Capítulo 4

AMANDA estuvo muy callada durante el desayuno a la mañana siguiente. Seguía preocupada por el ternero, y no se atrevía casi a alzar la vista de su plato y su taza, ya que el ranchero estaba observándola con el mismo aire suspicaz e irritado de siempre, como si lo molestara su sola presencia. La verdad era que ella sola se lo había buscado, pinchándolo como lo había pinchado durante los últimos días... El problema era que se sentía atraída por él, y cuanto más lo conocía, más le gustaba. ¡Era tan distinto de los hombres superficiales y materialistas de su propio mundo! Cierto que era muy cabezota, y algo brusco, pero era innegable que tenía también grandes valores que se reflejaban en su día a día. Vivía de acuerdo con un rígido código ético, y cosas como el honor significaban mucho para él. Además, en el fondo era un hombre sensible y cariñoso. No, Amanda no se arrepentía de aquellos sentimientos que estaban surgiendo en su interior hacia él, y, de hecho, quería ir más allá, pero le preocupaba haber empezado con mal pie.

Al levantarse de la cama aquella mañana había decidido que iba a intentar acercarse a él, y estaba segura de que solo podría conseguirlo si actuaba siendo como ella era en realidad.

A pesar de que Quinn gruñó y se enfadó cuando la vio haciendo tareas domésticas, ella no se amilanó.

Estaba convencida de que lo ponía de tan mal humor precisamente porque se sentía atraído por ella, y no quería admitirlo. La verdad era que no se comportaba como un hombre experimentado, a pesar de que había estado casado, y la miraba con una intensidad inusitada. Si pudiera lograr que sacara fuera sus sentimientos...

Un poco más tarde fue a dar de comer a los terneros, y la preocupó aún más ver que el más pequeño respondió aún peor que el día anterior a sus intentos de alimentarlo.

Cuando Elliot llegó a casa, le dijo que hasta que no hubiera terminado los deberes no se pondrían con las lecciones de música. El chiquillo lanzó una breve mirada a su padre con el rabillo del ojo, sabiendo que era cosa suya, pero dirigió una sonrisa resignada a la joven y subió a su cuarto.

Harry había salido a por más leña, y Amanda se quedó en el salón con Quinn viendo un telediario. Como siempre, pensó el ranchero, todas las noticias eran malas: accidentes, asesinatos, terrorismo, huelgas...

Apagó el cigarrillo irritado.

—¿No echas de menos la ciudad? —le preguntó de repente a Amanda, que estaba sentada en el sofá frente al sillón orejero que él ocupaba.

—Bueno —contestó ella con una sonrisa, levantándose—, echo de menos el bullicio y a mis amigos, pero esto es muy agradable — se acercó lentamente al sillón de Quinn, fijándose en cómo este la miraba suspicaz, como si fuera a saltar sobre él — . Espero que no te moleste... tenerme aquí, quiero decir.

El ranchero la miró un momento a los ojos antes de apartar la vista.

—Supongo que podría decirse que me estoy acostumbrando a ti —le dijo con tirantez—, pero no te acomodes demasiado.

—¿Sí que te molesta que esté aquí, verdad? —inquirió Amanda quedamente.

—No, lo que pasa es que no me gustan las mujeres —masculló él con un resoplido irritado.

—Eso ya lo sé —dijo ella sentándose en el brazo del sillón de Quinn—, pero no porqué.

El cuerpo de Quinn se puso rígido ante ta proximidad de Amanda. Olía tan bien... Se removió incómodo en el sillón.

—No es asunto tuyo —le espetó—. Haz el favor de volver al sofá.

¡De modo que sí lo ponía nervioso!, se dijo Amanda con satisfacción. Sonrió dulcemente al tiempo que se inclinaba hacia él.

—¿Seguro que es eso lo que quieres? —le preguntó en un susurro.

Y, de pronto, sin apenas darse cuenta de lo que estaba haciendo, mandó la prudencia a paseo y se deslizó sobre su regazo, apretando ávidamente sus labios contra los de él.

