Tamaña multitud de hedores indica que tiene que ser verano. Es el asfalto al horno el que añade ese saborcillo especial. Está claro que este planeta, siempre inquieto, se precipita a toda velocidad hacia el sol. Algunos retozan como idiotas junto a las bocas de riego descorchadas, otros se dirigen a los confines de la ciudad. Al sur, hacia la playa, donde una escoba de aire salobre barre lejos de allí este tufo miserable. De modo que caen hasta el fondo del mapa del metro y se acomodan allí como monedas sueltas de diverso valor. Lo que encontrarán bajo sus pies no será asfalto, sino algo más furtivo.
Todas las quemaduras solares de mañana se reúnen a la espera. Las cabezas se disparan de un lado a otro en busca del hueco perfecto. Tierra cedida y robada. Este es el sitio. Intenta recordar tu fórmula personal para la comodidad en la playa, todo ese asunto de la toalla. Tuéstate a la parrilla. Para satisfacer a los hombres. La prueba arenosa de la última visita a la playa está pegada al cuello de la botella de loción bronceadora. Preguntar a la vez: ¿Me lo extiendes en la espalda? El sol lleva este bote medio derretido a furiosa ebullición, lo saca todo a la superficie, las relaciones pasadas, los cutis ocultos. Ese condimento extra. Las luchas de las tribus de los ancestros de todo el mundo han quedado reducidas al modo en que sus descendientes se protegen de los ultravioletas. La gente enfatiza ideas particulares sobre su cuerpo mediante camisetas, pantalones cortos y tops demasiado ajustados. Sácatelo todo y no olvides tus cicatrices favoritas.
Todo desaparece en la arena. Los objetos se pierden en la arena igual que la gente en las calles. Hay refugio en las orillas del nuevo mundo. Esta es la acogedora comunidad donde se retiran tapas que hace años que ya no se fabrican, colillas que han visto días mejores, extremidades de cangrejos. Maderos arrastrados desde su tierra nativa por la marea. Trozos de espuma de poliestireno naturalizados juran la bandera y recitan los nombres de los presidentes a la menor provocación. Sucias gaviotas hacen la ronda, esquivando a las algas vagas y lloricas. Se rumorea que alguien está comiéndose un bocadillo por aquí cerca. Las carroñeras se van a picotear a otro lado, emprenden vanas misiones. Las moscas zumban y saltan encima de los muertos y los que lo parecen. El loco del detector de metales zigzaguea siguiendo un eficaz patrón de búsqueda o por mera costumbre para evitar los proyectiles que lanzan los adolescentes. Su sueldo neto es pasmoso. El número de llaves de casa perdidas de hoy encajará con la media diaria de llaves de casa perdidas. Los hipócritas se quejan de la calidad de la arena, como si ellos no la afearan, y también las carroñeras, que arrebatan a la tarde pequeños jirones de comodidad.
Línea del frente de la antigua contienda sangrienta entre ciudad y naturaleza. ¿De qué bando estás? Cada grano es un comando en misión de reconocimiento explorando puntos débiles de los que informar. Algunos de los lugares en los que se mete la arena: ojos, bocadillos, zapatos, bajo las camas, cabelleras, alfombras, alfombrillas de coche. Entrepiernas y troncos cerebrales y centros de toma de decisiones. Niños con cubos trasladan puñados de arena de un lado a otro para deshacer los diseños secretos de las mareas. Siglos para elaborarlos y ahora está todo arruinado. La regla reza así: violencia a propósito y belleza por accidente. Sus castillos se erigen orgullosos en solares empapados y, sin embargo, pese a su entusiasmo, un porcentaje muy pequeño de estos niños harán carrera en el mundo de la construcción, es muy raro. En verano no hay colegio pero la arena enseña lecciones. Lo que los niños moldean son ciudades, frágiles y en miniatura, pero no por ello menos ciudad. Es la imposición del orden natural a la naturaleza. La arena se escapa entre los dedos pero nadie capta la indirecta. Nuestros ejercicios juveniles. Lo que construyen no puede durar. Los horizontes frágiles son demasiado fáciles de destruir.
Esta franja cabalga sobre uno de los meridianos mágicos del mundo: sigue nadando y acabarás en Inglaterra, sigue excavando y acabarás en China. Eso dicen. Los niños van y vienen del borde del agua, se adentran cuando les parece seguro y huyen cuando las olas se acercan. Con una regularidad mecánica deprimente. Imitando a sus padres y el despiadado ir y venir del trabajo a casa. A veces una semana laborable te hace polvo, te pulveriza hasta el tamaño de las partículas. Los que viven cerca de autopistas reconocen el ruido de las olas. El océano circula en flujos y reflujos, es su trabajo. Los padres se adelantan para enseñar a su prole a nadar. Cierra los ojos. No ha estado tan mal, ¿verdad?, le dice una madre a su hijo. El niño escupe agua de mar. Las corrientes y la resaca son las manos del mundo que te asen para salvarte de las ciudades y su influencia. La infraestructura oculta de las olas. Acontecimientos ocurridos a miles de kilómetros de distancia encuentran su significado último en estas amables consecuencias sin importancia que mendigan en la orilla. Haz el muerto y abandona la sociedad, sin sonido, sin peso, solo tú y las fuerzas que te han empujado hasta aquí, que te han apartado. Sin ancla. A salvo. Es posible quedarse aquí, renunciar a la ciudad, nadar a contracorriente. El sentido de sus brazadas finales de hoy es un juramento de fidelidad. Mira qué concha tan bonita.
