Capítulo 5

 

Ninguna resaca era buena, pero la que estaba sufriendo James esa mañana estaba siendo especialmente mala.

James se sentó en la terraza de la estación de esquí, escondiendo sus ojos tras unas gafas oscuras. Tomó un sorbo del café que le acababan de servir y trató de disfrutar de las magníficas vistas.

Se le fueron los ojos a la pista más peligrosa, por la que pensaba bajar ese día. Creía que el ejercicio y la adrenalina lo ayudarían a despejar la mente.

La noche anterior había tenido que soportar un acto multitudinario relámpago en el bar del hotel. Lo había organizado un tipo para pedirle así a su novia que se casara con él. Había sentido vergüenza ajena al ver el espectáculo. Le había dado la impresión de que la mujer quería salir de allí corriendo.

De no haber tenido tanta gente a su alrededor esperando su respuesta, creía que habría dicho que no.

Había sido insoportable ver cómo ese hombre se ponía de rodillas y le pedía que se casara con él. Le prometió además a la joven que quería regresar con ella a ese sitio para celebrar su luna de miel.

—¡Qué romántico! —había exclamado una mujer a su lado.

James se había dado la vuelta para mirarla, era rubia y tenía unas piernas muy largas y atractivas. A él no le había parecido en absoluto romántico, pero decidió no decírselo e invitarla a una copa.

Y después a otra más.

Tenía un periódico estadounidense sobre la mesa. Siempre lo solía pedir y el camarero se lo había colocado allí nada más llegar, pero no le apetecía verlo y encontrarse, una vez más, alguna fotografía de él saliendo del club con una rubia despampanante del brazo.

Ya ni siquiera recordaba su nombre. Lo único que tenía claro era que no se llamaba Leila. Esa mañana la había llamado así sin querer y el descuido le había costado una bofetada.

Había tratado de olvidarla esquiando y acostándose con otras mujeres, pero se despertaba cada día excitado y recordando a Leila.

Y cada noche era un vano intento por su parte de revivir aquellas mágicas horas. Y no solo era el sexo lo que echaba en falta, aunque había sido increíble. Tenía grabado en la mente la imagen de Leila entrando en el bar.

Su exnovia, la que lo había traicionado contándole detalles de su vida a la prensa rosa, había tenido que estar meses con él para conseguir la información que necesitaba. Con Leila, en cambio, había desnudado su alma nada más conocerla, en cuestión de minutos.

Pero no se le olvidaba que ella no había sido sincera con él, lo había utilizado. Creía que había sido él como podría haber sido cualquier otro hombre.

Para no pensar más en ello, abrió el periódico y tomó otro sorbo de café mientras abría la sección de negocios.

Pero, antes de llegar a esas páginas, vio algo que atrajo su atención y estuvo a punto de hacer que se atragantara.

Era una fotografía de Leila con la vestimenta tradicional de su país. Llevaba la cabeza y la cara medio tapadas, pero sabía que era ella, nunca iba a poder olvidar esos ojos.

Al lado había una foto en la que estaba él, con un aspecto mucho menos regio, besando a una rubia en un bar.

Estaba sin aliento. Se quedó mirando las imágenes porque se negaba a leer el titular, pero al final lo hizo, no podía ignorar lo que estaba escrito sobre las fotos.

El periódico anunciaba que la princesa Leila Al-Ahmar de Surhaadi estaba embarazada de tres meses y que, según fuentes muy fidedignas, el padre no era otro que James Chatsfield.

Miró el sarcástico pie de foto que habían escrito bajo la imagen de él con la rubia.

¡James Chatsfield celebra la feliz noticia!

Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que él no fuera el padre.

Leila lo había usado esa noche más aún de lo que había creído.

Sacó su teléfono del bolsillo y marcó el número del hotel Harrington. Maldijo entre dientes cuando la recepcionista se negó a confirmarle o negarle si Leila estaba aún alojada allí.

