3. La creación de la prosperidad y la pobreza.

La economía del paralelo 38.

En el verano de 1945, cuando la segunda guerra mundial tocaba a su fin, la colonia japonesa de Corea empezó a hundirse. Al cabo de un mes de la rendición incondicional de Japón el 15 de agosto, Corea fue dividida en dos esferas de influencia siguiendo el paralelo 38. La zona al sur de éste fue administrada por Estados Unidos y la del norte, por Rusia. La frágil paz de la guerra fría terminó en junio de 1950, cuando el ejército de Corea del Norte invadió Corea del Sur. A pesar de que inicialmente los norcoreanos hicieron grandes incursiones y conquistaron la capital, Seúl, en el otoño ya se habían retirado por completo. Fue entonces cuando Hwang Pyong Won y su hermano fueron separados. Hwang Pyong Won consiguió esconderse y evitó ser reclutado por el ejército norcoreano. Se quedó en el sur y trabajó como farmacéutico. Su hermano era médico, trabajaba en Seúl ocupándose de los soldados heridos del ejército de Corea del Sur, y fue llevado al norte durante la retirada del ejército de Corea del Norte. Fueron separados en 1950, y se volvieron a ver en 2000, en Seúl, por primera vez en cincuenta años, después de que los dos gobiernos finalmente aceptaran iniciar un programa limitado para la reunificación familiar.

Como el hermano de Hwang Pyong Won era médico, acabó trabajando para las fuerzas aéreas, un buen trabajo en una dictadura militar. Sin embargo, ni siquiera a los privilegiados en Corea del Norte les va demasiado bien. Cuando se reencontraron, Hwang Pyong Won le preguntó a su hermano cómo era la vida al norte del paralelo 38. Él tenía coche, pero su hermano, no. «¿Tienes teléfono?», preguntó a su hermano. «No», le contestó. «Mi hija, que trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores, tiene teléfono, pero si no sabes el código, no puedes llamar». Hwang Pyong Won recordó que todas las personas del norte que habían acudido a la reunión pedían dinero, así que le ofreció unos billetes a su hermano. No obstante, éste le dijo: «Si vuelvo con dinero, el gobierno me lo pedirá, así que quédatelo». Hwang Pyong Won se fijó en que el abrigo de su hermano estaba raído: «Quítate ese abrigo y déjalo, y, cuando vuelvas, ponte éste», sugirió. «No puedo hacerlo», respondió su hermano. «Me lo ha prestado el gobierno para venir aquí.» Hwang Pyong Won recordaba que, cuando se separaron, su hermano estaba incómodo y muy nervioso, como si alguien los estuviera escuchando. Era más pobre de lo que había imaginado. Su hermano decía que vivía bien, pero Hwang Pyong Won pensó que tenía un aspecto horrible y estaba muy delgado.

El nivel de vida de los habitantes de Corea del Sur es similar al de la población de Portugal y España. En el norte, en la denominada República Popular Democrática de Corea, o Corea del Norte, el nivel de vida es parecido al de un país subsahariano, alrededor de una décima parte del nivel de vida medio en Corea del Sur. La salud de los norcoreanos es aún peor; el norcoreano medio tiene una esperanza de vida diez años menor que la de sus primos al sur del paralelo 38. En el mapa 7 se ilustra la increíble brecha económica que existe entre los dos países. Muestra la intensidad de la luz de noche captada con imágenes por satélite. Corea del Norte está prácticamente a oscuras debido a la falta de electricidad, mientras que Corea del Sur luce resplandeciente.

Estas diferencias tan marcadas son recientes. De hecho, no existían antes del final de la segunda guerra mundial. Sin embargo, después de 1945, los distintos gobiernos del norte y del sur adoptaron maneras muy diferentes de organizar sus economías. Corea del Sur estaba dirigida, y sus incipientes instituciones políticas y económicas estaban perfiladas, por el anticomunista Syngman Rhee, que estudió en Harvard y Princeton, y contaba con el apoyo significativo de Estados Unidos. Rhee fue elegido presidente en 1948. Forjada en medio de la guerra de Corea y contra la amenaza del comunismo que se extendía al sur del paralelo 38, Corea del Sur no era una democracia. Tanto Rhee como su sucesor, el general Park Chung Hee, tan famoso como él, pasaron a la historia como presidentes autoritarios. Ambos gobernaron una economía de mercado en la que se reconocía la propiedad privada y, después de 1961, Park, de hecho, apoyó con todas sus fuerzas el rápido crecimiento económico, canalizando los créditos y subsidios a las empresas prósperas.

La situación al norte del paralelo 38 era distinta. Kim Il Sung, líder de los partisanos comunistas antijaponeses durante la segunda guerra mundial, se autoproclamó dictador en 1947 y, con la ayuda de la Unión Soviética, introdujo una forma estricta de economía planificada central que formaba parte del denominado sistema Juche. Se prohibieron la propiedad privada y los mercados. También se restringieron las libertades, no solamente en el mercado, sino en todas las esferas de la vida, excepto las de aquellos que formaban parte de la pequeña élite gobernante de Kim Il Sung y, posteriormente, de su hijo y sucesor Kim Jong Il.

No es de extrañar que la fortuna económica de Corea del Sur y Corea del Norte fuera tan increíblemente distinta. La economía planificada de Kim Il Sung y el sistema Juche pronto demostraron ser un desastre. No se dispone de estadísticas detalladas de este país, ya que es un Estado cuando menos hermético. De todas formas, las pruebas disponibles confirman lo que sabemos de las hambrunas recurrentes con demasiada frecuencia: no solamente la producción industrial no despegó, sino que la productividad agrícola de Corea del Norte se desplomó. Al no existir la propiedad privada, pocas personas tenían incentivos para invertir o para esforzarse en aumentar o mantener la productividad. El régimen represivo y sofocante era hostil a la innovación y a la adopción de nuevas tecnologías. Kim Il Sung, Kim Jong Il y sus secuaces no tenían ninguna intención de reformar el sistema ni de introducir la propiedad privada, los mercados, los contratos privados, ni de cambiar las instituciones políticas y económicas. Corea del Norte continúa estancada económicamente.

Mientras tanto, en el sur, las instituciones económicas fomentaban la inversión y el comercio. Los políticos de Corea del Sur invirtieron en educación, con lo que lograron alcanzar unos índices elevados de alfabetización y escolarización. Las empresas de Corea del Sur no tardaron en aprovechar aquella población relativamente formada, mientras que las políticas fomentaban la inversión, la industrialización, las exportaciones y la transferencia de tecnología. Corea del Sur se convirtió rápidamente en una de las «economías milagrosas» del este asiático, uno de los países con un crecimiento más rápido del mundo.

A finales de los años noventa, en solamente medio siglo, el desarrollo de Corea del Sur y el estancamiento de Corea del Norte condujeron a una brecha que se multiplicó por diez entre las dos mitades de aquel país que estuvo unido en el pasado. Imaginemos qué diferencia puede llegar a haber después de doscientos años. El desastre económico de Corea del Norte, que condujo a la muerte por inanición de millones de personas, frente al éxito económico de Corea del Sur, resulta increíble: ni la cultura, ni la geografía ni la ignorancia pueden explicar los caminos divergentes que tomaron Corea del Norte y Corea del Sur. Para alcanzar una respuesta, debemos analizar las instituciones.

