6. El distanciamiento.

Cómo se convirtió Venecia en un museo.

El grupo de islas que forman Venecia, en el extremo norte del mar Adriático, posiblemente fueran, en la Edad Media, el lugar más rico del mundo, con el conjunto más avanzado de instituciones económicas inclusivas apoyadas por la inclusividad política naciente. Venecia logró su independencia en el 810 d. C. en lo que resultó ser un momento fortuito. La economía de Europa se estaba recuperando del declive que sufrió tras el hundimiento del Imperio romano y reyes como Carlomagno estaban reconstituyendo un poder político central fuerte. Aquello condujo a la estabilidad, a una mayor seguridad y a la expansión del comercio, y Venecia estaba en una situación única para aprovecharlo. Era una nación de navegantes, situada justo en mitad del Mediterráneo. De Oriente llegaban especias, productos fabricados por los bizantinos y esclavos. Venecia se hizo rica. En el año 1050, un siglo después del inicio de su expansión económica, tenía una población de cuarenta y cinco mil personas, cifra que aumentó en más del 50 por ciento, a setenta mil en el año 1200. En 1330, la población había vuelto a aumentar otro 50 por ciento, a ciento diez mil; Venecia era entonces tan grande como París y probablemente tres veces mayor que Londres.

Una de las causas principales de la expansión económica de Venecia fue una serie de innovaciones contractuales que hicieron que las instituciones económicas fueran mucho más inclusivas. La más famosa fue la commenda, un tipo de sociedad por acciones rudimentaria que se formaba solamente mientras durara una única misión comercial. En la commenda participaban dos socios, uno «sedentario», el que permanecía en Venecia, y otro que viajaba. El socio sedentario ponía capital en la empresa, mientras que el socio que viajaba acompañaba a la carga. Normalmente, el socio sedentario ponía la mayor parte del capital. Los jóvenes emprendedores que no tenían riquezas podían entrar así en el negocio del comercio viajando con la mercancía. Era una de las principales formas de ascenso social. Si había pérdidas, se repartían de acuerdo con el capital que habían puesto los socios. Si se ganaba dinero, los beneficios se basaban en dos tipos de contratos de commenda. Si la commenda era unilateral, el mercader sedentario proporcionaba el 100 por ciento del capital y recibía el 75 por ciento de los beneficios. Si era bilateral, el mercader sedentario proporcionaba el 67 por ciento del capital y recibía el 50 por ciento de los beneficios. Al estudiar documentos oficiales, se observa lo potente que era la commenda para fomentar el ascenso social. Estos documentos están llenos de nombres nuevos, personas que hasta entonces no habían figurado entre la élite veneciana. En documentos gubernamentales de 960, 971 y 982, el número de nombres nuevos es del 69, 81 y 65 por ciento, respectivamente, de los registrados.

Esta inclusividad económica y el ascenso de nuevas familias a través del comercio obligaron al sistema político a ser más abierto todavía. El dux, que gobernaba Venecia, era elegido de por vida por la Asamblea General, que representaba a todos los ciudadanos, aunque en la práctica estaba dominada por un grupo de familias poderosas. El dux tenía mucho poder, pero con el tiempo lo fue perdiendo poco a poco debido a los cambios de las instituciones políticas. A partir de 1032, el dux fue elegido junto con el Consejo Ducal de nueva creación, cuya tarea era garantizar que aquél no llegara a tener un poder absoluto. El primer dux asediado por este Consejo, Domenico Flabianico, era un rico mercader de seda de una familia que no había ocupado ningún alto cargo con anterioridad. Tras el cambio institucional, se produjo una enorme expansión del poder mercantil y naval de Venecia. En 1082, la ciudad consiguió amplios privilegios comerciales en Constantinopla y se creó un barrio veneciano en aquella ciudad que rápidamente llegó a tener diez mil habitantes venecianos. Vemos en este caso que las instituciones económicas y políticas inclusivas empezaban a trabajar conjuntamente.

La expansión económica de Venecia, que creó más presión para el cambio político, explotó después de los cambios en las instituciones políticas y económicas cuando el dux fue asesinado en 1171. La primera innovación importante fue la creación de un Gran Consejo que se convertiría en la fuente definitiva de poder político en Venecia a partir de aquel momento. El Gran Consejo estaba formado por quienes ocupaban cargos en el Estado veneciano, como los jueces, y estaba dominado por los aristócratas. Además de los titulares de los cargos, cada año eran nombrados cien miembros nuevos del Consejo por parte de un comité de nombramiento cuyos cuatro integrantes eran elegidos por sorteo por el Gran Consejo existente. Posteriormente, el Consejo también elegía a los miembros para dos subconsejos, el Senado y el Consejo de los Cuarenta, que tenían encomendadas varias tareas legislativas y ejecutivas. El Gran Consejo también elegía al Consejo ducal, que se amplió de dos a seis miembros. La segunda innovación fue la creación de otro consejo, elegido por el Gran Consejo por sorteo, para nombrar al dux. A pesar de que la elección debía ser ratificada por la Asamblea General, como solamente nombraban a una persona, en la práctica la elección del dux estaba en manos del Consejo. La tercera innovación fue que el nuevo dux debía jurar el cargo y atenerse al poder ducal. Con el tiempo, aquellas limitaciones se ampliaron continuamente, con lo que el dux que hubiera en aquel momento tuvo que obedecer a los magistrados y, posteriormente hacer que sus decisiones fueran aprobadas por el Consejo Ducal. Éste también adoptó el papel de garante de que el dux acatara todas las decisiones del Gran Consejo.

Estas reformas políticas condujeron a otras innovaciones institucionales: en el ámbito jurídico, la creación de magistrados, tribunales, tribunal de apelación y nuevas leyes relativas a la bancarrota y al contrato privado independientes. Estas nuevas instituciones económicas venecianas permitieron, a su vez, la creación de nuevas formas de negocios legales y nuevos tipos de contrato. Hubo una rápida innovación financiera que, en realidad, supuso el inicio de la banca moderna en esta época en Venecia. La dinámica de Venecia hacia unas instituciones totalmente inclusivas parecía imparable.

Sin embargo, Venecia estaba sometida a una gran tensión. El crecimiento económico al que daban apoyo las instituciones venecianas inclusivas iba acompañado de destrucción creativa. Cada nueva ola de jóvenes emprendedores que se hacían ricos a través de la commenda o de otras instituciones económicas similares tendía a reducir los beneficios y el éxito económico de las élites establecidas. Y no solamente redujo sus beneficios, sino también su poder político. Por lo tanto, las élites del Gran Consejo siempre tuvieron la tentación, si podían hacerlo y no sufrir consecuencia alguna, de cerrar el sistema a los nuevos candidatos.

Al principio, los miembros del Gran Consejo se elegían cada año. Como vimos, a finales del primer año, se eligieron cuatro electores al azar para proponer a cien miembros durante ese año, que eran elegidos automáticamente. El 3 de octubre de 1286, se propuso al Gran Consejo cambiar las reglas de manera que los nombramientos tuvieran que ser confirmados por una mayoría en el Consejo de los Cuarenta, que estaba estrechamente controlado por las familias de la élite. Esto habría dado a esta élite poder de veto sobre los nuevos nombramientos para el Consejo, lo que no habían tenido anteriormente. La propuesta fue rechazada. El 5 de octubre de 1286, se presentó otra propuesta, y esta vez fue aprobada. A partir de aquel momento, habría una confirmación automática de una persona si sus padres y abuelos habían servido en el Consejo. En caso contrario, era necesaria la confirmación del Consejo Ducal. El 17 de octubre, se aprobó otro cambio de las reglas que estipulaban que el Consejo de los Cuarenta, el dux y el Consejo Ducal debían aprobar cualquier nombramiento para el Gran Consejo.

Los debates y las enmiendas constitucionales de 1286 presagiaban la serrata («el cierre») de Venecia. En febrero de 1297, se decidió que quien hubiera sido miembro del Gran Consejo en los cuatro años anteriores recibiría automáticamente un nombramiento y su aprobación. A partir de entonces, los nuevos nombramientos tenían que ser aprobados por el Consejo de los Cuarenta, pero solamente con doce votos. Después del 11 de setiembre de 1298, los miembros y sus familias actuales ya no necesitaban confirmación. El Gran Consejo se cerraba para los de fuera, y los titulares iniciales se habían convertido en una aristocracia hereditaria. Esto se selló en 1315, con el Libro d’Oro, el registro oficial de la nobleza veneciana.

