CAPÍTULO UNO
El día de Acción de gracias
Corría el día de Acción de Gracias la primera vez que se vieron. Ella vestida con aquel vestido tan preppy que él se empeñó en criticar, y él con aquella sonrisa socarrona que a ella le indignaba tanto. Se saludaron cortésmente, se ignoraron durante la comida y se esforzaron en mantener las apariencias. Mantuvieron la distancia por distintos motivos. Una porque detestaba lo que advertía como rechazo. El otro porque se sentía atraído por aquella mujer que no estaba destinada a ser suya.
—¿Qué te parece Marny? —le preguntó alguien la primera vez que la vio.
—Es solo una chica cualquiera —mintió en voz alta.
Seattle, 10 de febrero, 20 pm.
Marny no tenía motivos para sonreír aquel día de invierno. Su padre acababa de llamarla por teléfono, y le había dado un ultimátum. La pila de trabajo sobre su escritorio no cesaba de crecer, y la última factura de alquiler había hecho desaparecer sus preciados ahorros. Oh, y luego estaba eso otro. El tema del que se negaba a hablar. La razón por la que durante los últimos seis meses estaba flotando en un malhumor constante, pese a que se obligaba a fingir que aquello no la afectaba.
Apagó el cigarrillo sobre la calzada con la suela del zapato de sus Stilettos, y exhaló una profunda bocanada de aire antes de volver a entrar en la oficina. Era un gesto mecánico que había adoptado desde que tenía uso de razón. Las personas no podían herirte si les demostrabas la suficiente entereza como para hacerles creer que su opinión te era indiferente. Y aquel lema era fundamental si trabajabas en un periódico deportivo, rodeada de una gran mayoría masculina que te percibía como la imagen frívola y errónea de unas piernas con falda que no conocía el significado de un hat-trick.
Inmersa en su propia autocompasión, Marny no vio al hombre que iba cargado de papeles, y se tropezó contra la pila que portaba sobre sus fornidos brazos. Un montón de folios volaron entre ambos, y mientras el hombre maldecía en voz alta, ella se agachó y se dedicó a recoger los papeles sin pronunciar una sola palabra. Le habría pedido perdón de no ser Alan, el tipo más arrogante del planeta, y el primo del cabronazo de su ex novio, aquel chico tan encantador que resultó no serlo tanto, y que le fue infiel con su mejor amiga.
—¿Acaso no me has visto? —le espetó Alan, al tiempo que se arrodillaba frente a ella y comenzaba a recoger los papeles.
—Evidentemente no. Con gusto te evito siempre que puedo. No sé por qué habría de cambiar mi rutina a estas alturas —le habló sin mirarlo, con aquel tono tan calmado y estudiado que podía enviarlo al infierno con las palabras más educadas.
Marny le entregó el fajo de folios que había recogido. Sus nudillos rozaron los dedos de Alan, y por un momento, tuvo la impresión de que él los acariciaba. Sorprendida, al alzar la vista se encontró con la frialdad de sus ojos azules. Él ya había apartado su mano de la suya.
Era un tipo atractivo, de eso no cabía la menor duda. Si su ex novio era la viva encarnación de la belleza, con unos rasgos suaves y perfectos, hasta el punto de resultar algo candoroso y femenino; Alan era todo lo hombre que se podía ser. No había trazo femenino ni dulce en su rostro. El azul de sus ojos era de una tonalidad oscura, como el cielo plomizo cargado de tormenta. Su cabello castaño estaba cortado con maquinilla, y las líneas de su rostro eran rudas. Una mandíbula cuadrada, una nariz recta y unos labios grandes y tentadores. Alan no era perfecto. Ni siquiera estaba segura de que fuera guapo. Pero desprendía tal magnetismo feroz que era imposible no fijarse en él.
