Una vez al año sale a caminar. Sin destino. Sin mapa. Si vives aquí el tiempo suficiente, acabas por incorporar una brújula. ¿Quién puede quejarse? Un tiempo unánime suscita las mismas frases en el centro que en las afueras: Bonito día, ¿verdad? De distrito en distrito. De modo que él pasea. Hoy no hará preguntas. Las calles no le organizarán el día. Saldrá solo. Tales son los términos de la tregua que ha pactado con Broadway.
Camina. Con las manos en los bolsillos o remando con los brazos en este oleaje. Da igual. Nada de pasarse de listo. Solo los tontos intentan timar a Broadway y siempre terminan con un billete solo de ida para salir de la ciudad. Sobre los postes, las placas de las calles bautizan las distancias. Los nombres de hombres acaudalados frecuentan las placas hasta que los números los exorcizan. Cuando se les acaban los nombres, los cruces optan por las matemáticas, pero qué clase de ecuaciones emergen de términos tan dispares: ¿Qué da Broadway multiplicado por la calle Once? Debo de haberme dejado el ábaco en los otros pantalones. Las señales cantan: Última Oportunidad y Liquidación Total. Durante un tiempo limitado solo tú puedes reservar mi corazón mediante el pago de un depósito. Todo el mundo a su alrededor tiene planes de pago, acuerdos para pagar por lo que quieren. Y él, ¿qué persigue? Él pasea.
Bonito día, ¿verdad? Los niños evitan las fisuras de la acera por miedo a que provoquen en sus madres una lesión en la columna. Avanza como un niño caminando en línea recta sin importar lo que se cruce en el camino. Una promesa en contra de los virajes. A ver cuánto aguantas. Los obstáculos obstruyen, los de la calle y los que lleva consigo. Mira todas las cosas que se esconden en las grietas de la acera. Organicemos un homenaje a todos los hierbajos valerosos de esta ciudad, a todos esos seres anónimos que luchan por florecer, con sus brotes intrépidos y sus improbables puntos de agarre. Son ciudadanos ejemplares. Las semillas buscan mugre y no falta mugre ni faltan grietas para la mugre. Al fin y al cabo, este lugar se está desmoronando. Si escuchas con atención, se oye. Día a día contribuyes al desmoronamiento. Crees que este lugar te chupa la sangre pero, en realidad, ocurre a la inversa. Menuda amistad.
Avanza y titubea siguiendo su senda. Se abrió paso por la ciudad a la fuerza, avasallando la cuadrícula de calles. Una diagonal que atravesó las consternadas vías paralelas, que espantó a los parques a su paso, que estrujó edificios hasta convertirlos en hierros chatos. Por la noche es una cicatriz bien iluminada. A la luz del día, el Everest. Todos vosotros, caminad. Gruñimos y gemimos. Como si esta calle no estuviera más o menos nivelada, sino que fuera un sendero a través de la jungla. Hace solo un rato que la hora punta abrió el camino. Pisoteando, domeñando pendientes, equivocándose por ellos. Pero la maleza ha tenido tiempo de crecer hasta agitarse ante los ojos de los peatones, de espesarse hasta cubrir las huellas, y ahora todos son exploradores que van partiendo las ramas molestas. Nativos y turistas por igual se pelean con mosquitos diversos. Él ha vivido siempre aquí. A veces se va, pero nunca se le han dado bien los idiomas y para él cruzar la frontera del estado es viajar al extranjero. Los turistas descubren lo que él da por sentado. Torturan guías de viaje y discuten, dicen: Ya hemos pasado por aquí antes, mientras se mueven en círculos como los mejores veteranos. En esta ciudad siempre acabas donde empezaste. Confórmate con ampliar el radio poco a poco, no esperes nada más. Él ha vivido siempre aquí y los amigos huyen y también ella huyó, pero Broadway sigue aquí. Camina y empuja. Sigue empujando y quizá logres ampliar el radio. Saborea los centímetros que tanto cuesta ganar.
