Capítulo 5
Caroline se quedó en el centro del barco toda la hora siguiente, sin mirar el agua, que le provocaba imágenes de personas ahogándose. Se dedicó a mirar a Giancarlo, lo cual era deliciosamente sencillo. Aunque llevara mucho tiempo sin navegar, recuperó con rapidez lo que había aprendido de niño.
—Es como montar en bicicleta. Cuando se ha aprendido nunca se olvida.
Caroline le miró las musculosas y bronceadas piernas. Como él solo pensaba quedarse un par de noches, había movido los hilos para que una tienda local abriera antes del horario habitual. A las ocho de esa mañana había ido en coche a la ciudad más cercana a comprar ropa, como los pantalones cortos de color caqui y la camisa prácticamente desabotonada que llevaba en aquel momento y que a ella le ofrecían una vista increíble de su cuerpo atlético.
Él le explicó cómo había aprendido a navegar. Siempre le había atraído el agua. A los cinco años tuvo su primera clase y, cuando se marchó del lago para siempre, podría haber pilotado su propio barco si hubiera tenido la edad legal.
Caroline asentía mientras pensaba en el beso que le había dado. Nunca la habían besado así. Ninguno de sus dos novios la había hecho sentir que el suelo giraba bajo sus pies, que las reglas del espacio y el tiempo se habían modificado y había alcanzado otra dimensión. Se maravilló de que un rostro tan frío y bello pudiera despertarle deseo, ya que nunca se había sentido atraída por un hombre únicamente por su aspecto.
También le sorprendió la forma en que había reaccionado ante el beso, deseando que no se acabara a pesar de que no le cayera bien el hombre al que estaba besando.
—¿Eh? ¿Me escuchas?
—¿Qué? —Caroline se dio cuenta de que el barco estaba prácticamente parado.
—Si sigues en esa postura, se te van a agarrotar los músculos —le informó Giancarlo—. Levántate. Anda un poco.
—¿Y si desequilibro el barco y me caigo al agua?
—Te rescataré. Pero sería más fácil hacerlo si te quitaras la ropa y te quedaras en traje de baño. Lo llevas puesto, ¿verdad?
—Claro que sí.
—Entonces, venga —para animarla, se quitó la camisa.
Ella quiso decirle que mirara hacia otro lado, pero era una actitud infantil. Se dijo que se había puesto ese bañador cientos de veces. En verano iba a la playa con sus amigos y, aunque no se bañaba, tomaba el sol y nunca se había sentido avergonzada.
Se quitó rápidamente la ropa, la dobló y tomó la toalla que Giancarlo había metido en una bolsa impermeable. Dio unos pasos temerosos por el barco. La realidad era que se sentía mucho más tranquila que al montarse en él. Tenía demasiadas cosas en que pensar para preocuparse de sus miedos.
Al mirarla, Giancarlo experimentó un intenso deseo puramente sexual. Ella, de perfil, contemplaba el mar. Su cuerpo era el más voluptuoso que había visto en su vida, a pesar de que el bañador negro que llevaba era anticuado y le cubría buena parte del cuerpo. Tenía una figura perfecta, por la que cualquier hombre se volvería loco. Se había soltado el pelo, que le llegaba casi hasta la cintura.
Se dio cuenta de que le costaba respirar, y su excitación era tan intensa y evidente, que se dio la vuelta para sacar la otra toalla que había llevado, junto con bebidas, algo para picar y protector solar.
Se sentó en la toalla y ella se volvió hacia él. Giancarlo estuvo a punto de decirle que se tapara al ver sus senos, cuyo tamaño ni siquiera aquel bañador podía ocultar.
—No te he preguntado si estás casado —dijo ella de repente. Se le aproximó y extendió la toalla para sentarse a su lado.
—¿Parezco un hombre casado?
—No. Y sé que no llevas el anillo, pero muchos hombres detestan cualquier tipo de joya. A mi padre no le gustan.
—Ni estoy casado ni tengo intención de estarlo. ¿Por qué me miras así?
—Es que no entiendo cómo puedes estar tan seguro.
Él se tumbó con las manos detrás de la nuca.
—No me gusta hablar de mi vida privada.
—No te he pedido que me abras tu corazón. Era pura curiosidad —ella dobló las piernas y se las rodeó con los brazos—. Siempre estás en tensión.
—¿Yo? —la miró con incredulidad.
—Es como si te diera miedo dejarte llevar.
—¿Como si me diera miedo?
—No quiero ofenderte.
—Me sorprende la paciencia que tengo contigo. ¿Es que nunca piensas antes de hablar?
