Capítulo 1

 

JAVIER Vázquez contempló su despacho con evidente satisfacción.

Había regresado a Londres después de pasar siete años en Nueva York y el destino era tan caprichoso…

Desde aquel envidiable mirador, protegido por paneles de cristal y acero, observó las concurridas calles de la ciudad, que desde allí parecía una miniatura. Minúsculos taxis y coches transportando personitas a los destinos que, fueran importantes o irrelevantes, requerían su presencia.

¿Y para él?

Una lenta sonrisa, completamente privada de sentimiento, curvó su hermosa boca.

Para él, el pasado había acudido a llamar a su puerta y sabía que eso era responsable del profundo sentimiento de satisfacción que lo llenaba en aquellos instantes. En realidad, en lo que se refería a despacho, aquel, por muy espectacular que fuera, no lo era ni más ni menos que el que había dejado atrás en Manhattan. Desde allí también había podido contemplar calles muy concurridas, casi sin fijarse en la marea de gente que, diariamente, fluía por ellas como un río vivo y vibrante.

Poco a poco, se había enclaustrado en una torre de marfil, como si fuera el dueño indiscutible de todo lo que observaba. Tenía treinta y tres años. No se conseguía reinar sobre la jungla de asfalto sin estar bien centrado en el juego. Había ido eliminando los obstáculos y, de esa manera, el tiempo había ido pasando hasta llegar al presente…

Javier miró su reloj.

Doce plantas más abajo, en el lujoso y amplio vestíbulo, Oliver Griffin-Watt llevaría ya esperando una media hora.

¿Se sentía Javier culpable por ello?

En absoluto.

Quería saborear aquel momento porque sentía que llevaba esperándolo una eternidad.

Sin embargo, ¿había pensado en los acontecimientos ocurridos hacía ya tantos años? Se marchó de Inglaterra a los Estados Unidos y había centrado su vida en el negocio de hacer dinero, en darle buen uso a la educación que sus padres le habían dado con mucho esfuerzo y, también, de paso, en enterrar un pasado con una mujer.

Hijo único de unos padres entregados que vivían en un barrio pobre de las afueras de Madrid, Javier se había pasado su infancia sin dejar de pensar en lo que sus progenitores se habían esforzado mucho por inculcarle: para salir de allí, tenía que alcanzar el éxito y, para alcanzar el éxito, debía estudiar. Y lo había conseguido.

Sus padres habían trabajado mucho. Su padre era taxista y su madre limpiadora. No habían pasado nunca necesidades, pero tampoco les había sobrado nada. Nada de vacaciones, ni de grandes televisores, nada de restaurantes. Sus padres gastaban lo mínimo para poder ahorrar todo lo que pudieran para cuando llegara el momento de enviar a su inteligente y precoz hijo a la universidad en Inglaterra. Conocían muy bien las tentaciones que esperaban a cualquiera que fuera lo suficientemente estúpido como para dejarse llevar. Tenían amigos cuyos hijos eran delincuentes o que habían muerto por sobredosis de drogas, jóvenes que habían perdido el norte y habían terminado en la calle.

Aquel no iba a ser el destino para su hijo.

Si, de adolescente, Javier se había lamentado de lo mucho que lo habían controlado sus padres, no habían protestado. Había sido capaz de ver por sí mismo, desde una edad muy temprana, lo que significaban las penurias económicas y lo mucho que podían limitar la vida de una persona. Había visto cómo sus amigos, los que solían hacer pellas constantemente en el colegio, terminaban en el arroyo. Cuando cumplió los dieciocho años, tomó su decisión y decidió que nadie podría apartarlo de ella: un año o dos fuera, trabajando para añadir el dinero a lo que sus padres habían ahorrado. Luego la universidad, donde tendría éxito porque era inteligente, más inteligente que nadie que él conociera. Por último, un trabajo bien pagado. Nada de empezar desde abajo e ir subiendo lentamente, sino un trabajo que tuviera un sueldo impactante. ¿Por qué no? Conocía su valía y no tenía intención de ocultarla.

No era solo un chico listo. Había mucha gente lista. Era también brillante, astuto del modo en el que solo se aprende en las calles. Poseía instinto para los negocios y, además, sabía cómo jugar duro y cómo intimidar. Esa clase de habilidades no se aprendían, eran innatas y, aunque no tenían cabida en el mundo civilizado, el mundo de los grandes negocios no siempre lo era. Resultaba útil tener esas valiosas habilidades escondidas en la manga.