Quinn se puso muy tenso de momento, incluso dio un respingo, y la agarró por los antebrazos con tal fuerza, que le estaba haciendo un poco de daño, pero al instante siguiente, durante un largo y dulce minuto, respondió al beso y gimió profundamente, como si todos sus sueños se hubieran hecho realidad de repente.

Sin embargo, en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pasando, rompió el hechizo del momento, poniéndose en pie hecho una furia, haciendo que la joven cayera al suelo.

—Maldita seas —masculló con veneno en la voz. Tenía los puños apretados junto a los costados, y todo su cuerpo parecía vibrar de ira—, ¡pequeña zorra barata!

Amanda estaba temblando, asustada por la violencia que se reflejaba en su rostro tenso y en los negros ojos relampagueantes.

—Yo no soy...

—¿No puedes vivir sin sexo durante unos pocos días, o es que estás tan desesperada como para intentar seducirme? —siseó, mirándola con desprecio—. Ya te he dicho que conmigo no funcionará. No quiero lo que cualquier hombre puede tener. No quiero nada de ti, y menos ese cuerpo que ha pasado de mano en mano.

Amanda se puso de pie, con las piernas temblándole. No podía articular una palabra. Su padre se ponía exactamente igual cuando bebía: el rostro enrojecido, los músculos tensos, totalmente fuera de control... y terminaba golpeándola. Dio unos pasos atrás, para alejarse de Quinn, y cuando él hizo ademán de ir hacia ella, se volvió rápidamente y salió corriendo del salón.

Quinn se había quedado de pie, allí plantado, totalmente confuso por su reacción. ¿Por qué se había asustado? Solo le había dicho la verdad. Tal vez no le gustara tener que oírla, pero era la verdad.

Volvió a sentarse.

—¿Dónde iba Amanda? — preguntó Elliot bajando de repente por la escalera.

—¿Qué? —inquirió Quinn enarcando una ceja.

—¿Dónde iba Amanda con tanta prisa? —repitió el chiquillo—. La he visto por la ventana, alejándose por en medio de la nieve. ¿Le dijiste lo de las trampas de McNaber? ...porque va exactamente en esa dirección, y si... ¡papá!, ¿dónde vas?

Quinn se había puesto de pie y se dirigía ya a la puerta. Fue a ponerse a toda prisa la chaqueta y el sombrero, el rostro lívido, y una mezcla de ira y temor en los ojos.

—Creo que estaba llorando —murmuró Elliot siguiéndolo al vestíbulo.

—Quédate aquí —le ordenó su padre saliendo de la casa.

Siguió el camino que el cuerpo de Amanda había abierto entre la nieve al avanzar. No alcanzaba a verla en la lejanía. ¡Dios!, ¿cómo podía haber hecho una locura semejante? Las trampas de McNaber estaban enterradas muy profundas en la nieve, y no habría manera de que las viera hasta que estuviera encima de ellas y... No quería ni pensarlo. Era todo culpa suya, por haberla herido como lo había hecho.

Unos metros más adelante, ya en el bosque, Amanda maldecía a Quinn en silencio mientras avanzaba contra la ventisca de nieve, las lágrimas rodándole por las mejillas. Ojalá lo devoraran los lobos, pensó, o que su caballo se encabritara y lo tirara. ¡Solo había sido un beso!, ¿por qué había tenido que reaccionar así? Además, durante unos instantes le había respondido...

¡Maldito Quinn Sutton! Ella solo había tratado de mostrarse amistosa con él, pero la había malinterpretado por completo. Estaba segura de que la odiaba, lo había visto en sus ojos, cuando la había llamado «pequeña zorra barata».

Se detuvo un momento a recobrar el aliento y siguió adelante. La cabaña no debía estar muy lejos. Se quedaría allí aunque muriera de frío. Cualquier cosa era preferible a tener que pasar un segundo más bajo el mismo techo que aquel hombre abominable.

—¡Amanda!