Ella, desde luego, se había fijado en él muchas veces. Incluso lo había catalogado con sus amigas: Alan; típico macho alfa rompe-bragas. Arrogante hasta decir basta. Serio, aunque con un inquietante temperamento dispuesto a relucir en los momentos más imprevisibles e inoportunos.
—Por supuesto que me evitas siempre que puedes. Olvidaba que tú eras perfecta y el resto de la oficina una pandilla de cretinos misóginos con los que intercambiar una palabra podría hacer que te murieras del espanto —él no podía disimular su irritación.
Él no podía disimular su irritación siempre que se trataba de ella.
Marny sólo dejó entrever una sonrisa gélida.
—Me alegro de que lo hayas entendido —le dijo, sin perder la sonrisa ni la educación.
Estuvo a punto de girarse y marcharse, pero el cabeceo de Alan la confundió. La observó de arriba a abajo, como si estuviera evaluándola. Lo hizo con descaro, repasando cada curva de su cuerpo hasta hacerla sentir desnuda. Un hombre no debería mirar así a una mujer; y una mujer no debería querer que un hombre la mirase de aquella manera.
—También olvidaba que nunca pierdes las formas, que tratas a todo el mundo con indiferencia y que no te soportas ni a ti misma.
—Me conoces mejor que yo misma. Es sorprendente, teniendo en cuenta que hemos cruzado pocas palabras desde que nos presentaron —le respondió sarcásticamente y sin perder la calma.
—No las habremos cruzado porque tú no has querido —había cierta recriminación en el tono de Alan que volvió a confundirla.
—Vuelves a tener razón.
—Es una lástima, Marny. Si hicieras algún esfuerzo, alguien de esta oficina te soportaría, e incluso te llevarías alguna que otra sorpresa.
¿Se estaba refiriendo Alan a sí mismo? Aquello sí que era toda una sorpresa.
Irritada, giró sobre sus talones y echó a andar hacia su escritorio. Escuchó a Alan maldiciendo a su espalda. Siempre que cruzaban alguna que otra palabra, él terminaba furioso y sin poder contenerse, mientras que ella fingía que allí no pasaba nada. Verdaderamente Alan era todo un misterio. Siempre había criticado en público los modales refinados de Marny, y la contención con la que se relacionaba con los demás. Marny supuso que debió de ser un alivio para Alan que ella dejase de ser la novia de su primo.
Durante el tiempo que mantuvo la cabeza hundida sobre el escritorio, centrada en su trabajo, o fingiendo que estaba centrada en su trabajo, no pudo parar de pensar en la infidelidad de su ex novio En las últimas semanas, su conciencia había conseguido eludir el tema con cierta eficacia, pero bastaba un breve encuentro con Alan para que la yaga de la herida volviera a escocer. ¡Y de qué manera!
Sintió la tentación de fingir hacia sí misma, como bien sabía hacer con los demás. Porque Marny era la clase de persona que prefería vivir en la inopia de los acontecimientos crueles que no le aportaban cosas positivas, y que con toda seguridad la hacían más consciente, pero también más infeliz. En ese sentido, ella habría sido más dichosa desconociendo la infidelidad de su pareja. Más feliz, con una vida más sosegada y la certeza de tenerlo todo controlado. En el mundo de Marny Stevens no existían, o no debían existir, los imprevistos.
Desde luego que aquello era lo que Marny se merecía, pensó ella, cuando la espuma de la orilla del mar le acarició los dedos de los pies. Unas vacaciones en un lugar paradisíaco, con el cuerpo bañado por el sol y la brisa marina recorriéndole la piel.
Unas vacaciones de primera para una curranta de primera.
Marny Stevens se merecía lo mejor, decidió ella misma. Qué pena que su novio no se hubiera percatado de aquel tímido detalle que ella tanto se afanaba en cumplir, organizando su vida sin dejar lugar a los contratiempos de última hora. Evidentemente, que te pusieran los cuernos con tu mejor amiga descolocaba a cualquiera, pero nadie tenía por qué percatarse de su sufrimiento interno si llevaba bien maquillado el contorno de ojos.
