Capítulo 6

 

 

 

Volvieron a la mansión pasadas las cinco. La excursión había durado mucho más de lo que ella esperaba y, además, a pesar de lo mal que había acabado, Giancarlo había insistido en parar en algún sitio a comer.

Para colmo, había hablado con ella como si nada hubiera pasado. Le indicó varios lugares de interés turístico y le dio una charla informativa sobre el castillo Vezio.

Ella solo quería irse a casa. Estaba confusa y presa de una gran agitación. Mientras él hablaba, gesticulando de manera muy italiana, ella le observaba las manos. Se mareó al pensar que le habían acariciado el cuerpo desnudo. Miró su sensual boca y recordó todos los detalles de sus labios en sus senos chupándole los pezones hasta casi hacerla gritar de placer.

¿Cómo iba a reírse y charlar como si nada hubiera sucedido?

Y, sin embargo, ¿no era precisamente eso lo que deseaba, lo que le había dicho que hicieran: fingir que nada había pasado y olvidarlo?

Detestaba que él pudiera quebrar su silencio y hacerla sonreír con lo que decía. Era evidente que solo a ella le había afectado lo sucedido en el lago.

—Gracias por la excursión —dijo ella cortésmente mientras abría la puerta del coche, casi antes de que él parara el motor.

—¿Por qué parte de ella me das las gracias? —la miró con ojos brillantes y ella se ruborizó.

Era el vivo retrato de una mujer que no veía el momento de escapar de su compañía. De hecho lo había estado soportando educadamente durante una prolongada comida con el estoicismo de alguien obligado a padecer un castigo cruel. Él, perversamente, cuanta más expresión de sufrimiento veía en su rostro, más intentaba borrarla. Había conseguido hacerla reír de vez en cuando, a pesar de que estaba claro que lo hacía contra su voluntad.

No entendía cómo reaccionaba ante ella de aquel modo.

Caroline le había dejado muy claro por qué no podía atraerla un hombre como él; todo mentira, por supuesto, como se había demostrado. Pero había algo en lo que tenía razón. ¿Qué tenían los dos en común? Ella era directa, sencilla y carente de artimañas femeninas; es decir, que no se parecía en nada a las mujeres que él frecuentaba. Pero lo excitaba.

¿Qué le sucedía? ¿Tenía un ego tan desmesurado que no soportaba la idea de desear a una mujer y no verse satisfecho inmediatamente? No era de naturaleza reflexiva ni dado a la introspección, así que apartó rápidamente esos pensamientos de su mente.

Trató de centrarse en la situación real en que se hallaba, de vuelta al pasado por circunstancias que no había previsto. Aunque se había impuesto una misión, había acabado reconociendo que debía llevarla a cabo con cierta sutileza.

Mientras tanto se hallaba en compañía de una mujer que poseía la habilidad de hacerle perder el control. Y constató que se hallaba en la situación, nueva para él, de desearla con todas sus fuerzas y de estar dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirla. Le frustraba saber que ella también lo deseaba, pero que no estaba dispuesta a mojarse. ¡Por Dios! ¡Si ambos eran adultos!

—No he visitado los alrededores todo lo que hubiera querido —contestó ella sin mirarlo—. Tengo carné de conducir y Alberto me ha dicho que puedo usar su coche, pero solo he estado en el pueblo de al lado.

Giancarlo le sonrió mientra apretaba los dientes. Le hubiera gustado girarle la cara y obligarla a mirarlo a los ojos. Le ponía nervioso su vacilación, como si esperara que le diera permiso para marcharse.

También detestaba excitarse al verla, al contemplar sus curvas ultrafemeninas y su boca haciendo mohines. Quería atraerla hacia sí y besarla hasta que se le rindiera, hasta que le suplicara que la hiciera suya. Estuvo a punto de reírse ante aquel papel de hombre de las cavernas, tan alejado de su conducta normalmente educada.

—Podemos recorrer los alrededores cuando quieras —afirmó él, y ella lo miró contra su voluntad.

—Muchas gracias, pero dudo de que se presente otra ocasión. No te vas a quedar mucho y yo mañana volveré a mi rutina habitual con Alberto. ¿Necesitas que te ayude a meter las cosas? Tengo calor y me siento pegajosa. Estoy deseando ducharme.

—Pues ve. Ya meteré yo las cosas.

Ella se marchó a toda prisa con la esperanza de encerrarse en su habitación. Pero, al abrir la puerta principal, se encontró con Alberto y Tessa que salían de la cocina discutiendo.

—Llevas mucho tiempo fuera —le dijo el anciano—. ¿Qué has estado haciendo?

