Capítulo 3

 

 

 

Giancarlo había visto la casa de su padre por última vez al marcharse de allí con su madre. La fachada de la mansión de piedra, rodeada de exuberantes jardines, daba al bellísimo lago de aguas azules y transparentes.

Le inquietaba volver, justo una semana después de que Caroline se hubiera marchado muy emocionada por haberle convencido de que aceptara hacer las paces con su padre.

Si ella creía que todo era alegría y reconciliación, él se guardaba mucho de compartir su optimismo. No se hacía ilusiones sobre la naturaleza humana. Era discutible la gravedad del infarto de Alberto, y estaba preparado para hallar a un hombre con bastante buena salud que tal vez hubiera convencido a una crédula Caroline para conseguir sus propósitos. Recordaba a su padre como un hombre imponente, autoritario y sin emociones. No podía imaginarse que la enfermedad lo hubiera cambiado, aunque tal vez percatarse de que el dinero se le evaporaba lo hubiera deprimido.

Giancarlo disminuyó la velocidad de su coche deportivo para atravesar los pintorescos pueblos de camino a la casa paterna.

Había olvidado lo encantadora que era la zona. El lago Como, el tercero más grande de Italia, era perfecto para una postal, con sus elegantes chalés, cuidados jardines, pueblos de calles adoquinadas y plazas de iglesias románicas; y caros hoteles y restaurantes que atraían a un selecto turismo.

Giancarlo experimentó una agradable sensación.

Volvía a casa bajo sus propias condiciones. Un examen más detenido de la situación económica de Alberto le había demostrado que su empresa estaba destrozada por una recesión económica sin precedentes, una mala dirección y la falta de voluntad de adaptarse a los nuevos tiempos e invertir en nuevos mercados.

Sonrió para sí. No se consideraba vengativo, pero le complacía la idea de quedarse con la empresa de su padre y salvarlo. Para Alberto no habría píldora más amarga que saber que estaba en deuda con el hijo al que había dado la espalda.

No había hablado de ello con Caroline cuando se separaron. Durante unos minutos se distrajo pensando en ella. Era muy rara: increíblemente emotiva, con tendencia al llanto y de una sinceridad que lo dejaba sin habla. No conseguía quitársela de la cabeza, lo cual lo irritaba.

Nunca volvería a excluir la aparición de lo inesperado en su vida. Cuando uno creía tenerlo todo bajo control, sucedía algo que demostraba lo contrario.

No estaba nervioso, sino muy animado, ya que creía que el círculo se había cerrado. Le despertaba la curiosidad el reencuentro con su padre, aunque había oído hablar tanto de él, a lo largo de los años, que no pensaba que fuera a haber algo nuevo.

Le agradaba pensar que sería Alberto quien estaría consumido por los nervios. Sabía que antes o después le hablaría de dinero y tal vez tratara de convencerlo para que invirtiera en algo o, tragándose el orgullo, le pidiera un préstamo.

Giancarlo se regodeaba en la posibilidad de asegurarle que el dinero llegaría, pero eso tendría un coste: se adueñaría de la empresa, y la seguridad económica de su padre dependería de la generosidad del hijo al que había repudiado.

Su intención era quedarse en la mansión hasta haber hablado con él: un par de días, como máximo. Eran dos desconocidos. No tenían nada que decirse y estarían deseando perderse de vista en cuanto hubieran solucionado el asunto que lo llevaba hasta allí.

La mansión de su padre no era la mayor de los alrededores del lago, pero seguía siendo imponente.

Detuvo el coche en el patio y sacó del maletero una bolsa de viaje y el ordenador, en donde se hallaban todos los documentos necesarios para iniciar el proceso de adquisición de la empresa paterna.

Caroline, al verlo desde la ventana de su dormitorio, comenzó a ponerse muy nerviosa.

Llevaba una semana tratando de quitarle importancia al efecto que él le había causado. Tampoco era tan alto, ni tan guapo, ni tan arrogante, se decía.

Por desgracia, al verlo bajarse del coche, con gafas de sol, y sacar las dos bolsas del maletero, se dio cuenta de que era tan intimidante como lo recordaba.

Salió corriendo al pasillo, bajó las escaleras de dos en dos y llegó sin aliento al salón, situado en la parte posterior de la casa.

