CAPÍTULO CINCO
El día de “Chica-busca-trabajo”
Marny se cruzó de brazos y se dejó caer en el sofá de mala gana. A su lado, Alan entrelazó los dedos y fijó la vista en el televisor. Ambos estaban incómodos al lado del otro por culpa de Michael; y es que por primera vez desde que se conocían, Marny fue capaz de culpar a Michael. Había preparado una cena para dos cuando su novio se empeñó en invitar a Alan a su nueva casa sin avisar. Con esas, Marny se encontró con una cena para dos guardada en un tupper dentro del frigorífico y la petición de pizza por teléfono. Para colmo, Michael se estaba dando una ducha y los dejó a los dos en el sillón, como si acaso tuvieran algún tema de conversación en común.
Qué silencio tan incómodo, pensó ella.
—Michael me ha dicho que estás buscando trabajo —dijo él, rompiendo por fin el silencio.
—Eh.. sí. Trabajaba en la empresa familiar, pero he decidido cambiar de aires —comentó, sin ganas de entrar en detalles —. Lo mío es el periodismo deportivo.
Él la miró asombrado.
—¿En serio?
—No me digas que eres la clase de hombre que piensa que los deportes son cosas de tíos... —bromeó.
—Peor aún. Creí que eras la clase de chica que hablaría de cremas cosméticas en una revista femenina y superficial.
Marny puso los ojos en blanco. Alan se giró hacia ella con curiosidad y colocó un brazo sobre el respaldo, por lo que sus dedos le rozaron la espalda.
—En el periódico en el que trabajo están buscando a un becario. El sueldo no es gran cosa, pero podrías ganar algo de experiencia —ofreció como si nada.
Marny lo contempló con recelo.
—¿Estás... ofreciéndome trabajar contigo? —inquirió, dejando traslucir la ilusión que le suponía el hecho de que alguien le concediera una oportunidad.
Alan le restó importancia con un gesto de mano.
—No soy el jefe, pero podría hablarle bien de ti y conseguirte una entrevista, si te parece bien...
Marny soltó un gritito de júbilo, lo estrechó entre sus brazos y le besuqueó todo el rostro incapaz de reprimir la alegría que la embargaba.
—¡Gracias, gracias, gracias! Nadie... nunca... me ha dado una oportunidad.
Alan sonrío. En realidad, era él quien tenía que agradecer que Marny hubiese aceptado su oferta. Si pasaba más tiempo con ella sin tener que soportar la presencia de su primo como excusa, tal vez podría convencerla de que Michael y ella no estaban hechos el uno para el otro, porque desde la primera vez que la vio él se había colado por ella. Así de sencillo.
Seattle, 16 de Febrero.
Era la una de la madrugada y Alan seguía plantado delante de la entrada. ¡Joder con Alan y su paciencia! Realmente puede ser cabezota cuando se lo propone, pensó molesta. A pesar de su irritación inicial, un pensamiento débil y persistente le sacudió la mente: no tenía sentido que él se empeñara en ofrecer una explicación si ella no era más que un capricho.
Marny pensaba que nada podía ir a peor hasta que recibió otra llamada de su padre. Sopesó la idea de no coger el teléfono, pero su padre la llamaba por Skype al percatarse de que estaba conectada.
Papá y su afición por la tecnología moderna...
—¿Qué quieres? —saludó cortante.
Saludar así a un padre al que no veía desde hacía semanas hubiera parecido poco afectuoso y maleducado de no ser porque su padre era aquel casero de los cojones —termino con el que ella lo había bautizado—, que intentaba echarla de su casa.