La joven volvió a pararse. Le había parecido oír su nombre, pero era imposible, debía haber sido el viento... Continuó avanzando. Distinguió una cabaña en la lejanía, pero no era la del señor Durning

—¡Amanda!

Era un grito desesperado, y parecía la voz de Quinn. Giró la cabeza para mirar por encima del hombro y lo vio.

—¡Déjame en paz!, ¡márchate! —le gritó—, ¡me vuelvo a la cabaña!

Y continuó hacia delante, empujando la nieve con todas sus fuerzas. Sin embargo, Quinn tenía ventaja sobre ella, ya que avanzaba por el camino que ella iba abriendo, y pronto le dio alcance, agarrándola por la cintura. Amanda pataleó, pero Quinn era más fuerte y al cabo no tuvo más remedio que rendirse.

—¡Te odio! —masculló, con los dientes castañeteándola por el frío—. ¡Te odio!

—Me odiarías más aún si no te hubiera detenido —le aseguró Quinn esforzándose por recobrar el aliento—.  Esa es la cabaña de McNaber. y tiene puestas trampas para osos por todo el lugar. Si hubieras dado unos pasos más ahora estarías atrapada en alguna de ellas. Ni siquiera podrías haberlas visto con todo este espesor de nieve.

—¿Y acaso te habría importado? —le espetó ella—. Sé que no me quieres cerca de ti, y no pienso quedarme más tiempo en tu casa. Prefiero arriesgarme y quedarme en la cabaña.

—Ni hablar —dijo él haciéndola y girarse y sacudiéndola—. Vas a volver conmigo, ¡aunque tenga que llevarte a rastras!

La joven se estremeció. Aquellos arranques violentos de Quinn la asustaban, porque le recordaban a su padre. El labio inferior le temblaba, y trató nuevamente de zafarse.

—Déjame ir... —gimió.

Quinn frunció el ceño al ver que Amanda estaba blanca como una sábana. Al fin se dio cuenta de lo que ocurría y la soltó. La joven dio un vacilante paso atrás para alejarse de él, y se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, como un cervatillo asustado.

—¿Tu padre te pegaba? —inquirió Quinn con voz queda.

Amanda se estremeció.

—Solo cuando bebía —musitó—. Claro que eso era casi todos los días —añadió riéndose con amargura.

Quinn inspiró despacio y bajó la cabeza avergonzado.

—Lo siento —le dijo—, lo siento de verdad, Amanda. Soy un hombre un poco brusco —se disculpó—, pero nunca te pegaría, si era eso lo que estabas pensando. Solo un cobarde levantaría la mano contra una mujer —le dijo con firmeza.

Amanda se rodeó con los brazos, y se quedó allí en silencio, mirando al suelo y temblando de frío.

—Anda, volvamos a casa o te congelarás —murmuró él.

Aquel repentino aire indefenso lo había desarmado por completo. Sentía al mismo tiempo culpabilidad y deseos de protegerla. Quería abrazarla y acunarla contra sí, decirle que todo estaba bien, pero cuando hizo ademán de dar un paso hacia ella, vio que Amanda daba un respingo y retrocedía. Hasta ese momento nunca había imaginado lo que podría dolerle su rechazo, y eso le confirmó aún más lo que sentía por ella.

Se quedó quieto y alzó las manos en actitud tranquilizadora.

—No voy a tocarte —le prometió. Se hizo a un lado—. Vamos, cariño, ve tú delante si quieres.

Amanda sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. «Cariño...» Era la primera vez que utilizaba un término así con ella, y aquello la conmovió profundamente. Sin embargo, se dijo que no debía engañarse.

Si la estaba tratando con tanto tacto era solo porque se sentía culpable. Dejó escapar un suspiro, y pasó a su lado, desandando el camino.

Quinn la siguió, dando gracias a Dios en silencio por que no se hubiera alejado más y se hubiera tropezado con las trampas del viejo McNaber. Sin embargo, había algo que lo había dejado muy preocupado: la había asustado, había hecho que le tuviera miedo.