Su destino era llegar a ser alguien importante y, desde la edad de diez años, no había tenido duda alguna de que así sería.

Había trabajado duro y había sacado el máximo partido a su inteligencia de modo que nadie pudiera superarle. Había terminado sin dificultad sus estudios en la universidad y había resistido la tentación de no hacer un Máster. Decidió al fin que un Máster en Ingeniería le abriría muchas más puertas que un simple título universitario y quería tener una amplia variedad de puertas abiertas para poder elegir.

Fue entonces cuando conoció a Sophie Griffin-Watt. La única tara de su cuidadoso plan de vida.

Ella era una estudiante de primer curso cuando Javier ya estaba terminando su Máster. Ya estaba pensando en las opciones de las que disponía y trataba de decidir cuál era la que mejor le convenía cuando abandonara para siempre la universidad, poco más de cuatro meses después.

Él no había querido salir, pero sus dos compañeros de piso, que normalmente eran tan aplicados como él, habían querido celebrar un cumpleaños y él había accedido a salir con ellos a tomar una copa.

La vio en el instante en el que entró en el pub. Joven, guapa, riendo con la cabeza echada hacía atrás mientras sostenía una copa en una mano. Llevaba puestos un par de vaqueros, una minúscula camiseta de tirantes y una cazadora vaquera del mismo tono que los pantalones.

Javier no había podido apartar la mirada de ella.

Eso era algo que él nunca hacía. Desde los trece años no había tenido que ir detrás de ninguna chica. Su físico era algo que siempre había dado por sentado. Las chicas lo miraban. Lo perseguían. Se ponían en su camino y esperaban que él se fijara en ellas.

Los chicos con los que compartía piso siempre le habían gastado bromas sobre la facilidad con la que podía chascar los dedos y tener a cualquier chica que deseara. Sin embargo, en realidad, la ambición de Javier no eran las chicas, aunque por supuesto formaban parte de su vida. Era un hombre apasionado, con una libido muy saludable y, por ello, estaba más que dispuesto a aceptar lo que se le ofreciera. Sin embargo, su objetivo, lo que movía su mundo, siempre había sido su insaciable ambición. Las chicas habían sido conquistas secundarias.

Sin embargo, todo pareció cambiar la noche que entró en aquel bar.

Sí. La había mirado fijamente sin poder evitarlo y ella no le había mirado a él ni una sola vez, aunque las chicas con las que estaba no dejaban de señalarlo entre sonrisas y susurros.

Por primera vez en su vida, se convirtió en el perseguidor. Tomó la iniciativa.

Ella era mucho más joven que las mujeres con las que solían salir. Javier era un hombre con objetivos grandes, importantes, por lo que no tenía tiempo para las jovencitas vulnerables con sueños románticos que implicaran sentar la cabeza. Había salido con un par de chicas en sus años en la universidad, pero, en general, había tenido como parejas a mujeres de más edad, mujeres que no buscaban un compromiso que él no estaba dispuesto a conceder. Mujeres con experiencia suficiente para comprender las reglas de Javier y comportarse según ellas.

Sophie Griffin-Watt representaba todo lo que, supuestamente, no le interesaba de una mujer, pero había mordido el anzuelo a la primera. ¿Se había debido en parte la obsesión que tenía hacia ella el hecho de que hubiera tenido que esforzarse, que hubiera tenido que jugar al cortejo a la antigua usanza? ¿Que le hubiera hecho esperar para, al final, no acostarse con él?

Sophie lo había tenido pendiente de un hilo y él se lo había permitido. No le había importado esperar. El hombre que se regía por sus propias reglas y que no se amoldaba a nadie había estado encantado de esperar porque había visto un futuro para ambos.

Desgraciadamente, había sido un necio y lo había pagado muy caro.

De eso, habían pasado ya siete años…

Volvió a su mesa y se inclinó para apretar el intercomunicador con su secretaria y decirle que Oliver Griffin-Watt podía subir.

La rueda había dado una vuelta completa. Jamás se había considerado la clase de hombre al que le interesara la venganza, pero la oportunidad de igualar la balanza había ido a llamar a su puerta. ¿Quién era él para negarle la entrada?

 

 

—¿Que has hecho qué?

Sophie miró a su hermano gemelo con una mezcla de pánico y horror absolutos.