Incluso aquí los vecinos siguen estando demasiado cerca. Es una casa de vecinos horizontal. Detesta a los vecinos y su zafia charla a gritos, sus desafortunadas cantinelas. Envidia a los vecinos de excursión bien equipados. Sí, esos sí que saben, con sus neveras inagotables y sus sillas plegables de última generación. ¿Qué sacarán a continuación, una barbacoa Grillmaster 9000 o sencillamente a un chef famoso? Por favor, recompongan: partes que asoman de los bañadores, partes que reaccionan de modo natural a los cambios de temperatura, bordes penosos de la toalla, su actitud, porque me estoy poniendo de los nervios y ya que yo me tomo tantas molestias no podrían, por una vez, pasárselo bien. Probablemente no es el momento adecuado para un ensueño sexual pero la vista argumenta lo contrario. La de cosas que esconden cuando se visten para vivir en sociedad. No parpadees o te la perderás… la muestra anual de afecto de ese padre hacia su hijo. Verlo es como mirar el sol. Puede dejarte ciego.
Lentas gabarras arrastran neumáticos y exiliados cual negras puntas de flechas surcando el cielo azul. Cacharros de madera garantizan el equilibrio. Por toda la parte alta del embarcadero los pescadores ensartan esperanza en los anzuelos y los lanzan al agua, luego esperan un leve picoteo. Por los lados del embarcadero, los percebes se enganchan con una tenacidad propia de chivato de Hacienda. De una punta a otra del paseo, los visitantes establecen su velocidad de crucero. Debajo del paseo es donde se almacenan los candidatos a alcalde fracasados. Inverosímiles viveros de almejas. El vendedor de perritos calientes. Lo que era verdad para los ciudadanos hace cien años sigue siéndolo. Generación tras generación se maravillan ante el aire salado como si fueran los primeros en fijarse en él. Se guardan para sí los extraños sentimientos despertados por la novedad de contemplar un horizonte después de tantos días sin horizonte. ¿Qué hacer con estas nociones? Los veteranos ya lo han visto todo. Nosotros somos las reposiciones que no pueden evitar mirar. Los veteranos te contarán que cada tablón del paseo tiene una historia que contar y un nombre secreto. Cosa que de hecho es mentira. Al fin y al cabo, es solo madera muerta.
Fuera de temporada este lugar está muerto. No se lo digas a nadie, pero la noria es un engranaje del gran motor de la metrópoli y cuando se para el sistema, falla. Los viajes en las atracciones de los parques esconden otras cosas. En dosis médicas, las visitas a los autos de choque pueden prevenir la cólera en carretera. Respeta el miedo a los pernos sueltos, las eventualidades estadísticamente inevitables, el problema de abuso de determinadas sustancias del operario de la atracción tal como sugiere su mirada vidriosa. Los asientos de metal antiguos se pintan cada temporada. Metal negro como una mancha donde la gente apoya las manos. Todavía tienen que inventar la pintura de parque de atracciones que resista los agentes corrosivos del sudor provocado por el miedo. No hay manera de evitarlo, todo el mundo debe subir al Ciclón. Un bucle de cinta alzado por la brisa, que cae en picado por aquí y se retuerce por allá. De aspecto desvencijado. Puntales y vigas, palillos y pajitas. Las cicatrices viejas son las mejores. Las parejas hacen cola nerviosas. El primo del campo que ha venido de visita es azuzado por parientes sádicos. Cuentan historias terroríficas sobre la tasa de accidentes mortales para asustarle, pero cuando las barras protectoras se cierran de golpe se creen sus propios cuentos.
Demasiado tarde para echarse atrás. Chilla si crees que puede servirte de ayuda. Estrújame el muslo según lo previsto. Ciudadanos de esta nueva ciudad vertiginosa. Arriba y abajo. Si oscilas de este lado tienes el océano encima en forma de ola, como una penumbra que te hace señas, si oscilas del otro te estampas contra las torres de pisos, contra sus anchas fachadas. Tu cabeza sí que es una montaña rusa tratando de reconciliar dos propuestas contradictorias. Tierra y espacio, cemento y aire, ciudad y mar. Vida y muerte. Elige rápido. La ciudad y el mar no se llevan bien, nunca lo han hecho. Dos combatientes malhablados, dos viejos enemigos enconados. Este viaje son los dos peleándose a puñetazos y tú cabalgando sobre sus brazos, bajas y subes y te deslizas y giras sobre tendones y músculos en movimiento. Ojalá pararan de reñir por nosotros. Ahora estás mareado. Grogui por la vista, zarandeado y apaleado, tambaleándote entre lo ocurrido y lo que podía haber ocurrido. ¿Por qué no interviene el árbitro? Es una masacre. Cierra los ojos. Relájate: acabará enseguida.