CAPÍTULO CUATRO
El día del paintball
A Marny no le agradaba en absoluto aquel juego de críos. ¿Paintball? ¡Y qué más! Sostuvo la escopeta sobre su hombro y avanzó arrastrando los pies por la pista de grava. En realidad, lo que más le molestaba era el hecho de que Michael no había tenido en consideración su sorpresa. De hecho, ni siquiera se la había agradecido. Durante la semana anterior, realizó cada preparativo con la ilusión de observar la expresión de sorpresa de Michael. Por el contrario, su novio había desdeñado tanto el pastel casero como las entradas para el balneario por un estúpido juego de bolas de pinturas.
¡La idea había sido de Alan, por supuesto! Aquel engreído se había entrometido en sus planes como una molesta garrapata.
De repente, una bola minúscula estalló contra sus nudillos que acabaron pringados por una sustancia pegajosa y de un llamativo color naranja. Con el rostro ardiendo por el dolor y la vergüenza de haber sido la primera perdedora de la jornada, acuchilló con los ojos desde la distancia al francotirador.
—¡Marny! —exclamó con inocencia Alan.
Enrabietada, arrojó la escopeta al suelo y se largó de allí echando humo por las orejas. Sintió pasos cercanos, pero no se esforzó en disimular su enfado. Seguramente Michael había presenciado la escena y trataría de consolarla para mitigar el origen de su verdadero enfado. Sin embargo, cuando se sentó sobre una tapia de medio metro, descubrió con sorpresa que Alan estaba parado frente a ella con una expresión cómica.
Resopló con fastidio.
—Me arden los dedos por tu culpa.
Dejándola alucinada, cogió su mano y se llevó dos dedos enrojecidos a la boca. Su lengua humedeció la piel de sus dedos y Marny abrió los ojos de par en par, atónita e incapaz de reaccionar. Alan succionó los dedos para aliviar el escozor que le envolvía toda la mano.
—¿Qué... se supone que estás haciendo? —quiso quejarse, pero la pregunta sonó como un quejido que traslucía un placer incómodo.
—Lamer tus heridas —murmuró con voz ronca.
Agobiada, Marny retiró la mano con brusquedad.
—Solo era una broma... —se rió él.
—Imbécil —siseó enfurecida.
Seattle, 15 de Febrero.
Ava sorbía su moca de chocolate blanco mientras Marny tomaba tímidos sorbos de su descafeinado de máquina. Hasta para elegir el sabor del café era tan monótona como en su vida diaria.
Con expresión intrigada y las manos colocadas bajo la barbilla, su mejor amiga escuchaba su escaso relato de los hechos, pues Marny era de las que opinaba que no había mucho que contar cuando la incertidumbre rodeaba los acontecimientos.
—Debo confesarlo; estoy alucinando. El hecho de imaginarte con Alan es... no sé, muy raro. Tú nunca lo has soportado.
Marny se sintió molesta al percibir el tono recriminador que destilaban las palabras de su amiga.
—Ahora lo veo de otra manera, ¿Vale? —se defendió irritada.
Ava soltó una carcajada.
—¡Ya era hora! Alan es el sueño de cualquier mujer. Tiene ese aire de empotrador con el que cualquier chica que roza la treintena debería encontrarse alguna vez en la vida.
Marny sostuvo con ambas manos su vaso de plástico. A ella siempre le había resultado atractivo, pero lo consideraba tan insufrible que no le había dedicado más de un vistazo rápido y un intercambio de frases cortantes. Exceptuando el extraño incidente del paintball, por supuesto. Sentir sus dedos dentro de la boca de Alan había sido una experiencia erótica que siempre quiso negarse a sí misma.
—¿Qué ha sucedido para que cambies de opinión? —le preguntó Ava con curiosidad.
Marny también se hacía esa pregunta a sí misma.
—Supongo que el hecho de que Michael haya desaparecido de mi vida tiene mucho que ver en ello.
—No te aconsejo colarte por dos hombres de la misma familia, Marny —se preocupó Ava.
Marny asintió de mala gana. Comprendía el consejo de su amiga, pues tras la ruptura con Michael, era ella quien había tenido que recoger los pedacitos que restaron de su dignidad. Por mucho que se esforzó en mantener las apariencias delante del resto de la gente, Ava la conocía lo suficiente para percibir su sufrimiento interno.