Los que no pertenecían a la nobleza naciente no dejarían que sus poderes se erosionaran sin oponer resistencia, y las tensiones políticas fueron aumentando sin parar entre 1297 y 1315. El Gran Consejo respondió parcialmente a estas demandas haciéndose más grande. En un intento de neutralizar a sus adversarios más locuaces, pasó de 450 a 1.500 miembros. Pero esta expansión fue complementada por la represión. En 1310, se introdujo por primera vez una fuerza policial, y hubo un aumento constante en la coacción doméstica, sin duda como forma de solidificar el nuevo orden político.

Tras la implantación de la serrata política, el Gran Consejo pasó a adoptar una serrata económica. Al establecimiento de instituciones políticas extractivas, le siguió el cambio a instituciones económicas extractivas. Lo más importante es que se prohibió el uso de los contratos de commenda, una de las grandes innovaciones institucionales que había hecho rica a Venecia. Y no debería ser una sorpresa: la commenda beneficiaba a los nuevos mercaderes y, a partir de aquel momento, la élite establecida intentó excluirlos. Aquél era solamente un paso hacia instituciones económicas más extractivas. El siguiente paso se dio cuando, a partir de 1314, el Estado veneciano empezó a controlar y nacionalizar el comercio. Organizó galeras estatales para que se dedicaran al comercio y, a partir de 1324, empezó a recaudar elevados impuestos a quienes querían dedicarse a esa actividad. El comercio a larga distancia se convirtió en dominio exclusivo de la nobleza, y aquello fue el principio del fin de la prosperidad veneciana. Cuando las principales líneas de negocios pasaron a estar monopolizadas por aquella élite cada vez más reducida, empezó el declive. Venecia iba camino de convertirse en la primera sociedad inclusiva del mundo, pero cayó por un golpe. Las instituciones políticas y económicas se hicieron más extractivas y la ciudad empezó a experimentar el declive económico. En el año 1500, la población se había reducido a cien mil habitantes. Entre los años 1650 y 1800, mientras Europa crecía rápidamente, Venecia se empequeñecía.

Actualmente, la única economía de Venecia, aparte de algo de pesca, es el turismo. En lugar de ser pioneros en rutas comerciales e instituciones económicas, los venecianos hacen pizza y helados, y soplan cristal de colores para hordas de extranjeros. Los turistas acuden a ver las maravillas del período anterior a la serrata de Venecia, como el palacio del dux y los leones de la catedral de San Marcos, saqueados de Bizancio cuando Venecia dominaba el Mediterráneo. Venecia dejó de ser un motor económico y se convirtió en un museo.

En este capítulo, nos centramos en el desarrollo histórico de instituciones en distintas partes del mundo y explicamos por qué evolucionaron de formas diferentes. En el capítulo 4, vimos cómo las instituciones de Europa occidental se diferenciaban de las de Europa oriental y cómo las de Inglaterra divergían de las del resto de Europa occidental. Fue consecuencia de pequeñas diferencias institucionales, en su mayoría causadas por la deriva institucional que interactuaba con coyunturas críticas. Por lo tanto, resultaría tentador pensar que estas diferencias institucionales son la punta de un iceberg histórico profundo y que, debajo del agua, encontraremos instituciones inglesas y europeas que se alejan inexorablemente de las de los demás lugares, según acontecimientos históricos que se remontan a milenios. Como se suele decir, el resto es historia.

Pero el caso es que no es así, por dos motivos. En primer lugar, los movimientos hacia las instituciones inclusivas, tal y como muestra nuestro análisis de Venecia, pueden ser revertidos. Venecia llegó a ser próspera. Sin embargo, sus instituciones políticas y económicas fueron derrocadas, y esa prosperidad cambió por completo. Actualmente, solamente es rica porque muchas personas que consiguen ingresos en otros lugares optan por ir a gastarlos allí para admirar su glorioso pasado. El hecho de que las instituciones inclusivas puedan cambiar totalmente de rumbo muestra que no existe un proceso acumulativo simple de mejora institucional.

En segundo lugar, las pequeñas diferencias institucionales que tienen un papel crucial durante las coyunturas críticas son efímeras por naturaleza. Como son pequeñas, se pueden revertir, y reaparecer y revertirse de nuevo. En este capítulo, veremos que, a diferencia de lo que se esperaría de las teorías de la situación geográfica o de las culturas, Inglaterra, donde tuvo lugar el paso decisivo hacia instituciones inclusivas en el siglo XVII, era un páramo, no solamente en los miles de años posteriores a la revolución neolítica en Oriente Próximo, sino también a principios de la Edad Media tras la caída del Imperio romano de Occidente. Las islas Británicas eran marginales para los romanos, y, sin duda, tenían menos importancia que Europa occidental, el Norte de África, los Balcanes, Constantinopla u Oriente Próximo. Cuando el Imperio romano de Occidente se hundió en el siglo V a. C., Gran Bretaña sufrió el declive más absoluto. No obstante, las revoluciones políticas que aportaría finalmente la revolución industrial no se producirían en Italia, en Turquía ni en la Europa continental occidental, sino en las islas Británicas.

No obstante, para entender el camino de la revolución industrial inglesa y los países que la siguieron, el legado de Roma es importante por diversas razones. La primera es que Roma, como Venecia, pronto experimentó grandes innovaciones institucionales. Igual que en Venecia, el éxito económico inicial de Roma se basaba en instituciones inclusivas, según los cánones de su época. Como en Venecia, dichas instituciones se hicieron decididamente más extractivas con el paso del tiempo. En Roma, aquella situación fue consecuencia del cambio de la república (510 a. C.-49 a. C.) al imperio (49 a. C.-476 d. C.). Aunque durante el período republicano Roma construyó un imperio impresionante y el transporte y el comercio a larga distancia florecieron, gran parte de la economía romana se basaba en la extracción. La transición de la república al imperio aumentó la extracción y, finalmente, condujo al tipo de luchas internas, inestabilidad y colapso que vimos con las ciudades-Estado mayas.

La segunda razón, más importante, es que, como veremos, el desarrollo institucional posterior de Europa occidental, a pesar de no ser un legado directo de Roma, fue consecuencia de las coyunturas críticas comunes a toda la región tras el hundimiento del Imperio romano de Occidente. Estas coyunturas críticas tienen pocos paralelismos con otras partes del mundo, como África, Asia o América, aunque también mostraremos, a través de la historia de Etiopía, que, cuando otros lugares experimentaron coyunturas críticas similares, en ocasiones reaccionaron de formas notablemente parecidas. El declive romano condujo al feudalismo, que, más adelante, hizo desaparecer la esclavitud, creó ciudades que estaban fuera de la esfera de influencia de monarcas y aristócratas y, en ese proceso, hizo posible la existencia de un conjunto de instituciones en las que los poderes políticos de los gobernantes se fueron debilitando. En esta época feudal, la peste negra causaría estragos y reforzaría más a los campesinos y las ciudades independientes a costa de los monarcas, los aristócratas y los grandes latifundistas. Y en este ámbito se desarrollarían las oportunidades creadas por el comercio atlántico. Muchas partes del mundo no experimentaron estos cambios y, en consecuencia, se fueron distanciando.

Virtudes romanas...

En el año 133 a. C., el tribuno plebeyo romano Tiberio Graco fue golpeado hasta la muerte por senadores romanos y arrojado sin contemplaciones al río Tíber. Sus asesinos eran aristócratas como el propio Tiberio y el asesinato fue orquestado por su primo Publio Cornelio Escipión Nasica. Tiberio Graco tenía un pedigrí aristocrático impecable como descendiente de uno de los líderes más ilustres de la República romana, Lucio Emilio Paulo, héroe de las guerras ilíricas y de las segunda guerra púnica, y Escipión el Africano, el general que derrotó a Aníbal en la segunda guerra púnica. ¿Por qué aquellos poderosos senadores, entre ellos su propio primo, se habían vuelto en su contra?

