Capítulo 2

No sé cómo te las arreglas, Kelsey —se quejó Craig, mirando a su alrededor nerviosamente—. De los cientos de restaurantes, clubs nocturnos y bares que hay en la ciudad histórica de Charleston, Carolina del Sur, tienes que escoger el que tiene más pugnas a navajazos per cápita de todo EEUU.

Y también el mejor marisco —señaló Dean, metiéndose otro camarón en la boca.

No puede salirse con la suya —masculló Kelsey, con el ceño fruncido mientras dejaba el tarro de cerveza con fuerza sobre la mesa—. ¿Cómo va a salirse con la suya?

Craig y Dean intercambiaron una mirada, pero permanecieron sabiamente en silencio.

Kelsey se había pasado la mayor parte de la tarde al teléfono, hablando con Bob McKenzie, director administrativo del Instituto Graphton. McKenzie era un hombre de mediana edad que sabía todo de contabilidad y negocios, pero nada de Biología Marina y ella estaba en guerra con él desde que McKenzie había entrado hacia tres años en el instituto.

Presupuestos —masculló amargamente—. ¡Eso es lo único de lo que sabe hablar... presupuestos!

Fuiste tú la que votó a favor de dedicar el dinero a comprar equipo en lugar de un nuevo barco —comentó Dean.

Y fuiste tú la que no quiso esperar a que quedara libre nuestro barco de investigación —añadió Craig.

Kelsey les dirigió una mirada incendiaria. Los dos se habían mostrado completamente de acuerdo con ella en lo que se refería al equipo, así como todos los demás científicos del instituto. Ambos sabían que los caprichos de la naturaleza no podían estar siempre a favor de sus planes. Hombres. Eran capaces de discutir con un poste por el placer de hacerlo.

¿Sabes cómo encontró a este gusano marino, verdad? —dijo ella, desafiante.

¿Por las páginas amarillas? —aventuró Dean.

Estuvieron juntos en la Marina. McKenzie esperaba un trato favorable y supongo que lo ha conseguido, pero quién sabe lo que hemos logrado nosotros...

Para el coche, Kelsey —protestó Dean—. Tú misma inspeccionaste el barco, así que vamos a dejar las cosas claras.

Kelsey frunció el ceño y levantó de nuevo su tarro. Sabía que estaba empezando a exagerar, pero no le gustaba que Dean se lo hiciera ver, la verdad era que Miss Santa Fe había pasado su examen inicial con nota alta. Ella recordaba haber comentado que habían tenido una suerte extraordinaria al haber conseguido un barco así. Ahora entendía por qué.

No sé dónde ves tanto problema —dijo Craig—. Me parece que tendrías que estar encantada de tener a alguien ocupándose de las labores de capitán y así disponer de más tiempo libre para tu trabajo. ¿Qué importancia tiene el que lleves personalmente el barco?

Dean se rió entre dientes.

Ahí es donde demuestras tu ignorancia respecto a nuestra temeraria líder, querido amigo. ¿Por qué escala el hombre la montaña? Porque está ahí. ¿Por qué tiene que capitanear Kelsey el barco? Porque está ahí. Tiene una pequeña dificultad en aceptar la autoridad —le confió Craig—. Es mejor no discutir con ella, ya aprenderás.

Kelsey lo ignoró. Conocía a Dean desde hacía cinco años y sólo a él le consentía aquel tipo de tonterías. Le dijo a Craig:

Mete a un civil a bordo junto con un grupo de especialistas y tienes asegurados los problemas. Ya has visto cómo se ha puesto con el sonar. Ese hombre es un ignorante y no podemos perder el tiempo explicándole cada detalle de nuestra misión. Además —añadió, mirando con el ceño fruncido su tarro medio vacío— sólo hay dos camarotes. No tenemos espacio para otro hombre.

Dean se rió de nuevo.

Así que todo se reduce al dormitorio. ¿No se le nota que es mujer?

Kelsey se acabó la cerveza.

Tiene la inteligencia de un orangután.

Bueno, lo hecho, hecho está —comentó Craig—. Supongo que no queda más que aprovecharlo lo mejor posible.

Kelsey musitó:

Sí, bueno, eso ya lo veremos.

Captó el destello de alerta en los ojos de Dean y se puso inmediatamente de pie.

Voy por otra cerveza. ¿Alguien quiere más?

