CAPÍTULO SEIS

El día de la pista de patinaje

Todo el mundo se deslizaba con gracia por la pista de hielo excepto Marny, que se aferraba a la barandilla con ambas manos mientras intentaba mover las piernas tal y como observaba hacer a Alan y su acompañante, una joven muy atractiva que parecía haber nacido para ello. Recorrió la pista de hielo con los ojos para buscar a Michael, quien pese a conocer su nula destreza para el patinaje la había dejado sola con la excusa de que regresaría en cinco minutos. Ya habían transcurrido quince.

Contempló con envidia a la acompañante del primo de su novio y una incómoda punzada de celos se asentó en su estómago. Alan agarraba la mano femenina y hacía chistes que provocaban las carcajadas de la chica. Lo estaban pasando en grande mientras ella los contemplaba con tristeza, pues deseaba que Michael fuera tan atento con ella como lo era Alan con su nueva conquista. Generalmente le duraban tanto como un pañuelo de papel sin usar, hecho que siempre había irritado a Marny, pero no podía negar que él siempre se mostraba cortés y que las chicas parecían disfrutar de su compañía.

Resopló antes de intentarlo de nuevo. Tenía los pantalones húmedos debido a las múltiples caídas experimentadas y las manos enrojecidas por el contacto con el hielo. Imitó la postura de Alan, por lo que inclinó el tronco ligeramente hacia delante, flexionó las rodillas y se deslizó por el hielo unos segundos antes de perder la postura y caer de culo.

Desde la distancia pudo escuchar la carcajada que soltó Alan. Parecía que pese a su acompañante, siempre la estaba observando en los momentos más inoportunos. Humillada y sola, Marny trató de ponerse en pie, pero estaba demasiado lejos de la barandilla para sujetarse a algo firme. De repente, sintió como unas manos masculinas la asían de la cintura y la incorporaban del suelo. Al ladear la cabeza, la barba de Alan le hizo cosquillas en la mejilla y una sensación cálida le oprimió el estómago.

Gracias musitó contrariada.

Alan se colocó a su espalda y sujetó su cintura con ambas manos.

No te pongas rígida. Trata de mantener la postura, inclínate un poco hacia delante... sí, así... ordenó contra su nuca.

La respiración cálida le acarició la piel.

Ni se te ocurra soltarme exigió con brusquedad. Al percatarse de lo injusta que era, añadió: por favor..

Alan deslizó las manos por su cintura.

Estoy aquí.

Llévame hacia la barandilla. Creo que tu acompañante se está impacientando.

En efecto, comprobó que la chica los acribillaba con rabia y desconfianza desde la distancia.

Ella sabe valerse por sí misma comentó en tono indiferente. Deslizó sus pies y los de Marny se movieron por el impulso. Soltó un gritito debido a la excitación y la angustia. Relájate y no tengas miedo. No voy a permitir que te caigas.

Marny asintió y confió en él. La sujetaba con tal firmeza que ella se sintió segura sobre la pista de patinaje.

¿Sabes dónde está Michael? preguntó de pronto.

Notó que él se ponía rígido.

Qué más da.

Abrió los ojos debido al frío, y dejó de pensar en aquel novio que había vuelto a dejarla tirada. Estaba disfrutando de la compañía de Alan, de su contacto y de no tener miedo al patinar.

¡Estoy patinando! exclamó feliz sin poder contenerse.

Alan soltó una carcajada.

Sí, lo estás haciendo. No era tan difícil.

Eres un buen profesor lo aduló de buen humor.

Pese a que no pudo verlo, intuyó que él sonreía.

Voy a soltarte la avisó.

¡No, ni se te ocurra! se asustó.

Pero Alan hizo caso omiso a sus dudas y dejó de agarrar su cintura. Pasó por su lado para sostenerle la mano como un simple apoyo que ofrecerle. Marny patinó con su ayuda mientras no cesaba de mirar sus pies con asombro.

Vista al frente. Confía en ti misma le aconsejó, acariciándole la palma de la mano con el pulgar.

Marny lo contempló de reojo.

En realidad, en el que confío es en ti.

Seattle, 18 de febrero. 1 am.

No hizo falta que dijeran nada más, pues el deseo que latía en los ojos del otro hablaba de una promesa de sexo que llevaban demasiado tiempo conteniendo. Marny deslizó las manos por el torso desnudo y Alan le agarró las nalgas para presionarla contra su erección. Enterró la cabeza en el hueco de su garganta y besó la piel que se exponía ante él. A Marny la enloquecieron aquellos besos, e imbuida por la pasión, sus manos descendieron hacia el elástico del pantalón de pijama. Dudó al rozar el miembro endurecido cubierto por la tela, pero Alan inclinó la cadera hacia su mano, respuesta que derribó sus barreras.