—Déjala en paz, Alberto. No es asunto tuyo.

—No he hecho nada —Caroline se dirigió a ambos alzando la voz—. Quiero decir que hemos hecho una bonita excursión.

—¿Habéis ido navegar? Estoy seguro de que mi hijo te habrá quitado el miedo al agua.

—Parece que no le tenía tanto como pensaba. Ya sabes que era un trauma infantil. Pero estoy acalorada y pegajosa. ¿Vas a sentarte en el salón, Alberto? Me reuniré contigo en cuanto me duche.

—¿Dónde está Giancarlo?

—Sacando las cosas del coche.

—Entonces, os lleváis bien, ¿verdad? No estaba seguro de que fuera a ser así, porque sois de carácter muy distinto, pero ya sabes lo que dicen de que los contrarios se atraen —la miró con ojos inquisitivos mientras Tessa alzaba la vista al techo para después mirar a Caroline como si quisiera decirle: «No le hagas caso. Tiene ganas de jugar».

—Tu hijo no me atrae en absoluto —Caroline se sintió obligada a dejarle las cosas claras—. Tienes toda la razón: somos totalmente diferentes. De hecho, me sorprende haberlo podio aguantar todo el día. Supongo que estaba tan preocupada con el barco y el agua que apenas he reparado en él.

No se dio cuenta de que Giancarlo estaba detrás de ella, y cuando él habló se le puso la piel de gallina.

—Bueno, bueno, tampoco ha estado tan mal, ¿no, Caroline?

El modo en que pronunció su nombre fue como una caricia. Alberto los miraba sin ocultar su interés. Ella decidió que tenía que poner fin a aquello inmediatamente.

—No he dicho que lo estuviera. He pasado un día estupendo. Ahora, si me perdonáis... —antes de subir las escaleras le dijo a Tessa—: Esta noche cenarás con nosotros, ¿verdad?

Pero Tessa iba a ver a su hermana y volvería tarde, a tiempo para darle las medicinas a Alberto. Este le dijo que cada día se encontraba mejor y que iba a preguntar al médico si podía dejar de tomarlas.

—Y entonces, mi querida bruja, volverás al hospital, a torturar a algún otro desgraciado. Me echarás de menos, pero ni se te ocurra pensar que el sentimiento será recíproco.

Caroline los dejó hablando y subió las escaleras a toda prisa.

Se dio un largo baño y eligió con cuidado la ropa que iba a ponerse. Todas las prendas le parecían demasiado expuestas: las camisetas se le ceñían a los pechos; los pantalones, a la piernas; las blusas tenían demasiado escote; y con las faldas se imaginaba lo fácil que le resultaría a Giancarlo ponerle las manos en los muslos.

Al final decidió ponerse unos leggings y una blusa negra, propia de una matrona.

Alberto y su hijo estaban en el salón y la recibieron en un tenso silencio.

El anciano se hallaba junto a la ventana, como era habitual, y Giancarlo se tomaba un vaso de whisky.

Ante aquel ambiente incómodo, ella dudó antes de entrar, hasta que Alberto, impaciente, le hizo un gesto para que pasara.

—No me apetece ir al comedor esta noche —dijo mientras indicaba una bandeja de aperitivos que tenía al lado—. He pedido que nos trajeran algo para picar. ¡Por Dios, deja de estar ahí de pie como un espectro y sírvete algo de beber!

Caroline miró a Giancarlo. Tenía las piernas extendidas y cruzadas. Parecía totalmente relajado, pero su amenazadora inmovilidad la puso nerviosa.

Y se puso todavía más cuando Alberto afirmó en tono burlón:

—Mi hijo y yo estábamos hablando de cómo está el mundo y, en concreto, de cómo está el mío. Sobre todo el de mis asuntos financieros.

Giancarlo la miró con interés para ver cómo reaccionaba.

—Estás sofocado, Alberto —observó ella con preocupación—. Tal vez no sea el momento adecuado para...

—No hay momento adecuado para hablar de dinero, querida. Pero podemos seguir hablando después, ¿te parece, hijo mío? —hizo un gesto impaciente para que Caroline le acercara la bandeja.

Así que ya estaba, pensó Caroline. Giancarlo se había cansado de andarse con rodeos. Tal vez el hecho de haberlo rechazado hubiera acelerado su deseo de marcharse y él hubiera decidido que había llegado el momento de lograr lo que se había propuesto desde el principio. El rostro sofocado de Alberto y el frío silencio de su hijo eran suficientemente explícitos.

Se sintió amargamente decepcionada. Había tenido la esperanza de que Giancarlo olvidara su estúpido deseo de venganza. Había visto que era un hombre más complejo de lo que aparentaba bajo la fachada y había esperado más de él. Había sido una estúpida.

