? Bien mirado se trata incluso de cuatro. Bueno, pero no aparecen todos a la vez, y además todos son lo mismo. ¿Acaso todos nosotros debemos subirnos al mismo barco? ¿Qué opinan ustedes? ¿Quién no querría por lo menos una pequeña casa en exclusiva? Podría viajar por debajo de los puentes y cruzar las autopistas, pero la casa siempre estaría pacientemente esperándole en casa.

El hijo del actual gendarme está empleado en Correos y Telégrafos como instalador de teléfonos y reparador de averías, fue a un instituto de formación profesional, cuyos graduados se autodenominan ingenieros y en todas partes están solicitadísimos por la industria, sobre todo por los consorcios de telefonía, que andan como locos por nuestras voces y salen como setas por todos lados, aunque pronto sólo habrá uno solo. Para consolidar y proteger su posición en la vida, el hijo se dirige una vez por semana, con una determinación que parece que le va a acarrear más beneficios de los que le proporcionan sus propias seguridades, a su oficina bancaria situada en la plaza mayor, con la cabeza gacha a la espera de réplica, impasible, inamovible, pero con las manos suplicantes, casi levantadas con indecisión, así es como hay que ir al banco que le concede a uno los créditos hasta que uno haya perdido toda seguridad, y al final, mudo, tan sólo pueda, implorante, extender las manos, que se quedan donde están. Ser rico se basa en conocer con exactitud lo que se tiene y lo que se podría conseguir. ¿Por qué la Iglesia no hace en realidad nada para los suyos, que con tal ahínco llenan de carne sus edificios? A la Iglesia le da igual si la gente acude o no, además, por lo general, está siempre cerrada, menos durante la misa, donde la sagrada eucaristía, desganada, cumple con su cometido en su cuartucho. Podría suceder, por ejemplo y sin ir más lejos, que piadosas sirvientas parroquiales como la nuera del gendarme, en su quehacer desinteresado al servicio de la comunidad, pudiesen averiguar más rápidamente que los demás qué casas han quedado libres. ¿Por qué no? ¿Por qué no son ellas las que heredan? ¿Por qué hereda entonces un sobrino de Linz que en su vida ha visto por dentro una iglesia, ni la casa de su tía en los últimos años? ¿Y por qué no somos todas actrices pudientes, vamos a casa y desmaquillamos nuestros deseos, para poderlos tener más grandes al día siguiente, y más bellos, y para tener que estar especialmente descansadas de modo que no se nos vea nuestra vida y podamos mostrarnos libremente en la revista? Por suerte son más bien pocos los crímenes violentos que se producen en nuestro país. ¡No se van ustedes a creer qué pocas personas hay que no tengan en absoluto ningún pariente! Son siempre otras las que se disfrazan de viudas permanentadas, y al final tienen un hijo lejos, que se ha colado a tiempo, pero que en el momento decisivo cambia el rumbo de los acontecimientos, los cuales, por su parte, la mayoría de las veces también se han colado como quien no quiere la cosa. ¡Qué tontería! Ahí regresa el hijo, precisamente de Linz o, por mí, de Recklinghausen, Alemania, o de Canadá, donde se le creía desaparecido en la fundición de una acería o bajo un gigantesco montón de madera, y la ternera asada y la casa le están esperando, sin que él haya hecho nada por conseguirlo. Contra el testamento se esgrimirá ahora un pesado sable, un segundo, ¡zas!, ¡impugnado! Tal vez la Iglesia sólo exista para hacer entrar en razón a las personas mayores, que de todos modos se han de morir pronto, y convencerlas para entrar todavía a tiempo en su carpa y representarles con gracia el oscuro abismo del infierno. El cielo son siempre los otros cuando nos arrebatan bondadosamente nuestra propiedad. El infierno está en nosotros. Es mejor que herede la Iglesia enseguida y no que acabe en manos de sus estúpidos empleados.

El hijo del gendarme permanece inmóvil en el sillón de las visitas del director de la sucursal bancaria por miedo a delatar algo, involuntariamente, con el lenguaje de su cuerpo, que ni siquiera él mismo comprende del todo, algo, aunque sólo sea una insignificancia, sobre sus propiedades reales o presuntas, lo que el banco no tiene necesariamente por qué saber. ¿Qué es lo que pretende con esa chuleta? Lo que haya en ese papelucho no me interesa lo más mínimo. Sólo cuenta la firma, y lo que está encima de ella. Sólo entonces la verdad tiene además validez legal. Hoy este banco tendrá noticia del aumento de sueldo previsto que se dio a conocer en una carta informal. Se trata únicamente, desde luego, de una situación provisional para este funcionario, pues pronto van a ser sus propiedades más abundantes que los granos de tierra de una verdura recién arrancada del huerto, gracias a la que uno se ahorra un poco en la compra. La mujer se lo arranca directamente de su corazón, en el que ya no habita nadie, pues hace años que el hombre arrancó sus raíces de allí. Sí, esta casa es un feudo, dice Dios y piensa el cuerpo del ser humano, varias casas tampoco harían de mí un caballero, piensa el gendarme, que conoce a uno de esos hombres de hojalata de un libro de cuentos y leyendas de la comarca. A la hora de acaparar, el hijo ya es tan diligente como el padre, y pasaría por encima de cadáveres si la gente no muriese antes voluntariamente, aunque, en algunos casos, sea demasiado tarde. Si supiera Dios nuestro Señor, para quien erigieron casas en vez de que Él mismo tuviera que robarlas, cómo se las arreglan sus hijos de Dios… ¡y encima solos!

La rabia que a veces se esconde tras una sonrisa de satisfacción puede hacer acto de presencia de repente, y precisamente por ello con mayor eficacia, cuando la vieja vida que tiene parte en toda renta aparece espontáneamente en el pasillo, al lado de la puerta del váter, que no es su parte, ella forma parte, de una vez por todas, de la buhardilla, allá arriba. Esta vieja tiene la cabeza muy dura, pero el mango de plástico de un destornillador con muchas pequeñas puntas intercambiables dentro, por decirlo de otra manera, con sus miembros permutables en el interior, no es precisamente de algodón. Es bien duro, aun no siendo mortal. Los santos a veces ceden y conceden, pero esta cabeza no. Miren, aquí tenemos en efecto, a decir por la forma, un hematoma en la sien que forma parte de ella. ¡Que la vieja se esté cayendo siempre…! Acércate otra vez, viejo montón de mierda, vas a ver qué miserablemente puedes llegar a sangrar detrás de los geranios de alegres colores de la repisa de la ventana, que dan hacia afuera para que no se pueda ver lo de dentro. Ayer los espectadores del banco irritaron a este hombre de forma inadmisible con sus miradas, y está muy furioso, ¡ajá!, otra vez está en el sillón del director de la sucursal, ¡este mes vamos a ir otra vez muy justos de dinero! ¡Éste se habrá pasado con las hipotecas, los cambios y los créditos con moneda extranjera! A Janisch jr. le parece como si estuvieran pinchando con pequeñas ramitas a la fiera que lleva dentro. Pero si efectivamente saliese, serían los primeros en echar a correr gritando. Le dice al director de la sucursal: a mi mujer se le va a romper el corazón si no se le permite poner en el sótano una boutique de géneros de punto. Para ello, en el sótano hay que hacer reformas, desagües e instalaciones y demoliciones, todo dependerá de los efectivos disponibles que usted y su banco me entreguen hoy, de lo contrario voy a ser todavía más impuntual que hasta ahora en los pagos, y entonces ya puede irse usted con la suma entera a freír monas, porque entonces no van a recibir nada. Sí, la señora Eichholzer vive todavía y esperemos que mucho más tiempo, en efecto, mi mujer cuida de ella, y la Iglesia no va a venir a controlar a mi mujer tan sólo por una anciana incontinente. De todas formas, mi mujer ve cada día la iglesia por dentro. Jijiji, jejeje, mi mujer sería para Dios nuestro Señor como un libro abierto, si es que él tuviera necesidad de leer, pero él escribió el Libro de los Libros, por lo que no necesitará ningún otro en toda la eternidad. Y además, de todos modos, ya lo sabe todo. ¡Jajaja! Y: no se preocupe, a todo esto ya le hemos echado el ojo a la siguiente casa, aunque con la última y sus reformas ya nos hemos pasado. Se trata de poder ofrecer garantías suficientes para las hipotecas de la primera. Podemos adquirir una cadena entera de hogares propios, uno asegura siempre al otro (serán auténticos palacios una vez acabemos con ellos), aunque no sea legalmente y no sepamos muy bien cuáles. Ya sabemos con qué vamos a hacer la copia de seguridad: con el dinero del banco, con su dinero, querida comunidad de bancos hipotecarios, de cambio, de cotización, sí señor, conseguiremos casas y hogares y alquilaremos o arrendaremos negocios en su interior, pintaremos las ventanas, vitrificaremos los suelos, encargaremos armarios empotrados, colocaremos las baldosas, las dejaremos por ahí tiradas o las pisotearemos de rabia porque no sale el dibujo que nosotros queríamos, de ninguna de las maneras. El sentido de estas casitas pobladas de organismos será que cada modelo previo podrá ser tomado como garantía para el posterior. ¡Qué! ¿No es una excelente idea para revitalizar nuestra economía y para liquidar el excedente de seres vivos? En caso de corazón frágil, incluso se pueden tomar bulbos, p. ej., los de los queridos lirios del valle, como ya hemos mencionado, son de sobra conocidos, y encima la paciente se mostrará entusiasmada cuando le mechemos el queso a las finas hierbas con ellos y se lo untemos en el pan. Jojojo, jojojo. Muchísimas gracias, ahora me voy a tirar adelante con las obras. Ya verá lo bonito que queda cuando esté listo, al fin y al cabo va a seguir siendo suyo todavía un tiempo, querido banco, la confianza es buena, el control no puede ser mejor, seguro que no lo comprenderán hasta que haya colocado la primera piedra para la ampliación de esta casa de propiedad ¡hasta la buhardilla! Si no confían en mí, simplemente pongan una moneda pequeña en el portalámparas y entonces ¡den la luz!

A veces los bancos observan demasiado tiempo antes de retirarse por su camino tortuoso. Hasta que el director de la sucursal pierde su puesto y el deudor, que tiene que hacer su penúltimo viaje, se transforma en un montón de despojos que se lamentan porque han tenido que vender hasta su coche, que todavía estaba entero, el único amigo que se ha mantenido fiel a su lado, porque ya no le llegaba el dinero para gasolina. Ahora el deudor debe intentar por sí mismo verter luz sobre su oscuridad para ofrecer una buena imagen ante el empleado del banco. Todo eso con sus escasos recursos, para que el plazo, cuyas articulaciones crujen todas ellas, vuelva a ser estirado en este banco de tortura. Y todos observan cómo uno negocia desesperadamente, cómo uno realiza esfuerzos a diario que acaban en catástrofe y salen en los periódicos si uno no se lo toma con calma. Mientras tanto una casa se volatiliza. El director de la sucursal tendrá que echarle dinero otra vez o todo se esfumará; o el recurso de casación examinará cada una de las miguitas que los niñitos hayan colocado para marcar el ancho camino cada vez más escarpado en cuyo final se encuentra la más bonita de todas las casas, la casita de chocolate, donde espera la bruja, donde dedos gorditos se mueven desesperados en el aire, en realidad ya listos hace tiempo para la sartén, ¿cómo es que la bruja no ha puesto la mesa todavía? Porque aún quería más guarnición. Visita al mundo de los cuentos de Estiria, distrito policial Mürzzuschlag: de lunes a viernes, de 8 a 12 horas. Pues así son la realidad y sus sueños, ¿no? ¿Por qué no revientan los seres humanos, si no es de rabia? Deberían haberse ido al carajo mucho antes. Por ello el plazo no se estirará, ahora menos que nunca, hasta la semana sin viernes, de eso puede estar seguro, Sr. Janisch, aun cuando su padre sea un miembro respetado del club este, cómo se llama, ah sí, el club de la gendarmería y el club deportivo de la gendarmería y el club canino de la gendarmería, donde todos juntos, tras la sesión de entrenamiento con manguera, acaban reventados en la taberna amorrados a la espita de cerveza, quiero decir, que acaban los ejercicios como es debido. Recientemente, con ocasión de la intervención en una catástrofe, pudimos presenciar un caso extremo, cuando las llamas de aquel incendio lo devastaron todo, y en el centro de la ciudad de K. una hilera entera de vigas para el tejado y todo el mobiliario de las casas se fueron a pique (¡y encima picadas!) con un balance total de pérdidas que llegó a sumar más de treinta millones de chelines, ¿y cómo llevaron a cabo estos hombres su peligrosa intervención?, al lado de la gendarmería, 29 unidades de bomberos de la región, ¡qué!, ¿le parece poco? Y todos los incendios provocados en las casas de campo por niños y medio niños, ¡qué!, ¿es eso menos que poco? Los niños son la sinrazón en persona. Sólo por mor de su padre le prorrogamos una última vez, señor Janisch jr., quién sabe si algún día tendrán que sacarnos las castañas del fuego, hemos leído que el responsable de las investigaciones sobre incendios de la dirección de policía, donde su padre está destinado, pudo determinar que la causa del incendio fue la puertecilla oxidada de la chimenea. El ser humano se mueve, ¿quién cuenta sus pasos? Nadie, no tendría sentido, aquél a quien Dios quiere mostrarle su favor, le envía una casa unifamiliar desde el cielo procurando que el nuevo propietario se encuentre exactamente debajo. Las deudas se nos van a comer a todos, eso si antes no nos convertimos todos en animales.

