6

P

l barrio que Emmanuelle descubre no se parece en nada a las avenidas bordeadas de edificios de cemento, o de villas disimuladas por la vegetación de los jardines y el abrazo de los ceibos, que conoció nada más llegar a Bangkok. ¿Estará soñando? La luna llena confiere al decorado una palidez y un relieve animado que armonizan demasiado bien con la especie de ballet que ella ejecuta para dar realidad a todo eso. Decorado es la palabra justa, por lo que evoca de falsa perspectiva, de estrados, de paredes de cartón, de construcciones inestables, de andamios. Siguiendo a Mario y seguida de Quentin, apoya con aprensión, uno tras otro, sus zapatos de tacón de aguja sobre una pasarela hecha con un tablón de unos diez metros de largo por treinta centímetros de ancho, dispuesto sobre dos caballetes apresados en el agua inmóvil y grasienta de un canal que parece sobre todo una alcantarilla. El peso de la comitiva comba la tabla y la hace temblequear como un trampolín.

Emmanuelle está segura de que, tarde o temprano, acabará hundida en el cieno.

Cuando llegan al caballete, tienen que cruzar de una zancada, para seguir avanzando, hasta el tablón siguiente, que parece más carcomido y tambaleante que el que han dejado atrás. El trío lleva avanzando varios cientos de metros de esta forma y nada indica que la extraña marcha se halle próxima a su fin. A medida que avanza, Emmanuelle tiene la impresión de ir alejándose para siempre del mundo conocido. El mismo aire que aquí se respira tiene una consistencia diferente y otro olor. La noche ofrece un silencio tan total que la extranjera contiene la respiración y las palabras, como temerosa de perpetrar un sacrilegio. Percibe, en un momento dado, que aquel silencio está hecho, en realidad, del grito uniforme, ininterrumpido y estridente de los grillos.

Una media hora antes, Emmanuelle y sus guías abandonaron la casa de madera en una barca pequeña, que a la llamada de Mario un marinero vino a atracar junto al embarcadero flotante. Remontaron durante algún tiempo el khlong. Luego, sin que la joven pudiera comprender si Mario se decidía al azar o si, por el contrario, sabía dónde iba, pasaron de la barquita a esa pasarela de madera, orientada perpendicularmente al eje del gran canal, por encima de un tramo más estrecho y, sin duda, muy poco profundo, ya que ni siquiera las ligeras piraguas siamesas podían adentrarse en él.

El canal está bordeado, a uno y otro lado, de chozas bajas, con paredes de chapa oxidada o de bambú negruzco y con tejado de palma, comunicadas con la pasarela por puentes levadizos aún más precarios: vigas desechadas, es decir, troncos no escuadrados. Puertas y ventanas están cuidadosamente atrancadas, cerradas como por la peste. ¿Cómo respira esa gente?, se pregunta Emmanuelle. Comprende mejor la forma de vida de los que habitan en los sampanes, cuyas viviendas flotantes acaba de atravesar hace unos momentos, a lo largo de las riberas del canal, aprovechando la noche sin lluvia, hombres, mujeres y niños dormían bajo las estrellas, con los cuerpos juntos, la boca entreabierta y los ojos no siempre cerrados. Pero, aquí, ¿qué misterio recluye a esa gente, qué la lleva a protegerse del menor soplo de aire en estas cárceles húmedas?

El clima fantástico va acentuándose a medida que el paisaje se prolonga. Es casi increíble que esta inhospitalaria calle de agua podrida y madera muerta, por la que avanzan como funámbulos, pueda durar tanto y no llevar a ninguna parte. Y, en pleno día, cuando los ribereños salen de sus tugurios, ¿cómo se las arreglan para cruzar sobre esta única vía de acceso a su territorio? Emmanuelle piensa con temor en las acrobacias que habrá que hacer si, por casualidad, otros noctámbulos tropiezan con su grupo. A decir verdad, no cree que ello ocurra, ya que el país al que la llevan sus compañeros es demasiado lunar para que ningún ser vivo tenga la menor posibilidad de figurar en él.

Sin embargo, un instante después, un hombre surge de una de las chozas. Muy alto, el torso musculoso de color tostado. Un trapo de tela roja le cubre las caderas. Él lo desata pensativamente, mirando a los tres farang que se acercan. Ahora se halla completamente desnudo. Y orina en el agua. Emmanuelle nunca ha visto ni siquiera en su imaginación, un miembro viril en reposo tan largo como aquél: el tamaño, así relajado, que tendría en erección el de su marido. «¡Qué hermoso!», se dice. Y el hombre entero es hermoso. Cuando llegan a su altura, él, a menos de un metro de distancia, la distingue. Ella sólo piensa en una cosa: su pene. Si se levantara… Pero el siamés permanece glacial. Contempla los senos semidesnudos de Emmanuelle y su miembro no se mueve. Los funámbulos pasan y se alejan.

Una encrucijada. La fantasmagórica pista se ramifica. Mario duda. Consulta a Quentin, finalmente elige uno de los ramales. Emmanuelle teme que no sea el bueno, ya que continúan andando durante bastante tiempo. Pero no se atreve a hacer observaciones. No ha pronunciado ni una palabra desde que abandonaron la barca. De repente, sin embargo, se le escapa un grito. El camino de tablones hace un recodo y desemboca súbitamente en una especie de plaza (Emmanuelle ha pensado: «Un claro», ¡tal es su sensación de estar perdida en la jungla!). Frente a ellos, hasta una altura de veinte metros, fabulosa, se yergue una silueta, que ya había visto, desde lejos, por encima de los tejados, pero que había tomado por un árbol. Desde cerca, es Gengis Khan; bigotes enérgicos, ojos sin piedad, puñales en la cintura y manos en los puñales, músculos salientes y suavizados por el claro de luna. El corazón de Emmanuelle late desordenadamente. Sin ninguna duda, los sortilegios están empezando a actuar.

Dentro de un momento, gesticulantes mongoles saldrán de sus guaridas: Emmanuelle será entregada a los ritos de una magia sanguinaria. Mientras su fantasía, más rápida que su corazón, construye un mundo de quimera, una risa nerviosa demuestra que no ha perdido toda su sangre fría: ligeramente inclinada contra la cadera del conquistador, una bailarina en tutú, que parece, al lado del gigante, una miniatura, dirige a las estrellas una sonrisa reservada. Otros personajes de cartón abigarrado se amontonan desordenadamente, algunos de pie, la mayoría por el suelo.

—Dan una extraña impresión esos anuncios de cine en semejante lugar —observa, para tranquilizarse con el sonido de su voz—. Me pregunto cómo los habrán traído hasta aquí. ¿Existe otro medio de acceso que esa increíble pasarela?

(Tiene la ligera sospecha de que su guía la ha sometido a una prueba inútil). —No —dice Mario.

No considera oportuno añadir comentarios. Atraviesan el depósito de pancartas, pasando entre las piernas del gran Khan, rodean una empalizada y desembocan en un pequeño patio, sobre el que una puerta entreabierta vuelca una luz amarilla. Mario se detiene en la entrada, grita un nombre, luego entra sin esperar respuesta. Emmanuelle se siente paulatinamente más intranquila. El lugar es hostil. Un olor difícil de definir lo impregna. Algo como una mezcla de polvo, de humo, de regaliz y de té. En la pieza sin ventana en la que han entrado, una banqueta tapizada de cretona agujereada es el único mueble. Una cortina sucia, de un azul horroroso, encubre el fondo. Casi enseguida, una mano la corre; aparece una mujer.

Su aparición alivia ligeramente a Emmanuelle. Es una vieja china (seguramente tiene cien años, se dice la visitante), cuyo rostro, un óvalo perfecto, está tan arrugado que parece de caucho. Su tez es de marfil antiguo, casi anaranjado. Sus brillantes cabellos blancos están cuidadosamente peinados hacia atrás y recogidos en un moño. Las hendiduras de sus ojos y sus labios son tan delgadas que apenas se las distingue entre las arrugas de la piel. Sólo cuando, con una voz ronca, la anciana empieza a hablar, descubriendo unos dientes lacados de negro, Emmanuelle localiza con certeza el emplazamiento de su boca. Las manos permanecen ocultas en las mangas de la túnica almidonada, que la seda brillante de los anchos pantalones negros hace parecer, por contraste, todavía más lechosa.