Había trabajado con él en la empresa familiar, pero había renunciado a su empleo bien pagado y cómodo porque ella siempre había soñado con ser periodista deportivo. Amaba la excitación que le producía ver un partido, y se sentía realizada en su trabajo poco pagado. El día que renunció a su empleo en la empresa familiar se abrió una brecha en la relación padre-hija, pero Marny fue incapaz de intuir las verdaderas intenciones de su padre cuando este le ofreció en alquiler la casa de Queen Anne. Con Michael compartiendo los gastos, el alquiler no era un problema. Con Marny haciendo frente al alquiler con su sueldo mediocre, el gasto se le atragantaba a principios de mes.
Y su padre intentaba echarla de casa. Por supuesto, aludiendo a que siempre podía regresar a la empresa familiar para hacer frente a los gastos de alquiler.
—Hola Marny, ¿Qué maneras son esas de saludar a papá?
—Papá... ¿Qué tal van las cosas en casa?
—Tu madre sigue horneando pasteles de limón como si se acabara el mundo, y tu hermano intenta tener un bebé con esa pelirroja feucha que se echó de novia tras terminar la universidad. Sinceramente, no me gustan los pelirrojos.
—¡Papá! —lo censuró.
—¿Qué pasa? Solo soy sincero. ¿Es mucho pedir un nieto de pelo castaño como Dios manda?
—Eres imposible.
—Marny.
—¿Ajá? —se hizo la tonta.
—Me debes ochocientos dólares.
—¡Siempre te pago! ¿No te puedes esperar un par de días? —le recriminó.
—Puedo, pero...
—¡Pues te esperas!
—No le hables así a tu casero —bromeó, y a Marny no le hizo ninguna gracia.
—No me puedo creer que mi propio padre intente echarme de casa... eres imposible.
—Estoy reuniendo dinero para una jubilación como Dios manda. Dentro de unos años, tú y tu hermano querréis encerrarme en una de esas residencias de ancianos con toque de queda en las que hay que comer sorbiendo una pajita —se hizo la víctima.
—¿Pues sabes que te digo? ¡Que te lo mereces!
—Marny...
—Qué.
—No le hables así a tu padre —se carcajeó.
Marny se masajeó las sienes. Santa paciencia...
—Así que ahora eres mi padre...
—Para lo bueno y para lo malo. Te doy un plazo de dos días para que me pagues, aunque si trabajaras en la empresa familiar pagarías de sobra el alquiler, niña tonta.
—¡Adios! —se despidió de él.
Mientras hacía cálculos mentales acerca de cómo pagar el alquiler, la luz, el agua, el transporte público y la comida para una persona decente, abrió el frigorífico y fue a echar mano de una cerveza. De mala gana, despegó la cerveza de la pared de escarcha que se había formado en el frigorífico. El dichoso aparato se enfriaba demasiado.
Tengo que llamar a mi casero para que arregle la avería, pensó soltando una risita.
Sin poder contenerse, pegó el cuerpo a la ventana y espió el contorno masculino que aguantaba el frío de la madrugada con la espalda pegada a la pared y los ojos cerrados. Se había quedado dormido.
Marny descorrió la cortina para observarlo a su antojo. Tenía una boca ancha y tentadora que la invitaba a besarlo. Excitada, se mordió el labio inferior y pegó la mejilla contra el frío cristal de la ventana para deshacerse de aquel pensamiento que se volvió más intenso en cuanto deslizó los ojos por el cuerpo bien formado y musculado a base de ejercicio sano.
Terminó la cerveza de un trago largo, se abrazó a sí misma y apoyó el cuerpo sobre la ventana. Podía ser cobarde y rehuir lo que tanto deseaba, o concederle una oportunidad y escuchar lo que él tenía que decirle.
¿Acaso se creía tan estúpida para claudicar en cuanto él abriera la boca? Siempre se había mostrado inflexible y retraída y el hecho de haberse relacionado con él en los últimos días no tenía por qué cambiar las cosas.
Agobiada, abrió la puerta de la entrada de golpe y Alan se cayó hacia atrás. Se levantó aturdido y se frotó el rostro con ambas manos.
—Hola, bello durmiente.