Sobre los trabajos de desescombro tras el desprendimiento de rocas del pasado otoño no queremos ni empezar a hablar, tenemos que cerrar de una vez por todas este capítulo, aunque estamos muy enganchados. En esa ocasión incluso los estudiantes de gendarme ayudaron durante cinco días en los trabajos de desescombro, por no hablar de las toneladas de pelo en la tierra que hasta hoy nadie ha sabido explicarse. En aquella ocasión incluso tuvimos que recurrir a las unidades del ejército federal, ¿verdad? Los terrenos incendiados el año pasado, mientras tanto, ya han pasado a ser sólida posesión de nuestro banco. Eso no es motivo para estar en contra de los bancos o de los judíos, aunque se trate de una bonita tradición entre nosotros, sencillamente ya no hay terreno alguno que le pertenezca a nadie, y punto. El principio de causa y efecto, como la OTAN mantuvo todo el tiempo durante la guerra de Kosovo: ninguna causa y grandes efectos. Imagínese, allí incluso hay gente que, en el más tenebroso e impenetrable de los retorcidos mundos, pretende abrir una bricotienda, es increíble, mientras gigantescas masas les pasan por delante a toda velocidad con agudos silbidos, directamente por las fronteras este y sur, donde viven gentes que uno desprecia, cuya lengua uno no habla, cuyas leyes uno desconoce, pero donde todo cuesta la mitad, ¡todo eso que uno se ahorra! Y además uno se puede hartar de postres, y beber e ir a la peluquería por el mismo precio que aquí uno compra un par de panecillos. Las gentes al otro lado de la frontera, durante demasiado tiempo enterradas en vida en un oscuro Estado, todavía no saben cómo hacer negocios, y nuestra luz va a necesitar un par de años luz más para llegar hasta ellos. Por eso hacen sus propios negocios, que son al mismo tiempo la mar de eficaces, e incluso llenan los depósitos de gasolina hasta reventar. Nuestro banco, de todos modos, lo sabe todo de antemano mucho mejor, inspecciona la nueva casa, que le recuerda a todas las que ya hay, sólo que ésta ya se desmorona en vida, y encima les arrebata a los nuestros los muebles del suelo. El propio banco deberá apañárselas para mantenerse con los pies en el suelo que el deudor todavía tiene que empeñar. Qué lástima que haya concedido ese último crédito, esa penúltima promoción, pero ¡qué se le va a hacer! Ahora todo ese bonito dinero ya está invertido, pero ¿en qué? ¡En nosotros no! A nosotros ya nos miman. Aquí no pasa nada por lo que yo estuviese dispuesta a acariciar a nadie para obtenerlo, ni siquiera en la cabeza.

Resumiendo (lo malo, si breve…): Janisch hijo, padre a su vez, a quien incluso su propio hijo ya acicala con gusto cuando hay que ir a la batalla en el estadio de fútbol blandiendo la bandera, ha despojado ya al banco de una pequeña pero importante parte de sus riquezas, para lo cual le ha endosado al director de la sucursal un par de cajas de vino y un par de mentiras gordas, que habrá que hacer desaparecer con más alcohol aún, nos vemos en el bar de siempre más tarde. Iremos con el primogénito de la estirpe, no, nuestra estirpe no va a desaparecer jamás, para ella hemos fundado un partido y a todas las demás les deseamos lo peor, mientras nosotros nos lo montamos, murmurando, con nuestros propios jueguecitos. Éste es mi último argumento, que está demasiado impaciente como para ponerlo aquí ahora sobre la mesa. Por todos lados se lanzan pullas contra ese partido ya veterano, pero votarlo, lo votan todos. Pongámonos cómodos nosotros también. Kurt Janisch (el actual jefe de la empresa Birlacasas e Hijo) se mata currando y todavía ha cogido dos trabajillos más de guarda jurado en la pequeña ciudad. Fue el padre quien se los procuró en su momento. Aquí, donde las generaciones se suceden sin rechistar, efectivamente la tradición cuenta para algo. Y también el hijo, Ernst, el copríncipe, le ha traído al banco una botella para brindar más tarde, al banco, que físicamente tiende ya de por sí a la opulencia porque le quita los intereses moratorios a los árboles de Navidad ajenos, que, como un espejismo, sólo lucieron una semana, y luego los devora. El banco se lo puede tragar o no. A él le da igual. Al fin y al cabo ese dinero también se lo habían tragado, para casa no nos vamos, antes habría que tener una casa para eso, y ahora el dinero se ha esfumado. Y la casa todavía no acaba de estar ahí, o sea, podría decirse que sí está, pero se ve tan ausente… como si quisiese largarse de inmediato y hacer una pausa para el café antes de que los intereses hayan empezado a rendir de verdad. Una vieja chillona en un agujero en la buhardilla consigue que uno no sea precisamente aclamado por la opinión pública, y eso debe cambiar. No debe extenderse el rumor. De hacerlo, llegaría la fecha del vencimiento, el lugar de depósito iluminado, donde todo debe acaecer y donde los demás despojos ya esperan a ser recogidos. Ésta no debe ir a la residencia, mejor se queda aquí y produce réditos hasta que sólo sea una momia crujiente y transparente que por la noche intenta matar con montones de harina a las ratas que bailan por encima de los fogones, porque quieren atacarla y ella no tiene nada más a mano que ese polvo blanco con el que ella se hace una masa en secreto, jajaja, el vino está bueno.

Raiffeisen extiende la mano también, ¡no! ambas manos, y en medio: nuestro cuello. No es de extrañar que a esta paciente institución le sigan contando una y otra vez, bajo la falsa apariencia de nuevas riquezas que jamás existieron, oscuras historias siempre nuevas, todas ellas inventadas, afortunadamente. Uno de ésos tiene deudas con nosotros, pero no se muestra dispuesto a pagar, y ¿qué hacemos entonces? Nos sentamos en los cómodos sillones acolchados de nuestras respectivas filiales, nos divertimos y observamos alegremente las cerezas confitadas encima del espumoso relleno (¡hecho de batido de aire corriente!) de nuestras demandas. Y entonces miramos hacia fuera por la ventana y fijamos la vista en el interior de la pastelería, y allí están los verdaderos pasteles. Más tarde, repletos de colesterol, en la tumba, estaremos mejor. Pero es ahora cuando debemos contagiar optimismo, mientras que el banco todavía tiene que aprender a tratar a los jóvenes cuando éstos tienen deudas por valor de varios sueldos anuales futuros con cuatro compañías de teléfono distintas. Nos regimos por valores más sólidos, dice Kurt Janisch y dice su hijo Ernestito. De modo que una torre de bronce encima de la casa unifamiliar, ¡qué guapo!, eso sí sería realmente chic, la casa aparentaría más, ¿por qué no nos ponemos manos a la obra enseguida? Eso: la torre nos la ponemos también. Pero las botas camperas para la ocasión mejor las dejamos. A buen entendedor…: cada mes el banco exige algo. El capital siempre está únicamente en perspectiva, y nunca hay a mano un telescopio para que podamos verlo más de cerca y más grande de lo que es. ¡Pero todo va a cambiar! Llegarán nuevos tiempos para estos laboriosos, respetables y eficientes que algún día también querrán hacerse con el poder, ya han esperado lo suficiente y se han reunido en un movimiento que, como un huevo frito petrificado en el aire, desea por fin añadirnos a nosotros, sí señor, justamente ¡A NOSOTROS!, como juguete, como guarnición grasienta a un asado más grasiento todavía. Yo no nos votaría a nosotros, seríamos demasiado vagos para todo, a nosotros nos seguiría solo guerra porque no comprenderíamos nada. Algún día tal vez aprenderá modales este partido, aunque en realidad eso no es necesario, porque el gran capital que valora eso algún día se subirá de todos modos a ese tren, aunque dubitativo aún, sin importarle quién lo conduce y hacia dónde, pero mantendrá siempre un pie en el suelo, el capital, para poder saltar a tiempo y así buscarse otro conductor de locomotora. ¡Se ve que el capital no conoce a nuestros Janisch! Con ellos hubiese funcionado desde el principio. Marx también habría escrito de otra forma, algo mejor, si los hubiera conocido. En realidad, Janisch & Co. no han constituido empresas constructoras durante suficiente tiempo, aunque miembros similares del partido sí, y todos juntos se han dado de bruces contra el suelo. Las empresas tuvieron que ser absorbidas, una lástima realmente. ¡Ahora los señores Janisch van a intentarlo con otra cosa! Por fin quieren cometer sus propios errores, pero siempre aquellos que otros también cometerían si tuvieran ocasión de hacerlo. En realidad todas las propiedades humanas de esta comunidad de correligionarios van a ser atadas con un cordel, y ese fardo nos caerá estrepitosamente a la cabeza, como si lo estuviera viendo. Bueno, pronto coleccionarán personas, las casas ya las tienen. ¡Ya verán ustedes, ya!

