CAPÍTULO DOS
El día del funeral de la abuela Tessa.
Alguien le tendió un pañuelo mientras las lágrimas le empañaban el rostro. Sintió innecesario el hecho de culpar a su novio por ser incapaz de llorar en el funeral de su propia abuela. Para Marny, aquella mujer siempre la había tratado como una más de la familia. Había tenido buenas palabras para ella, la había animado a perseguir sus sueños y le había enseñado recetas de cocina con las que triunfar en sus reuniones sociales. Aturdida, no pudo agradecer el gesto de la persona que le había tendido el pañuelo cuando el resto de personas estaban demasiado ocupadas con su propio dolor. Al cabo de un rato, Alan la saludó desde la distancia antes de abandonar la sala. En ese instante supo que había sido él.
Seattle, 13 de febrero 21 pm
Marny había logrado evitar a Alan con suerte durante los últimos tres días. Intentaba ir a la sala de la fotocopiadora en los momentos en los que él salía a almorzar. Había cambiado la hora del almuerzo para no coincidir con él. Y salía cinco minutos tarde de la oficina con tal de no encontrárselo a la salida.
Todo esto, que se recriminaba a sí misma por concederle tanta importancia a un tipo al que nunca antes se la había concedido, estaba fuera de lugar, pero la hacía sentir segura y tranquila de tenerlo todo controlado. Las insinuaciones, o a lo que fuera que Alan estaba jugando con ella, la aterrorizaban y le gustaban a partes iguales.
Con certeza, lo más idóneo era mantener una distancia prudencial hasta que los cauces volvieran a su normalidad. Es decir, ambos tenían que volver a fingir que el uno no existía para el otro, y viceversa.
Así que cuando, al salir de la oficina desierta, ella se metió dentro del ascensor y segundos antes de que las puertas se cerraran, Alan se introdujo dentro del minúsculo cubículo, ella contuvo la respiración y maldijo para sus adentros.
—No sabía que hubiera alguien dentro de la oficina —le recriminó, y fingió una sonrisa al darse cuenta de que su tono denotaba que estaba al borde de la taquicardia.
—Estaba en la sala de impresión, ultimando algo de trabajo —le explicó él.
Sonaba extraño y distante. Demasiado formal y cortante incluso para dirigirse hacia ella. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, Marny salió pitando, y le rozó el hombro sin querer. Ambos tenían tantas ganas de salir de allí que se habían chocado. Él se excusó de mal humor, le colocó una mano sobre la espalda y le ofreció pasar primero. Marny sintió su mano en la parte baja de la espalda, le pareció que la piel le ardía y salió con torpeza hacia la calle. En cuanto el aire le rozó las mejillas, se sintió mucho mejor. Pero sabía que aquello se debía a que había puesto distancia entre ambos.
Entonces, unas gotas de lluvia le cayeron sobre la cabeza y comenzaron a empaparla. Volvió a meterse dentro de la fachada del edificio, y metió la mano en el bolso para sacar el paraguas de manos que siempre llevaba dentro. Se irritó al darse cuenta de que aquel día no lo había echado dentro.
Sintió la presencia de Alan a su espalda, y se negó a volverse. Fingió que buscaba algo dentro del bolso, con la esperanza de que él se fuera y no tuviera que ver como ella salía corriendo y se empapaba.
—No has traído paraguas —le dijo, espiando su bolso desde detrás suya.
Sintió su aliento cálido sobre el cuello, y todo el vello del cuerpo se le erizó. Giró la cabeza y los labios de él le rozaron la nuca. Tuvo que alejarse un poco, con temor a perder la razón al tenerlo tan cerca.
—Espiar mi bolso es una falta de respeto.
—Una falta de respeto sería permitir que te mojaras ese pelo tan bonito que has pasado horas cepillándote —le rebatió él, con una sonrisa.
Marny se pasó las manos por el cabello de manera inconsciente.
—De verdad, no hace falta que me lleves. Tu casa está a veinte kilómetros de la mía.
—Insisto.