Dean le dio su tarro y ella lo tomó, dirigiéndose hacia la barra.

Condescendiente, Dean tenía razón hasta cierto punto: a ella realmente le molestaba plegarse a cualquier autoridad, aunque sabía reconocerle la experiencia á quien la tuviera. Pero la verdad era que, en la mayoría de los casos y sin ánimo de jactarse, no solía haber nadie más competente que ella. Y aquella expedición era el ejemplo perfecto.

Aunque teóricamente los tres científicos estaban trabajando en equipo, Kelsey había sido elegida extraoficialmente como la jefa, sencillamente porque ella era la experta en aquel proyecto. Había pasado más horas en el mar que los dos juntos, tenía título de patrón para aguas superficiales y profundas así como certificado de submarinismo, estaba calificada para manejar todo el equipo especializado. Dean era su más directo competidor, y no había barco menor que un trasatlántico cuyo manejo no dominara. Por no mencionar que el Proyecto Simba, desde el principio hasta el final, había sido idea suya.

La elección del equipo era quizá el factor más importante para el éxito de un proyecto. Kelsey y Dean habían trabajado juntos antes y no le había cabido la menor duda de quién iba a ser el elegido. Ella había querido llevarse a otros dos miembros, de su propio equipo de laboratorio, pero en aquello también había interferido la administración. Kelsey había condescendido en llevar a Craig, quien era un experto reconocido en su campo, pero que no tenía nada que ver con el Proyecto Simba. Hasta hacía muy poco había aceptado su presencia como miembro del equipo, y no estaba dispuesta a condescender en algo más. Con ningún desconocido. Y mucho menos con una persona ajena a su trabajo. Dijeran lo que dijeran Bob McKenzie o Jessee Seward.

La barra estaba abarrotada, y envuelta en humo de tabaco y olor a pescado frito y mariscos. Aquello era precisamente lo que Kelsey necesitaba para quitarse de la mente otras preocupaciones.

Dejó los dos tarros sobre la barra para llamar la atención del barman y levantó dos dedos para que se los llenara. Alguien trató de abrirse paso tras ella, pero no cedió. Luego, una voz le dijo al oído:

Vaya, vaya. Qué pequeño es el mundo —y ella supo que ya no iba a poder dejar de pensar en sus problemas.

Lanzó una mirada de soslayo a Jessee Seward y le dijo al barman:

Que sea un tarro grande.

Jesse sonrió irónicamente.

Vaya, qué generoso de su parte.

Páguese usted la cerveza —lo replicó ella, secamente—. Nosotros vamos a cenar.

Yo también. Gracias, creo que me uniré a ustedes.

No era ninguna coincidencia el haberlo encontrado allí y Kelsey sabía que no tenía por qué sorprenderse. Era exactamente el tipo de sitio que él debía frecuentar: cerveza, comidas y hombres de verdad. Pudo sentir la dura línea de su cadera pegada a la suya y sintió una oleada cálida a través de los muslos. En cualquier otro momento, con cualquier otro hombre, habría considerado aquel encuentro una ocasión afortunada.

El barman llegó con un tarro grande de cerveza y una jarra para Jesse. Kelsey se dio la vuelta para marcharse, y Jesse gritó:

Eh, Ken, llévanos un cuenco de palomitas a la mesa, ¿quieres?

El barman respondió:

Descuida, J.J.

Kelsey apretó los labios en una expresión de satisfacción. Había acertado por completo con él.

Jesse la siguió a través de toda la sala.

No ha regresado esta tarde. Creía que tenía mucho trabajo quehacer.

Estaba ocupada.

¿Tratando de romper el contrato?

Ella no respondió.

Bueno, como no lo ha hecho, ¿le importaría devolverme mi copia? —dijo Jesse.

No es usted el único servicio de alquiler de barcos en este puerto, ¿sabe?

Pero soy el único que tiene el barco que necesita, listo para levar anclas a primera hora de la mañana.

Kelsey apretó los labios. Llevada por el más puro resentimiento, en realidad hizo el intento de contratar otro barco, aunque había sabido muy bien que sería imposible con tan poca antelación. Y aun en el caso de que hubiera encontrado algo, nada podría haberse aproximado siquiera al nivel del Miss Santa Fe.

Pero la buena noticia —prosiguió él alegremente—, es que he examinado todo su equipo y creo que no voy a tener que arrojar nada por la borda.