Atrapado en las esquinas, esperando a que cambie el semáforo. Le alcanzan. Para qué molestarse en adelantar si todos son tortugas maquinadoras a las que la fábula da la razón. Mira, ahí llega la liga de las mamas sensuales. Empujando carritos, arremetiendo contra los bordillos, conduciendo la progenie por la acera. Estar otra vez a salvo, ignorante de todo. Deditos que arañan el aire por encima de los carritos. La gente trata de hacer sonreír a los bebés de los demás mientras esperan a que cambie el semáforo. Los desconocidos siempre se ven borrosos. Una brigada de señoras embarazadas caminan como patos pero con dignidad. Dentro de tres meses florecerán convertidas en mamas sensuales, pero de momento solo buscan la tienda que vende ropa para ciudadanos nonatos. Las uniformará de negro rápidamente. A los fetos les inquieta en qué código postal acabarán y a golpecitos contra la membrana escriben en morse: Alquilar es de idiotas. Son demasiado jóvenes para saber que el útero te prepara de cara a las dimensiones de los apartamentos. Si piensas en lo de las dimensiones, esto es pura demencia urbanizada. El cielo tiene muchos metros cuadrados cuando se te permite verlo por entre los edificios. Todos a una: nos han timado. Pero llegados a este punto es imposible romper el contrato de arrendamiento.
El semáforo cambia y él vuelve a desear lo mismo: que cada paso que diera dejase una huella de neón. Cada paso, desde el primero que dio hasta estos de ahora. Así podría alcanzarse a sí mismo, perseguirse a lo largo de la ciudad y los años. Ver que la última vez que caminó por esta manzana estaba achispado o enamorado. Decidió, desorientado como hoy, no ir a ningún lugar en particular. Si pudiera ver sus pisadas, sabría cuáles son sus territorios todavía por explorar y adonde no volver nunca. Algunos de los comercios de toda la vida han desaparecido desde la última vez que estuvo aquí. Lo que ocupa sus locales es luminoso y brillante como unas llaves nuevas. Las llaves nuevas encajan en cerraduras nuevas. Aquí es raro que el establecimiento nuevo sea de menor categoría que el anterior, ojalá pudiera hacer consigo mismo y sus ideas como las propiedades inmobiliarias: solo prosperar. Dios es testigo de que ha intentado adaptarse al mercado siempre cambiante pero la camisa nueva es solo eso, no va más allá: en cuanto entren, reconocerán la mercancía y objeciones de siempre. Ha hecho limpieza —a veces acaba con el cerebro muy sucio—, pero ellos no verán lo que ha renovado; es un oficio muerto, algo que solo recuerdan los directorios telefónicos antiguos. Herrero, afilador. Acelera el paso.
Camina hasta desfallecer. Pasa de largo por lugares en los que solo ha entrado una vez y no piensa volver, una pizzería, un bar de comidas, lugares que fueron el refugio de una noche o una tarde porque no quería llegar temprano, porque esperaba rato entre cita y cita, porque le había entrado pánico. Durante diez minutos o media hora mató el rato en la barra, desatendido por las camareras o picoteando algo horneado, una vez y ninguna más, y ahora el lugar es un monumento a aquel día y lo será durante años y años, con las ventanas algo más mugrientas y los carteles más descoloridos, hasta que un día se transforme en tienda de animales. Pasa de largo frente al escaparate renovado sin pensar, olvida que alguna vez te detuviste ahí, el cambio de propietario demuestra el traslado de esos viejos tus. Créetelo y desaloja así la verdad de las cosas.
En ocasiones como esta puede resultar beneficioso recordar algunos versos de la última novedad en libros de autoayuda. Viviendo tan cerca de Broadway, bajo su radiación día tras día, acabarás enfermo. En este tramo los porteros prohíben el paso a la chusma enferma, distinguiéndola de las epidemias más lujosas de los pisos de arriba. En ese tramo nunca se lavan los platos hasta que están todos sucios, permitiendo a los inquilinos tiempo para garabatear postales fraudulentas para lugares que nunca debieron abandonar. ¿Y quién vive en tu planta? Tu surtido personal de huéspedes de paso y enfermos confinados en casa. Menuda pandilla más rara. Las paredes aquí son de papel. La ira y la compasión han sido tus vecinos durante años, discusiones y chasquidos de lengua escuchados a escondidas, pero no se han visto las caras desde hace años. Algunos no duran. El optimismo se saltó el alquiler hace tiempo, pero el cínico del ático de lujo no se marchará hasta que la policía lo saque a rastras de allí. Cargan con las maletas por la avenida, otra vez de mudanza. Siempre hay residencias más baratas si estás dispuesto a renunciar a tus principios. Firme aquí. Entregue un depósito. Te hipotecarían el alma.
