Un día larguísimo y luego llega la hora de fichar y todos salen a la calle. Ya ha oscurecido. Los días se van acortando. Esta época del año te deprime aún más de lo habitual. Los dibujos colgados con chinchetas añaden un toquecito hogareño. Deciden lo que tendrá que esperar hasta mañana, apagan las lámparas de los escritorios, asoman por encima de las particiones de los cubículos. Hoy en día el desengaño es modular e intercambiable y se parte sin problemas. Encaje dos palabras según los diagramas: Hasta Mañana. La gente se apiña en los ascensores y descienden hacia lo intermedio, hacia un espacio entre el trabajo y el hogar que es una especie de ensueño: es adonde van para entender el sentido de lo que acaba de pasar para poder así avanzar un poco más.


Escapa del centro de la ciudad. Corre y salta el muro o abre un túnel por debajo. Formas geométricas elementales hacen estragos por doquier. Los arquitectos trasladan su psique al acero y el hormigón. El nacimiento del primogénito, la despedida del amante, los cheques de la pensión alimenticia: todo está allí, codificado en columnas, rasgos de fachadas, ventanas que no abren. Pasea a la sombra del subconsciente, trabaja arduamente en los monumentos por un duro declive. El horizonte urbano traza la gráfica del orgullo desmedido de generaciones sucesivas, visible a kilómetros de distancia, e indefectiblemente todo el que lo ve deduce la moraleja equivocada de la historia. Los edificios corrientes terminan demasiado pronto. Reconoce a la realeza por la altura, a simple vista, y memoriza sus coronas. Algunos de estos edificios llegaron remolcados, transportados desde las islas del Pacífico Sur donde los labraron en negras rocas volcánicas. Esos oscuros glaciares. Demasiado bajo las superficies. En edificios compuestos de las trece plantas descartadas de otros edificios, se despliegan siniestras transacciones. Despacho Disponible. Pocos edificios por aquí merecen ser persona, pero a juzgar por la gris procesión de caras, algunos de estos tipos no distan mucho del pladur. Huesos de acero, mortero en las venas. Granito sin fin.


Los ornitólogos reconocen a estos pavos reales corporativos por su plumaje de raya diplomática. La de cosas que les pasan por la cabeza a esta especie de pájaros. Ese par de ahí van al mismo sastre y cuando se encuentran sienten un gran alivio. Retazos cosidos y unidos por finos hilos. Confía en el camuflaje para seguir a salvo. Está tan lleno de envidia de traje y maletín que solo un lustre en los zapatos realmente bueno podría recomponerlo. Aquí llega míster Traje a Medida: todo lo que ha terminado por temer se esconde en sus puntadas milagrosas. Cuando le descubran, no se excusará por vestir ropa interior femenina. Sencillamente, es más cómoda. El sonido de sus tacones desconchando suelos de oficina hace temblar a los simples mortales, pero estas zapatillas deportivas le acarician los pies en el trayecto del trabajo a casa. Otro día menos para el Viernes Sin Uniforme, ¡yupi! Con volantes, con sombreros de ala, como si vestirse con el lenguaje del vuelo pudiera liberarlos del suelo y convertirlos en algo mejor. El túnel de viento a la vuelta del edificio por fin le avisa de que lleva la bragueta abierta desde hace horas. Esta noche hace un poco de fresco.


Ocupan los días con rituales de lo más curiosos. Peones y torres se mueven según sus reglas. Comer o dejarse comer. Matar o dejarse matar. El próximo que la pise se va a ganar un puñetazo en toda la boca. Summa cum laude por el Instituto de Apretones de Mano Firmes. Turbina, este es Chasis. Martillo, este es Yunque. A continuación, se intercambian tarjetas. ¿Tienes tarjeta? Yo tengo una. Toma la mía. ¿Te gusta mi tarjeta? Las tarjetas se frotan unas con otras en las carteras y engendran tarjetitas. El origen secreto de la borra de los bolsillos. Él se pincha con la aguja que olvidó quitar de la camisa nueva. Un minúsculo arsenal de karma. A ella la han invitado a ir a tomar unas copas pero lo ha dejado para otra ocasión porque el día ha sido largo y algunas de esas personas han subido puestos en la lista de enemigos. Anótalos para vengarte, ¿cómo te va el lunes a las dos y media? Sucio y abarrotado. Maquinar, apresurarse, asociarse. Muévete, muévete, muévete. El viejo tropieza y se cae y lo pisotean, y le ayudarían a levantarse pero van tarde, tarde, tarde.


