CAPÍTULO OCHO

El día de la charla con mamá

Son un par de imbéciles, pensó Alan, al contemplar con despecho a Michael y Marny.

Aquel día, su primo había decidido ofrecer carantoñas en público a la mujer por la que él suspiraba. De mala gana, tuvo que apartar la mirada de la pareja cuando su madre pasó por su lado.

Alan, ¿Por qué no sales un rato al jardín? —le sugirió, dedicándole una corta mirada a la pareja formada por Michale y Marny.

Alan tomó la opción más fácil. Se dirigió al frigorífico y abrió una cerveza bien fría. Su madre lo contempló a caballo entre la preocupación y la tristeza.

—Ella no es una mujer para ti. Míralos hijo —insistió su madre, tratando de hacerlo comprender.

—Ya lo hago —gruñó, llevándose la cerveza a la boca—. Y no importa cuantas veces los mire, porque estoy enamorado de Marny y eso no va a cambiar.

Seattle, 21 de Febrero

Entró en la oficina dispuesta a dejarle las cosas claras a Alan. Estaban obligados a verse durante el trabajo, y detestaba el sentimiento que le abotargaba los músculos de solo pensar en él.

¿Cómo podían cambiar las cosas tanto en apenas dos semanas?

Fácil. Porque siempre estuve enamorada de él.

Aquel día, Alan llegó al trabajo más tarde que de costumbre. Nerviosa ante su llegada, Marny fue incapaz de separar los ojos de su escritorio desierto. A medio día, empezó a impacientarse ante su ausencia.

Se hizo a sí misma centenares de preguntas que sólo él podía responder. Lo odió y lo quiso con tanta fuerza que estuvo a punto de echar a correr hacia el cuarto de baño, encerrarse dentro y llorar como tanto necesitaba.

—Marny, ¿Puedes venir a mi despacho? —la voz de su jefe la sacó de sus pensamientos.

Como una autónoma, caminó los escasos metros que separaban su escritorio del despacho y entró. Sin mayor formalismo, su jefe le estrechó la mano y dijo:

—Enhorabuena. Acabas de ser ascendida como personal fijo de la plantilla.

Pese a que era lo que estaba deseando, Marny ni siquiera sintió ganas de regodearse en la ansiada felicidad. Con torpeza, le devolvió el apretón de manos.

—Gracias. No me lo esperaba.

Su jefe le restó importancia con un gesto de mano.

—No me lo agradezcas. Alan tenía razón; vales demasiado para perderte.

Al escuchar su nombre, sintió un resquemor desagradable que disimuló con una media sonrisa. No obstante, no pudo evitar rodar los ojos hacia el escritorio vacío.

—Se ha tomado unos días libres —la informó, adivinando sus pensamientos.

—¿Cuantos? —exigió saber violentamente.

—Me llamó este fin de semana y me dijo que necesitaba cambiar de aires. Puede que unos días, semanas o meses. No tengo ni idea.

Con dificultad, tragó el nudo que se le hizo en la garganta y asintió antes de ofrecer una débil excusa.

¿Semanas? ¿Meses?

Si Alan estaba huyendo de ella, no tenía más que mirarla a la cara y decirle la verdad: que no la quería, que nunca había estado enamorado de ella y que lo que deseaba era estar solo.

Lo soportaría, pese a que se guardara para sí lo que estaba deseando gritarle: ¡Eres un imbécil!

Seattle, 6 de Marzo.

Los días transcurrieron aburridos y con normalidad, pero en una de aquellas tardes en las que se pasaba horas inmersa en la historia de un buen libro, su padre la telefoneó con una noticia que la dejó pasmada.

—Voy a bajarte el alquiler.

Tras la estupefacción inicial, Marny comenzó a preocuparse.

—Papá, ¿Estás enfermo?

Desde el otro lado del teléfono, oyó que su progenitor soltaba un juramento.

—¡Por supuesto que no! Estoy en mis cabales, ya te lo dije. Lo he estado pensando y... creo que una rebaja de doscientos dólares sería correcto.

—¿Doscientos dólares? ¡Te has vuelto loco! —exclamó ella—. Papá, no sé qué mosca te ha picado, pero acaban de ascenderme y...

—¡Buenas tardes, Marny! —se despidió.