—No te hubiera dicho nada si me hubieras contestado, pero da igual.
Él lanzó un suspiro mientra ella se tumbaba y cerraba los ojos para disfrutar del sol.
—He comprobado que la institución del matrimonio no es de fiar —reconoció él de mala gana—. Y no me refiero únicamente al maravilloso ejemplo de mis padres. Las estadísticas demuestran que hay que ser idiota para creer en ella.
Caroline abrió los ojos, se incorporó apoyándose en un codo y lo contempló con incredulidad.
—Yo soy una de esos idiotas.
—No me sorprende.
—¿Con qué derecho me dices eso?
Él alzó las manos en señal de rendición.
—No quiero discutir contigo, Caroline. Hace un día magnífico y llevo sin navegar mucho tiempo. De hecho, estas son las primeras vacaciones que me tomo desde hace años. No quiero estropearlas —esperó durante unos segundos y sonrió—. ¿Es que no vas a contestarme?
—Detesto discutir.
—¿No me digas?
Pero siguió sonriéndole. Ella se había sonrojado, pero no podía dejar de mirarlo. De pronto, sin motivo alguno, le pareció que estaban a millones de kilómetros de la civilización y que solo existían ellos dos. En aquel momento, lo único que quería era que la volviera a besar.
—Vale, pero tienes que reconocer que me das muchos motivos para discutir.
—Lo reconozco.
El tono divertido de su voz hizo que ella se sonrojara todavía más. Tuvo que recordar todas las razones por las que no le gustaba Giancarlo. Odiaba discutir, pero, en aquel momento, le pareció la mejor solución ante las sensaciones que su cuerpo y su mente experimentaban.
—¿Y tienes novias? —le espetó.
—¿Que si tengo novias? —a Giancarlo le resultó increíble que ella continuara una conversación que él pensaba que se había acabado. Apoyada en el codo, parecía una obra maestra del erotismo. Y lo más fascinante de todo era que estaba seguro de que ella no tenía ni idea de su poder de atracción.
—Me refiero a si hay alguien especial en tu vida.
—¿Por qué lo preguntas?
—No quiero hablar de Alberto —le explicó ella. En realidad, el sórdido negocio entre Giancarlo y su padre parecía un problema lejano mientras se mecían en el barco, en medio de las plácidas aguas del lago.
—¿Y solo se te ocurre meter las narices donde no te llaman? —a pesar de que debería sentirse ofendido por cómo ella estaba sobrepasando los límites, se encogió de hombros—. No, no hay nadie especial en mi vida, como tú dices, en este momento. La última mujer especial se marchó hace dos meses.
—¿Cómo era?
—Dócil y poco exigente al principio. Algo menos después, hasta que decidí que lo dejáramos. Suele pasar.
—Supongo que la mayoría de las mujeres desea algo más que una aventura.
—Lo sé, y es un error decisivo —afirmó él, y saltándose todas las restricciones que se había impuesto le preguntó—: ¿Y tú? Ahora que hemos decidido aparcar nuestras discusiones sobre Alberto, dime por qué una joven como tú se siente tentada de pasar un periodo de tiempo indefinido en mitad de la nada, con la única compañía de un anciano. Y no me repitas esas tonterías de los paseos por el jardín y el trabajo con los libros antiguos. ¿Has venido a Italia huyendo de algo?
—¿Huyendo de qué? —preguntó Caroline perpleja.
—¿Quién sabe? Tal vez acabaras harta de la vida en el campo, o tal vez te relacionaras con alguien que no daba la talla. ¿Fue eso? ¿Hubo alguien que te partió el corazón y por eso escapaste para venir aquí? Tiene lógica. Hija única, padres que la adoran y esperan mucho de ella... ¿Decidiste rebelarte y buscaste al hombre equivocado?
—Qué locura.
—¿Lo es? Pues no me lo parece.
—No busqué al hombre equivocado —replicó ella nerviosamente—. No me atraen... Esta conversación es estúpida.
—De acuerdo, puede que no huyeras de una tórrida aventura con un hombre casado. Entonces, ¿qué? ¿Te acabaron cansando las gallinas, las ovejas y los bailes en el pueblo los viernes por la noche?
Caroline lo miró resentida.
—¿Y bien?
—¡Por Dios! Tal vez me aburriera un poco, ¿y qué? —jugueteó con el borde de la toalla y lo fulminó con la mirada—. Italia me pareció una idea brillante. Londres es demasiado caro. Se necesita tener un trabajo bien remunerado para poder pagar el alquiler, y no quería ir a ninguna otra gran ciudad. Cuando mi padre me sugirió que darle un repaso a mi italiano me sería útil para el currículum y que iba a ponerse en contacto con Alberto, no lo dudé. Y cuando llegué aquí, Alberto y yo conectamos inmediatamente.