—Te dije que no me iría a ninguna parte... —murmuró, todavía somnoliento.
Se incorporó con torpeza y cerró la puerta de un manotazo, como si acaso temiera que ella fuese a echarlo a patadas.
Marny caminó hacia la secadora mientras él la seguía con pasos aturdidos. Le devolvió la chaqueta seca, y sin decir nada, pasó la manos por el pecho masculino y abrió los botones para quitarle la camisa. Él la observó con los ojos oscurecidos y los labios entreabiertos.
—Gracias —dijo con voz ronca.
Marny se encogió de hombros para restarle importancia. Metió la camisa arrugada y húmeda dentro de la secadora, fue hacia el cuarto de baño y regresó con una toalla de algodón con la que él se secó el torso desnudo. Sin poder evitarlo, Marny recorrió los músculos velludos hasta detener la vista en el sendero de vello oscuro que se perdía bajo los pantalones. Se le secó la garganta y desvió la vista hacia otra parte.
Mientras tanto, Alan frotó el cabello húmedo y algunas gotas de agua le salpicaron la barbilla. Cuando terminó de secarse, arrojó la toalla sobre el sofá, agarró la mano de ella y tiró de su cuerpo para besarla sin permiso. Marny respondió con naturalidad a un beso hambriento y corto que la despistó y la dejó con ganas de más. Se separó fastidiada.
—¿Esa es tu manera de explicarte?
A él le brillaron los ojos.
—No. Eso lo he hecho porque me moría de ganas de besarte —acarició la mejilla con un pulgar arrugado por el agua—. Acabo de entrar en calor.
—Me siento tremendamente estúpida por dejar que entres en mi casa y hagas lo que te dé la gana —musitó, defraudada consigo misma.
—Qué sincera.
Marny inclinó la cabeza hacia arriba para encontrar su cara, y él se puso serio.
—Lo que pasó en ese cuarto de baño no fue premeditado —le aseguró, mirándola a la cara.
—¿Y la apuesta?
—¿La apuesta? —él se puso furioso y apretó los puños—. Te juro... Marny, te juro que no tengo nada que ver con esa apuesta de gilipollas. De haber sabido que existía apuesta alguna jamás te habría tocado dentro de la oficina —prometió solemne y desesperado por ser creído—. No tenía sentido que yo supiera nada de esa apuesta.
—¿Por qué?
—Porque les habría partido la cara. Nunca he permitido que bromeen respecto a ti en mi presencia, y ellos lo saben.
Marny sintió que él era sincero. De todos sus compañeros, era el único que la trataba como una igual y jamás hacia bromitas al respecto de su condición femenina. Se trataban fríamente, eso sí, pero entre ellos siempre había perdurado el respeto.
—No sé si voy a ser capaz de volver a la oficina y soportar sus risitas. Los odio.
—Te aseguro que no se van a reír. De hecho, creo que ignorarán el tema. Más les vale.
Marny desvió la mirada hacia los nudillos enrojecidos.
—¿Cómo te has hecho eso? —atrapó su mano ante de que él la ocultara.
—No es nada —forzó una sonrisa para restarle importancia.
Marny se acercó a él y se sintió mucho mejor.
—Nunca te he dado las gracias por conseguirme este empleo.
—Sólo te conseguí una entrevista. El resto lo hiciste tú. ¿Crees que mi ropa está seca? —preguntó cambiando de tema.
Marny se apartó confundida, fue hasta la secadora y le devolvió la prenda seca. Lo observo vestirse sin decir una palabra. Quería pedirle que se quedara, pero estaba aturdida por su intención de marcharse.
—Marny —la llamó, antes de salir por la puerta—. Quiero que pienses en lo que te he dicho y... bueno, supongo que mañana será otro día. Si me crees, me encantaría que cenásemos juntos como te propuse hoy. Respecto a lo del baño... —le ofreció una sonrisa ladeada—, preferiría que volviese a ocurrir en la intimidad de las sábanas. Buenas noches.