Tuvo que sentarse. Si no lo hacía, las piernas dejarían de sostenerla. Sintió que se le empezaba a formar un dolor de cabeza y se frotó las sienes con el ligero movimiento circular que le permitieron sus temblosos dedos.

Hacía un tiempo, había sido plenamente consciente de todas las indicaciones de abandono en la enorme casa familiar, pero, a lo largo de los últimos años, se había acostumbrado al estado de decrépita tristeza del hogar en el que su hermano y ella habían pasado toda su vida. Ya prácticamente no se daba cuenta.

—¿Y qué otra cosa me habrías sugerido que hiciera? —protestó Oliver.

—Cualquier cosa menos eso, Ollie —susurró Sophie.

—Tú saliste una breve temporada con ese hombre hace años. Admito que era algo descabellado ir a verlo, pero me imaginé que no teníamos nada que perder. Me pareció cosa del destino que él tan solo llevara un par de meses de nuevo en el país. Dio la casualidad de que tomé el periódico que alguien se había dejado abandonado en el metro y, mira por dónde, ¿quién me estaba mirando desde las páginas de economía? ¡Ni siquiera es que yo vaya tanto a Londres! Fue pura casualidad. Y, demonios, necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.

Indicó las cuatro paredes de la cocina que, en una fría noche de invierno, con el fogón encendido y poca luz, podría confundirse con un espacio acogedor y funcional. Sin embargo, bajo la brillante luz de un día de verano, se veía perfectamente lo desangelada que era.

—Venga ya… Mira este lugar —dijo él con indignación—. Necesita tantos arreglos que no hay modo alguno de que podamos ni siquiera comenzar a cubrir los costes. Se está comiendo cada penique que tenemos y ya has oído lo que todos los agentes inmobiliarios nos han dicho. Necesita demasiado trabajo y cuesta demasiado dinero para que sea una venta fácil. ¡Lleva en el mercado dos años y medio! No vamos a poder librarnos nunca de esta casa, a menos que podamos hacer unos arreglos en condiciones y jamás vamos a poder hacer arreglo alguno a menos que la empresa empiece a dar beneficios…

—Y tú pensaste que ir a ver a… a…

Ni siquiera podía pronuncia su nombre.

Javier Vázquez.

A pesar de que había pasado tanto tiempo, los recuerdos de él se aferraban a ella tan perniciosos como la hiedra, rodeándole la cabeza y negándose a desaparecer.

Javier había entrado en su vida con la fuerza salvaje de un huracán y había hecho desaparecer todo lo que ella había planeado para su futuro.

Cuando pensaba en él, lo veía como era entonces, un joven muy maduro, con una presencia imponente que podía dejar en silencio una sala en el instante en el que entrara en ella.

Incluso antes de que hubiera caído presa de su embrujo, antes incluso de que hubiera hablado con él, había sabido que era peligroso. Su pequeño grupo de amigas bien educadas de clase alta no habían podido apartar la mirada de él en el momento en el que entró en el pub hacía ya siete años. Sin embargo, después de la primera mirada, ella había evitado hacerlo. Pero no había podido controlar los salvajes latidos de su corazón ni el pegajoso sudor que comenzó a cubrirle la piel.

Cuando Javier se acercó a ella sin prestar atención a sus amigas y comenzó a hablarle, Sophie estuvo a punto de desmayarse.

Él estaba haciendo un Máster en Ingeniería y era el hombre más inteligente que ella había conocido en toda su vida. Además, era tan guapo que le quitaba el aliento… También, era la clase de hombre al que sus padres no hubieran dado su aprobación. Exótico, extranjero y, sobre todo, sin dinero, algo que no parecía avergonzarle.

Su fantástica seguridad en sí mismo y el poder que emanaba de él la atrajeron y la asustaron al mismo tiempo. A sus dieciocho años, su experiencia con el sexo opuesto era bastante limitada y, en presencia de él, su limitada experiencia no parecía servirle de nada. A su lado, se sentía como una muchachita torpe, que estaba al borde de un abismo desconocido, dispuesta a abandonar la zona de confort que le había proporcionado su privilegiada vida.

Colegios privados, vacaciones de esquí, clases de piano y equitación los sábados por la mañana… Nada la había preparado para alguien que se pareciera lo más mínimo a Javier Vázquez.

No era bueno para ella, pero se había sentido tan indefensa como una gatita ante él.