—¡Ya ha llegado!

Alberto estaba sentado al lado de un ventanal con vistas al jardín que llegaba hasta el lago.

—Ni que fuera el Papa quien viniera a visitarnos. ¡Cálmate, mujer! Se te han subido los colores.

—Vas a ser amable, ¿verdad, Alberto?

—Siempre lo soy. Tú armas demasiado jaleo por todo y te exaltas por cosas sin importancia. Ve a buscar al chico y tráelo antes de que decida marcharse. Y, de paso, dile a la enfermera que quiero un whisky antes de cenar, tanto si le gusta como si no.

—No voy a decírselo. Si quieres desobedecer al médico, díselo tú mismo a Tessa. Me encantará ver cómo se lo toma.

Sonrió al anciano con afecto. Después de haber conocido a Giancarlo, había descubierto entre ambos similitudes sorprendentes. Ambos poseían los mismos rasgos aristocráticos y los miembros largos y delgados propios de los atletas. Aunque Alberto era un anciano, no resultaba difícil notar que había sido tan atractivo de joven como su hijo.

—Deja de cotorrear y vete.

Caroline trató de serenarse y llegó a la puerta cuando sonaba la campanilla. Abrió y sintió que la boca se le quedaba seca. Giancarlo iba vestido como un verdadero italiano: polo de color crema, pantalones oscuros y mocasines caros. Parecía recién salido de un desfile de modas.

Él la miró con expresión sardónica y le preguntó:

—¿Me estabas esperando al lado de la ventana?

Caroline, al recordar que así había sido, carraspeó antes de decirle:

—¡De ninguna manera! Aunque estuve tentada por si no aparecías.

Se echó a un lado para dejarlo pasar y él entró adonde había pasado los primeros doce años de su vida. Había cambiado muy poco. En el centro del amplio vestíbulo de mármol, una escalera doble conducía a una impresionante galería. A cada lado del vestíbulo había varias habitaciones.

Giancarlo las recordó: los salones, el despacho que siempre le había estado vetado, el comedor, la galería en la que colgaban cuadros de gran valor, también vetada para él...

—¿Por qué no iba a presentarme? —Giancarlo se volvió hacia ella.

Parecía sentirse más a gusto allí que en Milán, lo cual no era de extrañar. Llevaba el pelo suelto, y sus rizos castaños le cubrían los hombros y parte de la espalda.

—Podías haber cambiado de idea. Parecías muy firme en tu decisión de no ver a tu padre y de pronto cambiaste de idea. No era lógico, así que pensé que podías volver a cambiar de opinión.

—¿Dónde está el personal de servicio?

—Ya te he dicho que la mayor parte de la casa está clausurada. Tenemos a Tessa, la enfermera que cuida a Alberto y que vive aquí; y también a las dos chicas que limpian, pero viven en el pueblo. Me alegro de que haya decidido venir. ¿Vamos a ver a tu padre? Supongo que querrás quedarte a solas con él.

—¿Para ponernos al día o para intercambiar recuerdos de los viejos tiempos?

Caroline lo miró consternada. Giancarlo no había hecho ningún esfuerzo por ocultar la amargura de su voz. Alberto no solía hablar del pasado, y cuando lo hacía se refería a sus días de estudiante universitario y a los sitios a los que había viajado de joven. Pero ella se imaginaba que había sido un buen padre. Cuando Giancarlo aceptó ir a verlo, ella supuso ingenuamente que estaba dispuesto a pasar por alto lo que los había separado. Al verlo en aquel momento se percató de su equivocación.

—O para olvidar el pasado y seguir adelante —propuso ella.

—¿Por qué no vemos la casa antes de ir al encuentro de mi padre? Quiero comentarte un par de cosas.

—¿Qué cosas?

—Si no te apetece hacer todo el recorrido, llévame a mi habitación. Lo que tengo que decirte no es muy largo.

—Te llevaré a tu habitación, pero primero voy a decírselo a Alberto para que no se preocupe.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Está deseando verte.

—Supongo que estaré en mi antiguo cuarto —murmuró él—. En el ala izquierda, con vistas al jardín.