Marny lo siguió hasta la salida, pero él la detuvo colocándole una mano en el hombro.
—Quédate aquí mientras voy a buscar el coche. No es necesario que los dos nos mojemos.
Antes de que pudiera asegurarle que a ella no le importaba, él salió corriendo y la dejó con la palabra en la boca. Lo vio marchar, y una mezcla de escepticismo y agrado le recorrió todo el cuerpo. No era posible que le gustara Alan, pero estaba sucediendo.
Dos minutos más tarde, él detuvo el coche frente a la fachada del edificio. Marny se apresuró a cruzar la calzada, abrir la puerta y sentarse a su lado. Él tenía el cabello empapado, y unas tentadoras gotas de agua le recorrían la mandíbula. Sintió la tentación de lamerlas con la lengua, pero todo lo que hizo fue aproximarse a él, y sin pensarlo, recorrerle la mandíbula con sus dedos, secándolo y deleitándose en la masculinidad de sus facciones. Se sintió tan avergonzada, que apartó la mano de su rostro, pero él se lo impidió cogiéndole las muñecas.
—Tienes las manos heladas.
Le cogió las manos entre las suyas, y Marny estuvo tan desconcertada que fue incapaz de negarse. Él las frotó hasta que les dio calor, y no dejó de mirarla mientras lo hacía. Le dio tanto miedo lo que pudo ver en sus ojos, que en cuanto terminó, se dejó caer sobre su asiento, y se abrochó el cinturón como si aquello pudiera poner un poco de distancia entre ellos.
—¿Por qué me has estado evitando estos días? —le preguntó él.
Puso el coche en marcha, pero siguió interrogándola con la mirada.
—No te he estado evitando —mintió.
—Eso no es cierto, y lo sabes.
Ella miró por la ventanilla, como si así pudiera zanjar la conversación. Pero todo lo que hizo fue observar el reflejo de él a través del cristal. Se le veía incómodo al volante, como si quisiera decir algo y no tuviera el valor de afrontarlo.
—¿Tienes prisa por llegar a tu casa?
—Si tienes que ir a algún sitio antes de dejarme, no me importa.
—Tengo que ir a mi casa para darte algo. Michael me ha pedido que te entregue una caja de cds y algo de ropa que te habías olvidado en casa de sus padres. No he querido dártela en la oficina, pensé que era demasiado personal.
Marny sintió un nudo en la garganta, pero asintió como si nada.
—Me parece bien. Yo también tengo algunas cosas suyas, pero a diferencia de él, puede venir a recogerlas cuando le plazca. No voy a enviar a nadie de recadero.
—No soy ningún recadero. Yo mismo me he ofrecido —replicó él, un poco molesto.
Ella lo miró con aire inquisitivo.
—Ya sé que no habéis acabado muy bien, y quería ahorrarte el mal trago de tener que volver a verlo.
—¿A mí o a él? —replicó.
—Ya te he respondido a esa pregunta, Marny.
Ella suavizó la expresión, y le ofreció una sonrisa de agradecimiento.
—Olvidaba que estabas intentando ser amable —le dijo, y el mal rollo entre ellos desapareció.
—Sí, aunque tú te empeñes en ponérmelo difícil —respondió él, y le devolvió la sonrisa —. Tienes una sonrisa muy bonita, Marny. Creo que es la primera vez que te veo sonreír.
—Eso no es... —se quedó callada.
Alan condujo hacia un edificio desde el que se podía ver el Space Needle. Metió el coche en el garaje, y se apeó del vehículo, haciéndole una señal para que lo siguiera. Subieron en ascensor hasta el piso más alto, un ático situado en la decimonovena planta. El ático de Alan estaba decorado con líneas sencillas, modernas y abiertas. Lo que más agradó a Marny fue una amplia colección de cds de música rock, colocados por orden alfabético en una estantería negra.
Había un amplio ventanal desde el que se podía observar todo Seattle. De inmediato, Marny sintió que le temblaban las piernas, y tuvo que sentarse sobre el taburete que había frente a la barra americana.