Estábamos con el capital: pero éste en primer lugar desea ser arrebatado a pobres ansiosos para ser dado a continuación a otros pobres ansiosos. El hijo del gendarme, sin embargo, lo necesita ahora sin falta y de inmediato, para entregarse en el club, junto a su padre (se trata del club austríaco de la cuenta-ahorro-vivienda, que ha reproducido a todo color en su boletín fotografías de residencias de la nobleza británica, o por lo menos de casas de médicos de provincia austríacos, casas de campo renovadas, hechas de vieja y bonita madera envejecida noblemente sin pintura. Por supuesto queremos hacer llegar este bonito número a nuestros ahorradores, ¡después de haberles quitado sus miles de millones! Más adelante ahorrarán todavía mucho más estos austriacos/as. ¡Intereses por debajo del uno por ciento! Nosotros nos hemos pasado a las acciones y a pesar de ello ya no podemos dormir. Si Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, ¿por qué no debería poder el hombre diseñar su casa a imagen y semejanza del palacio de Buckingham?), al pasatiempo de coleccionar casas y terrenos. El director de la sucursal, por su parte, también tiene un pasatiempo: la especulación. Los difíciles tiempos venideros le han advertido de ello. Es un hombre intrépido y juicioso. ¡Ese pasatiempo que les han regalado a ustedes sí que es bonito! Otros tienen que ir a jugar al tenis o ir a morir o ir a hacer footing, y más concretamente tienen que fallecer los propietarios legales de las propiedades vecinas, para quienes su propiedad al principio resultaba propiamente un asunto muy propio, y yacían colindantes como dos lugares de paz para ser unidas por fin en una apacible superficie habitable, lo suficientemente grande como para permitir la entrada a un gendarme y a su hijo, pero no para sendas familias, de las que vuelven a estar hasta el gorro. Al principio se habrían muerto si no las hubiesen podido conseguir, a las familias, las mujeres y los niños. Y ahora les parecen un estorbo, porque sus pretensiones se han hecho mayores, y los niños por desgracia también. ¡De golpe necesitan mucho más! El ser humano va creciendo gracias a sus pretensiones, y es tan estúpido que tiende a la brutalidad cuando tiene otras nuevas. Por desgracia nosotros seguimos ahí, una especie de élite que coloca sillas de jardín en sus balcones. Por favor, un poco de paciencia. Una cosa después de la otra, una casa después de la otra, una mujer después de la otra, un contratiempo después del otro, para finalmente echarles mano, por los ya escasos pelos, y que así bramen. Y arrancarles la piel de paso. ¡A eso le llamo yo arte militar! Al fin y al cabo, los seres humanos mueren de todas formas, que no cunda el pánico, sus casas se quedan ahí, a menos que estuviésemos en Kosovo, donde sería al revés, aunque bueno, en realidad allí no queda nada de nada. Nada de nadie. El que puede se quiere largar. Bueno, algo hay que hacer con los seres humanos para que no se oxiden. Todo ese tiempo es necesario para que puedan poner sus pertenencias a salvo antes de que llegue la guerra que los soñadores mucho antes ya han añorado. ¡Pero si ya lo sabían! Dónde está el coche de carga, el tractor, el caballo, ahora habrá que subir la cuesta. Antes de que las pertenencias se deshagan en migajas, por Dios, vamos a cogerlas nosotros, si no es que lo hace otro. La posesión sin dueño no soporta en sí ese vacío, desea volver a pertenecer a alguien. Allí arriba hay un corcel bajo un tractor porque ambos querían pasar a la vez por el paso fronterizo. Algunas pertenencias son demasiado grandes para cualquier medio de transporte. Si no se pone al volante uno mismo y lo controla todo hasta en el último detalle, aunque sea para meterse en la cuneta, otro se lleva lo que a uno le pertenece. A veces, si no es el volante mismo son los impuestos, y si no un pariente lejano con el que uno no podía contar porque jamás había oído hablar de él. Estos dos hombres, padre e hijo Janisch, que en conjunto causan la mejor de las impresiones, sobre eso no hay queja, el uno como gendarme, el otro como domador de líneas telefónicas, que para alcanzarlas hay que trepar hasta la punta del alto mástil, han encontrado un bello modus vivendi para que la propiedad se les arroje a los pies jadeante como un perro cansado. Pero es mejor que nadie venga de visita, de lo contrario, el perro da un salto y muerde dando a entender que sólo a nosotros nos pertenece:

Les hacen la corte a las mujeres. En realidad ambos. Pero especialmente Janisch padre, el gendarme. Eso se dice pronto, pero en esta ciudad y en este país ya ha hecho infelices a muchos seres. ¡Qué! ¿Hubiesen reparado en ello? Preferentemente mujeres que tengan casitas o casas unifamiliares en la población vecina. Estos expedientes femeninos deben ser conducidos y aconsejados íntimamente, aunque no se llame por su nombre lo que los Janisch hacen. Unen el ocio con el negocio. Eso.

Qué suerte hacer salidas laborales y tener una jornada flexible que le permita a uno de vez en cuando ir a dar una vuelta con el coche. Los maridos de estas mujeres deberían fallecer lo antes posible o incluso no haber existido nunca. Algunos hijos tampoco deberían haber estado nunca ahí. ¿Quién puede saber algo así (que, llegado un momento, una dama debe retirarse, de lo contrario, hay alguien de más en su propiedad) si no es un gendarme, policía, cura, vecino, instalador o bien el tendero pertinente, que, por su parte, también le ha echado un ojo a ese vacío que en su ánimo se va poblando cada vez con más ladrillos hasta que a uno le pesa el corazón? Pero en el comercio al por menor sólo cuentan las ganancias y no las acciones. Esta caja de frutas tropicales no debe volcar, la ligereza y la naturalidad con que la venenosa araña saltadora roja, qué digo, si se llama araña errante, puede saltar hacia afuera podría provocar tales muecas en los semblantes que merecerían ser declarados atracción turística. El tendero no recuperará jamás el ojo que ha arriesgado. Así son ellas, las mujeres, siempre el mismo perfil para la brigada de amor y el más global de los proyectos globales, frente al que la contaminación medioambiental o la paz mundial son una inmundicia: el matrimonio. Eso es lo que quieren todas. Mujer y matrimonio, la combinación perfecta, sobre todo en el campo, donde hay pocas posibilidades de esparcimiento y uno se harta de ellas rápidamente. Le sigue la vida conyugal. Ninguna mujer puede decir a eso «muchas gracias, yo paso». El tendero tendrá que vender sus plátanos en otra parte y repartir sus cajas en otros sitios, para él la puerta se ha cerrado. No tiene la más mínima idea de para quién está abierta esa puerta, pero para alguno tendrá que ser. No ha visto a la mujer detrás de la puerta desde hace semanas. La sobrina que viene de Krems al fin y al cabo conseguirá algo con lo que no habrá contado, concretamente lo obtendrá cuando llegue el fin de la tía. Jamás se saldará la deuda de los alimentos que el honrado tendero le llevó a la anciana. Otros fueron más rápidos y estuvieron antes allí. También los vecinos comisquean con gusto, incluso deshechos. Hurgan en la basura. Lo que llega a tirar ésa, ¡si todavía sirve! Los humanos se roban los unos a los otros, primero por convicción, más tarde por amor. Se presentan primero como vecinos y se transforman de inmediato en amigos, es decir, en ávidas bestias, como en nuestros queridos Balcanes, que ya conocemos mejor que nuestra sala de estar de tanto que salen en la pequeña pantalla, por lo menos cuatro veces al día, donde los vecinos todavía eran vecinos pero dejaron de serlo. Nuestros propios vecinos espolean a los apocalípticos corceles para conducir a esta marea amenazante, rociante, goteante de hombres y mujeres mayores hasta la cama de su cuarto, donde a menudo el televisor no llega. Si uno no se anda con cuidado, puede suceder que vaya a bañarse y, probablemente aturdido por el Anafranil, se ahogue en la propia mierda. Robar no es tan fácil, a menudo es un duro trabajo, de lo contrario lo haríamos todos, ¿no?

Los dos Janisch, en eso sí estamos de acuerdo, quieren, enseguida o cuanto antes, conseguir una casa completa o varias casas a cambio de nada, en realidad no tienen nada más que: nada. Así que los inmuebles deseados deben añadirse a los que los Janisch ya poseen. Para ello tendrán que modificar primero el camino de algunas mujeres, mucho me temo. Con el primero se empieza, con el último se acaba. Otra vez tendremos un grave accidente por alcance, ¡un momento!, ¡los gendarmes acudirán enseguida! Y siempre seremos nosotras las culpables. El señor gendarme apunta todo esto en su bloc y hace las fotos correspondientes a tempo. Los destacamentos de policía rurales, por razones de recorte presupuestario, tienen asignado un personal realmente escaso. A menudo hay que tomar gente prestada que uno puede despistar fácilmente. Cuánto tiempo requiere conquistar a semejante mujer o a otra, se preguntarán ustedes. Primero hay que llevársela a la cama y después dejarla en bragas. En el campo, a algunas todavía les entra sentimiento de culpabilidad si tienen una relación extramatrimonial, así que les promete una matrimonial, no hay más que apartar del camino un par de obstáculos de carne, sangre y huesos. No se alteren, ¡antes de ustedes hay un par más en la cola! También a ellas hay que introducirles un rabo, cuántas veces creen que se puede en un día, ya no somos tan jovencitos. La dama debe pasar como mínimo un año en libertad condicional, período durante el cual sólo podrá sostenerlo y mirarlo, su contenido al fin y al cabo todavía lo necesitamos para que esa otra no alimente sospechas. En medio, una confesión liviana y todo arreglado.

Todo esto depende un poco del espesor del cabello, del carácter y de lo que uno tenga en el monedero o en la jaula, no sólo de las propiedades. Hasta que los caballos de potencia que tenga el pajarillo, animalito, estén agotados. Es verdad que las mujeres suelen agradecer que les sigan dando marcha, cuando el trajín de la vida, las risas, los gritos, empiezan a amainar. Así que sólo hay que cuidar, por lo menos durante un tiempo, de las inversiones, durante las horas de servicio hay que seguir pasando con el utilitario, como por casualidad, por rutas y rodeos diseñados por uno mismo, ¿todo en orden, señora mía? Hace un momento tuve un presentimiento terrible, pero por suerte sólo fue uno. Hacía tiempo que no tenía ninguno. Vaya, hombre, alguien llamaba a la puerta. Lo investigaremos, sólo déjeme pasar, represento a la Administración, por lo que en todo momento puedo ser usado sin problema igual que ¡una servilleta de papel! No se avergüence, puede usted comer incluso con los dedos, ¡cuidado!, si no, se me escapa el rabo tan sólo con mirarla, observe cómo gotea, un segundo, sería mejor que saliera de la alfombra, pero su suelo de Melan es terriblemente duro, aunque yo conozco cosas más duras, ¿lo está viendo aquí y ahora? Sería mucho mejor si nos dirigiésemos ya mismo a su cuarto. En el recibidor me lo monto rapidito, pero en el cuarto me lo saco entero, no hay cuidado, no va a estar ahí apocado, ni me dará gatillazo en el momento menos esperado sólo porque esté usted demasiado seca por dentro, con él siempre funciona, da igual dónde, lo conozco bien. Sólo con verla a usted, se pondrá a pleno rendimiento, enseguida se plantará como un soldado en medio de la habitación y acabará con todo, ¿qué es lo que quería decirle antes? Los pantalones nos los bajamos ya mismo (¡oh! por favor, descuide, ¡siga, siga!). ¿Cómo? ¿Se quiere poner encima? La opinión pública tiene sus exigencias respecto a nosotros, ¡pero no tan grandes como usted! Bueno, como usted quiera, yo no me asusto, pero preferiría en el colchón, no pasa nada si no has recogido, ¡ya pondré yo un poco de orden dentro de ti! En cualquier caso, ahora vas a recibir lo absoluto, lo que has estado esperando todo el tiempo, es bastante largo, pero, dado el caso, te cabría en el bolso, si es que fuera desmontable. Es verdad, las mujeres a menudo son modestas porque tienen una vida dura. Pero jamás había usted visto algo tan apetitoso como yo, ¿verdad? Y conmigo también se divertirá, no soy amigo de la tristeza, soy amigo de la risa y de la broma. Por mí se puede desnudar ya en el recibidor, tratémonos otra vez de usted de cara a la galería, tan sólo voy a cerrar la puerta y me preparo para volver a mirarla, esta vez sin ropa interior, puede tardar, ¿cómo?, ¿no la habrá comprado expresamente para mí? ¡Vaya, qué honor! Entonces, por mí, déjesela puesta, da lo mismo, de todos modos te comprendo tan bien como comprendo el hambre y la sed que hay en mí, o mi pasión por las casas, sobre todo por la tuya, a la que tendré que llamar cuando quiera entrar. ¿No nos avisó ayer de la presencia de una marta golosa en la parte delantera de su casa, buena señora? Oh, ¿no era usted? Debe tratarse de un error, o bien de la mofeta de al lado, que se ha acercado a sus matas de grosellas. ¡Qué animal más grande y pestilente! Mira bien mi magnífico campeón, hace rato que te está esperando, yo lo sujeto bien ahora para que lo puedas acariciar, si no, huirá de ti corriendo. Antes te puedes mirar esta bonita revista que te he traído, ahí puedes buscar el trabajo que te apetezca. No, no es un catálogo de jardines. Todo lo que tú desees, él te lo hace. Yo no voy a parar a este pequeño animalote. Juégate lo que quieras, enseguida lo habré traído. En realidad me correspondería una buena renta por todo lo que les meto a las mujeres. Venga aserrar y cepillar y lo que sale de ahí dentro después es siempre lo mismo. Aunque tiene otro aspecto, no sé, más pequeño, me da la impresión.