Se sentó al lado de la chimenea, desde donde podía observar a los dos hombres y la tensión que había entre ellos, a pesar de que no volvieron a mencionar el dinero.

Hablaron de la excursión en barco. Alberto preguntó a su hijo cómo se había sentido al volver a navegar. Este le respondió que había sido un placer al que no estaba acostumbrado, ya que, de niño en Milán, no había podido permitirse el lujo de hacerlo, pues tenían el dinero racionado. Preguntó a su padre por la casa y le dijo que era necesario ocuparse de su mantenimiento, porque las viejas propiedades tendían a caerse a pedazos si no se hacía. Pero para ello se necesitaba dinero.

Al cabo de hora y media, Caroline no pudo soportar más aquella situación entre las dos personas, una de las cuales había declarado la guerra a la otra. Se puso de pie, dijo que Tessa volvería pronto y bostezó. Se obligó a sonreír mientras recomendaba a Alberto que no se quedara levantado hasta muy tarde. No miró a Giancarlo.

—¿Por qué no subes ya conmigo? —le preguntó al anciano.

—Mi hijo y yo tenemos que hablar. Sé que hay algunas cosas que hay que solucionar, y podríamos hacerlo ahora. Nunca me ha asustado la verdad —se dirigía a Caroline pero miraba a Giancarlo—. Es mejor que salga a la luz y no dejar que se pudra.

Ella vaciló mientras trataba de que se le ocurriera algo que evitara el enfrentamiento que estaba a punto de producirse y que Giancarlo llevaba esperando buena parte de su vida y estaba dispuesto a ganar a cualquier precio. Pero tuvo que retirarse. La casa era tan grande que no oiría sus voces ni si Tessa volvía para rescatar a Alberto de su hijo.

Se durmió inquieta y se despertó sobresaltada. Tardó unos segundos en adaptarse a la oscuridad y en recordar lo que le había preocupado antes de caer dormida: Alberto y Giancarlo.

Lanzó un gemido, se levantó y se puso la bata con la intención de bajar, sin saber con lo que se iba a encontrar.

El dormitorio de Alberto estaba al final del pasillo. Vaciló antes de bajar las escaleras y se sintió tentada de ir a ver cómo estaba. Pero decidió bajar primero a comprobar que su hijo y él no seguían enzarzados en una amarga pelea. La verdad podía tardar horas en salir a la luz y era evidente que supondría una derrota para Alberto, que debería poner su destino en manos de Giancarlo.

Llegó al salón y vio que había luz por debajo de la puerta cerrada. Aunque no se oían voces, supuso que ambos seguirían allí. Abrió la puerta.

Sentado en la silla, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y un vaso en la mano, Giancarlo estaba guapísimo y, por una vez, no parecía hallarse en plena forma. Estaba despeinado como si se hubiera pasado repetidamente las manos por el cabello y parecía agotado.

Ella no había hecho ruido, pero él abrió los ojos inmediatamente, aunque tardó unos segundos en mirarla.

—¿Dónde está Alberto?

Él removió el líquido del vaso sin contestar y después se lo bebió de un trago sin apartar la vista del rostro de ella.

—¿Cuánto has bebido, Giancarlo? —se le acercó—. Tienes un aspecto horrible.

—Me encantan las mujeres que dicen la verdad.

—No me has dicho dónde está Alberto.

—Te aseguro que no está escondido aquí. Solo estoy yo para disfrutar del placer de tu compañía.

Caroline consiguió quitarle el vaso de la mano.

—Tienes que dejar de beber.

—¿Por qué? ¿Hay alguna ley en esta casa que prohíba tomar alcohol después de determinada hora?

—Espérame aquí. Voy a preparar café.

—Te lo prometo. No pienso irme a ningún sitio.

Ella fue a la cocina. Apenas pudo contener los nervios mientras esperaba que el café estuviera listo. Al volver al salón con una bandeja en la que llevaba la cafetera y tostadas con mantequilla, casi estaba segura de que Giancarlo habría desaparecido.

Pero seguía allí. Había vuelto a llenarse el vaso, y ella se lo quitó con suavidad, dejó la bandeja en la mesa que había al lado y acercó un taburete para sentarse.

—¿Qué haces aquí? ¿Has bajado a comprobar que todavía no nos hemos batido en duelo?

—Tienes que comer algo, Giancarlo —le dio una tostada y él la hizo girar entre sus dedos mientras la examinaba como si fuera la primera que veía en su vida.