Tras un discurso bastante largo, al que Mario no presta atención alguna, la anfitriona parece doblarse en dos, con una ligereza sorprendente (hasta el punto que se está tentada de considerarla hecha de madera muerta) gira sobre sí misma y se sumerge en las entrañas de la barraca. Ellos la siguen sin decir palabra. El reducto que atraviesan primero se halla totalmente a oscuras. Emmanuelle tiene la impresión de que se agitan unas sombras. Francamente tiene miedo. A continuación penetran en un cuarto pequeño, en el que descubre con una mueca de disgusto a dos hombres muy viejos y como mohosos acostados completamente desnudos sobre una tarima de madera pintada. Sus ojos parpadean. Emmanuelle tiene tiempo de percibir las costillas en relieve bajo la piel oscura manchada de blanco, las pupilas agrandadas y soñadoras, que no parecen verla. Apresuradamente, también, ha dirigido su mirada a los penes arrugados y a los testículos secos, pero el grupo ya ha pasado a otra pieza, muy poco distinta de la precedente, con la salvedad de que no está ocupada. La vieja china se detiene, es aquí donde los trae. Emite un nuevo sermón, luego se eclipsa como por una trampilla.

—¿Qué ocurre? —se inquieta Emmanuelle—. ¿Qué decía esa vieja chocha? ¿Y qué hacemos en este antro? ¡Qué aspecto más asqueroso tiene todo!

—Eso es lo que a usted le parece —dice Mario—. Es un lugar vetusto, estoy de acuerdo, pero con lustre.

Otra mujer hace su aparición, mucho más joven que la primera pero también mucho más fea. Lleva, sobre una bandeja redonda, un quinqué de alcohol, coronado por un tubo de cristal del grosor de un dedo (Emmanuelle nunca ha visto un cristal tan grueso, ni siquiera en las lupas), unas minúsculas cajitas redondas de estaño, unas largas agujas de acero, bastante parecidas a las utilizadas para tejer, hojas de palmera secas y cortadas en rectángulos y un instrumento que Emmanuelle, al principio, no consigue identificar, un tubo de bambú oscuro, muy pulimentado, aproximadamente de la longitud de un brazo y comparable, por el diámetro, a una flauta. Le parece, a primera vista, que el tubo se halla cerrado por los dos extremos, pero enseguida advierte que uno de ellos, en realidad, está perforado por un agujerito apenas mayor que una cerilla. Lleva algunos adornos en rojo incrustados todo a lo largo. A unos dos tercios de su altura, a partir de la extremidad perforada, una especie de poliedro de madera, tan pulimentado que la llama del infiernillo bailotea en él cambiando de color, y bastante achatado, del tamaño de un puño de Emmanuelle aproximadamente, parece en equilibrio sobre el tubo, al que únicamente permanece unido por un estrecho punto de contacto. Su cara exterior presenta en el centro una concavidad del tamaño de una perla, en cuyo fondo se distingue un pequeño orificio.

Mario se adelantó a las preguntas de su alumna:

—Lo que está viendo es una pipa de opio, querida. ¿No es un hermoso objeto?

—¡Una pipa, eso! —dice ella riéndose—. Nadie lo diría. ¿Y dónde se pone el tabaco? ¿En ese ridículo agujerito? Así debe acabarse enseguida.

—No se pone tabaco, sino una bolita de opio. Y sólo se aspira una vez. Luego hay que volver a cargar la cazoleta. Pero es mejor que lo compruebe por sí misma.

—¿No pretenderá hacerme fumar esa droga?

—¿Por qué no? Quiero que sepa en qué consiste este juego, o este arte. Ya que no se debe ignorar nada.

—¿Y… si me aficionase?

—¿Qué tendría de malo?

Mario se rió.

—Pero tranquilícese: no la he traído aquí para convertirla al opio. Sólo será un preludio.

—¿Y qué pasará, después?

—Lo sabrá a su tiempo. No sea impaciente, cara. La ceremonia del opio requiere una perfecta ecuanimidad de espíritu.

Emmanuelle pasó al extremo opuesto:

—Si me gusta, ¿podré volver?

—Claro —dijo Mario.

Las preguntas de Emmanuelle parecían divertirle. La contempló con indulgencia, casi con ternura.

—¿No está prohibido fumar opio? —preguntó todavía.

—Por supuesto. Como hacer el amor fuera del matrimonio.

—Y si viniera la policía, ¿qué haríamos?

—Iríamos a la cárcel.

Mario hizo una mueca. Añadió:

—Pero no sin intentar primero comprar a los gendarmes negociando sus encantos.

Emmanuelle sonrió con escepticismo. Dijo para provocarle: —Puesto que estoy casada, ¿sólo soy negociable al precio de otro delito?

—Este delito, tanto usted como los representantes de la ley, podrían cometerlo con la ayuda de Dios.

Repitiendo lo que había hecho en su casa, descubrió un hombro de Emmanuelle y todo un seno. Y, sosteniendo ese seno en su mano, le preguntó: —¿No es verdad?

El rostro de Emmanuelle expresó perplejidad, pero también satisfacción, ya que se sentía feliz de que por fin Mario la desvistiese y la tocase.

—¿No va a aceptar hacernos a los tres este favor? —preguntó él, escandalizado.

—Sí. Ya sabe usted que sí…

Luego, con una ligera vacilación:

—Y… los policías, ¿cuántos suelen ser cuando hacen esa clase de redadas?

—¡Oh, no más de veinte!

Ella volvió a reírse.

La sirvienta había dejado sus aparatos en el centro de la tabla. Mario soltó el seno de Emmanuelle (que dejó descubierto), le pasó un brazo en torno a la cintura y le hizo dar unos pasos: —Extiéndase aquí —dijo.

—¿Yo? ¿Está limpio? ¡No tiene un aspecto demasiado mullido!

—¿Por qué el establecimiento iba a gastar dinero en un colchón, cuando este humo basta para suavizar todas las aristas, para ablandar el lecho más ingrato? Y además, no se queje: un colchón sería menos fácil de lavar que la madera. Espero que esto mitigue sus inquietudes.

Emmanuelle se sentó con repugnancia en el borde de la tarima pintada, mientras sus dos compañeros se instalaban cómodamente acostados uno a cada lado, de manera que los tres formaban círculo en torno al quinqué. Al cabo de un rato, Emmanuelle superó su repugnancia y los imitó, apoyándose, como ellos, sobre un codo, la cabeza en la concavidad de su mano. No podía apartar la mirada de la llama oblonga que ascendía sin vacilar, dentro de la gruesa chimenea de cristal. Una fascinación emanaba de ella.

La china estaba arrodillada a los pies de la tabla y había abierto una de sus cajitas. Una miel opaca, oscura, casi sólida, apareció en su interior. La mujer, con la punta de una de las largas agujas, cogió una gota del tamaño de un grano de trigo, la mantuvo un instante sobre el quinqué, la extendió sobre uno de los fragmentos de hoja fibrosa que tenía en la otra mano, y por fin volvió a exponerla de nuevo a la llama. La gota dorada chisporroteó, se hinchó, duplicó su tamaño, se tiñó de reflejos admirables, se hizo tan pura y tan brillante que los objetos próximos se reflejaban en ella, adornados de luces; parecía animada de vida.

—Es hermoso —murmuró Emmanuelle.

Ahora pensaba que semejante espectáculo merecía por sí solo el largo viaje. «No me cansaría de mirar esa bolita. Es como una piedra preciosa que quisiera decir algo. Pero ninguna piedra es tan hermosa».

Veinte policías, recordó. Eran muchos… Pero, con tal de salvar a Mario de la cárcel, seguramente lo haría.

Tuvo un disgusto cuando la oficiante, que había acabado de dar a la gota de opio la forma de un minúsculo cilindro traslúcido, exactamente proporcionado a la cavidad de la pipa, lo introdujo en ella con un gesto rápido y retiró la aguja que lo atravesaba. Sin perder tiempo, dio la vuelta a la pipa, poniendo la cazoleta abajo, sobre el quinqué, casi rozando el orificio el cristal ardiente. Tendió la embocadura a Mario, que aplicó a ella sus labios y aspiró. La llama subió, calcinando la perla de ámbar. El aliento de Mario, que aspiraba el humo misterioso, le pareció a Emmanuelle inagotable.

—Ahora le toca a usted —dijo él—. No deje escapar el humo por la nariz, no se ahogue, no tosa, aspire lentamente y de forma continuada.

—¡No lo conseguiré!

—Eso no tiene importancia: se trata de divertirse.

