3
Rosa, clavel y tulipán, se marchitan por igual; pero no las tres de golpe, pues no crecen en la misma época del año. Los claveles en realidad no crecen, sólo se pueden comprar en la floristería. Las flores, con lo bonitas que son, no anhelan posesiones, les basta con un pedacito de tierra, ni siquiera saben que otros, menos sedentarios, anhelan posesiones ajenas. Ellas viven, y otras flores viven al lado, para nuestra satisfacción. ¡Psst! ¡Nos están escuchando! Sin hacer ruido, tal vez podamos aprender de ellas nuevas posibilidades de existencia: estar cortadas o mejor, ya puestos, arrancadas de cuajo. Pero también jactarse de uno mismo y pavonearse. Toda su alegría: ¡en absoluto inventada! El jardín de delante de casa florece y es desbrozado cuidadosamente, como con las pinzas para hacerse las cejas, de eso se encarga la señora Janisch, y lo hace de rodillas para no caerse en la fosa que no ve, pero sabe que existe: ahí está, en algún sitio, no muy lejos, cavada expresamente para ella. ¿Tal vez por la mano de su marido, ese egoísta empedernido? No, ya más bien diría que no. Sin embargo, parece estar loca por su bonito jardín, quizás por eso no permite a plantas extrañas el trato con las propias, las autóctonas, que tanto esfuerzo le ha costado domesticar. Un achaque de inmodestia, eso es a lo que llamamos maleza. El jardín es el reino de la señora Janisch, mientras que su marido tiene otros reinos en su punto de mira; en estos momentos se inclina en la cocina office ante un plan de ejecución de obras que no le pertenece, como tampoco, por desgracia, la casa a la que éste corresponde. En este plan, como en cualquiera, también en el de Dios, se ha proyectado una cocina, es como si los seres humanos quisieran siempre lo mismo, y eso significa realmente: a sí mismos, sólo que, por favor, más grandes y más funcionales para que de vez en cuando también se pueda cocinar. ¿Cómo narices ha conseguido el gendarme ese plano tan rápidamente? Su trabajo no está relacionado precisamente con la oficina del catastro, sino más bien con las catástrofes. P. ej., cuando viene la montaña, primero al por menor, en forma de desprendimientos de rocas, más tarde tal vez se venga abajo por completo, ¿tendrá que ver con la antigua mina, con las numerosas y antiquísimas minas de debajo? ¡En realidad el país entero está completamente hueco por dentro! Y entonces todas las personas del área de aprovechamiento de la montaña, que también quiere aprovechar para largarse pero que no tiene ningún plan, abandonan sus casas, que tan arduamente se construyeron con ayuda de la vecindad, que es como aquí se le llama al trabajo ilegal. ¡Decenios enteros ahorrando para eso, y ahora esto! La montaña dirige a nosotros un ojo enigmático, y a aquél a quien le echa el ojo, a ése enseguida le echa mucho más, para darle énfasis a su mirada. ¿Quién habla ahí abajo? Sólo somos nosotros. Entonces yo, la montaña, hago que desaparezcáis ahora mismo. El valle, que también fue atravesado de galerías, no quiere ser menos y amenaza con que, en primer lugar, se formará una zona de hundimiento, y a continuación se formarán enseguida taponamientos y el agua filtrada cada vez será menos. Y entonces, dice la vaguada, mofándose por todas las grietas, ¡entonces os vais a enterar!, porque debido a lo pronunciado del desnivel no se puede esperar de ese tapón ningún efecto de apuntalamiento suficiente. Por eso no se puede, habla el valle y su voz cada vez es más fuerte porque debe acallarse a sí mismo, a su propio lamento de vientos subterráneos, es por eso que no se puede deducir, a partir del hecho de que el primer desprendimiento de agua y lodo que se produzca llegue a calmarse, que, suponiendo que se llegue a intentar extraer agua con bombas y levantar tabiques día y noche, que así se consiga entonces una obturación estable, de ningún modo. Ni rastro. Miren. Exactamente eso es lo que quedará de los seres humanos allí abajo.
El señor Janisch prefiere mudarse a una de las casas que ya hay ahí, así tendría dos, el hijo también tendría la suya (todavía no del todo, pues la vieja a quien pertenece vive todavía, por favor, ¡no se olviden de no traerle flores! Hasta el día de su entierro no se la va a obsequiar con algunas, por supuesto, del jardín, ¿para qué si no lo tenemos?), el señor Janisch jr. querrá entonces hacer reformas, pero todo se andará. Todavía vive un ser humano extraño en su interior, no, claro que no en él, un ser humano que no se puede sacar tan fácilmente como la mermelada de un tarro. Incontables horas desagradables le deben las personas de aquí a la montaña, que, en lo relativo a vilezas, le hace continuamente la competencia al lago. Algo se vierte en el lago que no le hace bien, la montaña ha arrojado el bosque protector y se ha convertido en una amenaza para personas, asentamientos e instalaciones; es un bosque con un efecto benéfico preferencial, formemos pues un comité de beneficencia, no para la tala, sino para la retención del agua y de las piedras y para la extracción de dolomía y otras porquerías, pero este bosque no ha cumplido lo prometido. No ha retenido las piedras en su interior, claro, eso hubiese sido magia, dada la enorme cantidad. Y bajo él también se suceden escenas horripilantes, una casa se desprende hacia las profundidades y tan sólo los balcones adornados con flores miran hacia fuera, nos embelesan, ¡tanta belleza en un espacio tan pequeño! Se le hacen unas fotos antes de que desaparezca. Observen ustedes, ese árbol de ahí arriba también es interesante: sus radicelas se mueven desesperadas en el aire para ver si pillan el trozo de tierra que baja rodando hacia el valle, pero el árbol se cae por completo, y en el aire en el que tiemblan sus pequeñas raíces no va a cazar ya ni una mosca, en el aire ya no hay sujeción ninguna.