Pasó unos segundos con el teléfono colgado en la mano y sin saber qué pensar, hasta que decidió que lo mejor sería aceptar aquella rebaja inesperada que su padre le ofrecía. Pese a que los problemas monetarios habían desaparecido, no le vendría mal ahorrar algo de dinero para comprar un coche.

Aprovechó la soleada tarde de domingo para dar un paseo por su barrio. Los rayos de sol en Seattle escaseaban, por lo que Marny se calzó unas sencillas deportivas, se soltó el cabello y dio un paseo bajo las copas de los árboles. Sin ser consciente de hacia dónde se dirigía, sus pasos la condujeron hacia aquella pista de hielo en la que había patinado agarrada de la mano de Alan.

No había regresado a aquel lugar hasta ese momento, por lo que fue incapaz de reprimir las ganas de colocarse los patines. De inmediato, se agarró a la barandilla y el cuerpo se le agarrotó, pero al cabo de unos segundos recordó los consejos de Alan y trató de relajarse. Flexionó las rodillas, soltó el aire contenido y se deslizó por la pista de hielo.

—No voy a negar que fue un buen profesor... —murmuró para sí.

Pero lo cierto es que a pesar de todo lo echaba de menos. Pese a que se decía a sí misma que Alan había desaparecido para dejarle las cosas claras, tenía que admitir que siempre había gozado de su ayuda en los momentos más desesperantes. Sola y sin Michael, Alan siempre había estado ahí. Excepto ahora que tanto lo necesitaba...

A lo lejos, envidió a la pareja con los dedos entrelazados que patinaba muy cerca el uno del otro, hasta que se percató de aquel cabello rubio y repeinado en la coronilla. Michael

y su mejor amiga se quedaron petrificados al verla. Al menos momentáneamente, porque en cuanto él se percató de su soledad ensanchó una sonrisa pedante.

—Marny, qué agradable sonrisa —la saludó, fingiendo una cordialidad que consiguió enervarla.

Ni siquiera tuvo ganas de aparentar una cordialidad que no sentía, por lo que optó por ignorarlo y dirigirse a aquella amiga que la tracionó sin ofrecerle una explicación posterior. Pese a todo, al verlos juntos no sintió nada. Michael formaba parte de un pasado que ya estaba olvidado y superado.

—Hola Diana, cuánto tiempo sin vernos —para la sorpresa de la reciente novia de Michael, le extendió la mano sin rencor alguno. Con evidente rubor, Diana le devolvió un apretón tembloroso—. Me alegro que te vaya todo bien.

—Marny, debería haberte llamado, pero... —trató de excusarse.

Marny fue consciente de la vergüenza que destilaban sus palabras, y sintió más lástima que desprecio ante la persona que tenía que soportar el ego desmedido y los aires insoportables de Michael.

Encogiéndose de hombros, le restó importancia, siendo consciente de que el gesto se granjeó la ira de Alan.

—¿Y Alan? Pensé que estaríais viviendo vuestro amor ahora que eres libre

—. Masculló la palabra amor con guasa.

—Eso no es asunto tuyo, Michael. Métete en tus asuntos.

Le dedicó una mirada asesina antes de rodear la cintura de una incómoda Diana.

—Eso hago —se jactó, tratando de provocarla en vano.

—¿En serio? —lo puso en duda—. En ese caso supongo que no volverás a casa de Alan rabiando y mintiendo como un idiota porque tu ex novia se ha enamorado de tu primo. Me alegraría saber que lo que haga con mi vida te importa tan poco como a mí lo que tú haces con la tuya.

Diana abrió los ojos de par en par al escuchar el comentario y se separó de Michael mientras él trataba de ofrecerle una explicación ridícula que Marny no se detuvo a escuchar. Siguió patinando en solitario hasta que se aburrió y regresó hacia su casa.

Se sentía poderosa tras haber puesto a Michael en su sitio. Debería haberlo hecho hacía dos años, pero nunca era tarde para recobrar la dignidad ante un hombre que la había pisoteado sin que ella tratara de defenderse.

De todos modos, lo que más le dolía era que Alan hubiese creído que seguía enamorada de un tipo tan odioso...

