Capítulo 8

 

 

 

Caroline deseaba que aquella nueva dimensión artificial de su relación la hiciera aceptar que Giancarlo y ella no formaban una pareja. Una semana antes, cuando habían iniciado aquella farsa, había tratado de que su cerebro domara su rebelde corazón para separarse de Giancarlo, pero todo se había ido al traste con el fin de mantener a Alberto en su error.

Supuestamente eran una pareja locamente enamorada, con campanas de boda sonando en la lejanía, por lo que los gestos de afecto se habían vuelto de rigor. Giancarlo se había apropiado del papel de amante perdidamente enamorado con un entusiasmo que ella consideraba excesivo.

—¿Cómo vamos a encontrar el momento oportuno de decirle a tu padre que nos estamos distanciando cuando no dejas de acariciarme siempre que estamos juntos? ¡No damos la impresión de dos personas que han cometido un tremendo error! —le había gritado ella tres días antes, después de un día pasado en la piscina en que la había acariciado y abrazado en el agua, ante la atenta mirada de Alberto.

Se daba cuenta de que se había quedado sin defensas y de que estaba sucumbiendo al mito que se habían inventado sobre sí mismos.

—Veremos cómo van las cosas —le había recordado él.

Giancarlo era irresistible y, aunque ella sabía que todo era una ficción por la que tendría que pagar, cada hora se sumergía más profundamente en una sensación de felicidad.

Alberto no habló de cómo iban a dormir. Caroline sabía que, en teoría, Giancarlo y ella no deberían hacerlo juntos, que debería mantenerlo a distancia, y dormir con él era justamente lo contrario. Pero cada vez que la voz de la razón se manifestaba, otra más fuerte le decía que ya no tenía nada que perder.

Giancarlo y ella tenían los días contados, así que, ¿por qué no aprovecharlos y limitarse a disfrutar?

Además, todas las nobles intenciones de ella se estrellaban contra el humor, la inteligencia y el encanto de Giancarlo. En lugar de enfadarse con él por ponerla en aquella situación con Alberto, se sentía cada vez más vulnerable.

Los días siguientes recorrieron la costa con Alberto y Tessa. Giancarlo se mostró relajado y muy atento. Solo caminar agarrada de su mano hacía que el corazón de Caroline latiera más deprisa.

Y llegó el momento en que decidieron volver a Milán durante tres días para resolver asuntos de Giancarlo.

—Creo que debería quedarme —le había propuesto ella sin mucha convicción mientras él le desabrochaba la blusa.

—Eres mi amada prometida —le respondió él sonriéndole—. Lo lógico es que quieras ver dónde trabajo y vivo.

—Tu supuesta prometida.

—No nos embrollemos en asuntos semánticos.

Para entonces ya le había desabotonado la blusa, y ella se quedó sin defensas al ver el deseo con que le miraba los senos desnudos. Cuando él cerró los ojos, le puso las manos en los hombros e introdujo un pezón en su boca, ella se había olvidado de lo que estaban diciendo.

Durante el viaje, Caroline tuvo muchas oportunidades de ver cómo era Giancarlo cuando trabajaba.

Habían tomado el tren, porque él lo consideraba más descansado y también porque quería preparar una serie de reuniones que tendría al llegar. Había reservado un vagón entero de primera clase para ellos, y los atendieron con la sumisión reverencial reservada a los muy ricos y poderosos.

Giancarlo dejó de ser el hombre en pantalones cortos y mocasines sin calcetines, el que se reía cuando ella trataba de alcanzarle nadando en la piscina. Aquel era un Giancarlo muy distinto, vestido con un elegante traje gris hecho a medida. Frente al ordenador personal, con el ceño fruncido mientras pasaba páginas y más páginas de informes, o hablando por teléfono en francés, inglés o italiano, dependiendo del interlocutor, era otra persona.

Caroline trató de fijarse en el paisaje, pero los ojos se le iban hacia él, fascinada ante aquel aspecto del hombre al que quería.

Era tarde cuando llegaron. Giancarlo tendría reuniones por la mañana, lo cual a ella le parecía bien, ya que tenía mucho que ver en la ciudad. Mientras él trabajara, haría turismo.

Un coche con chófer los esperaba en la estación, y ella sintió curiosidad por ver dónde viviría él.