¡Qué calorcito hace hoy!, pero los días todavía son muy cortos. Todo llegará. Ya extienden sus miembros. La primavera despierta. La habitación abuhardillada de una muchacha está vacía. Todo este asunto, su letárgico interior tras las cortinas corridas, al borde de un despeñadero, no es el rutinario caso que se vaya a representar durante un par de días, todavía no es, en realidad, ni siquiera un caso. Una muchacha ha desaparecido, se supone que no ha podido resistirse al ancho mundo, a la capital de la comarca, sí, con su gran clínica en la que los habitantes mueren de un cáncer que no pudieron enseñar a tiempo al médico que deseaban —la gente jamás tiene tiempo para lo esencial, y, si lo tuviese, entonces no sabría qué y de qué tipo— se supone, pues, que la muchacha no ha podido resistirse al ancho mundo que hay más allá del pueblo y esa noche sencillamente no ha vuelto a casa. Ni ganas. Una joven belleza desaparecida, una luz perdida. Que no cunda el pánico, la belleza es inasible, ¡intenten ustedes atrapar ese bello cisne y verán! Intangible es la belleza, sólo es para los ojos, para que todos tengamos algo de ella, no sólo los señores que suben a los acantilados de mármol para conocer algún día personalmente a Naomi Campbell o a Cindy Crawford. La aparición de Gabi Fluch tendrá lugar de improviso, pero la madre y el novio la esperarán con la máxima premura. Podría llegar en cualquier momento. Empecemos nosotros ya con la espera. Así que la madre espera desde la mañana temprano con la habitual bendición de una taza de café con leche y pan con mantequilla y embutido o queso, a elegir, normalmente con ambos. A continuación, como cada día, la hija tiene que salir para coger el autobús, la parada se puede ver desde la ventana del salón de la casa unifamiliar, o bien el tren, la hija, sin embargo, no entiende por qué la madre tiene siempre que seguirla con la mirada. También florecen plantas en estas tinas y se agarran indiscretamente a las ventanas blanqueadas para no caerse y para poder ver el interior de la habitación, ¿por qué entonces giran perseverante y estúpidamente la cabeza, hacia el otro lado, hacia el sol resplandeciente? ¿Tal vez la mirada a través del cristal de la ventana fue demasiado profunda? ¿Por qué no queremos ver lo que de todos es sabido y nos interesaría? ¿Qué nos obliga a dirigir siempre la cabeza hacia el otro lado? Al otro lado están las personas que deben ser nuestro modelo, bellas y joviales. Y nosotros estamos aquí.
El sol nos tienta allá fuera. ¿Qué? ¿Que el lago Wörther está en otro sitio? ¡Qué escándalo! ¡No nos lo creemos! Bueno, no pasa nada, forasteros, vayamos para allá. ¡Qué bien nos sienta la ducha de sol! ¿De qué tenemos todavía que enterarnos que cuando lo sepamos seguro que no nos hará ningún bien? Tenemos que ver, en eso insistiremos hasta el final, aquello que otros pretenden eclipsar: para eso utilizan sonrientes caritas de gatos o estilizados retratos de perros pegados a los cristales de los coches, única y exclusivamente para ese fin: frenar un poco la luz, evitar el deslumbramiento. Por la mañana temprano, la Gabi se encontraba siempre muy guapa ante el reluciente espejo del cuarto de baño, y de hecho lo era, recuerda la madre. Levantarse diez minutos antes para maquillarse, eso, más tarde, tal vez le proporcionará una hora de dicha, una y otra vez, pero sólo más tarde (ésa es la gracia de la dicha, que no se puede consumir enseguida, ¡primero hay que pagar en la caja de la droguería!), y no obstante la Gabi se sonríe una y otra vez en el espejo, llena de buen humor, aprendiza en una gran empresa de materiales para la construcción. Todo para nada. Aunque apenas había empezado. Pero el sol ya se le ha aparecido, más luminoso que él no puede ser nadie, y los mil pedazos que se ha pedido el átomo para entrar con ellos en competición, no hay nada que pueda ser más luminoso que ese sol, salvo, en determinadas ocasiones, un rostro humano, que a uno, sin embargo, no le acaba de agradar por hache o por be, al fin y al cabo. Pero uno está demasiado cegado para notarlo. De modo que dejemos el rostro a aquél a quien pertenece. Tampoco le va a ir bien, ni siquiera le quedaba bien al socialismo, que se lo quitó enseguida y se volvió a poner el viejo. Y así estuvo un par de años, contento con el habitual.
Bien, ¿cómo vamos a socorrer, pues, a este suelo que justo ahora está bajando hasta nosotros por la loma de la montaña y que pronto va a aterrizar encima de nuestras narices, por favor, no en las nuestras? Esta simpática y amigable montaña: también un rostro que se ha caído y al que nadie quiere ayudar. La montaña ha dejado caer su máscara. Su aspecto es ahora distinto al de hace poco, cuando todavía estaba entera. ¿Habrá incluso que evacuar las casas? ¡Cuidado, eso podría acarrear la pérdida del hogar y provocar situaciones críticas! Querría poder concebir un sistema de alarma inmediato, pero para eso necesitaría ayuda, para que estas gentes de aquí conserven su existencia al nivel al que estaban acostumbrados, incluyendo el arcón congelador, en el que por lo menos entra una pieza de ciervo entera, si es que fuese lo suficientemente estúpido como para, efectivamente, meterse ahí. E incluyendo también el invernadero acristalado, con el que tranquilamente se podría conseguir ser un poco exótico, si es que nos llega por correo el catálogo pertinente que habíamos solicitado por teléfono.
La montaña sigue siendo imprevisible, continuamente arroja su rocalla, pues le pesa demasiado y tiene que aligerar. Sólo con el desprendimiento del pasado año… ¡muchasgracias! No tenía por qué ser tan desprendida como para que se le cayera la falda y después el peñasco entero. Austria. Tal como los forasteros la pasean en vacaciones, así las minas la han paseado durante siglos y milenios por debajo, por debajo del suelo. El país se ve recorrido tanto por su lado superior como por su lado inferior, por decirlo de alguna manera. El país existe como positivo y como negativo, según dónde se encuentre uno, desgraciadamente en estos momentos se oye más sobre lo negativo. ¿Por qué yo siempre veo lo negativo?, se me advierte. No sabría decirlo. Tal vez conozca demasiado poco el país, digo yo, como para poder apreciar sus lados buenos. Uno puede ser encerrado en el interior de la montaña, ¡no!, no quiero conocer nada de este país por dentro, con el exterior ya me basta. Todo eso, que seamos tan huecos, se lo debemos a la explotación minera. ¿De verdad creen que las puertas se abren siempre que ustedes las aporrean con el puño? ¡Mentira! En estos momentos ustedes están abajo, sentados en la jaula de extracción, y mientras arriba los escombros de la montaña se quiebran y el lodo viene de visita gritando y vociferando, ustedes mismos van a ser reducidos a escombros ahí abajo, y nadie los volverá a ver jamás. La montaña habría necesitado protección, debería haber sido protegida de los seres humanos, en lugar de eso se la convirtió en un paraguas lleno de agujeros. Llegó la tormenta, se levantaron los truenos y bramidos, como de miles de trenes de alta velocidad, sí, eso, mejor dicho, como si quisieran: arrancar quinientos trenes a la vez. Los simples mortales fueron presa del pánico y el terror, y el resto murió de verdad, es cierto, lo pueden leer en otros muchos sitios si no me creen. Pienso en el gran éxito que habrá tenido Dios con el lanzamiento de todos esos muertos que durante años estarán en el periódico, aunque los lanzó en la dirección equivocada. La montaña no habría salido en mi ayuda, y tampoco en la de nadie. Nadie la ayudó jamás pese a encontrarse bajo nuestra protección, y ¿qué es lo que le hemos hecho? La hemos vaciado, destripado, y de sus vísceras hemos hecho yoquesequé. Esta montaña y otras han sido reducidas a polvos de talco, ¿no es increíble? Lo grande no se conserva grande, está como hecho para lo pequeño. Ya hemos dicho mucho, tal vez demasiado, sobre el agua, pero seguro que podremos decir acerca de ella mucho más aún cuando ésta algún día haya acabado con ustedes. La naturaleza es romántica como el ser humano, ambos quieren experimentar algo bello y además lo saben hacer, pero el ser humano tiene un radio de acción mayor. La desaparecida, Gabi, también tenía protección para dar y vender, pero ya ven ustedes lo engañoso que puede ser un respaldo como ése; lo entenderán, a más tardar, cuando se queden con la espalda al descubierto ante sus enemigos. Sísí, enseguida paro, pero todavía no.