Kelsey se volvió bruscamente hacia él.

Le dije que no tocara nada.

El se detuvo, mirándola con ojos plácidos.

Será mejor que dejemos una cosa clara —replicó suavemente—, antes de que empecemos con mal pie. Yo no aceptó órdenes suyas. Ni de alguna otra mujer.

Kelsey inhaló con fuerza, pero en el último momento captó la chispa de picardía en los ojos de Jesse y contuvo su réplica. Era rápida atisbando y la experiencia la había enseñado que los hombres como Jessee Seward obtenían un placer perverso en provocar a las mujeres de carrera con observaciones machistas, y a ella ya le aburría responder a aquel tipo de infantiles provocaciones. —Así que tenía razón. Es usted un Neandertal.

Hasta la médula.

Craig y Dean disimularon su sorpresa cuando vieron al recién llegado, y lo saludaron afablemente. Kelsey dejó el tarro de cerveza en el centro de la mesa, de mal modo y volvió a sentarse. Jesse acercó otra silla y tomó asiento delante de ella.

Entonces —dijo él—, se dirigen a las Islas Falpor. Todo un trayecto.

Hay que ir donde están los peces —replicó Dean, llenando su tarro y el de Kelsey.

Kelsey estiró las piernas por debajo de la mesa, dispuesta a relajarse, y él a su vez hizo lo mismo. Sus piernas se rozaron. Kelsey se puso rígida y su primer impulso fue apartar las suyas, pero no lo hizo. Esperó a que él las separara primero. Jesse permaneció inmóvil.

Se tarda unas seis horas en llegar allí —dijo Jesse tranquilamente, manteniendo la mirada chispeante clavada en Kelsey.

Dos días —replicó Kelsey secamente—. No queremos ganar carrera alguna.

El no llevaba calcetines y Kelsey podía sentir su tobillo desnudo pegado al suyo. Se echó hacia atrás deliberadamente, estirando aún más las piernas. Jesse no se movió. Ella cruzó las piernas, golpeando la de él lo bastante fuerte como para que se le agitara la cerveza en la jarra, pero Jesse siguió sin moverse. Y mantuvo la mirada, irritantemente regocijada, clavada en ella.

Jesse dijo:

Si son peces lo que quieren, podría llevarlos a una docena de sitios más cercanos. Vamos, con ese sofisticado busca peces que llevan a bordo, sería la redada más grande del año.

Craig se rió entre dientes.

No creo que le apetezca coger con red el tipo de pez que andamos buscando.

A Kelsey empezaba a dormírsele el pie, así que descruzó las piernas. El tobillo de Jesse quedó pegado a su pantorrilla desnuda, y ella sintió como si le estuviera quemando la piel.

Entonces, Jesse apartó la mirada y la fijó en Craig con poco interés.

¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de peces andan buscando?

Kelsey se llevó la cerveza a los labios y dio un trago.

No se pongan muy técnicos, chicos —les advirtió—. Este hombre es sólo un marinero. Tengan cuidado que no se le canse el cerebro.

Mamíferos, principalmente —replicó Craig—. Naturalmente, todos tenemos nuestras especialidades. La mía son los tiburones.

Una mueca apareció en el rostro de Jesse antes de que pudiera disimularla, y repitió, casi en un susurro:

Tiburones. Tenía que habérmelo imaginado.

No había muchas cosas en el mar ni en la tierra que pudieran producirle miedo a Jessee Seward, pero los tiburones encabezaban la lista. La suerte que había creído tener al conseguir alquilar el barco estaba empezando a parecerle una maldición.

Kelsey percibió su desazón y se lanzó a fondo.

¿No le gustan los tiburones, señor Seward?

El la miró a los ojos.

Me gustan tanto como cualquier otro pez que puede comerme a mí antes que yo me lo coma a él.

Dean sonrió sarcásticamente..

No es eso lo que me has contado esta tarde.

Realmente —intervino Craig—, existe una concepción errónea de los tiburones a nivel popular —dijo con cierta pomposidad de especialista—. No son tan agresivos como se les suele retratar. El problema es que entendemos muy poco sobre los mecanismos que ponen en funcionamiento sus instintos de nutrición...