El acólito preparó otra pipa: nuevamente, el sol dorado llameó en la punta de la varita mágica, hinchándose y jadeando como bajo el deseo. Emmanuelle veía en él una imagen de su sexo, llamando con sus labios hinchados al ariete de fuego que lo atravesaba, le dejaría herido, quemado, consumido. Era agradable, pensaba, sentir su vulva cada vez más húmeda a medida que la gotita tornasolada se henchía de voluptuosidad sobre la llama. Ese rito le gustaba, como si, al seguirlo, se preparase públicamente, ceremonialmente, a hacer el amor. Sostenía su seno desnudo en la copa de la mano; se sentía feliz. Sólo faltaba una cosa para que el cuadro fuese perfecto: que la asistente fuese una belleza, muy joven y muy dócil, con rostro inocente y cuerpo entregado, que Mario, Quentin y ella misma irían desnudando poco a poco y con la que jugarían, juntos o uno después de otro, cada uno a su antojo y hasta el máximo de su placer. ¡Lástima que su mentor no lo hubiese previsto! Estuvo a punto de reprochárselo, luego no se atrevió. Sin embargo, durante un instante, tuvo tantas ganas de sentir piernas femeninas y entrelazadas con sus piernas y de un sexo de mujer en el que introducir sus dedos, que la china casi le pareció hermosa.

Cuando le tendieron el tubo, dejó quemar el opio sin aspirar. De pronto, ya no tiraba: la mujer tuvo que perforar nuevamente la perla dorada con su aguja de acero. En el segundo intento, la debutante consiguió absorber una débil bocanada. Se rió.

—Me gusta cómo sabe —dijo—. Y todavía más cómo huele. Se parece al caramelo. Pero hace escocer la garganta.

—Hay que beber té.

Mario dio una orden a la sirvienta, que se levantó y volvió enseguida con tres tacitas de boca ancha y sin asa, una tetera de arcilla no mucho más grande que las tazas y un samovar con agua hirviendo. La tetera liliputiense se hallaba llena hasta los bordes de té verde. La china hizo entrar con precisión un chorro de agua humeante, vertió inmediatamente el contenido en una taza: el filtro ya había tomado un color cobrizo. El perfume que despedía era penetrante: más el del jazmín que el del té. Emmanuelle se quemó la lengua y lanzó un grito.

—Debe aspirar un trago de aire con los labios, al mismo tiempo que bebe, para refrescar el té, dijo Mario. O, más exactamente, para poder beberlo muy caliente sin que le haga daño. Así.

Hizo un ruido como de gárgaras.

—¡Pero eso es de pésima educación! —se indignó su comensal.

—En China es educado.

Ahora era Quentin el que aspiraba la pipa. No lo hacía tan bien como su amigo.

—Quiero hacerlo otra vez —se impacientó Emmanuelle, muy excitada por la novedad de la experiencia—. Estoy segura de que esta vez tendré sensaciones formidables. ¿Con qué voy a soñar?

—Con nada en absoluto. En primer lugar, el opio no hace soñar, da lucidez y libera de las miserias corporales y de las inhibiciones mentales. En segundo lugar, para empezar a sentir sus efectos, tendría que fumar varias pipas.

—¡Pues bien! ¡Las fumaré!

—Fumará una más, eso es todo. De querer ir más allá, esta noche, lo único que conseguiría es obligarme a sujetarle la cabeza mientras vomita.

Emmanuelle no se sintió muy apenada por la prohibición de Mario, ya que la nueva pipa le produjo un ataque de tos, además de no parecerle tan sabrosa como la primera. En cuanto a Mario y a Quentin, ninguno de los dos aceptó ni siquiera una segunda experiencia.

—¿Tanto miedo tienen a intoxicarse? —dijo burlona su compañera.

—Querida —replicó Mario—, voy a confiarle un importante secreto. El opio tomado con exceso priva a sus fieles de buena parte de sus ardores físicos. Y no hemos venido aquí como usted sabe, para los placeres del espíritu, sino para los de la carne.

—¡Oh, sí! —dijo Emmanuelle, de nuevo incómoda.

Le parecía que aquel lamentable marco se prestaba bastante mal a los juegos del amor (¡ahora que su propio deseo había pasado!). También se preguntaba qué papel le tocaría desempeñar.

—No olvide —prosiguió su consejero—, que nos ha preguntado usted si éramos expertos con jóvenes efebos. ¡Pues bien! la excelente persona que reina, con la majestad que ha podido ver, sobre este fumadero clandestino, educa asimismo, para el reposo del hombre de paz, a jovencitos bien torneados, de los que vamos a pedirle que nos presente una muestra.

Dijo algunas palabras a la sirvienta, que salió apresuradamente. Reapareció al cabo de un instante con la china de la cara arrugada, que les dedicó varias reverencias… Mario habló brevemente. La vieja se volvió a inclinar, luego profirió un grito agudo. La feúcha que había preparado las pipas acudió presurosa.

—La viuda sólo habla chino. ¡Y ni eso! Un chino que nadie entiende —explicó Mario—. Ha llamado a la otra para que le haga de intérprete.

—¿Y usted en qué lengua les habla?

—En siamés.

Se dirigió nuevamente a sus anfitrionas. Las frases siguieron el complicado circuito y sufrieron las metamorfosis impuestas por la situación. Insumidos algunos minutos en tal intercambio, Mario refirió: —Responde a mi solicitud ofreciéndome otra cosa. Forma parte de las reglas del juego.

—¿Qué es lo que ofrece?

—Chicas, por supuesto. Le he hecho las debidas protestas. Entonces, nos propone enseñarnos películas eróticas.

—¡Eh! —dijo Emmanuelle—. ¿Por qué no?

—No hemos venido hasta aquí para tan poca cosa. También nos propone organizarnos un espectáculo vivo: dos chicas amándose en nuestra presencia con tiernas caricias. Nada de eso le interesa, ¿verdad Emmanuelle?

Emmanuelle hizo una mueca que podía interpretarse en cualquier sentido.

Mario reanudó las negociaciones, luego comunicó los resultados: —Le he dicho que queríamos jovencitos de doce a quince años, de lengua penetrante, nalgas áticas, médula vivaz y miembro aplicado.

Emmanuelle volvió a cubrirse el pecho. La vieja la miraba con insistencia; volvió a hablar, con aquel tono chillón que cada vez sobresaltaba a la joven francesa. La sirvienta tradujo y Mario replicó con una sola palabra.

—¿Qué ha dicho? —quiso saber Emmanuelle.

—Quería saber si los jovencitos eran para mí o para usted.

—¿Y… qué ha contestado?

—Que son para los dos.

Emmanuelle tuvo la impresión de que las paredes empezaban a dar vueltas: ¿sería el opio? Pero no, Mario había dicho…

La anciana seguía salmodiando. Parecía lamentarse, con la vehemencia de un Jeremías multiplicaba las reverencias y acabó finalmente con una nota aguda, levantando los brazos al cielo.

—Me parece que esto no se arregla —dijo Mario, antes de que la comparsa empezara a traducir—. En efecto —confirmó más tarde—: esta vieja loca se obstina en pretender que no tiene ningún potro disponible esta noche. Unos nobles extranjeros habían venido a diezmar sus caballerizas. Sin duda pretende simplemente sacar más dinero.

Reanudó la discusión. Nuevas gesticulaciones de desesperación se sucedieron. Mario insistía; al cabo de un rato, sin embargo, declaró: —No quiere saber nada. Tendremos que probar suerte en otra parte.

Conferenció largamente con Quentin.

—Mi amigo insiste en quedarse —refirió a Emmanuelle—. Dice que está seguro de obtener lo que pide. Lo dudo, pero allá él. Propongo que le dejemos y reanudemos nuestro paseo. ¿Qué le parece?

Emmanuelle no deseaba nada mejor. La atmósfera de la barraca empezaba a pesarle. Sin embargo sintió una pena insospechada, casi una punzada de remordimiento, en el momento de separarse de Quentin. «¡Lo que son las cosas!», reflexionó para sus adentros, «He recibido a este individuo como a un intruso, como un estorbo. Me he pasado la noche reprochándole su presencia, salvo cuando la olvidaba completamente. No nos hemos dicho ni tan siquiera dos palabras. Y ahora, siento emoción y debilidad por él. ¡Es el colmo! No debo estar en mis cabales…».

Por más que lo abandonase con el corazón encogido, él no pareció darse por enterado.

Volvieron a pasar ante los esqueletos de mirada perdida.

—¿Esos no le dicen nada? —sugirió ella, agridulce.

