Capítulo 7
Caroline se apoyó en un codo y miró a Giancarlo, que dormitaba. Debido a la pasión del amor, las sábanas formaban una masa arrugada. A la luz de la luna, los miembros masculinos en reposo eran como los de una estatua caída perfectamente esculpida.
Ardía en deseos de acariciarlos. De hecho, sentía entre los muslos una palpitación reveladora y una humedad que ansiaban la caricia de su boca y de sus manos .
Casi dos semanas antes, él le había preguntado si estaba dispuesta a atenerse a las consecuencias. ¡Sí! No había tenido que pensárselo.
Esa primera vez, y le parecía que habían pasado un millón de años desde entonces, no habían hecho el amor, o no completamente, porque él era muy escrupuloso en cuanto a la anticoncepción. Se habían acariciado, y ella nunca hubiera imaginado que acariciarse fuera tan fantástico. Él le lamió cada centímetro de la piel hasta que ella estuvo a punto de desmayarse.
Para ella ya no hubo vuelta atrás.
Los pocos días que Giancarlo había planeado estar de visita se convirtieron en dos semanas, y allí seguía, ya que se había impuesto la tarea de controlar los cambios fundamentales que había que realizar en la empresa de Alberto. Un grupo de trabajadores de su confianza había llegado para obrar el milagro. Se alojaba en un hotel de la vecindad mientras Giancarlo seguía en la mansión y se dedicaba a retomar una relación borrada por el tiempo. Buena parte del día estaba fuera y volvía a última hora de la tarde para seguir una especie de rutina.
Alberto siempre estaba en su silla preferida en el salón. Giancarlo se tomaba algo de beber con él mientras Caroline, en el piso superior, se preparaba con el corazón latiéndole a toda prisa para verlo por primera vez en el día.
Alberto no sospechaba nada. Ella era de natural abierto y sincero, y se sentía culpable por tener que ocultar la relación que mantenía con Giancarlo. El hecho de las extrañas circunstancias en que se habían conocido y de que, de no haber sido por ellas, sus caminos nunca se hubieran cruzado, era una realidad inquietante que siempre tenía presente, aunque prefería no reflexionar sobre ella. ¿Con qué fin? Desde el momento en que ella había cerrado los ojos y le había ofrecido sus labios a Giancarlo, no había habido vuelta atrás.
Así que, por la noche, cuando Alberto se había dormido, ella se deslizaba hasta la habitación de su hijo, o este iba a la de ella. Hablaban en voz baja, hacían el amor y volvían a hacerlo como dos adolescentes que nunca lograran saciarse el uno del otro.
—Me estás mirando —a Giancarlo siempre le había irritado que las mujeres lo miraran como si fuera un modelo de valla publicitaria. Sin embargo, le gustaba que Caroline lo hiciera.
Cuando estaban con Alberto y ella lo miraba a hurtadillas, se excitaba. En más de una ocasión había tenido que resistirse al impulso de llevársela de la habitación y hacerle el amor donde fuera.
—¿Ah, sí?
—Me gusta. ¿Te ofrezco algo más que mirar? —lentamente retiró la sábana y expuso toda su desnudez. Ella suspiró suavemente y se estremeció.
Giancarlo la agarró y ella cayó de buena gana en sus brazos. El la colocó encima y se frotó contra ella para que pudiera apreciar la dureza de su erección. Ella apoyó los codos en su pecho y su largo cabello le cayó hacia delante como una cortina, enmarcándole la cara. Él observó su boca de labios llenos, la pasión que había en sus ojos y el suave balanceo de sus senos, cuyos pezones casi le rozaban el pecho.
¿Qué tenía el cuerpo de aquella mujer que lo volvía loco?
Solo hacía un ahora que habían hecho el amor, pero volvía a estar dispuesto. La atrajo hacia él para poder besarla y ella colocó su cuerpo de manera que él se deslizó por su húmedo interior.
—Eres una bruja —gimió al tiempo que, dándose la vuelta, se ponía encima de ella.
Caroline sonrió satisfecha, como el gato que no solo se ha tomado la leche, sino que ha averiguado dónde puede conseguirla siempre que quiera.
Giancarlo le echó la cabeza hacia atrás para poder besarla en el cuello mientras ella se retorcía debajo de él. Caroline no parecía saciarse de su boca en su cuerpo, y cuando le tomó un pezón con los labios, gimió suavemente y abrió los brazos para recibir las caricias de su lengua en el pezón erecto. Ella le metió los dedos en el cabello mientras él no dejaba de chupar, lamer y mordisquear.