Y todas las estúpidas excusas para que la pareja de patrulla no se dé cuenta de lo que pasa. A ambos, a él y a Kurt Janisch, les late con fuerza el corazón. Pasan con el coche lenta o rápidamente. Hay que prestar atención al más joven, por unos instantes son una pareja. Un brazo roza al otro mientras la gente sigue su camino alegremente porque esta vez sus infracciones han pasado desapercibidas. Al compañero se le erizan los pelillos del antebrazo por un momento, después vuelven a alisarse, por favor, no vuelvas a rozarme, Kurt, o si lo haces que sea sin intención. Y la pareja se aleja hacia otro lugar. El compañero, un joven padre de familia, no sospecha nada, pero a la vez sospecha algo, por lo que habrá que taparle la boca, no sin dificultades, apretándole bien fuerte en la bolera del club deportivo de la gendarmería. Pero no poniendo la propia boca encima de la suya. De hacerlo, ésta se activaría enseguida. Sí, si tú me dices ven, lo dejo todo o algo así, y hoy te quiero más que ayer, y menos que…

Bueno. Lo que yo les diga. Por desgracia con las mujeres hay que hablar muchísimo, pero de un modo distinto, para que tengan un éxtasis erótico. Los deseos, por supuesto, no deben mantenerse ocultos (¡nada de nada se mantendrá oculto jamás!), si no, más adelante, no podrán ser satisfechos como tales deseos ocultos. Sólo hablar hace libre al ser humano, gracias a ello el ser humano puede preguntar a otros por el camino y dirigirse así hacia otro sitio. Hablar también es el pasatiempo de muchas mujeres. Raro es que tomen asiento, seguro que no lo hacen para ser discretas. ¡Démosles, pues, una razón para gritar! ¡Qué maravilla cómo les arranca las palabras de la boca! Pero es mejor cuando uno logra metérselo antes en esa boca que de lo contrario siempre está hablando. A él no tiene que ayudarlo nadie, tiene permiso, puede exigir y lo hace profusamente también. Muy bien, sigamos nosotros también adelante y pongámosle el rabo allí donde tiene la lengua. Como un chupa-chups, para chupar, así por lo menos las mujeres se tranquilizan, porque no quieren hacerle daño a uno con esa necesidad de asistencia social que tienen. Un segundo, no, puedo oír un gemido, recorre una cara desencajada como las nubes recorren un paisaje azotado por la tempestad. Por desgracia un gendarme no gana mucho y encima sigue teniendo una mujer en casa, de la que se ha ido distanciando arduamente. En cualquier caso, mientras le alargan a uno la mano hasta la bragueta, la conversación todavía sigue viva. En esos casos, las mujeres pueden convertirse en auténticas atracciones, afanarse semanas enteras a cambio de un instante, esperar años enteros a que llegue el siguiente, que les den consuelo y esperanza; cuando por fin hay una fresca erección lista para la tan ansiada como descuidada y desintencionada prestación, toda la espera, tan inútil, porque el ser humano florece cual álamo y se apaga cual colilla, se olvida. Y es que hay que conocerlas bien, a las mujeres, ahí está todo, ésa es la clave. Incluso los políticos deben hacerlo también, aun cuando sólo sea con palabras, nosotros, como hombres, es más probable que lo consigamos con hechos, de vez en cuando algo nuevo, y nuestros hechos en realidad ¡son lo último de lo último! Un verdadero acto de amor, cuando en estos momentos uno debería estar haciendo otras cosas, y mejores. A veces hay que suspender incluso el footing. El gendarme coge entonces su coche privado, se trata al fin y al cabo de una buena obra: a esa dama de la bocacalle, junto a la guardería municipal, hoy le escuece de nuevo, es la orina, ¿qué?, ¿hace tres semanas que se la tiró por última vez? Jamás habría dicho que ya hace tanto tiempo, ya va siendo hora de dejarla frita. Lo que desea ésta es que la tumben boca abajo sobre el colchón y la abran rápidamente, para uso instantáneo, porque hace tiempo que está cerrada para todo y raramente tiene ocasión de que la abran de par en par y además la lubrifiquen. Para que no se oigan tanto los chirridos de las bisagras (¡el cajón secreto del armario no se abre tan a menudo!). Al lado hay niños pequeños, montones de ellos.

Con las mujeres básicamente se puede hacer de todo, como si hubiesen armado una gorda y hubiese que castigarlas. Y lo que todavía no se ha hecho con ellas es lo que más les gusta hacer. Eso a los hombres les viene muy a contrapelo, como sentarse al piano y no saber tocarlo. Pero así ha de ser, el ocio viene con el negocio, la desvergüenza con la práctica, la reprimenda no viene nunca entre otras cosas porque no se la espera. Se da antes precisamente. Más adelante ya es pasado y uno no está en condiciones de discutir sobre eso con la próxima mujer, aunque también querrá saberlo con detalle, lo que sea. Con las mujeres ni siquiera lo obvio es evidente, hay que explicárselo y mostrárselo después de haberlas dejado patidifusas dándoles con un mango duro en los pechos y en el sexo. ¡Oh, no debería haberse tomado la molestia! Soy obediente, también sin que me haya traído esos bombones, los hay aquí en el súper Mercurio de aquí al lado, al que viene gente desde muy lejos con alas en los pies, seguro que más baratos que allí donde usted los ha comprado. Pero pasado un tiempo ya saben lo que les espera antes de empezar, y abren ya con el batín transparente que han comprado por catálogo, o sin él. Con algo de entrenamiento incluso la edad carece de importancia, aun cuando uno desearía entrenar con alguien más joven. Pero las habituales por lo menos son modestas.

Todo esto cuesta tiempo y dinero a hombres como Kurt Janisch, pero a cambio pueden deponer en muchos lugares sus muebles viejos y, con suerte, cambiarlos por un tresillo; por favor, aquí en mi interior hay mucho espacio todavía, los niños están fuera o ya se fueron de casa, ya le abro el cuarto trasero para que no le cueste tanto. También le puedo hacer una habitacioncita de mí misma, si lo desea, enterita para usted, ¡qué!, ¿qué me dice? ¡Estoy entusiasmado porque precisamente esa habitacioncita, en realidad la casa entera, es justo lo que deseaba desde hace tiempo! Primero le damos un repaso a fondo, ¿de acuerdo?

Estos hechos, a los que tiene que recurrir uno cuando se queda sin habla y una mujer no quiere firmar algo precipitadamente sin haberlo leído antes, revierten sin embargo en más tiempo (cuando la mujer por fin está muerta) y dinero todavía, una buena inversión. Esto no funciona sin los esfuerzos que hacen el funcionario y su hijo, el empleado, que siendo aún tan joven se muestra ya tremendamente polifacético. Una polifaz, una multicabeza de Jano, inflada con vitaminas producidas artificialmente para que ya nadie pueda reconocer con claridad sus facciones, eso, una cabeza así es la que lleva el joven sobre los hombros. Sólo tienen que mirarlo, si alguien ha sido dotado con la capacidad de despertar agrado ése es él. El hijo es también muy mañoso y puede hacer muchos otros trabajos con las manos además de simplemente instalar líneas. Sin embargo, para él su padre está por encima de todo, y el padre pasa por encima de cadáveres que en vida fueron guarnición para su carne. ¿Por qué razón el gendarme y el hijo no tienen más que deudas? ¿Por qué razón han vuelto a perder todo lo que tenían? No lo sé. El padre nos puede aconsejar, el padre se ocupa de todo y cuida de nosotros, con lo que no debemos perder de vista lo nuestro. En realidad no me creo que ésta vaya a ser la primera vez en la historia de la gendarmería en la que uno de sus representantes haga un negocio tan bueno con la bondadosa muerte, que, como sabemos, siempre busca a los suyos, jamás a extraños. La muerte busca a los que ha señalado antes. En eso se parece al leñador. Normalmente los funcionarios públicos adiestrados en el servicio de armas sólo matan a disparos a sus familias, y eso solamente cuando es necesario porque ellas quieren abandonarlos. En cualquier caso a ellos les quedan después las casas y los terrenos. Pero sólo pueden disponer de su pequeña azotea, y precisamente ahí es donde disparan también. Si llegan a vivirlo, y no acaban consigo mismos en el intento, entonces se disparan en la cabeza.

Nonono, qué barbaridad, estos dos hombres se han especializado en la muerte. Y el legado de la muerte es un almacén repleto de cosas que uno ya no tiene que comprar porque forman parte de la herencia. Y algo así sucede, ante los ojos de todos nosotros, en el campo, cerca de una pequeña ciudad que vibra de celo y peligro y actividades lúdicas y deportivas, donde todos se conocen, de la pista de tenis o del juzgado, adonde se acude cuando, después del juego, como suele pasar, uno se pelea con rudeza y muchas blasfemias, y de donde uno es igual que sus conocidos. El tiempo que tarda en encontrar otros mejores. La región está delimitada por un final abrupto. Después ya sólo vienen la autopista a la izquierda y la autopista a la derecha. La pequeña ciudad es como un estanque en el que por un lado entra el agua y por el otro vuelve a salir. Dejar atrás esta región es un trabajo comparable a una travesía fluvial sin caballos de potencia. Las cortinas se abren puntualmente, se intercambian miradas, a uno le devuelven peores miradas a cambio de mejores o a la inversa, menudo negocio, y nadie emprende acción alguna para subsanarlo. Los lugareños pueden ser emprendedores, pero raramente llegan a ser empresarios.

Todos los seres humanos tarde o temprano están muertos, ése es su destino común. Por otro lado, no es como en la ciudad, donde a veces uno no se da cuenta enseguida de que alguien ha muerto. Más a menudo de lo que uno cree, el médico forense es el único que acaba viéndolo a uno, ¿para qué arreglarse entonces? Y en un bloque de pisos de la ciudad, ¿quién le contaría a uno dónde acabó el viajero cuyo correo ya ha formado una montaña en el buzón? ¿Dónde está semejante caballero, dónde está su guarda y dónde hay siquiera algún guarda que lo proteja a uno? Los policías y los gendarmes siempre saben dónde queda algo libre, su puesto no les llovió del cielo precisamente, tuvieron talento para ello y gustan de acomodarse en nido ajeno, del que expulsan a los otros como el cuco, ¡rápido!, ahora estamos atados y tenemos que desatar una cinta y desanudar un nudo. La muerte es el destino de los seres humanos, pero la vida que la precede desgraciadamente está llena de ellos. ¡Diríjanse con toda confianza a la policía! ¿Pero quién sabe de verdad algo sobre estos defensores de la ley que tanto gustan de ladrar, cuyo comportamiento insolente ya lo dice todo de ellos y de quienes sin embargo jamás hay que reírse abiertamente, porque de hacerlo uno la pringa y se lleva por lo menos un par de tortazos? Las consultas hay que hacerlas con suficiente altivez, eso lo sabe la gendarmería, que siempre lo sabe todo; y casi en la mitad de las casas hay una mujer completamente sola que anhela dejar entrar a cualquiera, si llegase de una vez, ya seríamos por lo menos dos, y la muerte quizás se una a nosotros más tarde. Esto sí que es acogedor de verdad. Antes de que uno pueda prometerle nada a la mujer (supervisión de las instalaciones, limpieza del desagüe, búsqueda del animal de compañía desaparecido, etc.), un algo acasonohasvisto se le acurruca a uno en el hueco de la mano, una cabeza con pelo suave, y uno se juega a penaltis con ella si quiere ser agarrada por delante o por detrás. La charla corre por las líneas provocando interferencias, todavía no se le llama prolegómenos, todo llegará, y es un engorro porque podría oírse en el vecindario. Entonces uno mira a la cohabitadora, ¿todo bien? ¿Se vuelve a cerrar el agujero o todavía sigue abierto como una boca que grita porque ya no tiene costumbre de ser claveteado, arrojado sin miramientos, y ni siquiera empastado como es debido? La cabeza sólo empieza a pensar a quién le pertenecen realmente la casa y los muebles cuando está prácticamente abierta del todo. Ahora me pertenecen a mí, le susurra el gendarme a un oído, había perdido la cabeza cuando lo dijo, pero al fin y al cabo sólo lo oye una, así que siempre puede negarlo. ¿Tienes algo en contra? Ningún corazón es cordial cuando entra en una casa sin vigilancia, y entonces uno desearía otra parte del cuerpo con más aguante. Las mujeres son de una naturaleza tan sensual, es increíble. Lo que llega a ocurrírseles y la de lugares donde quieren hacerlo, uno tiene que tener en la cabeza un mapa como los de los misiles de crucero para tener esas ideas; en la bañera o en la mesa de la cocina, eso aún, pero en el suelo, en el rincón donde está el crucifijo, cagondiós, con lo estrecho que es y la de polvo que hay, Dios no quiso que follásemos a sus pies como gusanos, que Él, como a todos nosotros, hizo del polvo, y ni siquiera puede ver bien porque está allá arriba ¡bien clavado! Y cómo hay que limpiar todo después, eso también es un problema. Los rollos de papel de cocina son la solución, algunos sin embargo usan esponjas acartonadas por la porquería o estropajos del fregadero. Los productos de limpieza a veces, ya al entrar, le miran a uno en actitud convidadora desde el lugar donde la mujer desea ser abierta, los médicos esconden a veces sus instrumentos, las mujeres los muestran siempre con descaro y desvergüenza. Todo. Lo que tienen. La muerte consigue sacarnos de nuestras casillas. Eso no es nada para las mujeres, que nunca se salen de sus casillas, aunque en realidad preferirían que las sacaran para siempre. El amor consigue que ellas puedan alojar mucho en su interior. Pero en estos momentos la muerte es mucho más fuerte. Ya veremos qué pasa.

