XI
Ana se hallaba sola en la terraza. Vestía pantaloncitos cortos, estaba descalza y cubría el busto con una blusa de tirantes, dejando ver la carne morena y prieta.
Llevaba al hombro un corto albornoz, y parecía aún mojada. Celso apareció en la terraza cuando la joven, de pie ante la balaustrada, extraía un cigarrillo del bolsillo. Cuando por detrás le ofreció el mechero encendido, ella, que no se lo esperaba, se volvió bruscamente, lo vio, y, tras un titubeo, aceptó la lumbre, expelió la primera bocanada y dijo:
—Hace una espléndida mañana.
Celso no respondió. No parecía avergonzado por lo ocurrido la noche anterior, pero, realmente, estaba un poco cohibido.
—Bueno —exclamó al fin, tras un silencio que parecía prolongar eternamente—. ¿Por qué no lo dices?
Ana lanzó sobre él una breve mirada.
—¿Decir?
—Lo mucho que me desprecias.
—¿Te importa mucho mi desprecio? —preguntó ella, desdeñosa.
—En modo alguno —dijo, furioso.
Lo estaba mucho. Furioso consigo mismo y con ella, que le traía de cabeza, y no quería admitirlo ni ante sí mismo.
—Pues te desprecio —apuntó de pronto Ana—. Te importe o no saberlo, te desprecio mucho.
—Gracias —y bruscamente, como hablando sin ganas—: Me disculpo. Sé... que no estuve correcto ni digno. Lo siento.
Se alejaba a grandes zancadas. Pero antes de iniciar el descenso por las escaleras, se detuvo, la miró de arriba abajo y exclamó de pronto:
—¿Ya... te has bañado?
—Sí —replicó, sin mirarlo.
—Estás... muy guapa.
—¿Debo darte las gracias?
—Por supuesto que no —y con rabia—: Vete al diablo.
—¿Por qué estás tan furioso, cariño? —preguntó ella, cuando él ya descendía presuroso.
Celso se detuvo en seco. Hasta el sonido de su voz lo estremecía. A qué extremo de idiotismo había llegado. El, que siempre se burló de las mujeres, y aquélla... se estaba burlando de él.
No respondió y siguió su camino. Pero cuando ya iba a mitad del parque, giró en redondo, volvió sobre sus pasos y se aproximó a la joven, que, inmutable, continuaba en el mismo sitio.
—Yo no me caso —le chilló al oído—. Y tú lo sabes.
—Ya me lo has dicho.
—Espero que no insistas.
Ana dio la vuelta tan bruscamente, que el corto albornoz le cayó al suelo. Sin recogerlo ni mirarlo, observó mordaz:
—Me parece, Nazario, que te preocupas más tú que yo del matrimonio, ¿Pedí tu mano alguna vez?
—Sé muy bien lo que las chicas hacen con los hombres.
—¿Los matamos?
—Los cazáis.
—Y ellas, complacidas, se dejan cazar. Pero yo a ti no intenté cazarte en ningún momento.
—Estás enamorada de mí.
—¡Vanidoso! ¿Sabes tú lo que haré el día que me enamore?
—Di... dímelo —susurró Celso con ansiedad que no pudo disimular.
—Lo admiraré, se lo diré, no le negaré mis besos, le daré aún más de lo que me pida. Le...
—¡Oh, calla, calla! No me hagas bajar de mi pedestal de estatua célibe. Hazme el favor de...
—¿En qué quedamos, amorcito?
Celso se enfureció de nuevo; Aquella joven jugaba con él, y eso no podía consentirlo. Pero no encontraba forma de evitarlo.
—Vuelve a la playa conmigo —dijo él, de pronto—. Nos bañaremos juntos.
—Ya me bañé.
Celso se agitó.
—Por lo visto —gritó, entre dientes— tendré que presentarte los papeles y llevarte a la vicaría antes de invitarte nuevamente.
—No tanto. Aún ignoras si yo me casaría contigo.
—Bueno, eso es una majadería. Dudarlo es absurdo.
—Me parece, Nazario, que te estás ganando unas buenas calabazas.
—¿Probamos?
—No me interesa.
Tiró la punta del cigarrillo al jardín y se dirigió a la casa sin mirarlo.
Celso dio una patada en el suelo y se lanzó al parque. Esta vez no se detuvo, ni siquiera volvió la cabeza.
