Capítulo 4

 

James creía que, a pesar de la situación en la que se encontraba en ese momento, no lamentaba lo que había pasado con Leila. Había merecido la pena.

El dolor que sintió cuando su cabeza golpeó la pared del callejón fue tan fuerte que vio las estrellas y eso le hizo recordar el momento de pasión que había compartido con Leila hacía ya unas semanas.

Por un momento, se limitó a sentir, nada más. En ese caso, era dolor físico y no placer.

Cerró los ojos y respiró profundamente, habría preferido seguir donde estaba, pero una voz fuera de sí reclamaba su atención.

Ya debería haberse imaginado que una noche como la que Leila y él habían compartido iba a tener sus consecuencias y estaba en esos momentos pagando por ello.

Abrió de nuevo los ojos para enfrentarse al hombre que lo había atacado. Estaba en un callejón detrás del hotel Chatsfield y el príncipe Zayn Al-Ahmar de Surhaadi parecía dispuesto a darle una paliza por haber osado acostarse con su virginal e inocente hermana.

Ya había sabido desde el principio que Leila le había mentido, pero en esos instantes entendió un poco mejor por qué lo había hecho.

Al ver la actitud posesiva y violenta de su hermano mayor, no le extrañó que Leila hubiera decidido escapar de su país. El príncipe Zayn no lo estaba acusando solo de haber deshonrado a Leila, sino también a la familia real y a su pueblo.

—Me parece demasiada responsabilidad para que cargue con ella esa mujer. No era consciente de que la integridad de su nación descansara sobre la virginidad de su hermana —respondió James a la diatriba furiosa de Zayn.

Al oírlo, el príncipe rodeó su cuello con la mano.

—Usted es la persona menos adecuada para hablar de integridad —le dijo el príncipe mientras agarraba con fuerza la chaqueta de James—. No tiene ninguna.

Creía que Zayn se equivocaba, sí se había comportado como un hombre íntegro con Leila. A pesar de haberse sentido engañado, no había tardado en ceder después de irse de su hotel esa mañana. Antes de las nueve de la mañana ya le había enviado flores junto con una nota en la que le pedía que lo llamara.

Había enviado más flores al día siguiente y también al otro, pero Leila siguió sin llamarlo. Al final, había cedido de nuevo y llamado al Harrington, pero no le había servido de nada. Era un hotel que presumía de ser discreto y él ni siquiera había sabido cuál era el apellido de Leila. En definitiva, no habían podido negar ni confirmar que aún se alojara allí.

Desesperado, había llegado incluso a visitarla, pero se había detenido en el último momento frente a la puerta de su suite, donde había cambiado finalmente de opinión y se había ido.

Sin saber qué hacer, decidió poner tierra de por medio y se marchó a Francia, donde había estado esquiando y tratando de olvidarla con otras mujeres, pero no había conseguido su propósito.

Había bailado con ellas, las había besado y había sido tan seductor como siempre, pero su cuerpo se había negado a reaccionar como se esperaba de él y, no queriendo destruir su formidable reputación en ese terreno, había tenido que volver solo cada noche a su lujosa cabaña. Y allí había pasado muchas horas pensando en Leila. Seguía sin entender por qué le había resultado tan fácil hablar con ella durante horas, abrirse por completo y contarle cosas que no le había contado a nadie.

Mientras bebían y comparaban sus historias como ovejas negras de sus respectivas familias, había sentido una conexión muy especial con ella.

Miró entonces al hermano de Leila, no le gustaba nada la manera en la que el príncipe se refería a ella.

—Al menos yo no trato a las mujeres como si fueran de mi propiedad —replicó sin poder controlar su enfado.

—Puede que no, Chatsfield, pero el hecho es que usted ha menospreciado algo que me pertenece. Mi familia y cualquier otra persona que esté bajo mi protección me pertenecen. Tiene suerte de que no estemos en mi país porque, de estar allí, no dudaría ni un segundo en cortarle el miembro que ha cometido la ofensa.

Frunció el ceño al ver cómo se refería a lo que había pasado esa noche. Creía que lo que había ocurrido entre ellos no había tenido nada de ofensivo, todo lo contrario, había sido algo mutuo, bello y consentido por los dos. Quería decirle al príncipe que su hermana había estado encantada y más que dispuesta a acostarse con él, aunque eso supusiera un grave agravio para su país, pero pensó que quizás fuera mejor no comentárselo.

Se limitó a zafarse de él y a decirle que a él no podía amedrentarlo con ese tipo de amenazas que parecían sacadas de la Biblia.