Tras el aislamiento y la tranquilidad del chalé de la costa, se vio asaltada por el frenesí de Milán, con las calles llenas de trabajadores y turistas. Pero solo durante un rato, ya que el piso de Giancarlo se hallaba en una callejuela adoquinada. A ella no le hizo falta que un agente inmobiliario le dijera que se hallaba en uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad.

El edifico ante el que se detuvo el coche era el súmmum de la elegancia, un palacio transformado en pisos para millonarios.

Giancarlo la condujo hasta su dúplex, que comprendía las dos últimas plantas.

Él parecía no darse cuenta del lujo que los rodeaba. En medio del corazón financiero de Italia, aquello era un oasis.

La vivienda no era como ella había esperado. A diferencia del chalé en la costa, fresco y aireado, con visillos que dejaban pasar la brisa, pero disminuían la luz del sol, en el dúplex había parqué, gruesas cortinas, muebles de exquisita factura y alfombras persas.

—Es increíble —murmuró mientras giraba sobre sí misma para contemplar la inmensa habitación en la que se hallaban.

Se dio cuenta, todavía con más claridad que antes, del abismo que los separaba. Eran amantes, sí, y él gozaba de ella, la deseaba, no podía dejar de tocarla... Pero vivían en mundos distintos.

—Me alegro de que te guste —dijo él mientras se situaba detrás de ella, la rodeaba con los brazos y hundía la cabeza en su cabello.

Ella llevaba un fino vestido de algodón con hombreras, que él bajó lentamente, y una fila de botones de arriba abajo, en la parte delantera, que comenzó a desabotonar. Le gustó que no llevara sujetador.

—Enséñame el resto de la casa —se abotonó los botones que él había comenzado a desabrochar, pero fue inútil ya que él repitió la acción.

—Te deseo. He perdido el tiempo con mucha gente, lo cual me ha impedido acariciarte.

Caroline se echó a reír con el placer habitual que experimentaba al oírle decir esas cosas, que hacía que se sintiera deseada, mareada y poderosa a la vez.

—¿Por qué es tan importante el sexo para ti? —murmuró mientras él comenzaba a jugar con sus senos, desde atrás, de modo que ella pudiera apoyarse en su cuerpo.

—Y tú, ¿por qué inicias una conversación profunda cuando sabes que hablar es lo último en lo que estoy pensando? —se rio suavemente—. Debería estar leyendo informes, pero no dejo de desearte ni un minuto.

—No creo que sea bueno —ella había arqueado la espalda y respiraba deprisa y con fuerza. Cerró los ojos al sentir los pezones entre sus dedos.

—Pues yo creo que es muy bueno. ¿Quieres ver mi habitación?

—Quiero ver todo el piso.

Él suspiró teatralmente y la soltó de mala gana. Hacía tiempo que había renunciado a la necesidad de llegar al fondo de su atractivo. Lo único que sabía era que, en cuanto estaba con ella, no podía evitar acariciarla. Incluso cuando no estaban juntos, le acudían a la mente imágenes de ella. Por eso no había dudado en pedirle que lo acompañara a Milán.

No concebía que no estuviera a su lado cuando la deseaba. Además, llevaba demasiado tiempo sin trabajar.

—De acuerdo —dio un paso atrás y la observó mientras se abotonaba el vestido—. Visita guiada del piso.

Caroline se recreó en cada detalle: se admiró ante la chimenea, acarició las cortinas, se maravilló ante los modernos electrodomésticos de la cocina...

El despacho era el de un hombre conectado con el mundo veinticuatro horas, siete días a la semana. Sin embargo, el escritorio que dominaba la habitación parecía tener siglos de antigüedad, y en las estanterías que cubrían dos de las paredes había primeras ediciones de la historia de Italia, junto a manuales de Derecho.

En el piso superior había cuatro dormitorios enormes y un salón, donde estaba la única televisión de la casa.

Cuando vio que ella la miraba, Giancarlo comentó:

—No la veo mucho, solo las noticias económicas.

—¡Qué aburrido eres! ¡Noticias económicas! ¿No tienes bastantes en la vida diaria como para tener que dedicar tu ocio a verlas en la televisión?

Él lanzó una carcajada y la miró complacido.

—Es la primera vez que me llaman aburrido. Me haces mucho bien, ¿lo sabías?

—¿Como si fuera un tónico? —sonrió—. También es la primera vez que me dicen algo así.