—No estoy colada por Alan. En todo caso, un poco intrigada.
—Conozco esa mirada... —Ava le sostuvo la barbilla para evaluarla y sonrío con dulzura—. Era la mirada que le dedicabas a Michael antes de que te desilusionara.
—A cualquiera la desilusionan unos cuernos.
—Michael te desilusionó muchísimo antes —la corrigió Ava—, por eso siempre me he preguntado por qué te empeñaste en aguantar aquella relación.
—Porque era más fácil, porque se suponía que estábamos hechos el uno para el otro, porque compartíamos los gastos... —se cortó de repente—. No pienso colarme por Alan. Puede que mi opinión sobre él haya cambiado para bien, pero detesto la idea de volver a ser mangoneada por otro hombre.
—Destilas amargura, Marny. Ten cuidado. El despecho no te servirá de nada para volver a encauzar tu vida.
—Lo sé, pero no termino de fiarme de Alan. A veces pienso que solo soy un capricho. Nos conocemos desde hace años... no tiene sentido que ahora...
—¿Habéis follado?
—¡Claro que no! —explotó Marny, enrojeciendo de la cabeza a los pies—. Nos hemos besado un par de veces, eso es todo.
—Entonces descubrirás si eres un capricho el día que te lo tires.
—¿Ese es tu consejo? ¿Qué eche un polvo para descubrir sus verdaderas intenciones? —preguntó escéptica.
Ava asintió sin dudar.
—Solo repiten los que quieren algo más que un revolcón sin compromiso.
Todo era más fácil si permanecía sumida en su trabajo. Aún así, de vez en cuando percibía alguna que otra mirada de Alan. Nadie en la oficina parecía descubrir lo que sucedía entre ellos, y Marny no podía culparlos. Pese a su anterior relación familiar, ambos se habían tratado siempre con gran frialdad.
Estaba redactando un artículo sobre el equipo local cuando recibió un correo electrónico que la obligó a aflorar una sonrisa.
De: Alanmiller@seattlesports.com
Para: Marnystevens@seattlesports.com
Asunto: chica escurridiza.
¿Seria mucho suponer que estás pensando en mí pese a que te esfuerzas en ocultar la cabeza tras la pantalla del monitor? Pese a lo que digan las revistas femeninas, a los hombres nos gusta que nos pongan las cosas fáciles.
De: Marnystevens@seattlesports.com
Para: Alanmiller@seattlesports.com
Asunto: RE: Chica escurridiza
Pese a lo que digan los estándares masculinos, no todas las mujeres leemos revistas femeninas. ¿Qué te pongan las cosas fáciles? No sé por qué habría de hacerlo.
De: Alanmiller@seattlesports.com
Para: Marnystevens@seattlesports.com
Asunto: orgullosa.
Porque lo estás deseando...
De: Alanmiller@seattlesports.com
Para: Marnystevens@seattlesports.com
Asunto: PRESUNTUOSO.
PD: Sí, lo estoy deseando.
De: Alanmiller@seattlesports.com
Para: Marnystevens@seattlesports.com
Asunto: LO SABÍA.
Nos vemos a la salida del trabajo. ¿Te parece bien?
De: Alanmiller@seattlesports.com
Para: Marnystevens@seattlesports.com
Asunto: Te recuerdo...
Que las relaciones entre compañeros de trabajo están prohibidas.
De: Alanmiller@seattlesports.com
Para: Marnystevens@seattlesports.com
Asunto: Es evidente...
Que se te ha olvidado que eres la única mujer en el departamento.
PD: Sabía que estabas deseando acostarte conmigo.
¡Todas las mujeres sois iguales!
Marny se llevó las manos a la boca para aguantar la carcajada que estuvo a punto de escapar de su garganta. Inclinó la cabeza hacia arriba para descubrir la sonrisa pícara que él le dedicaba.
Dos horas antes del final de la jornada laboral, Marny sintió la necesidad de escaquearse durante cinco minutos de su puesto de trabajo. Al fin y al cabo, era la única que no se tomaba tal privilegio de vez en cuando. Para mayor irritación, la que menos cobraba debido a la condición no mencionada de que pertenecía al género femenino.