—Señorita Stevens... —escuchó su nombre, seguido de un carraspeo de garganta.
Se dio la vuelta sobre la hamaca, y se puso una mano en la frente para evitar ser deslumbrada por el sol del Caribe. Pero lo único que deslumbró a Marny fue el flexo de la oficina, acompañado por la mala cara de su jefe, y el sonido de las risitas maliciosas de sus compañeros.
¡Por Dios Marny! ¿En qué momento de tu patética existencia decidiste echarte una cabezadita en la oficina?, pensó.
—Cuánto lamento haberla despertado. ¿Le traigo un vasito de leche y unas galletitas integrales para que recupere el sueño? —ironizó su jefe.
Más risas. Por el rabillo del ojo captó el semblante de Alan, que no perdía detalle de lo que estaba sucediendo.
—No me gustan las galletas integrales, prefiero las de chocolate.
Más risas. Escuchó la sonora carcajada de Alan, y sintió que se la llevaban los demonios, pero de ningún modo dejó asolar expresión rabiosa a su rostro. Sólo se mostró impertérrita, sin apartar la mirada de la de su asombrado jefe. Deseaba que la tierra la tragase, pero no iba a concederle el gusto a aquellos impresentables de contemplar como ella se venía abajo.
—Esto no es propio de ti, Stevens. He visto muchas cosas desde que estoy trabajando en este maldito periódico; cucarachas en la fotocopiadora, cuchicheos de mariquitas..., pero esto es el colmo. No es necesario que vuelva a repetirte que este no es un lugar para dormir.
—No estaba durmiendo. Estaba pensando con los ojos cerrados —ni en un millón de años iba a admitir lo contrario.
El rostro de su jefe se descompuso.
—Necesito concentrarme en mi próximo artículo, y no encuentro otra manera, dado el ajetreo y ruido que reina en la oficina. Cierro los ojos y encuentro las palabras adecuadas.
—¿Está usted culpando a sus compañeros de trabajo?
—Dug teclea en su ordenador como si quisiera romperlo. Pero no podemos culparlo. Sus dedos son del tamaño de una morcilla.
El aludido le gritó algo a lo que no prestó atención. Se la debía por aquel día en que había cambiado su fondo de pantalla por el mensaje «Marny tiene tetas de cabra».
El rosto de la oficina volvió a su tónica habitual y dejaron de prestar atención a la conversación, y aunque podía percibir la inquietante mirada de Alan a su espalda, lo ignoró y se centró en su jefe.
—Recupera tus horas de trabajo quedándote esta noche a terminar la crónica de la Super Bowl.
—Le recuerdo que ese trabajo no me corresponde a mí, Señor Stuart.
—Marny, eres una verdadera profesional, y no negaré que tienes talento, pero resultas tan sumamente cargante que si no te amonesto tus compañeros empezarán a creer que te paso la mano.
—Qué me pasa la mano... —replicó, sin creer lo que acababa de oír—. Sabes que soy buena en lo que hago, eso es todo.
—Termina la crónica de la Super Bowl. Es una orden.
No replicó nada más. Se puso a teclear en su ordenador hasta que las yemas de los dedos le ardieron, y cuando ya no pudo más, se levantó y fue directa al cuarto de baño para refrescarse el rostro. Tenía los ojos enrojecidos a causa del sueño acumulado. Nadie repararía en las líneas tensas de su rostro, ni en las apenas imperceptibles sombras grisáceas bajo sus párpados, pero ella podía verlas. Estaban allí, sin que todo el maquillaje del mundo pudiera hacer algo por borrarlas. Era el dolor que la quemaba por dentro, y para eso no existía cura. Tan sólo el tiempo.
Hundió la cabeza sobre los hombros y cerró los ojos, dejando exhalar el aire en pequeñas cantidades que la tranquilizaban.
—¿Pensando con los ojos cerrados?