—Eres muy amable, Caroline. Supongo que te lo habrán dicho muchas veces, pero no consigo imaginarme a otra mujeres preparándome café con tostadas porque creen que he bebido mucho. Aunque nunca bebo mucho, sobre todo si estoy en compañía de una mujer —mordió la tostada y miró a Caroline.

—Entonces, ¿qué ha pasado? No quiero meterme donde no me llaman, pero...

—Claro que quieres —entrecerró los ojos, le indicó que quería otra tostada y tomó un sorbo de café—. Te importa mucho la salud de mi padre.

—Podemos hablar por la mañana cuando estés más despejado.

—He cometido un error.

—Ya lo sé. Es lo que la gente dice cuando ha bebido mucho, y promete que no volverá a suceder.

—No me entiendes. He cometido un error. He metido la pata.

—No sé de qué me hablas.

—¿Cómo vas a saberlo? En pocas palabras: tú tenías razón y yo estaba equivocado —se frotó los ojos, suspiró, trató de levantarse y se dio cuenta de que no podía—. Había venido aquí a dejar las cosas claras. Pues resulta que el invencible Giancarlo no conocía los hechos.

—¿A qué te refieres?

—Me hicieron creer que Alberto era un exmarido resentido que se había asegurado de que mi madre recibiera lo mínimo en el acuerdo de divorcio. Me hicieron creer que era un monstruo que había huido ante una situación difícil y había castigado a mi madre por pensar por su cuenta. ¡Me contaron toda una serie de verdades a medias! Creo que otro vaso de whisky me vendría bien.

—No

—Me dijiste que podía haber otra versión de la historia.

—Siempre la hay —Caroline lo compadeció. Al no estar acostumbrado a enfrentarse a problemas emocionales, había recurrido a la bebida para librarse de ellos. Deseó con todas sus fuerzas acariciarle su hermoso rostro.

—Mi madre había tenido relaciones con otros hombres. Cuando el matrimonio se deshizo, estaba con un hombre que resultó ser un estafador. Mi padre dio mucho dinero a mi madre en el acuerdo de divorcio, que ella entregó a un tal Bertoldo Monti, el cual la había convencido de que triplicaría la cantidad. Se quedó con el dinero y desapareció. Alberto me ha enseñado todos los documentos, las cartas de mi madre suplicándole que le diera más dinero. El siguió manteniéndola y, a cambio, ella se negó a dejarle que me viera diciéndole que yo no quería. Mi padre ha guardado las cartas que me envió y que le devolvieron sin abrir. Las ha guardado todas.

Tenía la voz ronca de emoción. A Caroline se le llenaron los ojos de lágrimas y parpadeó con fuerza para no verterlas, ya que lo último que un hombre tan orgulloso como Giancarlo desearía sería que alguien le demostrara compasión. Y menos en aquel momento, cuando se le habían abierto los ojos a una verdad inesperada.

—Supongo que el único motivo por el que recibí una buena educación académica fue porque el dinero se pagaba directamente a la escuela. Era una de las cosas básicas que Alberto se aseguró de que quedaran cubiertas. Es indudable que mi madre, si hubiera dispuesto de él, se lo hubiera gastado o lo hubiera entregado a alguno de sus amantes.

—Estoy segura de que ella no creía estar obrando mal.

—Ya salió la optimista irredenta —se echó a reír con brusquedad—. Parece que mi padre es como tú. Me preguntaba qué tenías en común con él. Alberto era un anciano amargado y retorcido, sin tiempo para nadie salvo para sí mismo. Tú eras joven e inocente. Pero parece que tenéis más en común de lo que suponía. También él me ha dicho lo mismo, que mi madre era desgraciada. Él trabajaba mucho y ella se aburría. Mi padre tenía remordimientos por no estar lo suficiente en casa para relacionarse conmigo, y ella se aprovechó de eso. Se aprovechó de su orgullo y lo amenazó con airear los trapos sucios si pedía la custodia. Lo convenció de que había fracasado como padre y que no tenía sentido que me visitara. Yo fui su as en la manga y me usó para vengarse de Alberto.

—¡Por Dios! ¿Sabes que cuando ella murió Alberto pidió verme por medio de su abogado y lo rechacé? Ella se portó mal, pero la verdad es que era una simple camarera que se encontró en medio de estilo de vida que no conocía y en el que no estaba a gusto. Todo ha sido un desastre, y sigue siéndolo. Alberto desconocía el alcance de sus pérdidas financieras. Lleva diez años fiándose del contable de la empresa, y este le ha ocultado la verdadera naturaleza de la situación.

