Entorna los ojos. Está allí arriba, es esa isla estriada, esas tallas en porciones y a la espera. Elige tus cortes preferidos y atibórrate. Siempre puedes reconocer a los hambrientos por cómo se mueven. Un buen ejemplo: esa que se acerca al puente. Sus pasos la delatan: tiene apetito. Su historia al completo marcha detrás de ella con su código postal poco elegante y sus especies inmigrantes. Los nombres de sus calles conmemoran a los héroes menos famosos de la ciudad. Alcaldes y trabajadores en la sombra. Ninguna de las sílabas que construyeron esta ciudad, solo ver sus nombres en el correo la deja famélica. A veces el viento cambia y arrastra aromas del otro lado del río. Tienes hambre, admítelo. Ase tenedor y cuchillo y sírvete tu porción.
Hay multitud de puentes pero este es su favorito. Varias anclas mantienen la isla en su sitio para que no se aleje a la deriva. Tú también intentarías huir si todo el mundo depositara sus sueños en ti. Mula de carga y palimpsesto. El puente arranca poco a poco. A la entrada los religiosos pregonan sus pasteles de judías y sus lecturas también religiosas a los coches parados en el semáforo. Los coches esperan para entrar en el distrito, ella sube al puente para salir de él. Al principio es llano, la arrulla. Un puente tarda un tiempo en llegar al grano de lo que quiere decir y durante un rato la seduce con su charla melosa, pero entonces la mujer mira a un lado. Apenas ha notado la suave pendiente, pero entonces mira a un lado y tiene los edificios al nivel de la cintura. Y sin darse cuenta está en el aire. Admira al puente por su retórica ejemplar, necesaria para este salto de fe bastante espectacular.
Entrada gratuita. El único peaje consiste en lo que debes quitarte de encima. Deposítalo en receptáculos convenientemente ubicados. Respeta el sistema aceptado. Los refugiados pasan por su lado en sentido contrario y la mujer se pregunta qué saben que ella ignora. El paseo de cemento se convierte en listones de madera menos seguros. Es como retroceder en el tiempo. Probablemente más adelante se convertirá en un puente colgante de sogas, si no, no se explica que se balancee así. Banderas estadounidenses sirven de espantapájaros en lo alto de los arcos. Qué no daríamos por una ondulación enérgica de vez en cuando, nos conmovería el alma. En este instante no corre ni un poco de brisa. De pronto está sobre el agua. Después de la tierra, después de los muelles industriales, asómate entre los listones para ver el río. Si calculas bien, puedes acertar a un turista de alguna barca con un escupitajo.
Detengámonos un segundo para dejarnos intimidar por el magnífico perfil de la ciudad. Hay tantos edificios arrogantes que es como entrar en un festival de gilipollas. Quizá reconozcas esa silueta de los pósters o la televisión. Parece un decorado cinematográfico, una falsa careta de industria. Detrás de esas fachadas relucientes hay contrachapado y latas pintadas. A su lado, todos nosotros somos extras. Los paseantes desgastan aún más el calzado. Los corredores adelantan a los paseantes, no ven más que su horizonte interior, indiferentes a las maravillas que los rodean. Los ciclistas los adelantan a todos, haciendo girar los rayos, son otra especie. Él compone la letra de su canción, tarareando y chasqueando los dedos. La gente que silba en público recibe miradas reprobatorias. Los padres parapetan a sus hijos con sus cuerpos para protegerlos de los locos que pasan por su lado. Bajo los auriculares, su música favorita ironiza sobre el espectáculo que la rodea. En especial el estribillo denuncia el panorama con un entusiasmo estúpido. Aquí arriba reina una atmósfera diferente, que favorece líneas de evolución alternativas. Los pájaros, equipados con alas, hacen lo que les place.
Un hombre sigue desde un apartamento el perezoso avanzar de la mujer por el puente durante media hora. Cada vez que ella se detiene, él intenta adivinar qué está mirando, en qué está pensando. Para estar con ella, para acompañarla a través de esa cosa. Sostén involuntario de la manía de un hombre. Una mota entre un sinfín de motas. En los cruces, cabinas de emergencia ofrecen una ayuda que de ningún modo podría llegar a tiempo. Una avería en mitad del desierto. Territorio proscrito, tierra de nadie. Se recomienda este paseo en caso de necesitar una puesta a punto. Te revienta aquí una junta y tienes que apañártelas solo. Las cabinas de emergencia de la policía están rotas, no avisan a nadie. Levanta el auricular para contactar con una comisaría que ardió hace años. ¿Cuál es la naturaleza de la emergencia? Los encogimientos de hombros no se transmiten bien mediante fibra óptica. Y no hay nadie para impedirte trazar una trayectoria hasta el borde y saltar al vacío y caer en el agua. Nadie podría detenerte. El tráfico se ralentiza para fisgonear, los otros paseantes animan o disuaden, pero no hay manos que lo impidan. Todo te será revelado en esos últimos segundos antes del golpe, pero para entonces no tendrás oportunidad de actuar de acuerdo con tales revelaciones ni de disculparte. Sigue avanzando. Por favor, sigue adelante. Realizar este viaje es exponer los argumentos a favor de la vida o de la falta de convicción. Aquí arriba todo se ve confuso.