La voz de Alan a su espalda la sorprendió. Hizo un gran esfuerzo por reprimir una mueca de irritación, pero puesto que estaban solos, decidió que ocultar su animadversión hacia él no tenía sentido.
—No te preocupes. No le diré a nadie que estás hecha una mierda. Será nuestro secreto —se llevó un dedo a los labios al tiempo que le guiñaba un ojo.
Marny sintió una mezcla de irritación, y un repentino cosquilleo en el estómago ante el gesto tan pagado de si mismo, tan típico..., y que sin embargo, le resultó tan sexy.
—Estoy cansada porque son las diez y media de la noche y llevo más de nueve horas seguidas trabajando.
—Qué evidente.
Durante un momento se batieron con la mirada. No había mucho que decir entre ellos. Él era Alan. Ella era Marny. No podían ser más distintos.
—Bueno, si no quieres nada más... —se hizo a un lado para marcharse, pero Alan no se movió de la puerta.
—¿Por qué tienes tanta prisa? No muerdo, a no ser que quieras lo contrario.
—Nunca he sentido demasiada simpatía por ser mordida. Sobre todo si eso incluye a tus dientes —le echó una mirada cargada de acidez, pero ante su asombro, Alan empezó a reírse—, y no es que tenga prisa, pero estás colapsando mi única salida, lo que hace que te interpongas entre mi reportaje de la Super Bowl y mis ganas de salir de esta oficina. No esperaba pasar un viernes noche encerrada en la oficina.
—¿Ni siquiera conmigo?
—Ni siquiera contigo —atajó Marny. El extraño comportamiento de Alan estaba empezando a resultarle insufrible.
—Yo también me quedo hasta tarde para terminar una cosa. Quería saber si te apetece pedir comida china.
Marny le dedicó una sonrisa glacial. Después de la tensa y cortante relación que había existido entre ellos durante su noviazgo de dos años con Michael, la actitud tan ambivalente de Alan la sorprendida.
—¿Se puede saber a qué se deben tus inesperadas insinuaciones?
Él enarcó una ceja ante aquella réplica que le había salido sin pensar, pero no dejó de sonreír. Parecía pasarlo en grande con el hecho de que ella no estuviera controlando la situación por primera vez.
—¿Me estoy insinuando?
—Morder... comida china...; eso parece.
—Vaya, tendré que mejorar mi técnica.
—Estoy acostumbrada a tu impertinencia y tus acusaciones, pero esto es nuevo. No lo repitas. No me gusta.
—¿Qué pasa, Marny? ¿Puedes resistir mis recriminaciones pero te ponen nerviosa mis insinuaciones?
—Tus recriminaciones me son indiferentes. Tus insinuaciones me incomodan, y en todo caso me resultan patéticas. Prefiero la comida india. Buenas noches.
Pasó por al lado de Alan en dirección a la puerta, pero él le sostuvo el codo y la atrajo hacia sí. A pesar del nerviosismo inicial que Marny sintió por tenerlo tan cerca, se esforzó en aguantarle la mirada. Le colocó una mano sobre el duro pecho para poner distancia entre ambos, pero todo lo que consiguió fue sentir una corriente de electricidad que los acercó de manera irremediable. No pudo evitar perderse en su olor. Alan siempre había olido muy bien, y ese día no era una excepción.
Él olía a gel de baño, y unas tímidas gotas de perfume. Una mezcla pulcra, feroz y excepcionalmente varonil. Marny dejó escapar el aire al percibir que él le observaba los labios. Pero para su consternación, y su seguridad, él no hizo nada.
—Vaya... vaya, eso es nuevo. Te incomodo.
Se soltó de su agarre, y se alisó la blusa fingiendo que aquel repentino contacto no la había afectado. En realidad, ambos sabían que había sucedido todo lo contrario.
—Parafrasear lo que digo para darle un sentido distinto a mis palabras según tu conveniencia sólo me hará reafirmar la opinión que albergo sobre ti.
