CAPÍTULO 2:

6 años antes…

-No puedo permitir que vuelvas a esa casa… -su hermano Connor, quien junto a Lady Ariadne, había seguido apoyándola en sus visitas no la estaba aconsejando. Directamente le ordenaba.

-Sabes que no vuelvo por él…

Una Jane de veintidós años había seguido visitando aquella casa que tanta felicidad le había dado, pero no sólo por eso, sino por todo lo que aquella mujer la ayudaba. Ella, a la que siempre tildaban de rebelde, había conseguido encauzar su destino, y de su tristeza había salido su fortaleza. Siempre con ayuda de Lady Woodrow. Gracias a sus palabras y su apoyo ella seguía adelante.

-Ya no estoy seguro, Jane.

-¿Qué? -miró a su hermano. -¿Dudas de mí tú también, Connor?

Él suspiró.

-No Jane, no dudo de ti, pero de tus sentimientos…

-¿Qué puedes saber tú de mis sentimientos?

-Jane, no has vuelto a tener otro pretendiente. Ya tienes veintidós años…

-Tú también no, por favor…

Jane ya había decidido por aquel entonces que no creía en el amor. Se había equivocado tanto con Ilya…

Su hermano la cogió de los brazos.

-Jane, vales mucho más que eso. Vales mucho más que él.

Él, que había sido el mejor amigo de su hermano…

-La gente hablará, y yo se lo diré a madre y a padre.

Jane se apartó, mortificada.

-¿Qué les dirás?

-Todo Jane. Todo. Y será peor.

Jane notó las lágrimas caer al suelo.

-Yo la quiero. Sólo ella me entiende…

-Lo siento Jane.

Ella le oyó, pero no le creyó. Sólo quería guardar el decoro. Ilya llevaba ya cuatro años evitándola, y ella había sobrevivido…

Corrió hasta llegar a casa de Lady Ariadne, pero quien la recibió fue él. Ilya.

Él tenía una amante. Todo el mundo lo sabía, y a ella no le importaba. Ya no.

No la dejó entrar.

-Jane, no puedes volver aquí, jamás.

No la tocó, pero fue como si la empujase bruscamente.

Ella se odió después por llorar delante de él.

-¿Por qué? -logró preguntar. ¿Tanto la odiaba? ¿Acaso no había sido él quien la había dejado? Le miró a los ojos para encontrar al hombre al que una vez había amado. Pero no estaba allí.

-Vete de aquí Jane, y no vuelvas nunca más.

Y ella se había ido.

Hasta el día anterior. Cuando él la había avisado.

 

En el presente.

 

-¡No! -Jane se levantó de su asiento y trató de serenarse. Seguro que había una solución para aquel embrollo.

Ilya, que la había estado observando para ver su reacción a sus palabras, se sintió dolido ante su rechazo. Otra vez.

-¿No a qué, Lady Avery? ¿A mí? ¿A la herencia?

Ella le miró enfurecida.

-No a todo…

Sí, su abuela sin duda se estaba vengando de él…

Se dirigió caminando hacia la ventana. No quería que ella viese que él sentía la misma incertidumbre que notaba en ella. Aunque tal vez distinta. Ella nunca le había amado, y él a ella…

-Me parece que no es tan sencillo…

Como ella permanecía en silencio, se giró para mirarla. Y casi le satisfizo ver su cara pálida como la cera. Casi, porque temía que ella se desmayase delante de él. Luego la vio volver a luchar. Una vez más ese coraje que tanto admiraba.

-¿Qué quiere decir?

Ilya esperó a que ella volviese a recuperar algo de color antes de hablar.

-El testamento, se hará público mañana…

¿Cómo podía haber sido tan estúpida? El decoro de nuevo. Las normas sociales otra vez…

-Veo que ya lo entiende… -añadió él.

Ella le miró tratando de imprimir todo su odio en su mirada.

-Tú no quieres casarte conmigo. -dijo algo que sabía que era irrefutable. Él no podría negarlo.

Pero Ilya la sorprendió.

-Me parece que sí que quiero… -se oyó contestar él, sorprendiéndose también al darse cuenta de que sus palabras eran totalmente ciertas.

Era porque la deseaba. No dudaba de ese punto. Y porque quería protegerla. Dado su pasado juntos y la ruptura de su compromiso, y aún con los diez años transcurridos, la gente hablaría. Sería el final de su reputación. El final de la perfecta Lady Avery.

Y ella también lo sabía.

Jane estaba perdida. Luchaba a cada respiración para no dejarse llevar por las emociones. Rabia, duda, desesperación, esperanza… ¿Esperanza? ¡Nunca!

Él le había demostrado su indiferencia en tantas ocasiones en el pasado que no creía que albergase ninguna emoción hacia ella. Ni siquiera el odio que él le profesaba al principio. Cuando había roto su compromiso. Lo había roto él cuando ella le acusó de cazafortunas… ¡Dios! ¡Todavía dolía!