Capítulo 2
CÓMO se había atrevido a llamarla golfa? ¡Si supiera lo equivocado que estaba respecto a ella...! Los ejemplos de su padre alcohólico y su tía excesivamente permisiva habían actuado como un revulsivo, y Amanda había terminado por convertirse en una chica anticuada para su edad, que ansiaba una vida tranquila y equilibrada. De hecho, en los últimos meses apenas había tenido citas, precisamente porque le fastidiaba que los hombres creyeran que era la mujer sexy y cautivadora en la que se convertía cuando subía al escenario. Mandy era solo un personaje, no era ella.
El resto de la semana fue pasando lentamente y, aunque la irritaba preocuparse por el ranchero después de lo grosero que había sido con ella, no podía evitar preguntarse cómo estaría.
Aquellas vacaciones en la cabaña, pasada la novedad inicial, estaban resultando bastante aburridas: no podía llamar a nadie por teléfono para charlar un rato, no podía ver la televisión... Rebuscó por todos los cajones, pero ni siquiera encontró una baraja de cartas. El señor Durning tenía únicamente una pequeña minicadena, pero los discos de su colección no podían ser más aburridos: ¡todos de ópera! Seguramente los usaba para deslumbrar a sus conquistas, para que pensasen que era muy refinado.
Para colmo de males, el domingo por la noche se fue la luz. Amanda se quedó sentada en la oscuridad, riéndose por no llorar. Aquello era lo más surrealista que le había ocurrido nunca: estaba atrapada en una casa sin calefacción, sin luz, los troncos que había apilados fuera estaban cubiertos por varios metros de nieve, y había sido incapaz de encontrar siquiera cerillas.
¿Qué iba a hacer? Se había puesto el abrigo, pero aun así estaba tiritando y, en aquella soledad, tenía miedo de que la pesadilla de hacía unas semanas volviera a su mente para atormentarla.
De pronto, sin embargo, escuchó unos golpes en la puerta de la cabaña.
—¡Señorita Corrie!, ¿está usted ahí? —la llamó una voz masculina a gritos en medio del fuerte viento.
Amanda se levantó y fue hasta la puerta, tanteando para no tropezarse con nada.
Cuando abrió la puerta, se encontró con Quinn Sulton, la última persona a la que quería ver en ese momento.
—Vaya a buscar lo que necesite para un par de días y marchémonos —le dijo—. Si se queda aquí esta noche sin electricidad se congelará. En el rancho tengo un generador para estas emergencias —le explicó.
—Prefiero morir congelada a irme con usted, pero gracias por venir —le espetó Amanda con aire indignado.
—Mire, está bien, no debí meterme con su moralidad. No es asunto mío que vaya detrás del dinero de un ricachón, pero...
Amanda hizo ademán de cerrarle la puerta en las narices, pero Quinn fue más rápido e interpuso una pierna para que no pudiera hacerlo, y entró en la cabaña.
—No tenemos tiempo para estas tonterías —gruñó—. Le he dicho que se viene conmigo y vendrá conmigo —le dijo alzándola en volandas y volviéndose para abrir la puerta.
—¡Señor... Sutton! —protestó ella—. ¡Bájeme! ¡Además, no me ha dejado recoger mis cosas!
—Pues se aguantará y se irá con lo puesto —le espetó él mientras salía y cerraba la puerta de una patada.
A la joven la sorprendió ver que la nieve le llegaba al ranchero casi a la cintura. Hacía dos días que no había salido de la cabaña, así que no tenía ni idea de que hubiera nevado tantísimo. El viento gélido le cortaba el rostro como un millar de pequeñas cuchillas. Era una sensación extraña la de que la llevara en brazos. La hacía sentir pequeña e indefensa... pero, a la vez, a salvo. No estaba segura de que aquello le gustase. Le asustaba la idea de depender de alguien.
—No me gustan nada sus maneras —le dijo.
—Puede, pero funcionan —repuso él sentándola en el trineo y sentándose junto a ella.
Tomó las riendas y jaleó al caballo para que se pusiera en marcha. Amanda quería haber protestado, haberle dicho que la dejara, que se fuera al infierno, pero el frío era tan intenso que se le habían quitado las ganas de discutir. Era cierto que habría muerto congelada de haberse quedado en la cabaña.