La respuesta dice mucho de las tensiones en la República romana y de las causas de su declive posterior. Lo que enfrentó a Tiberio contra aquellos senadores poderosos fue su voluntad de hacerles frente en una cuestión crucial en aquel momento: la asignación de tierras y los derechos de los plebeyos, los ciudadanos romanos comunes.

En la época de Tiberio Graco, Roma era una república bien establecida. Sus instituciones políticas y las virtudes de los ciudadanos-soldados romanos (tal y como captó la famosa obra de Jacques-Louis David Juramento de los Horacios, que muestra a los hijos jurando a sus padres que defenderán la República romana hasta la muerte) todavía son consideradas por muchos historiadores la base del éxito de la República... Los ciudadanos romanos crearon la República derrocando a su rey, Lucio Tarquinio el Soberbio, conocido como Tarquinio el Orgulloso, alrededor de 510 a. C. La república diseñó inteligentemente instituciones políticas con muchos elementos inclusivos. Estaba gobernada por magistrados elegidos por un año. El hecho de que el cargo de magistrado fuera elegido anualmente, y que fuera ocupado por varias personas al mismo tiempo, reducía la capacidad de que una persona en concreto consolidara o explotara su poder. Las instituciones de la República contenían un sistema de controles y equilibrios que repartían el poder bastante ampliamente, aunque no todos los ciudadanos tuvieran la misma representación, porque el voto era indirecto. También había un gran número de esclavos cruciales para la producción en gran parte de Italia, que representaban quizá un tercio de la población. Evidentemente, los esclavos no tenían derechos, y mucho menos representación política.

Sin embargo, igual que en Venecia, las instituciones políticas romanas tenían elementos pluralistas. Los plebeyos contaban con su propia asamblea, que podía elegir a la tribuna plebeya, que tenía el poder de vetar acciones de los magistrados, convocar a la asamblea plebeya y proponer leyes. Fueron los plebeyos quienes pusieron a Tiberio Graco en el poder en 133 a. C. Su poder había sido forjado por la «secesión», una forma de huelga por parte de los plebeyos y, sobre todo, los soldados, que consistía en retirarse a una montaña fuera de la ciudad y negarse a cooperar con los magistrados hasta que sus quejas fueran atendidas. Evidentemente, aquella amenaza era particularmente importante en tiempos de guerra. Se supone que, durante una de aquellas secesiones del siglo V a. C., los ciudadanos ganaron el derecho a elegir su tribuna y a promulgar leyes que gobernaran su comunidad. Su protección política y legal, aunque parezca limitada según nuestro criterio actual, creó oportunidades económicas para los ciudadanos y cierto nivel de inclusividad en las instituciones económicas. En consecuencia, el comercio a través del Mediterráneo floreció bajo la República romana. Las pruebas arqueológicas sugieren que, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos y los esclavos no vivieran muy por encima del nivel de subsistencia, muchos romanos, e incluso algunos ciudadanos normales, obtenían rentas elevadas y tenían acceso a servicios públicos como iluminación en las calles y sistema de alcantarillado en las ciudades.

Además, existen pruebas de que también hubo cierto crecimiento económico bajo la República romana. Podemos seguir la pista de las fortunas económicas de los romanos a partir de los naufragios. El Imperio que construyeron, en cierto sentido, fue una red de ciudades portuarias (desde Atenas, Antioquía y Alejandría en el este, vía Roma, Cartago y Cádiz, hasta llegar a Londres en el Lejano Occidente). A medida que se ampliaban los territorios romanos, también lo hacían el comercio y la navegación, que se pueden estudiar a partir de los pecios encontrados por los arqueólogos en el fondo del Mediterráneo. Dichos pecios pueden datarse de muchas formas. A menudo, los barcos llevaban ánforas llenas de vino o aceite de oliva, transportadas de Italia a la Galia, o aceite de oliva español que se vendería o repartiría gratis en Roma. Las ánforas, recipientes cerrados de arcilla, solían contener información sobre quién las había hecho y en qué fecha. Justo cerca del río Tíber en Roma, hay una colina, el monte Testaccio, también conocido como monte dei cocci, formado por aproximadamente 53 millones de ánforas. Tras descargar las ánforas de los barcos, éstas eran arrojadas en la colina que, con el paso de los siglos, creó un monte.

Otros productos de los barcos, y los propios barcos, a veces se pueden fechar utilizando la datación por radiocarbono, una técnica potente utilizada por los arqueólogos para conocer la edad de los restos orgánicos. Las plantas crean energía mediante fotosíntesis, que utiliza la energía del sol para convertir el dióxido de carbono en azúcares. Mientras lo hacen, incorporan una cantidad de radioisótopos que aparecen de forma natural, el carbono 14. Cuando la planta muere, el carbono 14 se deteriora debido a la desintegración radiactiva. Cuando los arqueólogos encuentran un pecio, pueden datar la madera del barco comparando la fracción restante de carbono 14 que contiene con el que se espera del carbono 14 atmosférico. Así, obtienen una estimación de la fecha en la que se cortó el árbol. Solamente se han datado unos veinte pecios de 500 a. C. Probablemente no fueran barcos romanos; podrían ser cartagineses, por ejemplo. Sin embargo, después, el número de pecios romanos aumenta rápidamente. Alrededor del momento del nacimiento de Cristo, alcanzaron un máximo histórico de ciento ochenta.

Los pecios son una forma convincente de descubrir los límites económicos de la República romana y realmente dan pruebas de cierto crecimiento económico, pero deben analizarse con perspectiva. Probablemente, dos terceras partes del contenido de estos barcos era propiedad del Estado romano, como impuestos y tributos que se enviaban de las provincias a Roma, o cereales y aceite de oliva del Norte de África para entregar gratuitamente a los ciudadanos. Son estos frutos de la extracción lo que construyó prácticamente todo el monte Testaccio.

Otra forma fascinante de encontrar pruebas de desarrollo económico es mediante el GRIP (Proyecto del Núcleo de Hielo de Groenlandia). Cuando cae un copo de nieve, recoge pequeñas cantidades de contaminación de la atmósfera, sobre todo de metales como el plomo, la plata y el cobre. La nieve se congela y se acumula encima de la nieve que cayó en años anteriores. Este proceso hace milenios que se da, y proporciona una oportunidad inigualable para los científicos de comprender el alcance de la contaminación atmosférica de hace miles de años. Entre 1990 y 1992, el Proyecto sobre el Hielo de Groenlandia perforó tres mil treinta metros de hielo que cubrían unos doscientos cincuenta mil años de historia humana. Uno de los descubrimientos principales de este proyecto y de otros que lo precedieron fue que, a partir de alrededor del año 500 a. C. se había producido un aumento claro en los contaminantes atmosféricos. Las cantidades atmosféricas de plomo, plata y cobre aumentaron de forma constante y alcanzaron un punto máximo en el siglo I d. C. Cabe destacar que esta cantidad de plomo atmosférico solamente se vuelve a dar en el siglo XIII. Estos descubrimientos muestran lo intensa que fue la minería romana en comparación con lo que hubo antes y después. Este aumento de la minería indica claramente que hubo expansión económica.

Sin embargo, el desarrollo romano no era sostenible, y se daba bajo instituciones en parte inclusivas y en parte extractivas. Los ciudadanos romanos tenían derechos políticos y económicos, pero la esclavitud estaba extendida y era muy extractiva, y la élite, la clase senatorial, dominaba tanto la economía como la política. A pesar de la presencia de la asamblea plebeya y el tribuno plebeyo, por ejemplo, el poder real descansaba en el Senado, cuyos miembros eran los grandes terratenientes que formaban la clase senatorial. De acuerdo con el historiador romano Livio, el Senado fue creado por el primer rey de Roma, Rómulo, y estaba formado por cien hombres. Sus descendientes formaban la clase senatorial, aunque también se añadió sangre nueva. El reparto de las tierras era muy desigual y lo más probable es que lo fuera todavía más en el siglo II a. C. Ésa fue la raíz de los problemas que Tiberio Graco llevó al foro como tribuno.