Con suavidad, introdujo la mano dentro del pantalón y acarició la cabeza de su pene. Estaba húmeda y caliente. Con un solo dedo, acarició la humedad y se deleitó en el gruñido que escapó de la garganta masculina. Abrió los ojos para contemplar la expresión en el rostro de Alan. Vencido a la pasión que le provocaban su mano, tenía los ojos entreabiertos, la boca tensa y algunas arrugas en el entrecejo.

Tomándola por sorpresa, Alan la empujó hasta que su espalda se tumbó sobre el colchón, agarró sus muñecas por encima de la cabeza y con una mirada le dijo que las dejara ahí. Sus manos le subieron la camiseta y ascendieron hasta encontrar el sujetador. Con una destreza que la dejó pasmada, desabrochó el sostén y sacó ambas prendas por encima de su cabeza. A ella se le aceleró la respiración al sentir la mirada hambrienta de Alan contemplando sus pechos. No sintió pudor, pues la excitación le provocaba imaginar como la tocaría él.

Alan sintió su necesidad, y sus manos ahuecaron ambos pechos para llevárselos a la boca. Lamió y succionó los pezones hasta que logró arrancar gemidos de Marny. Aturdida por el cúmulo de sensaciones que le recorrían el cuerpo, olvidó la postura de sus brazos y clavó las uñas en la espalda de Alan, que emitió un gruñido que ella reconoció como placentero.

La boca de él ascendió hacia el cuello femenino para luego capturar el lóbulo de la oreja y susurrar.

—Siempre te imaginé así... liberada, entregada y dispuesta a recibir y dar placer —besó la piel de su cuello mientras sus manos le recorrían la parte baja del estómago—. He esperado años para tenerte.

Aquella frase la acaloró.

—Ya me tienes —admitió.

Agarrándola de las caderas, le dio la vuelta sin previo aviso y la sostuvo del vientre para que arqueara las nalgas. En esa postura tan expuesta, le quitó los pantalones y la dejó desnuda ante él.

Marny fue incapaz de sentir vergüenza.

Alan le soltó una cachetada en las nalgas que le hizo arder la piel. Antes de que consiguiera protestar, él calmó la piel enrojecida con besos húmedos que se acercaban cada vez más hacia su vulva hinchada y expuesta.

—Me has enloquecido durante años, Marny... —sintió que hablaba contra su sexo. La recorrió un escalofrío de expectación—. Déjame que yo te enloquezca por unos minutos.

Lamió la cara interna de sus muslos y acto seguido enterró la boca en su vulva. Marny arqueó la espalda y enterró las manos en las sábanas presa del placer más absoluto. Quería entregarse a él por completo, por lo que abrió las piernas y permitió que la boca de Alan accediera a su parte más íntima. Con una mano, él acarició su clítoris en movimientos circulares que consiguieron llevarla a las puertas del clímax. Se encontraba al borde del orgasmo cuando él se detuvo, le dio la vuelta y le dedicó una sonrisa pícara.

—Aún no.

Marny se llevó las manos al rostro acalorado, y las apartó en seguida al percatarse de que él se desprendía de los pantalones de una patada. Su miembro apuntaba hacia ella, y no pudo evitar recorrer con la punta de un dedo desde los testículos hasta la punta del pene.

Alan cerró los ojos y apretó la mandíbula, por lo que ella repitió la acción. Notó que él temblaba antes de acercarse hacia la mesita de noche y coger un preservativo que abrió con la boca y deslizó sobre su pene.

Marny lo acogió con las piernas abiertas, y lo miró a los ojos cuando él se enterró con lentitud en su interior. Lo que sintió en aquel instante la asustó tanto que tuvo que apartar su mirada para que él no descubriera lo que se reflejaba en sus ojos. Porque aquello era más que un polvo de dos personas que se estaban conociendo... en realidad, se parecía demasiado a la forma en la que se hacía el amor.

Marny se acurrucó sobre el pecho de Alan. Lo habían hecho tantas veces que había perdido la cuenta. La mano de él le acariciaba la espalda desnuda ascendiendo y descendiendo en un movimiento que los tenía ensimismados.

No habían hablado desde que hacía unos minutos ambos cayeron exhaustos sobre las sábanas. Marny deseaba decir algo ingenioso que rompiera la intimidad, pero su estómago rugió de pronto y Alan soltó una risilla.

—Tengo hambre.

—No me extraña. Hace unas horas vomitaste toda tu cena.

No existía reclamo alguno en su voz, pero aún así Marny se sintió tremendamente avergonzada.