—¿Ya se le ha pasado el berrinche? —inquirió Quinn.
—No tenía ningún berrinche —replicó ella—. Lo que pasa es que no quiero ser una molestia —mintió por educación.
—Bueno, no crea que a mí me hace mucha gracia, pero no tenía otra elección: o la traía a mi casa, o la enterraba.
—Qué raro que no prefiriera lo segundo, siendo tan misógino como es...
—No tiene nada que ver con eso —murmuró él girando la cabeza para mirarla—: intente cavar un agujero en la nieve... está dura como el cemento.
Habían llegado al rancho. Quinn hizo que el caballo entrara directamente en el establo, y mientras lo desenganchaba y lo metía en su pesebre, Amanda recorrió el edificio, mirando los demás caballos. En uno de los pesebres del fondo había un ternero. Parecía bastante desnutrido.
—¿Qué le ha pasado a esta cría? —le preguntó al ranchero.
—Su madre murió de hambre ahí fuera porque no pude encontrarla a tiempo —murmuró Quinn con voz queda.
Amanda lo miró sorprendida. Parecía que aquello lo había afectado mucho. Era curioso como, de nuevo, bajo la coraza de hombre duro, había vuelto a abrirse una grieta.
—Pero tendrá muchas más... quiero decir... no creí que una vaca más o menos importara tanto —dijo.
—Lo perdí todo hace unos meses —le contestó Quinn—, todo lo que tenía. De hecho, todavía estoy intentando salir de la bancarrota. Todo cuenta. Cada vaca cuenta —explicó mirándola a los ojos—. Pero no se trata solo del dinero, me duele ver morir a cualquier ser vivo por falta de atención, incluso a...
—¿... incluso a una mujer como yo? —lo cortó Amanda con una media sonrisa—. No se preocupe, ya sé que no me quiere aquí. Yo... le estoy agradecida por que viniera a rescatarme. La madera estaba cubierta de nieve, y parece que el señor Durning no fuma, porque he sido incapaz de encontrar una caja de cerillas o un encendedor.
Quinn frunció el entrecejo.
—No, Durning no fuma, ¿no lo sabía?
—Nunca se me ocurrió preguntarle —contestó ella encogiéndose de hombros. Le daba igual lo que pensara de ella, no iba a corregirlo y a decirle que era su tía y no ella quien conocía al señor Durning
—Elliot me dijo que ha venido a las montañas porque había estado enferma.
—Sí... en cierto modo —respondió Amanda vagamente, alzando la vista.
—¿Tan poco significa para Durning que no ha tenido siquiera el detalle de pasar con usted estos días?
—Señor Sutton, mi vida privada no es asunto suyo —repuso ella con firmeza—. Piense lo que quiera de mí, me da igual.
Las facciones de Quinn se endurecieron ante esa respuesta, pero no dijo nada. Se quedó mirándola a los ojos un instante, y le indicó que lo siguiera.
Elliot se mostró entusiasmado al saber que iban a tener un huésped. En el salón había un televisor con video, un equipo de estéreo, y, sorprendentemente, hasta un pequeño teclado electrónico. Amanda pasó las puntas de los dedos amorosamente por las teclas, y Elliot le dirigió una sonrisa.
—¿Te gusta? —le preguntó orgulloso—. Me lo regaló mi padre por Navidad. No es de los caros, pero me vale para practicar. Escucha.
Lo encendió e interpretó con bastante fidelidad una canción del grupo Génesis.
—¡Eh, no está nada mal! —lo elogió Amanda con una sonrisa—. Pero prueba con si bemol en vez de si al final de ese compás, a ver si no te suena mejor.
Elliot ladeó la cabeza.
—Es que... solo sé tocar de oído —balbució.
—Oh, lo siento —le dijo Amanda—. Me refería a esta tecla —le dijo señalándosela y apretándola—. De todos modos, debo decir que tienes muy buen oído —añadió.
El chico enrojeció de satisfacción.
—Pero no sé leer las partituras —suspiró. Alzó sus ojos azules hacia el rostro de la joven—. Tú si sabes, ¿no es cierto?
Amanda asintió con la cabeza y sonrió.
—Iba a clases de piano cuando podía, y practicaba con un viejo piano que había en casa de una amiga.