—Podríamos hacer algo —le había murmurado él aquella noche en el pub, con una voz seductora que le había provocado una fuerte debilidad en las rodillas—. No tengo mucho dinero, pero puedes confiar en mí cuando te digo que te puedo hacer pasar los mejores momentos de tu vida sin un penique en el bolsillo…

Sophie siempre se había mezclado con gente de su propia clase, niños y niñas mimados que jamás habían tenido que pensar mucho en lo que podría costar una buena noche de juerga. Oliver siempre lo había dado todo por sentado, pero ella siempre se había sentido algo culpable por la facilidad con la que se la animaba a tomar todo lo que deseaba, fueran cuales fueran los costes.

Su padre siempre había presumido de sus hermosos gemelos y les había colmado de regalos. Sophie era su princesa. Si, en ocasiones, ella se había sentido mal por el modo en el que su padre despreciaba a los que eran socialmente inferiores a él, no había dudado en apartar tales pensamientos. Fueran cuales fueran los fallos que tenía su padre, él la adoraba. Era una niña de papá.

Desde el momento en el que vio a Javier Vázquez y comprobó el modo en el que él la miraba a ella, supo que estaba jugando con fuego y que su padre sufriría un ataque al corazón si lo supiera.

Sin embargo, no había podido resistirse a las llamas.

Se había enamorado cada vez más de él, pero se había resistido al deseo que la empujaba a acostarse con él porque…

Porque era una romántica empedernida y porque una parte de ella se había preguntado si un hombre como Javier Vázquez la habría dejado tirada en cuanto hubiera conseguido meterla entre las sábanas.

Sin embargo, él no la había forzado y eso, en sí mismo, había acrecentado los sentimientos que tenía hacia él hasta el punto de que tan solo se sentía viva cuando estaba a su lado.

Había sabido desde el principio que aquello iba a terminar mal, pero hasta qué punto…

—Nunca creí que él accediera a verme —confesó Oliver mientras observaba brevemente el rostro compungido de su hermana antes de apartar la mirada—. Como te dije, no esperaba conseguir nada. De hecho, ni siquiera pensé que él me recordara… En realidad, solo lo vi en un par de ocasiones…

Aunque Sophie y Oliver eran gemelos, él había ido a otra universidad. Mientras que Sophie estudió Filología Clásica en Cambridge, Oliver se marchó al otro lado del Atlántico. Se fue a la edad de dieciséis años porque consiguió una beca deportiva para estudiar en el instituto, por lo que solo tenía contacto con su hermana cuando regresaba por vacaciones.

Ni siquiera había conocido todos los detalles de su relación con Javier cuando todo terminó unos pocos meses después de que comenzara. Solo había conocido una versión editada de lo ocurrido, aunque tampoco había estado muy interesado. Oliver tenía una capacidad muy limitada para empatizar con los problemas de los demás.

Por ello, Sophie no dejaba de preguntarse si debería haberse sentado con él para contarle todo lo ocurrido cuando regresó al Reino Unido. Sin embargo, para entonces había sido demasiado tarde.

Ella tenía un anillo de compromiso en el dedo y Javier ya no formaba parte de su vida. Roger Scott había sido el que la llevó al altar.

No podía soportar pensarlo.

—¿Entonces lo viste?

«¿Qué aspecto tenía? ¿Tenía aún esa sensual sonrisa que podía ponerle el vello de punta a una mujer?». Habían ocurrido tantas cosas a lo largo de los años, tantas cosas que habían acabado con sus sueños de juventud sobre el amor y la felicidad, pero aquella sonrisa era algo que no podía olvidar… No quería pensar en ella, pero no podía evitarlo.

—Ni lo dudé —dijo Oliver muy orgulloso, como si hubiera conseguido algo muy importante—. Pensé que tendría que inventarme toda clase de historias para poder ver al gran hombre, pero, de hecho, accedió a verme en cuanto descubrió quién era yo…

«Estoy segura de ello», pensó Sophie.

—Deberías ver su despacho, Sophie. Es increíble. Ese hombre vale millones. Más aún, miles de millones. No me puedo creer que estuviera sin blanca cuando lo conociste en la universidad. Deberías haberte quedado con él en vez de casarte con ese imbécil…

—No vayamos por ese camino, Ollie —repuso Sophie. Como siempre, se tensó al escuchar el nombre de su difunto esposo. Ocupaba su lugar en su pensamiento, pero hablar sobre él no solo era inútil, sino que abría heridas que aún estaban lo suficientemente recientes como para sangrar.

