Capítulo 9

EL helicóptero depositó a Quinn en el pico de la montaña donde habían avistado por última vez el avión, y después se alejó, dejándolo en la más absoluta soledad, en medio de la nieve. El ranchero comprobó las ataduras de los esquís, ajustó firmemente las tiras de la mochila y miró hacia abajo, estudiando la empinada pendiente. Peligrosa como era, las autoridades locales se aseguraban de que no la frecuentaran los turistas que se alojaban en la estación de esquí, y no contaba siquiera con el habitual tobogán de salvamento, un trineo especial con camilla.

Quinn inspiró profundamente, preparándose para el descenso. Amanda debía estar allí abajo, y tenía que encontrarla. Se ajustó las gafas, e hincó los bastones en la nieve para impulsarse montaña abajo. Empezó a deslizarse por la pendiente ganando cada vez más velocidad.

El viento le golpeaba el rostro sin piedad, y los copos de nieve iban a estamparse en su traje oscuro.

Entornó los ojos, concentrándose al máximo en los obstáculos que iban surgiendo a su paso, y dando gracias a Dios por poder hacer algo en vez de tener que quedarse sentado en casa, pasando un infierno en espera de noticias. No podía soportar la idea de que Amanda hubiera muerto. Tenía que intentar pensar positivamente. Había gente que sobrevivía a los accidentes aéreos, personas que, milagrosamente, salían de los restos del avión siniestrado por su propio pie. Tenía que creer que Amanda sería una de ellas, porque, de no hacerlo, el dolor le haría perder el juicio.

Vio un nutrido grupo de abetos al pie del pico, y rogó a Dios con todas sus fuerzas para que el avión estuviera allí, pero cuando llegó al lugar, lo recorrió sin éxito. Se detuvo y miró en derredor. Tal vez aquel observador se había equivocado, tal vez se trataba de otro pico, quizá a kilómetros de allí, se dijo agitado.

Se mordió el labio inferior, corriendo el protector labial que se había aplicado antes de salir. Si alguno de los pasajeros seguía con vida, unos minutos más o menos podían significarlo todo. Tenía que encontrar pronto el avión.

Siguió deslizándose montaña abajo, con el corazón latiéndole apresurado por la preocupación. De pronto algo captó su atención y se detuvo. ¿Voces? Giró la cabeza y se quedó escuchando, pero solo podía oír el ruido del viento, y el crujir de las copas de los árboles. Volvió a girar la cabeza con más atención. ¡Sí!

Estaba seguro de que había vuelto a oírlas. Casi quedaban ahogadas bajo el aullar del viento, pero sin duda eran voces. Quinn levantó los brazos e hizo bocina con las manos, los bastones colgando de sus muñecas:

—¿Hola? ¿Dónde están? ¿Pueden oírme? —gritó, rogando al cielo para que la vibración de su voz no provocara una avalancha.

—¡Aquí!, ¡estamos aquí!, ¡ayúdenos! —respondieron las voces.

Quinn las siguió, confiando en que no estuviera siendo despistado por el eco y, finalmente, allá abajo, entre los árboles, un rayo de sol entre las nubes arrancó un destello a lo que parecía una superficie metálica... ¡el avión! ¡Gracias a Dios, había supervivientes! Si tan solo Amanda fuera una de ellos, le pidió a Dios con el alma en vilo.

Al aproximarse, vio a algunas personas junto al aparato casi intacto. Una de ellas, un hombre, se había hecho un tosco vendaje en la cabeza, y otro se sostenía el brazo dolorido, probablemente roto. También había una mujer, pero no era rubia. En el suelo pudo distinguir dos bultos cubiertos con abrigos. «Por favor, Dios mío, que no sea ella...»

—Soy Sutton, me envía la Patrulla de Esquí —se presentó al hombre del vendaje. Entonces se fijo en que llevaba un uniforme—. ¿Cuántos muertos?

—Dos —respondió el hombre—. Yo soy Jeff Coleman, el piloto. No sabe cómo me alegro de verlo —dijo estrechándole la mano. Estaba tiritando de frío—. Se produjo fuego en la cabina y se propagó tan rápido que no tuve tiempo de hacer nada, perdí el control sobre el aparato. Dios, no tiene idea de lo mal que me siento —masculló—. Tres de los pasajeros no tenían puesto el cinturón cuando chocamos —dijo meneando la cabeza—. Dos de ellos han muerto —señaló con un gesto los cadáveres cubiertos—, y la tercera persona sufrió una fuerte contusión en la cabeza y ha quedado en un estado comatoso.

Quinn se estremeció por dentro, armándose de valor para hacer la pregunta que iba a hacer:

— Había una cantante entre el pasaje —dijo—, Amanda Callaway...