Me llevó bastante aprender, pero ahora no lo hago mal.
«Mal» significaba que ella y los chicos habían ganado un Grammy con su último disco, gracias precisamente a una canción que ella había compuesto. Claro que no podía decirle eso a Elliot. Estaba convencida de que Quinn Sutton la habría echado con cajas destempladas si se hubiera enterado de lo que hacía para ganarse la vida... porque desde luego no parecía un fan de la música moderna. Si la viera vestida con la ropa que solía llevar sobre el escenario y a los demás componentes del grupo, probablemente le parecería incuso peor que la idea de que fuera la amante de su vecino. No, no iba a dejar que se enterara de quién era en realidad.
—¿Podrías enseñarme a leer las partituras? —le preguntó Elliot—. Ya sabes, mientras estés aquí. Así tendrías algo en lo que entretenerte, porque cuando hay nevadas como esta duran varios días.
—Claro, lo haré encantada —consintió ella al instante—... si a tu padre no le importa —añadió lanzando una rápida mirada hacia donde estaba este, observándolos.
—Mientras no sea esa música demoníaca de hoy en día... —concedió Quinn—. El rock es una mala influencia para los chicos.
«Justo como había imaginado», se dijo Amanda.
—Esas letras tan atrevidas, la ropa tan indecorosa que llevan las cantantes... Y eso del satanismo...
—continuó Quinn entre dientes—. Es indecente. Elliot tenía unas cuantas cintas, pero se las confisqué todas y las he escondido.
—Es cierto que hay grupos así —asintió Amanda muy calmada—, pero no puede meterlos a todos en el mismo grupo. Le sorprendería saber que muchos grupos americanos hacen campaña contra las drogas y la guerra y...
—¿Y usted se cree todas esas patrañas? No es más que basura publicitaria —le espetó él fríamente — , para vender más discos.
—Pero lo que dice Amanda es verdad, papá —intervino su hijo.
—Elliot, no vamos a empezar a discutir otra vez este tema. Tú eres muy joven aún y no entiendes estas cosas —le dijo Quinn alzando el índice en una señal de advertencia—. Además, tengo que poner al día la contabilidad, así que no quiero que le subas el volumen a ese chisme, ¿entendido? —volvió la cabeza hacia Amanda—, Harry le enseñará dónde dormirá en cuanto quiera, señorita Corrie... o Elliot.
—Gracias de nuevo —dijo Amanda sin subir la vista. Sus críticas la habían hecho sentir fuera de lugar, e incluso culpable. En cierto modo, era como volver atrás en el tiempo a aquella noche...
—No te acuestes después de las nueve, Elliot —le dijo Quinn al chiquillo.
—Sí, papá.
Amanda se quedó mirando boquiabierta al ranchero mientras salía por la puerta.
—¿Ha dicho« las nueve»? —inquirió atónita.
Si tenía que seguir la máxima de «allí donde fueres, haz lo que vieres», tendría que irse a dormir a la misma hora que las gallinas, y probablemente levantarse con ellas también.
—Siempre nos acostamos a esa hora —respondió el niño riéndose de su asombro—. Ya te acostumbrarás.
La vida en un rancho es así. Bueno, ¿cómo era eso que me estabas diciendo de un sí bemol? ¿Qué es un sí bemol?
Dejando a un lado sus pensamientos, Amanda comenzó a explicar los principios básicos de la música.
—¿De verdad te confiscó las cintas que tenías? —le preguntó curiosa.
—Sí, pero sé dónde las escondió —contestó el niño entre risas, volviéndose a mirarla. Se quedó un momento escrutando su rostro, con los labios fruncidos—. ¿Sabes que me resultas muy familiar? Es como si te hubiese visto en otro sirio.
A pesar del susto, Amanda logró mantener la calma y no dejar que su expresión la delatara. Su foto, junto con el resto del grupo, aparecía en las portadas de sus álbumes. Si Elliot tuviera uno de ellos...
—Bueno, según dicen, todos tenemos un doble en algún lugar del mundo —respondió sonriendo—. Tal vez hayas conocido a alguien que se me pareciera. Mira, voy a enseñarte la escala del do...