Necesitas un hechizo para saber ver las cosas. Las comisiones municipales deciden dónde colocar los bancos según cálculos ancestrales. Pero siempre han tratado de reglamentarte las vistas. Mientras los visitantes permanecen allí sentados, atisbando sin ganas, ninguno de ellos sospecha que él le toca el culo por debajo de los vaqueros. Programa patrocinado por el Departamento de Obras Públicas. Hito de la ingeniería civil. Disponible en metal hueco en puestos de baratijas varias. Varias placas de bronce repartidas por ahí rememoran la historia. Pero nada conmemora los lugares mágicos de la gente. Hace un par de años él se detuvo justo aquí, amenazó al horizonte indiferente con el puño en alto y declaró: No podrás conmigo. Ahora tiene dos hijos y un pequeño despacho. El día siguiente a su primera noche juntos cruzaron el puente a pie, pidiéndole su bendición. De momento, va bien. Una vez te pilló la lluvia y te acurrucaste bajo un arco en busca de refugio. No había escapatoria, como de costumbre, fuiste presa de los elementos. Una jugarreta del viento te dejó un hueco seco hasta que resultara seguro moverse, pero antes de que llegara ese momento toda la fuerza de la tormenta se concentró en ti y recurriste a promesas desesperadas. Exagera experiencias hasta dimensiones metafóricas. Relata un cuento de significación personal, recibe asentimientos asépticos pese a la adjetivación enfática. Años atrás ella eligió una ventana y se prometió que un día viviría detrás de ese cristal y contemplaría a los demás pasear por el puente como paseaba ella en ese instante. Inquilinos y cortinas que van cambiándose. Las cortinas de los últimos ocupantes permanecen cerradas ante ella y los de su clase. Está más cerca de la ciudad, sin duda, pero ¿cuánto más cerca de lo que quiere?
Capas de pintura descascarillada señalan proyectos de embellecimiento. Ojalá comprendieran que toda esa pintura no es más que carga añadida, que, bajo nuestras buenas intenciones, el puente se queja. La próxima mano acabará con todo. El puente resuella, exhausto. Vibra. Vibra. Cada vehículo de la autopista envía sus vibraciones a través del puente hasta el alma de ella. Si se sacude, se cae. Autopistas gemelas encorchetan el paseo para peatones, lo aprietan. Si por ellas fuera no habría ni una sola persona, solo camiones de gran tonelaje en ambos sentidos, no estos vehículos carnosos con sus andares desventurados. Cada día llega un momento en que el número de coches de camino a la isla iguala al número de coches que sale de la isla. No salta ninguna alarma, no parpadea ninguna luz, pero el puente espera con ilusión ese momento durante todo el día y suspira cuando llega. Ella cruza. Una balanza en su interior busca el equilibrio mientras atraviesa esa otra balanza de mayor tamaño. Demasiado de una cosa, un estado de ánimo o una idea, la inclinará. Sus enemigos esperan con ilusión ese momento durante todo el día y aplauden cuando llega.
En el medio. Solo se puede ir adelante. Atrapada en el acto de cambiarte la máscara, en ese acto de transformación. No mires atrás, te impresionaría lo poco que has avanzado. Una vez un hombre montó aquí una tienda de campaña y lo echaron. Le dijo al agente: Abjuro de todos los distritos. Tiene usted derecho a permanecer. Tiene derecho a gritarles a los dioses. Si no tiene filosofía, se le asignará una de oficio. Busca en los ojos de la gente un destello en el que reconocerte. No encuentras conversos pese a todo tu proselitismo. Hablar por móvil frustra el propósito del paseo a menos que describas hasta el último detalle a los que yacen postrados en la cama. Murmura algo mágico, ¿quieres? El puente tiene cierta longitud de onda. Los cables se hunden y se elevan, el destino humano escrito en bobinas macizas. La gente pasea entre estos colmillos, escalando un elefante. Son pulgas normales y corrientes. Turistas con cámaras hablan en los idiomas nativos de los hombres que construyeron esta cosa. Los huesos de sus ancestros yacen en el fondo entre puertas de nevera y matrículas. No pueden saludar pero las corrientes agitan sus huesos y quizá sea un gesto hacia los suyos. No se ve nada con esta oscuridad.