—¿Te importaría correr las cortinas? —le pidió, con la voz temblorosa y el rostro sudoroso.
Alan asintió, y sin decir una palabra, corrió las cortinas y se colocó a su lado.
—Mi madre también tiene miedo a las alturas. Cuando viene a visitarme, tengo que correr las cortinas para que no le den ganas de salir corriendo. No te preocupes, este edificio está diseñado para soportar terremotos de grato nueve.
—No tengo miedo a los terremotos, tengo pánico a las alturas —se enfureció ella.
Alan se echó a reír, pero en cuanto ella lo fulminó con la mirada, él puso las manos en alto y se perdió dentro de lo que le pareció su habitación. Marny no pudo evitarlo, se levantó y caminó hacia la colección de cds de Alan. Curioseó sin ningún pudor, y se detuvo a revisar con agrado aquellas recopilaciones que congeniaban con sus gustos. Se llevó una sorpresa al descubrir que Alan era un fanático de Nirvana, al igual que ella.
—¿Quieres escuchar algo de música? —le preguntó a su espalda.
Se giró para decirle que sí, y se encontró con la caja que llevaba en las manos.
—Te hacía escuchando a Sinatra o Elton Johns —le dijo él, y dejó la caja con sus cosas en el suelo.
—Pensé que me ibas a decir El canon en D mayor de Pachelbel, y entonces sí me hubiera preocupado —bromeó.
—Así que no te gusta la música clásica...
—Hoy en día, si lo dices en voz alta cualquiera te toma por un cazurro, pero a mí no me importa. Tampoco me gusta la pintura, y prefiero el arte moderno a un paseo guiado por el Louvre en el que me expliquen el significado de la sonrisa de la Mona Lisa, que nunca me ha dado demasiado curiosidad.
—Eres toda una sorpresa, Marny. Ahora me dirás que no escuchas a Puccini.
—Has hecho trampa. Has curioseado lo que hay dentro de la caja —adivinó, pues tenía una recopilación de Puccini dentro, y empezó a reírse —¿Qué pasa, me hacías más escuchando música clásica mientras me ponía una mascarilla de esas verdes y tomaba un baño de sales aromáticas?
—En realidad... Michael me contó que no soportaba escuchar aquel ruido al que tú llamabas música.
—¿Y no te contó que él se hace la cera en la cara? —se enfureció.
A él le dio por reír, y la miró con los ojos brillantes.
—¿Por qué no dejamos de hablar de Michael y te sirvo una copa? —la invitó.
Ella aceptó, y a petición suya, él le sirvió ron con azúcar y unas rodajas de limón. Alan no tomó nada, y aludió a que debía conducir para llevarla de regreso. Se sentaron muy juntos en un amplio sofá, y él puso de fondo a Nirvana.
—¿Por qué tienes miedo a las alturas? —se interesó él.
—¿Por qué? Nunca me lo he preguntado. Sólo sé que me causa pánico, y eso es suficiente para vivir en una zona baja.
—Podrías intentar superarlo.
—No veo razón alguna para ello. Lo pasaría mal, y perdería el tiempo en una terapia que no serviría para nada. ¿Por qué se supone que debemos ser valientes, cuando lo correcto es tomar la alternativa fácil y cómoda que nos haga más felices?
—No creo que lo más cómodo te haga más feliz.
—¿Estás hablando de mí o de ti?
La miró a los ojos. Estaban demasiado juntos, y sus hombros se rozaban, como si quisieran acercarse más, pero la determinación de ambos los llevara a mantenerse apartados.
—De ti, si no te enfadas. De mí, si eso sirve para apaciguarte.
Marny esbozó una sonrisa.
—Creo que es hora de marcharme... —sugirió, pero no se levantó.
—¿Por qué es lo correcto? —su voz grave fue como una caricia. Su mirada ardiente le devoró las reservas.
Para evitar su mirada, ella se fijó en un libro que había sobre la mesita de cristal. Al hacerlo, Alan cogió el libro y lo escondió detrás suya, dejándola descolocada. Lo señaló, dirigiéndole una mirada interrogante.