Sentía un cierto despecho hacia Mario y su amigo, por su insistencia en procurarse hombres. ¿No podían, por una noche, conformarse con ella? O, si realmente no les gustaban las mujeres, ¿entonces por qué fingían, tanto uno como otro, estar tan interesados en ella? ¡Y aquella idiota de Marie-Anne!, ¿cómo se le había ocurrido recomendarla a los buenos oficios de un homosexual? ¡Cuando la volviese a ver le haría comerse las trenzas!

—¿Qué encuentra Quentin tan apasionante en los hombres? —atacó—. No ha sido muy educado por su parte dejarnos plantados de esta forma.

Iba a añadir, con un brusco resentimiento, que no había parecido tan reacio a las mujeres en el momento de acariciarle las piernas. Pero Mario no le dio ocasión: —El amor de los hombres siempre tendrá para el hombre con gusto una calidad que el de las mujeres sólo posee por excepción —dijo—. La calidad de ser anormal. Dicho de otra forma, responde a la definición de la obra de arte tal como se la presentaba al principio de esta velada. Hacer el amor con un hombre para mí resulta erótico en la medida en que es, como proclaman con toda la razón los imbéciles, contra natura.

—¿Está seguro de que no esté, al contrario, simplemente en su naturaleza?

—Estoy seguro —dijo Mario—. Me gustan las mujeres. Acostarme con un hombre durante un tiempo me pareció difícil de concebir. Luego lo razoné. Lo probé por primera vez el año pasado. Inútil añadir que no he hecho más que felicitarme. ¡Como ve, también yo tardé bastante tiempo en iluminar mi espíritu!

Emmanuelle era víctima de emociones contradictorias. Se preguntaba, en particular, cuál era la parte de verdad que encerraban las declaraciones de Mario.

—Y después de esa primera experiencia, ¿ha practicado a menudo este… arte?

—Siempre procuro atesorar las cosas raras: bis repetita… Como usted sabe, ¡es justamente al revés!

—Pero —insistió Emmanuelle—, durante este año, ¿también habrá amado a alguna mujer?

Mario se echó a reír:

—¡Vaya pregunta! ¿Acaso parezco un modelo de castidad?

—¿Muchas? —quiso saber ella.

—Menos, seguramente, que los amantes de los que habría dispuesto de haber tenido la suerte de ser una hermosa mujer.

Añadió, con una sonrisa de homenaje dirigida a su compañera: —¡Hombres… y mujeres!

Esta respuesta no dejó satisfecha a Emmanuelle, que se iba poniendo nerviosa.

—¿Y qué es lo que prefiere? —preguntó casi colérica.

Mario se detuvo: habían llegado al lugar en que el claro daba paso al puente de tablones. Cogió a Emmanuelle por los hombros y la atrajo hacia sí; ella creyó que iba a besarla.

—¡Me gusta lo que es bello! —dijo con fuerza—. Y lo bello, no es jamás algo que ya se ha hecho, jamás algo fácil. Es lo que, por vez primera, se crea palpitante de vida, con un gesto propio y otro gesto ajeno, y que se arroja hacia el infinito antes de darle tiempo a adquirir su forma muerta.

El hombre y la mujer, otro mundo dentro del mundo creado.

—Lo bello es lo que no existía antes de usted y no habría existido sin usted, y ya no estará en su mano cuando la injusticia de la muerte la haya abatido sobre esta tierra a la que ama.

Orgullosos de su solitario saber. Fuertes en sus ejemplares designios.

—Lo bello es el momento que no era nada y usted vuelve inolvidable. Es el ser que no era nada y del que usted ha levantado la forma singular contra la multitud y el destino amorfo.

Perdidos perdedores, aboliendo el mapa de los caminos trillados.

—Lo bello, es superar la piedad por su nación y su siglo, el miedo al escándalo y al descrédito, para que una especie nueva nazca de su rechazo a parecerse a sus padres sin osadía, a sus madres sin rostro, a sus hermanos hipócritas y a sus hermanas marchitas.

Diferentes, ¿pero de qué fealdad?

Descarriados, ¿pero de qué estupidez?

Extranjeros, ¿pero de qué rebaño?

Vencidos, ¿pero por cuál revancha?

Desterrados, ¿pero hacia qué futuro?

—Lo bello es la prisa por descubrir, por tomar impulso sin sopesar los peligros y sin recordar las dulzuras pasadas, es hacer lo que todavía no se ha intentado y lo que no volveremos a experimentar, ya que los días y las noches de nuestra vida serán únicamente los que hayamos enriquecido con un arte extraordinario. ¿Y quién, en el cielo o en la tierra, nos devolverá los días y las noches desperdiciados?

El claro de luna los petrifica; la estatua de Mario tiene en sus manos una imagen de mujer.

—Lo bello, dice la piedra, es intentarlo todo y no rechazar nada, es ser capaz de conocerlo todo. Cuerpos innumerables a nuestra semejanza, hombres o mujeres. «Infierno o cielo, qué importa… Vayamos hacia lo desconocido para encontrar algo nuevo!».

En las cuatro esquinas de la encrucijada, pasarelas vacías, geométricas, irreales, todas semejantes.

—Lo bello es lo que nunca tiene el mismo sabor y lo que no sabe a nada más.

Los cabellos negros sobre los hombros desnudos entre los dedos del condottiero.

—Lo bello es ser lo contrario del animal gregario, asustadizo y perezoso, que somos al nacer.

La corpulencia del héroe tártaro oculta la luna.

—Lo bello es no detenerse, no sentarse ni dormir y no volver atrás.

Las horas de la noche han pasado, los astros de acero gravitan invisibles en el cielo iluminado.

—Lo bello es decir no a la tentación que inmoviliza, que ata o que limita. Y decir sí, siempre sí, sin cobardía, a la que multiplica y hace avanzar y obliga a hacer más que lo suficiente o necesario y más de lo que otros se conforman con hacer.

La puerta entreabierta sobre la luz amarilla: algunas sombras entran, otras sombras salen. Noche sin sueño.

—Lo bello es encontrar cada día nuevo un motivo de asombro, una razón para maravillarse, un pretexto para esforzarse en vencer la tentación de lo adquirido y la satisfacción y la tristeza de la edad.

Mi corazón se abre a tu llamada

—Lo bello es cambiar incansablemente. Ya que todo cambio es progreso, toda permanencia una tumba. Conformidad y resignación no constituyen más que una sola y única desesperación, y el que se detiene y renuncia a convertirse en otra cosa ya ha optado por la muerte.

El gong de un templo, que ahoga el murmullo de los insectos.

—Ciertamente, siempre es posible preferir la paz de las estelas, embalsamarse en la mediocridad de una existencia sin deseos, como una virgen de cera en su relicario de piedras preciosas.

Surgidos de las sombras, dos niños pasan, cogidos de la mano.

—Pero yo, que intento conducirla no a la muerte sino a la vida, digo que entonces más hubiera valido no nacer jamás. Ya que cada vida humana paralizada es un peso muerto sobre nuestro planeta que frena la marcha hacia adelante de la especie humana.

Son hermano y hermana. Van a hacer el amor.

—Sepa esto, Emmanuelle: los mañanas de la tierra serán lo que haga de ellos el poder de invención de su cuerpo. Si sus sueños se obscurecen y sus alas se pliegan, si el infortunio hace que su curiosidad se fatigue, que fracasen su clarividencia y su constancia y se borre su voluntad de descubrimiento y de renovación, lo mismo ocurrirá con las esperanzas y las oportunidades de los hombres: el futuro será eternamente igual al pasado.

La bailarina blanca entre las piernas del guerrero.

—El amor es lo que la convierte en novia del mundo. De forma que el destino de todos depende de su pasión y su valor, y si usted renuncia a conquistar a un solo hombre o a una sola mujer, oh novia amante, será suficiente para que su raza renuncie a conquistar los años luz de distancia y las nebulosas.

La voz de Mario acalla el canto de los grillos.

—¿Lo entiende? No es el placer del instante lo que le ofrezco, sino el placer de lo más lejano. La felicidad no se encuentra donde está usted, sino, siempre, donde sueña llegar.

Entre brazos cada día más numerosos.

—¡Ah sí, Emmanuelle! ¡No quiero apagar su sed de ilusiones, sino hacerla arder de realidad!

En el centro del triángulo formado por las estrellas Alfa del Boyero, Alfa de la Balanza y Alfa de la Virgen.

—Yo no pretendo enseñarle lo más cómodo, le enseño lo más temerario.

Emmanuelle dijo:

—Tómeme. Aún no me conoce. Tendré para usted un nuevo sabor.

Le sorprendió encontrar en la mirada de Mario tanta estima. Él sacudió la cabeza: —Sería demasiado fácil. Quiero algo mejor: déjeme llevarla.