—Sí —confirmó el piloto, pero a continuación meneó la cabeza. El estómago de Quinn dio un vuelco—, es la persona que sufrió la contusión.

La mano del ranchero temblaba cuando se quitó las gafas, poniéndolas sobre el gorro.

—¿Dónde está? —inquirió con voz queda.

El piloto lo condujo, rodeando los dos cuerpos sin vida, al otro lado del aparato, donde los demás pasajeros se habían resguardado del viento, sentados sobre los restos del avión e intentando mantenerse calientes con las mantas grises de este.

Habían construido una pequeña camilla con ramas y almohadas, y allí habían colocado a Amanda, tapándola con mantas y abrigos.

—Amanda... —murmuró Quinn con la voz quebrada, arrodillándose junto a ella.

Su rostro estaba muy pálido, y tenía un cardenal en la sien derecha. Quinn se quitó el guante y palpó la arteria en el cuello, aliviado de encontrarle el pulso, aunque muy débil.

Se quitó la mochila de la espalda, y el piloto y dos de los pasajeros se acercaron a él.

—Tengo un teléfono móvil —dijo Quinn más para sí que para ellos—, que espero que funcione... —

masculló mientras apretaba las teclas y esperaba. Cerró los ojos, conteniendo el aliento y diciendo una oración en silencio. Al fin, después de lo que le pareció una eternidad, la voz de Terry Meade respondió al otro lado de la línea—. ¡Terry!, ¡gracias a Dios! —murmuró Quinn abriendo los ojos—. Soy Sutton.

¡Los he encontrado!

—Gracias a Dios —respondió el jefe de la Patrulla de;Esquí—. Buen trabajo, Quinn, dame tu posición.

Él lo hizo, desplegando el mapa delante de sí para verificarlo, y a continuación lo informó sobre el número de víctimas mortales y heridos

—Bien, tendremos que sacaros de ahí por aire, pero no habrá forma de hacerlo hasta que la ventisca amaine.

—Lo entiendo —respondió Quinn—, pero Amanda... la mujer que está inconsciente... tenemos que llevarla cuanto antes a un hospital. Es su única oportunidad.

Terry resopló contrariado.

—Escucha, ¿y si te mando a Larry Hale? —inquirió de pronto excitado—, ¿Te acuerdas de Larry, verdad? Campeón nacional de descenso hace unos años. Se retiró de la Patrulla el año pasado, pero estoy seguro de que irá si se lo pido —le aseguró—. Podríamos llevaros el tobogán de salvamento con el helicóptero, y víveres para los supervivientes del avión. Entre Larry y tú podríais arrastrar la camilla hasta un lugar accesible para el helicóptero. ¿Qué me dices, Quinn?

—Es mejor arriesgarse que dejarla aquí. Ño creo que siguiera viva al amanecer. Creo recordar que el trecho entre Caraway Ridge y Jackson Hole es bastante llano. Tal vez el helicóptero podría descender en Jackson Hole sin tener que pasar por los picos, ¿qué opinas?

—Me parece una buena idea —asintió Terry—. Bien, me pondré en contacto con Harry.

Quinn colgó y les explicó el plan al piloto. A continuación empezó a descargar el contenido de la mochila, entregándoselo:

—Bengalas, cerillas, paquetes de comida deshidratada con alto contenido proteínico, un kit de primeros auxilios... —enumeró—, ¿Cree que podrán apañárselas hasta el amanecer, cuando vengan a recogerlos?

El hombre asintió.

—Con todo esto no habrá problema. Además, la compañía nos entrena para casos de emergencia como este. No se preocupe por nosotros. Saque a la joven de aquí —dijo mirándola—. Espero que sobreviva.

—Lo hará —dijo Quinn con más convicción de la que sentía, tal vez porque necesitaba animarse—, es una luchadora. Sé que no se dará por vencida —se volvió a mirar al piloto—. ¿Le importaría comprobar cómo se encuentran los demás y si necesitan algo? Me gustaría sentarme un rato con ella.

El piloto asintió con la cabeza y lo dejó a solas con Amanda. Quinn se sentó junto a la joven y la tomó de la mano.

—Escucha, cariño —le dijo con suavidad—: tenemos un largo camino por delante antes de poder sacarte de aquí y llevarte al hospital. Vas a tener que aguantar un poco más —le dijo apretándole la mano—. Yo estaré contigo todo el tiempo, no pienso apartarme de ti, pero necesito que me ayudes. Tienes que luchar, Amanda. Yo... no sé si podrás oírme, pero hay algo que quería decirte... No te aparté de mí porque te odiara, sino porque te amo más que a nada en este mundo. Te amaba tanto que pensé que lo mejor era dejar que regresaras a tu antigua vida, a la vida que creía que necesitabas. Tienes que vivir Amanda. No lo soportaría si me dejaras y no pudiera decirte que... que... —pero no pudo seguir, porque tenía la garganta atenazada por las lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas.