Al sentirse dolorosamente húmeda, Caroline lo enlazó con las piernas y lanzó un grito de satisfacción cuando él empezó a moverse.
Habían llegado a la casa de la costa dos días antes y, aunque no era tan grande como la mansión del lago, se gozaba de intimidad a la hora de hacer ruido. Alberto y Tessa estaban en un ala de la casa; ellos dos, en la otra. Caroline se lo había explicado a Alberto diciéndole que era mejor que estuviera cerca de Tessa. Le sorprendió que el anciano no discutiera, como era habitual.
—Más despacio, mi brujita —Giancarlo se detuvo para mirarle los senos, que siempre le provocaban un deseo primario que no había experimentado con ninguna otra mujer. Los círculos de los pezones eran grandes y oscuros, y vio la palidez de la piel donde no le había dado el sol. Se inclinó y le lamió un seno por un costado mientras gozaba de la sensación de sentir su peso en la cara. Después se deslizó hasta su estómago y le rodeó el ombligo con la lengua.
Ella tomó aire anticipando lo que vendría y lo expulsó en un largo gemido cuando él le lamió la punta del clítoris y repitió el mismo movimiento hasta que ella estuvo a punto de gritar.
Caroline miró la cabeza masculina oculta entre sus muslos, y le resultó tan erótico que se estremeció.
Apenas podía seguir soportando la agonía de la espera cuando él, por fin, se puso un preservativo y la penetró con fuerza. Le colocó las manos bajo las nalgas y siguió moviéndose rítmicamente. La oleada de sensaciones tocó techo y ella se puso rígida y gimió mientras cerraba los ojos y se sentía saciada y exhausta.
Giancarlo, que se sentía igual, se apartó de ella y se quedó tendido a su lado, con un brazo extendido y el otro abrazándola.
Caroline sintió la tentación, y no era la primera vez, de preguntarle qué sucedería con ellos. Era indudable que algo tan bueno como aquello no estaba destinado a acabar.
Pero resistió la tentación. Hacía tiempo que había dejado de engañarse diciéndose que lo que sentía por él era simplemente deseo. Lo era, en efecto, pero envuelto en amor. Y sabía, por instinto, que el amor era una emoción peligrosa de la que era mejor no hablarle.
Lo único que podía hacer era esperar que, poco a poco, ella se convirtiera en una parte indispensable de su vida.
Era cierto que disfrutaban de su mutua compañía. Él la hacía reír y le había dicho muchas veces que era única. Única y hermosa. Eso debía significar algo.
—Tengo que volver a mi habitación. Es tarde y estoy muy cansada.
—¿Demasiado para un baño?
Ella soltó una risita.
—Tus baños no son buenos para alguien que necesita dormir.
—¿Por qué dices eso? —le preguntó, y sonrió cuando vio que ella bostezaba discretamente—. No hay muchas mujeres que se hayan quedado dormidas estando conmigo,
Entonces fue ella la que le sonrió.
—¿Se debe a que les dices que no se lo permites?
—Se debe a que no tienen la oportunidad. No me gusta alargar la situación después del coito.
—¿Por qué? ¿Porque conversar demasiado equivale a comprometerse demasiado?
—¿Por qué estamos hablando de esto?
Caroline se encogió de hombros.
—Solo quiero saber si soy una más de la larga lista de mujeres con las que te acuestas, pero sin comprometerte.
—No voy a entrar en ese tipo de debate. Como es natural, hablo con las mujeres con las que salgo: antes de cenar, después de cenar, en reuniones sociales... Pero el tiempo después de hacer el amor es mío. Nunca las he animado a quedarse en la cama charlando sobre temas intrascendentes.
—¿Por qué no? Y no me digas que hago demasiadas preguntas. Me pica la curiosidad, eso es todo.
—Recuerda que por querer saber, la zorra perdió la cola.
—¡Olvídalo! —elle explotó de repente—. Era una pregunta, nada más. Te pones a la defensiva cuando se te pregunta algo que no quieres oír.
El instinto de Giancarlo le decía que no abandonara la conversación, aunque no le gustaba el giro que estaba tomando.
—Tal vez no haya encontrado a la mujer con la que quiero hablar en la cama —murmuró mientras la atraía hacia sí—. No discutamos —le dijo en tono persuasivo—. La costa está esperando a que la descubramos.
