Capítulo 10
EL sol de mediodía entraba por la ventana cuando una enfermera zarandeó suavemente por el hombro a Quinn, que se había quedado dormido en uno de los asientos de plástico del pasillo. Se incorporó en el asiento, soñoliento y desorientado, pero al instante recordó por qué estaba allí.
—¿Cómo está Amanda? —le preguntó. La enfermera, una morena joven de pelo rizado le sonrió y dijo:
—Está despierta y ha preguntado por usted.
—Oh, gracias a Dios —murmuró Quinn frotándose la cara y levantándose
.
Siguió a la enfermera hasta la unidad de cuidados intensivos con la esperanza de que, si había pedido verlo, quizá no lo odiara después de todo.
Cuando llegaron al cubículo en el que habían instalado a Amanda, la encontró incorporada sobre varios almohadones. Todavía tenía puesto el goteo, pero la habían desenchufado de las demás máquinas. Estaba aún muy pálida, y parecía tremendamente frágil allí echada con la camisola azul del hospital y el cabello recogido en una coleta.
Sin embargo, nada más ver a Quinn, el cansancio y el dolor se borraron de su rostro, siendo reemplazados por una sonrisa, y de pronto volvió a estar tan bonita como siempre. Su primer pensamiento, nada más recobrar la conciencia, había sido para él, y cuando la enfermera le había dicho que estaba fuera esperando, que había pasado allí toda la noche, la joven se dijo esperanzada que no podía serle tan indiferente después de todo.
—¡Oh, Quinn! —susurró con los ojos llenos de lágrimas por la dicha, extendiendo los brazos hacia él.
Sin dudarlo dos veces, Quinn fue a su lado y la abrazó ignorando a las enfermeras, a los demás pa icientes, a todo lo que los rodeaba. Con la mejilla apoyada en su suave cabello y los ojos cerrados, inspiró con fuerza, dando gracias a Dios por aquel milagro.
—Dios mío... creí que te había perdido... —murmuró con la voz temblorosa por la emoción.
Amanda le había rodeado el cuello con los brazos y lo abrazaba como si no quisiera separarse nunca de él. El día del concierto se había preguntado si Quinn no la habría alejado de él porque había creído que sería lo mejor para ella, y en ese momento, viéndolo tan agitado y aliviado a la vez, supo que así había sido.
—Me han dicho que fuiste tú quien me trajo hasta aquí —le dijo dulcemente.
Quinn alzó el rostro para mirarla a los ojos.
—Ha sido la noche más larga de toda mi vida, temiendo que pudieras morir.
—Oh, los Callaway somos como los gatos, tenemos siete vidas —bromeó la joven esbozando una sonrisa
—. Cielos, Quinn, tienes un aspecto terrible —le dijo entre suaves risas.
Volver a oírla reír, verla sonreír... para Quinn era como si le hubieran concedido una segunda oportunidad. Entrelazó sus dedos con los de ella.
—Me sentí tan mal al escuchar la noticia del accidente... sobre todo por las cosas que te había dicho por teléfono. No sabía si me odiabas por ello, pero no podía quedarme sentado en casa esperando a que otros te encontraran —acarició con el pulgar el dorso de su mano—. ¿Cómo te sientes, cariño?
—El dolor físico pasará, pero aún me siento muy conmocionada. Aquellos dos hombres que murieron...
Uno de ellos estaba teniendo un ataque al corazón, y el otro hombre y yo tratamos de ayudarlo. Por eso teníamos desabrochado el cinturón. Es tan triste... ¿Por qué ellos sí y yo no? Te hace plantearte ciertas cosas...
Se quedaron los dos callados un momento.
—Quinn. ¿crees que algunas cosas están predestinadas a ocurrir por mucho que intentes evitarlo? —inquirió la joven pensativa, recordando también a la chica que había muerto en aquel concierto.
—Supongo que sí —sonrió él con tristeza—. Pero estoy agradecido por que aún no fuera tu momento —murmuró mirándola a los ojos.
—Yo también —musitó Amanda. Extendió la mano y le acarició la mejilla perdida en su mirada. De pronto, una sonrisa se dibujó en sus labios al ocurrírsele una idea traviesa—. Bueno, ¿y dónde está?
Quinn frunció el entrecejo.
—¿Dónde está qué?
—Mi anillo de compromiso, por supuesto —respondió ella sonriendo más aún—. Ya no puedes echarte atrás: tengo entendido que vas diciendo por ahí que eres mi prometido, así que ahora no tienes escapatoria. Vas a casarte conmigo.
Quinn enarcó las cejas anonadado. ¿Estaría soñando?
—¿Que voy a «qué»? —inquirió boquiabierto y con los ojos como platos.
—Vas a casarte conmigo —repitió Amanda muy segura de sí misma—. ¿Dónde está Hank? ¿Lo ha llamado alguien?
—Lo llamé yo ayer —respondió Quinn sin salir del todo del estado del shock en el que estaba. Miró su reloj de muñeca y contrajo el rostro—. Vaya, había prometido llamarlo esta mañana, pero me temo que ya es demasiado tarde. Ya habrán salido. Llegarán de un momento a otro.
—Bien, porque Hank te saca dos cabezas y cuando se enfada es como un tigre furioso —bromeó Amanda entornando los ojos—. Le diré que me sedujiste, que podría estar embarazada.
Quinn estaba cada vez más atónito.
—¡Eso es imposible! Yo nunca...
—Pero lo harás —contestó ella riéndose—, espera a que estemos solos. Me echaré sobre ti y te besaré hasta que te pille desprevenido, y entonces...