A medida que continuaba su expansión por el Mediterráneo, Roma experimentó una gran entrada de riquezas. No obstante, la mayor parte de este botín se quedaba en manos de unas pocas familias de rango senatorial, lo que aumentó la desigualdad entre ricos y pobres. Los senadores debían su riqueza no solamente a su control de las provincias lucrativas, sino también a las enormes fincas que poseían por toda Italia, en las que trabajaban grupos de eslavos que normalmente habían sido capturados en las guerras contra Roma. Pero también tenía importancia de dónde procedían las tierras de estas fincas. Los ejércitos de Roma durante la República estaban formados por ciudadanos-soldados que eran pequeños terratenientes, primero en Roma y más tarde en otras partes de Italia. Tradicionalmente, luchaban en el ejército cuando era necesario y, después, volvían a sus parcelas. A medida que Roma se expandía y las campañas duraban más, este modelo dejó de funcionar. A veces, los soldados estaban fuera de las parcelas durante años, por lo que muchas tierras caían en desuso. Las familias de los soldados en ocasiones se encontraban asfixiadas por las deudas y prácticamente se morían de hambre. Por eso, muchas parcelas se fueron abandonando gradualmente y fueron absorbidas por las fincas de los senadores. A medida que la clase senatorial se hacía más y más rica, la gran masa de ciudadanos sin tierra se fue a Roma, a menudo después de haber sido despedidos del ejército. Y al no tener tierra a la que volver, buscaban trabajo en Roma. A finales del siglo II a. C., la situación había llegado a un punto peligroso, porque la brecha entre ricos y pobres había aumentado hasta llegar a niveles sin precedentes y porque había hordas de ciudadanos descontentos en Roma dispuestos a rebelarse y a enfrentarse a la aristocracia romana en respuesta a estas injusticias. Sin embargo, el poder político residía en los terratenientes ricos de la clase senatorial, que eran los beneficiarios de los cambios que se habían producido durante los dos últimos siglos. Y la mayoría no tenía intención de cambiar el sistema que le había ido tan bien.

Según el historiador romano Plutarco, Tiberio Graco, cuando viajaba por Etruria, situada en lo que es actualmente el centro de Italia, se enteró de las dificultades por las que pasaban las familias de los ciudadanos-soldados. Ya fuera por esta experiencia o por fricciones anteriores con los poderosos senadores de su tiempo, pronto se embarcaría en un osado plan para cambiar la asignación de tierras en Italia. Se presentó a tribuno plebeyo en el año 133 a. C. y, después, utilizó su cargo para proponer una reforma de la tierra. Propuso que una comisión investigara si las tierras públicas se estaban ocupando ilegalmente y que las que superaran el límite legal de 300 acres se repartieran a los ciudadanos romanos que no tenían tierras. De hecho, el límite de los 300 acres formaba parte de una antigua ley que había sido ignorada y que no se había acatado durante siglos. La propuesta de Tiberio Graco causó conmoción en la clase senatorial, que pudo bloquear la implantación de estas reformas durante un tiempo. Cuando Tiberio logró utilizar el poder de la multitud que le apoyaba para eliminar a otro tribuno que amenazaba con vetar su reforma de tierras, finalmente se fundó la comisión que había propuesto. Sin embargo, el senado impidió su implantación dejando a la comisión sin fondos.

La situación se agravó cuando Tiberio Graco reclamó para su comisión de reforma de la tierra los fondos legados por el rey de la ciudad griega de Pérgamo al pueblo romano. También intentó presentarse a tribuno una segunda vez, en parte porque tenía miedo de que el Senado le persiguiera tras haberse retirado. Aquel intento dio la excusa a los senadores para acusar a Tiberio de pretender declararse rey. Él y sus defensores fueron atacados y muchos fueron asesinados. El propio Tiberio Graco fue uno de los primeros en caer, a pesar de que su muerte no resolvía el problema. Hubo otros que intentaron reformar la distribución de la tierra y otros aspectos de la economía y la sociedad romanas. Muchos tendrían un destino similar. El hermano de Tiberio Graco, Cayo, por ejemplo, también fue asesinado por los terratenientes, tras haber tomado el testigo de su hermano.

Estas tensiones volverían a aflorar de forma periódica durante el siglo siguiente cuando, por ejemplo, condujeron a la «guerra social» entre los años 91 y 87 a. C. El defensor agresivo de los intereses senatoriales, Lucio Cornelio Sila, no sólo suprimió brutalmente las demandas de cambio, sino que también redujo notablemente los poderes de los tribunos de la plebe. Las mismas cuestiones también serían un factor central para el apoyo que Julio César recibiría del pueblo romano en su lucha contra el Senado.

Las instituciones políticas que formaban la base de la República romana fueron derrocadas por Julio César en el año 49 a. C. cuando trasladó su legión a través del Rubicón, el río que separaba las provincias romanas de la Galia Cisalpina de Italia. Roma cayó en manos del César y estalló otra guerra civil. Y aunque salió victorioso, fue asesinado por senadores descontentos dirigidos por Bruto y Casio en 44 a. C. La República romana nunca volvió. Estalló una nueva guerra civil entre los partidarios del César, sobre todo Marco Antonio y Octavio, y sus enemigos. Después de la victoria de Marco Antonio y Octavio, se enfrentaron entre ellos, hasta que Octavio venció en la batalla de Accio en el 31 a. C. Un año después, y durante los siguientes cuarenta y cinco años, Octavio, conocido después de 28 a. C. como César Augusto, gobernó Roma solo. Creó el Imperio romano, aunque él prefería el título de princep, «primero entre iguales», y denominó «principado» al régimen. En el mapa 11, se muestra el Imperio romano en su máxima extensión en el año 117 d. C. También incluye el río Rubicón, que César cruzó tan fatalmente.

Fue esta transición de república a principado y, después, el imperio puro, lo que sentó las bases para el declive de Roma. Las instituciones políticas parcialmente inclusivas, que habían supuesto la base del éxito económico fueron socavadas gradualmente. Ni la República romana, que creó unas reglas de juego que favorecían a la clase senatorial y a otros romanos ricos, no fue un régimen absolutista y nunca había concentrado tanto poder en un único cargo. Pero Augusto desencadenó unos cambios políticos similares a los de la serrata veneciana, que posteriormente tendrían consecuencias económicas importantes. Y como resultado de estos cambios, en el siglo V d. C., el Imperio romano de Occidente, como fue denominado el oeste tras separarse del este, se había debilitado desde el punto de vista económico y militar y estaba al borde del colapso.

...Vicios romanos

Flavio Aecio fue uno de los personajes fuera de lo común del Imperio romano tardío, llamado «el último romano» por Edward Gibbon, autor de Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Entre 433 y 454 d. C., cuando fue asesinado por el emperador Valentiniano III, el general Aecio probablemente fuera la persona con más poder del Imperio. Desarrolló tanto la política nacional como la exterior, y libró varias batallas cruciales contra los bárbaros y contra otros romanos en guerras civiles. Era el único entre los generales con poder que luchaban en guerras civiles que no pretendía ser emperador. Desde el fin del siglo II, la guerra civil se había convertido en un hecho cotidiano en el Imperio romano. Desde la muerte de Marco Aurelio en 180 d. C. hasta la caída del Imperio romano de Occidente en 476 d. C., prácticamente no hubo ninguna década sin guerra civil un palace coup contra un emperador. Pocos emperadores murieron por causas naturales o en una batalla, la mayoría fueron asesinados por usurpadores o por sus propias tropas.

La carrera de Aecio ilustra los cambios desde la República romana y el imperio inicial al Imperio romano tardío. No solamente esta participación en guerras civiles continuas y su poder en todos los ámbitos del imperio contrastan con el mucho más limitado poder de los generales y los senadores durante períodos anteriores, sino que también destaca cómo cambiaron radicalmente las fortunas de los romanos en los siglos intermedios en otros aspectos.

Durante el Imperio romano tardío, los denominados bárbaros, que inicialmente fueron dominados e incorporados a los ejércitos romanos o utilizados como esclavos, pasaron a controlar muchas partes del imperio. De joven, Aecio había sido capturado por los bárbaros, primero por los godos comandados por Alarico y después por los hunos. Las relaciones romanas con estos bárbaros indican cómo habían cambiado las cosas desde la República. Alarico era tanto un enemigo feroz como un aliado, tanto que, en 405, fue nombrado uno de los generales de más alto rango del ejército romano. Sin embargo, el plan fue temporal. En 408, Alarico ya luchaba contra los romanos, invadió Italia y saqueó Roma.