Si vivieras aquí ya habrías llegado a casa. Te queda tiempo de sobra para repasar las últimas horas y obsesionarte por lo que no salió según lo planeado. Los espasmos retuercen, los espasmos desgarran y advierten, los espasmos pasan en unos minutos o la historia no nos ha enseñado nada sobre las úlceras. Cuando se acerca a comprar un antiácido al quiosco se le cae por accidente el cambio entre las chucherías. Después de pasarse el día escondido detrás de secretarias y contestadores, estas pequeñas interacciones le provocan una gran ansiedad. Ella apunta el porte con que cruza el paso de peatones en la lista de cumplidos diarios a sus armas de mujer. Unos laureles de lo más cómodos, quizá podría dormirse en ellos un poquito. La voz ha corrido tan rápido, que en el almuerzo de hoy le han sentado a la mesa de los civiles. El juego de la oca. ¿Por qué no retiramos su mesa de trabajo, ponemos una cinta de andar, colgamos una zanahoria del techo y dejamos de fingir de una vez? Tan cansado… Llevarte todo el reconocimiento por el trabajo de los otros durante todo el día te exige muchísimo. Inútil para todo menos para temer el éxito. Otra vez le han pasado por encima. Archivero de desaires. La buena fortuna de todos los demás es alimento que te quitan de la boca o un abrazo que nunca recibiste de alguien que debería haberte querido más. A media comida cae en la cuenta de que los techos de cristal permiten levantar la vista hacia el infierno de otra persona. Los tipos de la sala de correo van a por él, lo sabe. Quiero su dimisión en mi mesa mañana por la mañana.


La gente que ha trabajado hasta un poco más tarde ocupa las aceras, la competición por los asientos del transporte público es inminente. Deséale buenas noches al guardia de seguridad. Idas y venidas de encargados de llaves electrónicas que identifican a los empleados no mediante números deshumanizadores, sino por motes crueles. Hola, Cara de Cubo. Sin duda, los clientes echarán un vistazo a nuestro vestíbulo y apreciarán que no ganduleemos. ¿Verdad? ¿Verdad? Parece mármol pero en realidad no lo es. Los atrios y la marea humana erosionan estos acantilados imponentes. Los planes de las promotoras inmobiliarias fracasan, el rechazo planeado a las leyes de zonificación cara a cara con el obligado espacio público. ¿En serio que los fondos públicos han financiado la ejecución e instalación de esa odiosa obra de arte? Formas vagamente humanas de metal retorcido. Bajo esta luz otoñal cuesta distinguir abstracciones. Desde luego las poses lánguidas de los hierros parecen sugerir una exposición al soplete, a temperaturas atroces, un variado crisol. Los elementos los han despojado del recubrimiento a prueba de agua y ahora están indefensos. Nosotros nos las arreglamos igual. Oxidaos despacio, amigos, y dejad trocitos de vosotros dondequiera que vayáis.


Por improbable que sea, al día todavía le quedan unas cuantas vejaciones. El día diluye la vejación con frustración para que dure más. Soy la abominación, me llamo Metro. Él no logra entrar. Los demás inundan los torniquetes, golpeando las barras con las caderas, y no van a dejarle pasar. Tiene que volver a casa, pero solo consigue medio entrar antes de que otro cargue contra él. Es un pez fuera del agua. Todos los de todas las plantas se embuten en este vagón de metro: los fabricantes de memorandos, los repartidores de memorandos, los clasificadores de memorandos y los destrozadores de memorandos, los que siempre están en su mesa y los que nunca lo están. Caben todos. Peleándose como palomas por mendrugos duros de asiento. Todos creen merecerlo más, todos creen que su día ha sido más duro que el de los demás, y todos tienen razón.