—No me lo recuerdes. Qué vergüenza —colocó las manos sobre el colchón y se inclinó para mirarlo a la cara—. Te juro que es la primera vez que me sucede. Yo no soy así.

—¿Así de natural? Bebiste vino porque te lo estabas pasando bien. No hay nada de malo en divertirse de vez en cuando —le restó importancia.

Él se levantó de la cama y la contempló de una manera que ella no supo descifrar.

—¿Prefieres dulce o salado?

Marny se incorporó y se colocó una camiseta de Alan que le tapaba la mitad de los muslos. Él la contempló evidentemente excitado.

—No te ofendas, pero aún recuerdo aquella vez en casa de Michael en la que intestaste preparar unos crepes y estuviste a punto de quemar la cocina —se burló.

Él puso mala cara.

—¡Fue culpa tuya! No me dejabas en paz. Alan haz esto... Alan haz lo otro... así no es...

—Eso es porque tú detestas que alguien te haga sugerencias. Eres muy orgulloso.

Él abrió mucho los ojos y se hizo el ofendido.

—¿Ah sí?

Caminó hacia ella con paso amenazante.

—Ajá.

—Con que soy un orgulloso... eh...

Se lanzó hacia ella y los tiró a ambos sobre el colchón. Marny resistió como pudo las cosquillas de Alan, pero al final no pudo más y se rió como una histérica mientras él la tocaba en los puntos clave, como si acaso la conociera de toda la vida. Entre risas, se incorporar y se dirigieron hacia la cocina, donde prepararon unos crepes con plátano y dulce de leche.

—Que sepas que lo he hecho todo yo —dijo orgullosa.

Alan resopló.

—Todo se tiene que hacer a tu gusto.

—No es eso... soy... ordenada —dijo, buscando una excusa.

Alan enarcó una ceja.

—No dejas que nadie entre en tu mundo con facilidad, eh —dijo con suavidad.

Marny dejó el plato vació sobre el fregadero y se volvió para contemplarlo con curiosidad.

—Sin embargo, sabías exactamente donde tocarme...

Alan se acercó hacia ella y le apartó el pelo de la cara.

—Llevo mucho tiempo siendo un espectador, Marny.

—A veces creo que me culpas de haber elegido al chico equivocado, Alan.

—O puede que me culpe a mí mismo, ¿No?

—Por elegir a la novia de tu primo...

—Por no dar el primer paso antes —resolvió, dejándola asombrada—. Aunque tú no me lo ponías fácil.

—No te va a gustar lo que voy a decirte.

—Pues no lo digas —advirtió él.

Marny lo ignoró.

—Si no hubiera conocido a Michael probablemente no me habría fijado en ti. Ni tú en mí.

—Que yo no sea la clase de hombre que tú buscabas no quiere decir que yo no tuviera las ideas claras respecto a ti.

—Eso no lo sabes —lo contradijo.

—Lo sé.

—¿Por qué estás tan seguro?

—A veces lo sabes, y punto.

Parecía mosqueado, por lo que Marny optó por olvidar aquel tema que por el momento no iba a llevarlos a ningún sitio.

Tras fregar los platos, volvieron a la cama pese a que dentro de poco tendrían que despertarse para ir al trabajo. Alan la contempló intrigado hasta que se atrevió a preguntar.

—¿Por qué dejaste a Michael?

—La infidelidad fue el detonante, pero quiero creer que habríamos roto tarde o temprano.

—Nunca entendí por qué te aferrabas a una relación que hacía aguas por todos lados —le recriminó.

A ella la irritó aquel comentario.

—¿Ahora eres terapeuta emocional? —sugirió con ironía. Trató de relajarse a sí misma porque sabía que el tema de Michael era algo que la alteraba sin motivo.

—¿Sigues enamorada de él? —le soltó.

Pudo atisbar la preocupación con la que él formuló aquella pregunta. Marny sacudió la cabeza sin dudar.

—No, no lo estoy.

—¿Por qué te molesta hablar de algo que fue parte de tu pasado? Das la impresión equivocada al eludir el tema.

—No estoy enamorada de Michael, y en realidad, probablemente dejé de estarlo hace bastante tiempo. Por eso me da tanta rabia recordar que malgasté dos años de mi vida aferrándome a una persona porque la vida que llevaba con él me resultaba muy cómoda y aburrida. Eso no dice nada bueno de mí, ¿No?

—Solemos tomar decisiones fáciles, supongo.

—Aún así, la infidelidad me dolió muchísimo —se sinceró. Era la primera vez que abordaba el tema sin sentir deseos de huir—. Creí que entre Michael y yo existía respeto y cariño, y me aferraba a ello para que la relación perviviera. Por eso me sentí tan traicionada cuando él y Diana... en fin, tuve que verlo con mis propios ojos. Alguien me envió un mensaje de texto. No fue agradable, la verdad. Podría haber tenido más tacto.