* * *
Al mediodía se enfrentó con Nazario. Laura y Ana se hallaban en la terraza, en las extensibles, fumando sendos cigarrillos. Nazario, cuando lo vio subir a su alcoba sin saludar a las dos jóvenes, dijo a éstas:
—Este hombre está furioso. Voy a tratar de tranquilizarlo.
—Me parece que no lo vas a conseguir —apuntó Laura, mordaz—. De eso tendría que encargarse mi secretaria.
—¿Estás dispuesta, Laura? —preguntó Nazario.
—En modo alguno.
—Está loco por ti. Es un momento crucial en la vida de mi secretario.
—Tranquilizado tú, si puedes, lo cual es conveniente. Tiene demasiados problemas psicológicos.
—Tengo el deber de ayudarle —dijo Nazario, y se alejó.
Y allí estaba. Celso, enfrentado con él, de tal modo furioso, que Nazario se extrañó, puesto que jamás, en ningún momento de su vida, lo vio como en aquel instante.
—Y esto se acaba, Nazario. Yo mismo diré la verdad. Se terminó la comedia. Te casarás con Ana, a mí me das las dos partes, o sea, la totalidad de la compañía, y tú serás el gerente de esa compañía. Pero de Laura... ¡No me preocuparé más! Que la parta un...
—¡Celso...!
—¡Oh!
—Muchacho, ¿permites que te hable de hombre a hombre? ¿Recordamos juntos nuestros tiempo de mili?
—No necesito recordar eso —gritó Celso con voz ronca— para apreciarte y saber el afecto que me tienes.
—Entonces, trata de seguir mi consejo.
—Estoy harto de aconsejarme a mí mismo, y no sé lo que hacer...
—¿Quieres hablarme claro?
—¿Para qué?
—Para que yo te ayude.
—¿Estás loco? ¿Cómo vas a ayudarme?
—Tú eres el que estás loco por Laura.
—Bueno, sí —admitió con un gruñido—. ¿Y qué?
—No creas que eres tan fuerte como para luchar contra ti mismo y ese cariño.
—Te olvidas que deseo poseer la riqueza. Que hoy soy rico, pero mañana puedo dejar de serlo, por haberme casado con la mujer que amo.
—Celso...
—Y no quiero ser pobre. ¿Me entiendes? No quiero. Yo tengo que ser rico, y no amo a la mujer que mi padre me destinó.
—Celso...
—No me digas nada. No quiero saber nada.
—Espera, muchacho.
—Vete y déjame solo. —Y riendo—: ¿Sabes una cosa? Voy a marchar.
—No puedes.
—Pues cásate cuanto antes y que se vea que es ella, y no yo quien renuncia.
—Ana no se quiere casar aún —dijo apaciblemente Nazario—. Dice que no tiene prisa hasta el quince de noviembre.
—Escucha, Nazario, tienes que ayudarme.
—¿Te casarás después con Laura?
—¡No!
—Pero..., ¿qué es lo que piensas hacer?
—Recorrer el mundo. Tú te ocuparás de mi fortuna. Te entregaré una buena cantidad, y velarás por mis negocios. Yo me divertiré.
—¿Y Laura?
—Que la parta...
—¡Celso!
—Está bien, está bien —se agitó aún más—. Que no la parta nada, pero no me casaré con ella.
Lo dejó por imposible. Y cuando se vio a solas con Laura, ésta quiso saber.
—Está aferrado de tal modo a su celibato, que vamos a tener que decir la verdad, o pierden ambos su fortuna. ¿Le interesa a Ana esa fortuna, Laura?
—Nunca se lo he preguntado. Cuando este lío se fraguó, sí le importaba. Pero desde hace mucho tiempo no abordé el tema con ella.
—Es conveniente que lo abordes.
—¿Qué hacemos, Naz?
—Nada. Esperar. Si hablaras, posiblemente deshaces lo poco que hay hecho. Figúrate por un instante que Ana, despechada, rechace luego a Celso. Si ambos se casan, es preciso que lo decidan antes de conocer sus respectivos nombres.
—Creo que tienes razón.
—Y nosotros nos casaremos a renglón seguido.
—Tengo miedo, Ana es muy orgullosa.
—En el amor, mi querida Laura, el orgullo significa muy poco.
—Laura, mi vida, siempre hablamos de los demás y muy poco de nosotros mismos.