—El ala izquierda ya no se usa —dijo ella mientras comenzaba a subir las escaleras—. Te llevaré adonde vas a alojarte. Si nos damos prisa, estoy segura de que tu padre no se impacientará y así podrás decirme lo que tengas que decirme.

Sintió que el corazón le golpeaba el pecho mientras precedía a Giancarlo. Al final de las escaleras giró a la izquierda por el pasillo, donde había mesas con floreros llenos de flores. Estas eran el toque personal de Caroline, que había comenzado a ponerlas poco después de empezar a vivir con Alberto, a pesar de que este no había accedido a ello de buena gana, ya que, según él, era una pérdida de tiempo, pues se morirían al cabo de una semana.

Al llegar a la habitación, una de las muchas destinadas a los huéspedes, Giancarlo miró a su alrededor y observó los signos de deterioro, como el papel de las paredes, aún elegante, pero descolorido. Nada había cambiado en dos décadas. Dejó el equipaje en la cama y se acercó a la ventana para mirar el jardín. Después se volvió hacia ella.

—Creo que debo decirte que la decisión de venir no ha sido totalmente altruista —afirmó sin rodeos—. No quiero que te hagas la idea equivocada de que se trata de una reunión familiar, porque te llevarás una desilusión.

—¿A qué te refieres?

—La situación económica de Alberto, ¿cómo decirlo?, me ofrece la oportunidad de reparar, por fin, una injusticia.

—¿Qué injusticia?

—No es de tu incumbencia. Basta con que sepas que Alberto no debe temer que los bancos se queden con esta casa y lo que contiene.

—¿Es que iban a hacerlo?

—Antes o después, es lo que sucede. Las deudas se acumulan; los accionistas se ponen nerviosos; comienzan los despidos; y en poco tiempo los acreedores se adueñan de los bienes de la persona endeudada.

Caroline lo miró con los ojos como platos.

—Eso destrozaría a Alberto —susurró mientras se acercaba a la cama y se sentaba—. ¿Estás seguro de lo que dices? No, olvida la pregunta porque ya sé que no cometes errores.

—¿No estaría bien que se ahorrase todo eso? —preguntó él con impaciencia.

—Sí.

—¡Entonces borra esa expresión de pena de tu rostro inmediatamente!

—¿Qué vas a hacer exactamente? ¿Darle el dinero? ¿No es una cifra enorme? ¿Tan rico eres?

—Tengo lo suficiente —afirmó él con sequedad.

—¿Cuánto es eso?

—Lo suficiente como para que la casa y la empresa de Alberto no acaben en manos de sus acreedores. Pero no le va a salir gratis.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que lo que ahora es de mi padre inevitablemente pasará a mis manos. Me quedaré con la empresa y le devolveré su antiguo estado de prosperidad, y lo mismo haré con esta casa, que pide a gritos una restauración. Seguro que las habitaciones que se han cerrado se están cayendo a pedazos.

—Y no harás nada de eso porque Alberto te importe —observó ella—. En realidad no te vas a reconciliar con tu padre, ¿verdad?

Giancarlo se quedó callado, aunque la resignada desilusión de la voz femenina consiguió traspasar la rígida coraza de su autocontrol, lo cual lo enfureció.

—Es imposible reconciliarse con quien apenas recuerdas. No conozco a Alberto.

—Lo conoces lo bastante como para desear hacerle daño por lo que crees que te hizo.

—Eso es ridículo

—¿Ah, sí? Has dicho que ibas a ayudarlo para reparar una injusticia.

Giancarlo protegía ferozmente su vida privada. No hablaba del pasado con nadie, a pesar de que muchas mujeres lo habían intentado para conocerlo mejor y habían creído que les acabaría abriendo el corazón.

—Alberto se divorció de mi madre e hizo todo lo legalmente posible para que recibiera lo justo para vivir. De aquí —hizo un gesto indicando la mansión— ella pasó a habitar un pisito en las afueras de Milán. Ya ves por qué experimento cierto resentimiento por mi padre. Sin embargo, si fuera de verdad una persona vengativa, no habría vuelto y no contemplaría la posibilidad de un negocio lucrativo, lucrativo para Alberto y bastante menos para mí, ya que tendré que invertir mucho dinero en la empresa para conseguir que salga a flote. Reconocerás que podía haber leído los informes financieros y no haber hecho nada. Lo estuve pensando, pero... Digamos que opté por el toque personal, que resulta mucho más satisfactorio.