Instituciones económicas extractivas e inclusivas.

El éxito económico de los países difiere debido a las diferencias entre sus instituciones, a las reglas que influyen en cómo funciona la economía y a los incentivos que motivan a las personas. Imaginemos a los adolescentes de Corea del Norte y de Corea del Sur y lo que esperan de la vida. Los de Corea del Norte crecen en la pobreza, sin iniciativa empresarial, ni creatividad ni una educación adecuada para prepararlos para el trabajo cualificado. Gran parte de la educación que reciben en la escuela es pura propaganda, destinada a dar apoyo a la legitimidad del régimen, hay pocos libros, y ya no digamos ordenadores. Al acabar los estudios, todos deben pasar diez años en el ejército. Estos adolescentes saben que no podrán ser propietarios, ni crear una empresa ni ser más prósperos, aunque mucha gente se dedica ilegalmente a actividades económicas privadas para ganarse la vida. También saben que no tendrán acceso a los mercados en los que puedan utilizar sus habilidades o sus ingresos para comprar los productos que necesitan y desean. Ni siquiera saben con certeza el tipo de derechos humanos que tendrán.

En cambio, los de Corea del Sur reciben una buena educación y tienen incentivos que los animan a esforzarse y a destacar en la profesión elegida. Este país posee una economía de mercado basada en la propiedad privada. Los adolescentes de Corea del Sur saben que, si tienen éxito como emprendedores o trabajadores, un día podrán disfrutar de las ganancias obtenidas de sus inversiones y esfuerzos; pueden mejorar su nivel de vida y comprar coches, casas y atención sanitaria.

En Corea del Sur, el Estado apoya la actividad económica, por lo que los emprendedores pueden pedir préstamos a los bancos y a los mercados financieros, las empresas extranjeras pueden asociarse con firmas surcoreanas y la población puede conseguir hipotecas para comprar casas. En el sur, en general, uno es libre de crear la empresa que quiera. En Corea del Norte, no. En Corea del Sur, uno puede contratar trabajadores, vender productos o servicios y gastar el dinero en el mercado como quiera. En Corea del Norte, solamente hay mercados negros. Estas reglas distintas son las instituciones bajo las que viven los norcoreanos y los surcoreanos.

Las instituciones económicas inclusivas, como las de Corea del Sur o las de Estados Unidos, posibilitan y fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y sus habilidades y permiten que cada individuo pueda elegir lo que desea. Para ser inclusivas, las instituciones económicas deben ofrecer seguridad de la propiedad privada, un sistema jurídico imparcial y servicios públicos que proporcionen igualdad de condiciones en los que las personas puedan realizar intercambios y firmar contratos; además de permitir la entrada de nuevas empresas y dejar que cada persona elija la profesión a la que se quiere dedicar.

El contraste entre Corea del Sur y Corea del Norte y entre Estados Unidos y América Latina ilustra un principio general. Las instituciones económicas inclusivas fomentan la actividad económica, el aumento de la productividad y la prosperidad económica. Garantizar el derecho a tener propiedad privada es crucial, ya que solamente quienes disfruten de este derecho estarán dispuestos a invertir y aumentar la productividad. Una persona de negocios que teme que su producción sea robada, expropiada o absorbida totalmente por los impuestos tendrá pocos incentivos para trabajar, y muchos menos incentivos aún para llevar a cabo inversiones o innovaciones. Es imprescindible que la mayoría de los integrantes de la sociedad puedan disfrutar de estos derechos.

En 1680, el gobierno inglés hizo un censo de la población de su colonia antillana de Barbados. Los datos revelaron que, de la población total de la isla, de alrededor de sesenta mil personas, casi treinta y nueve mil eran esclavos africanos propiedad del tercio restante de la población. De hecho, casi todos pertenecían a los ciento setenta y cinco propietarios de plantaciones de caña de azúcar más grandes, que también poseían casi todas las tierras. Aquellos grandes hacendados tenían derechos de propiedad seguros, que hacían que se respetaran tanto sus tierras como el derecho a tener sus esclavos. Si un propietario deseaba vender esclavos a otro, podía hacerlo y esperar que un tribunal hiciera respetar aquella venta o cualquier otro contrato que él firmara. ¿Por qué? Pues porque, de los cuarenta jueces y jueces de paz de la isla, veintinueve eran grandes propietarios de plantaciones. Y también lo eran los ocho oficiales militares de mayor rango. A pesar de que la élite de la isla tenía derechos de propiedad y contratos bien definidos, seguros y de obligado cumplimiento, Barbados no disponía de instituciones económicas inclusivas, ya que dos tercios de la población eran esclavos sin acceso a educación ni oportunidades económicas, y sin capacidad ni incentivos para utilizar su talento ni su habilidad. Las instituciones económicas inclusivas implican la existencia de derechos de propiedad seguros y oportunidades económicas no solamente para la élite, sino también para la mayor parte de la sociedad.

Los derechos de propiedad seguros, las leyes, los servicios públicos y la libertad de contratación e intercambio recaen en el Estado, la institución con capacidad coercitiva para imponer el orden, luchar contra el robo y el fraude y hacer que se cumplan los contratos entre particulares. Para que funcione bien, la sociedad también necesita otros servicios públicos: red de carreteras y de transportes para poder trasladar las mercancías; infraestructuras públicas para que pueda florecer la actividad económica, y algún tipo de regulación básica para impedir el fraude y las malas conductas. A pesar de que muchos de estos servicios públicos los pueden ofrecer los mercados y los particulares, el grado de coordinación necesario para hacerlo a gran escala suele ser exclusivo de una autoridad central. Por lo tanto, el Estado está inexorablemente entrelazado con las instituciones económicas, como responsable de la ley y el orden, de garantizar la propiedad privada y los contratos y, a menudo, como proveedor clave de servicios públicos. Las instituciones económicas inclusivas necesitan al Estado y lo utilizan.

Las instituciones económicas de Corea del Norte o de la América Latina colonial (la mita, la encomienda o el repartimiento descritos anteriormente) no tienen estas propiedades. La propiedad privada no existe en Corea del Norte. En la América Latina colonial existía la propiedad privada para los españoles, pero la propiedad de los pueblos indígenas era muy insegura. En ninguno de estos tipos de sociedades era posible que la amplia mayoría de la población tomara las decisiones económicas que quería, sino que estaba sujeta a la coacción en masa. En ninguno de estos tipos de sociedad se utilizaba el poder del Estado para proporcionar servicios públicos clave que fomentaran la prosperidad. En Corea del Norte, el Estado construyó un sistema educativo para inculcar propaganda, pero fue incapaz de impedir la hambruna. En la América Latina colonial, el Estado se concentró en coaccionar a los pueblos indígenas. En ninguno de estos tipos de sociedad había igualdad de oportunidades ni un sistema legal imparcial. En Corea del Norte, el sistema legal es un brazo del Partido Comunista en el poder, y en América Latina, fue una herramienta de discriminación contra la mayor parte del pueblo. Denominamos instituciones económicas extractivas a las que tienen propiedades opuestas a las instituciones inclusivas. Son extractivas porque tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto.

Motores de prosperidad.