Cuando llegaron a la casa, Harry y Elliot miraron primero el rostro de Amanda y luego el de Quinn, y supieron al instante que era mejor no hacer preguntas.

Durante la cena, la joven estuvo sentada en la silla como una estatua. Ni siquiera habló cuando Elliot intentó hacerla entrar en la conversación, y después se acurrucó en el sofá del salón como un ratoncillo frente al televisor.

Quinn no podía imaginar los terribles recuerdos que había hecho aflorar en su memoria, como había vuelto a sacar a flote el miedo que la había atenazado durante toda su infancia. Su padre era un hombre alto y corpulento, y siempre se ponía violento cuando bebía. Después, cuando volvía a estar sobrio le decía que estaba arrepentido, y lloraba al ver los cardenales y heridas que le había hecho, pero al cabo de un par de días volvía a ocurrir lo mismo. No podía soportarlo más, y por eso cuando tuvo edad suficiente se escapó.

Aquella noche, Elliot, prudentemente, no le pidió que siguieran con las lecciones de música, y media hora antes de la que acostumbraban a acostarse dijo que estaba cansado y subió a su dormitorio. Harry lo siguió al poco rato.

Quinn estaba sentado en su sillón, absorto, fumando un cigarrillo, pero alzó el rostro cuando vio que ella se levantaba y se dirigía a las escaleras.

—Espera —le dijo—, no te vayas todavía. Tenemos que hablar.

—No tenemos nada de qué hablar —murmuró ella—. Siento mucho lo que hice esta tarde. Fue algo estúpido e impulsivo, pero te doy mi palabra de que no volverá a ocurrir. Tal vez dentro de poco deje de nevar, y se derrita la nieve. Si puedes aguantarme entretanto... después no volverás a saber de mí.

Quinn dejó escapar un suspiro exasperado.

—¿Es eso lo que crees que quiero? —inquirió escrutando su rostro.

—¿Acaso puedo creer otra cosa, tal y como me has tratado desde que llegué?

—Tengo razones que tú no conoces para desconfiar de las mujeres, Amanda —dijo Quinn apartando el rostro. Cada vez que la miraba revivía el beso, y eso lo turbaba—. Lo que quiero saber, es por qué pensaste que iba a pegarte.

Amanda bajó la vista.

—Pues... porque eres grande y fuerte, como mi padre —murmuró—. Y por que cuando perdía los estribos me pegaba.

—Pero yo no soy él —apuntó Quinn—. Además, no voy por ahí pegando a la gente, ni siquiera cuando pierdo los estribos, como tú dices. Bueno, una vez le di un puñetazo a un tipo en un bar, pero se lo merecía. Y jamás levanté la mano contra la madre de Elliot, aunque siendo sincero te juro que un par de veces me sentí tentado de hacerlo... ni siquiera cuando me dijo que estaba embarazada de Elliot.

—¿Y por qué ibas a haberla pegado? —inquirió ella extrañada—. Es tu hijo...

Quinn dejó escapar una risa amarga.

—No, no lo es.

Amanda se quedó mirándolo boquiabierta.

—Elliot... ¿no es hijo tuyo? —repitió quedamente.

Él meneó la cabeza.

—Su madre tenía una aventura con un hombre casado y los descubrieron —explicó—. Yo solo tenía veintidós años y estaba todavía muy verde. No sabía nada de la vida, y por supuesto no tenía ni idea de aquello. Ella se propuso seducirme para que le pidiera que se casara conmigo y no ser madre soltera. Era muy bonita, y enseguida me tuvo comiendo de su mano. Nos casamos y, justo después de la ceremonia, me dijo lo que había hecho, riéndose de lo ingenuo que había sido, y de lo torpe que era; me dijo incluso que le repugnaba, que cada vez que me había besado había tenido que contener las náuseas, y que no soportaba la idea de hacer el amor conmigo. Me habló del padre de Elliot, y de cuánto lo amaba. Yo estaba furioso, pero como ella apuntó, si le contaba a la gente la verdad, acabaría siendo el hazmerreír en toda la región. En aquella época yo tenía un orgullo de mil demonios, peor aún que ahora, y no podía soportar la idea de que todo el mundo se riera de mí. Así que no tuve más remedio que seguir su pantomima... hasta que nació Elliot, porque, siendo solo un bebé, huyo con su amante. Por desgracia para ellos tuvieron un accidente en la autopista y se mataron los dos.