Dentro de la catedral. Pues claro que a los holandeses les pasmó encontrarse la estación de Grand Central debajo de esa enorme pila de basura. Ay, los indios y su estricta política de no aceptar devoluciones sin el recibo de compra. Y hete aquí que la tierra se enfrió, Grand Central emergió entre kilómetros de magma, se alojó en la corteza de esta isla y aquí se instaló. El primer inmigrante. Todavía por asimilar. Siempre indigesto. El río de rascacielos fluye a su alrededor. Los viajeros nadan hasta Grand Central y se aferran a ella, saboreando ese asidero firme en medio del rugir de las aguas rápidas. Iglesias de relleno a intervalos regulares, según el programa establecido en el plan de negocio. Como las mejores tormentas, la hora punta empieza con una ligera llovizna, luego deviene diluvio infernal.


La noche urbana se traga las estrellas. Tendrá que bastar con las constelaciones pintadas en la bóveda del Vestíbulo Principal. Universo sustituto. Las Osas, Cáncer y Cinturón de allí arriba no se mueven, paralizados por la vergüenza que les provocan las estrellas que atraviesan el suelo de la terminal en su trayectoria a casa. Se acumulan. La voz de los altavoces es determinante para mandar disparados como cohetes la gran variedad de colores hacia el interior de los bolsillos laterales: Vía 17, Vía 18, Vía 19. Siempre hay algunos que esperan sin habla, estupefactos ante el espectáculo y la velocidad. Se conformarían con llegar a la cabina de información. Gruñe y gatea con los codos por el suelo. En las pantallas de salidas los trenes que van a partir se pelean por un ascenso. Él se anima cuando oye el nombre de su ciudad por los altavoces. Ahorra para una casa dos paradas antes. Dirígete a la salida de los trenes. Vive cada minuto como si llegaras tarde al último tren. Lemas a la venta, traigan aquí sus lemas. Se reúnen aquí todos los días a la misma hora para cogerse de la mano y susurrar. En contra de toda probabilidad, de vez en cuando todo el mundo consulta algún tipo de reloj a la vez. ¿Has recordado reservar la energía necesaria para una última carrera? ¿Qué es ese ruido espantoso, como si a la puerta del infierno le costara abrirse y cerrarse? Alguien detrás de ti lleva pantalones de pana. El destino se presenta bajo formas muy diferentes.


Billetes, todo el mundo. Oiga, revisor, ¿podría rezar una oración, algo orientado a los peregrinos? Se acomodan en los bancos. Como manda la suerte, la clase de persona que dice «Es bueno conocerle» se sienta al lado de la clase de persona que dice «Ya organizaré un encuentro». ¿Qué guardarán en esas carteras y bolsos que con tanto afán vigilan? Muñecos para hacer vudú se repantigan sobre los informes de ganancias de la semana pasada. Teme el trayecto de vuelta a casa porque este podría ser el día en que tus hijos descubran el verdadero rostro del mundo y ¿cómo ibas a explicárselo? ¿Qué importan unas rodillas peladas en comparación con lo que les espera? Lo que se encontrarán tras muchas puertas: matrimonios, amantes, hipotecas de todo tipo. El trayecto dura el tiempo justo para meterse en el personaje y recordar las frases. Qué momento más extraño esta tarde, cuando se le olvidó el nombre de su hija. Has pagado para sentarte, así que reza. Como si estas humillaciones y sacrificios diarios significaran algo, como si los que llevan la contabilidad los anotaran. Mañana lo retomaremos donde lo dejamos. Que duermas bien. Felices sueños. Duerme el sueño de los triunfadores porque te las has apañado para pasar un día más sin que nadie descubriera que eres un completo fraude.