—¡Póngame con su suite ahora mismo! —le gritó James a la recepcionista—. Sé que está allí y no me importa que sean las tres de la mañana, quiero que me pase la llamada ahora mismo.

Pero, una vez más, la joven le recordó cortésmente la política de confidencialidad del Harrington. Pensó entonces que quizás no estuviera ya en el hotel, ni siquiera en Nueva York.

Miró de nuevo el periódico y pensó que quizás la fotografía no fuera de archivo, sino reciente. Cabía la posibilidad de que Leila estuviera de vuelta en Surhaadi.

En ese lejano país y embarazada de su hijo…

Su teléfono sonó de repente y James vio que lo llamaba Spencer. Decidió no contestar, lo último que necesitaba en ese momento era la reprimenda de su hermano.

Lo que necesitaba era saber cómo tratar con Leila y por eso decidió llamar a Manu, la encargada del departamento de relaciones públicas del hotel Chatsfield de Dubái. Creía que era la única persona que podría ayudarlo y guiarlo.

—¿Qué sabes de Surhaadi y de su familia real? —le preguntó después de saludarla.

—No mucho, pero me imagino que en este momento no eres santo de su devoción —respondió Manu con dureza—. Leila es una princesa de un país muy conservador. Supongo que cerrarán filas a su alrededor y que ya no volveremos a verla en público. No esperes que te inviten a cenar para conocer a los futuros abuelos —añadió sin poder ocultar su enfado—. ¿Cómo has podido hacer algo así? ¿En qué estabas pensando?

—No estaba pensando —replicó James—. Eso ya lo hacía Leila por los dos.

—¿Estás diciendo que crees que intentó atraparte…? —le preguntó Manu con incredulidad—. No creo que necesite tu dinero para poder mantener a su hijo.

—No se trataba de dinero —le dijo James—. Podría haber sido cualquiera…

—Pobre James —dijo Manu en un tono burlón

Manu y él nunca se habían llevado bien, sabía que a la mujer no le gustaba su forma de vida.

—Estoy segura de que hay muchas mujeres encantadas de que sepas por fin lo que se siente al ser utilizado por otra persona.

—Creo que la princesa Leila ha hecho esto para no tener que casarse. Supongo que sus padres ya tendrían acordado un matrimonio desde su infancia.

—Puede ser.

—¿Qué derechos tengo ahora?

—¿Derechos? —exclamó Manu de nuevo con incredulidad—. Olvídate de eso, James. Te sugiero que intentes arreglar las cosas con Leila antes de que vuelva a su país.

—¿No está ya allí?

—No. Al parecer, todavía está en el Harrington —le dijo Manu—. Acabo de hablar por teléfono con Spencer. Está furioso.

—Ya me lo imagino —respondió James—. También me ha estado llamando a mí.

Se despidió de la mujer. En cuanto colgó, sonó de nuevo el teléfono. Era su hermano.

—¡Es una auténtica pesadilla para la imagen pública de la cadena! —exclamó Spencer en cuanto descolgó—. ¿Tienes idea del daño que todo esto está causando?

—Y yo que pensaba que me llamabas para felicitarme —repuso James con sarcasmo.

—¿Has visto los periódicos? No hay nada en ellos que merezca una felicitación.

—Lo sé —susurró James suspirando.

Sabía que era una gran complicación para él y para todos.

—Y las cosas se van a complicar aún más —continuó Spencer—. Se rumorea que su familia ha anulado la tarjeta de crédito de tu princesita. Supongo que querrán obligarla así a volver a casa.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Tengo mis espías en el Harrington —respondió Spencer—. Para colmo de males, Isabelle, haciendo gala de su gran bondad —añadió con ironía—, va a dejar que tu princesa embarazada se aloje allí sin tener que pagar. Sin duda con la intención de mantener a Leila en Nueva York y conseguir desacreditar aún más a nuestra familia. ¡Arréglalo, James!

—Eso pienso hacer.