Las instituciones económicas inclusivas crean mercados inclusivos, que no solamente dan a las personas libertad para ejercer la profesión que mejor se adapte a su talento, sino que también proporcionan igualdad de condiciones que les dé la oportunidad de hacerlo. Quienes tengan buenas ideas, serán capaces de crear empresas, los trabajadores tenderán a ejercer actividades en las que su productividad sea mayor y las empresas menos eficientes serán sustituidas por las más eficientes. Comparemos cómo eligen las personas sus profesiones en mercados inclusivos frente a Perú y Bolivia en la época colonial, donde, bajo la mita, muchos fueron forzados a trabajar en las minas de plata y mercurio, sin tener en cuenta sus habilidades ni si querían hacerlo. Los mercados inclusivos no son únicamente mercados libres. Barbados, en el siglo XVII, también tenía mercados. Sin embargo, de la misma forma que todos, excepto la reducida élite de propietarios de plantaciones, carecían de derechos de propiedad, sus mercados, lejos de ser inclusivos —los mercados de esclavos, de hecho—, fueron una parte de las instituciones económicas que coaccionaban sistemáticamente a la mayoría de la población y le hurtaban la capacidad de elegir su profesión y cómo utilizar su talento.

Las instituciones económicas inclusivas también allanan el camino para otros dos motores de prosperidad: la tecnología y la educación. El desarrollo económico sostenido casi siempre va acompañado de mejoras tecnológicas que permiten que las personas (mano de obra), las tierras y el capital existente (edificios, maquinaria, etc.) pasen a ser más productivos. Pensemos que nuestros tatarabuelos, hace solamente un siglo, no tenían acceso a aviones ni automóviles, ni a la mayoría de los medicamentos y la atención sanitaria que ahora damos por hechos, por no mencionar las instalaciones sanitarias domésticas, el aire acondicionado, los centros comerciales, la radio, el cine y, por supuesto, la tecnología de la información, la robótica o la maquinaria controlada por ordenador. Y si retrocedemos algunas generaciones más, el saber hacer tecnológico y el nivel de vida estaban todavía más atrasados, tanto que nos costaría imaginar cómo podía salir adelante la mayoría de la población. Este desarrollo del nivel de vida procedía de la ciencia y de emprendedores como Thomas Edison, que aplicaron la ciencia para crear negocios rentables. Este proceso de innovación es posible gracias a instituciones económicas que fomentan la propiedad privada, hacen cumplir los contratos, crean igualdad de condiciones y fomentan y permiten la creación de nuevas empresas que pueden dar vida a las nuevas tecnologías. Por lo tanto, no es de extrañar que fuera la sociedad estadounidense, y no la de México ni la de Perú, la que produjera a un Thomas Edison, y que sea Corea del Sur, y no Corea del Norte, la que produce actualmente empresas tecnológicas innovadoras como Samsung y Hyundai.

Íntimamente relacionados con la tecnología están la educación, las habilidades, las competencias y el saber hacer del personal laboral, que se aprenden en la escuela, en casa y en el trabajo. Actualmente, somos mucho más productivos que hace cien años, no solamente por la mejora de la tecnología en forma de máquinas, sino también por el mayor saber hacer que poseen los trabajadores. Toda la tecnología del mundo serviría de poco sin trabajadores que sepan cómo emplearla. Sin embargo, las habilidades y las competencias incluyen algo más que la mera capacidad de hacer funcionar máquinas. La educación y las habilidades de los trabajadores son lo que genera el conocimiento científico sobre el que se construye nuestro progreso y lo que permite la adaptación y adopción de estas tecnologías en varias líneas de negocio. Aunque en el capítulo 1 vimos que muchos de los innovadores de la revolución industrial y posteriores, como Thomas Edison, no tenían muchos estudios, esas innovaciones eran mucho más sencillas que la tecnología moderna. Hoy en día, el cambio tecnológico requiere formación tanto en el caso del innovador como en el del trabajador. Y aquí vemos la importancia de que las instituciones económicas sean capaces de crear igualdad de condiciones. Estados Unidos pudo producir, o atraer del extranjero, a personas como Bill Gates, Steve Jobs, Sergey Brin, Larry Page y Jeff Bezos, y a los cientos de científicos que realizaron descubrimientos fundamentales en tecnología de la información, energía nuclear, biotecnología y otros campos en los que construyeron sus empresas estos emprendedores. La oferta de talento estaba allí para ser utilizada porque, en general, los adolescentes de Estados Unidos tienen acceso a toda la escolarización que desean o que son capaces de lograr. Ahora, imaginemos un tipo de sociedad distinto, por ejemplo, el Congo o Haití, donde la gran mayoría de la población no tiene medios para asistir a la escuela o, si se consigue ir al colegio, la calidad de la enseñanza es lamentable, algunos profesores no aparecen por clase, y cuando hay profesores puede que no haya libros.

El bajo nivel educativo de los países pobres se debe a las instituciones económicas que no logran crear incentivos para que los padres eduquen a sus hijos, y a las instituciones políticas que no inducen al gobierno a construir, financiar y dar apoyo a las escuelas y a los deseos de los padres y sus hijos. El precio que pagan estos países por el bajo nivel educativo de su población y la falta de mercados inclusivos es elevado. No consiguen movilizar su talento incipiente. Tienen muchos Bill Gates en potencia y quizá uno o dos Albert Einstein que ahora trabajan como agricultores pobres, sin estudios, forzados a hacer lo que no quieren hacer o reclutados para el ejército, porque nunca han tenido la oportunidad de elegir la profesión que quieren ejercer en la vida.

La capacidad de las instituciones económicas para aprovechar el potencial de los mercados inclusivos, fomentar la innovación tecnológica, invertir en personas y movilizar el talento y las habilidades de un gran número de individuos es esencial para el desarrollo económico. Explicar por qué tantas instituciones económicas no cumplen estos objetivos tan sencillos es el tema principal de este libro.

Instituciones políticas extractivas e inclusivas.

Todas las instituciones económicas están creadas por la sociedad. Las de Corea del Norte, por ejemplo, fueron impuestas a sus ciudadanos por los comunistas que se hicieron con el control del país a partir de 1940, mientras que las de la América Latina colonial fueron impuestas por los conquistadores españoles. Corea del Sur acabó con instituciones económicas muy distintas de las de Corea del Norte porque personas distintas, con intereses y objetivos diferentes, tomaron las decisiones sobre cómo estructurar la sociedad. Es decir, Corea del Sur tenía políticas distintas.

La política es el proceso mediante el cual una sociedad elige las reglas que la gobernarán. La política acompaña a las instituciones por la sencilla razón de que, aunque las instituciones inclusivas pueden ser buenas para la prosperidad económica de un país, algunas personas o grupos, como la élite del Partido Comunista de Corea de Norte o los propietarios de plantaciones de caña de azúcar de la Barbados colonial, estarán mucho mejor estableciendo instituciones que sean extractivas. Cuando hay conflictos sobre las instituciones, lo que suceda dependerá de qué personas o grupos ganen en el juego político: quién puede conseguir más apoyo, obtener recursos adicionales y formar alianzas más efectivas. En resumen, el ganador depende de la distribución del poder político en la sociedad.