La Gabi se ha ido, como una parte, casi un pico entero, de estas montañas. La naturaleza se acomoda a los seres humanos, ¿o es al revés? Intenten por una vez ir al encuentro de una montaña, ¡al fin y al cabo es lo que se exige de ustedes explícitamente en el folleto de la oficina de turismo! La montaña no los evitará a ustedes, pero sin embargo los seres humanos, en este caso ustedes, sí. O bien se saca a la montaña del terreno de juego, donde sólo se la toleraba más bien al margen, en un envoltorio chic y brillante, en forma de cheerleader, y todos saltan de alegría por ella y se ponen a sus órdenes cuando el equipo quiere que lo animen en el interior de la mina-museo. Entonces alguien empieza a tocar su acordeón diatónico y se produce un estruendo increíblemente fuerte. Todas las muchachas que tienen a su novio entre los futbolistas se alegran, incluso antes, vamos a ganar, simplemente ¡tenemos que ganar! Y nosotros, los amigos de la montaña todos unidos, agitamos brazos y piernas para ser recolectados como fruta madura a manos de nuestros protegidos, cuando llegue el momento. Viene la montaña. No podemos más que entablar con ella una conversación sobre todo esto.
¡Qué zapatos más elegantes se compró la Gabi justo la pasada semana con el dinero que le adelantaron por su cumpleaños! Con ellos puestos querría incluso ser enterrada, aun cuando la suela le haya salido algo pesada, maciza incluso, comparada con el resto de lo que hay montado encima. La montaña, comprensiva, también piensa lo mismo. A ella el suelo le resulta demasiado pesado, ¿y qué es lo que arroja? Arroja la azotea, que no puede hacer nada por evitarlo. Una muchacha la mar de independiente, la Gabi, y sensata. Los zapatos nuevos han desaparecido, de momento no los han encontrado, tal vez sean demasiado pesados. También tiene novio, que ahora está perplejo. A pesar de tener sólo dieciséis años, con rebaja, puesto que no los cumplirá hasta dentro de dos meses, hace tiempo que tiene novio formal, me parece que es muy simpático, tal vez un poco aburrido y meticuloso para su edad. Por lo menos no es uno de esos desconsiderados, desdeñosos, con sus gafas de sol modernas y sus peinados infames, y equipados con esos suéteres con capucha, cuyas capuchas siempre se caen. Él se ha diseñado un plan de vida y lo sigue a rajatabla, mientras los demás tienen simplemente un objetivo, con nada en medio para ver cómo lo consiguen: no, estoy siendo injusta, el objetivo es el coche veloz y la casa bonita y varias mujeres guapas. De los demás tesoros basta con uno de cada, ¡quién los tuviese ya!, salvo en el caso del dinero, de ése nunca se puede tener suficiente. Así calumnio yo a los jóvenes, pues ya no me cuento entre ellos y todo el mundo se da cuenta. Pero otra vez generalizo, los seres humanos son increíblemente variados, y la vida es un oficio demasiado sucio, sobre todo si uno no quiere, como yo, ensuciarse las manos. El dinero nos interesa considerablemente, pero trabajar, no. Me permitirán que eche un vistazo al plano meticulosamente trazado de Nueva York mientras pongo esto por escrito. ¡Por esas calles me gustaría a mí conducir a toda velocidad! Este chaval cree de sí mismo, eso es la mar de natural, que tiene algo que ofrecer y que atrae a todo el mundo, lo cual es totalmente cierto, sólo que siempre trae unas pintas…, y tampoco viene de lejos, de donde Papá Noel está custodiado hasta el día de su gran aparición en escena, sino que, incluso entre los jóvenes del lugar, es uno del montón: no es un outsider, pero sí alguien por el que no se apostaría aun cuando las apuestas fuesen altas. Pero ya verán, en un par de años eso va a cambiar, para entonces tendrá un buen sueldo y podrá permitirse lo que desee. Al fin y al cabo está recibiendo una buena formación, incluso cuando en su coche el champú y el agua chorrean fraternalmente. Entonces la Gabi tiene que preguntarle para el examen. Casi habría que cruzar la frontera para hallar un pequeño lugar donde encontrar a un joven tan aplicado como éste. Y a ése, al que ni siquiera tiene que parar, la Gabi lo va a dejar escapar, no tiene que hacer nada de nada con su novio, sólo estar ahí, y a pesar de eso la última noche no apareció en su casa, aunque ese día, como todos, él hubiese podido ejercer sobre ella una buena influencia. Él es, no me canso de repetirlo, un chaval tranquilo y aplicado, y nunca ha creído lo que se decía sobre su novia, una invención de sus amigas, como se suele decir. No puede ser verdad, ahí, debajo del lápiz de labios, ahí dicen que habitaba un apetito insaciable, ¿pero de qué, si tenía de todo? Los pies son para andar, y, cuanto más jóvenes, más lejos, ¿a qué viene esa observación inequívoca, si no nos movemos del sitio? Estamos como claveteados. Si hubiésemos estado separados más tiempo, entonces sería otra cosa, opina el estudiante con coche propio. Si estoy a su lado, la voy a querer siempre. La habitación de Gabi en casa de sus padres, no me cansaré de repetirlo: una monada, peluches, fotos de revistas sin calor ni compasión, qué lástima que esta bella chiquilla no consiguiese reunir el número de puntos necesarios para el concurso de modelos amateur. La Gabi envió la foto en balde, lo importante no es participar y divertirse. Pero ahora la bonita foto le resulta de gran utilidad, se la hizo un fotógrafo que lo hace muy bien. La madre y el novio precisamente la están clavando, no, no la clavan en las cortezas de los árboles precisamente, sino que la pegan en los postes de la luz situados entre su casa y el pueblo vecino, e incluso van hasta más lejos. Aquí, más cerca, más cerca aún, sí, en la casa, ¿ven la habitación de una ingenua? Su padre se marchó hace ya años y ahora vive con otra, tres pueblos más allá en dirección a Mariazell. ¡Eso sí es una mujer!, se lo prometo, es una criatura casera, dulce, pero como de otro planeta, un planeta en el que los seres humanos presentan una composición distinta a la nuestra, extraños y desenvueltos, pues no se los puede envolver con nada; la segunda mujer de su padre ha desarrollado en una parte de las manos una especie de aletas. Los dedos se han ido uniendo hasta el último miembro, tiene un aspecto raro, pero es bastante habitual en esta región, en la que incluso los valles se lo montan entre ellos porque son muy pocos y no encuentran nada más con qué jugar que su propia rocalla, sus propios escombros, sus propios cuerpos. Las montañas juegan consigo mismas, y a veces juegan con los seres humanos cuando consiguen algunos. No, ¡no aparten ustedes la vista! Quiero continuar describiendo, pero esta vez algo completamente distinto, no muy lejos de allí. Yo, una acróbata, a la que no obstante no agrada acelerar el ritmo, lisonjeo desde hace muchos años esta región, con demasiadas palabras, cuidadosamente, ¿y qué me devuelve ella? Mis personajes desean abiertamente que fracase conmigo misma, pero yo siempre fracaso con ellos. Ya veremos si esta vez vienen en grupo ¡para machacarme! ¿Qué ven mis ojos? Esta región sólo ofrece imágenes de sí misma, imágenes que encima tengo que hacerme yo misma. Pero pronto voy a dejarlo.
