Capítulo 6

 

NO.

—Dame tres buenas razones y tal vez te deje marchar con esa respuesta.

Sophie miró fijamente a Javier. El lenguaje corporal lo decía todo. Se había apoyado sobre el escritorio, con el torso levantado hacia él con airado rechazo.

Tal y como había prometido, prácticamente estaba a diario en las oficinas de Notting Hill. No estaba allí todo el tiempo, lo que a la larga habría resultado más fácil. No. Entraba y salía. En ocasiones ella llegaba a las ocho y media y él ya estaba instalado en el escritorio de Sophie, que parecía haber reclamado como si fuera el suyo propio, desde el alba y con una lista de tareas que la tenía a ella corriendo durante el resto del día.

En otras ocasiones, se presentaba a media tarde y se contentaba con comprobar un par de cosas con el resto de los empleados antes de desaparecer de nuevo, prácticamente sin mirarla.

Y, por supuesto, había días que ni siquiera se presentaba y que no había comunicación alguna.

Después de seis semanas, Sophie se sentía como si la hubieran metido en una secadora con la velocidad al máximo. Se sentía triste, insegura y temerosa porque, además, tenía que ocuparse del terrible embrollo financiero en el que se había visto inmersa. Cada vez resultaba más evidente que no había logrado olvidar a Javier y que carecía por completo de inmunidad contra el impacto que él suponía contra sus sentidos. Tal vez tenía el corazón protegido por bloques de hielo, pero resultaba evidente que el cuerpo no.

—No tengo que darte razón alguna, Javier.

Había estado a punto de marcharse a casa poco después de las seis cuando Javier había entrado en su despacho justo cuando estaba poniéndose la chaqueta.

—Será rápido…

No le había dado opción a contestar. Después, se había sentado en una butaca y le había indicado a ella que hiciera lo mismo. Eso había sido hacía media hora.

—En realidad, sí estás de acuerdo…

La miró perezosamente. A pesar del hecho de que la mayoría de los jóvenes empleados vestían informalmente, Sophie seguía vistiendo muy formalmente. Faldas grises y blusas blancas. Faldas negras y blusas blancas. Y siempre con los mismos zapatos negros. El arrebatador cabello que había visto suelto en una ocasión, cuando la sorprendió en casa, se lo había vuelto a recoger sobre la nuca.

—¿Por qué?

—Porque creo que funcionaría.

—Y, por supuesto, porque tú crees que funcionaría, eso significa que yo tengo que estar de acuerdo contigo.

—¿Cuántos de los programas que he puesto en funcionamiento a lo largo de los últimos años han fallado?

—No se trata de eso…

—¿Alguno? No. ¿Está viendo esta empresa el inicio de una nueva etapa? Sí. ¿Han informado los de ventas que empieza a haber beneficios? Sí. Por lo tanto, esta idea tiene sentido y generará ventas muy importantes.

—¡Pero yo no soy modelo, Javier!

—De eso se trata, Sophie. Eres el rostro de la empresa. Poner tu imagen en paneles publicitarios y en anuncios personalizará a la empresa. La mitad de la batalla para ganar clientes se gana haciéndoles sentir como si se estuvieran relacionando con algo que es mucho más que un nombre y una marca.

Sophie no dejaba de mirarlo fijamente mientras que él le devolvía la mirada con gran tranquilidad.

Aquel juego estaba llevando más tiempo de lo que Javier había anticipado, pero resultaba que él no tenía prisa alguna por acelerar las cosas. Estaba disfrutándola. Disfrutaba del modo en el que ella le hacía sentir y no solo por la reacción de su cuerpo ante Sophie. No. Aquella vuelta al pasado le estaba resultando muy revitalizadora. ¿Y a quién no le gustaba sentirse revitalizado? Por supuesto, tendría que pisar el acelerador al final, porque tendrían que terminar en la cama para que él pudiera volver a la vida de la que se había estado tomando unas pequeñas vacaciones.

Sin embargo, por el momento…

Le gustaba el modo en el que ella se sonrojaba. Casi podía olvidar que había sido una astuta jovencita que le había tomado por idiota.