A ella le ardió todo el cuerpo.
—Buenas noches, Alan.
Seattle, 17 de Febrero
Al día siguiente, Marny se dirigió a la oficina con el ánimo renovado, pero en cuanto cruzó la entrada del periódico escondió la cabeza entre los hombros y se dirigió hacia su escritorio a toda prisa. Se quedó sorprendida al no escuchar risitas ni murmullos malintencionados a su espalda.
—Buenos días, Marny —la saludó con naturalidad uno de sus compañeros.
—Hola —devolvió el saludo.
—Buenos días, Marny —la saludó otro.
Marny fue devolviendo los saludos hasta que consiguió sentarse en su silla. Estaba perpleja. En los dos años que llevaba trabajando en el periódico, jamás le habían dado los buenos días. Desde la distancia, se percató de que Alan la observaba satisfecho. Al parecer, el y su puño habían sido los artífices de obrar el milagro.
—Marny —carraspeó Dug a su espalda. Ella se tensó y giró la silla para tenerlo de frente
—. Creo recordar que te gusta el descafeinado de máquina.
El hombre dejó el vaso de papel sobre su escritorio, y Marny le ofreció un escueto gracias. Acto seguido, rodó los ojos hacia Alan, pero este estaba ocupado tecleando sobre su ordenador. A los pocos segundos, le llegó un correo electrónico.
Para: marnyestevens@seattlesports.com
De: alanmiller@seattlesports.com
Asunto: cena.
Como soy un hombre de palabra, he esperado durante toda la noche mi respuesta a pesar de que me he esforzado en no colapsar tu teléfono a llamadas. ¿Habría parecido un acosador, no?
Para: alanmiller@seattlesports.com
De: marnyestevens@seattlesports.com
Asunto: RE: cena.
En efecto, lo habrías parecido.
¿Eso que he escuchado es un estornudo?
PD: me apetece muchísimo cenar contigo.
Para: marnyestevens@seattlesports.com
De: alanmiller@seattlesports.com.
Asunto: sí, estoy resfriado.
Y es por tu culpa, por cierto.
En ese caso te espero a la salida. Como te conozco, te pido que por una vez no seas tan perfeccionista y salgas la última de la oficina.
PD: sé que el otro día Michael estuvo aquí.
Para: alanmiller@seattleesports.com
De: Marnyestevens@seattleesports.com
Asunto: no vamos a hablar de ese tema.
He dicho.
Esperó impaciente su cita con Allan mientras apuraba su trabajo y no dejaba de quedarse perpleja ante las continuas muestras de cordialidad de sus compañeros de trabajo.
Ver para creer.
La fastidiaba que Alan pensara que su malhumor se debía en parte a su encuentro fortuito con Michael. En realidad tenía razón, pero lo cierto era que para Marny la relación con su ex era un asunto finiquitado por el que ya no se comía la cabeza, salvo que volviera a encontrárselo por casualidad y le gritara todos aquellos insultos que se había guardado para sí la primera vez. Estuvo segura de que de haber pataleado, gritado y soltado toda su rabia ahora no la carcomería por dentro si volvía a tenerlo en frente.
Recordaba con todo lujo de detalles el mensaje que un número oculto le había enviado a su teléfono móvil. Qué explícito y parco había sido: Tu novio te está siendo infiel con tu mejor amiga en tu propia casa.
Se había cabreado con la persona que le había enviado aquel mensaje tras descubrir la verdad. Creyó que no tenía ningún derecho a inmiscuirse en su vida tras enviarle un mensaje tan impersonal, pero con el paso del tiempo había aprendido a agradecerle aquel gesto.
La infidelidad de Michael fue el detonante para que ella fuese capaz de cortar la relación. Siendo honesta, hubiera preferido que aquel extraño la preparase para lo que iba a ver, pero de todos modos, el mensaje había sido un dardo doloroso y certero que la hizo espabilar.