—¿Estás seguro de que puedes estar todo este tiempo sin trabajar?
—Es sorprendente, pero comienzo a darme cuenta de los beneficios de Internet. Es casi como estar en el despacho, pero con la ventaja de tener una mujer sexy a mi lado —le acarició la cintura y subió hasta uno de sus senos.
—Y estás enseñando a Albero a usar Internet —ella se alegró de olvidarse de aquel momento de incomodidad. No quería discutir—. Le gustan mucho tus clases —le dijo mientras le acariciaba un hombro—. Me parece que le resulta maravillosa la experiencia completa de tener un hijo. Sé que te sientes culpable por haber pensado que el pasado había sido distinto, pero él también se siente culpable.
—¿Te lo ha dicho?
—El otro día, cuando estábamos en el jardín, dijo que era un viejo orgulloso y ridículo, que es su manera de lamentar el no haberse puesto en contacto contigo durante todos estos años —miró el reloj de la mesilla y vio que era casi las dos de la mañana. Le pesaban los párpados. El calor del cuerpo de Giancarlo le embotaba los sentidos, pero comenzó a desplazarse hacia el borde de la cama.
—Quédate —le pidió él mientras volvía a atraerla hacia sí.
—No seas tonto.
—Alberto no se levanta hasta las ocho y no aparece en el comedor hasta las nueve y media. Puedes levantarte a las siete y estar en tu habitación cinco minutos después. ¿No te tienta la idea de hacer el amor muy temprano? —no sabía cómo se le había ocurrido hacerle esa sugerencia. Nunca había animado a una mujer a quedarse a dormir con él. Ninguna lo había hecho.
Estaba haciendo novillos de la vida real, o al menos era lo que le parecía. ¿Y por qué no? Después de haber dedicado todas sus energías a hacer dinero, una ambición fomentada por su madre, ¿por qué no iba a poder disfrutar de un tiempo al margen de todo eso?
Ni su padre ni él se habían enfrascado en largas conversaciones sobre el pasado. Con el tiempo irían rellenando lagunas. Y él lo estaba deseando. Alberto le había explicado lo necesario para que se hiciera una idea más equilibrada del pasado, pero sin culpar a nadie. Después de un ataque de ira inicial contra su madre y contra sí mismo, había llegado a la conclusión de que el pasado no podía cambiarse, por lo que no debía castigarse a sí mismo.
Sin embargo, le apetecía retirarse de la competición durante unas semanas. Si Alberto se había quedado sin su hijo durante tantos años, él también se había quedado sin padre, y era un vacío que quería llenar gradualmente, yendo ambos en la misma dirección.
Sus pensamientos se volvieron hacia Caroline, que formaba parte de la compleja situación. Se dio cuenta de que ella reflexionaba sobre su propuesta. Para ayudarla a decidirse, le puso la mano en un seno y se lo masajeó suavemente. Y aunque estuviera cansada, el pezón comenzó a endurecérsele.
—No juegas limpio —murmuró ella.
—¿Y desde cuándo esperas que lo haga?
—No siempre puedes obtener lo que deseas.
—¿Por qué no? ¿No quieres despertarte por la mañana mientras te acaricio así? —deslizó la mano entre sus muslos y la acarició lentamente hasta que a ella comenzó a acelerársele la respiración.
La miró a la cara al tiempo que seguía acariciándola. Se le estaba enrojeciendo mientras comenzaba a moverse bajo sus dedos y a retorcerse, hasta que se detuvo con un grito ahogado.
A él le pareció que nunca iba a cansarse de disfrutar de su cuerpo. Había dejado de preguntarse qué poder ejercía sobre él. Lo único que sabía era que la quería con él en la cama porque deseaba despertarse a su lado.
—De acuerdo, tú ganas —Caroline suspiró. Sabía que no debería quedarse, que lo único que hacía era añadir una carta al castillo de naipes que había construido. Lo amaba, y era muy fácil pasar por alto que la palabra «amor» nunca hubiera salido de los labios de Giancarlo. Pero quería estar con él, a pesar del precio que tuviera que pagar.
Él la besó en los parpados.
Cuando ella volvió a abrir los ojos, el sol entraba por las rendijas de los postigos. Giancarlo tenía el brazo apoyado en sus senos.
Se levantó de un salto mientras él, soñoliento, trataba de atraerla hacia sí.
—¡Giancarlo! ¡Son más de la siete! ¡Tengo que irme!