—¿Qué es?
—No demasiado buena, ya que lo preguntas.
A Alan se le tensó la mandíbula al oír aquella respuesta. Marny no otorgó expresión alguna a su rostro tras aquellas palabras.
—Mentiría si dijese que no me lo esperaba. Eres muy previsible, pero supongo que en todo caso eso es un halago para ti —la repasó de la cabeza a los pies. Su enfado era palpable—. ¿Quieres saber lo que yo pienso sobre ti, Marny?
—Preguntar sobre algo que ya se sabe es una redundancia innecesaria.
—Te llevarías una sorpresa.
—Tal vez no sea la clase de chica a la que le gustan las sorpresas —replicó. Esta vez, no pudo disimular su enfado.
Se giró sobre sus talones y comenzó a caminar de vuelta a su escritorio.
—¡Marny! —la llamó a su espalda. Sólo una vez.
Después de aquella conversación tan extraña, no volvieron a dirigirse la palabra. Marny fingió que lo ignoraba, y que no era consciente de las miradas incisivas que sentía sobre su espalda. Alan no le habló durante las siguientes horas, en las que degustó la comida china que había pedido y no dejó de mirarla.
A las doce de la madrugada, Marny puso el punto y final a su improvisado reportaje sobre la super Bowl. Podría haberlo terminado horas antes, y ya llevaría varias horas descansando en su confortable cama, mientras fingía ante los demás que aquel fin de semana lo pasaría haciendo cualquier cosa que se supusiera que hacían los que tenían vida social, pero lo cierto era que ella se enorgullecía de su trabajo, hasta el punto de convertirse en una persona perfeccionista y de grandes ambiciones.
Ni siquiera se despidió de Alan al colgarse el bolso al hombro y abotonarse los últimos botones de su abrigo, lo cual debería haber sido un motivo de peso para sentirse irritada, o al menos no haberse alegrado, cuando él apagó su ordenador y se dirigió con ella hacia la salida, compartiendo el espacio del ascensor, y la tensión que los unía.
Él fingió que miraba hacia cualquier otra parte que no fuera ella, y Marny fantaseó con la idea de que él no la observaba de reojo, si bien, le agradaba sentir los ojos incisivos de él sobre su persona. Aquellos ojos oscuros, de una tonalidad entre el gris plomizo y el azul del zafiro, la hacían sentir poderosa, y al mismo tiempo pequeña.
Qué absurdo e inútil sentirse atraída repentinamente por aquel hombre que tan poco podía aportarle, pensó Marny.
—Quiero que sepas que no era mi intención tirarte los tejos en ese cuarto de baño
—le dijo él, de repente.
A Marny se le atragantó el almuerzo en el estómago, lo cual era mucho decir.
—¿Quieres decir que me has tirado los tejos sin proponértelo, o que yo me he llevado una impresión equivocada? —sugirió ella, con acidez.
No quería concederle importancia a ese comentario, pero lo cierto es que la tenía. Si Alan la había hecho sentir deseada con su actuación, le había borrado todo el encanto con una maldita frase.
—Ya sabes a lo que me refiero.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—No, no lo sé. Será mejor que me lo expliques —insistió ella, y sin saber por qué, se sintió afectada. Molesta. Hundida.
Él le sonrío de oreja a oreja. Sin duda, había ejercido en ella el efecto deseado.
—Si tienes una opinión tan desagradable de mí como has querido hacerme creer, no veo por qué habría de satisfacer tus dudas, Marny. Al fin y al cabo, que te sintieras halagada por mis insinuaciones no tendría sentido, ¿No?
Le dijo aquello inclinándose hacia ella, y Marny dio un respingo hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el cristal del ascensor y sintiéndose estúpida por momentos. Alan salió del ascensor, echándole una última mirada cargada de superioridad que la enervó hasta extremos insospechados. No era habitual que alguien consiguiera sacarla de sus casillas.