—Tan solo tenemos que hablar de los detalles. Y deja de mirarme así. Pensaba que a todas las mujeres les gustaba mostrar sus cuerpos.

Sophie acentuó más el desprecio de su mirada.

—¿De verdad crees eso, Javier?

—¿A quién no le gustaría que le pidieran ser modelo?

—¿Es eso lo que te dicen las mujeres con las que tú sales?

Javier entornó la mirada porque aquella era la primera vez que ella realizaba algún comentario sobre su vida amorosa.

—La mayoría de las mujeres con las que he salido eran ya modelos de pasarela. Estaban acostumbradas a enfrentarse con la mirada del público.

Sophie se lo había preguntado. Por supuesto que sí. Pues ya lo sabía. Modelos. Javier no salía con mujeres normales, que tuvieran trabajos normales. Era la clase de hombre que podía tener todo lo que quería, y esa clase de hombres tan solo quiere tener a modelos profesionales colgadas del brazo. Todo era tan previsible…

—Has dejado de mirarme fijamente —le dijo él—. Eso es bueno. Sin embargo, ahora lo haces con desaprobación. ¿Por qué? ¿Qué es lo que desapruebas? ¿La clase de mujer con la que salgo?

—¡Me importa un comino la clase de mujer con la que salgas!

—¿De verdad? Pues pareces un poco agitada. ¿Qué tienen de malo las modelos? Da la casualidad de que algunas son bastante listas.

—Bastante listas… —bufó Sophie.

Se había sonrojado al máximo. La mirada oscura de Javier le provocaba extrañas sensaciones. Le hacía sentirse sobresaltada y excitada.

Los pezones se le irguieron y comenzó a sentir una cierta humedad entre las piernas que no tenía nada que ver con el desprecio que ella sentía por la clase de mujeres con las que él salía.

Recordó inmediatamente el beso que habían compartido y ello provocó que la respiración se le entrecortara en la garganta.

Tal y como ella había exigido, no se había vuelto a mencionar. Era como si nunca hubiera ocurrido. Sí, eso era exactamente lo que ella deseaba, pero no por ello había logrado olvidarlo.

—¡Solías decirme que te gustaba que yo tuviera opinión!

—Muchas modelos tienen opinión, aunque admito que no siempre es de la variedad intelectual. Tienen opiniones muy firmes sobre zapatos, bolsos, otras modelos…

Sophie estuvo a punto de sonreír. Había echado de menos el sentido del humor de Javier. Aquello era algo contra lo que Roger jamás había tenido oportunidad alguna.

En realidad, él había sido el rasero contra el que se había medido siempre cualquier otro hombre. ¿Cuándo dejaría de ser así? ¿Cómo podría ella resignarse a una media vida, cuando seguía enamorada del hombre que estaba en aquellos momentos frente a ella? Aquella intensa reacción física no había muerto y aún podía hacerse sentir a través de las capas de tristeza y desesperación que habían dado forma a la mujer en la que se había convertido.

No había vuelto a mirar a ningún hombre desde que se quedó sola. Ni siquiera había sentido la tentación… Sin embargo, allí estaba, deseando mirar y tocar…

¿Por qué engañarse? Fingir que ese beso no había ocurrido no significaba que ella lo hubiera olvidado. Decirse que no debía sentir nada por un hombre que pertenecía a su pasado, un hombre que ni siquiera estaba interesado en ella, no significaba que ella no sintiera nada por él.

Lujuria. Se trataba de eso. Cuando más trataba de negar su existencia, más poderosamente parecía aferrarse a ella. Y parte de ello era porque… Javier no era indiferente.

Para empezar, la primera señal que lo indicaba había sido aquel beso. Sophie había sentido cómo la boca de Javier exploraba la de ella, hambrienta y avariciosa. Deseando más.

La segunda eran los roces accidentales, que se producían con relativa frecuencia mientras estaban trabajando.

