Capítulo Seis

Cuando llegaron al edificio de apartamentos, tres cuartos de hora más tarde, Alexis no pudo evitar sentirse abrumada por el recuerdo de lo que había sucedido en la escalera hacía tan sólo una semana. Pensó que si abría la puerta con la mayor rapidez posible, sin invitar a Ramsey a tomar una copa, aquella escena no volvería a repetirse. Luego, de repente, se le ocurrió una idea un tanto perversa. Tal vez, pensó astutamente, la mejor manera de tratar a Ramsey Walker era tomando la ofensiva.

Quizá si pasaba de ser el cazador a convertirse en el cazado, acabaría huyendo con el rabo entre las piernas. Desde luego, a Alexis le encantaría presenciar semejante escena.

Después de subir el último escalón, agitó las llaves y se giró hacia Ramsey con la sonrisa más deslumbrante que pudo esbozar.

—Supongo que querrás entrar a tomar una copa antes de retirarnos a dormir —

dijo suavemente, pestañeando con aire provocativo—. ¿No te apetece, Ramsey?

Él se quedó perplejo, tanto por la propuesta como por la expresión del rostro de Alexis. Le pareció más hermosa y deseable que nunca. Estuvo apunto de tropezar y caer escaleras abajo para aterrizar delante de su propia puerta.

—¿Perdona? —murmuró, a falta de algo mejor que decir.

Alexis siguió sonriendo. Oh, sí. Ella también podía jugar al juego de Ramsey Walker.

—Te estoy invitando a una copa —repitió—. Creí que te gustaría tomar un coñac… o algo… antes de retirarnos a dormir.

Una excitación que jamás había experimentado con anterioridad comenzó a recorrerle el sistema nervioso a la velocidad de la luz. ¿Realmente se había atrevido a hablarle a Ramsey en aquel tono coqueto y seductor? ¿Y por qué disfrutaba tanto haciéndolo?

—Pues… sí —respondió Ramsey—. Me encantaría entrar a tomar algo antes de… irnos a dormir.

Durante un fugaz instante, Alexis tuvo la impresión de que había logrado confundirlo. Pero, de repente, el desconcierto desapareció de los ojos de Ramsey, reemplazado por un brillo casi impúdico. Le quitó las llaves de la mano, cuyos dedos se habían quedado repentinamente rígidos, y procedió a abrir la puerta. Alexis se preguntó, con cierto temor, si no habría mordido más de lo que podía tragar.

—Tú primero —murmuró Ramsey, volviéndose e invitándola a entrar con un gesto cortés.

Una vez en el piso, Alexis pensó que jamás se había sentido igual de nerviosa, a pesar de hallarse en su propia casa, acompañada por un vecino al que conocía desde hacía un año más o menos. Se dijo que estaba actuando como una tonta y trató de serenarse. No obstante, cuando se dio la vuelta y vio a Ramsey apoyado en el quicio de la puerta, quitándose la pajarita con movimientos lentos y seguros, Alexis comprendió que estaba perdida.

—¿Coñac? —preguntó con voz chillona y temblorosa.

Ramsey sonrió. Evidentemente, había reparado en su nerviosismo.

—Sí, un coñac me parece perfecto —respondió, desabrochándose lentamente los primeros botones de la camisa blanca.

Alexis se fue de la habitación rápidamente, temiendo que, si se quedaba, permanecería observando a Ramsey extasiada hasta que se desnudara por completo.

Cuando regresó, con dos copas de coñac, encontró a Ramsey instalado cómodamente en el sofá Victoriano de terciopelo azul. Se había sentado en el centro, de forma que si ella optaba por sentarse en el mismo sofá, estarían bastante apretados. Así pues, tras darle la copa, Alexis se sentó en la butaca de orejas que había enfrente. Alzó la mirada, sorprendida, al oír que él soltaba una carcajada.

—No te voy a morder, Alexis —dijo mientras daba vueltas al licor ámbar del vaso antes de llevárselo a los labios—. Todavía no.

Ella trató de controlar el ritmo de su respiración, sin éxito.

—No sé por qué lo dices —susurró con voz entrecortada.

«Sí, claro», pensó Ramsey, notando con cierta incomodidad cómo ella permanecía sentada en el borde de la silla, dispuesta a salir huyendo si él hacía algo indebido.

El coñac le sentó bien. Era justamente lo que necesitaba para calmarse. Le costaba un gran esfuerzo contenerse tras la insinuación fingida de Alexis. Ramsey era consciente de que se había tratado de una simple estrategia psicológica. Por lo general, odiaba ese tipo de juegos, pero Alexis se había comportado de manera tan abierta e inocente, que él no se sintió molesto cuando comprendió de qué iba todo aquello.

