Capítulo Ocho

Al día siguiente, no volvieron a verse hasta la hora de la cena. Por la mañana habían tomado un desayuno rápido en el hotel y luego habían quedado en reunirse a las siete. Mientras se ponía la corbata, Ramsey reconoció que había echado muchísimo de menos la compañía de Alexis durante las horas en que había estado asistiendo a seminarios y conferencias. Para él era un auténtico misterio lo que sentía por aquella mujer.

Después de sacudirse las mangas de la chaqueta del traje, recogió sus cosas y llamó a la puerta de Alexis. Ella abrió enseguida, y él se quedó sorprendido por lo bellísima que estaba.

Últimamente prefería dejarse el cabello suelto en lugar de recogérselo en un moño. Ramsey se preguntó si aquel hecho tendría algo que ver con la relación que empezaba a gestarse entre ambos. No obstante, esta vez Alexis había vuelto a vestirse con aquella elegancia casi victoriana que la caracterizaba. Llevaba una falda color vino y una blusa blanca con el cuello de encaje. Sin poder evitarlo, Ramsey se preguntó si debajo llevaría el liguero de lacitos rosa que tanto lo obsesionaba.

—¿Preparada para ir de fiesta? —preguntó atropelladamente y tan deprisa, que no estuvo seguro de si Alexis había podido entender la pregunta.

Ella se inspeccionó la ropa y comprobó que todo estaba en su lugar.

Comprendió que las hormonas hiperactivas de Ramsey debían de estar alborotadas, como de costumbre. Sonrió algo intranquila y respondió:

—Sí, estoy preparada.

Sin embargo, Ramsey tenía en mente algo más que una simple cena. Después de tomar el café y el postre, trató de convencer a Alexis para que se llegaran al casino a jugar un rato. Ella le aseguró que semejante pasatiempo no estaba en su agenda, y que lo que de veras deseaba hacer era retirarse a su habitación a leer una novela mientras él asistía a uno de los seminarios.

—No, no te meterás en tu cuarto —dijo él—. Te aburrirás como una ostra —se llevó la taza de café a los labios y tomó un gran sorbo antes de continuar—. Estás en Atlantic City, y no se te ocurre nada mejor que encerrarte a leer. ¿Te das cuenta de que eso es un disparate?

—Pues no —respondió ella fingiendo sorpresa—. No considero disparatado leer una novela sean cuales sean las circunstancias. Me parece que, como escritor, debería molestarte el menosprecio que alguna gente muestra hacia los libros.

—No he querido decir eso, y lo sabes —Ramsey alargó el brazo y le tomó suavemente la mano—. Sólo estoy diciendo que, aparte de leer, hay otras muchas cosas en la vida. Alexis retiró la mano y colocó la taza de café en el plato.

—Sí, tienes razón. El arte, la música, la buena comida, la deliciosa fragancia de un ramo de flores recién cortadas, la suavidad del terciopelo… —se interrumpió bruscamente al comprender que, probablemente, ambos estaban pensando en la última vez que Ramsey había disfrutado del tacto del terciopelo… entre otras cosas.

—Vamos, sigue —la apremió Ramsey, con los ojos verdes inflamados por la pasión.

Alexis se enderezó en la silla y jugueteó con una migaja de pan que había en el mantel.

—Y, por supuesto, también se puede disfrutar de un buen libro en la habitación de un hotel mientras el resto del mundo parece haber enloquecido.

—El resto del mundo, no —corrigió Ramsey—. Sólo la gente de Atlantic City.

Resulta difícil no dejarse arrastrar por la locura en esta ciudad.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Cómo puedes haberte dado cuenta, si no has salido del hotel desde que llegamos?

Alexis lo miró a los ojos con aire de incredulidad.

—¿Para qué voy a salir del hotel? Dentro ya hay bastante caos.

—Alexis —Ramsey trató de ser paciente mientras explicaba algo que para él era evidente—. Fuera del hotel se celebra una convención. Una convención de escritores de misterio. ¿Te das cuenta de que los que escribimos ese tipo de literatura solemos estar un poco chalados?

—Sí, claro. Tengo entendido que a veces mostráis tendencias un poco extravagantes —afirmó Alexis con voz tranquila.

—Los hay que son peores que yo, te lo aseguro —ella adoptó una expresión adecuadamente preocupada—. Lo que intento decirte es que en esta ciudad existen más cosas aparte del brillo y la excitación del casino.

—Me fío de tu palabra.