En el servicio, se cruzó con uno de sus compañeros y se tensó de inmediato. Era la clase de persona que se ponía a la defensiva si creía que existían motivos para estarlo. Se lavó las manos mientras el tipo la observaba de reojo.
—Alan es un buen tío, ¿Sabes? —le dijo sin venir a cuento. Marny no supo descifrar a qué venía aquel comentario, por lo que se quedó en silencio—. Bueno, piensa en lo que te he dicho... adiós.
Marny dio vueltas a aquel comentario hasta que su jornada laboral finalizó. Al parecer, Alan se había esforzado de verdad para que su regreso al periódico trascurriera sin incidentes y con la mayor comodidad posible.
Sí, era un buen tío.
Al cabo de una horas en las que oyó resoplar a Alan en su escritorio, Marny apagó su ordenador y se puso el abrigo antes de encontrarlo de brazos cruzados y con cara de aburrimiento frente a la máquina del café. La oficina estaba poco iluminada y el resto de sus compañeros hacía rato que se habían largado. Alan dio un toquecito en su reloj de muñeca para llamar su atención.
—Llevo media hora esperándote, Marny. No sabía que te retribuyeran las horas extra —se burló, en un intento por hacerla recapacitar sobre su auto exigencia.
—Me he dado tanta prisa como he podido, pero en este periódico soy el último mono y me cargan con trabajo extra. Si tan molesto estás deberías haberte largado, porque te aseguro que no estoy de humor para recibir reclamaciones estúpidas —respondió molesta.
Alan la tomó de la cintura y la silenció con un beso. Marny olvidó su malhumor al sentir la boca masculina sobre sus labios, entrelazó los dedos sobre la nuca y se puso de puntillas para responder a un beso que la hizo enloquecer. Durante unos segundos no hicieron otra cosa que besarse hasta que Alan se separó de ella con una sonrisa ladeada.
—Cállate Marny —sugirió sin perder la sonrisa.
La agarró de la mano y de un tirón la introdujo en el ascensor. De mejor humor, Marny curvó los labios en una tímida sonrisa mientras entrelazaba los dedos con los suyos y observaba de reojo el gesto relajado de Alan.
Caminaron hacia el coche de él, que estaba aparcado en la acera. En cuanto estuvieron dentro, Alan puso el coche en marcha y mientras conducía hacia su destino le hizo la pregunta que ella llevaba tiempo evitando.
—Has vendido tu coche, ¿Verdad?
Más que una pregunta sonó como una afirmación inquebrantable. Marny miró por la ventanilla para que él no pudiera descubrir su expresión entristecida. Como si él no quisiera que ella rehuyera su contacto, colocó la mano derecha sobre el muslo femenino. Una corriente eléctrica le recorrió la piel.
—Ya no vienes conduciendo al trabajo, y cuando estuve en tu casa no lo vi aparcado por los alrededores. Ese coche te encantaba, ¿Por qué lo has vendido? —preguntó con curiosidad.
No podía culparlo porque era evidente que Alan ignoraba sus problemas económicos. Incluso los había suavizado ante su amiga Ava porque sabía que de conocer esta el verdadero alcance de los mismos la habría obligado a aceptar su dinero.
De repente, careció de ganas de fingir ante Alan. No tenía ni idea de en qué punto estaba su relación, pero creyó que no tenía sentido alguno mentirle. Con él se sentía auténtica y plena, y la falsedad solo empeoraría las cosas.
Ladeó la cabeza para mirarlo a la cara.
—Lo vendí —dijo muy tranquila, tratando de imbuir a sus palabras un tono impersonal—. Tengo problemas para llegar a fin de mes y me pareció que vender el coche era la opción más razonable. Supongo que solo he retrasado lo inevitable porque dentro de poco tendré que mudarme.
Alan la contempló confundido.
—Tu padre es tu casero.