La colocó delante de él.

—¡Andando, tendrá que volver a hacer acrobacias!

Dócil, ella echó a andar delante. Cuando llegaron al cruce, Mario decidió que tomarían un camino distinto a aquél por el cual habían venido.

—Voy a enseñarle algo fuera de lo común —prometió.

Enseguida llegaron al borde de un ancho khlong, ¿o era un riachuelo natural? Parecía serpentear. Sus orillas se hallaban cubiertas de hierbas.

—¿Todavía estamos en Bangkok?

—En pleno centro. Pero este lugar no es conocido por los extranjeros.

Ahora caminaban por un prado y, como los tacones de Emmanuelle se hundían en la tierra blanda, se quitó los zapatos.

—Va a estropearse las medias —dijo Mario—. ¿No prefiere quitárselas?

Ella fue sensible a la atención. Sentada en un tronco que se hallaba en el suelo, se subió la falda. El aire fresco le recordó que sus bragas estaban en el bolsillo de Mario. La claridad de la luna era tan viva que, mientras se desabrochaba el liguero, se veía nítidamente su vientre.

—No me canso de la belleza de sus piernas —dijo Mario—. De sus muslos largos y ligeros…

—¡Y yo que creía que todo le cansaba enseguida!

Él se limitó a sonreír. Ella no tenía ganas de moverse.

—¿Por qué no se quita también la falda? —sugirió Mario—. Andará mejor. Y a mí me encantará verla así.

Emmanuelle no lo dudó un instante. Se levantó y bajó la cremallera.

—¿Qué hago con ella? —preguntó después, con la falda colgada del brazo.

—Déjela sobre el árbol, la recogeremos a la vuelta. De todas formas hay que pasar de nuevo por aquí.

—¿Y si alguien la roba?

—¿Y eso qué importa? Supongo que no tendría inconveniente en regresar a casa sin ella…

Emmanuelle optó por no discutir. Volvieron a ponerse en marcha. Bajo la blusa de seda negra, sus nalgas y sus piernas, a pesar del bronceado, parecían extrañamente claras en la noche. Mario caminaba a su lado; la cogió de la mano.

—Ya hemos llegado —dijo al cabo de un momento.

Una tapia baja, medio derruida, se erguía ante ellos. Mario ayudó a su compañera a trepar por los ladrillos y saltar al otro lado. Al levantar la cabeza ella se estremeció. Una forma humana estaba agachada no muy lejos. La mano de Emmanuelle se crispó en la de Mario.

—No tema. Es gente pacífica.

Ella quiso decir: ¡Pero mi ropa! Una vez más, el temor a los sarcasmos de Mario la contuvo. Pero estaba tan avergonzada que se sentía incapaz de dar un paso. Se hubiera sentido menos molesta de hallarse completamente desnuda. Mario la arrastró inexorablemente; pasaron muy cerca del hombre, que los miró con ojos ardientes. Emmanuelle no pudo evitar estremecerse.

—Mire —dijo Mario señalando con el dedo—. ¿Alguna vez ha visto algo parecido?

Ella siguió la dirección indicada. De un árbol de enorme tronco, veteado de innumerables raíces y de lianas adventicias, colgaban extraños frutos. Conforme se acercaba, Emmanuelle vio que eran falos. Profirió una exclamación más bien admirativa. Mario explicó: —Unos son ex-votos; otros, ofrendas para obtener potencia sexual o fecundidad. Su tamaño está en función de la riqueza del fiel, o bien de la urgencia de su plegaria. Nos encontramos, no hace falta que se lo señale, en un templo.

La idea recordó a Emmanuelle lo indecoroso de su vestimenta.

—Si un cura me encontrara con esta indumentaria…

—No me parece muy desentonada, en un santuario dedicado a Príapo —dijo Mario riéndose—. Todo lo que se refiere a su culto es lícito en este lugar, es decir recomendado.

—¿Es eso lo que llaman lingam? —preguntó Emmanuelle, cuya curiosidad era más fuerte que la confusión.

—No exactamente. El lingam es hindú, su diseño es generalmente estilizado: se le encuentra sobre todo bajo forma de pilar, hincado verticalmente en el suelo, y la mayoría de las veces hacen falta los ojos de la fe para identificarlo. Aquí, como puede usted ver, la factura del objeto no deja nada librado a la imaginación. Son copias de la naturaleza más que obras de arte: los relicarios de la Ciudad de los Ángeles.

Los falos colgados de las ramas iban del tamaño de un plátano al de un bazooka, pero el realismo de los detalles era el mismo en todos los casos. Todos estaban hechos de madera esculpida y pintada de colores. Una pequeña mancha encarnada adornaba el meato. El prepucio estaba representado por unos pliegues profundos por detrás del glande. La combadura del miembro en erección estaba imitada con una vitalidad impresionante.

Colgaban de diferentes árboles; sumaban varios cientos. Numerosos cirios de cera se hallaban esparcidos por todas partes sobre candelabros de madera a través de aquel jardín de vergas; la mayoría estaban apagados, pero, en cambio, numerosos bastoncillos de incienso, idénticos a los que se encienden ante la imagen de Buda o en el altar de los antepasados, y cuyo persistente olor ya no lo abandona a uno, ardían en el jardín. El extremo incandescente tachonaba la noche de puntos rojos.

Emmanuelle se percató con angustia de que varias de aquellas lucecitas se movían. No tuvo que hacer un gran esfuerzo, tan clara era la noche, para distinguir que las sostenían manos humanas. No era sólo uno, sino cuatro, cinco, seis, diez hombres por lo menos los que estaban allí, sentados sobre los talones como el primero que había encontrado. Uno de ellos se levantó. Ella le vio acercarse. A escasos pasos de Emmanuelle volvió a agacharse. Su mirada expresaba un interés sostenido y tranquilo. Casi enseguida, dos, luego otros cuatro se unieron a él, se instalaron a su lado. Uno de los recién llegados parecía muy joven, casi un niño. Los demás eran mayores. Uno de ellos, casi un anciano. Nadie decía nada. Seguían sosteniendo sus barritas olorosas entre los dedos apretados.

—He aquí un público simpático —bromeó Mario—. ¿Qué vamos a representarles?

Descolgó uno de los falos, de proporciones relativamente modestas.

—No sé si cometo un sacrilegio —dijo— pero lo cometo con osadía. En cualquier caso no parecen ofuscados por ello.

Ofreció el trozo de madera a Emmanuelle.

—¿No es agradable al tacto?

Ella lo palpó.

—Enséñeles sobre este simulacro la forma en que utilizaría sus manos para hacerle honor, si estuviera vivo.

Emmanuelle se entregó a ello sin protestar, e incluso con un cierto alivio, ya que, por un instante, tuvo miedo de que Mario le pidiese que introdujese la méntula en ella. Su rugosidad y suciedad le repugnaban.

Sus dedos acariciaron el objeto de culto como si esperaran realmente hacerlo gozar. Acabó por creerse ella misma la parodia. Muy pronto casi lamentaba no poderse servir de sus labios: ¡pero realmente el instrumento tenía demasiado polvo!

Era consciente de que las miradas de los hombres se habían inflamado. Sus rostros parecían ligeramente tensos. Mario hizo un movimiento. Casi de inmediato, ella vio su sexo levantado, más grande y más rojo que el pene de madera.

—Conviene ahora que la ilusión ceda paso a la realidad —dijo Mario—. Que sus manos se muestren tan tiernas con la carne como lo han sido con la materia inanimada.

Emmanuelle depositó el objeto de culto en una cavidad del árbol (no se había atrevido a dejarlo caer) y recibió con obediencia el miembro de Mario. Él se volvió hacia los hombres en cuclillas para que pudiesen ver mejor.

El tiempo se detuvo. Nadie hizo el menor ruido. Emmanuelle se acordaba del «humanismo» del cual Mario le comunicara los principios en el salón a orillas del khlong, y se aplicó hasta el extremo de sentir vértigo. Ya no sabía si las pulsaciones de su muñeca eran las de Mario o las de su propio corazón. También recordaba su precepto: ¡Hasta el infinito! Y se las ingeniaba milagrosamente para hacer durar. Por fin, él murmuró: —¡Venga!

Al mismo tiempo, se volvió hacia el árbol del que colgaban los frutos de Príapo. Un chorro de una longitud y una densidad poco comunes atravesó la noche, salpicando los falos de madera, que acusaron el impacto balanceándose en el extremo de las lianas.