—Más que eso, Alexis. Esta noche, iremos a dar una vuelta por el paseo marítimo. Algunos aseguran que es como pasear por el lado salvaje.

Con la vista clavada en el resto de café que quedaba en la taza, ella susurró:

—Estupendo. Estoy deseando comprobarlo.

Si alguna vez le hubieran dicho que, en cierto momento de su vida, se vería paseando por una playa de Atlantic City de la mano de un escritor, Alexis hubiera recomendado un buen psiquiatra al autor del comentario. Ahora, por supuesto, Alexis hubiera considerado a dicha persona un profeta incomprendido.

Ya había oscurecido cuando salieron del hotel, aunque la ausencia de luz solar no parecía desanimar a la gente. El paseo marítimo estaba absolutamente atestado de público, igual que por la tarde, y Alexis se maravilló ante la variedad de personas que vio a su alrededor. Elegantes caballeros en traje de etiqueta caminaban junto a ancianos vestidos con ropa totalmente anticuada y jóvenes melenudos ataviados a la última moda. En conjunto, todo aquello le pareció fascinante.

—¿Lo ves? Ya te lo dije —comentó Ramsey conforme pasaban junto a un grupo de jóvenes que cantaban y bailaban alrededor de un equipo de música portátil mayor que el que Alexis tenía en su piso—. Es el espectáculo más pintoresco del mundo.

Ella sonrió. Desde luego, la actividad que se apreciaba en aquel lugar no distaba mucho de la de un circo.

—Tienes más razón de lo que imaginas. Esta noche, he visto payasos, acróbatas, e incluso animales salvajes —dijo Alexis, mirando con fijeza a su acompañante.

Ramsey enarcó las cejas y murmuró:

—Bueno, ¿y cuándo piensas domarme? Da la casualidad de que incluí un látigo en mi equipaje.

Alexis se echó a reír, sin poder evitarlo. Recordó que Ramsey Walker era un hombre que se enorgullecía de su condición de solitario y que se entregaba a cualquier mujer interesada en vivir una aventura. Lo cual, naturalmente, iba en contra de los principios de Alexis. Aunque pudiera restar importancia a las diferencias existentes entre ambos, seguía habiendo un par de detalles que le impedían caer en los brazos de Ramsey.

En primer lugar, era un escritor, un hombre que se ganaba la vida mediante una actividad de índole creativa. Por lo tanto, no contaría con la aprobación del padre de Alexis. Ella misma no estaba segura de poder confiar plenamente en él. Además, Ramsey no ocultaba sus intenciones de seguir soltero. Y Alexis necesitaba a un hombre que le fuera fiel y viviera con ella durante toda la vida.

Era muy consciente de que no podría envejecer sola, sin un hombre a su lado.

Sus padres habían sido muy felices juntos, y Alexis deseaba disfrutar también de dicha felicidad. Incluso esperaba tener hijos, a los que enseñaría a apreciar las cosas maravillosas que podía ofrecer la vida.

En definitiva, quería un hombre con el que poder hacer planes de futuro. Un hombre bien situado, con una posición lo suficientemente estable como para formar una familia sin dificultades. Un hombre en el que pudiera apoyarse. Un hombre, por lo tanto, formal, sencillo y adecuado. Y Ramsey Walker jamás sería ese hombre, por mucho que ella lo deseara.

—Alexis, yo…

La voz de Ramsey traspasó las brumas que envolvían su mente. Alexis se volvió para mirarlo, lamentando que fuese un hombre tan poco ideal. No obstante, si Ramsey había tenido la intención de decir algo, se lo guardó para sí, pues cerró la boca sin terminar la frase.

—Vamos a tomar un café —dijo por fin—. Conozco una cafetería griega situada al final del paseo marítimo. Sirven un café expreso estupendo.

Alexis asintió con la cabeza y sonrió.

—Me parece perfecto —dijo, ignorando lo tarde que era, tratando de no pensar en el hecho de que jamás habría nada entre ellos dos—. Luego, podemos dejarnos caer por el casino. La ruleta me pareció muy interesante. Además, ¿en qué consiste el juego llamado «veintiuna»? Llevo todo el fin de semana oyendo hablar de eso.

Ramsey se echó a reír. Luego le rodeó los hombros con el brazo.

—Te has convertido en una auténtica jugadora, ¿eh, Alexis?

—Pues sí —contestó ella, dándose cuenta de que era cierto. En el fondo de su mente, no obstante, sólo esperaba poder recoger las fichas y retirarse del juego cuando las apuestas se hicieran demasiado altas.