—No sería justo pedirle que responda por mi incapacidad para vivir de lo que gano, ¿No? Ya soy mayorcita —trató de defenderlo.
Él se quedó callado y Marny supo que aunque no estaba de acuerdo, Alan prefería callar su opinión por el momento.
—Marny, ya sé que no viene al caso, pero nunca te he dicho que sentí tu ruptura con Michael.
Se sintió incómoda al escuchar el nombre.
—No es necesario...
—Quiero decir que ni la sentí ni la siento. Mentiría si dijera lo contrario.
Marny se desinfló ante aquel comentario tan sincero, pero pese a ello, trató de fingir indiferencia.
—Bueno... él es tu primo y es evidente que no lo pasó mal... no tenías por qué sentirlo.
Alan soltó una carcajada.
—No me has entendido —sacudió la cabeza con ojos risueños—. A mi Michael me trae sin cuidado, sinceramente. Contigo se comportó como un cerdo. La que me importó siempre fuiste tú, así que no sentí que rompieseis porque fue un alivio saber que ya no tenía que competir contra mi propia familia.
Marny entrecerró los ojos y se recostó sobre el asiento, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. Al final reaccionó.
—Perdona que te diga que no me creo lo que acabas de decir. No tiene ningún sentido, Alan. ¡Nunca me has soportado!
Explotó sacudiendo las manos en el aire. Durante años se había sentido juzgada, y ahora empezaba a comprender que la irritación con la que había tratado a Alan no era más que un mecanismo de defensa para ocultar lo desdichada que se sentía por ser despreciada por el tipo que le gustaba.
—¿Y entonces qué hago aquí contigo? —la contradijo con suavidad.
Trató de buscar una respuesta razonable.
—Las cosas han cambiado. Nos estamos conociendo porque ignorábamos cómo era el otro en realidad, supongo.
—Para mí nada ha cambiado. Sigues siendo esa chica de la que tenía que apartarme porque no era para mí. Ahora que no tengo que disimular es mucho más fácil.
Cuando el coche se detuvo frente a un semáforo, él se inclinó sobre ella y sostuvo la barbilla con dos dedos.
—Me gustabas y me gustas. Si tú sabes la diferencia explícamela, porque yo no la veo.
Marny tembló ligeramente y se quedó muda por el asombro. Alan depositó un beso breve y mordisqueó su labio inferior hasta provocarle un suspiro de deseo. Se separó de ella para volver a poner el coche en marcha, por lo que Marny se recostó sobre el asiento y lo contempló de reojo sin saber lo que pensar.
—¿En qué piensas? Siempre me lo he preguntado cuando te sumerges en uno de esos silencios tan largos —dijo él.
—¿Sinceramente? —él asintió, y ella frunció el entrecejo porque tenía la necesidad de soltar lo que guardaba para sí—. Creo que deberías habérmelo dicho antes, Alan.
—Antes estabas demasiado ocupada odiándome —respondió, y a ella no le pasó desapercibida el tono despechado.
Se quitó el cinturón en cuanto él aparcó. Ninguno de los dos bajó del coche.
—Yo nunca te he odiado.
—Me detestabas.
—Eso no es cierto.
—No tenías una buena opinión de mí.
—¡Te empeñabas en resultarme antipático! Por supuesto que no tenía una buena opinión de ti porque me resultaba inexplicable que aún con esas me sintiera atraída por un hombre tan grosero —explotó, y se llevó las manos a la boca al comprobar que le había soltado todo lo que llevaba años callándose.
Alan la contempló paralizado y ungido por la desconfianza.
—Eso no tiene sentido.
Marny se mordisqueó el labio.
—Pero dímelo otra vez.
Ella sonrío de oreja a oreja.
—Eras un antipático.
—Lo otro —suplicó encantado.
—Me sentía atraída por ti.
Alan besó sus mejillas, la barbilla, la punta de la nariz para al final reclamar sus labios. Se separaron con la respiración agitada.