Camina hasta que te pese el corazón con la carga. Él tiene rincones cargados: pasa por algunos sitios que le ponen los pelos de punta. La primera cita con ella en ese restaurante, la última cita en aquel otro. Su ex mujer vivía encima. Se pegaron el lote en esa entrada y un transeúnte le interrumpió su despliegue técnico. El hombre tenía que hacer una llamada, era muy importante, y las cabinas de esa calle estaban malditas, no funcionaban, devoraban las monedas, era un desastre. Él tiene rincones cargados y tú tienes los tuyos. Evítalos porque no quieres ni acordarte. Pavimento que te recuerda una noche que sería mejor olvidar. Baches que te recuerdan bajones de ánimo. Míralo hoy y proclama: Este edificio no tiene nada que ver conmigo. Para liberarte de todo lo que precedió, para moldear tu cara de acuerdo con el cliché de este lugar.
Elige tu yo. Sé célebre y famoso. Sé un artista moderno: elige un cruce concurrido y proclámalo tu obra maestra. A los críticos les encanta, aplauden tu sentido del color, se preguntan cómo has conseguido esas caras. Veo un trasfondo subyacente de alienación metropolitana, dice uno. Como las mejores obras de arte, lo has tenido siempre delante de las narices pero lo ves ahora por primera vez. Como las mejores obras de arte, te sobrevivirá.
Todo el mundo recuerda la ciudad. La ciudad recuerda a algunos. Él desaparece a cada paso. ¿Quién es en medio de la multitud? Elígelo de entre la gran plebe. ¿No sería curioso que a la ciudad le importaras? ¿Si, contra toda probabilidad, dejaras huella, si todo este dar pasos fuera repartir limosna y en un momento improbable después de tantos años este lugar te sonriera? Ocurriría así, en una tarde parecida a esta, entre una esquina y otra. En cierto modo todos los edificios son lugares en los que has vivido, los buenos tiempos se asoman entre las cortinas. Todas las farolas han acordado concederte paso, rápido y seguro. Ya sería algo. Tropieza. Lleva los cordones desatados. Al fin y al cabo, esto es Broadway, y te deshará poquito a poco.
Sigue caminando. Estas cosas flotan en el aire y ¿qué va a hacer un chico contra ellas? ¿Es que estas maniquíes no tienen vergüenza? Mira cómo visten, ¿qué les pasa en los pezones? ¿Podría concertar una cita? Ojalá existieran leyes de zonificación que regularan los pensamientos extraños. Que los mantuvieran en otros vecindarios. Solo al cabo de unas manzanas se hace patente el sadismo de quien diseñó los zapatos. Las cosas se compran en las tiendas, las personas se compran en la calle. Sabes lo que quieres sobre la piel. Lo que elijas se desgastará mientras lo lleves. Olvídate de esta manzana porque no hay nada de tu talla. Siempre hay otra opción al otro lado de la calle y quizá te vaya mejor. Te dices: Cruza rápido y cruza también los dedos. Quizá la siguiente manzana sea mejor.
Aquí es donde rodaron la escena esa de aquella película, ya sabes, la del tipo aquel. Al fin y al cabo toda la ciudad es mentira. No es famoso, solo lo parece, pero casi lo consigue. Las celebridades de verdad dejan una estela de cuellos estirados. No sabía que fuese tan bajo. La versión sin censurar del director de su estado de ánimo actual incluiría múltiples tiroteos, ni un solo aporreamiento e incontables accidentes de tráfico. Pero no tiene presupuesto y tiene que apañárselas con efectos especiales baratos, maníacos adictos al bocinazo y gestos obscenos. Un tumulto no ensayado y de toma única, cámaras: acción; sonido: acción. A su alrededor la gente monta sus propios musicales, reclutando extras entre la multitud, seleccionando secundarios para su costoso gran espectáculo. Dúos no, por favor, que nadie más se pavonee bajo los focos. Los otros peatones ocupan sus marcas, caen muertos, y él es el último hombre vivo en una ciudad solitaria por fin llevada al cine. A continuación, un baile por encima de los cuerpos postrados mientras la música se eleva. En todos los coches que pasan suena el éxito ineludible de esta temporada. Esa emisora de radio y su selección como resultado de los sobornos. Pasa un coche y luego otro o un comercio recoge el testigo para asegurarse de que tengas la letra siempre en los labios. De todos modos, ¿cómo se titulaba esta canción?