—Ahora, hay que hacer algo por nuestros espectadores —dijo enseguida Mario—. ¿Cuál de ellos le parece más tentador?

El pánico dejó muda a Emmanuelle. ¡No, no! No podía tocar a aquellos hombres, no quería que la tocasen…

—¿No le parece adorable el bambino? —dijo Mario—. Yo mismo podría sentir debilidad por él. Pero, esta noche, se lo voy a ceder.

Sin consultar a Emmanuelle, hizo señas al adolescente y le dirigió una frase. Este se irguió lentamente y, con gran dignidad, se acercó a ellos sin la menor timidez: parecía, incluso, bastante despectivo.

Mario volvió a decir algo y el niño se quitó el short. Desnudo era más hermoso: Emmanuelle, en medio de su turbación, se sintió reconfortada. Una verga todavía juvenil se alzaba horizontalmente frente a ella.

—Chupe y beba —ordenó Mario en tono banal.

Emmanuelle no pensó en resistirse. Se encontraba en tal estado de confusión y perplejidad que sus propios gestos le parecían no tener demasiada importancia. Se dijo únicamente que hubiera preferido hacerlo con el hombre desnudo que habían encontrado poco antes en el camino de tablones…

Se dejó caer de rodillas, en el césped tupido y suave, y cogió el miembro entre sus dedos, retirando la piel que recubría la mitad de la punta. Esta aumentó enseguida de volumen. Emmanuelle la introdujo entre sus labios, como si primero quisiera probarla. La mantuvo así un instante, mientras su mano se deslizaba a lo largo del asta. Luego, con súbita resolución, hizo entrar la verga hasta el fondo de su boca, tan lejos que sus labios tocaron el vientre desnudo y su nariz se sumergía en el ralo plumón. Permaneció así un momento, luego, concienzudamente, con arte, sin intentar hacer trampas ni abreviar, empezó a hacer ir y venir su boca.

La prueba, no obstante, le resultaba un suplicio y, durante el primer minuto de la felación, tuvo que luchar contra una náusea que le atenazaba la garganta. No era que considerase degradante, en sí mismo, el hecho de entregarse a los gestos del amor con un adolescente desconocido. El mismo juego, si Mario la hubiera empujado a él con un rubito pimpante, fragante a agua de colonia, en el salón burgués de una amiga parisina, le habría resultado incluso apetecible. Por otra parte, le había faltado muy poco para no engañar por primera vez a su marido (sin tener la impresión de engañarle, porque, justamente, con un niño hubiera parecido cosa de risa), antes de abandonar París, cediendo a las proposiciones del hermano pequeño, muy espabilado, de una de sus amantes. Fueron interrumpidos un minuto demasiado pronto: el consentimiento de Emmanuelle, en cualquier caso, ya había sido dado, no sólo mental, sino muy físicamente… La ocasión no volvió a presentarse: reflexionaba ahora, diciéndose que, bien pensado, era de naturaleza bastante libertina. Con aquel niño que había conocido su sexo rendido y húmedo y había empezado a penetrar en él, había hecho diez veces el amor en su imaginación a partir de entonces. Pero, con éste, no era lo mismo. No la excitaba en absoluto. Al contrario, le daba miedo. Además, primero había sentido repulsión ante la idea de que pudiera no estar limpio; afortunadamente, se había tranquilizado y recordado después, con alivio, las abluciones minuciosas a las que los siameses se entregan varias veces al día. En cualquier caso, la experiencia no le causaba ningún placer. Se entregaba a ella por complacer a Mario, pero sus sentidos y su deseo la rechazaban…

¡Ojalá al menos, se decía casi con violencia, supiese hacer bien su trabajo! Una especie de orgullo la llevaba a tratar a aquel adolescente de forma tal que le quedara un recuerdo imborrable. ¿No le había dicho su marido que ninguna mujer del mundo sabía como ella utilizar su boca para el amor?

Poco a poco, se dejó convencer por su propio juego, olvidó a quien pertenecía aquel pene cuya fuerza y calor empezaban a gustarle y a cuyo glande permitía explorar su garganta, buscar a su antojo el lugar en el que culminar su goce. Sintió sus labios, su clítoris, volverse sensibles; acabó por cerrar los ojos y dejar que las sensaciones se apoderasen de ella. Cuando sus caricias alcanzaron la meta, el surtidor de esperma sobre su lengua le procuró igual placer que si hubiese sido el de Jean. El sabor era diferente; lo encontró muy agradable. Le daba igual que todos aquellos hombres la mirasen: ella también quería gozar. Antes de que la verga se retirase de su boca, acarició con la punta de sus dedos el retoño de su sexo y se abandonó al orgasmo en los brazos de Mario, que le besaba los labios.

—¿No le había prometido entregarla por partes? —dijo él, cuando hubieron saltado la tapia en ruinas en sentido inverso—. ¿Está contenta?

Lo estaba. Pero no por ello dejaba de sentirse incómoda. Permaneció en silencio. Él comentó soñadoramente: —Es muy importante, para una mujer, beber mucho esperma y de las fuentes más diversas.

Su voz de repente se tornó ardiente:

Debe usted hacer todo esto porque es bella —dijo.

—¿No es posible ser bonita y honesta? —suspiró ella.

—Se puede, ciertamente, pero a su propia costa. ¿Es perdonable no utilizar el poder de la belleza para obtener aquello que tantas mujeres sin encantos desean toda su vida en vano?

—Parece usted creer que las mujeres sólo sueñan en la lujuria.

—¿Existe acaso otro bien?

No habían robado la falda. Emmanuelle se la puso, echando de menos su anterior comodidad. Volvieron a tomar una dirección distinta a la que ella conocía. Se preguntaba si aún iban a caminar mucho tiempo. Cuando se disponía a quejarse, desembocaron en una verdadera calle.

—Vamos a tomar un sam-lo, si es que encontramos uno —dijo Mario.

Emmanuelle jamás había utilizado aquellos medios de transporte, ya obsoletos, y la idea de subir a uno le gustó. Era más seductor dejarse conducir al ritmo indolente de un triciclo bajo el cielo luminoso que arriesgar el pellejo a cada curva en un taxi. Recorrieron la calle durante algunos cientos de metros antes de encontrar un vehículo libre. Su conductor (al que se suele llamar también sam-lo, «tres ruedas», confundiéndolo con su montura, expuso Mario) estaba sentado en el suelo, meditabundo. En cuanto les vio, les indicó con un gesto obsequioso la estrecha banqueta tapizada de hule rojo.

Mario conversó un momento, seguramente acordando el precio del trayecto, luego hizo señas a Emmanuelle para que subiese, instalándose a su vez junto a ella. Aunque los dos fuesen considerablemente esbeltos, estaban muy juntos uno contra el otro. Mario pasó un brazo por detrás de los hombros de su compañera y ella se apretó contra él, feliz. Al sentarse, se había subido la falda hasta mostrar enteramente las piernas, ya que él le había dicho que le gustaban. El triciclo dio una violenta sacudida. De pronto a Emmanuelle se le ocurrió una idea, que le pareció fantástica y loca. Nunca, por propia iniciativa, había hecho nada parecido, y, lo que era peor, ¡así en plena calle! Pero ahora iba a hacerlo. Hizo acopio de todo su valor.

Se puso de lado, hacia Mario. Con una mano que intentaba mostrarse firme desabrochó un botón. Luego, apresuradamente, los demás. Introdujo la mano y tomó entre sus dedos el sexo adormecido. Sólo entonces respiró.

—¡Eso está muy bien, Emmanuelle! —dijo Mario—. Me siento muy orgulloso de usted.

—¿De verdad?

—Sí. Su gesto adquirirá derecho de ciudadanía en el reino del erotismo, porque la costumbre establece que los hombres tomen la iniciativa y las mujeres se dejen hacer. Una mujer que toma la delantera, en el momento en que el hombre menos se lo espera, crea una situación erótica de altísimo valor. ¡Muy bien!

—Recuerde esta fórmula para otras circunstancias —siguió diciendo— y no se arrepentirá. Por supuesto, teniendo siempre en cuenta, de acuerdo a las reglas, la cláusula alusiva a la novedad.

—¿Cómo sería eso? —preguntó.

Empezaba a acariciar suavemente a Mario.