Las instituciones políticas de una sociedad son un elemento determinante del resultado de este juego. Y hay algunas reglas que rigen cómo se establecen los incentivos en política, determinan cómo se elige al gobierno y qué parte de éste tiene derecho a hacer qué. Las instituciones políticas estipulan quién tiene poder en la sociedad y para qué fines puede utilizarse. Si el reparto del poder es restrictivo e ilimitado, las instituciones políticas son absolutistas, como las monarquías que reinaron en el mundo durante gran parte de la historia. Con instituciones políticas absolutistas como las de Corea del Norte y la América Latina colonial, quienes ejerzan este poder serán capaces de establecer instituciones económicas para enriquecerse y aumentar su poder a costa de la sociedad. En cambio, las instituciones políticas que reparten el poder ampliamente en la sociedad y lo limitan son pluralistas. En lugar de concederlo a un individuo o a un pequeño grupo, el poder político reside en una amplia coalición o pluralidad de grupos.

Evidentemente, existe una estrecha conexión entre el pluralismo y las instituciones económicas inclusivas. Sin embargo, la clave para comprender por qué Corea del Sur y Estados Unidos tienen instituciones económicas inclusivas no está solamente en sus instituciones políticas pluralistas, sino también en sus Estados poderosos y suficientemente centralizados. Un contraste revelador es Somalia, país situado al este de África. Como veremos más adelante, el poder político de Somalia hace tiempo que está repartido ampliamente, de forma casi pluralista. De hecho, no existe una autoridad real que pueda controlar o sancionar a alguien. La sociedad está dividida en clanes profundamente antagónicos y ninguno de ellos puede dominar a los demás. El poder de un clan está limitado solamente por las armas de otro. Esta distribución del poder no conduce a instituciones inclusivas, sino al caos, y se debe a que el Estado somalí no cuenta con ningún tipo de centralización política o estatal, y es incapaz de imponer siquiera un mínimo nivel de ley y orden para dar apoyo a la actividad económica, el comercio o la seguridad básica de sus ciudadanos.

Max Weber, a quien mencionamos en el capítulo anterior, proporcionó la definición más famosa y ampliamente aceptada de Estado, que identificó con el «monopolio de la violencia legítima» en la sociedad. Sin este monopolio y el grado de centralización que implica, el Estado no puede representar su papel de órgano encargado de imponer la ley y el orden, y mucho menos proporcionar servicios públicos y fomentar y regular la actividad económica. Cuando el Estado no logra prácticamente ninguna centralización política, la sociedad, tarde o temprano, llega al caos, como en el caso de Somalia.

Denominaremos instituciones políticas inclusivas a aquellas que están suficientemente centralizadas y que son pluralistas. Cuando falle alguna de estas condiciones, nos referiremos a ellas como instituciones políticas extractivas.

Existe una fuerte sinergia entre las instituciones económicas y las políticas. Las instituciones políticas extractivas concentran el poder en manos de una élite reducida y fijan pocos límites al ejercicio de su poder. Las instituciones económicas a menudo están estructuradas por esta élite para extraer recursos del resto de la sociedad. Por lo tanto, las instituciones económicas extractivas acompañan de forma natural a las instituciones políticas extractivas. De hecho, deben depender inherentemente de las instituciones políticas extractivas para su supervivencia. Las instituciones políticas inclusivas, que confieren el poder ampliamente, tenderían a eliminar las instituciones económicas que expropian los recursos de la mayoría, levantan barreras de entrada y suprimen el funcionamiento de mercados que solamente benefician a un número reducido de personas.

Por ejemplo, en Barbados, el sistema de plantaciones basado en la explotación de esclavos no podría haber sobrevivido sin las instituciones políticas que suprimieron y excluyeron completamente a los esclavos del proceso político. El sistema económico que empobrece a millones de personas en beneficio de una reducida élite comunista en Corea del Norte también sería impensable sin el dominio político absoluto del Partido Comunista.

La relación sinérgica entre las instituciones económicas y políticas extractivas introduce un bucle de fuerte retroalimentación: las instituciones políticas permiten que las élites controlen el poder político para elegir instituciones económicas con menos limitaciones o fuerzas que se opongan. También permiten que las élites estructuren las futuras instituciones políticas y su evolución. A su vez, las instituciones económicas extractivas enriquecen a esas mismas élites, y su riqueza económica y su poder ayudan a consolidar su dominio político. En Barbados o en América Latina, por ejemplo, los colonos utilizaron su poder político para imponer un conjunto de instituciones económicas con las que consiguieron grandes fortunas a costa del resto de la población. Los recursos que generaron aquellas instituciones económicas permitieron que estas élites crearan ejércitos y fuerzas de seguridad para defender su monopolio absolutista del poder político. Evidentemente, la implicación es que las instituciones políticas y económicas extractivas se apoyan entre sí y tienden a perdurar.

De hecho, la sinergia entre las instituciones económicas y políticas extractivas es aún mayor. Cuando las élites existentes son cuestionadas bajo instituciones políticas extractivas y los recién llegados van avanzando, es probable que estos recién llegados estén sujetos a un número reducido de limitaciones. Por lo tanto, tienen incentivos para mantener estas instituciones políticas y crear un conjunto similar de instituciones económicas, como hicieron Porfirio Díaz y la élite que lo rodeaba a finales del siglo XIX en México.

Las instituciones económicas inclusivas, a su vez, se forjan sobre bases establecidas por las instituciones políticas inclusivas, que reparten ampliamente el poder en la sociedad y limitan su ejercicio arbitrario. Estas instituciones políticas también dificultan que otras personas usurpen el poder y socaven las bases de las instituciones inclusivas. Quienes controlan el poder político no pueden utilizarlo fácilmente para establecer instituciones económicas extractivas en beneficio propio. Y estas instituciones económicas inclusivas, a su vez, crean un reparto más equitativo de los recursos, facilitando la persistencia de las instituciones políticas inclusivas.

No fue casualidad que un año después de que, en 1618, la Virginia Company diera tierras a los colonos y los liberara de sus contratos draconianos con los que previamente los había intentado coaccionar, la Asamblea General permitiera que los colonos empezaran a gobernarse a sí mismos. Éstos no habrían confiado en tener derechos económicos sin derechos políticos, ya que habían sufrido los esfuerzos persistentes de la Virginia Company por coaccionarlos. Tampoco ninguna de estas economías habría sido estable y duradera. De hecho, las combinaciones de instituciones extractivas e inclusivas, en general, son inestables. Las instituciones económicas extractivas bajo instituciones políticas inclusivas no es probable que sobrevivan durante mucho tiempo, tal y como sugiere nuestro análisis de Barbados.

De forma similar, las instituciones económicas inclusivas ni darán apoyo ni serán apoyadas por las instituciones políticas extractivas. Serán transformadas en instituciones económicas extractivas en beneficio de los intereses que controlan el poder o el dinamismo económico que crean desestabilizará a las instituciones políticas extractivas y abrirá el camino para que aparezcan instituciones políticas inclusivas. Las instituciones económicas inclusivas también tienden a reducir los beneficios de los que pueden disfrutar las élites gobernantes en instituciones políticas extractivas, ya que esas instituciones se enfrentan a la competencia en el mercado y están limitadas por los contratos y los derechos de propiedad del resto de la sociedad.

¿Por qué no elegir siempre la prosperidad?

Las instituciones políticas y económicas que, en última instancia, son elegidas por la sociedad, pueden ser inclusivas y fomentar el crecimiento económico o pueden ser extractivas y convertirse en impedimentos para el desarrollo económico. Los países fracasan cuando tienen instituciones económicas extractivas, apoyadas por instituciones políticas extractivas que impiden e incluso bloquean el crecimiento económico. Sin embargo, esto significa que la elección de las instituciones (es decir, la política de las instituciones) es crucial para nuestro esfuerzo por comprender las razones del éxito y el fracaso de los países. Tenemos que comprender por qué las políticas de algunas sociedades conducen a instituciones inclusivas que fomentan el desarrollo económico, mientras que las políticas de la amplia mayoría de las sociedades a lo largo de la historia han conducido, y todavía lo hacen, a instituciones extractivas que lo dificultan.