Por primera vez desde que trabajaba en el periódico, pasó por el lado de Alan y se detuvo a preguntarle si deseaba que le trajese algo de comer.
—Sí —asintió él, devorándola con la mirada—. Te quiero a ti.
Marny enrojeció, titubeó palabras sin sentido y bajó por las escaleras ignorando el ascensor. Al poner el pie en la primera planta, se encontró con la desagradable sorpresa de que su ex estaba plantado en la puerta de la entrada. Por un instante, sintió la necesidad de esconderse tras el amplio macetón de la entrada y esperar a que él se largara. Avergonzada de su debilidad, irguió la cabeza y caminó hacia la salida. Michael reparó en su presencia y la saludó con la mano. No iba a detenerse, pero le resultó que no hacerlo la pondría en evidencia, por lo que se detuvo para cruzar con él un breve saludo.
—Hola Marny.
—Michael —pronunció su nombre con frialdad.
—Alan me comentó que te ha entregado las pertenencias... —murmuró, con una sonrisa forzada. Con una patética sonrisa como si acaso fuese él quien debía perdonarle la existencia. Con toda seguridad, Michael creía que ella debía estar lloriqueando por las esquinas. Lo había estado, para qué negarlo. Pero estaba empezando a superarlo con la ayuda de quien menos lo esperaba—. Si fueras tan amable de enviarme las mías...
—Las tienes en mi casa —respondió muy ufana.
No estaba dispuesta a doblegarse a sus intereses como había hecho durante sus años de relación. Con una sonrisita y haciendo uso de su carisma siempre había conseguido tenerla a sus pies. Pero eso se había terminado.
—Preferiría que se las dieras a Alan, si no te importa —insistió él, tocándole el hombro con falsa amabilidad.
Marny quiso soltarle un manotazo. No tenía derecho a tocarla.
—Alan no es tu recadero particular —se enfureció, y quedó sorprendida al percatarse de que detestaba que Michael lo utilizara a su antojo—. Si quieres tus cosas, te basta con llamar al timbre. O pagar a una empresa de mensajería. Como te venga en gana.
A Michael se le descompuso la expresión, pues no estaba acostumbrado a aquella reticencia. No obstante, asintió de mala gana tras apartar las manos de sus hombros.
—Veo que sigues enfadada conmigo, Marny —trató de humillarla con sus palabras.
Marny fingió estar sorprendida.
—Hace meses estaba enfadada, ahora no siento nada. Es una pena que sigas pensando que el mundo gira a tu alrededor, Michael.
Empujó la pesada puerta de cristal porque si continuaba a su lado le gritaría todos aquellos insultos que se guardó para sí el día que lo descubrió retozando en su propia cama con su mejor amiga.
—Podríamos ser amigos, Marny —concedió, como si con ello estuviera haciéndole un favor.
—Creo que no he sido lo suficiente clara... —se revolvió indignada—. Aunque me invitaras a uno de esos restaurantes que me habrían hecho tanta ilusión hace unos años, ahora tu compañía me resultaría insufrible. Por tanto, no quiero ser tu puñetera amiga.
Regresó al trabajo al cabo de media hora. Se había concedido más tiempo del previsto porque tras su encuentro con Michael estaba hecha polvo. No habían vuelto a verse desde que ella lo había descubierto follando como un conejo con su mejor amiga, y quizá tenía una opinión demasiado buena sobre sí misma, pues lo cierto es que no estaba preparada para un encuentro sorpresivo.
De una cosa estaba segura: no amaba a Michael. Lo había hecho, no obstante. Pero se había desencantado tan pronto descubrió la clase de ser egoísta y manipulador con el que compartía su vida. Lo que detestaba era la persona en la que se había convertido a su lado. El ser apagado, aburrido y carente de ilusiones. La chica formal y comedida que jamás alzaba la voz.
¿Y todo para qué? ¡Por una vida fácil, simplona y que no le había aportado nada!
De malhumor consigo misma, le entregó el café a Alan con tan mala suerte que volcó el contenido caliente sobre la perchera de sus pantalones.
—¡Joder, Marny! —se quejó, levantándose de golpe.
Marny trató de limpiar la mancha con un pañuelo.
—Lo siento mucho —se disculpó aturdida.