Muy lejos, en cambio, muy lejos de mí, algo blando, como comida, si ustedes insisten puedo hacer que se la preparen ahora mismo: lo que hay ahí no es ningún bote, pero ahora tampoco necesitaríamos un bote, más bien un carrito de la compra. La mañana sonríe, todavía no ha leído el periódico. La madre, moviendo nerviosamente el cigarrillo que le cuelga en la comisura de los labios, habla por teléfono con el novio de la hija. Ambos muestran una inquietud creciente: ¿y si, tal como parece, fuera efectivamente cierto que la Gabi se ha marchado? Piensen ustedes en el buen humor que desapareció tan pronto ambos cogieron el teléfono, casi al mismo tiempo, por fortuna no el mismo, cada uno de los dos quería hablar con el otro. ¿Qué se gana con eso? Hablar es como ir de un lado para otro en un islote. Pronto se acaba porque enseguida queda claro que hablando no se entiende la gente. De modo que la técnica interviene cada vez con más frecuencia en la vida, nosotros no le hemos enseñado que el teléfono suene continuamente, como signo de una buena conversación, que esta vez apreciamos más porque cuesta dinero, así que la técnica interviene concretamente en forma de Para Elisa o de Sinfonía en sol menor de Mozart, sí, yo misma la he escuchado también. Y al terminar nos escupe pálidos y horrorizados, listos para el presentimiento de una factura de teléfono. Aquí la tenemos: tiene que cuadrar, ¡somos polvo! Sólo el polvo no se puede levantar ante semejante injusticia, la de tener que pagar especialmente para poder hablar. Salvo que soplemos con el mismo aire que queríamos utilizar para nuestras palabras hasta ponernos morados, ensanchar nuestra conciencia y ver cosas que no existen. El polvo se nos ha metido en casa, se ha colado por debajo: de los muebles, de la alfombra, de los pies. ¿Quién ha dado a la técnica el derecho a divulgar noticias que tal vez más tarde no sean ciertas? La técnica informativa lo ha hecho, esa revolución, bien tenía que hacerla alguien. No será nada. Una vez más no habrá sido ese teléfono, del que la Gabi está colgada porque tuvo una avería; con quién tuvo esa avería es, por esta vez, secundario, lo principal es que viva todavía. Vuelve a casa, Gabi, todo perdonado, adelante, pero no olvidado, ¿cómo vamos a olvidar algo que todavía no sabemos? Tal vez la Gabi haya pasado la noche en casa de una amiga, ¿de quién podría tratarse? Nunca contaba casi nada en casa, probablemente tampoco tenía un gran interés informativo y ni rastro de problemas. Preguntemos a sus compañeras de colegio de entonces, una de ellas, por casualidad, no, no por casualidad, trabaja en la misma empresa, en las mismas oficinas incluso. Formación comercial, eso confiere sentimiento de dignidad frente a una sociedad en la que sólo cuenta la propiedad, por lo menos uno sabe entonces quién la tiene y por qué, y así también se entera con exactitud de por qué razón no tiene uno nada. En todo eso los ignorantes se desenvuelven mucho mejor que los ya acomodados. Los ignorantes, a los que también puede llamarse ignominiosos, no pisan los bancos, pisan directamente a las personas, a las que chupan hasta la última gota. Bueno, gracias, tampoco fue mucho, así que ahora necesito a otro, uno para el camino, con ése apenas he notado nada, no me ha dado ni para un diente. Los enfermos incluso pueden amenazar a otros enfermos, y a menudo se dice también que esta sociedad está enferma. Ni idea de qué es lo que tiene. Normalmente no mucho. ¿Para qué pagar impuestos? Todo va bien sin hacerlo. También va bien sin valores nominales, o como se llame eso que uno tiene antes de que cualquiera añada tanto y cuanto a lo que uno igualmente no tuvo jamás. Si se hubiese tenido algo, seguro que más adelante hubiera sido menos, pero a veces ¡menos es más! No, esta vez no. Hasta que de repente la montaña se viene abajo para golpearnos, y para comprobar si efectivamente ha atrapado a doce personas, como castigo porque la han vaciado completamente por dentro. Por culpa de la explotación minera, que no sirvió de abono (aunque alimentó, eso sí, a muchos), sino más bien todo lo contrario: esta montaña, a causa de la explotación minera, que precisamente es la que ha hecho explotar a la montaña (¡el nombre le va que ni pintado!), pues bien, esta montaña queda con lo dicho clausurada. La montaña está cerrada. No, ustedes no pueden llevarse a sus animales, se quedan aquí, sí, los cerdos también. Al fin y al cabo algo tendrá que comer la montaña, digo yo. Tampoco quiere ser siempre la tonta de la película, así que ahora se lleva su cosecha, precisamente al valle, adonde jamás hubiese tenido que acercarse, a pesar de encontrarse allí la fonda. Es mejor que se resguarden rápidamente, ¡la montaña pesa más que ustedes! Llévense consigo sólo lo imprescindible, su libreta de ahorros, su talonario, documentos, dinero en efectivo y las fotos de los parientes, para que se sepa qué aspecto tenían antes, ya que ahora tendrán que instalarse en su casa, amontonarse con ellos, empaquetarse juntos y aguantarse, cosa que no han hecho hasta la fecha. Y eso durará hasta que, tras el largo viaje de la vida, los parientes, a los que debemos aplastar durante tres semanas, envejezcan antes de tiempo y sean prácticamente irreconocibles. El bote está lleno, no, ése no. En ése no hay nadie. Las plantas no necesitan absorber composiciones químicas complejas, como vitaminas o aminoácidos, que sí son indispensables para los seres humanos. Pero para los seres humanos la química también es necesaria, sin ella no pueden fabricar el pegamento para pegar sus cuerpos, para enriquecer sus suelos y atraer a sus compañeros sexuales mediante interferón, eeeh, quiero decir, mediante feromonas. Los seres humanos normalmente sólo quieren hacerse ricos, no quieren más que eso. Las mujeres, en cambio, quieren amor, para lo cual hacen falta más de una docena de elementos químicos, que para colmo después no funcionan porque uno se ha tomado dosis demasiado grandes de todo. Ni siquiera un simple pastel podría salir bien. Las mujeres en general desean vivir en monocultivo, es decir, dejando siempre que sólo uno cultive su pequeño campo, y así en ellos sólo crece siempre lo mismo, y eso nunca es suficiente para el escogido. O tal vez él no lo quiera, se sienta acorralado, quiera otra cosa, de alguien distinto. Con mucho gusto, aquí tiene usted lo otro, por suerte lo teníamos en stock. Por otro lado, tenemos a la mujer. ¿No es bellísima? Sí. Imposible alcanzarla. A ella le bastaría un determinado ser humano, pero no lo encuentra. Le gustan éste y éste, pero aquél no quiere. Nosotras las mujeres seguimos vacilando, inseguras sobre cuál debemos escoger. Lo revelaré: tiene que ser necesariamente el adecuado. Ningún otro puede ser tomado en consideración. No puede ser tan difícil, incluso en la lotería hacen falta seis como ése a la vez. Y ninguna cifra puede defraudar en el juicio final de cada