—Pero solo un poquito... de hecho a veces se me olvida...
—Cállate Marny.
Lo agarró de los hombros.
—Cállame tú.
Y lo hizo con un beso.
Salieron del coche al cabo de unos minutos en los que él se había esforzado por escuchar de nuevo aquello sobre la atracción. Marny se lo puso difícil, pero terminó claudicando para satisfacción de Alan.
Caminaron hacia el restaurante muy cerca el uno del otro. Como de costumbre, él parecía haberlo previsto todo para que ella solo tuviera que disfrutar de una velada en su compañía. Cenaron cangrejo gigante y vino dulce mientras charlaban de temas triviales. Por primera vez en mucho tiempo, Marny se sintió valiosa delante de un hombre, pues Alan mantenía ambas manos sobre la barbilla y escuchaba lo que ella le decía con gran atención. Realmente le interesaba lo que ella le contaba, y de vez en cuando la interrumpía para formularle alguna pregunta sobre el tema que ella trataba.
Michael, por el contrario, se esforzaba en disimular un interés que resultaba grosero. De todos modos, Marny siempre intentó agradecer aquel falso interés por todo lo que a ella le entusiasmaba.
Empezó a acalorarse debido a que había bebido demasiado vino y Alan se encontraba demasiado cerca de su cuerpo. El muslo de él rozaba el suyo sin intención, pero a ella le agradó aquel leve contacto. Deseaba que él volviera a tocarla como había hecho en el cuarto de baño. En toda su vida había tenido un orgasmo tan devastador como el que él le provocó con sus manos.
A causa del vino, tenía las mejillas calientes y se sentía más desinhibida que de costumbre, por lo que se apretó contra Alan y deslizó su mano hacia la pernera de sus pantalones, dedicándole una mirada cargada de deseo que él recibió con los ojos abiertos de par en par.
—Marny, ¿Qué haces? —la voz de él sonó áspera.
Lo contempló con ojos melosos y le puso un dedo en los labios.
—Ssssshhh... te doy placer.
Alan se puso rígido.
—¿Aquí? Ni en broma —sostuvo la muñeca de Marny para apartársela.
Ella hizo un mohín con la boca.
—No es el momento ni el lugar. Has bebido demasiado vino —resolvió tajante.
Pese a su decisión, su miembro comenzó a crecer y endurecerse bajo la tela.
—Quiero devolverte el favor —musitó contra su cuello.
De mala gana, Alan le agarró la muñeca para apartarla de su entrepierna.
—Joder Marny, ¿Qué demonios te pasa? Lo que sucedió en el cuarto de baño no fue un favor que debas retribuirme. El sexo no funciona así —la contempló con dureza y añadió
—: ni yo tampoco.
Marny se puso lívida de inmediato, y el efecto del vino se disipó para convertir su atrevimiento en vergüenza.
—Solo quería ser un poco más flexible —se disculpó, arrobada. Se levantó con torpeza y recogió su bolso—. Dios mío, qué vergüenza.
Salió del restaurante con paso apresurado y estuvo a punto de tropezarse con un trozo de pavimento mal cimentado. El contenido de su bolso se dispersó sobre el suelo a causa del traspié, por lo que se agachó a recogerlo mientras divisaba por el rabillo del ojo que Alan salía del local y la contemplaba a caballo entre la compasión y la preocupación. Se apartó de él en cuanto hizo el intento de ponerle una mano en el hombro, por lo que él se metió las manos en los bolsillos y soltó un suspiro.
—Marny...
—¡No digas nada! No sé qué es lo que se ha apoderado de mí en ese restaurante, pero te juro que no volverá a suceder. Me siento muy ridícula —y sin poder evitarlo, se echó a llorar.
Alan se acercó hacia ella con paso vacilante con la intención de consolarla.