—No quiero ni saber cómo pretendes arreglarlo, pero ya sabes lo que significa todo esto para mí, sabes que estoy haciendo todo lo posible para mostrarle a Gene que puedo dirigir la empresa.

—En este momento, poco me importan los Chatsfield —le confesó James.

—Nunca te han importado. Solo te preocupas por ti, James, lo sé. Pero espero que te quede muy claro que no voy a permitir que arrastres la reputación de los Chatsfield por los suelos por culpa de tu mala cabeza. ¡Arréglalo! —le dijo antes de colgar sin despedirse.

James tomó un helicóptero hasta el aeropuerto más cercano. Tenía una hora libre antes de tomar su vuelo de regreso a Nueva York. Llamó al hotel Harrington, pero se negaron a pasar su llamada.

Colgó resoplando. Sabía que Leila no iba a poder seguir escondiéndose de él.

Pero recordó entonces que era una princesa real de un país extranjero. No le costaría esconderse y evitar que pudiera volver a verla.

El vuelo de ocho horas no hizo sino empeorar aún más su humor.

Cuando llegó a Nueva York, lo recibió una ciudad fría y gris. Estaba lloviendo y el tráfico era peor de lo normal.

Le pidió a su chófer que lo acercara al hotel donde estaba Leila y que después llevara su equipaje a casa. Nada más entrar en el elegante vestíbulo, fue directo al ascensor. A lo mejor estaba en otra suite, pero no le importaba, pensaba llamar a todas las puertas del hotel si eso era lo que tenía que hacer para dar con ella.

—Señor, solo los huéspedes aquí alojados pueden utilizar esos ascensores… —le dijo el conserje yendo tras él.

Pero James lo ignoró. Se cerraron las puertas del ascensor y se dio cuenta de que era el mismo en el que se habían estado besando aquella noche, mientras subían a su suite.

Supuso que alguien había llamado a Leila para decirle que subía, porque se abrió la puerta de su habitación en cuanto salió del ascensor y allí lo esperaba ella.

Había sido fácil imaginarla como una auténtica arpía durante esas semanas, pero al verla de nuevo entendió de repente por qué no había logrado olvidarla. Llevaba puesto el albornoz blanco del hotel. Era tan bella como recordaba, aunque parecía haber adelgazado un poco y tenía ojeras bajo sus ojos.

—Bajaré dentro de unos minutos para hablar contigo en el comedor —le dijo Leila—. Espérame allí.

—No me des órdenes, Leila —repuso James.

—Ni siquiera estoy vestida…

—Tienes mucha más ropa ahora mismo de la que llevabas la otra noche —le dijo mientras entraba en su suite—. ¿Sabes de qué noche te hablo, Leila? ¿Esa noche que te propusiste quedarte embarazada del primer tonto que…?

—¡Eso es mentira! —protestó Leila—. No lo hice a propósito. Estaba tomando la píldora.

—Por favor… —susurró con incredulidad mientras sacudía la cabeza.

Aunque sabía que era mejor no pensar en eso, se le vino a la cabeza cómo Leila le había quitado el preservativo esa noche.

—Vamos a hablar —anunció James mientras se sentaba en uno de los sillones de la suite.

—Tengo que vestirme —repuso ella con nerviosismo.

James se puso de pie, acercó una silla a las puertas del dormitorio y las colocó de espaldas a él. Se sentó allí.

—Vístete si quieres, pero estas puertas permanecerán abiertas. Si tratas de huir por una ventana, lo voy a oír.

Sonó entonces el teléfono de la suite.

—Seguro que es la recepcionista para ver si estás bien o quieres que me vaya de tu suite.

—La verdad es que sí quiero que te vayas —le dijo Leila.

—Entonces diles que llamen a la policía porque solo me voy a ir de aquí si me esposan. Te guste o no, vamos a hablar, Leila. Cuanto antes, mejor.

Leila contestó la llamada mientras miraba a James. Sentado en la silla, le daba la espalda en esos momentos. Podía notar la tensión que había en sus hombros, parecía enfadado, pero no le daba miedo.

