Por la mañana las calles pertenecen a los camiones de la basura y de reparto del pan. Los empleados del servicio de limpieza se aventuran por las aceras tras las sobras, ese oscuro tesoro, recogen panes mordidos y mendrugos que los camiones del pan dejaron allí días atrás. Reparto y recogida. Glotones de doce toneladas mordisquean el bordillo y eructan hacia ventanas en ráfagas mecánicas. ¿Dónde hay un gallo cuando lo necesitas? En su lugar, cacarean los camiones hidráulicos. Almiares de periódicos ocupan la acera. Los cubos de basura vacíos resbalan hasta las esquinas, que los anclan. Los tenderos suben las persianas metálicas que repelen a los ladrones de mercancías que no vale la pena robar. Todo este chirrido metálico es la maquinaria de la mañana que se extiende a través de piñones y engranajes para reclamar lo que es suyo y despertarnos. Comprueba el despertador para ver cuánto rato de sueño te queda. Abajo, reparten y recogen. Cada uno de nosotros tenemos rutas que seguimos para que el lugar siga en marcha.


Dioses, un consejo. Para ganar conversos o reclutar ateos, cambiaos el nombre a Alarma de Repetición. Una divinidad fácilmente accesible, a mano, una oración que reacciona rápidamente a las yemas de los dedos, si no a los labios. Como los dioses más auténticos, da a los fieles lo que ya tenían y se los gana mediante la alarma. La exquisita tortura de la Alarma de Repetición. Retuerce una almohada para estrujar los minutos, su relleno. Esos botes salvavidas sacados de los armarios de la ropa blanca. Cinco minutos más podrían devolverte a ese sueño, a ese en el que eras feliz lejos de aquí. Era agradable y real y se ha cortado cuando llegaba la mejor parte. Casi habías llegado y entonces: bip, bip, bip. Como los mejores dioses, sabe fraccionar el paraíso.


Arriba. Levántate y anda. Enciende aparatos, luces y cafeteras, radios y televisores. Escucha a los presentadores de los noticiarios: mientras tú estabas aquí a salvo, el mundo podría haber perdido el rumbo. Deja que esas voces suaves te acaricien hasta que hayas terminado. Mira por la ventana para descubrirte en una morgue, para descubrir que una sábana blanca cubre a tu desafortunado conocido. De modo que anoche nevó. Aparta los ojos de esta ciudad un segundo y te la jugará. Te forja el carácter con sus jugarretas mientras duermes. ¿Dónde anda aquel suéter leal? Te mantendrá calentito. Quizá nadie se fije en que está lleno de agujeros.


Encara el día armado con la útil información de los programas matinales. Cruza los dedos, un incidente insignificante podría transformarse en un escándalo interesante. Cumpleaños de personas que comparten secretos esotéricos con la longevidad. Todos podríamos aprovechar un práctico gráfico informático, un locutor concienzudo y una coletilla de mal agüero en esta nueva fase de nuestra vida, sin embargo ningún técnico se esfuerza todavía en producirlos. Consulta la previsión meteorológica: hay un solecito dibujado sobre una región en la que no vives. Es la comida más importante del día: acepta en tu vientre lo que espera al otro lado de la puerta. No queda café. No queda leche. No queda suerte. Otra vez tarde. Llama para decir que estás enfermo, o no. Un vistazo al espejo del lavabo demuestra que el plan de rejuvenecimiento de anoche es el proyecto abandonado de esta mañana. Qué agradable despertarse junto a las caderas de tu esposa, pero entonces recuerdas la discusión de anoche y decides que sigues enfadado. Olvidas que si te saltas la ducha pasas el resto del día paranoico.


Ponte tu prenda de la suerte y todo saldrá bien. Ojalá hubieras hecho la colada, ahora no te encontrarías así. Laméntalo, rebusca, reúne. La bendición de un alijo secreto de calcetines a juego. La colonia de él se llama Hamper, «Recomendada por cuatro de cada cinco vaharadas». Ella se siente traicionada. No una vez, sino repetidamente. Esta mañana todo conspira en su contra. La traición de un despertador estropeado, la reprimenda del trabajo pendiente que anoche ni siquiera tocó y ahora esta nieve. Un asalto bien planeado al equilibrio que terminará a medianoche, cuando se rompa el hechizo. Ni un solo reloj ofrece una palabra de ánimo, ni siquiera el del microondas, famoso por sus aceleraciones. Hemos practicado sobradamente nuestra respuesta a las primeras nieves y heladas. Tomamos posiciones.