Y con aquel pensamiento, se encontró de bruces con él en la puerta de su casa. Estaba tan cambiado que al principio no lo reconoció. El rostro poblado por una barba sin afeitar de varios días que le otorgaba un aspecto más huraño que de costumbre. En cuanto la vio, se levantó de los escalones en los que estaba sentado y sacó las manos de los bolsillos en un gesto de rendición.

Marny quiso huir para no escuchar lo que él tenía que decirle, pero aquel pensamiento le resultó tan patético que se quedó plantada donde estaba. Necesitaba escuchar lo que él tenía que decirle aunque no fuese lo que deseara oír.

—Hola Marny.

No pudo aflojar la expresión asesina que le dedicó, por lo que se cruzó de brazos y le devolvió el saludo con un asentimiento de cabeza.

—Hola —respondió con sequedad.

La estudió durante un silencioso minuto que se le hizo eterno. Los ojos azules y oscuros recorrieron los contornos femeninos hasta centrarse en el rostro tenso.

—Estás enfadada —descubrió.

—Sí.

—Estás muy enfadada.

Ella resopló.

—Qué quieres, Alan —se impacientó.

Él frunció el entrecejo, como si quisiera ponerse de acuerdo consigo mismo.

—Estoy... —se quedó callado y la miró a los ojos, alumbrando una sonrisa—. Me has echado de menos.

—¿Qué? —estalló sin poder contenerse. Caminó hacia él y le soltó un empujón para liberar la furia que llevaba dentro—. ¡Te largaste dos semanas sin avisar! ¿Tienes una idea de cómo me he sentido?

Alan asintió con un brillo extraño en los ojos, le rodeó la cintura y la besó sin pedir permiso. Aturdida, Marny respondió sin proponérselo a un beso hambriento. Las manos de Alan recorrieron el cuerpo femenino y la estrecharon contra el suyo, hasta que Marny fue consciente de lo que estaba sucediendo y se separó de él.

—Ahora sí lo sé —dijo satisfecho.

—¡No juegues conmigo!

—No se me ocurriría jugar contigo.

—¡Te largaste durante dos semanas, Alan!

Volvió a besarla pese a que Marny se esforzó en detenerlo. Al final claudicó para rendirse a un beso que necesitaba tanto como respirar. Agarró la tela de su sudadera y apoyó la frente sobre el pecho masculino.

—Basta... qué haces...

—Te he echado de menos —murmuró a su oído.

Marny sacudió la cabeza.

—Mentiroso...

—... muchísimo de menos.

—Te largaste.

La sostuvo por los hombros para que lo mirara a la cara.

—Necesitaba aclararme —le dijo—. Me sentí superado, Marny. Joder, no sé cómo explicarlo. Llevaba años esperando que me dijeses lo que quería oír... y entonces sucede y no sé reaccionar. Huí porque no me lo creía, ¿Vale? Y he regresado porque necesito volver a escucharlo.

—Eres tremendamente imbécil.

La besó de nuevo, y esta vez ella no opuso resistencia alguna.

—Dime que me quieres —exigió.

—¡No te quiero!

—Mentirosa —soltó sin dudar—. Me quieres porque me he convencido de ello durante estas dos semanas, ¿Sabes por qué?

Marny lo contempló con recelo.

—Porque han sido dos semanas asquerosas. Porque recordaba esa mirada que me dedicabas en la oficina y sabía que era un idiota. Porque imaginé cómo sería volver a estar dentro de ti y supe que nadie puede mirarte a los ojos como tú me mirabas a mí sin hacer el amor. Porque te quiero, Marny. Porque llevo dos años enamorado de ti y algún día tenías que quererme, ¿No?

Marny se echó a llorar ante aquella declaración de amor que la dejó totalmente expuesta ante él. Siempre había sido Alan, ¿A quién pretendía engañar?

—Los días que no te quise fueron mejores que estas dos semanas de mierda —admitió acongojada.

Alan atrapó su mano y la condujo hacia la calle mientras ella se dejaba llevar. Ante si, contempló aquel coche que había vendido para saldar sus deudas.

—Te quiero... —dijo sin proponérselo.

—¿A mí o al coche? —bromeó él.

Marny puso los ojos en blanco.

—Eres tonto.

Se pegó a ella y estudió su reacción.

—¿Un tonto con novia?

—Sólo si me dejas conducir.

E inclinándose hacia él, le dio un beso cargado de promesas para aquellos días en los que sí se amarían.