Exactamente —dijo Kelsey—. Los tiburones no son más agresivos que cualquier otro depredador. Y, naturalmente, todos somos científicos. Sabemos cómo tratar a los tiburones.

Jesse dio otro sorbo a su cerveza. —No he visto ninguna jaula contra tiburones a bordo.

Dean, guiñándole un ojo a Kelsey, dijo:

Los nombres de verdad no necesitan jaulas contra tiburones. Kelsey ocultó una sonrisa llevándose el tarro a los labios.

La verdad es —dijo Craig—, que no vamos a necesitar jaulas. El tipo de tiburones que espero encontrar es de los que llamamos "tiburones durmientes" y no son agresivos en esa fase. Naturalmente, como ya he dicho, el auténtico objetivo de la expedición...

 

Jesse apenas estaba escuchando. Lo único que necesitaba saber sobre los tiburones era la forma de evitarlos, y estaba mucho más interesado en la mujer que tenía sentada delante. En algún momento del día ella se había quitado el pañuelo de la cabeza y ahora su melena gloriosa caía sobre los hombros. Lo mismo había hecho con la camisa, y la sencilla blusa negra que llevaba debajo revelaba más que ocultaba. Si llevaba sostén no sería mucha cosa. La forma de sus pechos era suave y redonda. Jesse instintivamente, los comparó con el tamaño de sus manos. Sus piernas eran tan esbeltas como él había imaginado, según podía notar por el contacto debajo de la mesa. A él estaba empezando a dormírsele la suya, pero quería comprobar cuánto tardaba en cambiar de postura. Además, le gustaba el contacto de su piel desnuda.

Ken llegó con un cuenco de palomitas con camarones y Jesse se dirigió a él, apartando su atención de Kelsey. —¿Qué recomiendas esta noche?

Malone ha traído una buena carga de pescados esta tarde.

Suena bien —miró a los demás—. ¿Alguien quiere también?

Yo no —dijo Dean, quien se había acabado casi a solas el primer cuenco de camarones—. Sólo he venido por una cerveza.

Kelsey no había comido desde el desayuno, y aunque no creía que pudiera disfrutar de una cena delante de Jessee Seward, tenía demasiada hambre para andarse con menudencias. —Sí —le dijo al barman—, que sean dos raciones. Cuando se retiró, Dean dio una palmada en la mesa en una súbita muestra de entusiasmo y declaró:

Bueno, señorita, parece que te dejo en buenas manos, así que no voy a quedarme más tiempo por estos andurriales. Vamos, Craig, ¿sabías que en está ciudad están algunos de los mejores restaurantes del mundo? Vamos a buscar uno para acabar de una vez por todas con el presupuesto de McKenzie.

Kelsey se lo quedó mirando, directamente anonadada, pero cuando Dean decidía poner en funcionamiento su vena traviesa no había quien lo detuviera. Aparentemente, había llegado a la conclusión de que sería divertido dejarla a solas con Jesse, y Kelsey no iba a contribuir a su regocijo protestando.

No hizo falta insistir en la invitación para persuadir a Craig de emigrar a climas más amistosos y en cuestión de segundos, los dos estaban de pie. Jesse y Kelsey tuvieron que levantarse también para dejarlos salir y cuando ella se sentó de nuevo lo hizo en la silla de Craig, en la diagonal de Jesse, y pudo estirar tranquilamente las piernas sin obstrucción de ningún tipo.

Jesse sonrió irónicamente y volvió a sentarse, reconociendo la pequeña victoria de Kelsey. Antes de que él pudiera hacerlo, ella se acercó el cuenco de camarones y se llevó uno a la boca.

¿No es eso una forma de canibalismo? —Inquirió él, recuperando el cuenco—. ¿Una bióloga marina comiendo pescado?

Los camarones no son pescado —replicó ella—. Además, yo estudio los peces, no mantengo relaciones personales con ellos.

Ya me lo imaginaba —dijo él, metiéndose uno en la boca—. Entonces, ¿con cuál de esos dos chicos —señaló hacia la puerta por la que habían salido Dean y Craig— ...te acuestas?

Kelsey siempre había despreciado a los hombres que no miraban a los ojos, pero había algo en la mirada directa y siempre alerta de Jesse que le resultaba inquietante. Nunca apartaba los ojos y en lo más profundo de ellos, chispeaba una perenne sonrisa. La ponía nerviosa, porque no estaba segura de qué le hacia sonreír.