—Entonces, ¿por qué esa mirada culpable cuando te he preguntado?
—Creo que mis padres esperaban que me quedara en el campo, que viviera cerca de ellos, que me casara con uno de los chicos de allí...
—¿Te lo dijeron?
—No, pero...
—Seguro que querían que volaras del nido.
—No, estamos muy unidos.
—Si hubieran querido retenerte, no te hubieran propuesto que te fueras a Italia —afirmó Giancarlo—. Hazme caso, no son tontos. Te han ayudado a encontrar tu propio espacio. Es una lástima.
—¿El qué?
—Ya me estaba gustando la idea del amante inadecuado.
Caroline se percató de lo cerca que estaban el uno del otro y, al estar ella tumbada de costado se sentía incluso más vulnerable a la mirada masculina. Se sentó y se tapó las piernas con la toalla.
—No me atraen los hombres inadecuados.
—¿Qué entiendes por «inadecuado»? —le preguntó él mientras sacaba dos refrescos de la nevera portátil que había llevado.
Atrapada en una conversación que se estaba descontrolando, Caroline lo miró confusa. Agarró la lata que le tendía y se la pasó por las ardientes mejillas.
—¿Y bien?
—Me gustan los hombres amables y sensibles.
—Qué aburrido.
—No es aburrido que te gusten los hombres buenos, los que no van a fallarte.
—En ese caso, ¿dónde están esos hombres que no te fallan?
—Ahora no tengo una relación con nadie, si eso es lo que me preguntas —contestó ella con la esperanza de que él no detectara el nerviosismo de su voz.
—Me imagino que los hombres buenos pueden decepcionarte.
—Estoy segura de que algunas de tus antiguas novias no estarían de acuerdo.
Ella tenía las mejillas arreboladas y lo miraba a los ojos de forma excitante. ¿Se había inclinado él hacia ella? ¿O había sido ella la que había acortado la distancia entre ambos?
—Nunca he tenido quejas al respecto —murmuró él—. Es cierto que a algunas se les había metido en la cabeza que me podrían convencer de que la relación durara y que se sintieron decepcionadas cuando les aclaré las cosas, pero ¿quejas? ¿En el aspecto sexual? No. De hecho...
—No me interesa —le interrumpió ella en voz demasiado alta.
—Supongo que no has conocido a muchos sementales italianos —apuntó él. Se estaba divirtiendo mucho. Su estresante vida diaria había quedado abandonada en la orilla del lago Como. Estaba haciendo novillos y disfrutando cada minuto. Bajó la vista hacia los senos de Caroline. Aunque se hubiera tapado las piernas, no podía ocultar el resto de su cuerpo, ni él evitar admirarlo.
—No he venido aquí a conocerlos. No era ese mi objetivo.
—No, pero podía ser una agradable ventaja, a no ser que hayas dejado a alguien esperándote. ¿Hay algún chico que te espere? ¿Alguien que a tus padres les parezca muy bien? ¿Un granjero, tal vez?
Ella se preguntó por qué había elegido a un granjero. ¿Tal vez porque la consideraba una chica a la que le gustaba estar al aire libre, sana y robusta, de mejillas sonrosadas y mucho apetito? ¿Una clase de chica a la que él nunca hubiera besado a no ser por obligación, para distraerla y que no hiciera el ridículo sufriendo un ataque de pánico al montarse en un barco?
Se levantó, se acercó a la barandilla del barco y miró el lago.
La orilla estaba lejos, pero no tuvo miedo. Parecía que su miedo irracional al agua se había evaporado sin más ni más. No había espacio para esa estúpida fobia cuando Giancarlo había despertado todos sus sentidos. Y, a pesar de que le crispaba los nervios, su presencia le resultaba tranquilizadora. ¿Cómo era posible?
Se dio cuenta de que él estaba detrás de ella, por lo que se volvió rápidamente y apoyó la cintura en al barandilla.
—Esto es precioso y muy tranquilo. ¿No lo echas de menos? Sé que Milán es una ciudad comercial y bulliciosa, pero te criaste aquí. ¿No echas de menos la tranquilidad de los espacios abiertos?
—Creo que me confundes con uno de esos tipos sensibles que dices que te gustan —murmuró él. Se agarró a la barandilla con ambas manos dejando a Caroline en medio, asfixiándola con un abrazo que no era físico, con su cuerpo a unos centímetros del de ella.