semana, incluyendo sorteo el sábado por la tarde. Con las personas, la selección es infinitamente grande, alguno habrá ahí para ustedes, ¿no? Bueno, cójanlo de una vez, si a fin de cuentas da igual en qué especie de infelicidad acaba todo, y su especie, créanme, no va a extinguirse de ningún modo. De eso se ocupan, no en último lugar, las caderas forasteras de los Balcanes, afirma el canciller de antaño. Esperemos que tuviese razón. No puede ser sano que existan miles de posibilidades y que sólo se pueda tomar en consideración una. El tren partió, nadie nos lo comunica por los altavoces, con el pañuelo apretado contra la boca, de lo contrario se lo reconocería, a él y a su voz, que en realidad pertenece a una tal señora Chris Lohner y que se puede escuchar, repetida miles de veces, en todas las estaciones del país. Pero ¿quién nos escucha a nosotros? ¿Aún hay dudas? Pues bien, considero que: el suelo fresco lo contiene todo, todas las sustancias nutritivas, en cantidades suficientes, y si encima hay una casa, pues más cantidad todavía. ¡A pedir de boca! Antes de que se hunda en el colapso. Es únicamente una cuestión de tiempo, y de planificación familiar y empresarial, que se abra inmediatamente al lado una mina nueva, que se excave un nuevo agujero, ¡oh, no!, otra vez demasiado cerca de la superficie, de todos modos ya nos reprochamos haber causado tantos perjuicios a las personas de aquí, pues casi les podíamos morder los pies desde abajo. Ahora también hay voces, un pequeño coro a capella que dice que la morrena final, un efecto colateral, se vino abajo y provocó la catástrofe que desde hace millones de años se ha ido forjando, antes incluso de que la montaña fuera barrenada. Sí, colegas, el tiempo también tiene sus preguntas, aun cuando ya conozca todas las respuestas. Ya se sabe lo que pasa cuando simultáneamente se va para delante y para atrás, porque el tiempo está clavado en el espacio y por eso las personas tienen que viajar siempre tanto. Sabe lo que pasa cuando cantidades enormes de agua y lodo, en forma de malvadas morrenas, entran a chorro en el edificio de la mina y dejan sepultada a la gente que hay allí como a moscas en el ámbar, sólo que desgraciadamente eso no las hace más duraderas. El proceso es muy distinto. El ámbar se parece a una lata de conservas. El lodo es, bueno, es porquería, vamos, no está pensado para que la gente se pueda conservar en él, a no ser que lo haga voluntariamente, con la nariz apuntando hacia arriba para ver si hay algo de aire, ese aire que en otras circunstancias siempre lo ha arropado a uno tan maravillosamente.
Antes era un día completamente distinto, ¿no? ¿Me he equivocado de fecha quizás? El novio de Gabi limpiaba su coche y Gabi miraba cómo lo hacía. No se le permitía, por ejemplo, levantarse e irse o hacer otra cosa, algo tan interesante no se ve todos los días, hoy se da la oportunidad de enjabonar un coche y luego darle una ducha de verdad. Algo así sólo lo conocemos en las personas. Si estoy a tu lado, te voy a querer siempre, piensa el novio de Gabi, a quien conoce mucho más profundamente, pero aun así le gusta saber que la tiene cerca, y moja la esponja de nuevo, incansable. Sólo el que conoce la añoranza sabe lo que sufrimos cuando vemos un coche más rápido. Para compensar, el nuestro tiene que brillar y lanzar señales luminosas, aunque no quiera girar. El señor presidente del Estado federado de Carintia (Jörg Haider, claro) tiene un Porsche auténtico, desgraciadamente no está aquí, en Estiria, donde incluso las sensaciones han de aparecer en persona para dominarlo a uno. Las personas no guardan para sí las sensaciones, sino que las usan para importunar a los demás.
En eso la montaña se comporta igual. Cuando un ser humano está hueco por dentro, a menudo no se le nota enseguida, a la montaña no se le nota tampoco hasta que los escombros, que pesan toneladas, le zumban a uno en los oídos como las moscas, o cuando uno mismo sale volando apenas había podido aprender a andar. Se le resbalan a uno los pies junto con todo ese riquísimo suelo, ¿por qué iba a tener que quedarse la montaña donde estaba? ¿Acaso no estaba bien ahí? No molestaba a nadie, bueno, por lo menos a mí no. Más silenciosa que el silencio era esta montaña, salvo cuando los excursionistas revoloteaban por sus faldas, aunque ahora parece querer compañía y viene a nuestra casa abandonada, que inmediatamente arrastra consigo como nuevo compañero de fatigas. El que quiera puede irse, como ya dije: pero no a la montaña. Por supuesto que ella también puede irse, por iniciativa propia, ¿o es que la hemos incitado nosotros? Eso no nos lo habíamos imaginado, si no, la hubiésemos dejado en paz. Pero adónde habrá ido hoy la Gabi, a quien en principio le gusta salir, no necesariamente con su novio, aunque casi siempre sea así, porque si no, el chico se siente degradado. Es verdad que para esos casos tiene su coche, que está muy limpio, pero tiene que ocuparlo él solo. ¿Dónde estaba la Gabi cuando nadie la veía? Si calculamos, salen unos buenos ratos. La Gabi no puede haber desaparecido en otra dimensión y haber vuelto con un aspecto irreconocible, no, eso no puede ser. Ha desaparecido, créanme al menos a este respecto, incluso aunque antes haya afirmado otra cosa. La discoteca atrae, y afuera, en la oscuridad, tiene una que andarse con cuidado para que no venga uno y le meta mano en la raja de entre las piernas, uno que esté tan borracho que ya no sepa dónde es arriba y dónde es abajo, no importa. La mujer quiere poder disponer libremente de sí misma, por eso no se lo permite. No obstante, el borracho encuentra un punto determinado, incluso estando a punto de perder el conocimiento, siempre, golpea a la mujer en la cabeza y la libera del escozor de la sabandija, esa misión le había sido encomendada. Precisamente a él. No le podía suceder nada mejor a la mujer, considera el borracho cuando se observa y la observa, libre de prejuicios. Ya puestos, también podría matarla inmediatamente, porque de no hacerlo, podría reconocerlo, ¿quién, salvo a ella, podría proporcionarle ese placer? Al fin y al cabo todo es placer, como dicen en la televisión, y, de todos modos, esta mujer amaba más su figura y su peinado que a cualquier ser humano. Pero fue hecha y alimentada para un único ser humano, al que por casualidad ya ha encontrado. ¿No tengo razón? Ese chico es exactamente su ideal. En adelante, la madre le prohibirá a Gabi que salga sin decir adónde va, tendrá que decírselo a ella o a su novio, eso es lo que se propone la madre durante este desayuno tomado nerviosamente, durante el que escucha, no sólo la voz de su estómago, sino también su voz interior de madre. Más tarde tiene turno, irá en bicicleta a coser sujetadores en una fábrica que se encuentra en tierra de nadie, o ya en territorio enemigo (los sentimientos enfrentados de las mujeres, hijo o trabajo, enemistad o