Capítulo 7
AMANDA apenas pudo dormir, recordando por un lado el ardor de Quinn, y por otro atormenatada por aquel creciente sentimiento de culpabilidad. «¿Cómo voy a decirle ahora la verdad?», se preguntaba angustiada, «¿cómo va a perdonarme que lo haya engañado?»
Se vistió y bajó a desayunar. En cuanto entró en la cocina, Quinn alzó la vista y le dirigió una mirada muy cálida.
—Buenos días —lo saludó Amanda con una sonrisa.
—Buenos días —respondió él devolviéndosela—. ¿Has dormido bien?
—Em... sí, bueno, más o menos —contestó ella vagamente.
—Tendré que dejaros solos hoy, he prometido a un vecino que le ayudaría a buscar unas reses extraviadas.
—¿No vas al colegio, Elliot? —inquirió la joven enarcando las cejas.
—Hoy tenemos fiesta —le explicó el chico, sentado al lado de su padre—. ¿Y quieres creerte que lo había olvidado? —dijo exasperado—. Si no, no me habría levantado tan temprano, me habría quedado en la cama todo el día. Amanda se rio.
—Oh, vamos, vamos —lo animó dándole unas palmadas en el hombro—. Si duermes todo el día te perderás la lección de música, y hoy tenía pensado enseñarte una canción que...
—¿Es a eso a lo que te dedicas? —la interrumpió Quinn con curiosidad—. Me dijiste que te ganabas la vida tocando el teclado... ¿Das clases?
—No, en realidad no —murmuró la joven incómoda. Tal vez fuera un buen momento para decirle la verdad—. Yo... toco los acompañamientos para distintos grupos —bueno, una verdad a medias era mejor que una mentira. ¿Por qué no conseguía reunir el valor para decírselo?—. Grupos de rock... —dijo contrayendo el rostro, esperando a que explotara.
Sin embargo, para su sorpresa, aquella explosión no llegó.
—Oh. Vaya —balbució Quinn—. Bueno, en realidad no tiene nada de malo —dijo. Amanda estaba mirándolo de hito en hito. ¿Desde cuándo se había vuelto tan comprensivo a ese respecto?—. Además, hacer acompañamientos no es lo mismo que vestirse de esa forma tan provocativa y cantar esas letras obscenas —añadió. A Amanda se le cayó el alma a los pies — . Bueno, tengo que irme. Portaos bien los dos —se despidió, cortando a la joven, que había abierto la boca para hablar.
Amanda quería haberle dicho la verdad, pero Quinn les hizo un guiño y salió por la puerta sin darle tiempo siquiera a pensar.
La joven se recostó contra el respaldo de la silla con un suspiro.
—Oh, Elliot, qué desastre —murmuró apoyando la barbilla en ambas manos.
—¿Por qué? —inquirió el pequeño, que no sabía qué estaba pasando por su cabeza—. Mi padre estaba sonriendo, y he visto que te sonrojas cuando te mira. No estoy ciego, ¿sabes? —se quedó mirándola un momento—. ¿Te gusta, aunque no sea mister América?
—Sí, me gusta —admitió ella con una sonrisa tímida, bajando la vista a la mesa—. Es un tipo muy especial.
—Yo también lo creo —respondió Elliot. Una hora después estaban frente al teclado practicando cuando oyeron el ruido de un motor fuera de la casa. Se miraron extrañados, y Elliot fue a la ventana a ver de quién se trataba.
—Qué raro... —dijo el chico—. Es un flamante todoterreno ... Oh... oh... —murmuró girándose a mirar a la joven—. Me temo que esto puede traerte problemas...
Amanda enarcó las cejas. —¿Porqué?
Llamaron a la puerta, pero antes de Amanda o Elliot pudieran llegar al vestíbulo, Harry ya estaba allí, con la puerta abierta, el picaporte en la mano y mirando a un tipo enorme que...
—¡Hank! —exclamó Amanda corriendo hacia él. El tipo la alzó por la cintura y la abrazó, estampando un sonoro beso en su mejilla, y raspándola con la barba.
—¡Hola, garbancito! —la saludó sonriendo — . ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? El viejo trampero que vive montaña abajo me dijo que habías dejado la cabaña de Durníng hace días, desde que empezó la nevada.
—Hubo un corte de luz y me habría muerto de frío allí sin calefacción. El señor Sutton tuvo la amabilidad de permitirme venir a su casa.
La joven se giró hacia Harry y Elliot, que seguían mirando al grandullón boquiabiertos.
—Este es Hank —les dijo tomándolo de la manaza—. Es un buen amigo, y un músico increíble —se lo presentó—. Ellos son Harry y Elliot —le dijo a Hank. Se quedó mirando al niño y al anciano dudando—.