Más adelante, la longitud real de la isla se hace visible. El quid de la cuestión no son las monstruosidades que visten las ventanas al pie de la isla, sino la longitud monstruosa de la isla a sus espaldas. Una longitud que te dice: Nunca has considerado detenidamente toda la isla en su conjunto. Pero a ella nunca se le ha dado bien captar indirectas. Es una cabeza dura, como las calles y los puentes. Nada de todo esto significa algo para él. El lugar que pisa, lo que ve al otro lado del río, no es más que la arrogancia de los hombres. No tiene éxito en las fiestas. Mira hacia el oeste para recordar los océanos, busca una prueba de que no siempre has estado en tierra. El resto del mundo reside en tu visión periférica. Una vista nueva los empuja a la introspección. Aquí arriba la introspección cuesta poco, atraída por la vista y la perspectiva, esas flores baratas. Decide evitar malos comportamientos. Decide las mejores opciones. Líbrate de él. Compra una mascota. Pequeñas elecciones magnificadas hasta ser decisiones a vida o muerte. Desde aquí veo mi casa.
Plagado de fotógrafos. Es un misterio por qué eligen unas ubicaciones en particular. Se limitan a mirar, detenerse y afirmar: Quiero esto para siempre. Se está juntando una especie de cúmulo en lo alto que arruina la luz. Acuñar postales al minuto. Colocarse y posar. Apretar y estremecerse. Preservar algo más que meras puestas de sol. De ahora en adelante, siempre que mire las fotografías, este lugar le recordará sus últimas vacaciones juntos. Los nietos miran las fotografías más adelante y son incapaces de casar las imágenes con los ancianos babeantes que conocen y temen. Envía las fotografías que saques hoy a un amigo para mantener la ilusión de que todavía mantenéis la amistad. El fondo lo dice todo: contra ese horizonte, somos tan breves como el flash de una cámara. Unos segundos de ceguera. Pero después vuelve. Esa mandíbula a los pies de la isla y sus dientes hambrientos.
Esta cosa se extiende sobre el agua. Ella se extiende sobre los días. Ambos luchan contra la gravedad. Este pequeño remache de aquí hace lo que puede pero es solo cuestión de tiempo. Como tú, empeñando una fuerza de voluntad milagrosa para no salir volando. No te canses. No flaquees. Escúchame bien porque solo lo diré una vez: Necesitamos todos nuestros monumentos, con independencia de su tamaño, sean piedra labrada o arcilla mortal. No dudes de que eres fuente de inspiración a cada respiración, que cada respiración tuya es una maravilla de la ingeniería. Te mereces todo. Si no fuera por la escasez de placas, ella llevaría una remachada al estómago que informara de todos los detalles pertinentes. Con un hueco reservado para el día que se termine. Aquí arriba pasan brisas frescas y gaviotas, criaturas escuetas. Ella y el puente cargan con tantas cosas, poseen tal peso que nunca se los llevará el viento.
¿Qué esperas conseguir con esta pequeña aventura? No ha cambiado nada. Nada cambia nunca. Presentimiento del fracaso. Cuanto más te acercas a la otra orilla, más despacio caminas. En la otra orilla, se acabaron los sueños. Solo hay tierra firme. Así que posponlo tanto como puedas. Aquí hay otra señal, no es un augurio, sino metal atornillado, pero señal al fin y al cabo: El alcalde le da la bienvenida al distrito de Manhattan. Pegan el nombre del nuevo alcalde encima del anterior para ahorrar dinero de nuestros impuestos. Un continuo de saludos que pasa de administración en administración, eterno, seguro. Porque no importa la tendencia política, todos comprenden el romanticismo de los puentes y han dado este mismo paseo más de una vez. Un vacío sin partidismos. Son solo metros que andar. Ella recuerda la decepción que siente siempre al llegar a la orilla opuesta, luego siente esa decepción. Comprueba si has sufrido algún daño. Todo está en su sitio. No ha ocurrido el milagro. La llave de la ciudad se le cayó del bolsillo en algún momento del camino y vuelve a estar a ras del suelo. Otra vez despojada. En este laberinto existen múltiples opciones. Hoy ella elige una nueva ruta de entrada, aprende de los errores. A saber dónde acabará esta vez. Desaparece entre la muchedumbre. Está en los fueros de la ciudad: tenemos derecho a desaparecer. La ciudad se apresura en borrar cualquier rastro. Es la ley.