Los hunos también eran a la vez enemigos poderosos y aliados frecuentes de los romanos, y aunque también tomaron a Aecio como rehén, posteriormente lucharon a su lado en una guerra civil. Sin embargo, los hunos no se quedaban mucho tiempo en un mismo bando y, bajo Atila, libraron una gran batalla contra los romanos en 451, en el Rin. Esta vez eran los godos, bajo el mando de Teodorico, quienes defendían a los romanos.

Nada de esto impidió que las élites romanas intentaran satisfacer a los jefes bárbaros, a menudo no para proteger los territorios romanos, sino para tener el control de las luchas de poder internas. Por ejemplo, los vándalos, con su rey Genserico al frente, devastaron grandes partes de la península Ibérica y, posteriormente, conquistaron los graneros romanos del Norte de África a partir de 429. La respuesta romana fue ofrecer como esposa para Genserico a la hija del emperador Valentiniano III, que entonces era una niña. En aquel momento, Genserico estaba casado con la hija de uno de los líderes de los godos, pero aquello no le detuvo. Anuló el matrimonio con la excusa de que su esposa intentaba asesinarlo y la envió de nuevo con su familia tras mutilarla cortándole las orejas y la nariz. Por suerte, la futura esposa, debido a su corta edad, permaneció en Italia y nunca consumó su matrimonio con Genserico. Posteriormente, se casaría con otro general poderoso, Petronio Máximo, el cerebro del asesinato de Aecio por parte del emperador Valentiniano III, quien, al cabo de poco tiempo, también fue asesinado en un complot urdido por Máximo. Posteriormente, Máximo se declaró emperador, pero su reinado sería muy corto. Acabó con su muerte durante la gran ofensiva de los vándalos, comandada por Genserico, contra Italia, que vio la caída y el salvaje saqueo de Roma.

A principios del siglo V, los bárbaros estaban literalmente en las puertas. Algunos historiadores defienden que si llegaron hasta allí fue porque eran los oponentes más formidables a los que se enfrentaron los romanos durante el imperio tardío. Sin embargo, el éxito de los godos, los hunos y los vándalos contra Roma fue un síntoma, no la causa, del declive romano. Durante la República, Roma se había enfrentado a oponentes mucho más amenazadores y organizados, como los cartagineses. Las causas del declive de Roma fueron muy similares a las que llevaron a las ciudades-estado mayas a la decadencia. Las instituciones políticas y económicas de Roma eran cada vez más extractivas, y generaron su desaparición porque causaron luchas internas y guerras civiles.

Los orígenes del declive se remontan, como mínimo, a la toma del poder por Augusto, que puso en marcha cambios que hicieron que las instituciones políticas fueran mucho más extractivas. Hubo cambios en la estructura del ejército, que hicieron que la secesión fuera imposible, con lo que eliminaron un elemento crucial que garantizaba la representación política para los romanos comunes. El emperador Tiberio, que siguió a Augusto en el año 14 d. C., abolió la asamblea plebeya y transfirió sus poderes al Senado. En lugar de una voz política, los ciudadanos romanos pasaron a recibir trigo gratis y, posteriormente, aceite de oliva, vino y cerdo, y gozaban de entretenimientos gracias al circo y a los combates de gladiadores. Con las reformas de Augusto, los emperadores empezaron a desconfiar del ejército formado por ciudadanos-soldados y a confiar más en la guardia pretoriana, el grupo de élite de soldados profesionales creado por Augusto. La guardia en sí pronto se convertiría en un intermediario independiente importante de aquel que se convirtiera en emperador, a menudo no por medios pacíficos, sino mediante intrigas y guerras civiles. Augusto también reforzó la aristocracia contra los ciudadanos romanos comunes, y la desigualdad creciente que había fundamentado el conflicto entre Tiberio Graco y los aristócratas continuó, quizá incluso se reforzara.

La acumulación de poder en el centro hizo que los derechos de propiedad de los romanos corrientes fueran menos seguros. Las tierras del Estado también se ampliaron con el imperio como consecuencia de la confiscación y aumentaron hasta llegar a ser la mitad de las tierras en muchas partes del Imperio. Los derechos de propiedad se hicieron particularmente inestables por la concentración del poder en manos del emperador y su entorno. Era un modelo no demasiado distinto a lo que sucedió en las ciudades-Estado mayas, y aumentaron las luchas internas para hacerse con el control de esta posición poderosa. Las guerras civiles se convirtieron en algo habitual, incluso antes del caótico siglo V, cuando los bárbaros tenían el poder supremo. Por ejemplo, Septimio Severo se hizo con el poder de Didio Juliano, que se había nombrado a sí mismo emperador tras el asesinato de Pertinax en 193 d. C. Severo, el tercer emperador en el denominado «año de los cinco emperadores», declaró la guerra contra sus pretendientes rivales, los generales Pescenio Nigro y Clodio Albino, que fueron finalmente derrotados en los años 194 y 197 d. C., respectivamente. Severo confiscó todas las propiedades de estos adversarios perdedores en la guerra civil posterior. Hubo gobernantes capaces, como Trajano (98-117 d. C.), Adriano y Marco Aurelio en el siglo siguiente, que hubieran podido contener el declive, pero ninguno quiso abordar los problemas institucionales fundamentales. Ninguno de ellos propuso abandonar el imperio ni recrear instituciones políticas efectivas siguiendo la línea establecida por la República romana. Marco Aurelio, con sus éxitos, dio paso a su hijo Cómodo, que fue más como Calígula o Nerón que como su padre.

El aumento de la inestabilidad era evidente por el diseño y la ubicación de los pueblos y las ciudades del Imperio. En el siglo III d. C., todas las ciudades grandes del Imperio tenían una muralla defensiva. En muchos casos, se derribaron monumentos para conseguir piedra con la que construir las fortificaciones. En la Galia, antes de que llegaran los romanos en 125 a. C., era habitual construir los asentamientos en la cima de las colinas, ya que así se defendían con más facilidad. Con la llegada inicial de Roma, los asentamientos se trasladaron a las llanuras, pero en el siglo III la tendencia se invirtió.

Junto con la inestabilidad política creciente, llegaron cambios en la sociedad que hicieron que las instituciones económicas fueran más extractivas. Aunque el derecho a la ciudadanía se amplió hasta el punto de que en 212 d. C. casi todos los habitantes del Imperio eran ciudadanos, este cambio llegó acompañado de modificaciones en el estado de los ciudadanos, y cualquier posible igualdad ante la ley se deterioró. Por ejemplo, en el reino de Adriano (117-138 d. C.), había diferencias claras en los tipos de leyes aplicadas a distintas categorías de ciudadanos romanos. Y el papel de los ciudadanos era completamente distinto a como había sido en los días de la República romana, cuando eran capaces de ejercer cierto poder sobre las decisiones políticas y económicas a través de las asambleas de Roma.

La esclavitud continuaba siendo una constante en todo el territorio romano, aunque existe controversia sobre si el porcentaje de esclavos con respecto del total de la población realmente se redujo con los siglos. También es importante destacar que, a medida que se desarrollaba el Imperio, cada vez más agricultores se veían reducidos a un estado de semiesclavitud y quedaban atados a la tierra. El estatus de estos coloni serviles se comenta ampliamente en documentos legales como el Codex Theodosianus y el Codex Justinianus, y probablemente se originó durante el reinado de Diocleciano (284-305 d. C.). Los derechos de los terratenientes sobre los coloni fueron aumentando progresivamente. En el año 332, el emperador Constantino permitió que los terratenientes encadenaran a un coloni si sospechaban que intentaba escapar y, a partir del 365 d. C., los coloni no podían vender sus propios bienes sin el permiso de su terrateniente.