A Caroline le resultaba imposible hacer coincidir la versión que Giancarlo le daba de su padre con el Alberto que ella conocía. Era verdad que se trataba de una persona difícil, y que seguramente lo hubiera sido mucho más de joven, pero no era tacaño. No se lo imaginaba vengándose de su exesposa, aunque ¿cómo podía estar segura?

De lo que sí estaba segura era de que, a pesar de que Giancarlo lo considerara la reparación de una injusticia, se trataba de una venganza, y eso no se lo perdonaba. Iba a salvar a su padre atacándole en el punto más vulnerable: su orgullo.

Se levantó con los brazos en jarras y lo miró con ojos llameantes.

—¡Me da igual cómo lo llames, pero eso es una canallada!

—¿El qué? ¿Sacarle de apuros? —Giancarlo negó con la cabeza y dio dos pasos hacia ella.

Tenía las manos en los bolsillos y se le acercó sin prisas, pero había una amenaza en cada uno de sus movimientos, por lo que Caroline se dispuso a defenderse. No podía apartar los ojos de él porque tenía el magnetismo de un depredador peligroso pero espectacularmente hermoso.

Él la miró y observó el color de sus mejillas y su respiración agitada.

—Te gusta discutir, ¿verdad? —murmuró, lo que desconcertó a Caroline, que no estaba acostumbrada a tratar con hombres como él. Su experiencia con el sexo opuesto se limitaba a los dos hombres con los que había salido, seres amables con los que aún mantenía la amistad.

—¡No! Nunca discuto, no me gusta.

—¡Quién lo diría!

—Eres tú quien me pone así —susurró ella—. Me refiero a que..

—¿Te saco de quicio?

—¡Sí! ¡No!

—¿En qué quedamos: sí o no?

—No te burles. Todo esto no tiene gracia —se apretó la chaqueta contra el cuerpo en un acto defensivo que a él no le pasó desapercibido.

—Para ser una chica joven, eliges ropa pasada de moda. Las chaquetas de punto son para mujeres de más de cuarenta años.

—No sé qué tiene que ver mi ropa con esto —respondió ella enfadada y avergonzada a la vez.

—¿Te da vergüenza tu cuerpo? —Giancarlo no hacía esa clase de preguntas a una mujer porque no le gustaban las conversaciones profundas. Sin embargo, sentía curiosidad por aquella gata rabiosa que afirmaba que no lo era, salvo en presencia suya.

Caroline se dirigió a la puerta temblando como una hoja. Se quedó en el umbral.

—¿Y cuándo vas a decírselo a Alberto?

—Supongo que será él quien saque el tema. Me parece que tienes mucha fe en la naturaleza humana. Te equivocas, hazme caso.

—No quiero que lo alteres. El médico dice que hay que ahorrarle todo tipo de tensiones para que se recupere por completo.

—Muy bien, no seré yo el que inicie la conversación con una pregunta sobre la empresa.

—Nadie te importa salvo tú mismo, ¿verdad? —preguntó ella en un tono de genuina sorpresa.

—Tienes la habilidad de decirme lo que no debes —masculló él.

—Te refieres a que te digo lo que no quieres oír —ella salió rápidamente al pasillo al ver que él caminaba hacia ella. Comenzaba a entender que estar físicamente muy próximos era como estar demasiado cerca de un campo eléctrico—. Tenemos que bajar. Alberto se estará preguntando dónde estamos. Se cansa con facilidad, por lo que cenamos pronto.

—¿Quién cocina? ¿Las dos chicas que vienen a limpiar? —avanzó hacia ella y se dio cuenta de que aún se aferraba a la chaqueta.

Comenzaba a modificar la impresión inicial que se había hecho de ella. Era una persona fogosa y a quien costaba intimidar. Pocos le habían hecho frente como ella.

—A veces. Alberto está a dieta. Tessa suele prepararle la comida y yo cocino para ella y para mí. Es difícil conseguir que Alberto siga una dieta sin sal, ya que afirma que la vida no merece la pena sin ella —afirmó en tono afectuoso.