Ya completamente despierto, él reprimió el deseo de quedarse con ella en la cama sin tener en cuenta las consecuencias. Ella buscaba ansiosamente su ropa mientras él la miraba sentado en el borde de la cama.
—¿Buscas esto, por causalidad? —preguntó él sosteniendo el sujetador de algodón en una mano.
Caroline trató de arrebatárselo.
—Tendrás que darme algo a cambio si lo quieres —como estaba sentado en el borde de la cama y ella se hallaba frente a él, frotó la cara en sus senos.
—¡No tenemos tiempo!
Intentó apartarlo y quitarle el sujetador, pero no se resistió cuando él la tumbó en la cama.
—Te sorprenderás de lo rápido que soy.
Rápido y satisfactorio.
A las siete y media pasadas, Caroline salió de la habitación. Sabía que no tenía que tomar demasiadas precauciones, porque, como había dicho Giancarlo, su padre se levantaba tarde.
—Quédate en la cama todo el tiempo que quieras. Es un privilegio de los adolescentes y de los ancianos —le había dicho Alberto cuando comenzó a vivir con él.
Por eso, al salir de la habitación de Giancarlo, lo último que ella se esperaba era encontrarse a Alberto en el pasillo.
—¿Qué es esto, querida?
Ella se quedó petrificada y se ruborizó.
—Si no me equivoco, esa es la habitación de mi hijo.
—Creí que estarías dormido —fue lo único que a Caroline se le ocurrió decir.
Alberto enarcó las cejas y, mientras ella se devanaba los sesos tratando de hallar una explicación, Giancarlo abrió la puerta de la habitación.
—No te molestes. Mi padre no ha nacido ayer y estoy seguro de que sabe lo que ha pasado.
Ella se dio la vuelta y vio que él ni siquiera se había tomado la molestia de vestirse. Se había puesto una bata. Ella se preguntó si llevaría algo debajo, y estuvo a punto de echarse a reír como una loca.
La tentación de reírse fue sustituida por la de gemir y darse cabezazos contra la pared.
—No sé cómo tomármelo —dijo Alberto débilmente—. ¡No me esperaba esto de ninguno de los dos!
—Lo siento mucho —afirmó ella. De pronto, se sintió avergonzada, como una adolescente que recibiera una regañina.
—Te seré sincero, hijo mío: me has decepcionado.
Negó tristemente con la cabeza y suspiró mientras Giancarlo y Caroline permanecían inmóviles, sin saber qué decir. Este fue el primero en reaccionar. Se acercó a su padre.
—Papá...
Alberto, que se había dado la vuelta, detuvo sus pasos vacilantes, se apoyó en el bastón y volvió la cabeza.
Giancarlo también se detuvo. Era la primera vez que lo había llamado «papá» en vez de Alberto.
—Sé lo que estarás pensando.
—Lo dudo mucho, hijo —afirmó el anciano con pesar—. Sé que estoy un poco chapado a la antigua sobre estas cosas y que esta es tu casa y eres una persona adulta que puede hace lo que quiera en ella, pero dime: ¿cuánto tiempo hace que dura esto? ¿Ya os estabais portando mal en mi casa?
—Yo no lo llamaría portarse mal —dijo Giancarlo. Se había sonrojado.
Pero Alberto no lo miraba a él, sino a Caroline.
—Cuando tus padres te mandaron a Italia, no creo que se esperaran esto —le dijo con voz dura, lo cual aumentó el sentimiento de culpa de ella—. Me confiaron tu bienestar, y estoy seguro de que no solo se referían a que te alimentara.
—Ya basta, papá. Caroline está a salvo conmigo. Los dos somos adultos y...
—¡Bah! —exclamó el anciano haciendo un gesto de impaciencia con la mano.
—No somos un par de idiotas que no se haya detenido a analizar las consecuencias —Giancarlo habló con voz firme y segura.
—Sigue.
Caroline estaba fascinada. Se había aproximado a ellos, pero la espalda de Giancarlo le impedía ver a su decepcionado padre.
—Puede que en el pasado haya tenido relaciones al azar... —era una confidencia que había hecho a su padre después de haberse tomado varias copas—. Pero entre Caroline y yo hay algo distinto —giró la cabeza para mirarla—. ¿Verdad?
—Esto... —balbuceó ella.
—De hecho, ayer mismo hablamos de qué íbamos a hacer.