Los pecios y los núcleos de hielo de Groenlandia sirven para descubrir la expansión económica de Roma durante los períodos iniciales, pero también para hacer un seguimiento de su declive. En 500 d. C., sus ciento ochenta barcos se redujeron a veinte. Roma se hundía, así como el comercio en el Mediterráneo, y algunos estudiosos incluso afirman que no volvió a alcanzar el auge de los tiempos romanos hasta el siglo XIX. El hielo de Groenlandia nos cuenta una historia similar. Los romanos utilizaron plata para acuñar monedas y el plomo tenía muchos usos, como la fabricación de cañerías y vajillas. Tras llegar a un máximo histórico en el siglo I d. C., los depósitos de plomo, plata y cobre de los núcleos de hielo disminuyeron.

La experiencia del desarrollo económico durante la República romana fue impresionante, similar al resto de los ejemplos de desarrollo bajo instituciones extractivas, como la Unión Soviética. Sin embargo, el crecimiento estaba limitado y no era sostenido, ni teniendo en cuenta que se produjo bajo instituciones parcialmente inclusivas. Se basaba en una productividad agrícola relativamente elevada, importantes tributos recaudados en las provincias y el comercio a larga distancia, pero no estaba fundamentado en el avance tecnológico ni en la destrucción creativa. Los romanos heredaron algunas tecnologías básicas, herramientas y armas de hierro, alfabetización, agricultura con arado y técnicas de construcción. Al principio de la República, crearon otras: la albañilería con cemento, las bombas y la rueda hidráulica. No obstante, la tecnología se estancó a lo largo del Imperio romano. Por ejemplo, en navegación, hubo pocos cambios en el diseño y aparejo de los barcos y los romanos nunca desarrollaron el timón de popa, sino que dirigían los barcos con remos. Las ruedas hidráulicas se extendieron muy despacio, de forma que la energía hidráulica nunca revolucionó la economía romana. Algunos grandes logros, como los acueductos y las alcantarillas de las ciudades, utilizaban tecnología ya existente, aunque los romanos la perfeccionaron. Podía haber cierto crecimiento económico sin innovación, debido a la tecnología existente, pero se trataba de crecimiento sin destrucción creativa. Y no duró. Como los derechos de propiedad se hicieron más inseguros y los derechos económicos de los ciudadanos siguieron al declive de sus derechos políticos, el desarrollo económico también se redujo.

Cabe destacar que la creación y expansión de las nuevas tecnologías del período romano parecen haber sido impulsadas por el Estado. Es una buena noticia, hasta que el gobierno decide que no está interesado en el desarrollo tecnológico (un caso demasiado común debido al temor a la destrucción creativa). El gran escritor romano Plinio el Viejo cuenta la siguiente historia. durante el reinado del emperador Tiberio, un hombre inventó un vidrio irrompible y fue a ver al emperador pensando que conseguiría una gran recompensa. Hizo una demostración de su invento y Tiberio le preguntó si se lo había enseñado a alguien más. Cuando el hombre respondió que no, el emperador hizo que se lo llevaran y que lo mataran «para que el valor del oro no se reduzca al del barro». Esta historia nos enseña dos cosas interesantes. La primera es que aquel hombre se dirigió a Tiberio, en primer lugar, para obtener su recompensa, no pensó en crear una empresa y obtener beneficios vendiendo el vidrio, lo que ejemplifica el papel del gobierno romano en el control de la tecnología. La segunda es que Tiberio se alegró de destruir la innovación por los efectos económicos adversos que habría tenido. Éste es el temor a los efectos económicos de la destrucción creativa.

También existen pruebas directas del período del Imperio del temor a las consecuencias políticas de la destrucción creativa. Suetonio cuenta que un hombre se dirigió al emperador Vespasiano, que gobernó entre 69 y 79 d. C., para decirle que había inventado un dispositivo para transportar columnas al Capitolio, la ciudadela de Roma, a un coste relativamente bajo. Las columnas eran grandes, pesadas y muy difíciles de transportar. Transportarlas desde las minas hasta Roma, donde se hacían, implicaba la mano de obra de miles de personas, lo que suponía un gran gasto para el gobierno. Vespasiano no mató al hombre, pero se negó a utilizar la innovación, y declaró: «¿Cómo podré entonces alimentar al pueblo?». De nuevo, un inventor se dirigía al gobierno. Quizá fuera más natural que con el vidrio irrompible, porque el gobierno romano estaba más implicado en el transporte y la elaboración de columnas. Pero, otra vez, la innovación fue rechazada por la amenaza que suponía la destrucción creativa, no tanto por su impacto económico, sino por el temor a la destrucción política creativa. Vespasiano estaba preocupado porque, a menos que mantuviera al pueblo feliz y bajo control, aquel cambio sería políticamente desestabilizador. Los plebeyos romanos tenían que mantenerse ocupados y debían ser maleables, así que estaba bien tener trabajo que darles, como trasladar columnas de un sitio a otro. Esto complementaba el pan y el circo, que también se daban gratis a la población para mantenerla contenta. Quizá sea revelador que ambos casos tuvieran lugar poco después del hundimiento de la República. Los emperadores romanos tenían mucho más poder para bloquear el cambio que los gobernadores romanos durante la República.

Otra razón importante para la falta de innovación tecnológica fue la prevalencia de la esclavitud. A medida que los territorios controlados por los romanos se extendían, un gran número de personas eran esclavizadas y, a menudo, las llevaban a Italia para trabajar en grandes fincas. Muchos ciudadanos de Roma no necesitaban trabajar porque sus ingresos procedían del gobierno. ¿Dónde se iba a originar la innovación? Hemos defendido la idea de que ésta procede de personas nuevas, con nuevas ideas, que desarrollan nuevas soluciones para viejos problemas. En Roma, las personas que producían eran esclavos y, posteriormente, coloni semiserviles, que, obviamente, tenían pocos incentivos para innovar puesto que serían sus amos, y no ellos, quienes se beneficiarían de cualquier innovación. Como veremos muchas veces en este libro, las economías basadas en la represión del trabajo y los sistemas como la esclavitud y la servidumbre carecen claramente de innovación. Esto es así desde el mundo antiguo hasta la era moderna. Por ejemplo, en Estados Unidos, los estados del norte participaron en la revolución industrial, pero los del sur, no. Evidentemente, la esclavitud y la servidumbre crearon una riqueza enorme para quienes tenían esclavos y controlaban a los siervos, pero no crearon innovación tecnológica ni prosperidad para la sociedad.

Ya nadie escribe desde Vindolanda.

Hacia 43 d. C., el emperador romano Claudio había conquistado Inglaterra, pero no Escocia. El gobernador romano Agrícola hizo un último esfuerzo infructuoso y abandonó y en 85 d. C. construyó una serie de fuertes para proteger la frontera norte de Inglaterra. Uno de los mayores se encontraba en Vindolanda, a 56 kilómetros al oeste de Newcastle. Aparece en el mapa 11 en el extremo noroeste del Imperio romano. Más tarde, Vindolanda fue incorporada al muro defensivo de 136 kilómetros que construyó el emperador Adriano, pero en 103 d. C., cuando el centurión romano Cándido fue estacionado allí, era un fuerte aislado. Cándido participaba con su amigo Octavio en el suministro de la guarnición romana y recibió la respuesta de Octavio a una carta que había escrito:

Octavio a su hermano Cándido.

Saludos.

Te he escrito varias veces que he comprado alrededor de cinco mil modios de espigas de grano, por lo cual necesito efectivo. Si no me envías dinero, al menos quinientos denarios, la consecuencia será que perderé lo que he dejado en depósito, unos trescientos denarios, y quedaré avergonzado. Por eso, te pido que me envíes algo de dinero tan pronto como sea posible. El cuero que mencionas está en Cataractonium. Escribe para que me lo den, así como el carro que mencionas. Ya los habría recogido pero no quería que se lastimaran los animales mientras las carreteras todavía están mal. Habla con Tertio sobre los ocho denarios y medio que recibió de Fatalis. Él no los ha registrado en mi cuenta. Asegúrate de enviarme dinero para que pueda tener espigas de grano en la era. Saluda a Espectato y Firmo. Adiós.