—No pasa nada. Puedo pasar por mi casa y cambiarme de pantalones —le restó importancia.
Pese a todo, Marny lo siguió camino del servicio y atrancó la puerta en cuanto los dos estuvieron dentro. Con el ceño fruncido, evaluó la mancha marrón que se extendía sobre la tela. Ante la mirada recelosa de Alan, comenzó a vaciar su bolso y colocó el contenido sobre el lavabo de manos.
—Quítate los pantalones —ordenó.
Alan puso las manos en alto.
—Estás yendo muy deprisa, eh.
Marny agarró la hebilla de su cinturón, y de un tirón lo sacó de los pantalones ante el gesto perplejo de Alan.
—O te los quitas tú o te los quito yo. Puedo quitarte esa mancha con mi kit de supervivencia.
—¿Los calzoncillos también? —sugirió él, mientras se bajaba los pantalones.
Marny hizo un gran esfuerzo por mantener la vista apartada de las piernas morenas y torneadas. Poco tenían que ver con las piernecillas enclenques y paliduchas del idiota de Michael, pues las piernas de Alan tenían un tono tostado que enmarcaba unos músculos trabajados a base de su afición por el deporte.
—Mantén el pajarito a buen reguardo.
Él le entregó los pantalones, observándola con una mirada cargada de intenciones que Marny se esforzó en ignorar. Roció la tela con los productos que guardaba en su bolso y comenzó a frotar con un cepillo de cerdas gruesas.
—Mi pajarito se pone nervioso cuando te tiene cerca —insinuó él, colocándose a su espalda.
Marny apretó los labios al sentir el bulto de su entrepiernas contra sus nalgas. Frotó la tela con mayor ímpetu del debido mientras se le aceleraba la respiración al sentir las manos de Alan ascendiendo por su cintura.
—Alan... —lo censuró, pese a que deseaba que continuara.
Él mordisqueó el lóbulo de su oreja y descendió en besos cortos y húmedos por el cuello. Marny cerró los ojos y se agarró al lavabo. Lo quería dentro de sí, pero desearlo de tal forma le parecía una locura.
—Me vuelves loco, Marny... —la respiración caliente le bañó la nuca.
Ella comenzó a frotar los pantalones con fuerza, tratando de ignorar las manos masculinas y grandes que se adentraban por el interior de su falda. Entreabrió los labios y soltó un gemido en cuanto los dedos rozaron su ropa interior. Él percibió la seda húmeda y murmuró su nombre, lo que provocó que ella abriera los muslos en un gesto de entrega.
Las manos de Alan se enterraron dentro de su sexo, y sus dedos recorrieron las humedad hasta que un pulgar acogió el clítoris en movimientos circulares que la elevaron a la gloria.
—¿Te gusta? —exigió, mordisqueándole el cuello.
—Sí... sí... sí... —jadeó, sin ser consciente de que elevaba la voz.
Con un brazo libre, le rodeó la cintura para apretarla contra su erección. Marny abrió más los muslos y los dedos de él se deslizaron por su humedad.
—Este no es el momento ni el lugar, pero voy a hacer que te corras con mis manos porque llevo imaginándomelo demasiado tiempo.
La declaración de él la catapultó al clímax. Gritó su nombre sin poder contenerse, y apoyó la frente sobre el espejo del cuarto de baño. Alan le soltó una cachetada en la nalga que ella recibió con los ojos abiertos de par en par. A pesar de la sorpresa, no le resultó desagradable. Las manos de Alan le bajaron la falda y le acariciaron la espalda, calmando los espasmos que todavía le sacudían el cuerpo. Cuando se hubo tranquilizado, abrió los ojos y se encontró con una raja en el pantalón masculino.
—¡Mierda! —se alteró.
Alan contempló la raja de su pantalón, húmedo y destrozado debido a la violencia del orgasmo. La urgencia con la que se necesitaban había culminado en una escena tórrida en el cuarto de baño de la oficina.
—En mi escritorio tengo aguja y seda. Voy corriendo y arreglo este desastre.
Alan escondió la cabeza en el hueco de su cuello y aspiró su aroma.
—Eres como el bolsillo de Doraemon... —bromeó, con una media sonrisa.