—Ah, ¿vais en serio? Entonces la cosa cambia. Caroline, te conozco lo suficiente para saber que eres de las que quieren casarse. Supongo que de lo que hablamos aquí es de matrimonio ¿no? —les sonrió,
Caroline los miraba boquiabierta.
—El matrimonio lo cambia todo. Aunque soy viejo me doy cuenta de que los jóvenes tienden a, ¿cómo decirlo?, experimentar más antes de casarse que los de mi generación. Me parece increíble que no me hayáis dicho nada.
No consintió que lo interrumpieran.
—Pero tengo ojos en la cara, hijo mío. Me he dado cuenta, al verte tan relajado, de que algo había cambiado. En cuanto a Caroline, se pone muy nerviosa cuando estás presente. Las señales estaban ahí. No sabéis lo que esto significa para mí después de haber visto la muerte de cerca.
—Esto... Alberto... —Giancarlo trató de hablar.
—A mi edad hay que tener algo a lo que agarrarse, sobre todo después del infarto. Creo que necesito descansar después de estas emociones. Ojalá me lo hubierais dicho en vez de dejar que lo descubriera, aunque el resultado sea el mismo.
—No te dijimos nada porque no queríamos que te emocionaras más de la cuenta —Giancarlo se acercó a Caroline y le pasó el brazo por los hombros.
—¡Lo entiendo! —exclamó Alberto con aire satisfecho—. Estoy encantado. Ya sabes, Giancarlo, el excelente concepto que tengo de tu prometida. ¿Puedo llamarte así, querida?
¿Que estaba prometida? ¿Que se iban a casar? ¿Se había visto transportada, sin darse cuenta, a un universo paralelo?
—Íbamos a decírtelo esta noche, durante la cena —afirmó Giancarlo con tanta seguridad que ella se maravilló de sus dotes de actor. ¿Hasta dónde pensaba llegar?
—Supongo que querréis comprar el anillo. Puedo ir con vosotros —sugirió Alberto—. Sé que es algo íntimo, pero no se me ocurre nada que me llene más de esperanza y optimismo; no encuentro una razón mejor para seguir.
—¿Para seguir hacia dónde? —preguntó Tessa caminando hacia ellos—. Eres peor que un niño, Alberto. Te dije que me esperaras para que te ayudara a bajar a desayunar.
—¿Te parece que necesito ayuda? —agitó su bastón hacia ella—. ¡Dentro de una semana ni siquiera necesitaré este trasto para caminar! Y, aunque no sea parte de tu trabajo meter las narices donde no te llaman, debes saber que estos jóvenes van a casarse.
—¿Cuándo? —preguntó Tessa, llena de emoción.
—Buena pregunta —dijo Alberto—. ¿Habéis fijado una fecha?
Por fin, Caroline consiguió despegar la lengua del paladar. Se soltó del brazo de Giancarlo y cruzó los suyos.
—No, claro que no, Alberto. Y creo que deberíamos dejar de hablar de este tema. Todavía estamos planeándolo todo.
—Tienes razón. Hablaremos después de cenar —Alberto fulminó a Tessa con la mirada, pero esta le sonrió—. Compra dos botellas del mejor champán y ni se te ocurra sermonearme sobre los peligros de la bebida. Esta noche lo celebraremos, y pienso tener algo bebible en la copa cuando brindemos.
—Muy bien —dijo Giancarlo cuando Tessa y su padre desaparecieron por fin por las escaleras—. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo iba a poner en peligro su salud, a desilusionarlo? Ya lo has oído: le hemos dado un motivo para seguir viviendo.
—¿Que qué otra cosa podías hacer? —preguntó Caroline incrédula. El compromiso y el matrimonio, que eran tan importantes para ella, cosas que había que tomarse muy en serio, no eran para él más que un medio oportuno de salir de una situación desagradable.
—Mi madre se acostaba con cualquiera —afirmó él con brusquedad—. Yo sabía que no era la persona más virtuosa del mundo. Nunca dejó de presentarme a sus amantes, pero permaneció soltera, pues estaba destrozada después de su fallido matrimonio y buscaba desesperadamente amor y afecto. Yo no sabía entonces que ya se acostaba con cualquiera mucho antes de divorciarse. Era muy guapa y muy frívola. Mi padre no ha utilizado la palabra «amoral», pero creo que es lo que piensa de ella.