—No te eches la culpa, Giancarlo. Cuando te marchaste de aquí eras un niño. No sabías que las cosas no eran lo que parecían. ¿Alberto ha reaccionado bien cuando se lo has dicho? Supongo que, en cierto modo, es bueno que hayas venido a decírselo, porque, en caso contrario, ninguno de esos secretos hubiera salido a la luz. Es un anciano. Y es mejor para los dos haber llegado a un punto en que podáis empezar de nuevo, aunque hayáis tenido que pagar un precio muy alto.

Alberto le sonrió.

—Supongo que es una forma optimista de verlo.

—Y aunque sé que la situación entre vosotros no ha sido ideal, con respecto a Alberto y el dinero hubiera sido mucho peor que un desconocido le informara de que había perdido el producto de toda una vida de trabajo.

Él cerró los ojos durante unos instantes en los que ella contempló sus rasgos con admiración. Tuvo una extraña sensación al verlo así, tan vulnerable y herido, pero brutalmente sincero consigo mismo. Le pareció que conectaba con él de un modo que la asustaba y excitaba a la vez.

Se le aceleró el pulso.

¿Se estaría enamorando de él? ¡Imposible! Sería una locura hacerlo, y ella no estaba loca. Pero la había hecho sentirse viva, se le habían expandido los sentidos y las emociones de un modo nuevo y peligroso, pero maravilloso al mismo tiempo.

—Tal como están las cosas, hace tiempo que ha vencido el plazo de una reparación. No culpo a mi madre por lo que hizo. Era como era, y debo aceptar mi parte de responsabilidad por no preguntarle cuando tuve edad suficiente para hacerlo —alzó la mano como para evitar que ella le respondiera, pero lo último que Caroline pensaba hacer era discutir con él. Lo más importante era que ordenara sus pensamientos.

—Muy bien —afirmó ella asintiendo.

Observó que, a pesar de que había bebido, conservaba todas sus facultades y podía manifestar lo que pensaba mejor que mucha gente sobria. Era implacable con los demás si no satisfacían sus expectativas, pero lo era también consigo mismo, lo cual indicaba una gran honradez y sentido de la justicia. Si a eso se añadía su belleza, no era de extrañar que a ella se le hubiera ido la cabeza. Pero esa reacción no había que confundirla con el amor.

—Lo menos que puedo hacer —murmuró él en un tono tan bajo que ella tuvo que esforzarse para oírlo—, y ya se lo he dicho a Alberto, es meter gente en la empresa para que la saneen. Cueste lo que cueste, se le devolverá su antiguo esplendor, y una inyección de sangre fresca asegurará que no se pierda después. Y no me quedaré con ella. Mi padre seguirá siendo el dueño; y también de la casa, que pienso restaurar.

Caroline sonrió sin reservas.

—Me alegro mucho, Giancarlo.

—¿No vas a decirme: «Te lo dije»?

—Nunca te diría algo así.

—Me parece que te creo.

—Estoy contenta de haber bajado —le confesó ella—. He tardado mucho en dormirme, me he despertado y quería saber si todo iba bien, pero no sabía qué hacer.

—¿Me creerás si te digo que me alegro de que hayas bajado?

Caroline contuvo la respiración. Giancarlo la miró intensamente y ella no pudo apartar los ojos de su rostro. Sin darse cuenta, se inclinó hacia él como una flor hacia la luz y el calor.

—¿En serio?

—En serio. No soy de los que piensan que analizar los sentimientos sirva para algo, pero sabes escuchar.

Caroline se ruborizó de placer.

—Además, el alcohol disminuye las inhibiciones —observó.

—Es verdad.

—¿Y ahora? —preguntó ella sin aliento. Pensó que se iba a marchar y sintió que el suelo se abría bajo sus pies—. ¿Te irás pronto?

—Por una vez, el trabajo tendrá que esperar. Tengo una casa en la costa.

—Ya me lo habías dicho.

—Un cambio de ambiente puede obrar milagros en Alberto y nos dará tiempo para olvidarnos verdaderamente del pasado.

—¿Y yo me quedaré aquí cuidando la casa?

—¿Es eso lo que quieres?

—No. Tengo que estar con Alberto. Forma parte de mi trabajo asegurarme de que esté bien.

Se hizo un silencio. Y ella revivió imágenes de los dos juntos en el barco. Fue incapaz de pronunciar palabra. Y a penas se dio cuenta de que lo miraba descaradamente, de un modo muy poco educado.

Y, como si no fuera su cuerpo el que actuara, con la mano trazó el contorno de su rostro, sin tocarlo.

—No me toques, Caroline —su mirada seguía siendo intensa—, a no ser que estés dispuesta a atenerte a las consecuencias. ¿Lo estás?