Pelo por todas partes, también en la palma de la mano del cadáver pegado a los restos de sangre, yo diría que se trata de restos de pelo teñido de color artificial y permanentado de un ser humano de sexo femenino, y que este sexo ha podido ver y vivir mucho antes de morir. El experto en teléfonos y el gendarme tal vez hayan instalado una especie de válvula de guerra, bueno, creo que en general les gusta dar caña, pero públicamente tienen que controlarse un poco, el uno como servidor del Estado y el otro como empleado. Por algún lado tiene que salir la bestia, y en la mujer suele encontrar poca salida. Más tarde sale uno a correr. A algunos les entra después mucha hambre, se abrazan, se lamen por todas partes, pero las pupilas ya se mueven intranquilas por encima de una cabeza que practica un comportamiento condenable y que tal vez se avergüence un poco al hacerlo, las miradas van por delante de las personas. Ya menean el rabo antes de que alguien pueda ir a buscar el bastón de ciego adecuado. Dicho sea de paso. ¿No estaré mirando ahora con demasiada seriedad? ¡Vaya, no era mi intención! Siempre con decisión en la mata de pelo, que en realidad no puede frenar los golpes. Echen un vistazo rápidamente al pasado, ahí podrían ver, gritándoles sin ningún recato, a gentes llenas de vida que ya estarían prácticamente muertas si su forma de conducir hubiese tenido consecuencias, a un hombre serio, padre de familia también, porque han cometido alguna infracción de tráfico, sísísí, los automovilistas, en los tiempos en que todavía eran alguien y se filmaban películas sobre ellos, ¡siempre los automovilistas! A veces también los ciclistas, pero a éstos ya los pisotean suficientemente sólo por existir. Mujeres solitarias, muy cuidadas pero no tan jóvenes ya, intentan pillar todo lo que se mueve y lleva pantalones, aunque ellas mismas también los llevan. Pero eso no les basta y a veces consiguen unos aperitivitos de regalo, carne con la que ya no habían contado, pero que sin embargo sí cuenta ahora con ellas. Hum, ¿estará ya pagada la casa? Una mujer muy arreglada va esta semana por segunda vez a la peluquería y se hace las uñas con un esmalte muy especial, algo así normalmente llama la atención; mucho mejor de lo que podría hacerlo un poeta, su cuerpo da a entender con estos signos que siente un anhelo y que por fin sabe de qué.

A continuación suenan unos golpes varoniles en la puerta, durante la ronda de vigilancia de la rotonda junto a la caja de ahorros, allí está la farmacia y nosotros vivimos justo delante, y en el próximo instante hay que abrir sin ropa, a pesar de que apenas hubo tiempo de vestirse para cubrir provocativamente todas las curvas que hoy en día se exigen. En caso necesario hay que lubrificar su perfil después del baño o recauchutar por completo después de un accidente. Tampoco importa que incluso los motores estén trucados y los chasis estén totalmente rebajados. Los alegres colores relucen de nuevo en la cara, en las manos y en las uñas de los pies que es una maravilla. También nosotros somos alguien, como siempre dijimos a voz en grito, hasta que ya no éramos nada ni nadie, y nadie pensaba ya en nosotros.

A todo esto, un gendarme observa cómo y quién cae en su bloc de ejecuciones. Tiene cierta idea sobre cómo podría conseguir que esa mujer proclamase públicamente entre jadeos y gemidos su satisfacción. Con una mujer con la que han saltado chispas, primero la aparta a un lado y se permite expresiones que resultan evidentes, y sólo dos días más tarde, aunque la situación ha sido del todo obvia y el número de teléfono claramente ha cambiado de propietario, la dama ya pasea nerviosa de arriba abajo y de una ventana a otra, se olfatea los sobacos para ver si aún huele y se unta de cremas. Hoy tiene que venir, si no, ahora mismo estaríamos sentadas ¡en un tren en dirección a Viena para ir a visitar a una vieja amiga! De repente le escuece, se le mete en la cabeza la idea de que su vida no puede haberse acabado, puesto que para este final todavía hay alguien que quiere entrar, no importa quién. La muerte llega suficientemente pronto. Una dirección es anotada donde el gendarme también anota el número y el importe de la multa, ya nos lo miraremos con calma en los próximos días. Donde hay una alcoba, se puede entrar. Sobre todo las mujeres solas y decepcionadas de mediana edad le dan inmediatamente a cualquiera, sin fijarse demasiado, la llave de su casa, ya saben, al abrirlas, ya no hay mucho movimiento dentro, pero con unas barridas hechas con determinación, algo que la mujer aún desconoce podría arremolinarse en su interior y convertirse en una ocasión grandiosa. Este señor tiene experiencia y práctica, aunque no precisamente en las tareas de la casa, pero si a cambio se puede obtener una casa, ¡sarna con gusto no pica! Incluso abrazarse a un cobertizo de madera y restregarse contra él hasta que salten lágrimas de resina. ¿Qué verá éste en mí, con lo atractivo que es y pudiendo acceder a otras más guapas y más jóvenes? Pero ¿y por qué no? Pero ¿y por qué no yo? Venga, adelante con la pregunta, aquí está el pedido con el manojillo de especias y el cuadernillo ¡donde podemos anotar nuestras compras!

En otras ocasiones, cuando el automovilista quiere agradar a la policía, basta con extender la mano y a uno le van cayendo los billetes uno tras otro. En cambio, el carné se puede quedar en casa. Uno puede levantar el disco y con simples movimientos de los dedos dirigir a las personas, casi como un asesino. Algo único en la Tierra. Éste es el mejor oficio del mundo. ¡Pongamos cara de interés y pongámonos además las gafas! Fíjate: el abuelo sigue rindiendo honores en la foto, de la que ya no va a salir nunca más, del mismo modo que jamás en su vida salió de esta región, fíjense qué bien lo hace en la foto, sí, el señor de la izquierda, no el de la derecha, ése es el rey, ¿es que se ha parado el tiempo? No. Nadie se queda parado. Ahora andando, ¡fuera!, ¡al aire libre! Como si el abuelo hubiese sabido entonces que le hacían una foto, venga, hombre, seguro que lo sabía, ahora lo estamos viendo, exacto, lo vemos a él en la congelación icecream del momento, la mirada concentrada de la obediencia, ¡endulzado!, ¡embellecido!, ése es él, el abuelo, ¿lo ves?, aquí, delante del rey, firme ante el monarca, a quien nunca va a conocer más a fondo, tal como hoy sabemos, a pesar de que tal vez hubiese sido interesante, quién sabe qué persona tendría algo que decir a qué otra, por desgracia casi siempre en una lengua extranjera. Nadie lo sabe. Creo que esta frase, a pesar de haberla escrito yo personalmente, no es cierta. Yo, por ejemplo, a juzgar por las figuras que me invento, no tengo nada que decir, adelante con los giros idiomáticos, y venga otro y otro más hasta que se retuerzan debajo de mí por el dolor o tal vez porque no disponen de espacio suficiente. ¡Este nervio idiomático nunca deberían habérmelo sacado sin anestesia! El rey no se parece a ningún conocido. El rey es siempre aquél a quien uno no va a conocer. Puede tener buen corazón, es consciente de ello, mientras que otros ni siquiera necesitan una conciencia. No se lo pueden permitir, y algo más barato tampoco nosotros podemos permitírnoslo. Un hombre flaco con traje oscuro, el rey, no le hace falta quedar siempre bien en la foto, ¡ya aparece en demasiadas fotos!, y en su época, en los años setenta, las fotografías de él y su delgada esposa mediterránea en el salón de peluquería del pueblo aparecieron copiosa y gustosamente en las revistas. Un buen lugar para colarse en la fantasía de las mujeres, que con gusto fantasean, especialmente cuando están sentadas en estas sillas blancas acolchadas y con engreimiento creen estar así más bonitas, y para plantar en ellas anhelos en rojo rosado o rosa petunia. Las engreídas son más fáciles de conseguir, esas tranquilas engreídas que miran a otras por encima del hombro, pero que en secreto, a solas, no toleran mesura alguna y sus cuerpos se escapan desmesurados a todo control cuando uno les corta las pequeñas cepas con que se agarran desesperadamente a sus propiedades. Y las coloca en el empleo vitalicio, que sin embargo pueden perder en cualquier momento. Pero en ese caso hará ya tiempo que se habrán perdido a sí mismas y ya no sabrán quiénes son y cuánto tienen aún en el banco. Ya no tanto como antes.