—¿Qué lees?
—Yo te he preguntado primero —le dijo él. Y ella supo que trataba de evadir su pregunta.
Movida por la curiosidad, se atrevió a decir:
—Me quedo un rato más si me enseñas lo que lees.
—Yo no te he pedido que te quedes —le espetó.
Marny se levantó de inmediato, cabreada y dispuesta a irse. Él la agarró de la muñeca, y la empujó de vuelta al sofá, consiguiendo que se cayera encima suya y pusiera las manos sobre su pecho. Sus labios quedaron a escasos centímetros, y Marny los entreabrió presa del deseo y la desesperación.
—Estoy releyendo La Metamorfosis de Kafta —le respondió. Le soltó las muñecas y sus manos le apresaron la cintura, acercándola todavía más hacia él. Marny no hizo nada por apartase.
Aprovechó que estaba apoyada y segura sobre él, y cogió el libro, sacando el marcapáginas, pues siempre le habían apasionado. Alan tensó la mandíbula y la miró a la cara. A ella le tembló la mano al sostener frente a sus ojos la única foto que tenían juntos. Una que se habían hecho por compromiso en el cumpleaños de Michael, y que ella no había vuelto a recordar hasta ese momento. En la fotografía aparecían con el rostro serio y el uno al lado del otro, sin tocarse.
Los labios le temblaron antes de hablar, y miró a los ojos a Alan. No había rastro de nerviosismo en su expresión, tan sólo unas líneas de tensión. Estaban demasiado juntos.
—¿Por qué? —preguntó, con un hilillo de voz.
—¿Por qué no?
Marny se inclinó hacia él, dispuesta a besarlo. Y él no se apartó. La agarró con fuerza de la cintura, y a ella le gustó cómo la agarraba. Rozó sus labios, dejó escapar el aire y cerró los ojos. Entonces llamaron a la puerta.
Se separó un poco aturdida, pero él apenas le permitió escapar. Volvieron a llamar a la puerta, y escuchó la inconfundible voz de una mujer. Aporreaba la puerta con fuerza, como si le fuera la vida en ello.
—¡Sé que estás ahí Alan! ¡Abre la puerta de una maldita vez! —gritó la mujer.
—Ignórala —le pidió Alan. Se notaba su incomodidad.
Marny lo empujó y se levantó de golpe.
—Es imposible que la ignore. Creo que será mejor que abras la puerta.
Alan suspiró, quiso decir algo, pero se lo pensó mejor y fue hasta la puerta. La abrió, y una mujer alta, morena y con un frondoso cabello oscuro entró de golpe y comenzó a insultarlo. Él puso las manos en alto, como si no quisiera tocarla. Marny asistió a la escena como un tercero no invitado, y en cuanto la morena clavó sus ojos verdes en ella, dio un respingo, sin saber qué hacer.
—¿Quién es ella?—exigió saber.
—Jessica, ya basta—le pidió Alan, sin perder la calma.
Jessica se enzarzó en una discusión, y Marny supuso que era una de las innumerables chicas con las que él se había acostado, que ahora estaba despechada y estaba dispuesta a armarle la bronca. Incómoda y abochornada por haber estado a punto de caer en sus redes, recogió el bolso, y aprovechando que él trataba de calmar a Jessica y se había olvidado de su presencia, salió por la puerta sin mirar atrás.
A pesar de que sabía que pedir un taxi le costaría una fortuna teniendo en cuenta la distancia hacia su casa, y de que no podía permitírselo, se sintió tan hundida que se olvidó de todo y regresó a su casa respondiendo con monosílabos a las preguntas del taxista.
En cuanto llegó, se metió con la ropa puesta en la cama, y se olvidó de todo, excepto de él. Ni siquiera recordó la fotografía que él escondía en aquel libro. Todo lo que pudo pensar fue en Alan, en que había tratado de seducirla, y en que ella había estado a punto de romper aquella regla que se había prometido hace varios meses: no volver a enamorarse