—Ven a mi dormitorio —le pidió él, impaciente, mientras ella metía la cabeza en todas las habitaciones y lanzaba grititos de placer ante distintos detalles, que él apenas percibía. No podía esperar a llevarla a su dormitorio. Ansiaba acariciarla y sentir su cuerpo suave y redondeado. La forma en que perdía el control en presencia de ella seguía dejándolo atónito.

—Tu madre debía de estar muy orgullosa de ti al verte prosperar de esta manera.

—¿Por lo interesada que era, como he descubierto? —le dirigió una sonrisa torcida—. ¿Cuánto hace que querías hacerme esa pregunta?

—Eres tan reservado que no quería sacar un tema incómodo, sobre todo desde que las cosas van tan bien entre Alberto y tú. Pero no puedo evitar pensar que te debe de haber alterado averiguar que las cosas no eran como creías.

—Menos de lo que pensaba —le confesó él tomándola de la mano—. Debería estar furioso porque mi madre reescribiera el pasado y determinara mi futuro para sus propios fines, pero...

Pero no lo estaba porque Caroline lo protegía, era la presencia tranquilizadora que le hacía más fácil aceptarlo, la voz suave que difuminaba la amargura y evitaba que aflorase.

—Soy lo suficientemente mayor como para mirar las cosas con perspectiva. Cuando era más joven, no sabía hacerlo. Mi juventud contribuyó a que adoptara una actitud dura ante mi padre, pero ahora veo que mi madre nunca llegó a madurar. Lo gracioso es que creo que habría sido más feliz si Alberto hubiera sido el hombre que se imaginaba. Le hubiera resultado más fácil entender la brusquedad que la comprensión. Él la siguió manteniendo a pesar de que ella le hubiera demostrado que era una irresponsable con el dinero.

Vaciló durante unos segundos.

—Tres años después de marcharnos trató de volver con mi padre, pero él la rechazó. Creo que fue entonces cuando decidió castigarlo impidiendo que me viera.

—Es horrible —dijo ella, al borde de las lágrimas.

Él se encogió de hombros.

—Es el pasado, no me tengas lástima. A pesar de que Adriana tuviera motivos turbios para obrar como lo hizo, y desde luego trató por todos los medios de evitar que me relacionara con mi padre, podía ser muy divertida. No todo era malo en ella. Hablaba sin pensar, actuaba sin prever las consecuencias y era muy ingenua con respecto al sexo opuesto. Al final, fue tan víctima como yo de su amargura.

Habían llegado al dormitorio. Él empujó la puerta y miró satisfecho la expresión placentera de ella mientras entraba.

Una pared estaba dominada por un ventanal desde el que se veía la ciudad entera. Caroline se dirigió hacia él, miró la vista y se volvió hacia Giancarlo, que la observaba sonriente.

—Sé que te parezco un poco paleta.

—No te preocupes, me gusta.

—Es que todo es tan espléndido aquí...

—Lo sé. Y nunca creí que este fuera mi estilo, pero supongo que me resulta relajante después de la vida ajetreada que llevo —se aproximó a ella—. Aquí resulta sencillo olvidarse de que existe el resto del mundo —la tomó por la cintura con una mano y con la otra desató el cordón de la cortina y dejó la habitación en penumbra.

Hicieron el amor lentamente. Él permaneció sobre el cuerpo de ella hasta extraerle el último suspiro de placer, y ella, a su vez, permaneció sobre el de él hasta que las sábanas se enredaron en sus cuerpos mientras cambiaban de posición para gozar el uno del otro.

Cuando acabaron había anochecido. Llamaron por teléfono para pedir comida. Caroline se sorprendió al ver que en la nevera no había lo básico.

A pesar de la opulencia de la decoración, era un piso de soltero. Caroline se burló de que tuviera quesos exquisitos, pero no huevos; los mejores vinos, pero no leche.

Después de una deliciosa cena, lavaron juntos los platos, porque él no tenía ni idea de cómo funcionaba el lavaplatos. Luego, ella se hizo un ovillo encima de él, en el sofá del salón, y estuvo leyendo mientras él revisaba papeles.

Era todo tan estupendo que a ella le resultó fácil apartar de sí la idea de que su amor estaba acabando con su orgullo y su sentido común.

—Despiértame antes de que te vayas por la mañana —le pidió ella apretándose contra él en la cama. Antes de conocerlo se metía en la cama con ropa, pero él había hecho que cambiara, y dormía desnuda.

Giancarlo sonrió y la besó en la comisura de los labios mientras ella bostezaba.

—¿Te he dejado exhausta?