Por suerte, Elliot aceptó el cambio de tema, pero hasta media hora más tarde, cuando subieron al piso de arriba para dormir, Amanda no pudo respirar tranquila, sin el miedo a ser descubierta.
Dado que el autocrático señor Sutton no le había dado tiempo para recoger sus cosas, no tuvo más remedio que dormir vestida. Solo esperaba no tener la pesadilla recurrente que había tenido durante las últimas semanas. Sería muy embarazoso si saliese chillando en mitad de la noche... Si Quinn Sutton la oía e iba a preguntarle qué le pasaba, y se lo contaba, probablemente le diría que se merecía lo que le había ocurrido
Sin embargo, para sorpresa suya, no le sobrevino ninguna pesadilla esa noche, y al despertar por la mañana, cuando Elliot golpeó su puerta para decirle que Harry ya tenía listo el desayuno, se encontró maravillosamente descansada
Tras lavarse y peinarse, bajó las escaleras. Quinn y Elliot ya estaban sentados a la mesa. En el momento en que ella estaba sentándose, entró Harry con una jarra de café recién hecho.
—¿Le apetecen unas tortitas y unas salchichas con huevos revueltos?
—Um... Con una tostada bastará —contestó ella—. La verdad es que nunca suelo comer mucho en el desayuno
—No me extraña que esté tan flaca —farfulló Quinn mirándola—. Ponle lo mismo que a Elliot, Harry.
—Oiga, señor Sutton, escuche... —comenzó Amanda airada.
—No, escuche usted —le espetó él tomando un sorbo de su café solo—: esta es mi casa, y yo pongo las reglas.
Amanda suspiró. Aquello le recordaba a las temporadas que había pasado en el orfanato, cuando su padre bebía tanto que no podía hacerse cargo de ella. Allí había tenido que obedecer a rajatabla las órdenes de la señora Brim.
—Como usted diga, señor —masculló.
A Sutton casi se le atragantó el café ante aquel apelativo.
—¿Podríamos dejar de hablarnos de usted? —le dijo cuando hubo dejado de toser—. No soy tan mayor, tengo treinta y cuatro años.
—¿Solo treinta y cuatro?
En cuanto las palabras hubieron abandonado sus labios, Amanda lo lamentó, pero no había podido evitarlo. La verdad era que parecía mayor.
—Lo siento. Eso ha sonado muy poco cortés.
—Sé que parezco mayor de lo que soy —la tranquilizó él — . Tengo un amigo en Texas que creía que tenía los cuarenta, y hace años que nos conocemos. No hace falta que te disculpes —lo que no añadió fue que, si había envejecido prematuramente, había sido gracias a los disgustos que le había dado su ex esposa—. Además, tú tampoco pareces tan joven como para llamarme «señor». ¿Qué edad tienes?, ¿veintiuno... veintidós...?
—Veinticuatro.
Durante un buen rato, se quedaron callados mientras comían, y fue Elliot quien rompió el silencio.
—Papá, Amanda me estuvo enseñando anoche varias escalas con el teclado —le dijo excitado a su padre —. Sabe música «de verdad».
—¿Cómo aprendiste? —inquirió Sutton, recordando lo que le había contado de su padre alcohólico.
—Mi padre tenía épocas en las que se emborrachaba un día sí y otro también, y entonces me acogían en el orfanato local. Había una mujer mayor que tocaba el órgano en la iglesia, y fue ella quien me enseñó.
—¿No tenías hermanos o hermanas? —inquirió Quinn.
—No, no tenía a nadie más en el mundo, excepto una tía —le explicó llevándose la taza de café a los labios—. Es artista, y ha estado viviendo con su último amante que...
—Elliot, vas a llegar tarde al colegio —la interrumpió Quinn enfurruñado, girándose hacia el chiquillo.
El niño miró el reloj de la cocina y aspiró sobresaltado.
—¡Diantres, es cierto! ¡Hasta luego, papá, hasta luego, Amanda, hasta luego, Harry! —dijo muy deprisa, levantándose, agarrando la mochila y corriendo hacia la puerta.
Harry se levantó también, y empezó a recoger los platos y a llevárselos a la cocina.
—Haz el favor de no hablar de esas cosas delante de Elliot —le dijo Quinn a Amanda en un tono imperativo.