Quinn tragó saliva y soltó su mano, depositándola de nuevo con exquisito cuidado bajo las mantas. Al cabo de unos minutos, el ruido de un helicóptero le indicó que las provisiones estaban en camino. Se puso de pie y fue junto al piloto, la azafata y los pasajeros, que se habían levantado también al oír el aparato acercándose.

El helicóptero se quedó suspendido en el aire, a unos metros de ellos, y un par de minutos después arrojaron dos paracaídas cargados con las provisiones y el tobogán de salvamento. Quinn contuvo el aliento, rogando por que no se enredaran en las copas de los abetos, y que el trineo cayera de un modo suave para que no quedara inservible.

Por fortuna la suerte estaba de su parte, y el tobogán llegó al suelo de una pieza, junto con las provisiones.

Además, habían equipado el tobogán con mantas, una almohada, y correas para mantener a Amanda bien sujeta durante el traslado.

El helicóptero volvió a ascender hasta uno de los picos más bajos, y minutos después descendía por la ladera Larry Hale y el helicóptero se alejaba a una distancia segura.

—¿Cómo estás amigo? —saludó a Quinn, tendiéndole la mano cuando llegó a su lado.

—Bien. Nunca creí que me alegraría tanto de volver a verte —contestó estrechándola aliviado—. Será mejor que nos pongamos en marcha cuanto antes.

Larry asintió con la cabeza. Levantaron a Amanda con la mayor suavidad posible de la camilla improvisada y la colocaron sobre el tobogán, que contaba con asas para poder ser remolcado. La taparon con las mantas. asegurándola con las correas, y colocaron los ganchos de remolque. Se despidieron de los supervivientes, quienes les desearon suerte, y se pusieron en camino.

Como Quinn le había dicho a Terry, la ruta que habían tomado no era demasiado accidentada, pero no podía dejar de preocuparse por Amanda cada vez que se tropezaban con el más mínimo bache.

En un momento dado, a Quinn le dio la impresión de que se habían desviado de la ruta, pero empezó a reconocer algunos puntos de referencia en el paisaje. Avistaron el río y siguiéndolo llegaron a la laguna de Caraway Ridge.

Quinn y Hale estaban ya jadeantes a pesar de que se habían turnado para tirar del tobogán. Se pararon un momento a descansar, y Quinn comprobó el pulso de Amanda. Habría jurado que era un poco más fuerte, pero seguía pálida e inmóvil.

—¡Allí está! —exclamó Hale de repente señalando el cielo—, ¡el helicóptero!

Quinn rogó mentalmente para que pudiera aterrizar.

El aparato empezó a descender, pero al instante tuvo que volver a subir por la fuerte ventisca. Quinn maldijo entre dientes, pero el piloto lo intentó de nuevo aprovechando un momento en que el viento paró, y logró posar el helicóptero en el suelo. Bajó del aparato.

—¡Deprisa! —les gritó—, ¡antes que el viento empiece a soplar de nuevo!

Quinn se quitó los esquís en un momento, dejándoselos junto con los bastones a Hale para que los llevara, y entre el piloto y él subieron a Amanda al helicóptero.

Cuando el helicóptero aterrizó en los jardines del hospital, el lugar estaba atestado de reporteros locales, estatales y nacionales, que se habían enterado del rescate. La policía logró retenerlos para permitir que los enfermeros llevaran dentro a Amanda, pero atraparon a Quinn y Hale bajo los flashes de las cámaras, blandiendo sus micrófonos y grabadoras. Hale, viendo la ansiedad de Quinn se ofreció a relatarles lo sucedido, y el ranchero, agradecido, pudo escabullirse y entrar en el pabellón de urgencias.

Tuvo que pasar una hora de desesperación, bebiendo café tras café hasta que salió un médico y se acercó a él.

—¿Es usted un pariente? —le preguntó.

Quinn sabía que si le decía que no, tendría que esperar aún más para saber cuál era su estado, hasta que apareciera alguien de su familia, y no tenía idea de cómo contactar con aquella única tía que le había dicho que tenía, así que optó por mentir:

—Soy su prometido. ¿Cómo está?