Y, por último, Sophie no podía olvidar cómo, en una ocasión, le había sorprendido mirando durante más tiempo del necesario, observándola.

Además, en ocasiones, ¿no se le acercaba él demasiado, lo suficiente para que ella pudiera captar el aroma de su cuerpo, oler su limpio y masculino aroma?

¿No significaba algo todo aquello?

No sabía ni siquiera si él era consciente de la peligrosa corriente que discurría entre ellos, justo por debajo de la superficie. Si lo era, resultaba evidente entonces que él no tenía intención de hacer nada al respecto.

Entonces, un día, se marcharía.

En aquellos momentos, se estaba asegurando de que su inversión empezaba a dar beneficios. Había inyectado mucho dinero y no estaba dispuesto a ver cómo ese dinero desaparecía en la nada. Sin embargo, cuando la empresa estuviera a flote y pisara terreno más firme, se marcharía y le entregaría el mando a otra persona. Y ella haría lo mismo. Javier retomaría su ajetreada vida dirigiendo un imperio y ella regresaría a Yorkshire para volver a vivir en la residencia familiar, que podría renovar por fin al menos lo suficiente como para que fuera viable venderla.

Se separarían y ella se quedaría con aquella extraña sensación de vacío durante el resto de su vida.

Se sentía culpable por el modo en el que habían roto. Y, además, él seguiría siendo el rasero contra el que ningún otro hombre tendría posibilidad alguna…

Debería haberse acostado con él. Debería haberlo hecho en vez de reservarse para cuando llegara el momento adecuado, para cuando ella estuviera convencida de que la suya sería una relación que resistiría el paso del tiempo.

Si se hubiera acostado con él, Javier jamás habría alcanzado el estatus imposible de ser el único hombre capaz de excitarla. Si se hubiera acostado con él, no se sentiría tan culpable por el modo en el que había terminado todo.

¿Resultaba egoísta pensar que, si enmendaba aquella situación, podría sentirse libre para seguir con su vida?

No era una mujer egoísta. Más bien lo opuesto. Sin embargo, sabía, con una cierta desesperación, que, si no tomaba lo que deseaba en aquellos momentos, se crearía toda clase de problemas en el futuro.

Se preguntó si podría hablar con su madre sobre ello. Decidió inmediatamente que no porque, para Evelyn Griffin-Watt, Javier era un error de juventud que había desaparecido de la vida de su hija hacía mucho tiempo sin dejar cicatriz alguna. Además, su madre vivía muy tranquila en Cornualles. No quería hacerle revivir recuerdos desagradables del pasado.

—Está bien.

—¿Me lo puedes repetir?

—Lo haré.

Javier sonrió lentamente. En realidad, la idea del modelaje se le había ocurrido el día de antes, y había anticipado la derrota. Sin embargo, Sophie había accedido sin presentar mucha batalla.

—¡Excelente decisión!

—Me he visto obligada a ello.

—Es una palabra un poco fuerte. Yo prefiero «persuadida». Ahora, tengo algunas ideas…

 

 

Sophie se asomó por una abertura de las cortinas y miró hacia el patio, que se había transformado para la ocasión en un lugar elegante y respetable.

La sesión se había organizado en menos de una semana, durante la cual Sophie había tenido que hablar con expertos en medios de comunicación y estilistas varios. Se imaginó que se les pagaba una cantidad fenomenal de dinero al día, porque no perdían prenda de lo que ella tuviera que decir.

Y eso que, básicamente, la única pregunta que Sophie les hacía era que cuánto tiempo iban a tardar.

Javier no había estado en ninguna de esas reuniones. Había delegado sus funciones en uno de los ejecutivos del departamento de Relaciones Públicas.

Sin embargo, eso no había molestado a Sophie. De hecho, se había alegrado. Tenía un plan y el elemento sorpresa era parte fundamental del mismo.

El día había llegado por fin y el patio hervía de cámaras, maquilladoras, directores, productores y todos los demás. ¿Dónde estaba Javier? No se le veía por ningún lado.

Y aquel era el día.