servidumbre, huevo estrellado o revuelto. Seguro que es difícil tomar una decisión. ¡Qué bonito es mirar las estrellas! ¡Pero qué bien que además le revuelvan el alma a una! Pero eso pasa más bien en la televisión, donde las personas derraman su ser y después no quieren pasar el trapo. Tampoco tendrían tiempo para ello, enseguida uno se les abalanza encima entre sollozos y, ante millones de personas, suplica perdón por algo o por nada. ¡Ay! Estamos al corriente. No es la realidad, en ella sentiríamos aún la mano que nos aleja de la vida, mientras que en la televisión simplemente se ve, no hace daño) entre dos localidades, más exactamente entre una localidad y un lugar. Allí tan sólo hay una parada de autobús, ninguna otra cosa que pudiese atraer a alguien, que a su vez tuviese que atraer a otro alguien con ayuda de fajas, corsés y sostenes. Eso nunca está de más, para que la humanidad no se extinga, porque de hecho para eso se les ha dado a las mujeres su cuerpo, normalmente anguloso, como panales de abeja, y las abejas ya se marcharon para siempre. ¿Y ahora cómo se puede meter una nueva forma en ese cuerpo? El penúltimo modelo de la forma se puede encontrar a precios de chiste, por lo que ya está agotado. No, su tamaño de copa no existe. ¿Por qué no se da unos revolcones en el suelo hasta quedarse plana y así le irá bien la copa B? Aunque este artículo también se ha agotado, según veo. Pregúntenos de nuevo dentro de media hora. Así pues, ahora las mujeres también deben ocuparse además de la protección del subsuelo, no, del suelo, para que las partes de su cuerpo estén presentables como es debido. A tal efecto disponemos de varias tallas en oferta, y recientemente incluso de tallas intermedias. Hasta que lleguen las tallas completamente nuevas y las máquinas de cortar hayan sido adaptadas. En toda Europa la gente tiene ahora que volver a tomarse medidas, pues sus cuerpos han cambiado en los últimos años. Eso me infunde coraje: precipitadamente consideraba, como tantos poetas, que las cuestiones relativas a la creación ya estaban terminadas y quería poder consagrarme tranquilamente a ellas. ¡Y ahora tengo que verlas otra vez con nuevos ojos! ¡Qué absurdo! No hay sedimento de mujeres trabajando aquí, todo lo contrario, aquí hay trabajo codiciado, bien pagado, repleto de horas extra. La mamá es un consorcio y vigila a sus hijos. ¿Por qué son tan guapos los niños? Porque son lo que siempre fueron, sólo que antes no sabían que se pueden hacer guapos a sí mismos, creían que la belleza no es algo que se hace, sino algo que se recibe de la naturaleza. Eso sería genial, en ese caso sólo tendríamos que convencer a la naturaleza para que viniese aquí y para que hiciese su trabajo en nosotros. Pero no lo hace. No es raro que sus rocas nos reduzcan a escombros cuando le planteamos semejantes cuestiones irresolubles: hacer seres humanos y encima hacerlos guapos. ¿No es cierto que todos los demás tienen que pasar por la perfumería? ¿Por qué nos arreglamos entonces? En la droguería de cualquier ciudad pequeña encontrarán ustedes más belleza de la que una estrella de cine pueda utilizar en toda una vida. La naturaleza lucha para que no se note el desgaste, pero no puede convertirse siempre en el engaste de un anillo de diamantes de por lo menos medio quilate.
La Gabi no confía en la naturaleza, ha visto demasiadas canalladas provocadas por la naturaleza en esta región, que a ella no le dieron guerra, pero anda que a nosotros… Ella, la Gabi, había acumulado una colección entera de sombras de ojos, rímel, maquillajes y lápices de labios, hoy en día es pura imbecilidad e inconsciencia que las niñas de cuatro años no se pinten las uñas, pero lo hacen, pues siempre hay algunas que han empezado a hacerlo, y así lo hacen las demás: siguen el ritmo de nuestros pasos y de nuestra conducta permisiva. También existen otras, pero uno no las quiere reconocer. Para eso al fin y al cabo vamos al jardín de infancia, para permanecer eternamente jóvenes y seguir aparentándolo después. Hasta que llegan las obligaciones ineludibles, que nos cuestan tanto tiempo que no nos queda tiempo cuando nos haría tanta falta. Así que no siguen el ejemplo de las golondrinas, que en lugar de eso se construyen laboriosamente sus casas en las paredes de viejos establos. O sea, que los pobres laboriosos pajaritos, en realidad, no han robado sus casas. ¡Con lo que tienen que currar! Los hijos pueden ir a donde les plazca, querida señora, y su hija está a punto de cumplir los sweet sixteen; para la gendarmería un caso como cualquier otro, en realidad, no hay caso todavía, espere uno o dos días más, ya sabemos de qué va, una joven fugitiva, una nota en la edición local del periódico con interés únicamente para los habitantes de este pueblo o de los pueblos vecinos. En la capital de la comarca ni siquiera todos conocen el bonito nombre de cierto pueblecito, el suyo, ¿y ahí quiere precisamente usted certeza? ¿Sobre el paradero de su hija? Para el resto de nosotros, otra clase muy distinta de personas escapan a las cámaras, las fotografías y las radiografías, por ejemplo la princesa Carolina con su hija recién nacida saliendo del hospital de Vöcklabruck. Desaparecen, así de sencillo, una fuente de preocupaciones o bien de diversión, según lo que esté de moda en esos momentos: no, me equivoco, se trata siempre de diversión, sí, hacemos algo y desde el principio lo hacemos correctamente, de dos en dos o con más. Se sabe de dónde vienen todos ellos, son hijos del país, de las discotecas rurales, donde a medianoche los hijos de los carpinteros y las hijas, a las que por fin también hay que cepillar, se desnudan y se muestran los unos a los otros sus filetes de cerdo biológico (¡alimentados a mano! Mejor no tener que montárselo en el pajar y ensuciarse, ¡mejor encima de la nueva moqueta de color beige!), es que ellos saben lo que quieren: la vida en la gran ciudad, sin tener que ir expresamente hasta allí. No hay ya ninguna diferencia en lo que se refiere a distracciones, allá donde estemos sólo nosotros, sólo nosotros, todo será grande y bello. En realidad nos ayudaría poder estar al mismo tiempo en todas partes. Y aquí lo tienen ya: ¡su placer! No obstante se sienten, no sé por qué motivo, acorralados, y quieren marcharse lo antes posible de aquí, y donde sea que vayan a parar, los hijos de los pueblos nada reciben, nada que otro no tenga también. E incluso sigue existiendo un legítimo derecho a nada, que es reclamado sin falta en cuanto el primer pezón rosado sisea bajo la tecnoluz estroboscópica para extinguirse de inmediato en una boca húmeda. Chumpa chumpa chumpa, retumban los bajos. Y los hijos de los Alpes, puestos hasta el culo, se desabrochan los pantalones megamodernos, que se han adentrado ya hasta en el último valle de la montaña, pero no por su propio pie, para eso eran demasiado flojos, siempre tenía que haber alguien dentro, alguien que