Lo miró a los ojos en aquel momento y le dijo fríamente:

No es de tu maldita incumbencia.

El sonrió abiertamente entonces.

Da igual. Ya lo sé.

Ella se llevó la cerveza a los labios y musitó:

Será interesante oírlo.

El se metió otro camarón a la boca y masticó pensativamente mientras hacia sus observaciones:

Al jovencito... Dean... te lo comerías de un solo bocado y escupirías los restos antes de que se hubiera dado cuenta de qué le había ocurrido. Además, me parece un tipo con bastante sentido común. El de la barba es un hablador pomposo y además, un alfeñique. Imagino que mantendría tu atención durante aproximadamente diez segundos. O sea que con ninguno de los dos.

Kelsey permaneció en silencio, aunque le hacía gracia lo acertada que había sido la valoración de Jesse. "Excitante", pensó de nuevo. Aquella mirada tranquila y firme no era inquietante, sino excitante, llena de mensajes secretos y observaciones silenciosas que no eran necesariamente sexuales pero sí fascinantes. ¿Era una forma de arte o era algo que le salía de manera natural?

Si lo hubiera conocido por primera vez aquella noche, y si no fuera a verle nunca más después... aquella velada podría contener la promesa de algo más que una simple cena de mariscos.

¿De dónde eres? —le preguntó él.

Nuestras instalaciones principales están en la isla de Edisto. En nuestra mayoría vivimos en el sitio.

¿De dónde eres?

De San Diego. Hace unos diez años y seis trabajos —se llenó el tarro—. Mira, no me apetece tener una conversación contigo.

¿Qué te apetece tener conmigo?

Ella lo miró con fijeza durante un instante. Luego alzó la bebida y replicó:

Me apetece cenar. Y luego marcharme.

 Jesse levantó su tarro en un pequeño saludo. —Mala elección.

La vida está llena de ellas —convino Kelsey, y apartó la vasija de camarones para dejar espacio a las dos raciones de mero que acababan de traer.

Jesse la vio coger una servilleta de papel y lanzarse sobre el plato de mero con un entusiasmo rayano en la sensualidad. Ropa interior de satén rojo, decidió él. Una mujer así, llena de ángulos y asperezas por fuera, tenía que estar llena de sorpresas por debajo.

A él le gustaban las sorpresas, pero también le agradaba tomarse la vida con tranquilidad y una mujer como Kelsey Morgan era de lo más alejado de aquel criterio.

Durante cinco minutos comieron en silencio. Kelsey notaba que la estaba observando, pero no la molestaba... hasta que, al cabo de un rato, la simple consciencia de la presencia de él empezó a ser más fuerte que su capacidad de atención hacia la cena. Era imposible no ser consciente de su cercanía: los movimientos de sus fuertes manos de trabajador, las flexiones y contracciones de sus músculos sinuosos, la forma de sus hombros debajo de la desgastada camiseta... Seguramente no tendría vello en el pecho, ella decidió, y aquello le gustó. Debía llevar un tatuaje en el hombro, algo pequeño y no demasiado llamativo que se habría hecho grabar en la Marina. Se preguntó si estaría en lo cierto, y también si alguna vez lo averiguaría.

Cuando empezó a preguntarse demasiadas cosas para seguir cenando tranquila, decidió hablar:

¿De qué viene la segunda jota?

Jesse la miró inquisitivamente.

J. J. —dijo ella—. ¿De dónde viene?

El mostró una sonrisa lenta, que logró hacerle parecer al mismo tiempo más joven y más tímido. Estaba convencida de que era un forma de arte. Y de lo más efectiva.

De James —replicó él—. Jessee James Seward.

Tenía que haberlo imaginado —dijo ella, tratando de contener una sonrisa—. Así que tus padres tenían sentido del humor.

El pareció pensarlo durante un instante, con el tenedor suspendido en el aire.

¿Conoces ese cuadro que se llama "Gótico Americano", en el que se ve al granjero con una horca de labrador y a su mujer con los labios apretados a su lado?

Kelsey asintió con la cabeza.

Bueno, pues creo que mis padres posaron para ese cuadro. El sentido del humor que pudieran tener, lo usaron para ponerme el nombre.

¿Granjeros? —preguntó Kelsey con curiosidad.

El asintió, mientras se llevaba a la boca el último trozo de mero.