Podría parecer obvio que todo el mundo debería estar interesado en crear el tipo de instituciones económicas que aportan prosperidad. ¿Acaso no querría todo ciudadano, político e incluso dictador depredador que su país fuera lo más rico posible?

Volvamos al reino del Congo que comentamos anteriormente. A pesar de que desapareció como tal en el siglo XVII, dio nombre al país moderno que se independizó del dominio colonial belga en 1960. Como Estado independiente, el Congo experimentó prácticamente un declive económico y una pobreza constantes y crecientes bajo el control de Mobutu, entre 1965 y 1997. Y este declive continuó después de que Mobutu fuera derrocado por Laurent Kabila. Mobutu creó un conjunto altamente extractivo de instituciones económicas. Los ciudadanos eran más pobres, pero Mobutu y la élite que le rodeaba, conocida como les grosses legumes, pasaron a ser tremendamente ricos. Mobutu se construyó un palacio en su lugar de origen, Gbadolite, al norte del país, con un aeropuerto lo suficientemente grande para que pudiera aterrizar un jet Concord supersónico, el avión que solía alquilar a Air France para viajar a Europa. En Europa, compró varios castillos y era propietario de grandes extensiones en Bruselas, la capital belga.

¿No habría sido mejor para Mobutu montar instituciones económicas que incrementaran la riqueza de los congoleños en lugar de aumentar su pobreza? Si Mobutu hubiera conseguido incrementar la prosperidad de su nación, ¿acaso no habría podido apropiarse de incluso más dinero, no habría podido comprar un Concord en lugar de alquilarlo, no habría tenido más castillos y mansiones, y posiblemente un ejército más grande y potente? Por desgracia para los ciudadanos de muchos países del mundo, la respuesta es negativa. Las instituciones económicas que crean incentivos para el progreso económico también pueden redistribuir simultáneamente la renta y el poder de forma que el dictador depredador y sus subordinados con poder político empeoren su situación.

El problema fundamental es que necesariamente habrá disputas y conflictos sobre las instituciones económicas. Diferentes instituciones tienen distintas consecuencias para la prosperidad de una nación, sobre cómo se reparte esa prosperidad y quién tiene el poder. El desarrollo económico que pueden inducir las instituciones crea ganadores y perdedores. Esto fue evidente durante la revolución industrial en Inglaterra, que sentó las bases de la prosperidad que vemos actualmente en los países ricos del mundo. Se centraba en una serie de cambios tecnológicos pioneros en los campos de la energía de vapor, el transporte y la producción textil. A pesar de que la mecanización condujo a un aumento enorme de la renta total y, en última instancia, se convirtió en la base de la sociedad industrial moderna, muchos se opusieron duramente a la mecanización. Y no fue por su ignorancia o estrechez de miras, sino todo lo contrario. Por desgracia, aquella oposición al desarrollo económico tiene su propia lógica coherente. El crecimiento económico y el cambio tecnológico están acompañados por lo que el gran economista Joseph Schumpeter denominó «destrucción creativa». Sustituyen lo viejo por lo nuevo. Los sectores nuevos atraen recursos que antes se destinaban a los viejos. Las empresas nuevas quitan negocio a las ya establecidas. Las nuevas tecnologías hacen que las habilidades y las máquinas existentes queden obsoletas. El proceso de crecimiento económico y las instituciones inclusivas en las que se basan crean perdedores y ganadores en el escenario político y en el mercado económico. A menudo, el temor a la destrucción creativa tiene su origen en la oposición a instituciones políticas y económicas inclusivas.

La historia europea proporciona un ejemplo vívido de las consecuencias de la destrucción creativa. En vísperas de la revolución industrial en el siglo XVIII, los gobiernos de la mayoría de los países europeos estaban controlados por aristocracias y élites tradicionales, cuya fuente principal de ingresos era la tenencia de tierras o los privilegios comerciales de los que disfrutaban gracias a los monopolios y a los aranceles impuestos por los monarcas. En consonancia con la idea de la destrucción creativa, la expansión de industrias, fábricas y pueblos se llevó recursos de la tierra, redujo las rentas de los terratenientes y aumentó los sueldos que éstos tenían que pagar a sus trabajadores. Estas élites también vieron que la aparición de nuevos comerciantes y hombres de negocios perjudicaba sus privilegios comerciales. En términos generales, fueron los mayores perdedores económicos de la industrialización. La urbanización y la aparición de una clase obrera y media con conciencia social también cuestionaba el monopolio político de las aristocracias terratenientes. Así, con la expansión de la revolución industrial, los aristócratas no fueron únicamente los perjudicados económicos, sino que también corrían el riesgo de convertirse en infortunados políticos, al perder su control sobre el poder político. Al ver amenazado su poder político y económico, estas élites a menudo constituían una oposición notable contra la industrialización.

Pero la aristocracia no era la única perdedora de la industrialización. Los artesanos cuyas habilidades manuales estaban siendo reemplazadas por la mecanización también se oponían a la expansión de la industria. Muchos mostraron su disconformidad organizando disturbios y destruyendo las máquinas que consideraban responsables del empeoramiento de su forma de ganarse la vida. Eran los luditas, una palabra que hoy en día es sinónimo de resistencia al cambio tecnológico. A John Kay, el inglés que inventó la lanzadera flying shuttle en 1733, una de las primeras mejoras significativas en la mecanización del tejido, le quemaron la casa los luditas en 1753. A James Hargreaves, inventor de una mejora revolucionaria en el hilado, la hiladora con husos múltiples conocida como spinning jenny, le ocurrió algo similar.

No obstante, los artesanos fueron mucho menos efectivos que los terratenientes y las élites a la hora de oponerse a la industrialización. Los luditas no poseían el poder político (la capacidad para afectar al resultado político contra los deseos de otros grupos) de la aristocracia terrateniente. En Inglaterra, la industrialización continuó, a pesar de la oposición de los luditas, porque la oposición aristocrática, aunque real, fue silenciada. En cambio, en los imperios austro-húngaro y ruso, en los que los aristócratas y las monarquías absolutistas tenían mucho más que perder, la industrialización fue bloqueada. En consecuencia, las economías de estos dos imperios se estancaron. Quedaron rezagados respecto a otros países europeos en los que el desarrollo económico despegó durante el siglo XIX.

A pesar del éxito y el fracaso de algunos grupos específicos, hay algo que es evidente: los grupos poderosos suelen oponer resistencia al poder económico y a los motores de prosperidad. El crecimiento económico no es solamente un proceso de más y mejores máquinas, y de más y mejores personas con estudios, sino que también es un proceso transformador y desestabilizador asociado con una destrucción creativa generalizada. Por lo tanto, el movimiento solamente avanza si no queda bloqueado por los perdedores económicos, que prevén que perderán sus privilegios económicos, y por los perdedores políticos, que temen que se erosione su poder político.