nadie conocía, y los dejan caer caderas abajo, ¡hebilla del cinturón: fuera! ¿Dónde está tu aguijón, quiero decir: tu púa? ¡Enseña lo que tienes ahí abajo!, y muestran rabos y tetas como Dios los trajo al mundo, la mayoría de las veces sin mucho cuidado, otra vez había demasiada gente en la tienda haciendo cola, también querían comprarse algo en el outlet de una megastore gigante. Guay, Dios, nadie te va a soltar un que-dios-se-lo-pague a cambio de que esta muchacha de catorce años tenga ya las tetas caídas como dos bolsas de la compra, para compensar, el resto de su cuerpo está prieto y henchido, ¡oh, no!, ahora me vomita a los pies, y encima hay uno que se cae ahí, justo en medio de la vomitada, enseguida se largará, aliviado, con su coche. Mi opinión es que Dios tendría que haber hecho horas extra y haber creado algo mejor. Algo bonito, como montaña, valle, un león y un coche Jaguar y un lago y cierta cantidad de música acompañándolo todo, más vale que sobre que no que falte, siempre, no, este lago no, no se cuelguen las medallas de otro, el lago lo ha hecho alguien distinto, pero, Dios, por mí podría usted haber hecho mucho más a menudo cosas de ese estilo. Pero el lago lo han hecho los hombres, que sin embargo ahora ya no me gustan, dice Dios, después de todos estos años han dejado de ser modernos. Su tamaño ya no es el que debería, ni tampoco su aspecto. Me compraré la revista nueva para poder hacerlo mejor. Realmente la diferencia tampoco es tan grande, creo, realmente esta vez tengo razón en ese aspecto. La gente de ciudad y la de campo se aproximan unos a otros a velocidad vertiginosa, en algunos países ya ni siquiera existe el campo, la gente lee las mismas revistas y todos llevan puesto lo mismo, no quedan más que dos empresas que lo producen todo, y pronto no va a quedar ya más que una, que se adorna de muchos nombres, ¡oh!, se adueña, quiero decir. Es el destino de los seres humanos… acabo de olvidar ahora cuál, y unos cargan con él antes que otros, para compensar o bien se acaba antes o bien se pasa de moda. A fin de cuentas lo que cuenta únicamente es la carne abundante, rica y buena, que, como no se puede comer, se lanza en los locales una y otra vez, y otra más encima del mostrador, y se tasa y se pone de vuelta y media si no se ajusta a nuestras expectativas. Incluso la fábrica de fajas es en eso más indulgente con nosotras las mujeres, que necesitamos algo distinto a los hombres. Los cuerpos están inflados en puntos diferentes por obra de una prensa ávida de sensaciones que no respeta en absoluto los sentimientos, y los sentimientos son al fin y al cabo la sal del cuerpo. En cualquier caso, después habría que volver a casa en taxi, es lo más sano para todos, sobre todo para el conductor del taxi.
Por ahí va una mujer de mediana edad que un día parió a la Gabi, una teenager rebosante de alegría, eso es lo que es, como todos los otros también, una persona joven que prefería estar acompañada, no importa por quién, antes que sola, y un chaval joven que en estos momentos todavía está estudiando en un instituto de formación profesional, van saltando de poste de la luz en poste de la luz (cuando se pudren, son sacrificados y se plantan otros nuevos, como ardillas trepan entonces por ellos los nuevos hombres de la Ina Deter, que son lo que el país necesitaba, el señor Janisch jr. entre ellos, también él padre ya de un niño en edad escolar, con lo joven que es. Un último chorro de leche, ordeñado en una divertida noche en un local de baile, y después: pausa en la programación, fin de la programación y ¡se acabó!), y los dos juntos van pegando por ahí carteles que llevan el rostro de Gabi, una copia en blanco y negro de una fotografía de estrella original, sí señor, y encima fue seleccionada, pero desgraciadamente fue devuelta por el destinatario, y ahora todo el mundo lo puede leer, quiera o no quiera. Estas fotos no se pueden esquivar. Es por la tarde, el sol ya calienta mucho. Las chinchetas penetran solícitamente en la madera calafateada de los postes, que lo soportan pacientemente y con la cabeza bien alta. Por fin son importantes, no sólo para la luz y el teléfono (¡ambos imprescindibles en las tragedias! Mirándolo bien, podrían suceder cosas mucho peores, y todos lo verían con pelos y señales, y seguro que saldrían corriendo enseguida para contarlo. Y así es como enseguida lo tenemos todo junto cuando un hombre se quiere reconciliar con su novia en la televisión y ambos lloran lloran lloran tan fuertemente que la electricidad casi no da abasto). La madre y el novio de Gabi lo han sabido enseguida: ahí hay algo que no cuadra. La Gabi no desaparece así, por las buenas, sin decirnos por dónde quería desaparecer. La existencia es una historia criminal, es increíble lo que le puede llegar a pasar a los seres humanos, la mayoría de las veces son pequeñeces, pero precisamente a éstas hay que echarles una ojeada, a la segunda ojeada las personas dejan de tener el más mínimo interés. Bueno, para mí no, pues yo vivo de su diversidad, que en efecto da más trabajo. No puedo definir a nadie como aburrido, y, si lo hago, entonces debo explicar prolijamente por qué. ¿Y por qué razón ambos, madre y yerno en ciernes, tienen tan mal presentimiento? Ya desde muy temprano. Recorren el camino que Gabi hace normalmente con el autobús o con la bicicleta, incluso paran a los conductores y preguntan. Ambos van a ir tan lejos, que llegarán a pie hasta la capital de la comarca, donde la empresa de construcción, el patrón de Gabi, se extiende bajo la lona celeste sobre el verde campo que limita todas nuestras ciudades, también las más pequeñas de ellas, sí, ¡sobre todo ésas! Sólo allí los aparcamientos para los clientes y para los trabajadores no cuestan nada, pues ya el suelo no costó nada. ¿Para qué ubicarse allí entonces? Carretera polvorienta, bancal cubierto de papeles para animales muertos, yo no quiero anotar una y otra vez lo que sucede aquí, pero debo hacerlo. De vez en cuando se llevan un siniestro total a remolque. A los heridos también hay que evacuarlos, no pueden dejarse ahí tirados. Ahí dejan su sangre, una parte de ella, y la modestia de sus pertenencias, allí un bolso medio abierto de mujer, llaves, bolsa desgastada, un pequeño talismán en el asa, un osito de peluche, por lo menos eso vive todavía. Sí, cuando uno conduce, tiene que prestar atención, siempre hacia delante, pero de vez en cuando también al espejo retrovisor, ¡no se olviden, por favor!, y uno debería dar crédito a sus ojos si aparece un camión a ochenta por la curva, ¡va en serio!, si viene por detrás, grande como diez búfalos, y le coge a uno con el cuerno antes de haber oído los resoplidos. Las carreteras comarcales son aquí carreteras sangrientas, y el paisaje es circulación sanguínea. Por eso también nosotros circulamos siempre en círculo y nunca llegamos a ningún sitio: porque no hemos entendido el mapa.