Era la primera vez que Alexis se pasaba toda una noche sin dormir. Ramsey y ella se hallaban sentados en un banco de la playa, justo enfrente del hotel, contemplando cómo las primeras franjas púrpura del amanecer se dibujaban en el horizonte. Alexis pensó que aquel fin de semana había hecho cosas que hasta entonces desconocía.

Junto a ellos había una botella de vino vacía. Aquello también había sido algo nuevo para ella: había infringido dos leyes. En primer lugar, habían sacado la botella de vino del casino, lo cual estaba totalmente prohibido, y luego se la habían bebido en la playa. Ni siquiera se habían molestado en llevarse unos vasos. Habían bebido al gollete, pasándose la botella como si fueran un par de vagabundos borrachines.

Alexis sonrió. En otro momento, aquella imagen de sí misma le hubiera resultado inaceptable. Pero lo cierto era que se había divertido inmensamente.

—¿En qué piensas? —preguntó Ramsey en voz baja.

Estaba en mangas de camisa, pues le había pasado a ella la chaqueta para que se protegiera de la fría brisa del mar. La corbata le colgaba del cuello abierto de la camisa. Alexis recordó que había sido ella quien le había desabrochado los botones y se sonrojó.

Unas horas antes, alrededor de las cuatro de la madrugada, habían estado en un bar donde tocaba un cuarteto de jazz. Mientras la banda interpretaba la última canción, Alexis notó que se había enamorado. Se había enamorado de Atlantic City, de la conducta alocada de la gente… y también de Ramsey Walker. La verdad es que no le sorprendió lo más mínimo darse cuenta, aunque sí se preguntó qué iba a hacer al respecto.

—¿Alexis? —volvió a preguntar Ramsey.

—Estaba pensando en que he pasado una noche… diferente —admitió Alexis por fin.

—Sí, pero, ¿te has divertido o no?

—Por supuesto —respondió entusiasmada—. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. Nunca me había quedado levantada toda la noche.

—Venga ya. No me lo creo.

—Es cierto.

—¿Ni siquiera cuando ibas a la universidad? ¿No se quedaban tus compañeras despiertas toda la noche, hablando de los chicos y alardeando de lo que habían hecho con ellos? Alexis agachó la cabeza y entrelazó las manos.

—Las demás solían hacerlo. Pero yo no tenía historias que compartir con ellas.

Por lo general, me quedaba en mi habitación haciendo los deberes.

Ramsey se quedó mirándola, pensativo.

—¿Qué me dices del tipo que casi llegó a ser novio tuyo?

—¿Brian? —preguntó ella sorprendida—. No, de eso no podía hablar. Él y yo…, en fin, compartíamos algo que no me apetecía contar a las demás chicas. A pesar de cómo acabamos al final, tuvimos una… —se encogió de hombros—. Bueno, por entonces, yo pensaba que teníamos una relación muy especial.

Ramsey no acertaba a comprender qué era lo que consideraba ella «especial».

No era un hombre que fuera alardeando por ahí de sus conquistas, pero tampoco había sentido nunca por una mujer algo tan importante como para no poder compartirlo con los amigos.

—Además —siguió diciendo Alexis—, en realidad tampoco había mucho que contar.

Antes de que Ramsey pudiera responder, un grupo de ruidosos surfistas los animó a irse a charlar a otra parte. Pidieron café en un puesto del paseo marítimo y se fueron con las tazas a la baranda para contemplar la salida del sol. Ninguno de los dos dijo nada mientras el fogoso astro se elevaba en el horizonte, sino que le dieron la bienvenida en silencio.

Ramsey pensó que algo había cambiado en el transcurso de la noche. No estaba seguro de qué había sucedido, pero su relación con Alexis había dado un giro de ciento ochenta grados. Se alegró. No, se sintió eufórico.

Cuando el sol se separó por fin del océano, Ramsey rodeo la cintura de Alexis con el brazo y le dedicó una dulce sonrisa. Habían pasado una velada estupenda juntos. Tal vez ella no fuera una dama estirada, al fin y al cabo. Tal vez aún había esperanzas para Alexis Carlisle.

Ramsey abrazó con más fuerza a Alexis y, al comprobar que ella no hacía el menor intento de resistirse, esbozó una ancha sonrisa. Se dio cuenta, en ese momento, de que estaba deseando ver qué les traería el día que acababa de empezar.