—Si es usted la amante titular de un hombre y se quita la ropa ante él, incluso sin que él se lo pida, ¿dónde está lo imprevisto? Y por tanto, ¿dónde el erotismo? Pero si su embajador, a la hora del almuerzo, le presenta a un diplomático de paso para que le haga visitar el templo de Buda Acostado, y usted, invitándole a tomar el té en su saloncito, para recuperarse del cansancio de la visita a la ciudad, y sentándose a su lado sobre su mejor sofá de seda blanda, se quita simplemente la blusa sacudiendo con naturalidad su cabellera, este gesto espontáneo dejará en la memoria de su huésped una huella imperecedera. En su lecho de muerte, será su imagen la que vendrá a atormentarle y consolarle. Después de ese inicio, naturalmente, puede escoger entre toda una gama de posibilidades. O bien limitarse provisionalmente a esa iniciativa y, con los senos desnudos, servir ceremoniosamente el té sin omitir preguntarle si acostumbra a tomarlo con uno o dos terrones de azúcar. Existen muchas posibilidades de que en tal momento él sea incapaz de recordarlo. Por otra parte este detalle le permitirá reconocer cuál de las ulteriores medidas es la más apropiada. Si está turbado hasta el extremo de decir: ocho, o catorce, o un metro, no espere a que sea él quien dé el siguiente paso; opte por dos terrones y aproxímese. Actúe entonces como acaba de hacerlo conmigo y pregúntele qué prefiere, gozar antes o después de haber bebido el té y de qué manera: en su mano, en su boca o en su vagina. A partir de entonces, el resto tiene poca importancia. El clima está creado. Y la obra maestra, como a usted le gusta decir, en buen camino. Si, en cambio, su visitante ha conservado una expresión de sangre fría, déjele decidir a él lo que hay que hacer, es decir abalanzarse sobre usted y conducirse como el fauno que usted ha desencadenado: todo redundará en beneficio suyo. En otra ocasión, para variar, no se quitará simplemente la blusa, sino que se quedará completamente desnuda, sin dejar de ser ni un minuto una mujer de mundo y sin manifestar la emoción más fugaz. Cuando, sujetando su falda con la mano izquierda, haya pasado con sus largas piernas de bailarina por encima de él y la haya dejado caer con recato sobre un puf, cuando se haya quitado, si llevaba, las bragas y las haya puesto a buen recaudo en el jarrón de las orquídeas, volverá a sentarse a la izquierda del viajero y se recostará suavemente sobre los almohadones del sofá, con una sonrisa de amable compañía. Si su invitado se muestra paralizado por la sorpresa, explíquele, para que se sienta cómodo, cómo, la noche anterior, fue violada por dos negros armados de cuchillos y el placer que eso le causó. Describa largamente el sexo de sus torturadores y las libertades que se tomaron con su cuerpo. Si él sigue sin moverse, mastúrbese delante suyo. Finalmente, con motivo de una tercera experiencia, ante otro invitado de categoría, no se desvista, pero, después de levantar la tetera, y antes de interrogarle a propósito del azúcar, pregúntele simplemente: «Después de tomar el té, ¿desea que hagamos el amor? Mi marido no volverá antes de una hora». Si, por casualidad, el invitado se hace el escurridizo, con el pretexto de una antigua herida, una promesa pronunciada a la cabecera de su madrina carmelita o una disposición del código de Hamurabi prohibiendo gozar antes de la puesta del sol, diga, con el tono apropiado y sin mostrar despecho: «Tiene usted razón: ¿dónde tenía la cabeza? También yo, cuando me casé, prometí ser fiel y, como nunca he engañado a mi marido, será mejor que no comience hoy». El imbécil jamás se consolará de haber dejado escapar la perla rara que es usted. Si cambia de parecer, muéstrese implacable. Que intente abusar de su inocencia y ya verá como usted llama a la policía, haciéndole condenar a la pena máxima. Ningún jurado dará crédito a las alegaciones insensatas que él formulará en su defensa: la verdad.

Emmanuelle estaba encantada de la dimensión que gracias a sus cuidados había adquirido el miembro de Mario. A pesar de todo, sin atenuar su sarcasmo, le dijo: —Señor profesor, las palabras que me recomienda usted pronunciar son exactamente, si no recuerdo mal, las que le he dirigido hace menos de una hora. Como usted me ha rechazado injuriosamente, voy a entregarle al primer gendarme que vea.

Mario sonrió bonachonamente.

—Adoro su mano —dijo—. No cambie su estilo. Pero querida, no intente hacerse pasar por más tonta de lo que es. Sabe usted muy bien que no hay ningún punto en común entre la situación que le estoy describiendo y nuestras relaciones.

Emmanuelle no discernía en absoluto en qué consistía la diferencia, a menos que no fuese en la ausencia de té. Sin embargo no se sentía con humor ni ánimos para polemizar: la caricia que estaba prodigando le inflamaba los sentidos; hasta los traqueteos del triciclo sobre la calzada irregular aumentaban su placer.

—Este sam-lo no sabe el espectáculo que se está perdiendo —observó Mario.

Silbó. Inmediatamente, el hombre volvió la cabeza: sus ojos pasearon de uno a otro de sus pasajeros, se iluminaron con una amplia sonrisa.

Le gustamos, pensó Emmanuelle.

—Sí, hemos encontrado un cómplice —dijo Mario—. No tiene nada de extraño, ya que es guapo. Existe una masonería internacional de la belleza. Un determinado número de cosas sólo les están permitidas a los que son hermosos. Montherlant, escribiendo a Pierre Brasseur, observaba justamente, un día, que «indecencia no significa en absoluto vulgaridad: es la mojigatería lo que es vulgar».

—Courteline ya había dicho antes, —citó Emmanuelle, muy contenta de sus conocimientos—: «El verdadero pudor consiste en ocultar lo que no es bello».

—¿Se avergüenza usted de sus senos?

—¡Oh, no!

Con la mano que no acariciaba a Mario, sacó su blusa fuera de la falda e intentó hacerla pasar por encima de su cabeza. Mario la ayudó. Durante unos instantes tuvo que abandonar al sexo erecto, pero no fue más que un breve interludio.

—Ahora me gustaría que nos encontráramos a alguien —dijo Mario.

—¿No basta el sam-lo como testigo? —se defendió Emmanuelle, contra su voluntad.

—Él ya no es testigo, es parte.

Mario le dio otra voz y el siamés se volvió sobre su asiento. Pareció impresionarse vivamente ante la semidesnudez de su pasajera y el vehículo dio un bandazo. Los tres se rieron ruidosamente. Emmanuelle tenía la impresión de estar un poco borracha. Era muy tarde para que fueran los efectos del chianti.

El deseo de Mario fue complacido. Un coche que iba a adelantarles frenó bruscamente. Emmanuelle creyó que iba a pararse y el corazón le dio un vuelco. El coche, sin embargo, volvió a arrancar. Había sido imposible distinguir los rostros de sus ocupantes.

—¿Tal vez algunos de sus amigos? —sugirió cruelmente Mario.

Ella no contestó; sentía un nudo en la garganta. Prefería pensar únicamente en acariciarlo bien. Otro sam-lo, en el que se apiñaban dos marinos americanos, venía a su encuentro: sus ocupantes se pusieron a gritar como pavos al descubrir el espectáculo. Mario y Emmanuelle fingieron no verlos ni oírlos. Los otros gesticularon desesperadamente, intentando hacer parar a los dos vehículos, pero sus conductores no se inmutaron, continuando uno y otro con su pedaleo sin que el ritmo decreciera.

—¿Dónde prefiere gozar? —preguntó Emmanuelle—: ¿En mi mano, en mi boca o en mi vagina?

Él no respondió inmediatamente. Ella, curvando la cintura, le tomó entre sus labios, le hizo penetrar profundamente en su boca. Oyó que él recitaba:

Hasta que te diga:

¡Ay, no puedo más, mi vida!

¡Ay, Dios mío, no puedo más!

Entonces retira tu boquita,

Para que muerto pueda suspirar,

Luego dame la propina.

La curiosidad la hizo interrumpir su labor; se incorporó y preguntó: —¿Es suyo ese poema galante?

—De ninguna manera —protestó Mario—. Está tomado de La première journée de la Bergerie, de uno de sus compatriotas del siglo XVI, Rémy Belleau.

—¡Muy bien! —replicó ella.

Antes de que tuvieran tiempo de recuperar su posición, se encontraron frente a la verja del jardín de Mario.

Este, sustrayéndose a las manos de su compañera, saltó del triciclo y puso en orden su ropa. Emmanuelle bajó detrás de él, pero no juzgó necesario volverse a poner el jersey, que llevaba en la mano balanceándolo junto con el bolso. Sus senos adquirieron una curva admirable bajo la luna.