El conflicto por la escasez de recursos, rentas y poder se traduce en conflicto por las reglas del juego, las instituciones económicas, lo que determinará las actividades económicas y quién se beneficiará de ellas. Cuando hay un conflicto, no se puede dar respuesta a los deseos de todas las partes simultáneamente. Algunos serán derrotados y fracasarán, mientras que otros lograrán proteger aquello que desean. Los ganadores de este conflicto son una pieza fundamental de la trayectoria económica de un país. Si los grupos que se oponen al crecimiento son los ganadores, pueden bloquear con éxito el desarrollo económico y la economía se estancará.

La lógica de por qué los poderosos no querrán establecer necesariamente las instituciones económicas que fomentan el éxito económico se amplía fácilmente a la elección de las instituciones políticas. En un régimen absolutista, algunas élites pueden ejercer el poder para establecer las instituciones económicas que prefieran. ¿Estarían estas élites interesadas en cambiar las instituciones políticas para hacerlas más pluralistas? En general no, ya que, de esta forma, solamente reducirían su poder político, y harían más difícil, quizá imposible, para ellas estructurar instituciones económicas para promover sus propios intereses. De nuevo, vemos una fuente fácil de conflicto. Las personas que sufren por las instituciones económicas extractivas no pueden esperar que los gobernantes absolutistas cambien voluntariamente las instituciones políticas y redistribuyan el poder entre la sociedad. La única forma de cambiar estas instituciones políticas es obligar a las élites a crear instituciones más plurales.

De la misma forma que no existe ninguna razón por la que las instituciones políticas deban ser automáticamente pluralistas, tampoco hay ninguna tendencia natural hacia la centralización política. Sin duda, habría incentivos para crear instituciones estatales más centralizadas en cualquier sociedad, sobre todo en las que no tienen esa centralización en absoluto. Por ejemplo, en Somalia, si un clan creara un Estado centralizado capaz de imponer orden en el país, la nueva situación podría conducir a la creación de beneficios económicos y podría aumentar la riqueza de este clan. ¿Qué lo impide? El principal obstáculo para la centralización política vuelve a ser el miedo al cambio: cualquier clan, grupo o político que intente centralizar el poder en el Estado también lo estará centralizando en sus propias manos, y esto es probable que provoque la ira de otros clanes, grupos e individuos que serían los perdedores políticos de este proceso. La falta de centralización política no se traduciría solamente en el caos en gran parte de un territorio, sino que también existen muchos actores con poder suficiente para bloquear o trastornar la situación, y el miedo a su oposición y a una reacción violenta a menudo disuadirá a muchos posibles centralizadores. La centralización política solamente es probable cuando un grupo de personas es lo suficientemente más poderoso que otro para construir un Estado. En Somalia, el poder está equilibrado equitativamente, y ningún clan puede imponer su voluntad sobre otro. Por lo tanto, la falta de centralización política persiste.

La larga agonía del Congo.

El Congo es uno de los ejemplos mejores, y más deprimentes, de las fuerzas que explican la lógica de por qué la prosperidad económica es tan persistentemente escasa bajo instituciones extractivas, e ilustra la sinergia entre instituciones económicas y políticas extractivas. Los portugueses y los holandeses que visitaron el Congo en los siglos XV y XVI destacaron la «pobreza miserable» del país. La tecnología era rudimentaria desde el punto de vista europeo y los congoleños no tenían ni escritura, ni rueda ni arado. Los relatos históricos dejan claro cuál era la causa de esta pobreza, así como el hecho de que los campesinos congoleños fueran reacios a adoptar tecnologías mejores. La causa era la naturaleza extractiva de las instituciones económicas del país.

Como hemos visto, el reino del Congo estaba gobernado por un rey que vivía en Mbanza, ciudad que posteriormente recibiría el nombre de São Salvador. Las zonas situadas lejos de la capital estaban gobernadas por una élite que representaba a los gobernantes de distintas partes del reino. La riqueza de esta élite se basaba en las plantaciones esclavistas situadas cerca de São Salvador y en la recaudación de impuestos del resto del país. La esclavitud era crucial para la economía, la élite utilizaba esclavos para abastecer a sus propias plantaciones y los europeos enviaban esclavos a la costa. Los impuestos eran arbitrarios, e incluso se cobraba un impuesto cada vez que al rey le venía en gana. Para ser más próspero, el pueblo congoleño tendría que haber ahorrado e invertido, por ejemplo, en comprar arados. Pero no habría valido la pena, porque cualquier excedente de producción que hubieran conseguido utilizando una tecnología mejor habría sido expropiado por el rey y su élite. Así que, en lugar de invertir para aumentar su productividad y vender sus productos en mercados, los congoleños alejaron sus pueblos del mercado para intentar estar tan lejos como fuera posible de las carreteras y reducir así la frecuencia de los saqueos y escapar de los traficantes de esclavos.

Por lo tanto, la pobreza del Congo fue el resultado de instituciones económicas extractivas que bloquearon los motores de prosperidad o que incluso los hicieron trabajar en sentido inverso. El gobierno del Congo proporcionó muy pocos servicios públicos a sus ciudadanos, ni siquiera los básicos, como los derechos de propiedad, respeto a la ley y el orden. Al contrario, el gobierno en sí era la mayor amenaza para la propiedad y los derechos humanos de sus súbditos. La institución de la esclavitud significó que no pudo existir el mercado más fundamental de todos, el mercado de trabajo inclusivo en el que las personas pueden elegir su profesión o su trabajo de manera que pueden contribuir a una economía próspera. Además, el comercio a larga distancia y las actividades mercantiles estaban controladas por el rey y vetadas a quienes no estaban relacionados con él. Y a pesar de que la élite pronto se alfabetizó después de que los portugueses introdujeran la escritura, el rey no intentó extender la alfabetización al resto de la población.

Sin embargo, a pesar de que la «pobreza miserable» fuera generalizada, las instituciones extractivas congoleñas tenían su propia lógica impecable: un número reducido de personas, las que ocupaban el poder político, se hacían muy ricas. En el siglo XVI, el rey del Congo y la aristocracia fueron capaces de importar productos de lujo europeos y vivían rodeados de siervos y esclavos.

Las raíces de las instituciones económicas de la sociedad congoleña fluían desde la distribución del poder político en la sociedad y, por lo tanto, desde la naturaleza de las instituciones políticas. Excepto la amenaza de una revuelta, nada le impedía al rey tomar las posesiones o los cuerpos de la gente. Y a pesar de que aquella amenaza fuera real, no era suficiente para garantizar la seguridad de las personas ni de su riqueza. Las instituciones políticas del Congo eran verdaderamente absolutistas, por consiguiente, el rey y su élite no estaban sujetos esencialmente a ningún límite y no se daba voz ni voto a los ciudadanos respecto a cómo organizar su sociedad.

Evidentemente, no es difícil ver que las instituciones políticas del Congo contrastan claramente con instituciones políticas inclusivas en las que el poder es limitado y está repartido ampliamente. Las instituciones absolutistas del Congo mantuvieron su posición gracias al ejército. El rey tenía un ejército permanente de cinco mil soldados a mediados del siglo XVII, con un núcleo de quinientos mosqueteros, una fuerza formidable para su época. Por eso, es fácil comprender por qué el rey y la aristocracia adoptaron con tanto interés las armas de fuego europeas.