—No me gusta la nostalgia. Además, no hay muchas cosas que me la puedan hacer sentir.
Le sonrió y una ola de calor invadió el cuerpo de Caroline. Apenas podía respirar. Se miraron a los ojos y ella comenzó a marearse ante la intensidad de su mirada.
No se dio cuenta de que había entrecerrado los ojos y entreabierto los labios.
Pero él sí se percató. El olor del deseo le ensanchó las aletas de la nariz. El cuerpo sexy de ella, unido a sus grandes ojos inocentes, le había producido una reacción en cadena que no podía controlar.
—Y cuando quiero huir de todo, me refugio en mi casa de la costa —de pronto se le ocurrió que le gustaría llevarla, algo que nunca había pensado con respecto a otra mujer. Era su territorio, su refugio privado de los problemas de la vida cotidiana, que siempre estaba listo esperándolo en las contadas ocasiones en que necesitaba usarlo.
—Tienes un pelo asombroso —tomó un mechón entre sus dedos.
Caroline tuvo la certeza de que la iba a besar. No sabía que pudiera desear algo con tanta intensidad. Alzó la mano y le introdujo los dedos en el pelo fino y oscuro.
Giancarlo ahogó un gemido y se perdió en un beso apasionado. Su lengua se unió a la de ella mientras le acariciaba la espalda con manos ávidas e impacientes.
Cuando, al inclinarse Caroline hacia él, sus senos lo empujaron, explotó de deseo y le bajó los tirantes del bañador a toda prisa. Cuando sus pechos derramaron su gloriosa abundancia tuvo que controlar la salvaje reacción de su masculinidad.
—¡Qué hermosa eres!
Caroline no se consideraba hermosa. Tal vez, razonablemente atractiva. Pero ¿hermosa?
Sin embargo, en aquel momento, al mirarlo con ojos enfebrecidos, creyó lo que le decía, se sintió dominada por la temeridad más absoluta y quiso regodearse en su admiración.
Él le miró los pezones y estos se le endurecieron de deseo. La capacidad de razonar la abandonó y gimió y arqueó la espalda cuando él le puso las manos en los senos, masajeándolos, alzándolos para observar mejor los pezones. Ella cerró los ojos y extendió los brazos sobre la barandilla.
Era la representación de una erótica diosa de la abundancia. Giancarlo bajó la cabeza y tomó con los labios uno de los sonrosados pezones, que ya se le había rendido.
Ella le agarró el cabello. Se sentía como una muñeca de trapo y creyó que iba a caerse cuando él le siguió acariciando los senos y chupando los pezones, introduciéndoselos en la boca para juguetear con la punta de los mismos con la lengua.
Caroline se sintió poderosa y dócil a la vez.
Cuando él le puso la mano en el muslo estuvo a punto de desmayarse. Le fue bajando el bañador mientras la besaba cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. La palidez del estómago femenino contrastaba fuertemente con el tono dorado de otras zonas de su cuerpo que habían estado expuestas al sol durante el verano.
Giancarlo se dio cuenta de que eso le gustaba. Era un cuerpo de verdad, el de una mujer viva, a diferencia del de las mujeres, perfectas como estatuas y bronceadas todas por igual, a las que estaba acostumbrado. Se irguió, colocó una pierna entre los muslos femeninos y comenzó a moverla lenta e insistentemente, lo que hizo que el barco se balanceara un poco. Caroline no se dio cuenta, ya que estaba en otro mundo y experimentaba sensaciones nuevas y maravillosas.
Volvió a la realidad bruscamente al oír el sonido de una motora. Lanzó un grito ahogado al ver el estado de semidesnudez en que se hallaba. Se sintió avergonzada porque su cuerpo se había declarado en rebeldía, había desobedecido todas las reglas del instinto de conservación y había flirteado con una situación claramente peligrosa.
Forcejeó para liberarse y el barco comenzó a balancearse, lo que hizo que perdiera el equilibrio.
—¿Qué demonios haces? Vas a conseguir que volquemos. Estate quieta.
Giancarlo trató de sostenerla con los brazos mientras ella intentaba frenéticamente subirse el bañador y ocultar el vergonzoso espectáculo de su desnudez.
—¿Cómo te has atrevido? —temblaba como una hoja mientras volvía al centro del barco.
Lo miró con ojos acusadores y Giancarlo, al que ninguna mujer había rechazado en su vida, se pasó la mano por el cabello con impaciencia.
—¿Cómo me he atrevido a qué?
—¡Lo sabes perfectamente!