¿Podríais hacerme un favor? No le digáis a Quinn nada de esta visita, se lo diré yo.
—Su secreto está a salvo conmigo, señorita —le dijo Harry, excusándose y volviendo a la cocina
—Y conmigo también —dijo Elliot sonriendo—... siempre y cuando el señor Shoeman me firme un autógrafo antes de marcharse.
Amanda aspiró por la boca, con el temor escrito en los ojos.
—Sí, ya sé que eres Mandy Callaway —le dijo el chico—. Tengo una cinta de Desperado. Pero no te preocupes, en cuanto te reconocí la saqué de donde tiene escondidas mi padre las demás. Tú piensas decirle la verdad cuando encuentres el momento, ¿verdad?
La joven suspiró aliviada.
—Sí, Elliot, pienso hacerlo en cuanto pueda —le prometió—. De hecho, ya he intentado hacerlo un par de veces, solo que... bueno, las cosas se complicaron un poco.
—Seguro que encontrarás el modo de decírselo —la animó el chico—. Os dejaré para que habléis —dijo yéndose a la cocina con Harry.
Amanda llevó a Hank al salón, donde se sentó con él.
—De verdad que no entiendo qué haces aquí. Ese McNaber me ha dicho que este Sutton odia a las mujeres.
—Bueno, tiene sus razones, te lo aseguro —murmuró Amanda entrelazando las manos sobre su regazo—.
Y no aprueba la música rock —le dijo con un suspiro.
Hubo un silencio.
—¿Cómo te sientes? ¿Has intentado probar a cantar? —inquirió Hank, mirándola esperanzado.
La joven asintió despacio, contenta de poder darle la buena noticia.
—El otro día estaba sola y... empecé a canturrear sin darme cuenta. Casi no me lo creía.
—¡Estupendo! —exclamó el hombretón con una amplia sonrisa—. En ese caso es posible que te interese lo que he venido a contarte. Los chicos y yo hemos pensado participar en un concierto en Larry's Lodge, cerca de aquí —le explicó él — . Ya sé, ya sé que no quieres oír hablar de actuaciones en directo, pero escúchame un momento nada más: es un concierto benéfico para recaudar fondos para una asociación de enfermos de fibrosis. Es un acto de caridad, no un concierto en el sentido estricto de la palabra. Solo tendríamos que cantar un par de temas, y los chicos y yo hemos pensado que te ayudaría a retomar el contacto con el escenario.
—No sé, Hank. Haber podido cantar para mí misma es una cosa, pero frente a un público...
—Bueno, tú piénsalo. Si no te atrevieras no pasa nada. Los chicos y yo te excusaremos y tocaremos temas instrumentales, pero aun así nos gustaría que vinieras —se sacó del bolsillo un taco de entradas y le entregó tres a Amanda—. Puedes llevar al chico y a su padre. Tal vez así ese Sutton se dará cuenta de que el rock no es algo demoníaco.
Volvieron a quedarse callados un instante.
—La familia de la chica mandó una carta a la discográfica —dijo Hank de repente—, para agradecerte que intentaras ayudarla. Decían que eras su heroína y que... oh, Mandy, no, por favor...
La joven se había echado a llorar. Hank la abrazó, acunándola suavemente contra sí.
—Tienes que superarlo. No puedes esconderte en estas montañas por el resto de tu vida. Fue un accidente, solo un accidente.
—Sí, pero si hubiera llegado a ella a tiempo... Si la gente de seguridad hubiera estado más pendiente...
—Si, si, si... —replicó él meneando la cabeza—. No puedes volver atrás en el tiempo y cambiar las cosas.
La joven se secó los ojos con el puño de la blusa.
—Vamos, Amanda. Puedes superar esto, lo sé. Los chicos y yo te echamos mucho de menos.
—Yo también a vosotros —murmuró ella dándole un cariñoso abrazo.
Hank miró su reloj.
—Será mejor que me vaya ya —dijo levantándose—. ¡En, chico! —llamó asomándose a la cocina—, ¿aún quieres ese autógrafo?
Elliot saltó al momento del taburete en el que estaba subido, viendo a Harry pelar patatas, y corrió junto al grandullón.
—¡Ya lo creo! —exclamó—. Voy corriendo a por una libreta y un boli.
Al momento estuvo de vuelta, casi sin aliento. Hank garabateó su firma, y dibujó debajo el logotipo del grupo.
—Ahí tienes, chaval.
—Elliot es un talento musical en ciernes —lo informó Amanda rodeando al chico con el brazo—. Le estoy enseñando a tocar el teclado. Un día de estos, si conseguimos despistar a su padre, nos lo llevaremos de gira para que haga los acompañamientos musicales.
—Seguro que le encantaría —dijo Hank riéndose y despeinándole el cabello a Elliot — . Trabaja duro,
¿eh?