Roger le había enseñado mucho y una persona siempre debería estar agradecida por eso, aunque en su caso no fueran cosas demasiado agradables. Ella había sido joven, inocente y optimista y, si en aquellos momentos era una mujer dura e inmune a los sueños, era algo bueno porque significaba que ya nada ni nadie podría volver a hacerle daño.

Se levantó y miró por la puerta hacia el descuidado jardín. Entonces, se dio la vuelta y miró a su hermano.

—Te preguntaría qué fue lo que él te dijo, pero no serviría de nada porque no quiero tener nada que ver con él. Es… mi pasado y no deberías haber ido a verlo sin mi permiso.

—Está muy bien eso de ponerse en plan digno, Soph, pero necesitamos el dinero. Ese hombre tiene mucho y tiene un vínculo contigo.

—¡No tiene ningún vínculo conmigo! —gritó Sophie con fiereza.

Por supuesto que no había vínculo alguno entre ellos. Tan solo el odio. Seguramente, Javier la odiaba después de lo ocurrido. Después de lo que Sophie le había hecho.

De repente se sintió exhausta, por lo que volvió a sentarse en uno de los taburetes de la cocina y se agarró la cabeza entre las manos. Deseaba bloquearlo todo. El pasado, los recuerdos, el presente, los problemas… Todo.

—Me ha dicho que se lo pensará.

—¿Cómo has dicho? —preguntó ella levantando la cabeza rápidamente.

—Pareció muy compasivo cuando le expliqué la situación.

—Compasivo… —repitió Sophie, con una breve carcajada.

Javier Vázquez podía ser de todo menos compasivo. Como si hubiera ocurrido el día anterior, Sophie recordó cómo la miró cuando le dijo que iba a romper con él, porque, después de todo, no era el hombre adecuado para ella. Recordó la frialdad de sus ojos y el modo en el que sonó su voz cuando le dijo que esperaba no volver a verla porque, si sus caminos volvían a cruzarse, ella debería recordar que él ni olvidaría ni perdonaría nunca…

Sophie se echó a temblar.

—¿Qué fue exactamente lo que le dijiste, Ollie?

—La verdad. Le dije que la empresa está pasando por un mal momento y que, con todo el dinero que tu ex se gastó en estúpidos negocios que no llevaron a nada, dejó a la empresa en bancarrota y nos hundió a todos con él.

—Papá le permitió que realizara esas inversiones, Oliver…

—Papá… Papá no estaba en el lugar adecuado para poder detenerlo, hermanita. Y los dos sabemos que Roger se salió con la suya porque papá estaba cada vez más enfermo, aunque entonces no lo supiéramos y pensáramos que era mamá sobre la que nos teníamos que preocupar.

Los ojos de Sophie se llenaron inmediatamente de lágrimas. Fuera lo que fuera lo ocurrido, a ella le costaba culpar a sus padres por el curso que había terminado tomando su vida.

Previsiblemente, cuando sus padres se enteraron de lo de Javier, se mostraron horrorizados. Se negaron a conocerlo. Además de eso, no tardaron en empezar a aparecer los primeros problemas financieros. La empresa no había conseguido progresar con los tiempos. Además, el banco, que se había mostrado benevolente con ellos a lo largo de los años, terminó por perder la paciencia y exigió que se les devolviera su dinero. Dada la ausencia de su hermano, que seguía divirtiéndose y disfrutando de la vida en ignorancia al otro lado del Atlántico, Sophie se vio cargada con las confesiones de su padre. Ella siempre había sido la mano derecha de su progenitor.

Además, sus padres le dijeron que un extranjero sin un penique en el bolsillo no era digno de ella. Ya tenían suficiente estrés con sus problemas financieros como para que ella estuviera con un hombre que terminaría siendo como una esponja, porque ya se sabía cómo podían ser los extranjeros. Seguramente solo estaba con ella por su dinero.

Roger estaba deseando unirse a la empresa y acababa de heredar una gran cantidad de dinero por el fallecimiento de sus padres. ¿Acaso no estaban saliendo? ¿No era él ya prácticamente otro miembro más de la familia?

Sophie se quedó sin palabras al ver cómo su propia vida se organizaba sin que ella pudiera decir nada al respecto. Efectivamente, conocía a Roger desde hacía mucho tiempo y era un buen hombre y sí, también llevaban saliendo un tiempo. Sin embargo, Roger no era el hombre para ella y Sophie rompió con él incluso antes de que Javier apareciera en escena.