—¡Eh, tú!—lo siguió acelerando el paso. Él se detuvo, y la observó un tanto descolocado —si te has sentido herido en tu absurdo orgullo masculino, quiero que sepas que rectificar tus anteriores insinuaciones en ese cuarto de baño sólo te convertirá en alguien más patético —. Le soltó enfurecida.
Alan la miró con los ojos muy abiertos, y tras la inicial sorpresa, le sonrío de oreja a oreja.
—Yo no he rectificado nada, Marny —respondió él con voz grave, provocando que ella cerrara los labios en una fina línea.
—¿Ah, no? —musitó ella, con un hilo de voz.
Dio un paso hacia ella con las manos metidas en los bolsillos. Si Marny no retrocedió, fue porque estaba tan asombrada porque él no negara que se le había insinuado que era incapaz de reaccionar.
—No voy a negar lo que es evidente.
Evidente. ¿Qué era evidente?, se asustó ella.
—Ni siquiera aunque diciéndote esto te entren ganas de besarme, pero estés tan asustada que vayas a echar a correr.
Ella bajó la cabeza.
—No sé a qué estás jugando, pero no me gusta.
—¿Me vas a besar, o vas a echar a correr? —insistió él, sacándola de sus casillas.
—Por extraño que te parezca, a las doce de la madrugada me voy a ir a mi casa. Andando —le aclaró, y se dio media vuelta para iniciar el camino.
Ahora que él no podía verla, ella dejó aflorar a su rostro una profunda arruga de frustración. Se sentía tan conmocionada ante la inesperada actitud de Alan, que no tenía claro lo que estaba sintiendo. Nunca imaginó que él pudiera sentir deseo por ella, pues sabía de sobra que él la encontraba sosa, anticuada y estricta. Jamás creyó posible sentirse ilusionada por sus halagos.
—¿Te vas a tu cada andando a las doce de la madrugada? —le preguntó él, a su espalda.
Marny se tensó y asintió sin girarse hacia él. Gracias a Michael, ella había tenido que vender su mini cooper color crema descapotable, con aquellos asientos ribeteados en un tono brandy que tanto le gustaban. Durante los años que estuvieron juntos, ambos compartían los gastos de alquiler, luz y electricidad. Pero el día que él le fue infiel, Marny decidió echarlo del apartamento en el que vivían, y que más por desgracia que por suerte, estaba alquilado a su titularidad durante los próximos seis meses. Eso implicaba reducir los gastos prescindibles si quería hacer frente a todos los pagos. Es decir, un paseo a pie durante dos kilómetros siempre era recomendable, a no ser que tu jefe te obligara a salir a las doce de la madrugada del trabajo. Otra alternativa la invitaba a esperar el contrato a jornada completa que llevaba meses deseando, y que incrementaría su sueldo hasta convertirla en una persona que podía ir al trabajo utilizando el transporte público.
—¿Por qué no coges un taxi? —insistió Alan.
Quiso gritarle que no podía permitirse pagar un taxi a finales de mes. Por supuesto, se sintió demasiado humillada para mencionar tal hecho en voz alta.
—Me gusta caminar —respondió con desgana.
—¿A las doce de la madrugada? —volvió a insistir.
Él se había colocado a su espalda, y le tocó el hombro produciéndole un escalofrío para nada desagradable. Marny cerró los ojos y suspiró, destensando todos los músculos. Había pasado toda la semana cambiando los muebles de sitio, con la suposición de que otorgarle una nueva disposición a su hogar lo haría parecer más suyo, y menos de Michael. Por ello, sentía los músculos agarrotados y doloridos. En cuanto se percató de lo estúpida que podía llegar a verse con el gesto olvidado al placer, los labios entreabiertos y los ojos cerrados, se apartó de él con brusquedad y lo miró a los ojos. Le pareció que él estaba preocupado, pero entonces volvió a apretar la mandíbula y la observó con severidad. Cuánto detestaba ella que la observara de aquella manera.