Amanda lo miró de hito en hito con una media sonrisa.
—Oh, vamos, Quinn, te aseguro que hoy en día la mayoría de los chicos de su edad saben más de la vida que nosotros mismos.
—Tal vez en tu mundo sea así, pero no en el mío. Amanda quería haberle replicado que estaba hablando de cómo eran las cosas en la realidad, no de cómo le gustarían que fueran, pero sabía que no serviría de nada.
Quinn estaba convencido de que era una mujer sin ninguna moralidad.
—Soy un hombre chapado a la antigua —prosiguió Quinn — , y no quiero ver a Elliot expuesto a la visión liberada de lo que llaman «el mundo moderno» hasta que tenga la edad suficiente como para comprenderlo y hacer sus elecciones. No me gusta que la sociedad ridiculice valores como el honor, la fidelidad y la inocencia, así que lo combato del único modo que puedo hacerlo: yendo a misa los domingos y llevando a Elliot conmigo —sonrió con ironía al ver la expresión sorprendida de Amanda — .
Oh, sí, aunque no lo reflejen la televisión o el cine, todavía hay personas en América que van a misa los domingos, personas que trabajan de sol a sol toda la semana y se divierten sin necesidad de tomar drogas, emborracharse, o tener relaciones solo por el sexo.
—Bueno, no creo que nadie diga que Hollywood refleja la realidad —contestó ella con una sonrisa—, pero si quieres mi honesta opinión, yo misma estoy bastante asqueada del sexo gratuito, el lenguaje grosero y la violencia gráfica que hay en las películas modernas. De hecho, las películas que me encantan son las de los años cuarenta —esa vez fue ella quien se rio del asombro de él—. Sí, precisamente porque no podían hacer uso de esos recursos tan fáciles, porque los actores no podían quitarse la ropa ni decir palabrotas, aquello suponía un desafío para la creatividad de los guionistas y los directores. Algunos de los dramas de esa época son los mejores que se han hecho jamás. Y lo mejor de todo es que puedes verlos tengas la edad que tengas.
Quinn estaba mirándola con los labios fruncidos, como si estuviera gratamente sorprendido pero aún un poco incrédulo.
—A mí también me gusta el cine de esa época —confesó— : Humphrey Bogart, Bette Davis, Cary Grant...
Esos eran grandes actores, no los fantoches de hoy en día.
—Yo... no soy tan moderna como crees, Quinn —murmuró Amanda jugando con el dobladillo del mantel —. Vivo en la ciudad, sí, pero no porque me guste, sino porque es práctico —dejó la taza de café en el platillo—. Entiendo cómo te sientes respecto a esas cosas; y lo de que lleves a Elliot a la iglesia y todo eso. El me dijo que su madre...
Quinn apartó la vista y echó la silla hacia atrás, levantándose.
—No acostumbro a hablar con extraños de mi vida privada —la interrumpió — . Si quieres puedes ver la televisión o escuchar música. Tengo mucho que hacer.
—¿No puedo ayudar? —inquirió ella al momento. —Ésto no es la ciudad —contestó Quinn enarcando las cejas.
—El orfanato en el que pasé algunas temporadas estaba dentro de una granja, y aprendí a hacer muchas tareas del campo. Incluso sé ordeñar.
—Si quieres puedes dar de comer al ternero que viste ayer en el establo —le dijo Quinn. Aquella chica de ciudad era una caja de sorpresas—. Harry te enseñará dónde está el biberón. Amanda asintió. —De acuerdo.
Quinn se quedó un instante mirándola. —Bien, en cualquier caso, si se te ocurriera ir a dar un paseo, no salgas del perímetro del rancho —le advirtió—, esto es la montaña, y hay osos, lobos y un vecino que pone trampas.
Amanda asintió de nuevo con la cabeza. —¿No tienes a alguien que te ayude en el rancho, aparte de Harry? —le preguntó.
—Sí, cuatro peones... todos casados. Amanda enrojeció irritada.
—Me encanta la opinión que tienes de mí —masculló.
—Puede que te gusten las películas de los años cuarenta — le dijo él mirándola fijamente—, pero a ninguna mujer de ciudad, que sea atractiva como tú, sigue siendo virgen a los veinticuatro —añadió—.