Pero su padre se había echado a llorar y ella jamás había visto llorar a su padre. Se había sentido tan confusa… Desgarrada entre el poder de un joven amor y el deber para con sus padres… Confiaba en que no esperaran que dejara la universidad cuando acababa de empezar…

No fue así. Pudo proseguir con sus estudios, aunque sus padres esperaban que se hiciera cargo de la empresa junto a Roger, quien pasaría a formar parte de la directiva si los dos cimentaban una relación que, evidentemente, a él le agradaba mucho.

Roger era tres años mayor que ella y tenía ya experiencia en el mundo empresarial. Iba a inyectar dinero en la empresa familiar, por lo que ocuparía su lugar en la junta directiva. Sophie supo leer entre líneas. Ella tendría que cumplir con sus obligaciones y casarse con él.

No había podido dar crédito a lo que estaba escuchando, pero al ver lo preocupados que estaban sus padres, al ver la vergüenza que sentían, supo que no podía hacer otra cosa.

¿Había conocido Roger estos planes? ¿Era esa la razón por la que se negaba a dejarla en paz, aunque solo habían estado saliendo ocho meses antes de que ella se marchara a la universidad? ¿Había estado buscándose un futuro en la empresa de sus padres?

Ella le llamó, se vio con él y se quedó asqueada cuando él le contó que conocía la situación en la que estaban los padres de Sophie. Estaba dispuesto a hacer lo correcto. Después de todo, estaba enamorado de ella… Siempre lo había estado…

Sin nadie en quien poder confiar, Sophie regresó a la universidad en un estado de profunda confusión. Allí se encontró con Javier. Ella nunca le contó nada, pero se dejó absorber por él. A su lado, sería capaz de olvidarse de todo.

Se dejó llevar por su amor. El pánico que sintió por lo que estaba ocurriendo en casa fue pasando a un segundo plano. Sus padres no habían vuelto a mencionar nada y pensó que el hecho de que no hubiera noticias era una buena noticia en sí misma. ¿No era eso lo que decía todo el mundo?

Volvió al presente al ver que su hermano le ofrecía una copa, que ella apartó.

—Tengo otra cita para ir al banco mañana —dijo ella—. Y podemos cambiar de inmobiliaria.

—¿Por cuarta vez? —le preguntó Oliver con una carcajada justo antes de terminarse su copa de un trago—. Acéptalo, Sophie. Tal y como van las cosas, si no tenemos cuidado estaremos endeudados el resto de nuestras vidas. La empresa está perdiendo dinero. La casa no se va a vender nunca. El banco nos la quitará para pagar lo que debemos y los dos nos quedaremos sin un lugar en el que vivir. Ni siquiera tenemos otro sitio en el que vivir. Tú dejaste la universidad para casarte con Roger y te fuiste a su casa. Yo tengo mi diploma, pero cuando llegué aquí todo había cambiado y los dos estábamos metidos en esto juntos, tratando de conseguir que la empresa funcionara…

La voz de su hermano había adquirido un timbre amargo que Sophie reconocía muy bien y sabía muy bien cómo terminaría todo. Oliver bebería hasta olvidar sus penas y se despertaría a la mañana siguiente presa de la resaca, pero con una especie de sedación que le ayudaría a olvidar los problemas, aunque fuera solo por un día. Era un hombre débil que no estaba preparado para aceptar la clase de situación a la que tenían que enfrentarse. Sophie odiaba no poder hacer nada más por él.

Oliver estaba bebiendo demasiado y, si las cosas no cambiaban pronto, veía que se avecinaba una tragedia.

Decidió apartar de su pensamiento las tristezas que atenazaban su vida y trató de centrarse en las pocas cosas felices que había en ella.

Tenía salud. Además, su madre estaba bien, acomodada en una casita en Cornualles, lejos de los problemas que los afligían en aquellos momentos a su hermano y a ella.