—Déjame que te lleve a casa —le pidió él, sobresaltándola un poco.
Marny negó con la cabeza.
—Déjalo. Podrías pensar que me gusta coquetear contigo —respondió ella, para darle de su propia medicina.
Para su sorpresa, a Alan pareció agradarle aquella respuesta, pues destensó la mandíbula y esbozó una sonrisa.
—Es que te gusta coquetear conmigo —apuntó.
Ella apartó la mirada de la suya, pero no se lo negó.
—Te llevo a casa, y a cambio, no te pregunto por qué no quieres tomar un taxi, o coger ese bonito mini cooper que te hace parecer tan esnob y sexy.
¿Había utilizado esnob y sexy en la misma frase? ¿¡Sexy!? ¿Ella?
Intentó olvidar aquel tono ronco y grave con el que él había dicho la palabra sexy. Alan era un descarado, y a ella estaba empezando a gustarle. Definitivamente estaba mal de la cabeza.
Se montó en el coche de Alan sin oponer ninguna objeción más. El coche de Alan era un audi q7 en color blanco. Olía como si lo hubieran sacado del concesionario hacía pocas horas. A limpio y cuero. No quería ser frívola, pero aquello lo hacía ganar puntos.
—Supongo que este coche te hace ligar con muchas chicas —le soltó, sin poder contenerse.
Él la miró con los ojos muy abiertos. Acto seguido, estalló en una profunda carcajada. Le gustaba como sonreía, porque no le importaba si estaba guapo, todo lo contrario a Michael, demasiado preocupado por su propio aspecto. Eso lo hacía más atractivo.
Marny se relajó al escucharlo reír, y esbozó una tímida sonrisa.
—Vamos Marny... sólo estoy intentando ser amable, ¿Por qué eres así?
Ella se encogió de hombros. No lo miró, pero se dio cuenta de que él la observaba de reojo, como si la estuviera estudiando con infinita curiosidad.
—Eres imposible. Si tratara de conquistarte, no sabría cómo hacerlo.
Su confesión la pilló desprevenida, y las piernas le temblaron a pesar de que estaba sentada. Dejó caer la mano a su lado, y rozó la de él, que conducía muy relajado, pero sin perder detalle de la carretera. En cuanto sus dedos rozaron los de él, sintió una corriente de electricidad y retiró la suya de su contacto, manteniéndola segura sobre su regazo. Él ladeó una sonrisa, y ella apretó los labios.
—Eso lo dices porque estás tratando de ligar conmigo, pero ya te adelanto que no vas a conseguirlo —replicó ella.
—No estoy tratando de ligar contigo —la rebatió él, y de inmediato se puso de malhumor.
A ella le dio por reírse en su cara, lo cual no tuvo que sentarle nada bien a él por como apretaba el volante.
—No pasa nada, Alan, te prometo que no se lo diré a nadie... —bromeó.
—¿Pero qué dices? —se sulfuró él—. Eres una mujer insoportable, Marny Stevens.
—Si soy tan insoportable, ¿Por qué me has traído en coche?
Él detuvo el coche frente a su casa, giró la cara hacia la suya y se inclinó sobre ella. Por unos segundos, a Marny se le aceleró el corazón y sintió que él iba a besarla. Lo deseó, y le miró los labios, hasta que él habló.
—No quiero que me pidas que entre en tu casa —le soltó con chulería.
Marny sintió ganas de abofetearlo, pero todo lo que hizo fue abrir la puerta del coche, tropezarse con torpeza al salir, y cerrar de un portazo para echar a correr hacia su portal, donde se encerró bajo llave y esperó a que él pusiera el coche en macha. Pero no lo hizo. Durante cinco minutos, el coche estuvo detenido en mitad de la calle, y Marny fue incapaz de moverse. Le dio la sensación de que él podía observarla a través del grueso vidrio de la puerta. Después se marchó.