Marny estuvo segura de que de ser Michael habría puesto el grito en el cielo debido a su metedura de pata. Le devolvió la sonrisa y abrió la puerta del cuarto de baño segundos antes de percibir el murmullo de unas risitas masculinas en el exterior.
Aturdida ante el grupo de hombres que se reían y la contemplan con sorna desde la entrada, Marny se sintió como una estúpida.
—¡Al fin! ¡Alan ha ganado la apuesta! —exclamó uno de ellos.
¿Apuesta? ¿De qué demonios hablaban aquellos cretinos?
Marny ladeó la cabeza para observar a Alan, y al percatarse de su expresión sombría, comprendió lo sucedido.
Una apuesta. Ser manoseada en el baño como una putilla barata. Eso es lo que ella valía para él.
—Te lo has pasado bien, eh... gatita —le soltó uno de sus compañeros.
Furiosa, golpeó a Alan con el bolso y se abrió paso con el codo. A mitad del pasillo, escuchó la voz de Alan gritando a sus compañeros.
—¡Callaos de una puta vez! —rugió.
Marny echó a correr de camino al ascensor, se encerró dentro y pegó la espalda a la pared. Antes de que las puertas se cerraran, Alan apareció en mitad del pasillo y sus miradas se cruzaron.
—Te juro que te lo puedo explicar —aseguró él.
Las puertas del ascensor se cerraron para ocultar su vergüenza. Marny no lo creyó.
Por extraño que le resultase, no sintió deseos de encerrarse en su casa para ahogarse en la autocompasión, sino que echó a correr hacia un starbucks y bebió litros y litros de café hipercalórico durante horas.
Detestaba a Alan por haberla utilizado de aquella manera, pero sobre todo, se odiaba a sí misma por haberse fiado de él. Lo lógico hubiera sido pensar que Alan jamás se interesaría en ella, pues Marny no era su estilo de chica. Era consciente de que él prefería a mujeres voluptuosas, escandalosas y de risa estridente. La clase de chica con camiseta estrecha y cerebro de mosquito a la que llevar a un partido de fútbol.
¿En qué estabas pensando? ¡Nunca te soportó! ¡Te criticaba en público!, se enfureció.
Emprendió un paseo por Pioneer Square antes de regresar a su casa en el barrio de Queen Anne. Necesitaba caminar y despejar la mente, pero a cada paso que daba detestaba a Alan un poquito más. No podía apartarlo de sus pensamientos porque le había calado hondo. Comprendió que más allá de lo que se dijera a sí misma, el origen del problema venía de antes. Concretamente, de los dos soporíferos años que había durado su relación con Michael. Porque mientras se esforzaba en disimular una vida idílica junto a un redomado idiota, Alan siempre había estado ahí para tentarla. Para escandalizarla con su comportamiento poco decoroso, para asombrarla con gestos imprevisibles que la dejaban atontada y para irritarla con palabras que siempre resultaban demasiado personales para dos extraños que se esforzaban en detestarse.
Para qué engañarse: a ella siempre le había gustado, no obstante, era demasiado buena fingiendo lo contrario. Si se empeñaba en marcar las distancias se debía a que él la ponía nerviosa. Alan era contradictorio y ella no sabía descifrarlo. Peor aún; a su lado sentía que se alejaba de la Marny contenida y discreta para convertirse en la auténtica Marny. La chica sencilla, divertida y bromista que disfrutaba del humor ácido y las maneras rudimentarias de él.
Pero seguía siendo un idiota.
El clima de Seattle era más monótono de lo que Hollywood se empeñaba en mostrar en las películas ambientadas en la ciudad Esmeralda. En realidad, Seattle siempre estaba teñido del gris de la lluvia. Pero una lluvia fina y persistente que animaba a los ciudadanos a salir de casa con el habitual paraguas.
Cabreada como estaba, Marny había vuelto a olvidar el paraguas. Desde que se relacionaba con Alan —y eso iba a acabar de ahora en adelante—, se había convertido en una chica poco previsora. Su bolso siempre había estado repleto de toallitas refrescantes, pañuelos de papel, kits de urgencia y paraguas plegables. Por el contrario, en aquel instante llevaba una barra de labios, el teléfono móvil y un periódico arrugado con el que intentó cobijarse de la lluvia.