Por primera vez, Giancarlo se preguntó cómo hubiera sido tener a Alberto como padre. Era evidente que se había dulcificado con el tiempo. ¿Habrían llegado a conectar?

Bajaron las escaleras y se dirigieron hacia el salón más pequeño, situado en la parte posterior de la casa.

Él volvió a preguntarse qué atractivo podía tener aquello para Caroline: una hermosa casa, bellos jardines, agradables vistas y paseos no bastaban para impedir ser presa poco a poco del aburrimiento.

¿Cuánto se habría aburrido su madre rodeada de toda aquella riqueza, encerrada como un pájaro en una jaula dorada?

Alberto la había conocido en una de sus múltiples conferencias. Era un bonita camarera que trabajaba en un restaurante de un pueblo de la costa de Amalfi adonde Alberto había dio a descansar un par de días. La había sacado de la oscuridad y rodeado de riqueza, pero ella se había quejado repetidamente a su hijo de que nada podía compensar el horror de vivir con un hombre que la trataba como a una sirvienta. Había resultado que Alberto era un hombre difícil, implacable y demasiado mayor para ella.

Giancarlo se había visto condicionado a detestar a un hombre al que su madre hacía responsable de todas sus desgracias.

Por eso, al oír hablar a Caroline de su padre le asaltaron las dudas. ¿Cómo podía sentir ella tanto afecto por un hombre tan desagradable? ¿Podía alguien cambiar hasta tal punto?

Antes de llegar al salón, ella le puso la mano en el brazo.

—¿Me prometes que no harás que se altere?

—No se me da bien hacer promesas.

—¿Por qué es tan difícil comunicarse contigo?

—La mayor parte de la gente, lo creas o no, no tiene problemas. Ya te he dicho que no voy a saludarle con preguntas sobre su situación económica, y no lo haré. No te prometo nada más.

—Trata de conocerlo —le rogó Caroline—. No creo que conozcas al verdadero Alberto.

—No me digas lo que conozco o dejo de conocer —respondió él en tono glacial—. Ella retiró la mano como si de repente se hubiera quemado—. He venido con un propósito y quiero estar seguro de dejar todo atado antes de marcharme.

—¿Y cuánto te quedarás? No te lo he preguntado, pero veo que no has traído mucho equipaje.

—No pienso quedarme más de dos días; tres, como mucho.

Caroline reconoció con tristeza que se trataba de un viaje de negocios. ¿Dos días? Lo suficiente como para que Giancarlo cobrara a Alberto con intereses sus malas acciones pasadas, fueran cuales fuesen.

Ni siquiera estaba dispuesto a conocerlo. Lo único que le interesaba era vengarse, aunque no quisiera aceptarlo.

—¿Alguna otra pregunta? Me sorprende el afecto que sientes por Alberto —afirmó él bruscamente, irritado consigo mismo porque la respuesta que ella le diera no cambiaría nada.

—¿Por qué? No vine cargada de prejuicios, sino con la mente abierta, y me encontré a un hombre solitario, bondadoso y generoso. Es cierto que puede ser quisquilloso, pero lo que cuenta es su interior. Al menos, para mí.

No debería haberle pedido su opinión. Cualquier respuesta que le hubiera dado lo habría puesto nervioso. Estuvo tentado de decirle que era el hombre con menos prejuicios del mundo y que, si en aquel caso tenía ideas preconcebidas, no era culpa suya.

—Bueno, me alegro de que te tenga aquí.

Caroline se irritó al darse cuenta de que estaba siendo condescendiente con ella.

—No te alegras. Sigues tan enfadado con él que hubieras preferido que siguiera solo en esta enorme casa, sin nadie con quien hablar. Y si hubiera alguien, preferirías que no fuera yo, ya que no te caigo bien.

—¿Dé donde te has sacado eso?

Caroline no respondió. Le angustiaba lo que estaba a punto de suceder.

—Pues tú tampoco me caes bien —afirmó con vehemencia—. Y espero que fracasen tus planes de arruinarle la vida a Alberto —se dio la vuelta para que él no viera asomarse las lágrimas a sus ojos—. Te está esperando. ¿Por qué no entras y acabas de una vez?