En el salón de peluquería, un gendarme llamaría más la atención que un rey, a no ser que una clienta hubiese aparcado mal, en tal caso, ella y su peinado, un producto semimanufacturado, se convertirían en el centro de atención. El gendarme sería bondadoso pero justo. Llega a un acuerdo y dispone un entorpecimiento de la acción judicial para poder satisfacer todos los deseos secretos tras las persianas, también aquellos que no se pueden mantener en secreto, aquellos que más bien se le meten en la cabeza como perros curiosos pero a los que enseguida, tras los jadeos, se manda afuera sin el rígido bastón de cobranza porque están tan mojados y poco apetecibles que no apetece acostarse con ellos. Pero existe un dominio señorial que ofrecer y alguien dice muy bajito: ¡ven! Y entonces él va. Si bien las mujeres no consiguen un rey para la mesita de noche donde están las revistas ilustradas, a lo mejor sí consiguen al servidor del Estado, que en todo momento debe estar preparado para servir al rey. Las cosas de palacio van despacio. El rey aparece en la foto totalmente relajado, desenfadado y amistoso. Yo diría que a esta mujer la han ajado con esa permanente y por eso se ha enfadado, si me atreviese y no me hubiese prohibido mirar siempre con mis ideas desde lo alto del corcel hacia abajo. El padre del gendarme podría seguir viviendo hoy, tal como era entonces. Aquí las vidas siempre vienen por duplicado o repetidas veces. Están una al lado de la otra, como las casas, una igual a la otra, eso a mí no me afecta. Las vidas se corresponden entre ellas, pero a menudo no corresponden a la persona a quien fueron entregadas, como pasa con la ropa. Las más de las veces no hay incidencias, como si hubiese habido que repartir demasiada vida entre demasiadas pocas personas, de las cuales cada una recibe más que de sobra de exactamente el mismo destino, sobre el que ahora vertemos cuidadosamente un barril que hemos abierto previamente. La madre del actual gendarme, sin ir más lejos, tengo la impresión de que ha existido una y otra vez, como si la mayoría de las mujeres de aquí fueran como ella, conozco por lo menos a unas cuantas y se las podría ofrecer a quien las quiera. Aunque ya sé, ustedes escogerán otra cosa, pero en ese caso esperemos que por lo menos la guarnición sea la adecuada. Con qué entusiasmo observaba la señora Janisch estas fotos por aquel entonces, con qué elevación interior, por cierto, exactamente en la misma peluquería de la plaza mayor, entonces los sillones eran verdes y más duros. Luego la señora Janisch incluso se compró la revista para poder dejarle ella también a su familia algo en herencia. Eso fue cuando todavía podía andar erguida. Hagamos como si fuera hoy: observa, pues, y vuelve a observar como si el rey y su marido pudieran esfumarse antes de poder figurar ella junto a ellos, y todo eso mientras enrollan su pelo en rulos muy finos, lo untan y lo calientan, un buen asado, se puede oler antes de que esté listo, (¡y cada lavado de cabeza igual! Todo en la vida es química y apesta precisamente a eso…), y ella, la mujer del gendarme, intenta destacar con su vestido, como si fuera de la misma seda moteada que el de la reina y no hubiese sido confeccionado detrás de una ventanilla anónima debajo del pelo crespado que, por favor, debe ser igual que el de su Majestad en la foto. Eso es desgraciadamente imposible. Eso, ni siquiera nosotros, poetas, podemos conseguirlo. En su lugar, a las personas que buscan consejo les daremos un estropajo metálico para la cabeza y algo absolutamente imperecedero e incomparable de poliéster, nailon y otras fibras sintéticas. Tampoco está nada mal, pensado para la eternidad, a no ser que uno le prenda fuego, pero lo dicho: ¡distinto! La eternidad no lo quiere y lo devuelve barato porque está usado. Esta reina fue un modelo para muchas mujeres de la época y desencadenó pasiones imitadoras precisamente porque no era bella, así como todos nosotros tampoco lo somos. Pero, también ella, una mujer cuidada y apetecible, a este respecto no hay nada que decir. Aquí sobra cualquier crítica de nuestra parte. Quien no tiene belleza en su cuenta, necesita aún más la ropa y la peluquería para poder imitar la belleza con el máximo acierto antes de echarse a la calle con este nuevo vestido y tener que volver enseguida por culpa de las vergonzantes carencias. Al contrario, a veces incluso hay que añadir algo: casa y bienes. No hay razón para admitir también invitados a los que entonces hay que atender con la propia carne porque en casa no hay nada más. A este respecto conozco personalmente a una o dos mujeres viudas y solas a punto de jubilarse que consiguieron llegar en su aparición pública mucho más lejos de lo que estaba previsto para ellas. Y a pesar de ello fueron superadas por otras más jóvenes. En el último momento. Le daré al gong. ¡Gooong! Se acabó el tiempo. Todo tiempo se acaba alguna vez. Lo he dicho a menudo y lo seguiré diciendo todavía más a menudo porque es muy injusto que el tiempo pase y que yo me tenga que quedar siempre ahí. Dura tanto como uno vive, la propia vida es en realidad la unidad de medida del tiempo. Enseguida viene la próxima, que ya no le pertenece a uno. O sea que hay que coger las riendas con decisión durante la propia. Está claro y transparente como el caldo que los hombres han preparado detrás de sus recién limpiadas ventanas. ¿Quién va a comerse todo eso?

Detrás de las responsabilidades y de los informes del gendarme vuelve a acechar hoy algo —aún no puedo ver exactamente de qué se trata—, cuando arrastra a los borrachos de las mesas del hostal, los golpea, examina a sus víctimas rápida y superficialmente pues las hemorragias internas al fin y al cabo no se ven, y después llama a los servicios de emergencia porque la víctima por supuesto se ha golpeado a sí misma y a su no muy valiosa cabeza. La víctima calla porque ha perdido el conocimiento, y de todas formas tampoco tiene ningún poder cuando lo recupera. No está permitido matar a nadie, ésa sería la condición convenida de palabra, sólo está permitido meterle la cabeza, con sus orejas y la vital nariz y la (para la vida) esencial boca en una bolsa de plástico que no sea transpirable. Ésa es su naturaleza. Un sinpapeles tiene derecho a dejar de respirar, no tenemos nada en contra, por favor, eso es sólo cosa suya. Al fin y al cabo se trata de su vida. Hasta en la capital de la comarca hablan de las variadas brutalidades de este destacamento de gendarmería, y además ríen y ponen una cara determinada, cara cómplice. Nunca hay nada que se pueda demostrar. Aunque el homicidio conlleva consigo cierta conmoción, una gravedad interior que le hace a uno olvidarse completamente de sí mismo porque se ha metido de lleno en la otra persona. Sólo tienen que preguntarle a un asesino, que ¡no se lo va a decir a ustedes! Porque debería estar permitido matar, sobre todo: porque podría hacerse, por eso las mujeres le tienen a uno por inigualable, porque no conocen a ningún otro que sea capaz de eso. Les gusta apiñarse alrededor de los criminales, el gendarme es consciente de eso, una vez detuvo a uno, ni siquiera le dejaron ponerse los zapatos después de haberse cargado con una pistola a su mujer y de haber herido de gravedad a su hijo adolescente. Pero algo así, conseguir a uno como ése, es como acertar en la lotería, aunque no sea con el primer premio, porque en el campo a la gente le gusta matar, lo practican de hecho con los animales, pero sin ruido, hay casas en las que de madrugada aparecen cinco fiambres y nadie sabe por qué. Y es que la gente tiene pocas distracciones (el juez de instrucción, informado de que el autor del crimen está en posesión de un arma de fuego y de que podría hacer uso de ella, ha filtrado enseguida esta noticia bomba, él conocía el fregado de otras veces, pero el hombre, de fregar nada, y además, entre otras cosas, había disparado al comando especial Cobra de la gendarmería. Muy saludable no es que sea). En la mayoría de los casos, el asesino acaba en prisión y lo desactivan, a su familia la ponen fuera de circulación, pero el asesino no por ello pierde su valor, ni su corazón atormentado que ahora muestra abiertamente. Sí señor, lo veo: muchas mujeres ya le escriben bonitas cartas de amor. A las mujeres el gendarme las ha tenido llorando en dos o tres ocasiones delante de su mesa de guardia, mientras él, nervioso por no tener suficientes dedos, tecleaba en la máquina un atestado. Algunos criminales no hacen más que llorar, todo el rato, pero arrepentirse ¡eso jamás! Quizás le ayudará en la tarea esta propietaria, en cuya pequeña vivienda pronto, digamos dentro de unos quince años, cuando ya haya pasado al régimen abierto, este criminal se sentará a la mesa. Colaborará como el que más, le promete a ella, estrujará su conciencia con las manos hasta que le salga el jugo. Qué pena que lo pillaran. Durante el proceso, el asesino aprovechó las alegaciones para disculparse, bondadoso y afable, ante su víctima, pero la víctima estaba a esas alturas enterrada desde hacía tiempo y ya no lo pudo oír. ¡Qué interesante este hombre! Habría que intentar aprender de él. De otros sólo puede aprenderse que en el lago Toplitz ya no hay más planchas estereotípicas de los nazis escondidas y que uno puede ahogarse si a pesar de todo continúa buscándolas. En tales circunstancias hay que acordonar la zona que rodea el lago en tanto que zona prohibida. Y así lo hace la gendarmería. Tres o cuatro años más tarde, con ayuda de una cámara de televisión subacuática se puede, si hay suerte, encontrar otro cadáver más. Como, por ejemplo, la muchacha de dieciocho años, desgraciadamente ya esqueleto, en el bosque, o el aprendiz con los dieciséis años todavía sin cumplir, desgraciadamente en el agua poco profunda y por ello todavía intacto, en el lago, en el lago. Seguro que volveremos allí.

El gendarme jamás se disculparía, ¿para qué se es alguien? Las mujeres esbeltas, que han hecho mucho por su figura, se exceden incluso un poco y suben cada día a las montañas o bien se suben en casa por las paredes porque alguien, alguien muy concreto, no las llama. El gendarme sólo tiene que echar la zarpa, pues en el coche todos cometen en algún momento algún error; el que crea que no lo ve nadie, se equivoca. Con gusto se dejan las mujeres conquistar por el gendarme, ellas, que desde hace ya tiempo ven alejarse, a su pesar, su desvaneciente buena figura, de la que ahora otra, más joven, sin encomendarse a nadie, se ha apropiado, y la luce desenvuelta como si le perteneciese. También ante mí acaba de hacer aparición ahora una figura, creo que la Virgen María, pero desgraciadamente yo era otra muy distinta. ¡Ay, Dios!, por culpa de eso acabo de saltarme este stop que lleva ahí plantado veinte años. Por haberme girado a ver a mi rival. Toda mujer se olvida alguna vez de sí misma. En realidad, ahí no hay de qué acordarse. Uno no debe atar largo a nadie, ni que sea un asesino, una vez lo haya conseguido capturar, y debe coger el cabo de la cuerda con firmeza. Es por ello por lo que los asesinos de mujeres en general son tan apreciados por las mujeres. Porque se han especializado en mujeres. Se consumen en prisión y durante ese tiempo no pueden consumir a otras mujeres. Pero seguro que hay otras razones para ello. En todo caso, los asesinos en un principio son inofensivos. Después de que alguien haya desactivado su detonador y estén bajo arresto policial. Ahora disponen de un montón de tiempo para buscar amigas por correspondencia, que al poco se personarán donde estén ellos pensando que han sido invitadas. El comportamiento del criminal encerrado, que por ahora no puede dedicarse a su profesión, se convertirá entonces en puro deleite, ni más ni menos que del mismo modo que un cordero acostumbra a deleitarse con un lobo. Gracias a Dios yo no respondo por esas mujeres. Ellas, por su parte, sí son responsables de sus hijos, a quienes el asesino puede matar en cualquier momento, en cuanto quiera y tenga la posibilidad de hacerlo, pues gozará de ese fatal régimen abierto. Mejor si no se lo hubiesen concedido. Pero fue tan bonito, ¡más bonito que nunca! Nosotros, yo y esa mujer, juramos que la próxima vez ya no lo habría hecho, seguro. Con esto él se ha vuelto a ganar una partida gratis con el cuchillo; es culpa de ustedes, señor capellán de la prisión y señora directora de la prisión y señor psiquiatra de la prisión. ¡No lo habría dicho jamás de este asesino completamente rehabilitado! ¡Si el hombre siempre ha sido una excepción! Al aire libre, a las mujeres ya no les apetece tanto ver al asesino. Ahí las tentaciones serían demasiado grandes. ¡Qué bien que el hombre esté aquí dentro ahora! Un chico de trece años acaba de darle al interruptor, un largo rastro de sangre esparcida conduce directamente al suelo, donde va a recibir más de veinte cuchilladas. La madre, sin embargo, llora más por el criminal que por su chaval, así le produce más dicha el llanto. Al fin y al cabo tiene otros hijos, exactamente iguales a éste, aunque de distintas edades. Apenas se nota si falta uno. El asesino resultará acribillado a balazos en su huida, pues además aún quería degollar a una monja en una capilla. Le ha tocado al que no debía, llora ahora desconsolada la mujer que lo quería. Hijos todavía podría tener, pero a un hombre como ése no lo consigo ya en mi vida. Hay tan pocos que sean como él… precisamente por eso me gustaba tanto. Prevalece la creencia de que primero hay de encerrar a alguien para que ese alguien, por lo menos desde la prisión, le conceda importancia a uno. En realidad, no tiene nada más que conceder, así que mejor concedámosle nosotros el perdón. Pero desviémonos a esas florecillas de mírame ¡y tócame! que quieren ser cortadas a toda costa, y el destino por sí mismo lo hubiera conseguido como pronto en cincuenta años. Por favor ¿qué ha hecho ese hombre después de todo? Diecisiete años atrás hizo picadillo a una joven maestra con el cuchillo, ¡y qué!, hay más maestras que asesinos, que son animales raros y asustadizos, aún salvajes. No de los de comer en el pesebre y girar la vista asustados hacia los otros pesebres en el bosque, al lado del estanque o bien en el sótano con el aparato de fitness. Para demostrar su añeja e inocua mansedumbre, al hombre, este señor que ahora está muerto, lo que más le gustaba en prisión era llevar medias de señora, quizás para en el futuro poder meterse mejor en la piel femenina. Si tiene parientes que creen en él o que lo quieren, lo siento, ahora me toca a mí.