—Lo haré, señor Shoeman.
—Bueno, espero verte en el concierto —le dijo Hank a Amanda—. Hasta pronto.
—¿Qué concierto? —preguntó Elliot muy excitado cuando el músico se hubo marchado.
Amanda le enseñó las entradas.
—Es un concierto benéfico en el que va a participar el grupo.
—¿Tú también?
—Bueno, si reúno el valor para volver a subirme a un escenario... sí.
El chico la miró interrogante, y Amanda le explicó lo que le había ocurrido, luchando por contener las lágrimas
—Vaya —musitó el chico—, no me extraña que vinieras aquí para alejarte de todo una temporada. Pero, como ha dicho Hank, tendrás que volver a cantar algún día, y cuanto más esperes para enfrentarte a ello, más te costará —le dijo con una sabiduría inusitada para sus doce años.
—Lo sé, pero... Elliot, yo... Yo quiero a tu padre —murmuró bajando la vista al suelo—, lo quiero mucho, y en cuanto se entere de quién soy..
—Aún falta una semana para el concierto —apuntó el chico—, seguro que podrás decírselo antes de que se entere por otro medio.
—Y tú, ¿no estás enfadado por que os engañara? —inquirió mirándolo preocupada.
—No seas tonta —dijo él abrazándola—. Cantante o no, sigues siendo genial.
La joven se rio y lo abrazó también.
—¿Qué te ocurre, Amanda? —le preguntó Quinn aquella noche, sentado junto a ella en el sofá mientras Harry fregaba los platos y Elliot hacía los deberes en su cuarto—. Esta noche no pareces tú.
La joven se sentó un poco más cerca de él, y tocó ligeramente la manga de su camisa de franela.
—Ha dejado de nevar —le dijo—, dentro de poco tendré que marcharme.
Quinn dejó escapar un profundo suspiro y entrelazó su mano con la de ella.
—Yo también he estado pensando en eso... ¿De verdad tienes que volver?
El corazón de la joven dio un vuelco. Quería decirle que deseaba quedarse con ellos, y dejar que el futuro se preocupase de sí mismo, pero no podía.
—Sí, tengo ciertas obligaciones que no puedo desatender —murmuró contrayendo el rostro—, cosas que me comprometí a hacer —le apretó la mano, armándose de valor—. Quinn, el próximo viernes por la noche tengo que ver a unas personas en Larry's Lodge —alzó el rostro para mirarlo a los ojos—. Es un concierto, y tengo entradas... Cantarán algunos grupos de rock, pero también habrá otros tipos de música.
¿Irías conmigo? Elliot podría venir también. Yo... bueno, me gustaría que vieras cómo me gano la vida.
—¿Tú y tu teclado?
— Sí, más o menos —asintió ella, rogando a Dios que le diera fuerzas para decirle la verdad antes del viernes.
—De acuerdo —aceptó Quinn—, tengo allí a un antiguo companero de la Patrulla de Esquí que aún está en activo. Claro, me encantará ir contigo. Iría contigo a cualquier rincón del mundo.
Amanda lo abrazó con fuerza.
—Yo también —murmuró.
Quinn inclinó la cabeza, buscando su boca, y ella se la entregó con ardor y devoción, sin pensar en el futuro. Al cabo de un rato, sus labios se abrieron en una muda invitación que él aceptó, tomándola por las caderas y atrayéndola hacia sí para ponerla en íntimo contacto con los duros y masculinos contornos de su cuerpo.
El gimió haciendo el beso aún más profundo, y Amanda se dijo entre nubes que lo amaba, que lo adoraba.
Si pudiera quedarse con él para siempre...
Tuvieron que apartarse un momento para tomar aliento.
—Quinn, podrían entrar Harry o Elliot... —musitó ella con la frente apoyada en la de él.
—No me importaría nada —le dijo él sorprendiéndola—. No me avergüenzo de lo que siento por ti, Amanda.
La joven sonrió y apoyó la cabeza en su pecho mientras veían la televisión. Al rato se les unieron Harry y Elliot, quien le prometió a su padre que ya había terminado sus deberes. El anciano sonrió para sí al verlos abrazados, como si se hubiera imaginado que antes o después ocurriría, y al muchacho no pareció importarle en absoluto, muy al contrarío.
Eran casi como una familia, se dijo la joven feliz. Nunca se había sentido tan a gusto.
Un par de horas más tarde, Harry y el chico se fueron a la cama, dejándolos de nuevo a solas, pero Quinn volvió a llevarla a su estudio para que tuvieran más intimidad.
Allí se tumbaron juntos en el amplio diván de cuero que había junto a la pared, ella echada sobre él.