Él dio unos pasos hacia ella y se indignó al ver que ella retrocedía. ¿Le resultaba amenazador?
—Lo que sé es que lo deseabas, y no sirve de nada que ahora te comportes como una virtuosa doncella cuya virginidad ha sido mancillada. Prácticamente te has lanzado sobre mí.
—No lo he hecho —susurró ella, consternada porque lo había hecho y no entendía el motivo. Giancarlo negó con la cabeza con una expresión de incredulidad tal que ella tuvo que apartar la mirada. Cuando volvió a mirarlo, estaba preparándose para volver a tierra. Parecía muy enfadado.
Caroline carraspeó. No serviría de nada dejar que la situación se pudriera a causa del silencio. Tenía que decir algo.
—Perdona. Sé que en parte ha sido culpa mía.
Giancarlo se volvió hacia ella con el ceño fruncido.
—Eres muy amable al dejar de acusarme de que pensaba aprovecharme de ti.
—Sé que no era tu intención. Mira... No sé lo que me ha pasado. ¡Ni siquiera me gustas! Desapruebo todo lo referente a ti.
—¿Todo? No exageres, no vaya a ser que tengas que retractarte.
Giancarlo estaba furioso por el inexplicable rechazo de ella, cuando era evidente que lo deseaba tanto como él, y aún más furioso por ser incapaz de mirarla por miedo a que el deseo volviera a apoderarse de él.
—Me pillaste desprevenida.
—¿Volvemos a lo mismo? Soy un seductor y tú una frágil florecilla.
—Es el calor —replicó ella, cada vez más desesperada—. Y la situación. Nunca había estado así, en medio del agua. Todo junto me ha superado. Es imposible que me sienta atraída por ti. No nos llevamos bien y me parece mal la razón por la que has venido a ver a Alberto. El dinero me da igual, y no me impresionan los que creen que ganarlo es lo más importante del mundo. Además, no me gustan los tipos que no se comprometen. No los respeto.
—A pesar de todo, no has podido resistirte a mí. ¿Qué crees que indica eso?
—Es lo que trato de decirte: ¡no indica nada!
Giancarlo percibió el horror en su voz y no supo cómo reaccionar. Le hubiera hecho el amor allí mismo, y no conseguía pensar en ninguna mujer a la que no le hubiera encantado dicha posibilidad. Se sintió insultado.
—Estarás de acuerdo en que debemos olvidar este desgraciado incidente y fingir que no ha ocurrido.
—Te sientes atraída por mí, Caroline.
—No. ¿No me has oído? Me he dejado llevar porque estoy en un barco. No me gustan los hombres como tú. Supongo que te resultará ofensivo, pero es la verdad.
—Te atraigo, y cuanto antes lo aceptes, mejor será.
—¿Y de dónde te sacas eso?
—Te has pasado la vida creyendo que tu hombre ideal era el chico al que le gusta ir al baile del pueblo los sábados y cuya máxima ambición es tener tres hijos y vivir en un adosado en la misma calle que tus padres. Del mismo modo que tratabas de convencerte de que vivir en el campo era lo que querías. Pues estabas equivocada en ambas cosas. La cabeza te dice lo que deberías desear, pero aquí estoy, y no puedes controlarte. No te preocupes porque, aunque parezca increíble, a mí me pasa lo mismo.
Caroline palideció ante el brutal resumen de todo aquello a lo que no quería enfrentarse. Su conducta carecía de sentido. Giancarlo no le gustaba en absoluto, pero había sucumbido a él a toda velocidad.
Era puro y simple deseo, y él quería que lo confesara porque tenía un ego como una catedral y no le importaba que lo hubiera rechazado. ¿Creía haberla halagado al decirle que, aunque pareciera increíble, lo atraía? ¿Creía de verdad que era un cumplido ser una novedad durante cinco minutos para alguien que después volvería con la clase de mujeres que le gustaba?
Las señales de alarma comenzaron a sonarle en el cerebro con tanta intensidad que hubiera sido de idiotas no hacerles caso.
Él la miró y se percató de cómo ella asimilaba lenta y dolorosamente la verdad. Nunca había soportado a las mujeres que parecían dispuestas y acababan echándose para atrás. Le daban demasiado trabajo. En cambio, Caroline...
—Muy bien —dijo ella atropelladamente mientras mantenía la vista fija en la orilla—.Tienes razón, me resultas atractivo. ¿Estás satisfecho? Pero me alegro de que me hayas obligado a confesártelo porque solo se trata de deseo, y el deseo carece de significado, al menos para mí. Así que ya está dicho. Y ahora podemos olvidarlo.