—Estoy bien —le dijo a la recepcionista—. No hace falta que suba nadie de seguridad.

—Diles que nos sirvan el té y puede que también la cena, vamos a estar aquí bastante tiempo —le pidió James girando hacia ella la cabeza.

Pero ella ignoró su petición y colgó el teléfono.

—Vístete —le ordenó James.

Fue a su armario y trató de decidir qué ponerse. La ropa occidental le parecía muy confusa y echaba de menos sus túnicas, pero solo tenía una allí.

No sabía qué ponerse…

—Leila… —susurró James a modo de advertencia.

Estaba allí para hablar del embarazo, así que decidió ponerse algo serio, un traje de lino negro. Había visto a mujeres de negocios con ese tipo de ropa cuando se sentaba en Central Park para mirar a la gente.

Lo puso en la cama. Abrió después un cajón de la cómoda y buscó ropa interior y una camisa.

Podía oír los golpecitos que James daba en el suelo con el pie, cada vez más impaciente. Pero no iba a dejar que eso le afectara.

James no soportaba esa situación. Sabía que Leila ya se habría quitado el albornoz y estaba luchando contra el instinto de darse la vuelta para mirarla.

Para Leila era muy incómodo tenerlo allí al lado mientras se vestía, le hacía recordar lo de la otra noche.

Se puso las braguitas que había comprado en Macy’s cuando su tarjeta de crédito aún funcionaba y una blusa plateada que había comprado allí también.

—¿Cuánto tiempo tardas en vestirte, Leila? —le preguntó con impaciencia.

—Bastante —repuso ella tomándose la pregunta en serio—. No estoy acostumbrada a vestirme yo sola y no se me dan nada bien los botones.

James trató de no sonreír al oír su respuesta y recordó cómo aquella noche Leila perdió la paciencia con los botones de su camisa y terminó por arrancarle unos cuantos.

—¿Ya te has vestido?

—Sí, pero tengo que arreglarme el pelo —le dijo Leila.

James perdió la paciencia y se levantó. Le quitó de las manos el cepillo y lo dejó de nuevo en la cómoda. Por primera vez, se miraron a los ojos. Leila había estado evitando tener que hacerlo.

—Tu pelo está bien como está —repuso James—. Vamos a sentarnos a hablar.

Pero alguien llamó en ese momento a la puerta. Supuso que querían comprobar discretamente que de verdad Leila estaba bien.

Leila tranquilizó al empleado del hotel.

—Te avisaré si necesito ayuda —le dijo con firmeza—. Retírese —añadió.

Le sorprendió el tono altanero y autoritario de Leila. Parecía una persona completamente distinta a la mujer que había conocido esa noche.

—Siéntate, por favor —le pidió James—. Y nada de mentiras, Leila. Vas a decirme la verdad.

—Yo no miento.

—¿No? —repuso él mientras se sentaban uno frente al otro—. Entonces, ¿eres de Dubái y te dedicas a la música?

—Bueno, me gusta la música.

—¿Era tu objetivo quedarte embarazada?

Leila lo miró ofendida.

—No.

—¡Te dije que no quería mentiras! —replicó James tratando de no gritar.

—No te estoy mintiendo. ¿Cómo iba a querer esto? No paro de vomitar y las náuseas son horribles. Es lo peor que me podía pasar…

—Me dijiste que estabas tomando la píldora.

—Y es verdad —le aseguró Leila—. James, no quería quedarme embarazada.

—Entonces, ¿qué es lo que querías? —le preguntó James.

—Quería escapar, es lo que intentaba hacer —admitió Leila mientras miraba al hombre que le había robado el corazón la noche que decidió huir de su vida anterior.

Pero aún no le había perdonado que se fuera sin más al día siguiente.

—¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?’

—Me pareció que estabas muy ocupado con esas rubias…

«Ocupado tratando de olvidarte», pensó James.

—Sí, y también he estado muy ocupado soportando que me dieran una paliza en un callejón.