Mario abrió la verja. El sam-lo había echado pie a tierra y, sin emoción visible, esperaba: aparentemente, que le pagaran. El italiano saltó tan rápidamente sobre el sillín que el hombre no tuvo tiempo de esbozar un gesto: ya su vehículo estaba en el jardín, y Mario pedaleando a toda velocidad. El siamés y Emmanuelle quedaron frente a frente. Los dos estallaron al mismo tiempo en una gran carcajada. El muchacho se tomaba con buen humor la broma de su cliente. De momento, a decir verdad, parecía más preocupado por admirar las sinuosidades de Emmanuelle que por recuperar su vehículo. Fue ella la primera en lanzarse en persecución del fugitivo. Le encontró frente a la escalinata de troncos, exultante. Estaba de pie y sujetaba el triciclo por el manillar.

—¡Es usted un loco! —le regañó tiernamente.

—También me gustan sus senos —anunció, como si fuera una decisión largamente madurada.

—¡Estoy de suerte!

Se sentía más halagada de lo que quería admitir. El sam-lo les dio alcance, hilarante y sin prisas. Mario le habló: un verdadero discurso, con entonaciones, silencios, efectos de elocuencia. Emmanuelle se preguntaba qué le estaría diciendo. El rostro del siamés no reflejaba nada que permitiese arriesgar hipótesis. De pronto, contestó, mirando al mismo tiempo a Emmanuelle. Mario prosiguió su exposición. El joven movió afirmativamente la cabeza.

—¡Todo arreglado! ¡Ya tenemos un héroe! —dijo Mario—. Con lo que se demuestra que vamos a buscar lejos lo que es fácil obtener a la puerta de casa.

—¿Qué? Quiere decir…

—Pues claro. ¿No lo considera digno de mis favores?

Esta vez, Emmanuelle estuvo casi a punto de llorar. Las atenciones de Mario durante todo el recorrido le habían hecho olvidar sus enfados anteriores. Esperaba, más o menos conscientemente, que, una vez en su casa, él la tomara en sus brazos. Estaba dispuesta a pasar allí el resto de la noche, si él lo deseaba, y ni siquiera pensaba ya en volver a su casa. Podría haber hecho de ella lo que quisiera. Pero así era: no quería nada. Lo único que tenía en la cabeza era encontrar un muchacho para su cama. Emmanuelle posó sobre él una mirada empañada de lágrimas: ya no le distinguía claramente. ¿Era realmente tan bello? Recordaba haberle encontrado rostro de boxeador…

¡Cara! No empiece otra vez a atormentarse antes de tiempo —dijo alegremente Mario, interrumpiendo como de costumbre las sombrías reflexiones de Emmanuelle—. Ya verá, tengo una idea extraordinaria. Una vez más, me dará la razón. Entre enseguida.

Abrió la puerta y la atrajo, sujetándola por la cintura. Ella se dejó llevar sin alterar la mala cara. Estaba harta de las ideas de Mario. No obstante se alegró de encontrarse otra vez en el salón con zonas de sombra y de claridad, el sofá de cuero rojo y el olor acre del khlong. Ahora no parecía que pasasen muchas barcas. Era tan tarde, ¡o tan temprano! De pronto se sintió vencida de sueño. ¡Qué noche!

Mario trajo unos vasos enormes donde unos cubitos brillaban en un licor verde.

—Menta picante «on the rocks» —anunció—. ¡Esto reanimará a mi amada!

¿Su amada? Emmanuelle esbozó una sonrisa amarga. El sam-lo permanecía en el centro de la habitación, un poco confundido. Tomó con evidente embarazo la bebida que Mario le ofrecía. Los tres bebieron en silencio. Ella tenía tanta sed que vació su vaso sin respirar. Mario estaba en lo cierto: se sintió revivir. Él se sentó bruscamente a su lado, la rodeó con sus brazos. Posó sus labios sobre su seno izquierdo.

—Voy a poseerla —dijo.

Esperó para observar el efecto producido.

Emmanuelle estaba demasiado aturdida para manifestar nada. Por otra parte, no estaba convencida.

—Pero voy a poseerla a través de esta hermosa escayola, continuó Mario. A través, en el sentido estricto de la palabra. Es decir que voy a atravesarlo para llegar hasta usted. La poseeré como jamás la ha poseído nadie y como jamás he poseído a una mujer. Será mucho más mía de lo que ningún ser ha sido hasta el momento de nadie. ¿Lo consiente usted?

Emmanuelle no entendía lo que él quería decir, o se negaba a comprenderlo. Pero no se le ocurrió ni por un momento resistirse. Todo lo que Mario le pedía estaba bien y ella lo aceptaba. Lo único que hubiera temido era que no le pidiese nada. Dijo: —Hágame lo que le apetezca.

Por segunda vez, la besó en los labios. Ahora Emmanuelle era completamente feliz. Y estaba impaciente por que cumpliese en ella su voluntad.

—¡Su primer amante! —exclamó—. Esta noche va a tenerlo.

Se sintió avergonzada por haberle engañado, por no haber confesado a Mario sus aventuras del avión. Pero, ¿era tan importante? En algún sentido, por ser la primera vez que aportaba su total consentimiento, que con toda lucidez y todo conocimiento de causa, con premeditación, quería ser adúltera, aquél sería realmente su primer amante.

—¿El primero de muchos más? —preguntó él como para asegurarse de que la discípula había asimilado la lección.

—Sí —dijo Emmanuelle.

¡Qué maravilla, abandonarse tan completamente! La mujer que se entrega a un solo hombre no puede saber cuán grande es el paso dado por la que, a su vez, se promete por completo a varios, a un número ilimitado de hombres. Ninguna mujer, jamás, sería tan adúltera como lo era ella en aquel momento. ¿Quién más podía lograr el milagro, al engañar por primera vez a su marido, de engañarle con todos los hombres que a partir de entonces iban a poseerla?

—¿No volverá a negarse? —insistió Mario.

Ella sacudió la cabeza para responder que no. Pensaba: «Si me ordena que me entregue esta noche a diez hombres, lo haré».

Él sólo le pidió que se entregara al sam-lo. Emmanuelle se quitó la falda y permaneció en el sofá, recostada sobre los gruesos almohadones, cuya suavidad le encantaba. Tenía las piernas separadas los talones apoyados sobre la alfombra, y rodeó con sus brazos las caderas del hombre cuando precavidamente empezó a introducirse en ella. Una vez lo hubo logrado completamente, Mario, que había permanecido al lado de Emmanuelle, sin dejar de besarla, se levantó y fue a colocarse detrás del sam-lo. Sus manos le cogieron por las caderas y Emmanuelle sintió que tocaban las suyas.

Oyó que dejaba escapar gemidos de placer. En algunos momentos, fueron casi gritos.

—Ahora, estoy en usted —dijo Mario—. La atravieso con una espada dos veces más aguda que la del común de los mortales. ¿Puede sentirla?

—Sí. Soy feliz —dijo Emmanuelle.

El duro pene del siamés se retiró de ella tres cuartas partes, volvió a hundirse inexorablemente, y retrocedió de nuevo acelerando su movimiento. Ella no quiso saber si Mario le permitía gozar. Gritó enseguida: su cuerpo se contorsionaba sobre el cuero satinado. Los dos hombres unían sus quejidos a los suyos. Sus voces confundidas desgarraban la noche, y unos perros, a lo lejos, respondieron con un concierto interminable de aullidos. Pero ellos siguieron imperturbables. Estaban en otro mundo. Una armonía interior parecía regular su trío como las ruedecillas de un reloj. Habían conseguido constituir una unidad profunda, sin fisuras, más perfecta que la que podía formar una pareja. Las manos del siamés oprimían los senos de Emmanuelle y ella sollozaba de placer, arqueando los riñones para que entrase más profundamente en ella, jadeando, más feliz de lo que podía soportar y suplicando al amante que la desgarrase, que no la tratara con indulgencia, que gozara en ella.

Mario sentía que las fuerzas del sam-lo eran inagotables, pero él no podía más. Hundió las uñas en la carne de su poseído, como si se tratase de una señal. Los dos hombres eyacularon simultáneamente, el sam-lo en el fondo del cuerpo de Emmanuelle, pero desfalleciendo a su vez bajo otro embate. Emmanuelle gritó aún más fuerte de lo que había gritado hasta entonces, sintiendo subir por su garganta el sabor áspero del semen que la inundaba. Su voz rebotaba sobre el agua negra, sin que nadie pudiese explicar a quién se dirigía aquel grito: —¡Amo! ¡Amo! ¡Amo!