Las flores siguen floreciendo ahora. Nadie se las lleva de paseo sin haberlas matado previamente. Pero manos queridas esperan ya, y se alargan, tal vez sí habrá una nueva joya por añadidura. A mí nunca me habló de ningún problema, dice el novio de Gabi a la gendarmería, que prefiere mucho más abrir nuevas sendas en el control del tráfico que perseguir a las personas por sus viejos caminos trillados y gastados hasta llegar a lo más privado. Hay que atraparlas a tiempo antes de que desaparezcan o resulten aplastadas en la carretera de tal modo que no se las pueda ya ni reconocer. Actualmente en los distintos distritos se están organizando poco a poco patrullas de tráfico propias, que fueron equipadas —¡incluso con coches civiles! Sísí, ándense ustedes con cuidadito, aquello que se parece a ustedes mismos y a su pequeña y familiar embarcación para la vida, en la que ustedes embarcan puntualmente cada día a primera hora para darle vida con unas chispas divinas y un poco de gasolina del pulverizador, cuidado: detrás de eso puede esconderse un lobo impetuoso en un BMW— con los medios técnicos indispensables. Perspectivas completamente nuevas se abren también gracias a la posibilidad de utilizar desde 1991 pistolas láser en el control de la velocidad. Ahí, por ejemplo, hay uno, que no es Dios, y dispara. Increíble, ¡formule de inmediato una protesta formal! Cómo que necesitan ustedes más luz, ya saben, eh, que circulaban demasiado deprisa. El cabecilla dedo ágil no necesita mucho más que ese dedo en la cámara-pistola para lograr con el objetivo un efecto radical (y duradero, ¡hay una foto de recuerdo!), y el objetivo es siempre usted. Para qué entonces la pistola, si ya lo podemos calcular a ojo de buen cubero, ésta que acaba de pasar iba a ochenta. Nonono, hoy en día ya no es tan fácil. Iba a noventa y cinco. El aparato ha hecho un esfuerzo brutal. Queremos saberlo con total precisión, y la legalidad de todas las medidas para la persecución de delitos hasta ahora permitidos sigue vigente, también tras la entrada en vigor de la ley para la policía judicial, ¡o sea que prepárense! Una garganta estimulante, un gaznate estimulante se pueden oprimir o rasgar rápidamente sin más arma que el ojo enigmático, que encuentra la región que la muerte gusta de visitar para un picnic de pareja, aun cuando sólo sea un par de segundos, eso le basta. Sí, aquí se puede vivir, piensa para sí la muerte, esa carne todavía es nueva o está casi como nueva. No me estaba esperando, bueno, me presento sin avisar, y nadie se va a enterar. Bien puedo venir una segunda vez puesto que a la primera no me ha visto nadie. Tal vez en la próxima ocasión incluso vendré a plena luz del día, a la que no tengo que temer. La primera vez no me pillaron, pese a que para cubrir con una presencia mínima patrullaban en el sector dos funcionarios. Afortunadamente la muerte sabe, ya que se le informó personalmente, por dónde fisgonean todas las patrullas: nadie me asusta y cumplo con mi deber, dice, o también puede decir: lo que hago está siempre bien, soy mi última propia instancia, de modo que no hay derecho de inhibición que valga, en ningún tribunal de justicia. Puedo ver cómo el desasosiego se apodera de ustedes. Se preguntan ustedes para qué existe algo con lo que no hay negociación posible; ustedes negocian incluso en la tienda de electrodomésticos y en la bricotienda, ¡incluso con el propio gendarme!, y consiguen muchas cosas más baratas de lo que habían pensado, piensen por ejemplo en su barbacoa para el jardín, un artículo de muestra, que si embargo no mostraba ninguna tara. A mí me conseguirán incluso gratis, pero lo que ustedes compraron previamente lo convertiré yo a cambio en algo absolutamente devaluado. Así que de momento no lo compren, compren mejor una vela, por dos chelines y medio, a alguien le servirá, ¡sólo para ustedes! Bueno, quién va a prestarles ese servicio, todavía no veo a nadie que esté dispuesto a hacerlo. Por favor, disfruten mientras puedan, para conocer así a más gente que haga algo así por ustedes. Con la diversión, por desgracia, la gente nunca escucha, incluso cuando se les grita al oído, por puro placer. Una elocución pasada de moda a estas alturas, este pasaje debería suprimirse entero, creo, pero entonces quedaría todo demasiado corto. Los gritos de la pasión, ese griterío con el que los genitales, nuestros súbditos, se dilatan como si fuesen ranas y se les inflase más aún, casi como lo están ya sus propietarios, bueno, al fin y al cabo nosotros seguimos siendo todavía los dueños de nuestros cuerpos, ¿no?, esos gritos deberían entonces adaptarse al uso actual del lenguaje, ¿no es así?, así que, por ejemplo, ya pueden olvidar esa regla de que uno debe dirigirse a un gendarme tratándolo de usted. Y cuando éste les empotre sin miramientos su floreciente capullo entre las piernas, les aparte a un lado los molestos muslos con sus manos como palas, y las arrastre hasta los matorrales, a ser posible de inmediato, antes de que ustedes se hayan dado cuenta de quién se trata, golpeándoles en el pescuezo para que bajen involuntariamente la cabeza y se callen la boca, pues ustedes todavía no saben suficiente alemán, nuestra lengua nacional, para entonces, el gendarme ya tendrá la cabeza en otra parte, cerca de alguien que se mantenga con firmeza como un edificio y no ande todo el día peleándose como ustedes, bueno, pues entonces podrán ustedes tratarle tranquilamente de tú y llamarle Kurt, ¿y él dónde está? ¿Y dónde estamos nosotros? Quizás ustedes ni siquiera lo conozcan todavía. Eso sí que es mala suerte. Ya pueden ir dirigiéndose también a solas con él a la celda, y no precisamente para rezar, en fin, yo en su lugar no lo haría.