—Ya sabemos, uno del otro, todo lo que hay que saber.
—¿También dónde vamos a vivir, una vez nos casemos?
—Donde tú digas.
—En Barcelona. Celso me dará un buen empleo en las oficinas de la compañía.
—Y estaremos juntos, Naz, con más o menos dinero, pero juntos.
Ana, que los vio besarse al dirigirse hacia ellos, giró en redondo y se encontró con Celso, que también había sido testigo de la escena amorosa.
—¿Te da envidia?
—¿Y a ti qué te importa? —exclamó, furiosa.
—¡Oh, nada! Eres tan fría.
—¿De veras?
—¡Me desconoces!
Y se alejó casi corriendo.
* * *
La encontró al anochecer en la terraza. Ana fumaba un cigarrillo; recostada contra una columna. El apareció a su lado, sin hacer ruido. Había pasado el día lejos de la finca, y Ana no creyó que se hallara en casa en aquel instante. Por eso cuando se situó tras ella, la joven giró en redondo con brusquedad, hasta el punto de que casi tropezó con él.
—Laura.
—¡Ah!
—Laura... ¿Vamos a ser enemigos toda la vida? —preguntó bajo.
Ana lanzó lejos la punta del cigarrillo y, a través de la oscuridad, buscó la silueta masculina.
—No creo que tengamos ocasión de vemos toda la vida. Antes del quince de noviembre, Celso y Ana se casarán. Tú te irás con ellos.
—¿Y... tú?
—Me quedaré aquí.
—¿Sola?
—Sola.
—Laura, dime. Si tú estuvieras en lugar de Ana..., ¿te casarías con Celso?
—Si lo amaba, ¿por qué no?
—Por... Bueno, hago unas preguntas idiotas. Perdóname.
—No te comprendo.
—No dije nada.
Lo miró, escrutadora.
—¿Sabes que me intrigas?
—Verás, suponte por un momento que eres heredera de la mitad de una fortuna considerable. Esta parte es todo tu capital, pero para conseguirla has de casarte con un hombre determinado. Renuncias a él, y con él renuncias a la fortuna. Te pregunto: ¿por amor renunciarías a ella y quedarías en la ruina?
—Sí.
—¿Sin titubeos?
—Sin titubeos.
—O sea, que si tú fueras Ana, y te enamoraras de otro que no fuese el hombre destinado, preferirías vivir en la pobreza, que casarte con un hombre que te proporciona la riqueza, pero al que no amas.
—Me casaría con el amor, nunca con el dinero. Pero no veo por qué me haces esa pregunta, cuando sabes que el caso de Ana ya está solucionado, Ana y Celso se casarán en noviembre...
—Pero es que yo sentía curiosidad.
—Pues ya la has saciado.
—Es verdad.
Y se replegó contra la columna. Encendió un cigarrillo y expelió el humo suavemente, contemplando la nubecilla con expresión absorta.
—Buenas noches, Nazario.
—Espera, Laura.
—¿Quieres hacerme más preguntas?
—No. Quiero... quiero... —llevó los dedos a la frente—. Dios, si yo supiera lo que quiero —y con súbita energía, exclamó roncamente—: Te quiero a ti. Esa es la verdad, te quiero, sí, pero... Pero...
—Pero no eres de los que te casas...
—Ya... soy de los que se casan —gruñó vencido—. Sí, señorita, si quieres. Gozarás en mi claudicación, pero es así. Yo soy de los que se casan.
—¿Y por eso te pones tan furioso?
—Por eso no...
Le dio la espalda.
—Cada vez te comprendo menos, Nazario.
No contestó. De espaldas a ella, parecía súbitamente aplanado.
—Observo —dijo Ana, bajo— que te duele querer...
Se volvió en redondo.
—No me duele eso, Laura. ¡Oh, no! —y con desesperación—: Tú no sabes la lucha que tengo conmigo mismo.
La manita temblorosa cayó un instante sobre su brazo.
—Nazario...
—No me toques —murmuró él roncamente—. No me toques, porque... porque me quemas y no soy dueño de mí, y tengo que serlo. Ya no quiero tus besos, ¿sabes? —añadió, furioso—: Ya no me satisfacen. Un beso tuyo me produciría más hambre. Hambre insaciable, Laura. Tendré que tomarte toda o huir...
Y huyó.
Ana quedó asombrada.