Dadas las circunstancias económicas en las que se encontraban, tal vez fue un gasto algo innecesario, pero cuando Gordon Griffin-Watt murió, a los dos hermanos les pareció imperativo conseguir que Evelyn, su madre, que también se encontraba en una situación muy delicada de salud, saliera adelante. Sophie tomó todo el dinero que había disponible y compró aquella casa en Cornualles, donde vivía la hermana de Evelyn. Y había merecido la pena. La felicidad de su madre era lo mejor de sus vidas, sobre todo porque no sabía los problemas que afligían a sus gemelos y eso era bueno. Su salud jamás podría soportar el estrés de conocer que iban a perderlo todo. Lo mejor que había hecho Gordon había sido negarse a contarle a su esposa los problemas financieros que tenían. Evelyn ya había sufrido dos ictus y no había querido provocarle un tercero.

—Vázquez está dispuesto a escuchar lo que tengamos que decirle.

—Javier no hará nada para ayudarnos. Confía en mí, Ollie.

—¿Y cómo lo sabes? —replicó su hermano mientras se servía otra copa y la observaba con expresión desafiante en el rostro.

—Porque lo sé.

—Pues ahí es donde te equivocas, hermanita.

—¿Qué quieres decir? ¿De qué estás hablando? ¿Y… crees que deberías tomar otra copa cuando ni siquiera son las cuatro de la tarde?

—Dejaré de beber cuando no esté preocupado a todas horas por si tendré un techo bajo el que cobijarme la semana que viene o si tendré que empezar a pedir por las calles para conseguir unas monedas.

Se tomó la copa y volvió a llenar el vaso con gesto desafiante. Sophie ahogó un suspiro de desesperación.

—Dime lo que te dijo Javier —insistió ella.

—Quiere verte.

—¿Cómo?

—Dice que considerará ayudarnos, pero quiere hablarlo contigo. En realidad, me pareció un gesto por su parte…

Sophie sintió náuseas al escuchar aquellas palabras.

—Eso no va a ocurrir.

—¿Prefieres vernos a los dos viviendo debajo de un puente en Londres, tapándonos con periódicos? —le espetó Oliver—. Estamos hablando de tener una conversación de veinte minutos con un antiguo novio, por el amor de Dios…

—No seas estúpido… No vamos a terminar viviendo debajo de ningún puente.

—Te aseguro que no nos falta mucho, Sophie.

—Voy a ir al banco mañana para pedirles un préstamo con el que mejorar nuestro sistema informático…

—Pues buena suerte… Te dirán que no. Los dos lo sabemos. ¿Y qué crees que va a pasar con ese dinero que le damos a mamá todos los meses? ¿Quién crees que la va a mantener si lo perdemos todo?

—¡Basta ya!

Sophie nunca había querido evitar la realidad, pero, en aquellos momentos, quería que pasara a un segundo plano. Sin embargo, no podía. El peso de su futuro volvía a descansar sobre sus hombros, pero Oliver….

Oliver no sabía nada. Lo único que veía era un ex que tenía mucho dinero y que podría estar dispuesto a ayudarles prestándoles una cantidad a un interés razonable por los viejos tiempos. Sophie no podía culparle.

—Le dije que estarías mañana en su despacho a las seis —dijo Oliver mientras se sacaba del bolsillo un trozo arrugado de papel y lo dejaba sobre la mesa.

Sophie lo tomó y vio que había escrita una dirección y un número de móvil. Solo mirar aquellas dos líneas que la conectaban directamente con su pasado le aceleraban con fuerza los latidos del corazón.

—No puedo obligarte a ir a verlo, Sophie —comentó Oliver mientras se ponía de pie con la botella de whisky en una mano y el vaso vacío en la otra—, pero si decides ir al banco cuando ya nos han rechazado en el pasado y amenazan con quitárnoslo todo, tú verás. Si optas por ir a verlo, te estará esperando en su despacho.

Sophie se quedó sola en la cocina. Suspiró y se reclinó sobre la silla con los ojos cerrados.

No tenía elección. Su hermano jamás la perdonaría si no iba a ver a Javier. En realidad, Oliver tenía razón. Al ritmo que iban las cosas, no tardarían mucho en perderlo todo. Además, ¿quién querría comprar una casa en el campo que estaba en un estado lamentable? Desgraciadamente, no se podían permitir venderla a cualquier precio porque había sido rehipotecada.

Podría ser que Javier se hubiera olvidado de cómo habían terminado las cosas entre ellos… Podría ser también que él hubiera cambiado, que tuviera mejor carácter. Tal vez les ofrecería un préstamo a bajo interés por el breve pasado que habían compartido. Tal vez pasaría por alto lo desastrosamente que aquel breve pasado había terminado…

En cualquier caso, no tenía opción. Sencillamente, tendría que ir a ver a Javier…