No había posibilidades de crecimiento económico sostenido bajo este conjunto de instituciones económicas e incluso los incentivos para generar un desarrollo temporal estaban muy limitados. Reformar las instituciones económicas para mejorar los derechos de propiedad individual habría hecho que la sociedad congoleña en general fuera más próspera. Sin embargo, es poco probable que la élite se hubiera beneficiado de esta mayor prosperidad porque, en primer lugar, estas reformas habrían provocado que la élite fuera la perdedora económica, al reducir la riqueza que aportaban el tráfico de esclavos y las plantaciones esclavistas. Y en segundo lugar, estas reformas sólo habrían sido posibles si el poder político del rey y de la élite se hubiera reducido. Por ejemplo, si el rey continuaba al mando de sus quinientos mosqueteros, ¿quién se habría creído el anuncio de que se había abolido la esclavitud? ¿Qué habría impedido que el rey cambiara de idea más adelante? La única garantía real habría sido un cambio de las instituciones políticas para que los ciudadanos obtuvieran algún poder político que lo contrarrestara y que les dejara expresar sus ideas sobre los impuestos o sobre lo que hacían los mosqueteros. Sin embargo, en este caso, es poco probable que mantener el consumo y el estilo de vida del rey y de la élite hubiera sido una de sus prioridades. Los cambios que habrían creado instituciones económicas mejores en la sociedad habrían convertido al rey y a la aristocracia en perdedores políticos y económicos.

La interacción entre las instituciones económicas y políticas de hace quinientos años es relevante para comprender por qué el moderno Estado del Congo todavía es miserablemente pobre hoy en día. La llegada del dominio europeo a esta zona, y más profundamente en la cuenca del río Congo en la época de la «lucha por África» a finales del siglo XIX, condujo a una inseguridad en cuanto a los derechos humanos y de propiedad aún más atroz que la que había caracterizado al Congo precolonial. Además, reprodujo el modelo de instituciones extractivas y absolutismo político que otorgó poder y enriqueció a unos pocos a costa de la mayoría, aunque esos pocos pasaran a ser los colonos belgas, sobre todo el rey Leopoldo II.

Cuando el Congo se independizó en 1960, se reprodujo el mismo modelo de instituciones, incentivos y resultados económicos. Las instituciones congoleñas extractivas de nuevo recibieron el apoyo de instituciones políticas altamente extractivas. La situación empeoró porque el colonialismo europeo creó un Estado, el Congo, formado por muchos territorios y sociedades precoloniales diferentes que el Estado nacional, dirigido desde Kinsasa, poco podía controlar. A pesar de que el presidente Mobutu utilizó el Estado para enriquecerse a sí mismo y a sus compinches (por ejemplo, mediante el programa Zairianization de 1973, que significó la expropiación masiva de intereses económicos extranjeros), presidió un Estado no centralizado con poca autoridad sobre gran parte del país y tuvo que apelar a la ayuda extranjera para impedir que las provincias de Katanga y Kasai se separaran en los años sesenta. Esa falta de centralización política, que casi condujo al punto de colapso total del Estado, es un rasgo que comparte el Congo con gran parte del África subsahariana.

La moderna República Democrática del Congo continúa siendo pobre porque sus ciudadanos todavía carecen de las instituciones económicas que crean los incentivos básicos para que una sociedad sea próspera. No es la situación geográfica, ni la cultura ni la ignorancia de sus ciudadanos o de sus políticos lo que mantiene pobre al país, sino sus instituciones económicas extractivas. Éstas aún están en vigor después de todos estos siglos porque el poder político continúa concentrado en manos de una reducida élite que tiene pocos incentivos para obligar a que se garanticen los derechos de las personas, proporcionar los servicios públicos básicos que mejorarían la calidad de vida o impulsar el progreso económico. Bien al contrario, sus intereses consisten en obtener rentas y mantenerse en el poder. No han utilizado este poder para construir un Estado centralizado porque hacerlo les crearía los mismos problemas de oposición y retos políticos que fomentar el desarrollo económico. Además, como en gran parte del resto del África subsahariana, las luchas internas provocadas por grupos rivales que intentaban hacerse con el control de las instituciones extractivas destruyeron cualquier tendencia a la centralización estatal que hubiera podido existir.

La historia del reino del Congo, y la historia más reciente de la República Democrática del Congo, ilustra gráficamente cómo las instituciones políticas determinan las instituciones económicas y, a través de éstas, los incentivos económicos y el alcance del desarrollo económico. También muestra la relación simbiótica entre el absolutismo político y las instituciones económicas que otorgan poder y enriquecen a unos cuantos a costa de la mayoría.

El desarrollo bajo instituciones políticas extractivas.

Hoy en día, el Congo es un ejemplo extremo, con caos generalizado y derechos de propiedad muy inseguros. Sin embargo, en la mayoría de los casos, este extremismo no serviría a los intereses de la élite, ya que destruiría todos los incentivos económicos y generaría pocos recursos que extraer. La tesis central de este libro es que el desarrollo y la prosperidad económicos están asociados con instituciones económicas y políticas inclusivas, mientras que las instituciones extractivas normalmente conducen al estancamiento y la pobreza. No obstante, esto no implica que las instituciones extractivas no puedan generar nunca crecimiento ni que todas las instituciones extractivas se hayan creado igual.

Existen dos formas distintas pero complementarias en las que puede haber desarrollo económico bajo instituciones políticas extractivas. Primero, incluso aunque las instituciones económicas sean extractivas, el crecimiento es posible cuando las élites pueden asignar recursos directamente a actividades de alta productividad que controlan personalmente. Un ejemplo destacado de este tipo de crecimiento bajo instituciones extractivas fueron las islas caribeñas entre los siglos XVI y XVIII. La mayoría de la población eran esclavos que trabajaban en condiciones horribles en las plantaciones, y que apenas vivían por encima del nivel de subsistencia. Muchos murieron de malnutrición y agotamiento. En las islas Barbados, Cuba, Haití y Jamaica, en los siglos XVII y XVIII, una minoría reducida, la élite de los propietarios de las plantaciones, controlaba todo el poder político y poseía todos los bienes, lo que incluía a todos los esclavos. Mientras que la mayoría de la población no tenía derechos, la propiedad y los bienes de la élite de los propietarios estaban bien protegidos. A pesar de las instituciones económicas extractivas que explotaban despiadadamente a la mayoría de la población, estas islas eran de los lugares más ricos del mundo, porque podían producir azúcar y venderlo en los mercados mundiales. La economía de las islas sólo se estancó cuando hubo la necesidad de cambiar a nuevas actividades económicas, que amenazaron tanto las rentas como el poder político de la élite de propietarios de plantaciones.

Otro ejemplo es el desarrollo económico y la industrialización de la Unión Soviética desde el primer plan quinquenal de 1928 hasta los años setenta. Las instituciones políticas y económicas eran altamente extractivas y los mercados estaban fuertemente limitados. Sin embargo, la Unión Soviética pudo lograr un desarrollo económico rápido porque utilizó el poder del Estado para trasladar recursos de la agricultura, donde se utilizaban de forma muy ineficiente, a la industria.