—Te pido disculpas por lo que te hizo mi hermano. Si así te sientes mejor, tienes que saber que ahora mismo no me hablo con él —le dijo Leila.

Pero esa pelea con James no era la única razón por la que estaba enfadada con su hermano. Zayn la había llamado la noche anterior para advertirle que la noticia de su embarazo iba a salir al día siguiente y que iban a desvelar el nombre del padre. También le había dicho su hermano que ya no iba a casarse con la mujer con la que había estado prometido desde hacía años. De hecho, la mujer con la que estaba en esos momentos, Sophie, era la periodista que había revelado el nombre de James a la prensa.

—¿A quién más le contaste que estabas embarazada? —le preguntó James.

— A nadie.

—Entonces, ¿cómo lo sabe la prensa?

—No lo sé, puede que el médico…

—¿Cómo iba a saber el médico el nombre de tu amante? —le dijo en un tono acusatorio.

—No lo sé, James. Solo se lo dije a mi hermano —insistió Leila.

—¿Cómo puedes seguir mintiéndome? —le preguntó James frustrado.

Sabía que alguien había hablado con los medios de comunicación.

—A tu hermano se le olvidó decirme que estabas embarazada mientras me estrangulaba con sus manos, pero supongo que él ya lo sabía, ¿no?

Leila cerró los ojos al oír su acusación.

—Sí, Zayn me encontró hace unas semanas y le dije que estaba embarazada. Estaba tan perdida, no sabía qué hacer…

—Y, aun así, no se te ocurrió llamarme. Te limitaste a dejar que me diera una paliza tu hermano.

Se quedaron en silencio unos segundos.

—Es complicado, James —le aseguró Leila—. Zayn es muy protector conmigo.

—A mí no me parece tan complicado. Nos acostamos y ahora resulta que vamos a tener un bebé.

James empezaba a darse cuenta de que todo aquello era real.

—No tenías derecho a guardarte esa información, deberías habérmelo dicho. ¿No pensabas hacerlo nunca?

—Intenté llamarte —susurró ella.

—Mentirosa.

—Es verdad, lo intenté, pero el número que me diste estaba mal.

—¿Qué dices? El número estaba bien, no me vengas ahora con excusas…

—¡Te digo que no funcionaba! Intenté llamarte muchas veces, de verdad.

—Pruébalo ahora —le dijo James desafiante.

Leila sacó el papel con su número de un cajón y se acercó al escritorio. James la observó mientras marcaba y cerró frustrado los ojos al ver que no marcaba antes la tecla para conseguir una línea externa.

—¿En serio, Leila?

—¿Qué pasa? —preguntó Leila frunció el ceño.

—¿De verdad no sabes cómo hacer una llamada al exterior?

—No. Hasta ahora solo he tenido que presionar el tres y pedir la comida que quiero que me suban —le dijo Leila mientras volvía a sentarse—. Sé que piensas que estaba tratando de atraparte, pero no es verdad. Creo que me ha venido bien no poder hablar contigo porque así he podido analizar lo ocurrido y tomar mis propias decisiones. Estoy enfadada con mi hermano por la pelea. Además, no quiero depender de él ni de nadie. Voy a criar a mi bebé yo sola.

—Nuestro bebé —la corrigió James.

Leila sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando oyó la emoción en su voz.

—No necesito tu ayuda, James.

—No se trata de que me necesites o no, sino de lo que necesita el bebé —le aclaró James—. Aunque creo que también tú vas a necesitar bastante ayuda. He oído que tus padres han cancelado tu tarjeta de crédito. Supongo que no estarán contentos contigo.

—No creo que vuelvan a dirigirme la palabra —le dijo Leila—. Así que no voy a saber nunca lo que piensan de mí.

James se sintió mal por ella, no pudo evitarlo. Él también tenía problemas con sus padres, pero la situación de Leila era mucho más complicada. Ella tenía que lidiar con reyes.

—Estoy seguro de que terminarán por entrar en razón.