—Eres insaciable.

—Solo de ti, mi amor.

Caroline se durmió mientras se aferraba a aquellas palabras y las guardaba para examinar su significado más tarde.

Cuando abrió los ojos, el sol trataba de penetrar la gruesa cortina. La cama estaba vacía. Se preguntó cuándo se habría marchado Giancarlo y por qué no se había despedido.

Aún no eran las nueve. En la encimera de la cocina halló media docena de huevos, pan, leche y una nota en la que le decía que él también sabía llenar la despensa.

Caroline sonrió porque aquello significaba un cambio, lo admitiera él o no.

Desayunó, agarró las guías de la ciudad que había llevado para el viaje y salió poco después de las diez. Al cabo de varias horas de hacer turismo, volvió cansada y esperando encontrar a Giancarlo en casa.

Él le había dicho que tal vez volviera tarde, pero no después de las ocho y media, por lo que tuvo tiempo de bañarse y probarse ante el espejo la falda y la blusa que se había comprado esa mañana. Si dejaba los tres primeros botones sin abrochar, y como no llevaba sujetador, él vería el movimiento de sus abundantes senos y el contorno de los pezones a través de la tela.

Se imaginó el brillo de sus ojos cuando la viera, y se estremeció.

Como faltaban aún dos horas para las ocho y media, se puso muy contenta al oír que llamaban a la puerta pensando que Giancarlo volvía pronto.

La abrió sonriendo. Pero la sonrisa se le borró del rostro y fue sustituida por una expresión confusa.

—¿Quién eres?

La mujer alta y rubia, con un cabello que le llegaba a la cintura, habló antes de que Caroline tuviera tiempo de ordenar sus pensamientos.

—¿Qué haces aquí? ¿Sabe Giancarlo que estás aquí? ¿Eres la doncella? Si es así, no vas vestida adecuadamente.

Empujó la puerta y Caroline se echó a un lado, desconcertada.

La hermosa rubia, vestida elegantemente y con un bolso de diseño y tacones de aguja, entró, echó una mirada recelosa alrededor y finalmente volvió a mirarla.

—¿Entonces? —se cruzó de brazos impaciente—. ¡Explícate!

—¿Quién eres tú? Giancarlo no me ha dicho que esperara a nadie.

—¿Giancarlo? ¿Desde cuándo una doncella llama al señor por su nombre? Ya verás cuando se entere Giancarlo.

—No soy la doncella. Soy... Soy... —estaba segura de que Giancarlo no querría que dijera que era su prometida cuando no era verdad—. Tenemos... una relación.

La mujer se echó a reír con genuina incredulidad. Caroline estaba petrificada. Ante aquella estupenda rubia, se sentía ridícula.

—Estás de broma, ¿no?

—Pues no. Llevamos juntos varias semanas.

—Giancarlo nunca saldría con alguien como tú —afirmó la rubia en tono exageradamente paciente, como si tratara de explicarle lo evidente a una lunática.

—¿Cómo?

—Soy Lucia. Giancarlo y yo éramos pareja hasta que decidí dejarlo hace unos meses, debido a mi trabajo. Soy modelo, y lamento decirte que yo sí soy la clase de mujer con la que él sale.

Se produjo un largo silencio.

Giancarlo salía con modelos. Le gustaban rubias y de largas piernas. Su tipo no era una morena, bajita y con curvas. Caroline deseó llevar un anillo de compromiso para ponérselo delante de las narices a la rubia, que le sonreía con suficiencia, pero, a pesar de la insistencia de Alberto, no habían ido a comprarlo.

—Dile que he venido —le ordenó la mujer mientras se dirigía pavoneándose a la puerta—. Dile que tenía razón, que no podía seguir viajando constantemente y que he decidido tomarme un descanso, así que puede llamarme cuando quiera.

—¿Llamarte para qué? —se obligó a preguntarle ella.

—¿Tú qué crees? —Lucia enarcó las cejas de manera cómplice—. Aunque pienses que soy una bruja por lo que voy a decirte, te lo diré de todos modos. Giancarlo se está divirtiendo un poco contigo porque está destrozado porque lo he dejado, pero no eres más que eso para él, una diversión. Y no va a durar. Hazte un favor y márchate mientras puedas. Ciao, querida.

Caroline permaneció inmóvil durante varios minutos. Tenía el cerebro como aletargado y le costaba enlazar las ideas.