El segundo tipo de crecimiento bajo instituciones políticas extractivas aparece cuando se permite el desarrollo de instituciones económicas inclusivas, aunque sea solamente de forma limitada e incompleta. Muchas sociedades con instituciones políticas extractivas evitarán las instituciones económicas inclusivas debido al miedo que les provoca la destrucción creativa. No obstante, el grado hasta el cual la élite consigue monopolizar el poder varía según las sociedades. En algunas, la posición de la élite podría ser lo suficientemente segura como para permitir algunos cambios hacia instituciones económicas inclusivas porque sabe que éstas no amenazarán su poder político. Alternativamente, la situación histórica podría ser tal que dotara a un régimen político extractivo de instituciones económicas bastante inclusivas que decidan no bloquear. Éstas proporcionan la segunda forma de producir crecimiento bajo instituciones políticas extractivas.

La rápida industrialización de Corea del Sur bajo el mandato del general Park es un ejemplo de lo anterior. Park llegó al poder mediante un golpe militar en 1961, pero lo hizo en una sociedad fuertemente apoyada por Estados Unidos y con una economía en la que las instituciones económicas eran esencialmente inclusivas. A pesar de que el régimen de Park fuera autoritario, parecía lo suficientemente seguro para impulsar el crecimiento económico y, de hecho, lo hizo muy activamente, quizá en parte porque el régimen no estaba directamente apoyado por instituciones económicas extractivas. A diferencia de la Unión Soviética y la mayor parte de los otros casos de crecimiento bajo instituciones extractivas, Corea del Sur hizo la transición desde instituciones políticas extractivas hacia instituciones políticas inclusivas en los años ochenta. El éxito de esta transición se debió a la confluencia de varios factores.

En los años setenta, las instituciones económicas de Corea del Sur habían pasado a ser lo suficientemente inclusivas para reducir uno de los fuertes fundamentos para las instituciones políticas extractivas: la élite económica tenía muy poco que ganar de su propio dominio o del dominio militar de la política. La relativa igualdad de rentas de Corea del Sur también significó que la élite tenía menos que temer del pluralismo y la democracia. La influencia clave de Estados Unidos, dada la amenaza de Corea del Norte, también significó que el importante movimiento prodemocracia que había cuestionado la dictadura militar no pudiera ser reprimido durante mucho tiempo. A pesar de que el asesinato del general Park en 1979 fue seguido por otro golpe militar, dirigido por Chun Doo Hwan, el sucesor elegido por Chun, Roh Tae Woo, inició un proceso de reformas políticas que condujo a la consolidación de una democracia plural después de 1992. Evidentemente, en la Unión Soviética no se produjo ninguna transición de este tipo y, en consecuencia, el desarrollo soviético perdió impulso, la economía empezó a hundirse en los años ochenta y se desplomó totalmente en los noventa.

El desarrollo económico chino actual también tiene varios puntos en común con las experiencias soviética y surcoreana. Mientras que las etapas iniciales del desarrollo chino fueron encabezadas por reformas radicales del mercado en el sector agrícola, las reformas en el sector industrial fueron más moderadas. Incluso hoy, el Estado y el Partido Comunista tienen un papel central a la hora de decidir qué sectores y empresas recibirán un capital adicional y se expandirán (proceso que provocará que se creen y se pierdan fortunas). Igual que la Unión Soviética en su apogeo, China crece de prisa, pero con instituciones extractivas, bajo el control del Estado, con pocas señales de transición a instituciones políticas inclusivas. El hecho de que las instituciones económicas chinas estén todavía lejos de ser totalmente inclusivas también sugiere que es menos probable una transición de estilo surcoreano, aunque, por supuesto, no es imposible.

Vale la pena destacar que la centralización política es clave para las dos formas en las que se puede dar el crecimiento bajo instituciones políticas extractivas. Si no hubiera contado con algún tipo de centralización política, la élite de propietarios de plantaciones de Barbados, Cuba, Haití y Jamaica no habría sido capaz de mantener la ley y el orden, ni de defender sus propios bienes y propiedades. Sin una centralización política importante y un control férreo del poder político, ni las élites militares de Corea del Sur ni el Partido Comunista Chino se habrían sentido lo suficientemente seguros para hacer unas reformas económicas tan significativas e, incluso así, conseguir aferrarse al poder. Y sin esa centralización, el Estado, en la Unión Soviética o en China, no habría sido capaz de coordinar la actividad económica para canalizar los recursos hacia áreas de productividad elevada. Por lo tanto, una línea divisoria central entre las instituciones políticas extractivas es su grado de centralización política. Los que no la tienen, como muchos países del África subsahariana, tendrán dificultades incluso para lograr un desarrollo limitado.

Aunque las instituciones extractivas puedan generar algo de crecimiento, normalmente no generan un desarrollo económico sostenido y, sin duda, no el tipo del que llega acompañado por una destrucción creativa. Cuando tanto las instituciones políticas como las económicas son extractivas, no hay incentivos para la destrucción creativa y el cambio tecnológico. Durante un tiempo, el Estado puede ser capaz de crear un desarrollo económico rápido asignando recursos y personas por decreto, pero este proceso está limitado intrínsecamente. Cuando se alcanzan los límites, el desarrollo se detiene, como ocurrió en la Unión Soviética en los años setenta. A pesar de que los soviéticos lograron un crecimiento económico rápido, hubo muy poco cambio tecnológico en la mayor parte de la economía; no obstante, destinaron enormes recursos al campo militar, y pudieron desarrollar tecnologías militares e incluso adelantarse a Estados Unidos en la carrera espacial y nuclear durante un período corto de tiempo. Sin embargo, este desarrollo sin destrucción creativa y sin innovación tecnológica de base amplia no era sostenible y terminó abruptamente.

Además, los acuerdos que apoyan el crecimiento económico con instituciones políticas extractivas son, por su propia naturaleza, frágiles. Se pueden hundir o destruir fácilmente por las luchas internas que generan las propias instituciones extractivas. De hecho, las instituciones políticas y económicas extractivas crean una tendencia general de luchas internas, porque conducen a la concentración de la riqueza y el poder en manos de una reducida élite. Si existe otro grupo que pueda superar y ser mejor estratega que esta élite y toma el control del Estado, será éste el que disfrutará de la riqueza y el poder. En consecuencia, tal y como ilustrará nuestro debate sobre el colapso del último Imperio romano y las ciudades mayas (capítulos 5 y 6), la lucha por el control del Estado todopoderoso siempre está latente, y periódicamente se intensifica y produce la ruina de estos regímenes, cuando se convierte en guerra civil y, en ocasiones, la quiebra total y el hundimiento del Estado. Una implicación de lo anterior es que ninguna sociedad con instituciones extractivas logra pervivir a pesar de que inicialmente exista algún tipo de centralización estatal. De hecho, las luchas internas para hacerse con el control de las instituciones extractivas a menudo conducen a guerras civiles y al caos generalizado, lo que consagra la inexistencia permanente de la centralización estatal, como en muchos países del África subsahariana y algunos de América Latina y del sur de Asia.

Por último, cuando el desarrollo llega con instituciones políticas extractivas, pero en lugares en los que las instituciones económicas tienen aspectos inclusivos, como en el caso de Corea del Sur, siempre existe el peligro de que las instituciones económicas se vuelvan más extractivas y se detenga el crecimiento. Los que controlan el poder político finalmente encontrarán más beneficioso utilizar su poder para limitar la competencia, aumentar su trozo del pastel o incluso robar y saquear en vez de apoyar el progreso económico. La distribución del poder y la capacidad para ejercerlo socavarán, en última instancia, las propias bases de la prosperidad económica, a menos que las instituciones políticas pasen de ser extractivas a ser inclusivas.