Pero si ocurría lo que pensaba y sus padres cambiaban de opinión, le preocupaba lo que pudiera pasar después con la princesa y el bebé.

Su hijo.

—¿Qué dijeron tus padres cuando se lo contaste? —le preguntó Leila.

—No estoy aquí para hablar de nuestras familias —repuso James—, sino para arreglar las cosas entre nosotros.

—No hay ningún «nosotros».

—¿Quién es tu ginecólogo? —le preguntó él—. Has ido a un médico especialista, ¿no?

—No.

—¿Aún no te han hecho una ecografía? ¡Podrían ser gemelos!

—La verdad es que hay un montón de gemelos en mi familia.

James levantó las cejas al oírlo. Cada vez estaba más nervioso.

—¿Qué vas a hacer ahora que tus padres te han dejado sin dinero? —le preguntó James mientras miraba a su alrededor.

Podía ver desde donde estaba que el armario estaba lleno de ropa y debía de tener unas cincuenta botellas de perfume sobre la mesa y la cómoda. Los pendientes de brillantes que adornaban sus orejas también parecían nuevos.

Ese día llevaba un maquillaje mucho más neutro. Se le fueron los ojos a sus labios. El tono que llevaba era mucho más atractivo que el rojo con el que la había visto esa noche en el bar y el rímel de sus pestañas conseguía acentuar aún más el color dorado de sus ojos.

—Lo que haga para poder mantenerme no es asunto tuyo —repuso ella.

—Sí lo es —respondió James—. Pero, si soy el padre, tienes derecho a la mitad de mi…

—James —lo interrumpió ella—. Sé que por ley te sientes obligado a ciertas cosas, pero ya te he dicho que voy a valerme por mí misma. Además, no quiero que un hombre tan promiscuo o imprudente como padre de…

—¡No te atrevas! —exclamó él fuera de sí—. No te atrevas a excluirme de la vida de mi hijo. No soy uno de tus criados a los que puedes dar órdenes sin más. No pienso irme y desaparecer solo porque tú lo quieras.

—Te equivocas, puedo hacer lo que quiera —le dijo Leila mientras se levantaba y se acercaba a la mesa.

Tomó el periódico de ese día y se lo tiró a él. Abrió un cajón, sacó algunas revistas que le habían hecho llorar durante días y también se las tiró. Después, tomó el teléfono y marcó el número tres.

—Me gustaría que subiera alguien a sacar a James Chatsfield de mi suite —dijo Leila a la recepcionista.

—Diles que no hace falta que suba nadie, que ya me voy —repuso James tratando de mantener la calma.

Nadie lo había tratado así, pero no iba a dejar que lo apartara de la vida de su propio hijo.

—Te llamaré más tarde, Leila —le dijo James—. Y te sugiero que contestes cuando lo haga.

Mientras se daba la vuelta para irse, algo pasó cerca de él y vio cómo uno de sus zapatos de tacón golpeaba la pared.

—¿Qué tal con ellas, James? —le gritó Leila fuera de sí—. ¿Fue tan bueno como conmigo?

James no dijo nada. Abrió la puerta y se encontró con un guardia de seguridad del hotel.

—Justo a tiempo —bromeó James—. Me voy ahora mismo.

Regresó a su ático sin poder dejar de pensar en la conversación que había tenido con Leila.

—Bueno, bueno… —murmuró su ama de llaves al verlo entrar.

Muriel estaba deshaciendo sus maletas.

—Bueno, bueno —repitió James.

Le encantaba esa mujer. Era bastante mayor y hablaba mucho, pero no le importaba. Era una de sus mujeres preferidas. Fue a su despacho y ella le llevó poco después un café.

—Pero bueno, más trabajo y más dinero para mí —le dijo la mujer.

—No, Muriel. El bebé no va a vivir aquí —repuso James sonriendo.

—¿Ni siquiera durante los fines de semana que esté a tu cuidado? ¿Vas a pasearlo personalmente por el parque? Hace mucho frío en invierno…

James no se había parado a pensar en algo que aún le parecía muy lejano. Lo único que quería era que Leila no saliera del país.