—He tenido que luchar mucho para mantener este lugar —le estaba diciendo Quinn—, pero la tierra es buena y tengo una cabaña de ganado bastante respetable. No puedo ofrecerte riquezas ni una posición social elevada, pero cuidaría de ti —añadió mirándola solemnemente a los ojos.
La joven le acarició la mejilla suavemente.
—Pero Quinn, tú no sabes nada de mí. Tal vez cuando conozcas mi entorno, lo que me rodea, lo que hago, no te guste tanto como piensas —musitó con pesimismo.
—No lo creo, es imposible. Te quiero a ti, lo demás no me importa nada.
Amanda no podía evitar preguntarse si ese ardoroso amor no se debería únicamente a que era la primera mujer con la que había compartido momentos íntimos. Lo cierto era que tenía miedo a ilusionarse sin estar segura de la firmeza de sus sentimientos.
—Démonos un tiempo antes de hacer planes, ¿quieres, Quinn? —le sugirió con suavidad. Rodó hasta quedar apoyada en el costado, junto a él—. Disfrutemos del presente. Ámame, por favor —susurró besándolo.
Quinn dejó escapar un gemido gutural, atrayéndola hacia sí apasionadamente. Despertaba en él un deseo salvaje. Tal vez ella estuviera nerviosa ante la idea de un compromiso, pero él estaba muy seguro de lo que quería: la quería a ella.
Con hábiles manos se deshizo de la blusa de la joven, del sostén, y se arrancó con prisas su propia camisa a continuación, ansioso por sentir la suave piel de Amanda contra la suya. Sin embargo, pronto aquello no fue suficiente. Se tumbó sobre ella y la sintió temblar. Su cuerpo respondió, haciendo estremecer sus miembros. Se frotó sensualmente contra ella, alzando la cabeza para mirarla a los ojos. Amanda contuvo el aliento extasiada por aquella fricción.
—También es nuevo para mí —murmuró Quinn, adivinando sus pensamientos, mientras sacudía las caderas hacia las de Amanda—. Dios —gimió con voz ronca—, es como si me quemara, sentirte de este modo...
—Yo noto lo mismo —asintió ella arqueándose hacia él.
Le encantaba sentir el peso de su cuerpo, su ñera masculinidad. Lo rodeó con los brazos para atraerlo más hacia sí y abrió la boca para darle acceso. Al instante la lengua de Quinn estaba invadiéndola, con unos movimientos lentos y sensuales que la hicieron estremecerse de placer.
Quinn deslizó una mano por debajo de ella, apretándola contra sí, y quedaron de repente en una posición tan excitante que la necesidad del otro los inundó a ambos. Amanda hincó las uñas en la espalda masculina para contener el deseo. Era como si un rayo la hubiese sacudido, haciendo que la recorriera una sensación eléctrica
Quinn se apartó de ella al instante, tembloroso, intentando controlarse con todas sus fuerzas.
—Lo siento —jadeó—, no pretendía que llegáramos tan lejos.
Amanda también estaba temblando, y gruesas lágrimas de frustración rodaban por sus mejillas.
—¡Pero yo te deseaba, Quinn!, ¡lo deseaba! —susurró.
—Yo también cariño, no sabes de qué modo... —contestó él— , pero no podernos dejarnos llevar de ese modo.
—Oh, Quinn, ¿pero por qué no podemos llegar al final? —le suplicó mirándolo a los ojos—. Solo una vez... por favor...
Él tomó el suave rostro de la joven entre sus manos y la besó en la frente.
—No podemos hacerlo, Amanda, podría dejarte embarazada... porque imagino que no estarás tomando la píldora, ¿verdad?
La joven se sonrojó ligeramente.
—No.
—Entonces tendría que ser yo quien... —comenzó él sonrojándose también ligeramente—. Quiero decir que tendría que ir al pueblo, y entrar en una farmacia y pedir un paquete de preservativos y...
—¿Te daría vergüenza?
—No, no es eso —respondió él molesto—. Toda la comunidad piensa que soy un misógino. Saben que estás en mi casa, y si me vieran comprando eso... No voy a dejar que piensen que eres esa clase de mujer.
Amanda sonrió conmovida.
—¿Sabes?, creo que no me importaría quedarme embarazada de ti y tener un pequeño Quinn.
Él se rio suavemente.
—Los hijos deben nacer dentro del matrimonio —replicó—. Te quedarás con nosotros hasta el día de ese concierto y después... después te haré una pregunta a la que espero que respondas que sí —murmuró sonrojándose.
—Oh, Quinn... —musitó la joven sonrojándose también al imaginar de qué se trataba.
Él la besó.
—Y ahora será mejor que nos vayamos a la cama... —dijo incorporándose con ella—, cada uno a la suya.
Amanda se rio divertida ante la aclaración.