Cuando Zayn le avisó que no le dijera a nadie lo que había sucedido, y menos a la prensa, James se limitó a echarse a reír y le dijo que no se preocupara, que él no necesitaba ese tipo de publicidad. Le recordó, por si no lo sabía, que los Chatsfield eran también una familia con mucho prestigio e historia, al menos en Estados Unidos.

Pensó que lo mejor que podía hacer era irse de allí y lo hizo en cuanto tuvo la oportunidad.

La pelea lo había dejado bastante tocado, pero no quería darle a Zayn la satisfacción de verlo así. No se detuvo para recuperar el aliento hasta que llegó a la calle.

Metió las manos en los bolsillos para asegurarse de que su cartera y sus llaves seguían allí, pero lo primero que encontró fue un tubo de protector labial y eso le hizo pensar de nuevo en Leila.

No podía creer que fuera una princesa.

Aunque había respondido con indolencia a las amenazas del príncipe Zayn, empezaba a darse cuenta de la gravedad de lo que había hecho.

Fue directo a casa, a su lujoso ático con vistas a Central Park, y se miró en el espejo nada más entrar. Tenía marcas rojizas en el cuello, donde el hermano de Leila lo había apretado con saña, uno de sus ojos ya lucía un buen moretón y pudo sentir la protuberancia que le había salido en la parte posterior de la cabeza. Supuso que debía ir a que lo viera un médico.

Pero eso iba a tener que esperar.

Se sirvió un whisky y fue a tumbarse en la cama, pensando en lo que podía hacer.

Miró el teléfono y no le sorprendió ver que Leila no le había llamado. Era la única mujer que lo había ignorado. Normalmente, tenía el problema contrario.

Sonrió con amargura al recordar sus sospechas. Había pensado que Leila pudiera ser una periodista dedicada a la prensa del corazón o alguien contratado por Isabelle Harrington para provocar un escándalo que afectara a toda su familia. Pero no, acababa de descubrir que era una princesa y que su familia estaba muy indignada por lo ocurrido. Solo esperaba que Leila se encontrara bien y que él hubiera sido el único que había tenido que sufrir por culpa de la furia del príncipe Zayn.

Lo que no entendía era por qué se lo habría contado a su hermano. No lo comprendía.

Se quedó un segundo sin respiración. El único motivo que se le ocurrió para que Leila hubiera tenido que decírselo a su hermano era que se hubiera quedado embarazada, pero se tranquilizó al recordar que ella había estado tomando la píldora. De hecho, había visto él mismo los anticonceptivos.

Estaba seguro de que, si hubiera dejado a la princesa embarazada, Zayn se lo habría dicho. Minutos antes de asesinarlo en aquel oscuro callejón.

Se quedó pensativo, tratando de entender por qué Leila se lo habría dicho a su hermano. Cuanto más pensaba en esa noche, más claro tenía lo que había pasado. Creía que había entrado en el bar del hotel con un objetivo en mente. Lo había utilizado. Quizás para huir de un matrimonio de conveniencia. Estaba seguro de que la familia Al-Ahmar tendría que echarse atrás en cualquier arreglo matrimonial si la princesa dejaba de ser virgen.

Estaba enfadado con ella, sentía que lo había utilizado, pero seguía deseándola.

Recordó entonces todos los ramos de flores que le había enviado y la imaginó suspirando con impaciencia cada vez que recibía uno más, riéndose de él.

Tomó una decisión. No pensaba vivir con miedo y tener que mirar por encima del hombro para ver si su furibundo hermano decidía volver a por él. Creía que ya había perdido demasiado tiempo esperando que Leila lo llamara.

Sacó una maleta del armario y pensó en todas las mujeres con las que no se había acostado desde aquella noche con Leila. No le gustaba ver lo reflexivo que se había vuelto ni darse cuenta de que no podía dejar de pensar en ella.

Encontró la camisa que se había puesto aquella noche. Aún estaba presente en la tela su exótico aroma. Enterró su cabeza en ella por un momento e inhaló. No podía deshacerse del deseo que aún lo dominaba. Le bastaba con oler de nuevo su fragancia para que su cuerpo reaccionara al instante.

Decidió que había llegado el momento de acabar con esa situación.

Pero en lugar de volver a la cama y rememorar esa noche como había estado haciendo durante esas últimas semanas, tiró la camisa al suelo del armario y llenó de ropa limpia su maleta. Iba a regresar de nuevo a Francia y tratar de olvidarla allí entre la nieve y las bellas mujeres que pasaban en la montaña sus vacaciones.