Se apartó de la ventana y se dirigió al espejo que la estilista había instalado en su dormitorio. Había acordado con Javier que la imagen sería de ella junto a un enorme camión articulado con el logotipo de la empresa bien visible, vestida con un pantalón de peto, una camisa de cuadros y un sombrero vaquero.

Sophie había decidido ir un paso más allá. La imagen del espejo presentaba unos pantalones cortos en vez del peto. La camisa de cuadros era la misma, pero se la había atado debajo del pecho, dejando al descubierto el liso vientre. El sombrero de vaquero había desaparecido de su cabeza. Le colgaba sobre la espalda para que su cabello quedara libre y salvaje.

Había decidido darle ese punto sexy cuando se dio cuenta de que jamás lograría superar lo que sentía por Javier si no se acostaba con él, si no lo seducía y conseguía llevárselo a la cama. Tenía su imagen en la cabeza desde hacía años y no se le ocurría otra manera mejor para sacarlo de allí.

Nunca había seducido a nadie en toda su vida. Solo pensarlo le aterraba, pero había decidido que debía actuar. Ya no era una adolescente ni veía el futuro a través de cristales teñidos de rosa ni creía en los finales felices.

Era una mujer adulta, dañada por sus experiencias vitales, que tendría que enfrentarse al arrepentimiento durante el resto de su vida si no lo intentaba. ¿Y qué si fracasaba? ¿Y si él la miraba y se echaba a reír? Podría tener un instante de humillación, pero merecería la pena comparado con la vida que tendría pensando en una oportunidad que había dejado pasar.

Había llegado el momento.

Pero, desgraciadamente, no parecía que Javier fuera a presentarse…

Tenía los nervios destrozados. No había podido comer desde el almuerzo del día anterior… Se sentía fatal y todo iba ser para nada porque Javier evidentemente había decidido delegarlo todo en sus subordinados.

Bajó al patio cubierta con un albornoz blanco. Inmediatamente, se vio rodeada por un montón de personas cuya única función era prepararla para la sesión.

Les permitió que hicieran lo que tenían que hacer mientras la desilusión se apoderaba de ella. No estaba Javier. No habría seducción alguna. No pensaba hacerlo. No iba a ponerse a realizar seductoras poses con la esperanza de encender la pasión de alguien que ni siquiera estaba.

Le llevaron un espejo para que se viera. Sophie apenas se miró. Después de la tensión de los últimos dos días, se sentía como un globo que se había desinflado antes de que empezara la fiesta.

Oía que se gritaban órdenes y se le instruía para que adoptara poses. Nadie había cuestionado el cambio de vestuario. Ella era el proyecto personal de Javier y nadie se atrevía a cuestionarla por miedo a que ella informara desfavorablemente al gran jefe.

Efectivamente, el atuendo era provocador y las poses también lo eran más de lo que se había pensado en un principio.

Sophie estaba de espaldas al equipo, con una mano ligeramente apoyada sobre el reluciente camión. Miraba por encima del hombro con una sonrisa cuando oyó la voz de Javier rugir a sus espaldas.

—¿Qué demonios está ocurriendo aquí?

Sophie se dio la vuelta y vio que todo el equipo observaba con gesto de confusión a Javier. Eran conscientes de que habían hecho algo mal, aunque no sabían exactamente qué.

Javier se acercó a ellos como un toro furioso, con el rostro enrojecido por la ira.

—¡Tú! —exclamó mientras señalaba al director de la sesión.

El hombre comenzó a tartamudear de consternación, sin saber cuál era el problema. La sesión iba muy bien y lo que ya tenían iba a servir. La publicidad iba a hacer que la empresa fuera muy conocida. Sophie era una modelo maravillosa. No tenía rabieta alguna ni exigencias de diva. Era perfecta para el trabajo y el hecho de que fuera una de las dueñas de la empresa supondría un punto a su favor…

Javier levantó una mano para impedir que el director siguiera hablando.

—¡Esto no es lo que yo quería! —exclamó. Entonces, miró a Sophie con el ceño fruncido y ella se cruzó los brazos sobre el pecho a la defensiva.