—¿Y sabe Elliot que no eres su padre? —inquirió Amanda mirando hacia la escalera y bajando la voz.

—Por supuesto que lo sabe —contestó Quinn — .

Yo jamás le mentiría, pero me he ocupado de él desde que era un bebé, así que para mí es como si verdaderamente fuera mi hijo. Lo quiero con toda mi alma.

La joven escrutó su rostro, leyendo en sus ojos lo que debía haber sufrido.

—La amabas, ¿verdad?

—No era más que un enamoramiento juvenil —repuso él—. Siempre fui muy tímido y torpe con las chicas, y cuando apareció ella y empezó a prestarme un poco de atención... No sé, supongo que me sentía tan solo que me agarré a ella como a un clavo ardiendo —añadió encogiéndose de hombros—. Pero aprendí la lección, y no volveré a dejar que otra mujer juegue conmigo.

Entonces Amanda comprendió:

—Eso es lo que pensaste esta tarde cuando te besé, que estaba jugando contigo... —murmuró—. Lo siento, no imaginé que...

—¿Por qué lo hiciste, Amanda?, ¿por qué me besaste?

La joven se sonrojó ligeramente al recordarlo. Por lo general no era tan lanzada.

—¿Me creerías si te dijera que porque lo deseaba? — inquirió con una leve sonrisa—. Eres un hombre muy atractivo, y hay algo en ti que hace que me tiemblen las rodillas cada vez que me miras. Pero no tienes que preocuparte, no volveré a besarte —le dijo—. Buenas noches, Quinn. Y tampoco tienes que preocuparte por que vaya a difundir lo que me has contado. No soy una chismosa, y detesto los cotilleos.

Se giró hacia las escaleras y empezó a ascender por ellas. Los negros ojos de Quinn la siguieron fascinados. Tenía un porte tan elegante, tan lleno de gracia y de orgullo... En ese momento lamentó haberla tratado con tanta brusquedad, y las palabras que le había dicho. Había estado tan obsesionado con la idea de que iba a hacerle una jugarreta, a aprovecharse de él, que había sido incapaz de pensar siquiera que pudiera encontrarlo atractivo.

Se había equivocado totalmente y la había herido. Ojalá pudiera dar marcha atrás, se decía. Amanda era tan distinta de las demás mujeres a las que había conocido... Incluso parecía ignorar lo hermosa que era.

¿Sería verdad que se sentía atraída por él?

En el piso de arriba, Amanda estaba tirada en la cama, llorando. Había sido un día horrible, y odiaba a Quinn por cómo la había tratado. Sin embargo, de pronto recordó lo que él le había contado: no había hecho el amor con su esposa, y. por lo que había dicho, era muy probable que tampoco hubiera salido con muchas chicas antes de casarse. Amanda frunció el entrecejo, recordando lo tenso que se ponía cada vez que ella se le acercaba. ¿Sería posible que no tuviera ninguna experiencia?

La mañana siguiente, Amanda estaba ayudando a Harry en la cocina cuando Quinn bajó las escaleras.

Había tenido un sueño de lo más erótico y salvaje, del que se había despertado sudando y maldiciendo, un sueño en el que aparecía ella, con el cabello suelto cayéndole por la espalda desnuda mientras hacían el amor. Había sido tan vivido que, cuando entró en la cocina y la miró, pudo imaginar con claridad los sonrosados senos debajo del suéter blanco de punto que llevaba. Quinn casi gimió cuando sus ojos observaron embelesados, por un instante, el subir y bajar del pecho de la joven.

Amanda lo miró, sonrojándose, antes de apartar la vista y volver a concentrarse en las galletas que estaba colocando sobre una bandeja de horno.