La correspondencia entre Cándido y Octavio ilustra algunas facetas significativas de la prosperidad económica de la Inglaterra romana. Revela que había una economía monetaria avanzada con servicios financieros, que existían carreteras, aunque a veces estuvieran en malas condiciones. También señala la presencia de un sistema fiscal que aumentaba los impuestos para pagar el sueldo de Cándido. Y lo más evidente, que ambos hombres estaban alfabetizados y eran capaces de beneficiarse de algún tipo de servicio postal. La Inglaterra romana también se benefició de la fabricación en masa de cerámica de alta calidad, sobre todo en Oxfordshire; de centros urbanos con baños y edificios públicos, y de técnicas de construcción de casas que utilizaban mortero y tejas para los tejados.

Hacia el siglo IV, todo empezó a hundirse y, después de 411 d. C., el Imperio romano abandonó Inglaterra. Se retiraron las tropas, las que se quedaron no recibían sueldos y, cuando se hundió el Estado romano, la población local expulsó a los administradores. En el año 450 d. C., estos signos de prosperidad económica habían desaparecido. El dinero dejó de circular. Las áreas urbanas fueron abandonadas y los edificios, despojados de sus piedras. Las carreteras quedaron recubiertas de maleza. El único tipo de cerámica que se fabricaba era cruda y hecha a mano, no manufacturada. El pueblo se olvidó de utilizar el mortero para construir, y la alfabetización se redujo notablemente. Los tejados se hacían con ramas, no con tejas. Nadie escribía ya desde Vindolanda.

Después de 411 d. C., Inglaterra experimentó tal hundimiento económico que se convirtió en un páramo (y no por primera vez). En el capítulo anterior, vimos que la revolución neolítica empezó en Oriente Próximo alrededor del año 9500 a. C. Cuando los habitantes de Jericó y Abu Hureyra vivían en pueblos pequeños y se dedicaban a la agricultura, los habitantes de Inglaterra todavía cazaban y recolectaban, y seguirían haciéndolo durante como mínimo otros cinco mil quinientos años. Ni siquiera entonces los ingleses inventaron la agricultura ni la ganadería, sino que ambas actividades les llegaron del exterior, gracias a los Inmigrantes que se extendieron por Europa durante miles de años procedentes de Oriente Próximo. Mientras los habitantes de Inglaterra se ponían al día de aquellas grandes innovaciones, los de Oriente Próximo inventaban ciudades, la escritura y la cerámica. En 3500 a. C. aparecieron grandes ciudades como Uruk y Ur en Mesopotamia, el Irak moderno. Uruk pudo haber tenido una población de catorce mil habitantes en 3500 a. C. y de cuarenta mil poco después. El torno de ceramista fue inventado en Mesopotamia aproximadamente al mismo tiempo que el transporte mediante ruedas. La capital egipcia de Menfis emergió como gran ciudad poco después. La escritura apareció de forma independiente en ambas regiones. Cuando los egipcios construían las grandes pirámides de Guiza alrededor de 2500 a. C., los ingleses levantaban su monumento antiguo más famoso, el círculo de piedras de Stonehenge. No estaba mal para los cánones ingleses, pero ni siquiera era lo bastante grande para haber albergado uno de los barcos ceremoniales enterrados a los pies de la pirámide del rey Keops. Inglaterra continuó atrasada y tomando elementos prestados de Oriente Próximo y del resto de Europa incluso hasta el período romano.

A pesar de contar con una historia tan poco prometedora, fue allí donde apareció la primera sociedad realmente inclusiva y donde se puso en marcha la revolución industrial. Tal y como comentamos en el capítulo 4, dichos cambios fueron resultado de una serie de interacciones entre coyunturas críticas y pequeñas diferencias institucionales, como, por ejemplo, la peste negra y el descubrimiento de América. La divergencia inglesa tenía raíces históricas, pero la visión de Vindolanda sugiere que aquellas raíces no eran tan profundas y, sin duda, no estaban predeterminadas por la historia. No se plantaron durante la revolución neolítica ni durante los siglos de hegemonía romana. En 450 d. C., al principio de lo que los historiadores solían llamar la edad de las Tinieblas, Inglaterra había vuelto a la pobreza y al caos político. No habría un Estado centralizado efectivo en Inglaterra durante cientos de años.

Caminos divergentes.

La creación de instituciones inclusivas y el desarrollo industrial posterior en Inglaterra no fue resultado de un legado directo de las instituciones romanas (ni de otras anteriores). Esto no significa que no ocurriera nada significativo con la caída del Imperio romano de Occidente, puesto que fue un acontecimiento crucial y afectó a la mayor parte de Europa. Distintas partes de Europa compartían las mismas coyunturas críticas, así que sus instituciones se separarían de una forma parecida, quizá de una forma típicamente europea. La caída del Imperio romano fue una parte crucial de aquellas coyunturas críticas comunes. Pero este camino europeo contrasta con los de otras partes del mundo, como el África subsahariana, Asia y América, que se desarrollaron de otro modo en parte porque no se enfrentaron a las mismas coyunturas críticas.

La Inglaterra romana cayó con un gran estruendo. No ocurrió lo mismo en Italia, ni en la Galia romana (la Francia moderna), ni siquiera en el Norte de África, donde muchas de las viejas instituciones perduraban de alguna manera. Sin embargo, no hay duda de que el cambio del dominio de un Estado romano único a una plétora de Estados dirigidos por francos, visigodos, ostrogodos, vándalos y borgoñones fue significativo. El poder de aquellos Estados era mucho más débil y fueron sacudidos por una larga serie de incursiones de sus periferias. Desde el norte llegaban los daneses en sus barcos vikingos. Desde el este llegaban los jinetes hunos. Por último, la aparición del islam como religión y fuerza política en el siglo siguiente a la muerte de Mahoma, en 632 d. C., condujo a la creación de nuevos Estados islámicos en la mayor parte del Imperio bizantino, el Norte de África y España. Estos procesos comunes sacudieron Europa y, tras ellos, apareció un tipo concreto de sociedad que suele recibir el nombre de feudalismo. La sociedad feudal estaba descentralizada porque los Estados centrales fuertes estaban atrofiados, aunque algunos gobernantes como Carlomagno intentaran reconstruirlos.

Las instituciones feudales, que se basaban en el trabajo por coacción (los siervos), eran evidentemente extractivas y fueron la base de un largo período de crecimiento lento y extractivo en Europa durante la Edad Media. Sin embargo, también fueron importantes para avances futuros. Por ejemplo, durante la reducción de la población rural al estatus de siervos, la esclavitud desapareció de Europa. Las élites podían reducir toda la población rural a la condición de siervo, por lo que no parecía necesario tener una clase distinta de esclavos como la que habían tenido sociedades anteriores. El feudalismo también creó un vacío de poder en el que las ciudades independientes especializadas en la producción y el comercio podían florecer. Sin embargo, cuando cambió el equilibrio de poder después de la peste negra y la servidumbre empezó a hundirse en Europa occidental, se sentaron las bases para el nacimiento de una sociedad más pluralista sin presencia de esclavos.

Las coyunturas críticas que dieron lugar a la sociedad feudal eran evidentes, pero no estaban completamente limitadas a Europa. Se puede hacer una comparación relevante con el moderno país africano de Etiopía, que se desarrolló a partir del reino de Aksum, fundado en el norte del país alrededor de 400 a. C. Aksum era un reino relativamente desarrollado para su época que realizó transacciones comerciales internacionales con la India, Arabia, Grecia y el Imperio romano. En muchos aspectos, era comparable al Imperio romano de Oriente durante este período. Utilizaba dinero, construía carreteras y edificios públicos monumentales y tenía una tecnología muy similar, por ejemplo, en agricultura y navegación. También existen paralelismos ideológicos interesantes entre Aksum y Roma. En 312 d. C., el emperador romano Constantino se convirtió al cristianismo, igual que el rey Ezana de Aksum aproximadamente en el mismo momento. En el mapa 12, se muestra la situación del Estado histórico de Aksum en las actuales Etiopía y Eritrea, con puestos avanzados en el mar Rojo en Arabia Saudí y el Yemen.

Roma cayó, igual que Aksum, y su declive histórico siguió un patrón similar al del Imperio romano de Occidente. El papel que representaron los hunos y los vándalos en el declive de Roma fue adoptado por los árabes que, en el siglo VII, se expandieron hasta el mar Rojo y la península Arábiga. Aksum perdió sus colonias de Arabia y sus rutas comerciales, y aquello precipitó el declive económico. Se dejó de acuñar moneda, la población urbana descendió y el Estado se volvió a concentrar en el interior del país y en las tierras altas de la Etiopía moderna.