—No tienen ni idea de lo que les estás diciendo, Javier —le dijo ella dulcemente mientras se dirigía hacia él, caminando con seguridad aunque estaba temblando por dentro, incapaz de apartar los ojos de él. Javier dominaba el espacio que lo rodeaba. Era una figura alta e imponente, que, evidentemente, inspiraba temor, miedo y respeto en igual medida.

Resultaba muy excitante pensar que aquel era el mismo hombre que, en el pasado, le había dicho que lo convertía en un ser débil, el hombre cuyos ojos habían ardido de deseo cuando la miraban… El hombre al que ella deseaba tanto que le dolía. El hombre por el que estaba dispuesta a tolerar la humillación.

—Esta sesión ha terminado…

La orden iba dirigida al director, pero Javier no había apartado los ojos de Sophie.

Maldijo la llamada telefónica que le había hecho salir tarde y luego el tráfico que le había impedido llegar con celeridad a la casa de Sophie a la hora estipulada. Si hubiera llegado antes, habría…

Se habría asegurado que ella no ponía un pie fuera de la casa vestida de aquella manera.

Le sorprendía aquella regresión a los tiempos de la Prehistoria por su parte, completamente opuesto al frío comportamiento que tanto le enorgullecía.

Se metió las manos en los bolsillos y siguió mirándola con ferocidad mientras todo el equipo comenzaba recoger el equipo con celeridad y desaparecían inmediatamente.

Sophie era consciente del revuelo de coches que les rodeaba, pero estaba inmersa en una pequeña burbuja en la que las dos únicas personas existentes eran Javier y ella misma.

—Ese no es el atuendo que acordamos.

—Veamos. Camisa a cuadros. Tick. Pantalón vaquero. Tick. Estúpido sombrero de vaquero. Otro tick.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero… —susurró él incapaz de apartar los ojos de ella.

—¿Sí?

No se había dado cuenta del frío que hacía. Tuvo que abrazarse a sí misma.

—Tienes frío —dijo él. Se quitó la americana y se la colocó a Sophie alrededor de los hombros. Durante un instante, ella tan solo deseó cerrar los ojos y aspirar el aroma que emanaba de la prenda.

De eso precisamente se trataba. De un hambre que no habían conseguido saciar, que debían saciar. Era el único modo de terminar aquel asunto y dejar que todo terminara para siempre.

—Dime una cosa… ¿Por qué estás tan enfadado? No has sido muy justo con todas las personas del equipo. Solo estaban haciendo su trabajo.

—Yo no lo veo así…

La americana empequeñecía la figura de Sophie, pero tan solo le daba un aspecto más sexy. Javier se movió un poco para evitar la incomodidad que le producía la erección. ¿Llevaba Sophie sujetador? No lo creía. Eso le enfureció una vez más.

—¿Cómo lo ves tú?

—¡Tenías que parecer una persona íntegra! ¡La vecina atractiva y no una sirena sexy que pueda robarte al marido! ¿Cómo diablos vamos a vender nuestros servicios así?

—Yo pensaba que el sexo lo vendía todo…

—¿Y por eso lo hiciste? ¿Es ese el concepto que tienes de aportación positiva? ¿Aparecer prácticamente desnuda y frotarte contra ese camión como si fueras una fulana posando para un anuncio de motos?

—¿Cómo te atreves?

Sophie se sonrojó.

—Todo el equipo se lo debe de haber pasado bomba comiéndote con los ojos. O tal vez eso era precisamente lo que tenías en mente. ¿Es eso? ¿Acaso vivir en Londres ha despertado en ti la necesidad de superar los límites? ¿Te has dado cuenta de la vida monjil que llevabas aquí?

—Yo no he hecho esto para que nadie del equipo se lo pasara bomba mirándome —le espetó ella—. He hecho esto para que…

La voz le falló. Las manos comenzaron a sudarle. Se lamió los labios para aliviar la tensión que vibraba entre ellos.

—¿Para qué?

—Para que quien me comiera con los ojos fueras tú…