Muy al contrario, los sentimientos que albergaba hacia su vecina seguían siendo cálidos e intensos, y Ramsey ignoraba cómo afrontarlos. No, tal afirmación no era del todo cierta. Sabía perfectamente qué debía hacer. De hecho, tenía en mente algo estupendo. No obstante, era algo a lo que Alexis se opondría con toda seguridad.

Afortunadamente, había prometido devolverle cierto favor…

—Alexis —empezó a decir, con la vista clavada en la copa de coñac—,

¿recuerdas el trato que hicimos la semana pasada?

La miró a la cara y vio que se ponía pálida.

—¿Trato? —preguntó, aclarándose la garganta—. ¿Qué trato?

—Vamos, no me digas que no te acuerdas. Favor con favor se paga. Yo te rasco la espalda, y tú me la rascas a mí. En fin, ya sabes…

Alexis tomó un trago largo de coñac e hizo una mueca al comprender el error que había cometido.

—Prefiero no saber qué clase de picores tienes, Ramsey —dijo suavemente.

—No me pica nada, Alexis —la corrigió dando una risotada—. Al menos, aún no. Pero necesito que hagas algo por mí.

—Ramsey…

—Quiero que me acompañes a Atlantic City.

—¿A Atlantic City? —repitió ella parpadeando.

Ramsey asintió lentamente con la cabeza. Le encantaba la expresión que reflejaba el rostro de Alexis: una mezcla de confusión, alivio y pesar. ¿Se habría sentido desilusionada al comprobar que la necesidad que él tenía de ella no era de una naturaleza más directa y explícita? Frotándose la mejilla, pensó que aún había esperanzas en lo que a Alexis respectaba.

—Sí, a Atlantic City —le confirmó por fin—. Te estoy pidiendo que me devuelvas el favor que te hice la semana pasada acompañándote a aquella exposición de pintura.

—Pero Atlantic City está a casi dos horas en coche —protestó ella—. ¿Cómo vamos a ir tan lejos para una simple cita?

Ramsey tomó otro trago de coñac. Luego se quitó un zapato, que cayó al suelo con un golpe sordo.

—Será una cita de tres días.

—¿Qué?

—Quiero que asistas conmigo a una convención de escritores de misterio.

Empieza el viernes y acaba el domingo.

—Imposible, Ramsey. No puedo perder un fin de semana por algo tan frívolo…

—No es algo frívolo, Alexis. Estamos hablando de mi trabajo.

—Pero…

—Me lo prometiste.

Alexis lo miró con evidente hostilidad. La estaba sometiendo a una especie de chantaje. Cuando le prometió salir con él si alguna vez se lo pedía, creyó que tendría que acompañarlo a alguna fiesta o a alguna cena, simplemente. Y sí, había contado con la posibilidad de tener que asistir a algún acto relacionado con su profesión. Pero a un acto de tres horas, no de tres días.

—Lo lamento, pero es imposible —dijo con decisión—. Aunque pensara que lo que me pides entra dentro de los límites de nuestro acuerdo, que no es el caso, mi puesto en el Comité me impide ausentarme durante tres días. Y menos un fin de semana, que es cuando más trabajo tengo.

—La semana del 20 estás libre. He comprobado el calendario de actos culturales, y ese fin de semana no asistes a ninguno.

—¿Que has comprobado…?

Ramsey le sonrió con la arrogancia propia de alguien que ha tenido acceso a un secreto de enorme importancia.

—Es increíble la de cosas que un hombre puede descubrir acerca de una mujer cuando un colega de ésta es aficionado a sus libros.

Alexis meneó la cabeza, con expresión de incredulidad, y dijo:

—Tal vez ese fin de semana no trabajo porque tengo otros planes.

—No —rectificó Ramsey—. Ahora, tus planes son acompañarme a Atlantic City. Lo sé todo sobre la retirada de Evan a una vida más armoniosa, cósmicamente hablando, y también sé que no tienes otros pretendientes. Aparte de mí, naturalmente.

—Estás muy equivocado, Ramsey. No has sido, ni eres, ni serás mi pretendiente.

—¿De veras? —preguntó él, inclinándose hacia adelante y adoptando una pose reflexiva—. ¿Y qué me dices de lo que pasó entre nosotros el viernes de la semana pasada?

Alexis se removió incómoda en la butaca, notando que un súbito calor le subía por todo el cuerpo. Comprendió, al ver el brillo de sus ojos, que Ramsey Walker tramaba algo, y no prefería saber de qué se trataba.

—Lo que sucedió ese día fue que traspasaste descaradamente los límites del decoro.