Yo soy un hombre de campo, pero he estado casado, y no soy estúpido. Sé muy bien cuál es vuestro juego.
Amanda se preguntaba qué diría si supiera toda la verdad sobre ella. Bajó la vista a la taza de café.
—Piensa lo que quieras, de todos modos ya lo haces...
Sutton salió de la casa sin mirar atrás. Amanda ayudó a Harry a terminar de recoger la mesa del desayuno, y después fue con él al establo.
—Solo tiene unos días —le dijo el anciano cuando llegaron al pesebre donde estaba el ternero. Le tendió un enorme biberón lleno de una mezcla de leche caliente y afrecho—. Arrodíllese aquí... bueno, si no le importa mancharse un poco...
—La ropa puede lavarse —dijo Amanda sonriendo.
Sin embargo, solo contaba con lo puesto, y si no quería tener que lavarla todos los días, tendría que convencer a su anfitrión para que la llevara a la cabaña a recoger algo más de ropa. Se arrodilló sobre el heno y le acercó la tetina del biberón al hocico del ternero. Una vez que hubo olido la leche, no fue difícil hacer que empezara a mamar. Amanda acarició su suave y cálido pelaje mientras lo alimentaba.
—Pobrecito —murmuró, acariciándolo entre los ojos—, has perdido a tu mamá...
—Crecerá —dijo Harry—, son criaturas con instinto de supervivencia —dijo Harry—, igual que el jefe.
—Quinn me contó que lo perdió todo hace unos meses. ¿Cómo ocurrió?
—Lo acusaron de vender carne en mal estado.
—¿En mal estado?
—Es una historia muy larga. El jefe compró una partida de reses del Sureste. Tenían el sarampión. No, no es como en las personas —aclaró al ver la expresión sorprendida en el rostro de Amanda—. A las vacas no les salen manchas, pero desarrollan unos quistes en el tejido muscular —le explicó—. No había manera de que hubiéramos podido saberlo, porque los síntomas no son definidos, y además tampoco existe un tratamiento que lo cure. Hay que matar a las reses infectadas y quemar los cadáveres. Bien, pues esas reses contagiaron a las nuestras. El señor Sutton había vendido unas cuantas cabezas a la planta de envasado de carne. Cuando vieron que estaban enfermas, ordenaron que destruyeran la carne, y el dueño de !a planta vino a ver al jefe para que le devolviera su dinero, pero el señor Sutton ya lo había gastado para comprar nuevo ganado. El caso es que tuvo que ir ajuicio y... en fin, al final lo libraron de todos los cargos. Oh, y por supuesto el señor Sutton puso una demanda a los tipos que le habían vendido aquellas reses... y ganó —añadió sonriendo—. Estábamos al borde de la quiebra, y la compensación que obtuvo de la demanda lo ayudó a empezar de nuevo. La situación aún está complicada, pero el jefe es un hombre tenaz, y el rancho es un buen negocio. Saldrá de esta mala racha, estoy seguro.
Amanda se quedó reflexionando un momento en lo que acababa de contarle Harry. Parecía que la vida de Quinn había sido tan difícil como la de ella. Pero al menos tenía a Elliot, pensó, tener por hijo a un chico tan estupendo debía ser un consuelo para él, y así se lo dijo al anciano. Este, para su sorpresa, la miró de un modo extraño.
—Um... sí, bueno, Elliot es especial para él, claro —farfulló.
Amanda lo miró con el entrecejo fruncido. ¿Acaso habría algo que ella no sabía? En cualquier caso, le pareció que sería indiscreto insistir en el tema, y volvió la vista hacia el ternero.
—Aquí traigo otro —dijo Quinn entrando en ese momento en el establo.
Amanda giró la cabeza y lo vio acercarse a ellos con otro pequeño ternero en brazos, solo que aquel tenía mucho peor aspecto.
—Está muy flaco —musitó.
—Tiene diarrea —contestó Quinn depositando al animalillo junto a ella—, Harry, prepara otro biberón.
—Enseguida, jefe.
Amanda acarició la cabeza del ternero enfermo, y a Quinn le sorprendió ver la preocupación en su rostro.