Kansas.

Es curioso. Yo hubiera pensado que eras un hombre nacido junto al mar.

Se estaba viendo arrastrada a una conversación con él, sin pretenderlo ni desearlo. Pero le resultaba fácil hablar con aquel hombre.

De hecho, así fue —dijo él, llenándose el recipiente de cerveza—. Fui raptado por gitanos y venido a esta aburrida familia trabajadora del medio oeste cuando era un bebé. Una historia trágica, realmente.

Aquella vez, ella no pudo evitar sonreír y permitió que Jesse se llenara el tarro para proseguir tranquilamente:

La verdad es que no vi el océano hasta que me alisté en la Marina. Pero es cierto, toda la vida he tenido la sensación de haber nacido en el sitio equivocado, con la gente equivocada...

Sus ojos adquirieron una expresión nostálgica que a Kelsey le resultó muy familiar. No conocía a aquel hombre en absoluto, incluso antes de que empezara a hablar sintió ganas de exclamar: "¡Sí, sé lo que quieres decir!" Tardó un momento en darse cuenta de que la expresión de su rostro y el tono de su voz le resultaban familiares sólo porque reflejaban con exactitud lo que ella sentía por el océano.

El dijo:

De niño, cuando veía el viento agitando la hierba de la pradera, veía el océano. Olía el mar en la lluvia. El altillo del granero era mi puesto de vigía y divisaba ballenas en el horizonte... —sus ojos se posaron de nuevo en ella y sonrió—. Era el menor de siete hermanos, ¿sabes?, y mis padres no tenían mucha imaginación. Nunca supieron muy bien qué hacer conmigo. Creo qué se sintieron más bien aliviados el día que acabé el bachillerato y decidí enrolarme. Seis meses más tarde estaba en Seattle, Washington y desde entonces nunca he estado a más de quince kilómetros del océano.

Kelsey lo miró pensativa y con un nuevo e involuntario respeto.

Había oído de hombres nacidos con el mar en la sangre, pero nunca había conocido a ninguno. Excepto yo, claro está.

El se rió entre dientes, y estropeó el momento diciendo:

Tú no eres un hombre —luego se echó hacia atrás y le preguntó—: ¿Por qué no me pones al tanto sobre ese proyecto tuyo?

Su primer impulso fue responderle, una vez más, que no era de su incumbencia. Estaba irritada con él por haber quebrado el momento del hechizo y además, realmente no era de su incumbencia.

Pero en el último momento recordó sus pobres artes diplomáticas y pensó que tal vez no sería muy buena idea ponerlo en guardia. Así que dio un sorbo de cerveza para aclararse la garganta y replicó de mala gana:

Delfines. Estamos estudiando a los delfines.

Hay muchos delfines entre este puesto y las Falpor. ¿Por qué tienes que ir tan lejos?

Kelsey contuvo de nuevo su irritación. Odiaba tener que dar explicaciones, sobre todo cuando la persona que las pedía no lo hacía por curiosidad sino por desafío. "Diplomacia", se dijo una vez más.

Estamos interesados en un grupo particular de delfines. Marcamos a una hembra, y hemos captado su señal cerca de las Falpor no hace mucho tiempo. Ahora queremos comprobar cómo interactúa con un grupo social en su propio entorno.

Jesse dio otro sorbo de cerveza.

No es una tarea difícil para mí. Lo único que tengo que hacer es llevarte allí, y luego tumbarme al sol.

"No", pensó Kelsey. "Lo único que tienes que hacer es quedarte en el muelle y lejos de mi vista". Pero, con un gran esfuerzo, consiguió mantenerse callada, e incluso forzar una sonrisa.

Les llevaron la cuenta, y eso fue la señal que Kelsey estaba esperando para marcharse.

Bueno —dijo acabándose la cerveza—, ha sido divertido, pero me espera un largo día mañana —se dispuso a levantarse de la mesa.

A mí también —lanzó una mirada a la cuenta y se la pasó a ella—. Tú estás a gastos pagados —le recordó Jesse inocentemente.

Ella apretó los labios, pero no estaba dispuesta a discutir con él por el precio de una cena, sacó varios billetes del bolsillo y los dejó sobre la mesa.

Me debes diez dólares noventa y siete —le dijo secamente, levantándose.

Búscame el día de pago —sugirió él y se puso de pie perezosamente—. Te acompañaré a casa.