En Europa, las instituciones feudales aparecieron tras el hundimiento de la autoridad estatal central. Lo mismo ocurrió en Etiopía, de acuerdo con el sistema denominado gult, que suponía una concesión de tierra por parte del emperador. La institución se menciona en manuscritos del siglo XIII, aunque pudo haberse originado mucho antes. El término gult deriva de una palabra amárica que quiere decir «asignó un feudo». Significaba que, a cambio de la tierra, el poseedor del gult debía proporcionar servicios al emperador, sobre todo de tipo militar. El poseedor del gult tenía derecho a cobrar un tributo a quienes trabajaran la tierra. Varias fuentes históricas sugieren que los poseedores de un gult recaudaban entre la mitad y tres cuartas partes de la producción agrícola de los campesinos. Este sistema tuvo un desarrollo independiente con similitudes notables con el feudalismo europeo, pero probablemente fuera todavía más extractivo. En el momento álgido del feudalismo en Inglaterra, los siervos se enfrentaban a una extracción menos gravosa y debían entregar alrededor de la mitad de su producción a sus señores de una forma u otra.

Sin embargo, Etiopía no representaba a África, puesto que en todo el resto del continente la esclavitud no fue sustituida por la servidumbre, sino que la esclavitud africana y las instituciones que la apoyaban continuaron durante muchos siglos más. Incluso el camino definitivo de Etiopía sería muy distinto. Después del siglo VII, permaneció aislada en las montañas del este de África de los procesos que posteriormente influirían en el camino institucional de Europa, como la aparición de ciudades independientes, las limitaciones nacientes sobre los monarcas y la expansión del comercio por el Atlántico tras el descubrimiento de América. Por lo tanto, en general, no se cuestionó su versión de las instituciones absolutistas. El continente africano interaccionaría posteriormente con una capacidad muy distinta con Europa y Asia. El este de África se convirtió en un proveedor principal de esclavos para el mundo árabe, y el oeste y el centro de África participarían en la economía mundial durante la expansión europea asociada al comercio atlántico como proveedores de esclavos. El hecho de que el comercio atlántico condujera a caminos tan marcadamente divergentes entre Europa occidental y África es otro ejemplo de la divergencia institucional resultante de la interacción entre coyunturas críticas y diferencias institucionales existentes. Mientras en Inglaterra los beneficios del tráfico de esclavos ayudaron a enriquecer a quienes se oponían al absolutismo, en África ayudaron a crear y reforzar el absolutismo.

Más lejos de Europa, los procesos de deriva institucional obviamente tenían más libertad para ir por su propio camino. Por ejemplo, en América, que se separó de Europa alrededor de 15000 a. C. después de que se derritiera el hielo que unía Alaska y Rusia, había innovaciones institucionales parecidas a las de los natufienses, que condujeron a la vida sedentaria, la jerarquía y la desigualdad, en definitiva, a instituciones extractivas. Dichas innovaciones se produjeron primero en México y el Perú andino y Bolivia, y condujeron a la revolución neolítica americana, con la domesticación del maíz. En estos lugares tuvieron lugar las primeras formas de crecimiento extractivo, como vimos en las ciudades-Estado mayas. Sin embargo, de la misma forma que los grandes avances hacia las instituciones inclusivas y el desarrollo industrial en Europa no llegaron a sitios en los que el mundo romano tenía más control, las instituciones inclusivas en América no se desarrollaron en las tierras de aquellas civilizaciones incipientes. De hecho, como vimos en el capítulo 1, estas civilizaciones densamente pobladas interaccionaron de una manera perversa con el colonialismo europeo para provocar un «cambio drástico de la suerte» por el que lugares que habían sido relativamente ricos en América pasaron a ser relativamente pobres. Hoy en día, Estados Unidos y Canadá, que estaban entonces muy atrasados respecto a las complejas civilizaciones de México, Perú y Bolivia, son mucho más ricos que el resto de América.

Consecuencias del crecimiento inicial.

El largo período entre la revolución neolítica, que comenzó en el 9500 a. C., y la revolución industrial británica de finales del siglo XVIII está lleno de impulsos acelerados de crecimiento económico provocados por innovaciones institucionales que finalmente fallaron. En la Roma antigua, las instituciones de la República, que crearon cierto grado de vitalidad económica y permitieron la construcción de un gran imperio, se deshicieron tras el golpe de Julio César y la construcción del imperio bajo Augusto. Pasaron siglos antes de que el Imperio romano finalmente desapareciera y empezara el declive, pero una vez que las instituciones republicanas relativamente inclusivas dieron paso a las instituciones más extractivas del Imperio, el retroceso económico pasó a ser inevitable.

Las dinámicas de Venecia fueron parecidas. La prosperidad económica forjada por instituciones que tenían elementos inclusivos importantes fue socavada cuando la élite cerró las puertas a nuevos participantes y prohibió las instituciones económicas que habían creado la prosperidad de la República.

Por muy notable que fuera la experiencia de Roma, no fue el legado romano lo que condujo directamente al auge de las instituciones inclusivas y a la revolución industrial en Inglaterra. Los factores históricos perfilan el desarrollo de las instituciones, pero no se trata de un proceso sencillo, acumulativo y predeterminado. Roma y Venecia ilustran cómo cambiaron de rumbo los pasos iniciales hacia la inclusividad. El paisaje económico e institucional que creó Roma en Europa y Oriente Próximo no condujo inexorablemente a las instituciones inclusivas más firmemente arraigadas de siglos posteriores. De hecho, éstas aparecerían primero y con más fuerza en Inglaterra, donde el dominio romano fue más débil y desapareció de forma fulminante, casi sin dejar rastro, durante el siglo V d. C. En su lugar, como comentamos en el capítulo 4, la historia tiene un papel destacado en la deriva institucional que creó diferencias institucionales, aunque fueran pequeñas en ocasiones, que después se ampliaron al interaccionar con coyunturas críticas. Como estas diferencias suelen ser pequeñas, pueden dar un giro radical fácilmente y no son necesariamente la consecuencia de un proceso acumulativo simple.

Evidentemente, Roma tuvo efectos duraderos sobre Europa. Las instituciones y el derecho romanos influyeron en las instituciones y el derecho que los reinos bárbaros establecieron tras la caída del Imperio romano de Occidente. También fue la caída de Roma lo que creó el paisaje político descentralizado que llegaría a ser el orden feudal. La desaparición de la esclavitud y la creación de ciudades independientes fueron consecuencias largas, dilatadas (y, evidentemente, circunstanciales desde el punto de vista histórico), de este proceso. Éstas serían particularmente importantes cuando la peste negra sacudió profundamente la sociedad feudal. A partir de las cenizas de la peste negra, surgieron pueblos y ciudades más fuertes y los campesinos dejaron de estar atados a la tierra y fueron liberados de sus obligaciones feudales. Precisamente, estas coyunturas críticas desencadenadas por la caída del Imperio romano fueron las que condujeron a una gran deriva institucional que afectó a toda Europa de una forma que no tiene paralelismos en el África subsahariana, ni en Asia ni en América.

En el siglo XVI, Europa era muy distinta, desde el punto de vista institucional, del África subsahariana y de América. No era mucho más rica que las civilizaciones asiáticas más espectaculares de la India o China, pero difería de estos Estados en algunos puntos clave. Por ejemplo, había desarrollado instituciones representativas de un tipo nunca visto allí, que iban a tener una importancia crucial para el desarrollo de instituciones inclusivas. Como veremos en los dos capítulos siguientes, las pequeñas diferencias institucionales serían las que importarían de verdad dentro de Europa y las que favorecieron a Inglaterra, porque fue allí donde el orden feudal había avanzado más ampliamente para los agricultores con mentalidad más comercial y los centros urbanos independientes en los que los mercaderes y los industriales pudieran florecer. Estos grupos ya exigían a sus monarcas derechos de propiedad más seguros, instituciones económicas distintas y voz política. Todo este proceso llegó a su punto álgido en el siglo XVII.