Ramsey soltó una risita sofocada y preguntó:

—¿Conque fue eso? Vaya, no lo sabía. Por un momento, pensé que nos habíamos dado un beso apasionado y que ambos nos quedamos con las ganas de

«traspasar» algo más.

Molesta consigo misma por estar de acuerdo con él en el fondo, Alexis musitó:

—Bueno, eso viene a demostrar lo equivocado que estás con respecto a lo sucedido.

—Equivocado —repitió Ramsey—. Muy bien. Supongo que también estaba equivocado al pensar que serías honesta y cumplirías tu promesa.

Alexis notó que las mejillas le ardían de indignación. Ramsey estaba insinuando que no era una persona de fiar.

—Soy, sin lugar a dudas, la mujer más honorable que has conocido o conocerás en tu vida —le aseguró.

—Entonces, te propongo una apuesta —la desafió Ramsey—. Demuéstrame que cumplirás tu palabra.

Consciente de que, con toda seguridad, estaba siendo atraída a una trampa, Alexis levantó la cabeza con arrogancia y preguntó:

—¿Cuáles serán los términos de la apuesta?

Ramsey se levantó despacio y comenzó a pasearse por la sala de estar, fingiendo interesarse en cada uno de los libros que había colocados en las estanterías.

Luego estudió las figuritas que adornaban los muebles. Después de poner bien un perro de cerámica, se volvió hacia Alexis y la miró con los ojos entornados, en actitud desafiante.

—Si gano, me acompañarás a Atlantic City —dijo.

—¿Y si gano yo?

—Me iré de tu apartamento ahora mismo. Y nunca volveré a molestarte, si es eso lo que realmente deseas.

Alexis lo miró con recelo, preguntándose si hablaría en serio.

—¿No habrá más insinuaciones cuando nos topemos en la lavandería?

—No, lo prometo.

—¿Ni volverás a devorarme con los ojos en el portal?

—No. Al menos, procuraré hacerlo con disimulo.

—¿Ni me quitarás más ropa interior?

—¿Cómo lo has sa…? —Ramsey hizo una mueca—. No, no te quitaré más ropa interior. Aunque eso ha sido un golpe bajo por tu parte.

Alexis dejó escapar un suspiro.

—Bueno, debo admitir que es una oferta demasiado buena como para dejarla pasar. ¿En qué consistirá la apuesta?

Los ojos de Ramsey volvieron a emitir un cálido brillo. Soltó la copa encima de la mesa y empezó a caminar hacia Alexis con pasos seguros y medidos.

—Apuesto —comenzó a decir lentamente, al tiempo que se inclinaba y se apoyaba con las manos en los brazos de la butaca— a que si te beso ahora mismo, te sentirás más excitada que nunca en tu vida —mientras hablaba, fue acercando su rostro al de ella, hasta que no se interpusieron entre ellos más que unos cuantos milímetros de cálido aire.

Alexis notó, sin poder impedirlo, cómo el pulso se le disparaba incontroladamente. Abrió mucho los ojos y musitó con voz débil:

—No creo que… sea una apuesta muy… apropiada…

Los labios de Ramsey se curvaron, esbozando una atractiva sonrisa.

—Venga, Alexis, anímate. ¿Aceptas o no?

«Piensa rápido», se dijo Alexis. Si no aceptaba, él pondría en tela de juicio la validez de su palabra, y ella deploraba la idea de que alguien como Ramsey Walker la considerara una mujer poco honorable. Además, ¿realmente debía preocuparse tanto por un simple beso? ¿Acaso experimentaría algo distinto de lo que había sentido al besar a otros hombres?

Pero la vocecita que tanto la importunaba últimamente volvió a dejarse oír.

Debía ser honesta y reconocer que Ramsey Walker la excitaba más que cualquier otro hombre que hubiese conocido. Una idea surgió en el fondo de su mente. ¡Claro que sí! Ramsey había dicho que debía sentirse más excitada que nunca en su vida tras el beso, ¿no? Y eso incluía el abrazo enloquecedor y apasionado que compartieron hacía una semana. Como si algo pudiera superar aquello, se dijo maravillada.

Aunque nunca se sabía, y Ramsey Walker era un hombre muy potente… Pero, si ella ganaba, él quedaría fuera de su vida para siempre. Dicha perspectiva merecía que se dejase de reservas y probase suerte. Por un momento, se dijo que, en el fondo, ardía en deseos de besarlo, pero desechó tal sospecha por absurda.

Mirándolo directamente a los ojos, a aquellos preciosos ojos verdes que la estudiaban como si fuera el más exquisito de los regalos, Alexis tragó saliva y susurró tímidamente:

—De acuerdo. Acepto la apuesta.