No necesito acompañante.

Pero tal vez yo sí. Esta parte de la ciudad es peligrosa.

Ella se dirigió hacia la puerta y la abrió antes de que él pudiera hacerle los honores. Jesse salió tras ella al neblinoso aire nocturno.

¿Dónde te alojas? —le preguntó él.

Ella titubeó sólo un momento. —A bordo del Miss Santa Fe.

Bien —dijo él—. No me desvía de mi camino. Ella trató de mantener la voz tranquila y casual, a pesar del cosquilleo que sentía en el estómago, le preguntó. —¿Regresas al puerto?

Sí. Yo también voy a dormir en el barco.

A Kelsey se le tensaron todos los músculos.

¡No puede ser eso!—exclamó ella.

Yo creo que sí. Es mi barco.

¡Yo lo he alquilado!

El empezó a caminar con tranquilidad. —Creo que eso ya lo has mencionado.

Kelsey lo alcanzó de dos zancadas.

No puedes hacer eso —le dijo tensamente—. No vas a quedarte a bordo del barco esta noche. Vete a casa y déjame sola.

El replicó:

El Miss Santa Fe es mi casa.  

Ella se detuvo y se lo quedó mirando. A pesar de estar furiosa, su mente trataba de buscar planes alternativos. Pero cuando Jesse se volvió a mirarla, vio que en sus ojos brillaba una chispa de satisfacción.

Déjelo, señorita Morgan —le aconsejó él—. No soy tan tonto como parezco. ¿Crees que no sé que estabas pensando zarpar del muelle antes del amanecer? Dejándome a mí, claro está, con tres palmos de narices en el muelle. De todas formas, no habrías llegado lejos, pero para ahorrarte a ti, a mí y a la Guardia de costa muchos problemas, me quedaré a dormir a bordo.

Kelsey reemprendió la marcha bruscamente, con los dientes apretados y los hombros rígidos. Jesse la alcanzó rápidamente.

¿Cómo lo supiste? —le preguntó ella finalmente.

El se encogió de hombros.

Es lo que habría hecho yo. Lo único que no sé es por qué. Quiero decir, ¿cuál es el problema? ¿Qué tienen pensado hacer realmente, entrenar a esos delfines para que recuperen cabezas nucleares y vuelen el muelle entero? ¿Por qué es tan importante dejarme en tierra?

Eres personal no esencial —le dijo ella secamente—. Te interpones en mi camino. No te necesito, no te quiero y no estoy dispuesta a que desbarates mi proyecto.

Lo que sucede es que no estás acostumbrada a que alguien te diga lo que tienes que hacer.

Kelsey se volvió hacia Jesse, deteniéndose tan abruptamente que él estuvo a punto de chocar con ella. Quedaron prácticamente pegados uno al otro. Cualquier otro hombre habría retrocedido un paso; él no. Y ella tampoco.

Desde luego que no estoy acostumbrada, qué diablos —dijo ella—. Un capitán por barco, esa es la regla, y en este, durante el tiempo que dure el viaje yo soy él capitán. Si quieres sentarte al timón, bien, no puedo impedírtelo. Pero seguirás el rumbo que yo señale. Pondrás el motor cuando yo te lo ordene y lo apagarás cuando yo te lo diga. Si yo te digo que te metas en un banco de coral, tú te meterás en él. No hablarás, no discutirás, no estornudarás, ni siquiera respirarás sin que yo te lo ordene. ¿Crees que podrás aguantarlo?

El echó la cabeza hacia atrás y se rió de buena gana.

¡Por eso precisamente no te quiero a bordo! —Exclamó ella, apretando los puños y lanzando centellas por los ojos—. He dedicado tres años a este proyecto. Lo he puesto todo en ello... todo. Tengo dos semanas para estar en el mar, y mi vida entera gira en torno a lo que pueda hacer en ese tiempo y no pienso correr el riesgo de echarlo a perder ahora, ¿lo entiendes?

La expresión de Jesse era tranquila y seria, pero no respondió nada. Estaba esperando a que continuara.

Ella inhaló con fuerza y se dio la vuelta, metiéndose la mano entre los alborotados rizos.

Se sentía una estúpida por intentar explicárselo, pero al mismo tiempo se sentía forzada a hacerlo.