Besos de despedida a los seres queridos. No quieres saber lo que ocurre en casa cuando no estás. Antes de cruzar el umbral, debe recitar el manifiesto que le da fuerzas. La puerta se cierra con un chasquido a su espalda y él sale al frío de la mañana. El viento es un crítico severo, conocido por sus giros sarcásticos, pero por una vez resulta agradable sentirse libre de la buena educación, recibir el mundo sin cobertura de azúcar. Esa chorrada de que «Hoy es el primer día del resto de tu vida». Un manto blanco ciñe los objetos del exterior. Abróchate el primer botón que reservas para las emergencias, hunde los puños en los bolsillos. La nieve ya está estropeada y mugrienta: a esta ciudad le bastan cinco minutos para acabar contigo. Los cánidos pigmentan los montoncitos de nieve, salvando a las bolas de su interior de las manos con mitones. Al derretirse, la nieve desenterrará las mierdas de perro; sin embargo, ningún arqueólogo se apresura a catalogarlas. Puñados de sal espantan a la nieve. Encargados de mantenimiento palean la nieve de las entradas para ahuyentar a las demandas. En edificios y bordillos, apiñada por las palas y el viento, la nieve se junta en busca de calidez. Todo el mundo se mantiene junto. Poco más tenemos salvo la seguridad que da ser muchos.


Una muchedumbre variopinta espera transporte. Salen de casa un cuarto de hora antes o después y se suman a un elenco concreto de personajes. Forman una compañía teatral nueva con todo su extraño repertorio. Calcula bien el momento para ver a tu amor secreto en la parada del autobús. Se mudó hace quince días sin decírtelo, pero mantén la llama encendida, incondicional. Olvídate algo arriba y haz tus cálculos. Amarga coalición de los que se dirigen al trabajo. Ondean las banderas de sus países de nacimiento. Ella lleva solo una hora despierta y ya ha sucumbido, derrotada. Las gafas se empañan con el frío. Pasa frente a los puntos de referencia, todos tenemos puntos de referencia privados que cualquiera puede ver. A él, atisbar ese toldo en particular por la ventanilla del autobús le anuncia que casi ha llegado. ¿Llegarás a tiempo a la puerta? Perdón, disculpe, ¿qué prisa tiene? Él tiene su ruta calculada al segundo y hoy ha perdido minutos enteros y todo le sale mal.


Un sendero en la nieve. Andar pisando huellas facilita las cosas y así nos perseguimos unos a otros. Ni canciones ni estatuas recuerdan a los primeros pioneros, solo sus pisadas. Cada paso irregular te recuerda los peligros de la ciudadanía. De modo que la mañana se convierte en lectura obligatoria, en un manual de lucha contra las probabilidades. Los muertos de frío esperan a que alguien repare en ellos. La gente pasa de largo, viéndolo o no, obviándolo o indiferentes. Evita la nieve fangosa y sus intimidaciones. Los elementos trabajan para convertir tu determinación en nieve derretida. Avanza con tu peor pie por delante. Como si no estuvieras ya completamente despierto e impresionado. Caen gotas de nieve de los toldos. No hay nieve en los respiraderos de la calle. Qué no fundiría ese calor abominable del subsuelo. Los supersticiosos y los precavidos evitan pisar las puertas de acero que hablan del submundo. Corren rumores de gente que cayó al subsuelo secreto. Trasgos, duendes, la gente sin hogar. El acero traquetea bajo las pisadas valientes de la mujer, advirtiéndola. Las mañanas te matarán con sus trampillas.


Las faldas se alborotan, los sombreros salen volando, los ojos se resecan bajo los efectos del túnel de viento. Las cosas emprenden la huida. Las manos tratan de sostenerlas. La determinación fija. Este viento te lo va a robar todo, te hace resultar ridículo mientras intentas retenerlo. Son estos edificios altísimos y sus ardides arquitectónicos. Sombra en verano, crueldad en invierno y, la verdad sea dicha, en esta estación se recrean. Te palmeas los muslos tratando de insuflarles calor, con las orejas ya no insistes. Nota personal: Comprar guantes. Los vendedores de periódicos y magdalenas rondan sus esquinas. Idéntico saludo para cada cliente. Recuerdan cuánto te gusta tu bollo, te ungen cliente habitual con ciertos privilegios. A mí me gusta solo. Sorpresas pegajosas al fondo de la taza de café, dunas de azúcar sin disolver. Toda la remesa de tapas para el café es defectuosa y va irritando a un cliente tras otro. Dos gotas de café en la camisa bastan para arruinarle el día. Las pulsaciones se aceleran, filtrándose en la conciencia. Hasta la tercera taza de café, no será persona. Hasta entonces, camina arrastrando los nudillos.