Sintió que Alan se tensaba a su lado.

—De no haber sido por él no habrías descubierto la verdad.

Marny bostezó, demasiado cansada para continuar con aquella charla. Se acercó a Alan para cobijarse en su calor, y al instante, se quedó dormida.

Despertó con la boca de Alan mordisqueándole la clavícula y el olor a café recién hecho desde la cocina. Enroscó las manos en la nuca masculina y abrió los labios para recibir el beso de buenos días que él le ofreció.

—Tu ropa está seca y limpia en esa silla —le dijo.

—No voy a ir al trabajo con la misma ropa de ayer —se negó, como si aquello fuese un verdadero sacrilegio.

Alan no pudo evitar reírse.

—Lo sabía. Por eso te he despertado un poco antes. Nos da tiempo a pasar por tu casa para que te cambies de ropa.

Marny lo atrajo hacia sí, y descubrió que con la persona adecuada, una que le despertara un deseo desconocido e insaciable, ella podía resultar mimosa por la mañana.

—¿Crees... que nos da tiempo a algo más? —sugirió excitada.

En respuesta, Alan atrapó su mano y la condujo hacia la erección matutina. Tardaron segundos en estar desnudos y enredados sobre las sábanas, con el calor del cuerpo del otro como el mejor desayuno de aquella mañana en la que habían despertado en compañía.

En la oficina hacía un calor asfixiante, o tal vez fuese que la sensación cálida que le abrasaba la piel se debía al revolcón matutino que había compartido con Alan hacía unas horas.

Aquella noche de pasión la había dejado extenuada, con los pechos pesados y un deseo insaciable en la parte baja de su estómago. Al recordar las caricias compartidas, se llevó las manos a las mejillas y descubrió con sorpresa que le ardía la piel, por lo que se abanico con una carpeta en un intento porque su cuerpo regresara a su estado habitual.

Desde los metros que separaban su escritorio del de Alan, este no le quitaba el ojo de encima mientras fingía teclear en su ordenador. A los pocos segundos, le llegó un correo electrónico y supo sin la necesidad de leerlo que era él quien lo había enviado.

De: Alanmiller@seattlesports.com

Para: Marnystevens@seattlesports.com

Asunto: Esta mañana...

Se siente usted muy acalorada, señorita Stevens.

¿No estará enferma? Me veo en la obligación de preocuparme porque es usted una distracción muy placentera de la que no me gustaría verme privado.

Antes de que pudiera responder, recibió una llamada de su amiga Ava en la que básicamente le exigía que se vieran de inmediato para almorzar. Aunque su amiga no lo mencionó, Marny sabía de sobra que sus verdaderos motivos se debían a su inesperada y extraña relación con Alan, si es que se la podía catalogar de tal forma.

Tras aceptar el almuerzo propuesto por Ava, se dispuso a responder el correo electrónico de Alan, pero antes de que pudiera hacerlo, este le había enviado otro.

De: Alanmiller@seattlesports.com

Para: Marnystevens@seattlesports.com

Asunto: almuerzo.

No he podido evitar escuchar tu conversación telefónica. Que disfrutes de tu almuerzo, Marny. Estoy seguro de que esta noche sabrás recompensarme tu ausencia.

Tras leer aquel email presuntuoso, Marny le dedicó una mirada llameante desde encima de la pila de papeles de su escritorio. Acto seguido tecleó una respuesta rápida.

Para: Alanmiller@seattlesports.com

De: Marnystevens@seattlesport.com

Asunto: RE: almuerzo

¿Distracción muy placentera? Por fin salió el periodista deportivo y macho que llevabas dentro. Provocas orgasmos muy placenteros, por cierto. Pero lamento decirte que esta noche no podré recompensarte con una buena torta, pues tengo cena familiar.

Nos vemos mañana.

De: Alanmiller@seattlesports.com

Para: Marnystevens@seatllesports.com

Asunto: Pásalo bien.

Estoy seguro que echarás de menos esos orgasmos tan placenteros que te provoco.

Marny no pudo contener las ganas de ofrecerle una respuesta que lo dejara pasmado, por lo que le envió una escueta respuesta.

De: Marnystevens@seattlesports.com

Para: Alanmiller@seattlesports.com

Asunto: Lo pasaré genial.

Estás muy anticuado, Alan. Aunque se diga lo contrario, las mujeres también sabemos darnos placer a nosotras mismas.

Se levantó, recogió el abrigo y caminó directa hacia el ascensor para reunirse con Ava. Alan la contempló asombrado, y antes de que las puertas del ascensor se cerraran, ella pudo escuchar la carcajada que soltó