—El vino ha tenido mucho que ver en ello —trató de calmarla—. De todos modos he sido muy brusco, pero es que la erección que me estabas provocando me ha puesto muy nervioso. Joder, no me lo esperaba de ti.
—¡Qué te calles! —gimoteó, cubriéndose el rostro con ambas manos—. Yo tampoco me lo esperaba de mí, pero estoy harta de guardar las formas..., contigo me siento... no sé... más libre.
Alan sonrió sin poder evitarlo, pese a que Marny ni siquiera fue consciente.
—Eso es fantástico.
—No, no lo es.
—Marny, no llores, por favor. No soporto que una mujer llore, y menos si me gusta como lo haces tú —pidió, acercándose a ella para dejar que lo abrazara.
De mala gana, y por el efecto adverso del vino, Marny hundió la cabeza en el pecho de Alan y dejó que su cuerpo temblara sobre el de él. Armándose de paciencia, Alan la consoló acariciándole la espalda, pero de repente, a ella le sobrevino una arcada y se agachó para vomitar el contenido de su cena. Él le recogió el pelo y esperó a que Marny se sintiera mejor. Sin pudor alguno, rebuscó dentro de su bolso y le tendió un pañuelo de papel para que se limpiara.
—Has bebido demasiado vino y no estás acostumbrada a beber. Eh, no pasa nada —le dio una palmadita en la espalda.
—Lo he arruinado todo. No entiendo por qué aún no has echado a correr —sugirió en tono lastimero.
Él no estaba dispuesto a huir porque ella le gustaba demasiado. Además, sabía que lo que Marny necesitaba y merecía era una persona que cuidara de ella sin condiciones.
—Podría haberle pasado a cualquiera. Vamos, te llevo a casa.
Marny agradeció que él agarrara su mano fría y sudorosa para conducirla con cuidado hacia el coche. Además, tuvo la delicadeza de abrir la ventanilla del automóvil, lo que le refrescó el rostro y la hizo sentir mejor. Cerró los ojos y no pudo evitar quedarse dormida. Al cabo de un rato, sintió que unos brazos fuertes pasaban por detrás de sus rodillas y espalda y la cargaban hasta depositarla sobre un colchón muy cómodo.
Supo que no estaba en su casa al inhalar el perfume masculino de las sábanas, pero de todos modos tampoco le importó.
Se despertó en mitad de la noche acurrucada al cuerpo de Alan, quien dormía recostado sobre el estómago y con un brazo estirado hacia ella que caía sobre la espalda de Marny. Recorrió el cuerpo masculino con curiosidad y deseo. Dormía desnudo de cintura para arriba y vestía unos elásticos pantalones de pijama que se amoldaban a sus glúteos torneados. Marny contuvo la respiración al alargar una mano para acariciar su rostro como estaba deseando hacer. Deslizó la palma desde la mejilla hasta los hombros y se detuvo cuando Alan arrugó la nariz debido al contacto. Con cuidado de no despertarlo, se incorporó y salió de la cama tratando de hacer el menor ruido posible. Una ternura inesperada se apoderó de ella al percatarse que Alan, de manera inconsciente, alargaba el brazo para buscar su contacto y esboza una mueca molesta al no encontrarla en su cama.
Marny caminó a tientas en la oscuridad para buscar el cuarto de baño. Cuando consiguió encontrarlo, recogió su bolso de encima de una mesa y agarró su cepillo de dientes. Necesitaba desprenderse de aquel sabor a vómito, por lo que frotó con brío y se limpió varias veces con enjuague bucal.
Una vez aseada, regresó al dormitorio y se acurrucó junto a Alan. Con dos dedos, le recorrió uno de los brazos y contuvo las ganas que sentía de despertarlo, pero de repente, él abrió los ojos y se la quedó mirando fijamente.
—No deberías despertar al lobo. Me estás tentando y tengo mucha hambre —le advirtió con voz ronca.
—Quiero que me muerdas.