Por supuesto que no me gusta que alguien me diga lo que tengo que hacer —dijo—. Tengo veintiocho años y no he tenido que explicarme ante nadie desde aquella ocasión en que mis padres llegaron a casa antes de tiempo y me sorprendieron en el sofá con Kenny Spitz cuando tenía quince. Soy doctora en Biología Marina. He publicado en tres revistas científicas. Soy directora de departamento. No tengo que darle explicaciones a nadie excepto a Dios y a mi conciencia y no tengo la menor intención de explicarte a ti por qué las cosas tienen que hacerse a mi manera.

Pero se volvió para mirarlo otra vez, tratando de calmar su tono de voz.

Mira —le dijo—. Este es un proyecto delicado... como cualquier investigación científica. Un error puede invalidar mis hallazgos y me he pasado un año entero haciendo preparativos para que no exista el menor error. Por eso he elegido con mucho cuidado a mi equipo, por lo cual no quiero que haya a bordo nadie que no sepa exactamente qué ocurre. Pero hay más —titubeó, buscando las palabras exactas—. Ahí afuera, a solas con el mar, el cielo y el sonido del viento... no se puede seguir siempre el libro. Hay ocasiones en que tienes que seguir una voz diferente, elegir el momento adecuado, mirar en la dirección precisa, encontrar el rumbo idóneo... y eso es algo que no puedo explicar. Simplemente, tengo que tener libertad para hacerlo. Porque si no puedo, sería mejor que hiciera mis investigaciones en un acuario.

De pronto se dio cuenta de lo raro que debía sonarle aquello a Jesse, y se sintió azorada. Se encogió de hombros casi tímidamente y luego alzó la barbilla en un gesto desafiante y defensivo a la vez.

Así son las cosas.

Jesse sabía muy bien cómo eran las cosas con el viento y el mar, pero oírselo contar a ella, con el fuego interno de quien revela un secreto, con las mejillas arreboladas de pasión, fue como saberlo por primera vez en su vida, y la sensación fue tan fuerte como si ella lo hubiera golpeado en el estómago con el puño.

De pronto, aquella mujer le pareció el único ser primordial en un mundo de dos dimensiones. Tuvo que apartar la vista de ella antes de hablar.

La gente me contrata —dijo suavemente—, porque soy el mejor. Porque sé lo que hago y puedo llevarla donde quiere ir y no tiene que preocuparse nunca de si lo hago bien. Entiendo tus problemas, pero yo no soy la marioneta de nadie. No voy a meter mi barco en un banco de coral sólo porque tú lo digas. Cuando piense que estás equivocada, voy a preguntarte qué haces y cuando esté convencido de que estás equivocada voy a discutir contigo. Tal vez tú seas la jefe del proyecto, pero yo soy el capitán del barco. Así es como está la situación.

Kelsey cerró los ojos brevemente ante la imagen de la derrota.

No vas a ceder —era una constatación de lo evidente. —No, ¿y tú? Ella lo miró a los ojos.

No.  

El sonrió.

Parece que estamos condenados el uno al otro, entonces.

Condenados, el uno al otro. Durante dos semanas, en una pequeña embarcación en el mar... Kelsey había pasado por momentos más desagradables en su vida. Pero en anteriores situaciones, ella siempre había conseguido aprovecharse, de una manera u otra, de circunstancias en principio adversas. Pero instintivamente sabía que no tenía forma humana de aprovecharse de aquel hombre. Jessee Seward no se dejaba persuadir, intimidar ni dominar. La única opción que le quedaba era tolerarlo, condescender.

La sonrisa de Jesse se hizo más amplia y sus ojos reflejaron un brillo suave.

Trataré de comportarme —dijo él—, si tú lo intentas también.

Había algo en aquella sonrisa que resultaba tan irresistible que Kelsey casi olvidó su frustración. Dos semanas en el mar con él...

Se dio la vuelta.

No tenemos más remedio, ¿no?

No, desde mi punto de vista.

Ella respiró hondo.

De acuerdo —de mala gana, se volvió de nuevo hacia él—. Supongo que podré resistirlo. Siempre que quede claro quién es el jefe.

El sonrió de nuevo, era evidente la satisfacción que chispeaba en sus ojos.

Oh, creo que eso lo tenemos claro los dos.

Y con la mano, le señaló de manera amable el camino a seguir, antes de caminar a su lado.