—Tú jamás harías eso —repuso Quinn casi alarmado, preguntándose si sería capaz.
—Exacto, y por eso precisamente tenemos que casarnos, porque yo no soy esa clase de mujer... igual que tú tampoco eres esa clase de hombre —dijo ella riéndose—. A Harry le caigo bien, Elliot y yo nos hemos hecho grandes amigos, y creo que incluso podría tolerar al viejo McNaber si quitara las trampas... —se llevó un dedo a los labios, pensativa—. Por supuesto está la gira, que es ineludible, pero en cuanto haya acabado me retiraré de la escena y solo grabaremos en el estudio, y tal vez un video de vez en cuando. Te aseguró que estarán encantados con la idea. Aunque no le lo parecieran por su aspecto, son todos bastante tímidos, y estamos tan cansados como yo de ir rodando por ahí como guijarros. Podría componer las canciones en casa, y ayudaría a Harry con la cocina, y a Elliot con los estudios, y a ti con los terneros, y tendríamos varios niños —concluyó sonriente.
A Quinn le daba vueltas la cabeza. Como siempre solía ocurrir, la mente de las mujeres iba mucho más deprisa que la de los hombres, y él ni siquiera se había planteado todo aquello. Solo había estado preocupado por que despertase del coma y arreglar las cosas con ella.
—Escucha, Amanda —le dijo poniéndose muy serio—, ¿estás segura de que es eso lo que quieres? Tú eres una cantante de éxito, y yo estoy arruinado. No tengo más que un rancho en medio de ninguna parte.
No sería capaz de vivir a tu costa, y además tengo un hijo, aunque no sea mío.
Pero Amanda había tomado su mano y la había puesto en su mejilla, frotándose amorosamente contra ella.
—Todo eso no importa. Te quiero —le dijo, mirándolo con adoración.
Quinn se sonrojó profusamente y se quedó mirándola como si fuera la primera vez que la veía. A excepción de su madre y de Elliot, nadie más le había dicho jamás esas dos palabras.
—¿Tú me... me...? ¿a pesar de lo que te dije?, ¿a pesar de que me marché de aquel modo?
—Sí, a pesar de todo —murmuró ella—. Te quiero con toda mi alma. Quiero pasar contigo el resto de mi vida, Quinn, y no me importa si es en las montañas de Wyoming, o en una isla en medio del Pacífico, o en una cueva. Mientras estemos juntos lo demás no me importa.
Quirm sonrió abiertamente por primera vez con el corazón henchido de felicidad. Tomó la mano de Amanda y le besó la palma con tanto sentimiento que la joven sintió que se estremecía por dentro.
—Yo también te amo, más intensamente de lo que nunca imaginé que podría amar. Sin ti seguiría perdido
—le dijo Quinn mirándola a los ojos—. Te compraré ese anillo hoy mismo, pero me temo que no podrá ser de diamantes ni...
Amanda le puso un dedo en los labios para imponerle silencio.
—Me conformaría con la vitola de un puro con tal de casarme contigo.
—Tampoco soy tan pobre —respondió Quinn ofendido, provocando las risas de Amanda. Se inclinó hacia ella y, rozando sus labios, le dijo—: Y nada de un compromiso largo.
—Creo que se tarda tres días en conseguir una licencia matrimonial —murmuró ella contra sus labios—, y a mí eso ya me parece una eternidad, así que... ¡ve a solicitarla ya!
Quinn se rio y la besó dulcemente.
—Ponte bien —le susurró—. Creo que voy a repasar esos libros que tengo en casa, para prepararme —le dijo guiñando un ojo.
La joven se sonrojó y sonrió, pensando maravillada al verlo salir en lo inesperadamente que llegaba a veces la felicidad.
Los chicos fueron a visitarla por la tarde, cuando ya la habían trasladado a una habitación privada en otra planta, fuera de la unidad de cuidados intensivos. El resto de supervivientes del avión habían sido rescatados, y todos, a excepción de uno que permanecía en el hospital por shock postraumático, habían sido dados de alta. Los reporteros habían tratado de entrar para hablar con Amanda, pero Hank los había despachado con unas breves declaraciones. Jerry, por su parte, aunque llamó diciendo que desearía haber podido estar también en el hospital, tuvo que ir a San Francisco para cancelar la actuación que iban a haber hecho esa noche
Cuando Quinn regresó, una media hora más tarde, la joven estaba sentada en la cama rodeada por los demás miembros del grupo. Tenía mucho mejor aspecto
—Hank ha traído su metralleta —bromeó en cuanto lo vio aparecer—, y Jack, Deke, y Johnson te escoltarán hasta el altar, para que no te pierdas. Oh, y Jerry me ha dicho que ya ha raptado a un sacerdote y que la licencia matrimonial...
—Ya la he solicitado yo —la cortó Quinn riéndose—. Hola, muchachos, me alegra veros —dijo estrechándole la mano a cada uno—. Oh, y lo de la metralleta es una buena idea, por si «ella» trata de escapar.
—¿Yo? ¿Qué te hace pensar eso? —se rio Amanda, abrazándolo cuando se acercó a la cama—. ¿Dónde está mi anillo? Quiero ponérmelo para que las enfermeras dejen de echarte miraditas —le dijo sonriendo
—. Me he fijado en que esa morenita...
—Yo no tengo ojos para nadie más —le aseguró Quinn, sacando una cajita del bolsillo de la chaqueta y poniéndosela en la mano.
Era una sortija bastante sencilla, pero a la joven le pareció lo más hermoso y perfecto que había visto en su vida.