—Lo veré cuando visite a Leila —le dijo James.

—Eso decía mi ex, que ya se pasaría a ver a sus hijos cuando quisiera —contestó Muriel—. Pero no tardé en dejarle las cosas claras.

—Conociéndote como te conozco, no me extraña que lo hicieras —comentó James riendo.

Pero no podía imaginarse viviendo con un niño en ese ático.

Se acercó al dormitorio de huéspedes. Había pensado montar allí una sala de cine, no una cuna. No quería ni pensar en lo que supondría tener un bebé en su casa, llorando toda la noche y llamando a su madre.

Decidió que contrataría a una niñera.

Pero Muriel había conseguido preocuparlo y le costó dormir esa noche. Le preocupaba que Leila decidiera irse del país. No podía hacer nada para evitarlo.

En cuanto se levantó, la llamó al Harrington y suspiró aliviado cuando la recepcionista lo conectó con su suite.

—Quiero que te mudes al hotel Chatsfield —le dijo James cuando Leila descolgó el teléfono.

Creía que así al menos lo informarían si Leila decidía irse o si llegaba su familia para recogerla.

—¿Por qué iba a ir al Chatsfield cuando estoy bien aquí?

—Leila, no puedes permitirte estar en un sitio como el Harrington. Ya sé que Isabelle te ha dicho que puedes quedarte, pero su caridad tiene un precio. Créeme, ese sitio no es un refugio para madres solteras. No te lo ha ofrecido porque tenga un gran corazón, solo quiere ensuciar el nombre de mi familia.

—Eso ya lo has conseguido tú sin la ayuda de nadie —respondió Leila—. No pienso irme de aquí.

—Leila, no te estoy pidiendo que te mudes a mi casa. Creo que lo que te he propuesto es una estupenda idea. Me encargaré de que te preparen una suite y de que un coche vaya a recogerte a mediodía.

—No, tengo planes a esa hora.

Esa mujer estaba poniendo a prueba su paciencia.

—Esta noche entonces —le dijo James sin dar su brazo a torcer—. Mi chófer te recogerá a las ocho.

—No pienso irme.

—Bueno, prométeme al menos que accederás a que hablemos de ello durante la cena —le pidió él.

—No quiero ir a cenar contigo. No quiero tener nada que ver contigo, James.

—Eso deberías habértelo pensado hace tres meses —respondió—. Nos guste o no, tenemos que entendernos. Puedo llamar a mi abogado y decirle que empiece las negociaciones o podemos hablar y tratar de arreglar las cosas nosotros mismos.

—De acuerdo. Pero, si voy a reunirme contigo, tendrá que ser en el restaurante.

—Muy bien —accedió James a regañadientes—. Hablaremos de algo tan privado en medio de un restaurante lleno de gente, como quieras. Espero que al menos esta vez puedas contenerte y no me lleves a tu suite.

Colgó antes de que Leila tuviera tiempo para protestar y se acercó a la ventana. Las vistas de Central Park solían tranquilizarlo, pero ese día nada podía hacer que se calmara.

Temía que Leila se fuera del país. Si lo hacía, James iba a perder todos sus derechos.

Decidió que tenía que casarse con ella. Había huido del compromiso durante toda su vida, pero no veía otra opción. Sabía lo difícil iba a ser que ella accediera a casarse. Sobre todo después de ver cuánto le había costado conseguir que cenara con él, había tenido incluso que amenazarla con llamar a su abogado.

Se le ocurrió algo de repente y llamó a Manu. La mujer se quedó completamente horrorizada cuando James le contó la idea que acababa de tener y le aseguró que no pensaba ayudarlo a llevarla a cabo.

—No puedes obligarla a que se case contigo, James. Eso no es justo.

—Está embarazada de mi hijo y podría salir del país en cualquier momento —replicó James perdiendo la paciencia—. No tengo tiempo para ser justo.