—No muy bien —respondió el médico, un hombre pequeño de cabello plateado—, pero tendremos que esperar. Está en la unidad de cuidados intensivos. Sufrió una conmoción cerebral muy fuerte, y el traslado en ese trineo y después en el helicóptero no le han hecho ningún bien —añadió—, pero entiendo que no podían hacer otra cosa —apuntó al ver la expresión atormentada en el rostro de Quinn—. Vayase a descansar. No sabremos nada hasta mañana por la mañana. Estas cosas no son predecibles.

—Si no le importa me quedaré aquí. No creo que pueda descansar, y quiero estar cerca de ella.

El médico asintió comprensivo y se marchó.

Quinn se frotó los ojos cansado. Iba a volver a sentarse, pero recordó que había prometido a Elliot llamarlo en cuanto pudiese, así que se dirigió al vestíbulo, donde había visto un teléfono público.

Elliot contestó al primer tono.

—¿Qué ha pasado, papá? —le preguntó inquieto—. ¿Está...?

Quinn le refirió todo lo ocurrido.

—Ojalá pudiera darte mejores noticias, pero hasta mañana por la mañana no sabremos más —concluyó.

—¡No puede morir! —gimió el muchacho—. ¡No puede morir, papá!

—Reza por ella, hijo —murmuró Quinn — . Reza mucho.

—¿Vas a quedarte en el hospital? —inquirió el chico al cabo de un rato.

—Sí, Elliot. Amanda es... es muy importante para mí —dijo con la voz ronca por la emoción.

—Para mí también —musitó el chiquillo—. Va a ponerse bien, ya verás —dijo con firmeza—, Tráela a casa contigo en cuanto se despierte, papá.

—No sé si querrá —murmuró Quinn esbozando una sonrisa triste.

—Claro que querrá —le aseguró Elliot—, Amanda no es vengativa. Tiene un corazón demasiado grande.

Quinn sonrió de nuevo.

—Eso espero, hijo —respondió—. Y ahora a la cama. Volveré a llamar mañana.

—De acuerdo. ¡Oh!, papá... casi lo olvido... Llamarón los compañeros de Amanda. Me dijeron que te diera un número de teléfono.

—Espera un momento, hijo —Quinn pidió un bolígrafo y papel a la recepcionista, y le pidió a Elliot que se lo dictara—. Bien. Los llamaré ahora —dijo—. Cuídate mucho... y haz caso a Harry.

—Sí, papá. Cuídate tú también. Te quiero.

—Y yo a ti. Buenas noches.

Quinn colgó el teléfono, apuró el café que había dejado apoyado en la pequeña repisa que había bajo el teléfono, y marcó el número que le había dado Elliot. El prefijo era de California.

—¿Sí?

—Soy Quinn Sutton.

—Oh, al fin, Gracias por llamar —respondió la voz grave que había contestado el teléfono—. Yo soy Hank Shoeman, compañero de Amanda. ¿Cómo está?

—Tiene una conmoción cerebral. Está en coma, en la unidad de cuidados intensivos. No puedo decirle más. El médico ha dicho que habrá que esperar a mañana por la mañana.

Hank se quedó callado un buen rato.

—Si se hubiera venido con nosotros en el autobús... —masculló—. Nos detuvimos en un pueblo y llamamos a Jerry, nuestro manager, para saber si Amanda había llegado bien, y entonces nos contó lo del accidente. No vamos a hacer la actuación claro está, y hemos sacado un billete de vuelta a Jackson para mañana, pero no sale hasta las diez. Ahora mismo estamos en un motel.

—Entonces mañana, en cuanto sepa algo más, lo llamaré.

—Gracias y... Sutton... gracias por lo que ha hecho. No soy quien para juzgarlo, pero sí sé que usted significa mucho para ella.

—Ella también significa mucho para mí —murmuró Quinn incómodo—, y precisamente por eso la alejé de mí, porque no podía permitir que tirara por el desagüe todo lo que ha conseguido... por un miserable ranchero de Wyoming como yo.

—Amanda no es una chica de ciudad —le confió Hank—. nunca lo ha sido. Se produjo un cambio tremendo en ella durante los días que pasó con usted. Se la veía muy feliz, y yo presentí que su corazón ya no estaba con nosotros. Anoche lloró hasta dormirse.

—Oh, Dios, no... —gimió Quinn mortificado.

—Lo siento —se apresuró a decir Hank—. Es lo último que debería haberle dicho. Lo siento de veras. Lo dejaré descansar. Ya ha tenido bastante por hoy. Mañana hablaremos.

—Bien.

—Gracias por todo otra vez.

Quinn colgó el teléfono, dejándose caer en un banco y hundiendo el rostro entre sus manos. No podía soportar la idea de que Amanda muriera pensando que no la amaba, no podía soportar la idea de perderla.

De pronto le pareció que el mundo sin ella sería un lugar terriblemente vacío.