—Y aquí estoy yo, el hijo perdido que vuelve. Estoy tratando de construir algo a partir de cero porque quiero relacionarme con mi padre. Al descubrir que dormimos juntos, si le hubiera hecho creer que solo se trataba de una aventura, ¿qué opinión se hubiera formado de mí? ¿Cuánto hubiera tardado en compararme con mi madre?
—Eso es una tontería —afirmó Caroline con suavidad—. Alberto no es así.
Pensó en el camino recorrido por Giancarlo, que en principio había accedido a volver a ver a su padre para vengarse de él. Pero el pasado se había reescrito y en aquel momento no sabía bien el terreno que pisaba. Ella comenzó a entender por qué estaba dispuesto a hacer lo que fuera para no poner en peligro aquel delicado equilibrio.
Pero ¿a qué precio?
Ella se había lanzado como una idiota hacia algo sin futuro y, cuando hubiera debido intentar salir de aquello, se encontraba aún más involucrada, aunque no por culpa suya.
—Si te he arrastrado a algo que no buscabas, lo siento, pero he obrado sin pensarlo —afirmó él.
—Está bien, pero esto es una locura. Alberto cree que estamos prometidos. ¿Qué hará cuando se entere de que es mentira? Ya le has oído decir que le da un motivo para seguir viviendo.
—Por eso te pido un gran favor: que me sigas el juego durante un tiempo.
—Sí, pero ¿por cuánto? —un compromiso fingido era un cruel recordatorio de lo que ella realmente deseaba: un compromiso real, planes de futuro reales con el hombre al que amaba.
—No te pido que dejes en suspenso tu vida, sino que me sigas la corriente: al fin y al cabo, muchos compromisos acaban en nada. Mientras tanto, puede suceder cualquier cosa.
—¿Te refieres a que Alberto reconocerá que no te pareces a tu madre, aunque te dediques a tener aventuras con mujeres a las que luego despachas cuando te aburres?
Giancarlo apretó los dientes.
—De nuevo demuestras tu talento para ir al fondo de la cuestión.
—Pero es verdad. Bueno, supongo que puedes endulzarle la píldora diciéndole que nos hemos distanciado porque no estamos hechos el uno para el otro.
—Por si no lo sabes, la gente se distancia y termina con relaciones que no llevan a ningún sitio.
—Pero tú eres distinto —Caroline insistió con obstinación—. No les das a los demás una oportunidad. Contigo, las relaciones no llegan a la fase de distanciamiento porque están condenadas a terminar mucho antes.
—¿Me estás diciendo con esto que no tienes intención de seguirme la corriente? ¿Que no apruebas lo que hago a pesar de haberte acostado conmigo?
—¡No estoy diciendo eso!
—Entonces, explícamelo, porque, si quieres que le diga a Alberto la verdad, que solo nos estamos divirtiendo, lo haré ahora mismo y tendremos que atenernos a las consecuencias.
Y las consecuencias serían dos: la relación que se estaba formando entre Giancarlo y su padre quedaría dañada y Alberto se sentiría decepcionado por la conducta de ella.
—Me siento atrapada —reconoció Caroline—, pero supongo que no será por mucho tiempo. Me siento fatal por mentir a tu padre.
—Todos merecemos que nos digan la verdad, pero, a veces, una mentira piadosa y sin importancia es menos dañina.
—Pero es que no es una mentira sin importancia.
Él se quedó callado. Se estaba dando cuenta de que no la conocía tanto como creía. O tal vez había supuesto que la satisfactoria relación física que mantenían garantizaba su disposición a aceptar lo que él quisiera.
—Ni tampoco es una mentira —apuntó él—. Lo que hay entre nosotros es algo más que una mera diversión.
Caroline deseaba creerlo con todo su corazón, pero la cautela, unida al instinto de conservación, le impidió profundizar en lo que él acababa de decir. Quería preguntarle qué sentía por ella; si era algo lo suficientemente intenso para llegar a quererla algún día.
Se sintió vulnerable ante esa idea. Creyó que él podría leerle el pensamiento y se preguntó si Giancarlo no habría querido tentarla con semejante observación para ganarla para su causa. Él no tendría inconveniente alguno en manipularla si convenía a sus fines.
Caroline pensó con tristeza que no hacía falta que la manipulara, ya que a ella no se le ocurriría poner en peligro la nueva relación entre padre e hijo. Hubiera sido una crueldad hacerlo.
—De acuerdo —dijo de mala gana—. Pero no por mucho tiempo, Giancarlo.
—No —murmuró él—. Veremos cómo van las cosas.