Había pensado en ponerse de pie y adoptar una postura cómoda para recibir el beso. No se esperaba lo que Ramsey hizo a continuación: se inclinó sobre ella y posó los labios sobre los suyos, sin avisarla, sin tocar ninguna otra parte de su cuerpo. Fue una sensación… desconcertante.

Pero en absoluto desagradable.

Alexis se sintió tan fascinada por lo que estaba a punto de ocurrir, que se olvidó completamente de todo, salvo del suave contacto de los labios de Ramsey. Cuando él utilizó la punta de la lengua para trazar una delicada línea alrededor de su boca, Alexis no pudo reprimir el tenue gemido que surgió del fondo de su garganta. Fue incapaz de impedir que sus labios se abrieran para dejar escapar un silencioso suspiro. Ramsey aprovechó para besarla con más fuerza, explorando con la lengua ciertas partes internas que Alexis no sabía que pudieran sentir, que pudieran cobrar vida hasta ese punto.

Gimiendo a causa de las intensas sensaciones que Ramsey despertaba en su interior, Alexis notó que le recorría suavemente los brazos con las yemas de los dedos. Cuando le rodeó las mejillas con las manos y le echó la cabeza hacia atrás, ella supo que le permitiría cualquier libertad que quisiera tomarse con su cuerpo. Suspiró aliviada al notar que le estaba quitando, una a una, las horquillas del moño.

Alexis no estaba muy segura de cuándo o cómo había acabado sentada sobre Ramsey. Simplemente… sucedió. La tenía agarrada fuertemente, con una mano en la curva de los glúteos y la otra enredada en los mechones de cabello que le caían sobre los hombros desnudos. No obstante, incluso después de reparar en la postura en que se hallaba, Alexis no hizo sino apretarse aún más contra él, recibiendo las caricias de su lengua, saboreando su boca con la misma insistencia y la misma avidez que Ramsey manifestaba.

Se dio cuenta, vagamente, de que estaba emitiendo sonidos que jamás había emitido con anterioridad. Poco a poco, sus suspiros fueron convirtiéndose en gemidos. Y cuando notó que la mano de Ramsey se movía ansiosamente por su tórax y le oprimía el seno, Alexis se rindió ante una evidencia absolutamente irrefutable: Ramsey Walker había logrado que se sintiera más excitada que nunca en su vida. En aquellos momentos, incluso el abrazo que se dieron hacía una semana palidecía en comparación.

De pronto, Ramsey cesó el asalto a sus labios. La miró fijamente a los ojos, desbordados de deseo, y observó cómo el pecho de Alexis subía y bajaba, respirando entrecortadamente. Se fijó en sus labios, hinchados y enrojecidos, y vio la marca que tenía en el cuello.

Luego bajó la vista y contempló su propia mano, todavía cerrada en torno al seno, e impulsivamente apretó con más fuerza al tiempo que se inclinaba para darle un suave mordisco en el pezón. Antes de dejarla, pasó la yema del pulgar por la tela que cubría los pechos de Alexis, y sonrió inexorable cuando la oyó emitir un leve gemido.

—Te llamaré esta semana para decirte qué tendrás que echar en la maleta —dijo con absoluta convicción.

Sólo cuando Alexis lo miró, confundida y perpleja por lo que acababa de ocurrir, Ramsey se separó de ella con ternura. Caminó en silencio hasta el sofá donde había dejado la pajarita y la chaqueta, las recogió con aire despreocupado y luego se dirigió resueltamente hacia la puerta, rogando a Dios poder salir antes de que las rodillas se le doblasen por completo. Después de agarrar el pomo, se volvió para mirar a Alexis por última vez.

Estaba sentada en el borde de la butaca, exactamente como había estado antes de que él le propusiera la apuesta. Salvo que ahora tenía el cabello revuelto y echado sobre los hombros. En sus ojos se reflejaba el fuego incontrolado de la pasión. El fuego que Ramsey se había propuesto prender en Alexis y que al final lo había consumido también a él.

Una vez que hubo cerrado la puerta, Ramsey reconoció que apenas le quedaban fuerzas. Comenzó a bajar las escaleras lentamente y las piernas le fallaron hasta el punto de que tuvo que apoyarse en la baranda para no desplomarse.

Nunca le había ocurrido algo semejante. Ninguna mujer había despertado sus instintos viriles con tanta intensidad. Ramsey jamás se hubiera imaginado que ardería en los brazos de Alexis Carlisle. La había considerado demasiado fría para excitar la pasión de un hombre. Bien, pues se había equivocado. Mientras introducía la llave en la cerradura de su puerta, esperó que el fuego que Alexis había prendido en su interior no ardiera hasta el amanecer.