Tras el intento fallido de parar un taxi, corrió hacia el barrio de Queen Anne y llegó empapada y con el pelo pegado a la cara al cruzar la esquina de su casa. La verja metálica de la entrada rechinó al abrirse, y el hombre que estaba resguardándose de la lluvia bajo el techado del porche sacó las manos del bolsillo y suspiró tranquilizado al contemplarla..
—¿Se puede saber dónde demonios estabas? —Marny lo contempló con odio. Solo a él se le ocurriría mostrarse exigente y brusco en una situación como aquella. Al caminar hacia la entrada, percibió las líneas tensas de su rostro—. Llevo horas buscándote. He llamado a todos nuestros conocidos en común. Pensé...
Ella arqueó una ceja.
—¿Qué iba a cometer una locura? —desdeñó la idea con sorna—. No significas nada para mí. Por cierto, gracias por el orgasmo. Lamento decirte que no será recíproco. Te jodes.
Alan permaneció delante de la puerta cuando ella intentó abrirla. No movió los pies del suelo, pero se deshizo de la chaqueta y la colocó sobre los hombros femeninos. Como si adivinara su respuesta, mantuvo las manos sobre los hombros de ella para evitar que se la quitase.
—Estás empapada —advirtió preocupado.
—Eres un lince.
Alan frotó los hombros, y aunque el contacto fue agradable, Marny tensó todo el cuerpo e intentó echarse a un lado con la intención de alejarse de él.
—No me toques. Ya has hecho suficiente —le recriminó con voz dura.
Él no tuvo intención de apartarse.
—En el baño te ha gustado —comentó con suavidad.
Marny lo observó con ojos violentos.
—Vete al infierno.
Lo empujó para introducir la llave en la cerradura y giró la llave. Cuanto antes entrara en su casa antes podría alejarse de sus bromitas estúpidas. Si quería reírse de ella, que lo hiciera con todos sus compañeros de trabajo. Aquella jauría de monos se lo pasaban en grande si tenían una banana a la que adorar.
—Escúchame Marny —rogó él, y por primera vez se percató de la debilidad de su voz. Alan apoyó un puño de nudillos enrojecidos sobre la puerta, y ella se sobresaltó ante la herida. No tuvo tiempo de preguntarse cómo se lo había hecho—. Lo que sucedió fuera del cuarto de baño no ha sido culpa mía.
Sin concederle el beneficio de la duda, empujó la puerta para meterse dentro de la casa y cerrar de un portazo antes de que él pudiera reaccionar. Apoyó la espalda contra la puerta y soltó un brinco cuando sintió los puños de él aporreando la madera.
—¡Haz el favor de abrir la maldita puerta y escucharme! —gritó él. Marny resopló indignada, pero el corazón se le encogió cuando percibió que él apoyaba el peso de su cuerpo sobre la puerta—. Luego puedes echarme a patadas de tu casa si te da la gana, pero al menos concédeme el beneficio de la duda. Marny... por qué siempre tienes que creer lo peor de mí.
La recriminación la puso furiosa.
¿Creer lo peor de él? ¡Era ella quien merecía un poco de compasión! Se sentía ultrajada y utilizada. Ni siquiera sabía con qué cara cruzaría al día siguiente la puerta de su trabajo para hacer frente a la expresión cómica y maliciosa de sus compañeros.
—En realidad estás furiosa contigo misma, ¿Sabes? Has sucumbido a un hombre como yo y eso te pone de los nervios... —su voz destiló amargura—. Pero jamás podrás arrebatarme el saber que no eres tan indiferente a mí como siempre has intentado hacerme creer.
Ella soltó una carcajada ácida.
—¡Tú y tu ego ganáis, Alan! ¿Qué más quieres?
Lo oyó resoplar y maldecir en voz alta.
—No te enteras de nada. Mi ego no tiene nada que ver en esto. De ser así, me habría alejado de ti cuando Michael estaba en medio. Llevo años sintiéndome como un estúpido, ¿Sabes? Pero eso se ha acabado. Ahora que sé que tu indiferencia no es más que una mentira no me pienso mover de aquí hasta que me escuches. ¡Y puedo ser muy paciente!
—¡La paciencia no es una de tus virtudes!
—¡Ya veremos! —claudicó él.