Las mujeres destacan en su perfumada lana suavizada como si ellas fueran lo principal y no cosecharan con los hombres más que éxitos al ofrecerse para el deleite, sin pedir remuneración a cambio, engalanadas, para la gala, con jerséis y camisetas y pañuelos. Y en realidad a lo sumo son el postre, si es que aún queda algún rincón en el estómago del señor. Ellas no lo saben. ¿Entonces por qué alimentan a los asesinos de ese modo? Yo, en su lugar en la mesa, no lo hubiese hecho, antes me hubiese comprado un perro, con lo agradecidos que son los animales, más que una persona a la que conozcamos. No entiendo nada al respecto. Me imagino: los asesinos ejercen una tierna hipnosis, algunos examinan y analizan a sus víctimas durante meses. Se toman la molestia de colocarles anillas de hormigón y lanzarlas, junto con las víctimas que cuelgan de ellas, al fondo del río más cercano. El ser humano no es más que algodón, un vacío. El asesino, con suerte, consigue una nueva visión de la esencia del ser humano, una ventaja a su favor que a nosotros poetas nos costará alcanzar. Los seres humanos es que son arena: ¡hay tantos como granos de arena en la playa! Qué sé yo… Apenas ha cometido uno un crimen, que ya se le acercan nuevas víctimas corriendo, incluso vienen desde los países vecinos como una flecha (hay putas en Viena, en la Baja Austria, en el Burgenland, Chequia y California, y en todos los sitios las estrangulan con su ropa interior de un modo muy original. El señor U., con quien he mantenido correspondencia sobre cuestiones políticas y humanas, ha aprovechado esto y cuando vio que era el único hombre en unos cuantos kilómetros a la redonda y que las mujeres no eran más que basura, bueno, entonces fue él mismo quien atendió a sus demandas, ofendido por sus miradas, pues no se trataba de aristócratas, que es lo que a él más bien le hubiese correspondido. ¿Cómo iba yo a poder saberlo? Sea como fuere, no consiguió cautivar mi alma, al contrario que las almas de otras). Por ahí vuelve a aparecer una, apenas puedo seguirla, es veinte años mayor que el joven señor L., un caso bien distinto, un envidioso que hoy es culturista y de este modo se ha procurado por fin un cuerpo completamente nuevo, se ha transformado en otro, en el sentido estricto de la palabra; pues bien, el señor L., eso es, le disparó con su arma de repetición prestada en plena cara a su primo, a su novia y a la madre de ésta, que de todas formas más adelante ya no han necesitado su cara. El señor L. no se ha podido hacer una nueva cara, simplemente se ha hecho mayor, como todos nosotros. ¿Adónde iremos a parar? Bien, ahí viene ahora una mujer de Alemania que podría ser un sustitutivo materno para el asesino, pero mejor que fuese sólo su amante, porque no hay tantos lugares donde uno no pueda hacer comparaciones, y aquí ha encontrado ella uno de esos lugares. Es la prisión, es el establecimiento penitenciario extraordinario para violadores de la ley prácticamente hundidos. Así se lo imaginan las mujeres: ¡por una vez pescar a un hombre que valga la pena pescar! ¡Pero después no hay que soltarlo, eh! Me temo que lo que van a pescar es un resfriado. En primer lugar, sin embargo, las martiriza la capacidad del asesino de mantenerse distante. Cómo añora uno los raros momentos de ternura, cuando las capas que envuelven el núcleo se derriten y sale a la luz el dulce corazón de mazapán y guirlache: altamente explosivo, ¡se lo garantizo! Hagan la prueba con una bolita de bombón Mozart, y se darán cuenta de dónde está la diferencia. Para eso vive esta maternal mujer, a quien este hombre, dicho sea abiertamente, a veces sigue encontrando un poco insulsa, todavía. ¡Qué suerte! Sigue cumpliendo condena, ¡el condenado! En el fondo esta mujer sólo habla de sí misma, y ése que la está escuchando, por su parte, no puede hablar con nadie más, aparte de las otras noventa y cinco amigas por correspondencia, de las que la mujer, sin embargo, no sabe nada. El asesino sólo quiere salir, lo que no sorprende a nadie que conozca de cerca al criminal y a las mujeres que lo visitan siempre. Fuera estaría a salvo de ellas. Tan sólo esta mujer que continúa hablando todo el rato sólo de sí misma quiere escoger fundamentalmente el camino inverso: contra el gentío en la ventanilla, e incluso aquí dentro, detrás de las rejas, que simbolizan el mundo, que la vea este joven salvaje, una existencia que está en juego y que a pesar de ello sigue jugando y, a ser posible, que la acaricie con las manos y la admire como alguien que uno nunca ha visto y que sin embargo conocía de siempre. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la mujer será el exterior. Un lugar que no está previsto para ella, a menos que ella fuera realmente presentable. Es de Bottrop y en estos momentos se ha establecido en Austria para rivalizar con mujeres más jóvenes, para ello lo dejó todo colgado, incluso su ciudad natal, donde trabajaba de secretaria de dirección, una ciudad que jamás se permitió miradas calientes hacia ella. Ésa era su última baza, ahora ya no hace baza ninguna. Lo juro, ¡no hablaremos nunca más de esa mujer! Ha sido un ejemplo para nada y para nadie. Bien, ahora me he vengado de ella, sólo que no sé para qué. El preso se embolsa el premio completo. A las queridas mujeres de nuestro señor les gusta arrastrarse completamente hasta estar cerca de él, al que han escogido ellas solitas (mientras que, p. ej., Dios estaba ya antes, siempre ya antes, desde el principio). Aun siendo el señor veinte o treinta años más joven, ellas toman literalmente la prisión por asalto. Prácticamente se encaraman a ella con las garras recién esmaltadas, que se romperían como cristal al agarrar con fuerza. No para proponerse ser mejores y así mejorar al criminal, sino para ser para él, que no tiene elección, primero la madre, después la amante y después: todo lo demás. Después de conocerse más a fondo. Claro. Madre es desde luego lo mejor (las mujeres parecen no saberlo porque se obstinan en no querer ser madres). Por lo menos hasta que les hayan cortado la cabeza y la hayan expuesto en el escaparate de su tiendecita de ropa interior. Mientras existan curiosas en el mundo van a pararse delante del escaparate y creer en el amor, que estaría mucho más bonito con esta preciosa combinación de encaje, diría yo. ¡Y encima esto! ¡En medio una cabeza cortada! Por cierto, ¿tienen ustedes idea de por qué es tan frecuente que los matricidas les corten las cabezas a sus madres? Bien podrían abrirles los vientres e inspeccionar las matrices de las que ellos, los hijos, salieron, para luego arrancárselas, ¡digo yo! No lo entiendo. Podrían contentarse con matar, pero se toman la molestia de cortar la cabeza como Salomé, que a pesar de todo no tuvo que ensuciarse sus dedos. A veces incluso meten la cabeza de Medusa en el triturador de verduras, si tienen uno, lo que sólo demuestra su falta de pericia técnica. Jamás pudieron ir a la universidad, de haberlo hecho lo habrían sabido. ¡Pero alto! Vuelta al principio, éste sí ha estudiado, Economía (pero de física de los cuerpos sólidos ¡ni idea!), y entretanto lo ha retomado, tengo entendido, lo de estudiar. Por suerte vuelve a estar completamente sano, ya hace un año del suceso, por lo menos. ¡Me alegro tanto por él!, me alegro de que esté fuera de nuevo, y ahora, por de pronto (hasta que tenga una nueva novia, que se parecerá a su madre), ya podrá ser rehabilitado y sabrá hasta dónde se puede llegar con audacia. ¡Hasta el periódico! ¡Oh, qué bonito sería llegar tan lejos!

Sí. Se llevarán a los asesinos a casa, donde éstos, ya a los pocos días, asesinarán a los hijos de la mujer, por lo menos a uno, ya lo dijimos, desgraciadamente siempre lo dijimos todo y no nos guardamos nada en la manga, que es bien larga. Si los asesinos hacen lo que hacen es porque no desean empezar una nueva vida, y si lo desean, en ese caso, solos o con otros. Pero jamás con aquellos que ya tienen. Sus almas quizás quieran ser humanas, pero la razón quiere otra cosa, quiere lo que todos queremos pero no osamos. Todos nosotros deberíamos odiar la vida corporal, pero sólo este gendarme, entre otros que no conozco, la odia realmente. Sólo que uno no se da cuenta enseguida porque a veces bromea y se ríe y canta canciones acompañado del acordeón.

Como nunca viene, al amor se le supondrá siempre en otros andurriales, darle caza y pronto convertirse en la cazadora cazada. ¡Andando! Ponga usted también un asesino en su vida, o por lo menos mantenga antes correspondencia con él para que la expectativa crezca, p. ej., con este navajero con sus medias de señora que tanto le gustan, ¡seguro que usted tiene a montones en su armario! Pero no, ése no, ¡ése ya está muerto! El hijo de trece años con el tiempo no hubiese hecho más que masturbarse con las medias puestas, piensa el gendarme, que ha seguido el caso, por el periódico y por la tele; él también ha oído hablar de este tipo de casos truculentos, pero apenas sí ha sido testigo de alguno. Está investido de un cargo que le sienta muy bien. ¡No está mal! La gorra, la pistola en la pistolera. ¡Genial! ¡Qué buenorros que estamos! Apenas volviese a estar fuera el criminal, piensa el gendarme con malicia, le volvería a dar una paliza a esta mujer que lloriquea ante su máquina de escribir por un simple matón de motel que la mandó tres semanas al hospital y que ahora suplica un permiso de visita para verlo. ¡Si su torturador jamás le va a permitir que escriba la novela de su vida! Bueno, en cualquier caso no en mi máquina de escribir. ¡Yo paso! Pronto se podrán adquirir ordenadores personales capaces de almacenar todavía mucho más en la memoria, hecho que podrá ser recordado a las mujeres en caso de necesidad cuando de nuevo se encuentren ante uno con el rostro destrozado. Y eso que el derecho de devolución quedaba descartado. El propio asesino, que apostaría más por la realidad que por los sueños, sería el autor de la novela de su vida. Para hacerse famoso. Las mujeres son peores, sin haber sido malas realmente, envejecen pronto y se descuidan fácilmente, a menos que se les preste atención. Entonces florecen y sonríen soñadoras. Para conseguirlo (¡que les presten atención!) serían capaces de todo, incluso se arrodillarían ante el presidente americano y se meterían en la boca su miembro con todos sus rasgos secretos que ni siquiera se enseñaron en la tele. No vamos a necesitar una cama para eso, pero por desgracia un juez sí, y el juez es la nación entera. ¡Eso sí sería fuerte! ¡Todas las miradas puestas en mí! ¡Así sí que aguantaría! Lo que en realidad tienen todos los asesinos, sin excepción alguna: ambición y afán de protagonismo. Si se les permitiera ir a casa, se sentarían enseguida ante el piano aun sin saber tocar ni una nota, sólo para que se les escuchase.