Esa era la vida real de Giancarlo: hermosas mujeres adecuadas a su vida sofisticada. Se había tomado unas vacaciones y había acabado acostándose con ella. En unas circunstancias excepcionales, había abandonado su papel y había hecho el amor con una mujer a la que, en circunstancias normales, no hubiera prestado atención, ya que era de la clase que emplearía como doncella.

Más aterradora le resultó la sospecha de que había sido la que tenía a mano. Ella había sido el conveniente eslabón entre su padre y él, le había servido para salvar un abismo que, de otra manera, hubiera sido muy difícil de salvar. Acostarse con ella había sido un plus.

Giancarlo se había hallado en una situación en la que tenía todas las de ganar y, siendo quien era, la había aprovechado. Y ella había sido una compañera de cama que le otorgaba los privilegios de una verdadera relación sin ninguna de sus expectativas.

Llena de dolor, se sintió ridícula con la ropa que llevaba y avergonzada de haberse vestido para él. La mortificaba la facilidad con la que se había entregado a él en cuerpo y alma hasta convertirlo en el centro de su vida. Se había atrevido a imaginar lo imposible: que él correspondería a su amor.

Se cambió de ropa a toda prisa. Con manos temblorosas agarró unos vaqueros y una camiseta. Fue como volver a su antigua vida y a la realidad.

Quería huir, pero se forzó a poner la televisión. Y allí estaba cuando una hora y media después oyó a Giancarlo meter la llave en la cerradura. Se quedó sentada frente al televisor hasta que él entró en el salón. Mientras se le acercaba esbozando una de sus maravillosas sonrisas comenzó a aflojarse la corbata y a desabrocharse la camisa.

A pesar de estar triste y desilusionada, Caroline no pudo evitar la reacción instintiva de su cuerpo y se esforzó por apaciguar su pulso acelerado.

—No te haces idea de lo mucho que deseaba volver —afirmó él. Lanzó la corbata a uno de los sofás y se agachó ante la silla en la que ella estaba sentada agarrando el respaldo con ambas manos, como si la estuviera enjaulando.

Caroline respiraba con dificultad.

—¿De verdad?

—De verdad. No he dejado de pensar en que me estarías esperando.

«Como un fiel perrito», pensó ella.

—He dejado a mi brazo derecho en la reunión. Entre quedarme y volver, la elección no ha sido difícil. ¿Comemos primero? ¿Pido algo?

«¿Por qué ibas a llevarme a cenar y acortar así el tiempo que puedes estar conmigo en la cama? Eso hasta que te aburras, ya que no me parezco en absoluto a las mujeres con las que te gusta salir. Mujeres altas y de largas piernas, con la melena rubia que les llega hasta la cintura y con nombres exóticos. Como el de Lucia».

—No dices nada —se incorporó y se sentó en la silla más cercana—. Siento no haber podido acompañarte hoy. Me hubiera encantado enseñarte la ciudad. ¿Te has aburrido?

Caroline recuperó el habla.

—Me lo he pasado muy bien. He visto la catedral, el museo y he comido en la terraza de un restaurante.

Giancarlo presintió que ocurría algo, pero no sabía qué podía ser.

—Me parece que algo va mal.

Se había despertado a su lado muy temprano y la había observado dormir como un bebé. Parecía tremendamente joven y tentadora. Se había resistido al deseo de despertarla a las cinco y media de la mañana para hacer el amor. Se dio una ducha fría y pasó el resto del día contando los minutos que faltaban para volver a verla. Nunca había tenido tantas ganas de regresar a su piso.

—¿Ha pasado algo? —le preguntó—. No me hago responsable de lo que hagan mis conciudadanos, pero se dice que algunos se toman libertades con las turistas. ¿Te ha molestado alguien? ¿Te han seguido? —se estaba enfadando y cerró los puños ante la idea de que se hubiera sentido acosada.

—Sí, ha pasado algo —replicó ella en voz baja apartando la mirada—. Pero no lo que dices. Nadie me ha molestado en la ciudad. Y, a propósito, si alguien lo hubiera hecho, sé cuidar de mí misma, no soy idiota.

—¿Qué ha pasado, entonces?

—He tenido una visita —volvió a mirar su hermoso rostro. Uno podía perderse en aquellos ojos oscuros. ¿No lo había hecho ella?

—¿Una visita? ¿Aquí?

Ella asintió.

—Rubia, alta y de piernas largas. Ya sabrás a quién me refiero. Se llama Lucia.