Era injusto por su parte sorprenderse, se dijo de inmediato, al fin y al cabo había aceptado acompañar a Elliot en medio de la noche para atenderlo, incluso a pesar de lo incivilizado que se había mostrado con ella. Claro que aquello chocaba bastante con la clase de mujer que era...
—No creo que sobreviva —dijo—, lleva demasiado tiempo solo ahí fuera.
En ese instante regresaba Harry con otro biberón, y Amanda y Quinn extendieron la mano al mismo tiempo para tomarlo.
La joven se sonrojó ligeramente y apartó la mano, pero el turbador cosquilleo que le había provocado el contacto tardó en pasar.
—Vamos allá —dijo Quinn acercando el biberón al hocico del ternero.
El animal apenas tenía fuerzas para succionar, pero por fin, al cabo de un rato, empezó a hacerlo con fruición.
—Gracias a Dios —suspiró Amanda aliviada, sonriendo a Quinn.
Los ojos del ranchero, oscuros y llenos de secretos, relampaguearon cuando se encontraron con los suyos.
Después se entrecerraron y descendieron hacia la suave boca de la joven, donde permanecieron un largo instante, con una mirada irritada, como si estuviera deseando besarla y a la vez se odiara por ello. E) corazón de Amanda dio un vuelco ante ese pensamiento. De pronto había empezado a ver con otros ojos a aquel hombre distante y reservado, pero no lograba comprender su forma de ser, ni los sentimientos que parecían estar surgiendo en su interior. Era dominante, cabezota, impredecible... debería encontrarlo detestable y, aun así, podía entrever en él una sensibilidad que le había llegado al corazón
—Ya me encargo yo de esto —le dijo Quinn de pronto, sacándola de sus pensamientos—, ¿por qué no vuelves dentro?
¡Lo ponía nervioso!, pensó la joven fascinada. Sí, aunque no quisiera mostrarlo abiertamente, ella le gustaba. Observó como evitaba mirarla a los ojos, y la expresión irritada en su rostro.
En cualquier caso no le convenía ponerlo furioso, sobre todo cuando era una invitada no deseada y probablemente tendría que permanecer varios días allí.
—De acuerdo —asintió, poniéndose de pie—, veré si puedo encontrar algo que hacer.
—A Harry no le vendría mal un poco de compañía mientras trabaja en la cocina, ¿verdad Harry? —dijo Quinn, lanzando al anciano una mirada que le advertía que no lo contradijera.
—Claro, claro... por supuesto —balbució este al instante.
Amanda se metió las manos en los bolsillos y se volvió a mirar con una sonrisa a los terneros antes de salir del establo.
—¿Puedo venir a darles de comer mientras esté en el rancho? —inquinó.
—Si quieres hacerlo, por mí no hay problema —contestó Quinn sin alzar la vista.
—Gracias —murmuró ella.
Querría haberle dicho algo más, pero el pensamiento de que él se sentía tan atraído por ella como ella por él, la había hecho sentirse de repente muy tímida y fue incapaz de pronunciar otra palabra, así que se giró sobre los talones y siguió a Harry fuera y de vuelta a la casa.
Lo cierto era que Harry se manejaba muy bien en la cocina, y ella no hacía más que estorbar, así que, tras observarlo un rato, se ofreció para planchar un poco con tal de sentirse útil. Harry la llevó a un cuartillo donde estaba abierta la mesa de la plancha. Le señaló un armario, diciéndole que allí encontraría la plancha, pero cuando ella lo abrió y fue a extender la mano...
—¡No, esa no! —exclamó Harry yendo a su lado. La apartó suavemente y tomó una segunda, más nueva que había un par de baldas más abajo—. La otra es del señor Sutton, la utiliza para aplicarle cera a la parte inferior de sus esquís. A sus veintitantos participó en varias competiciones de eslalon gigante.
Estuvo a punto de entrar en el equipo olímpico, pero se casó, y nació Elliot, así que lo dejó. Todavía esquía de vez en cuando, pero solo como afición. Aun así puede decirse que no ha perdido la práctica —
le aseguró—: es de los pocos que se atreven a esquiar Ironside Peak.
Amanda estaba realmente impresionada. ¿Quién lo hubiera dicho? Bueno, lo cierto era que el descenso de eslalon requería destreza, seguridad, y cierta temeridad, cualidades que sin duda poseía Quinn Sutton.