Camina hasta dejar clara tu opinión con los pies, como si hicieras vino. Desde las alcantarillas, las ratas se exclaman a coro; la vida es una discusión con el mundo que se alarga en el tiempo. Si alguien escuchara, valdría la pena gastar el aliento en ella. La gente que habla por el móvil cae en la cuenta de que la línea se cortó hace manzanas y se pregunta si tendrá el valor de repetir lo dicho. Mensajes mezclados, señales perdidas. Los amos de las vallas publicitarias barajan mensajes y señuelos, intimidan colgados por encima del nivel de la calle. Partes anatómicas aerografiadas. Le informan de un tratamiento nuevo excepcional o cualquier otra cosa indispensable. A falta de un bolígrafo, intenta memorizar el número de teléfono, repitiéndolo en forma de cantinela hasta que cancioncillas más vulgares ocupan su lugar, los fagots de los autobuses tratando de alcanzar el semáforo en verde, las castañuelas de los tacones altos sobre el cemento, y pronto lo único que le queda son dos dígitos y una causa perdida. Si tuviera el dinero, anunciaría su debilidad en todas las vallas publicitarias, en los muros de ladrillo de los edificios de antes de la guerra, y contrataría a dementes y perturbados para repartir folletos en las esquinas más concurridas: Este soy yo. Pero nadie compraría la mercancía porque la gente repasa las vallas en busca de lo que no tiene y ya tienen bastantes espejos en casa. Compra cualquier cosa en esta ciudad, que solo sirve para tener más bolsas de plástico vacías. Las bolsas de plástico vacías se acumulan formando blandas montañas blancas. ¿Dónde está el vigilante o el poli espabilado que libre a nuestras calles de esas bolsas de plástico vacías? Cascaras de necesidad. Arrúgalas unas dentro de otras para ahorrar espacio. Machaca todas tus cosas rebeldes. Haz vino con ellas.
Se necesitan piernas de gigante para avanzar pero es irrefutable: está caminando más rápido. Sin saberlo, ha encontrado la manera de sumarse al ritmo de la calle y ¡qué pegadizo!, ha convertido sus pies en mazos, en repetidores percusivos. Haceos a un lado, patosos urbanos, apartad, moradores renqueantes. Que pasa él, marcando el paso. El semáforo en rojo cambia a verde en cuanto él llega al bordillo. Los camiones de reparto más grandes sonríen y se calan, cambian la ruta. Los tenderos cierran antes la tienda para echar un vistazo, la multitud ondea banderas en una esquina, es una ocasión que contarán a sus nietos. Ningún perro ha ensuciado por donde pisa, él no flaquea y ahora la orquesta empieza a tocar en serio, al final parece que tendrá su musical, entran grácilmente actores en esmoquin y actrices vestidas de fiesta, todos los ensayos confluyen en ese momento. Esta es mi ciudad. Él es el Rey de Broadway anatema de baches y bocas de alcantarilla. La infraestructura está débil y vieja y solo se mantiene sólida en un punto: bajo los pies. Lo izará. La ciudad te obliga a vestir una armadura y míralo a él, indefenso, tiró el casco y el peto hace manzanas, entre sus enemigos no hay brazos lo bastante fuertes para lanzar la flecha capaz de perforarle la piel. A su lado son todos unos cobardes. Inclinémonos ante él. Nadie se inclina. Este reino es interior.
Camina y luego aminora la marcha. Como cansado. Bastante hambriento. Escudriña los menús de los escaparates en busca de una buena comida. Los precios son escandalosos, se lleva la mano a la cartera y al tocarse el bolsillo se convierte de nuevo en mortal, reducido únicamente a lo que paga. Se acabó el paseo, tiene que parar, porque Broadway solo ofrece algo así una vez al año y a regañadientes. Es la pequeña degustación que les empuja a seguir y los mantiene aquí año tras año a la espera de estas tardes clave. Es lo que te da. Broadway es generoso y sabe que si no repartiera estas dosis se secaría. Estos regalos ocasionales no cuestan nada. Es terrible y generoso. Broadway sabe que cada pisada es un latido de su corazón, que nosotros mantenemos el latido de su corazón, que necesita memos y ciudadanos para mantener la circulación de su sangre. Broadway sabe que si alguna vez llegara a saberse este secreto se vaciaría, de modo que periódicamente deja echar un vistazo. No cuesta nada, esta justa inofensiva.
Regresará el año próximo. Más o menos por las mismas fechas, dependiendo de los sistemas frontales y su propia meteorología interior. Porque Broadway y él se entienden. Él vendrá una vez al año hasta que muera y otro ocupe su lugar. Mueve esos pies. Camina y camina. Son los términos de la tregua que ha pactado con Broadway.