—¿Quién lo habría dicho? —murmuró Quinn con un ligero sarcasmo—. También haces galletas...

—Me ha enseñado Harry —lo corrigió Amanda, lanzándole una mirada furtiva antes de introducir la bandeja en el horno.

Quinn frunció el ceño, preguntándose el porqué de esa repentina timidez, hasta que se dio cuenta de a qué se debía: normalmente solía llevar la camisa abrochada hasta el cuello, pero, aquella mañana, sudando como había sudado durante la noche, se la había dejado abierta hasta el pecho. Frunció los labios y se quedó mirando a la joven pensativo. ¿Sería posible que la turbara tanto como ella lo turbaba a él? Estaba decidido a averiguarlo antes de que se fuera del rancho, aunque solo fuera para salvar su dañado ego.

Harry subió a arreglar las habitaciones, dejándolos solos.

—¿Cómo estaba el ternero pequeño ayer? —inquirió Quinn.

—No demasiado bien —contestó ella con un suspiro—. Tal vez esta mañana esté mejor.

—Iré a echarle un vistazo después de desayunar — dijo Quinn, acercándose a la ventana y admirando el paisaje nevado—. Por cierto, no vayas a intentar regresar a la cabaña otra vez, ¿quieres? Como te dije, podrías quedar atrapada en una de las trampas de Mc-Naber.

Parecía preocupado, pensó Amanda estudiando su rostro en silencio. Aquello era un cambio agradable para variar... a menos que lo hubiera dicho solo porque le preocupaba que se hiriera y tuviera que tenerla allí unos cuantos días más.

—¿Crees que parará alguna vez de nevar? —suspiró exasperada.

—He visto nevadas peores.

—¡Qué consuelo! —exclamó ella sarcástica.

Quinn se puso la chaqueta y el sombrero vaquero. —Estamos de mal humor esta mañana, ¿eh?

La joven lo miró incómoda y se apoyó en la encimera.

—No estoy de mal humor. Las «pequeñas zorras baratas» nunca se ponen de mal humor.

Quinn enarcó una ceja.

—Sé que no debería haberte llamado eso —dijo recorriendo su cuerpo con la mirada—, pero tú tampoco debiste besarme de ese modo. No estoy acostumbrado a las mujeres agresivas.

¿Mujeres agresivas? Amanda dejó escapar una risotada irónica.

—Tranquilo, señor puritano, no volveré a atacarlo.

Quinn se rio suavemente, con cierto sarcasmo.

—Vaya, qué desilusión...

Amanda no podía creer que se estuviera comportando de un modo tan arrogante después de cómo la había tratado.

—Fuiste muy grosero y brusco conmigo —le espetó.

—Supongo que sí —murmuró él. La intensidad de su mirada hizo que Amanda sintiera un cosquilleo por toda la espina dorsal—, pero es que creí que estabas jugando conmigo. Ya sabes, que pensaste: «voy a divertirme un poco a costa de este paleto».

—Yo jamás jugaría con los sentimientos de un hombre —le aseguró Amanda en un tono tirante—, y jamás diría de ti que eres un paleto. Creo que eres un hombre muy masculino, trabajador, y con sentido de la responsabilidad. Jamás me burlaría de ti.

Quinn esbozó una leve sonrisa.

—Bueno, en ese caso, tal vez podríamos pactar una tregua.

—¿Crees que serías capaz de tratarme con amabilidad siquiera veinticuatro horas? —inquirió ella amargamente.

—No soy un mal hombre, es solo que no sé apenas nada de las mujeres —contestó Quinn—. ¿No se te había ocurrido? —preguntó al advertir su asombro.

—No —respondió ella mirándolo a los ojos.

—Un día de estos tendremos una larga charla acerca de eso —dijo Quinn calándose el sombrero hasta los ojos—. Voy a ver a los terneros.

Amanda lo observó salir por la puerta, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Cada día que pasaba se sentía más nerviosa y tímida en su presencia.