Deberían detener y encerrar a los hombres para poder protegerlos de las mujeres, piensa el gendarme, que ya se lo sabe todo o por lo menos en los últimos tiempos ha oído hablar de ello o lo ha visto en alguna parte. Ya sacará sus propias conclusiones. A las mujeres las apresamos, hacen como si las idolatrásemos, piensa el gendarme. ¿Por qué no al revés? ¿Por qué razón no deberían venerarnos a nosotros y muy especialmente a mí? No puede ser tan difícil. ¡¿Qué significa eso?! Incluso yo lo lograría, ¿verdad? Bien, ahora la vida se ve por una vez ante un verdadero desafío, esto ya no es ningún juego, y uno se proclama a sí mismo vencedor. Uno debería detener a las mujeres que podrían verse afectadas antes de que se las asesinase, piensa el gendarme. Al tacto le damos terreno de ventaja por ahora, en el fondo no les gusta a las mujeres, ellas prefieren la mano dura y nosotros ya tenemos suficientes todoterrenos, que en la gran batalla callejera entre la zona peatonal, el complejo deportivo y el centro comercial caen en nuestras redes o en los polígonos industriales, donde la hace unos años floreciente industria nacionalizada se encuentra hoy por los suelos e intenta alejarse arrastrándose, pero se lo impide una cadena que el sindicato le ha atado a los pies para evitar la huida de capital al extranjero. Los parados tienen que seguir día a día el duro ritmo de la cotización en bolsa. Falta de ritmo y de tacto, pero no de talento, es todo lo que necesita un asesino. ¡Eso nos pasa también si nos miramos bien al espejo! Los curiosos rondarán por el lugar del accidente, el gendarme se sube a la barrera y por fin es libre libre libre. El lago descansa en silencio. Ahí ya hay una que está involucrada en el accidente, tiene vivienda de propiedad, y también es libre aun cuando no en asuntos sexuales. Una libertad la suya que no sabe valorar bien, prefiere mucho más el cautiverio de un hombre y no ser responsable de ello. Y ésa de ahí, ésa tiene incluso una vivienda unifamiliar (VUF) enterita, a pesar de ser una única persona. En estos momentos grita grita grita como sólo gritan los ciudadanos que desde hace mucho no tienen a disposición un interlocutor para hacerlo. Vaya. Sencillamente no se corta de berrear así. Más bien ha sido siempre comedida y se ha comedido con decoro. Pero ahora se deja llevar. Este corazón exige precisión, ¿se trata realmente sólo de ella, sólo ella, la mujer, la única, o bien hay rivales? Quien busca al gendarme debe primero llamar a su puerta, pero a menudo los colegas lo mandan a uno para casa. Todos somos, quien más y quien menos, unos mandaos, pero a paseo no nos gusta que nos manden.

Hay que conocer el secreto de cómo mantener a las mujeres bajo control. No hay que ser médico necesariamente para abrir en canal a los seres humanos, pero sería preferible serlo si se quiere descubrir en la barriga la serpiente que antaño nos tentara, el mal donde quiera que se encuentre: médico, psiquiatra, cirujano y anestesista, todo a la vez querría uno ser como hombre. Incluso poseyendo para ello únicamente este órgano considerablemente largo y poderoso, el escalpelo, que no se enrosca ni ronronea cuando quiere entrar, pues no se trata de un berbiquí. ¡A machacarse toca!, sin siquiera antes haber echado una ojeada al solitario callejón sin salida por si alguien aparece en el momento más inoportuno. El coraje crece con el apetito. La mujer vociferante junto a su automóvil, que ha perdido un tornillo, enmudece de repente y fija su mirada en el uniformado como si viese por primera vez a un ser humano vivo. El rímel corre por las mejillas de su cara cincuentona, da lo mismo. La cara no debería tolerar tanta comida, pues parece un poco hinchada, pero también da lo mismo. Abajo en el lago, en la orilla del valle, junto a la mujer y el gendarme, se extiende el paisaje al lado de la carretera nacional. Han quitado los escombros del desprendimiento, también el pelo que curiosamente se encontró dentro, esos mechones de pelo gordos, nadie ha entendido qué es lo que hacían allí. Al fin y al cabo no importa qué se abraza o a quién, lo principal es que pueda tocarse cuando llegue la ocasión.

Hay luces encendidas en algunas casas, donde viven viudas y otras mujeres solas. Sus caras se asemejan a salones jamás pisados que esperan a que alguien dé la luz para no tener que seguir haciéndolo ellas mismas. Sus órganos braman. Si hiciese falta, ellas mismas llegarían a matar para que por fin alguno se les acercara. Por desgracia, algunas son expulsadas del árbol de la vida antes de tiempo. Con tal de que sus sentimientos de pasión no se echen a perder sin haber sido usados, se suben en sus coches y salen para conocer a alguien. Para por fin ser recolectadas como cosecha, por el tráfico o por sus guardas. No morir y no conducir demasiado deprisa. ¡No cometer fallos ahora! ¡Cincuenta años de integridad se consumen en un instante! A este gendarme alguien tiene que hacerlo rico, de lo contrario, se acabó. Con la ternura de un hipnotizador, a las mujeres hay que ponerles la mano en la nuca o en el cuello, enseguida echan la cabeza hacia atrás como los caballos, muestran la dentadura y se ponen tan mojadas que les chorrea espuma por todos los orificios. Nadie ve cómo sueñan con el amor perdido. Todos ven cómo se afanan por uno nuevo, que por ahí llega ya. Qué bien que al final me haya montado en el coche. ¡Oh, tú, coche japonés de color claro y gama media, tú, que fuiste visto en el lugar del crimen! La lengua se muestra en la boca abierta y desea verse aporreada por otra lengua, ¿dónde está ahí el límite? Los labios desean permanecer un rato en el lugar de los hechos e intercambiar más caricias, como si todo sucediera igual que en las novelas por entregas; hojalata a cambio de collares de oro, anillos y brazaletes, al igual que se daba oro a cambio de hierro, ¿dónde está ahí el límite? ¿Dónde tiene el cuerpo su límite? Esa nostalgia: mujeres que observan desesperadas su propio estado, que calculan una distancia, pero que ya no pueden regresar por su propia voluntad a tierra firme para alcanzar un estado más agradable. No se descarta el matrimonio más adelante. Como si no pudieran dejarse ir porque lo único que tienen es a sí mismas. ¿Por qué se regalan entonces con avidez? Apenas si pueden esperar para imponerse del todo, para ofrecerse a las manos de extraños sin que una asistente de veterinario televisiva haya examinado la valla de la casita, las ventanas enrejadas de la vivienda (para que el animal no se nos arroje encima), donde la gente, en general ruda, suele aterrizar. No importa dónde caigan, si duro o blando, lo importante es que lleguemos, nos pringuen de moco, tengamos pañuelos de papel a mano y sujetemos con fuerza el tallo antes de que la flor, en incipiente germinación, se vuelva marchita. Antes incluso de haber brotado correctamente. Todo igual que siempre. Más vale prevenir que curar, p. ej., después de una operación de cáncer. Una gran oportunidad, aspecto autoritario, la pistola, un uniforme que anuncia a su señor porque le precede por un calibre de aproximadamente 9 milímetros como la obediencia que uno cree generar en la mujer. ¡Qué raro que a otras les cueste tanto! Alguien aparta las cortinas, con sus pesas de plomo, con ayuda de crema lubrificante (desgraciadamente todo lo que entra, sale, todo lo que sube, baja), estira el cuello para mirar cómo desaparece por una bocacalle al lado de la droguería, sin mirar una sola vez hacia atrás. Y eso que una se quedó con su interior rosa con destellos azules, al que sólo se accede por un paso estrecho, pero por el que él llegará, él, el único, tan bello con sus bolas fruncidas adornándolo, aunque a él no le hacían falta, como ya se ha visto. Tú, fantástica eres tú, se pudo oír claramente, sólo hace tres semanas de eso y se oía de una boca por encima de un mentón anguloso, y mientras tanto una mano hojeaba por debajo y a veces se encaramaba más arriba, donde pellizcaba y arañaba y con la carne daba palmadas y aplausos, qué maravilla. ¿Era cierto lo que se sintió entonces? Después ya no lo saben seguro, vuelven a estar ávidas cuando abajo la puerta se cierra de golpe, y por eso quieren volver a tenerlo una y otra vez, para después poder comprobarlo todo con calma. ¿Están el dinero en efectivo, las joyas, los bienes inmuebles? A su vez, esto es más importante para el hombre, y una buena bañera también sería ideal ahora, medita el gendarme, que acaba de ensuciarse y quiere deshacerse del olor a perfume a toda costa. La mujer no lo espera en casa ni lo huele porque no se atrevería a hacerlo. Este hombre me pertenece ahora sólo a mí, con él puedo hacer lo que yo quiera, piensa la víctima mientras aún puede pensar. Mientras aún está en su sano juicio. Entretanto hay otro hombre muerto, en él se encuentra Anafranil y Euglucol, medicamentos que bajan el nivel de azúcar y suben el ánimo, pero de esto último ya no tiene nada. La autora del delito era mujer y recurrió a fármacos no autorizados. A un deportista no le hace falta eso. Por lo demás, la mujer a menudo es como una muerta porque no sabe cuándo y cómo tiene que moverse en la cama. El asesino se sienta encima de ella y la conduce a placer por los alrededores, un conductor suicida que jamás ha cambiado de dirección. Un fantasma. Viaja por ahí con los muertos, incluso se ha sentado encima de ellos, ¡imagínense! Tiene el coche lleno a rebosar de cadáveres, donde los ha metido sin meter mucho bombo, tan ricamente duermen ellos debajo y detrás de él, ¡nada de despertar a los muertos! El asesino puede hacer despertar un sentimiento. Pero él debe ser frío. No se puede permitir ser modesto.

Kurt Janisch (me resulta penoso decir nombres, ¿a ustedes no? Suena tan estúpido, pero ¿cómo hay que llamar a las personas si no?), el gendarme, siente siempre los jugosos colores a su alrededor en cuanto despierta por la mañana, pero no le dicen nada. Sin embargo, enseguida se siente apremiado a salir al jardín delantero, donde las flores florecen llenas de promesas, por ejemplo de una mujer, a la que uno puede ir a recoger con flores. El gendarme es un seductor de las montañas y colinas de la región, donde por supuesto se permite a las gentes vivir, aunque hay poco espacio para ellas. La gente queda encerrada entre las montañas al igual que un niño en una cuna. Se establecen sin remedio desde los valles hasta lo alto de las colinas, donde las residencias de verano se despiden del mundo cuando llega el desprendimiento, y todos se abalanzan a las restantes como buitres, pues los de fuera quieren movimiento. El sueño del gendarme se parece a los senderos del monte. Hay muchos.

Por qué me viene esto a la cabeza ahora: ayer Kurt Janisch soñó con una pareja de osos que hace mucho tiempo fueron jóvenes, una foto amarillenta los muestra en su juventud, estaba previsto ubicarlos en un zoo de montaña de la zona, muy cerca, pero prefirieron meterlos en una osera, donde, a pesar de todo, y aun estando entre rejas, alegraron durante años a los forasteros. Tras una larga y grave enfermedad, ambos osos han muerto ya, a edad avanzada, uno detrás del otro. Cuando las fotos se arrugan y se vuelven amarillas, se aprecia el paso del tiempo. La muerte se desliza imperceptiblemente sobre la vida, a las fotos de los alegres oseznos se les superponen los viejos y cansados animales, con pieles sarnosas. Ay, el suave pelo de los hombres, ¿por qué me conmueve de ese modo? Sus árboles crecen hacia el cielo, pero llega el gendarme y los tala si representan una amenaza para su cargo, Señor Director de Misiones de la Brigada. Sí señor, también llevamos a cabo misiones de seguridad, y, desde hace poco, nuestros perros van cubiertos con paños amarillos en sus misiones, para que los podamos distinguir enseguida y para que no cubran impunemente a ningún extraño, los animalitos, qué buenos, ellos y sus hocicos rastreadores. Los dóberman se ponen malos muy a menudo. Los pastores belgas aguantan un poco más. Pero los pobres osos ya están muertos.