Los titulares tratan de penetrar bajo tu piel y la tinta barata de posarse en ella. Batalla y forcejea con los periódicos. Ojalá supiera al menos doblar debidamente el diario en el transporte público. Ojalá funcionara mi doble robótico, le mandaría a la oficina en mi lugar. De todos modos lo prefieren a mí. Intimas con un astrólogo por encima del hombro de ese desconocido. Con este traje parece idiota, pero es el único que tiene y, si se coloca como en un espectáculo de magia, disimula las mangas excesivamente cortas. Está demasiado gorda para estos pantalones y el popular programa de adelgazamiento que sigue. La lengüeta de la cremallera destaca en su protuberante cinturilla. Acaba de descubrir el sabotaje de la tintorería e idea modos de ocultar dicha traición a lo largo del día. Detalles así arruinan ascensos. Le creció por la noche en la mejilla y ahora nadie la mirará a los ojos en todo el día. Has descubierto tu primera arruga, que te ha retenido frente al lavamanos del baño. No tienes tiempo de comprar las cremas que recomiendan los anuncios. Olvida lo que dice el calendario: son estas señales irrefutables las que nos indican la llegada de la nueva estación.


La noche de ayer se cierne pesadamente en el cielo de la mañana, un tiempo que los meteorólogos no pueden describir por falta de la instrumentación adecuada. Intenta interpretar la pasión de anoche. Intenta encontrarle el sentido a anoche: esta vez conseguiremos que la relación funcione a pesar de los precedentes. El único especialista en la disciplina llamada tú mismo carece de mentor, no tiene colegas. Él todavía está impregnado del olor de ella. Después del trabajo y antes de dormir dejas salir tu verdadero yo durante unas horas y ahora tienes que pagar por ello. ¿Cómo se llamaban y qué significó? Tal es el alcance de la happy hour y sus brazos engañosamente largos. Probablemente alguien merece una disculpa. No llegaste a casa. Tal vez nadie se percate de que ella lleva la ropa de ayer. Nadie comenta las extrañas marcas en el cuello de él y, al llegar a casa, maldecirá a todos sus colegas por no decir nada. ¿De qué hablarás alrededor del hipotético bebedero o junto a la máquina de café sólido? Si no lo planeas por adelantado, ¿quién serás?: un idiota más con una taza de papel en la mano. Resaca del alcohol. ¿A qué huelo? ¿Este horror emana de mis poros? Te hueles discretamente. Todos ellos tienen cosas que esperan a salirles por la piel. Deficiencia, pavor, esperanza sin metabolizar, aunque nadie les ha advertido de que esta última no huele.


Sigue al pie del cañón. Pasa junto al turno de noche que regresa a casa. Ellos ya conocen cuál es la situación en el frente pero no pueden describirla, no sea que vuelvas corriendo al bunker de casa. No omitamos a los niños, porque también ellos se enfrentan a este campo de minas. Tienen los pies más pequeños pero no están exentos del desastre. Mitones abrochados a las mangas. Pases de autobús doblados blandidos en alto. Escóndete un juguete en el bolsillo. No debería llevarlo al colegio, pero ¿quién discute el poder de los talismanes que regalan en los paquetes de cereales? Se instruye a los niños en el mundo cotidiano mediante amenazas elementales. Si los niños supieran que va a ser siempre así, se rebelarían, volverían a dormirse justo donde estuvieran, se tirarían al suelo del autobús, se derrumbarían sobre las aceras. La única respuesta cuerda, en realidad.


Todos a sus puestos. Mantén esta máquina a punto y en marcha. Entrega y recoge. Paga todos los días una cuota. Ponte a trabajar en la letra pequeña de este contrato mientras aún estés a tiempo. Practica inflexiones de voz para la gran propuesta. Inventa tareas para ocupar al becario. Empolla para el gran examen. Tanto miedo y al final hoy el jefe no ha venido, el profesor está enfermo y en su lugar te encuentras con sustitutos crédulos. Este hecho arranca de los labios reticentes la primera sonrisa del día. Tanto lío para nada, piensas, pero en realidad has pagado una cuota. Uno tras otro, se suceden los largos días esperando a que te decidas. Hoy no. Quizá mañana. Tómate cinco segundos para recuperarte. Luego, todo el mundo de vuelta al trabajo, y va en serio.