Capítulo 2

 

Todo le resultaba extraño y distinto.

Hermoso e interesante, pero muy distinto.

Se sintió afortunada al poder refugiarse tras el velo que llevaba porque, cuando por fin entró en el hotel y fue directa al mostrador de recepción, se sintió como si todo el mundo la estuviera mirando.

Sabía que llamaba la atención, su túnica bordada en oro era increíble. Levantó la cabeza con orgullo cuando habló con la recepcionista y le pidió que alguien la acompañara a la mejor suite del hotel.

Pero no fue tan fácil como había pensado, le hicieron muchas preguntas y ella no respondió a todas con sinceridad. Mintió por ejemplo cuando le pidieron su dirección y se quedó en blanco cuando le preguntaron su número de teléfono.

—Me gustaría ir ya a la suite, por favor.

Pero tenían aún más preguntas.

—¿Señorita?

Frunció el ceño ante la pregunta de la recepcionista.

—¿Cuál es su tratamiento? —le aclaró la mujer.

Leila miró su tarjeta de crédito. Vio que allí solo aparecía su nombre, Leila Al-Ahmar, suspiró aliviada y se dio cuenta de que por fin podía ser quien quisiera ser.

—Sí, eso es. Señorita Al-Ahmar —le dijo Leila.

Esperó unos minutos más a que la joven introdujera todos sus datos en el ordenador. Entregó de nuevo la tarjeta de crédito, temiendo que sus padres hubieran decidido cancelarla, pero no tuvo ningún problema con ella.

La recepcionista le sonrió mientras le entregaba una llave magnética para su suite.

Pensó entonces que quizás sus padres ni siquiera eran aún conscientes de que se hubiera ido.

Cuando entró en su suite, vio que ya había allí una doncella deshaciendo su pequeña maleta. Le dio las gracias y le dijo que ya no la necesitaba más.

Pero la joven se quedó mirándola como si esperara algo de ella.

—Puedes irte —le dijo Leila con firmeza para dejárselo más claro.

Cuando se quedó sola, se acercó a una de las grandes ventanas y miró las concurridas calles de la ciudad. Trató de imaginarse a ella misma allí fuera.

No se veía capaz.

Pero sabía que tenía que hacerlo.

Se quitó el velo, la túnica y su modesta ropa interior. Se puso entonces el conjunto de lencería que había encargado Jasmine y que nunca había llegado a recibir.

Se miró en el espejo, no reconoció su propio cuerpo ni a la provocativa mujer que veía allí reflejada.

Se puso después el vestido negro de su hermana, que dejaba a la vista su escote. Le costó mucho trabajo subirse la cremallera de la espalda, pero al final lo consiguió. No había tenido nunca cremalleras en la ropa y eran las criadas las que siempre le abrochaban los botones de sus túnicas.

Se cepilló su larga melena negra hasta que quedó brillante y se puso los zapatos de tacón.

Nunca había usado maquillaje, pero esa noche se pintó con cuidado los labios. Después, se echó hacia atrás y se miró de nuevo en el espejo.

Creía que, con ese aspecto, podría haber pasado por Jasmine.

Era algo más delgada que su hermana y ya era además unos años mayor de lo que Jasmine había sido cuando murió. Aun así, por primera vez, se dio cuenta de que se parecía a su hermana mayor.

Practicó frente al espejo la famosa sonrisa de Jasmine. Se preguntó entonces si ese parecido era uno de los motivos por los que su madre la detestaba tanto. Era para la reina un recordatorio diario de que ella aún vivía y Jasmine no.

Pero recordó entonces que su madre la había odiado desde que nació.

Le había dolido mucho lo que le había contado su progenitora sobre lo que las amas de cría solían decir de ella, que había sido un bebé muy difícil. Furiosa al recordar sus palabras, metió su túnica y el velo en su pequeña maleta y la escondió después bajo la cama.

«Ya está, ya no existe la princesa Leila de Surhaadi», se dijo con satisfacción.

No tenía ni siquiera un bolso para guardar la llave magnética, ni una doncella que llevara sus cosas, así que se limitó a meterla en su sujetador.

Bajó en el ascensor hasta el vestíbulo principal y Leila miró a su alrededor durante unos segundos.

Había leído que el Harrington presumía de ser el hotel más elegante y discreto de la ciudad, un sitio donde los famosos se encontraban a gusto sabiendo que los paparazis no iban a molestarlos allí. Pero la gente no dejaba de mirarla. Supuso que era su aspecto el que llamaba la atención de esas personas. No estaba acostumbrada a que la miraban y empezaba a molestarle.

Oyó el sonido de un piano y fue hacia allí.

La música procedía del bar del hotel. Cuando entró, el tintineo de los vasos y el murmullo de la conversación se detuvo durante un segundo. Se quedó paralizada a la puerta del establecimiento, pero intentó no mostrar su miedo.

Un hombre corpulento la miró y vio que sus ojos la recorrieron de arriba abajo. Otro hombre hizo lo mismo, muy brevemente, pero sus ojos se detuvieron más de la cuenta en su escote.

Era una sensación tan abrumadora y nueva para ella que estuvo a punto de darse la vuelta y regresar corriendo a su suite. Lamentaba haber cometido un grave error al salir vestida de esa manera.

Pero entonces sucedió.

Por primera vez en su vida, Leila sintió que alguien se alegraba de verla. Un hombre que estaba en la barra del bar se dio la vuelta y sus ojos de color chocolate se encontraron con los de ella. Le pareció que había sorpresa en su mirada, pero no tardó en fruncir el ceño, como si estuviera tratando de recordar quién era. Después, se limitó a sonreír.

Leila nunca se había sentido tan apreciada. Sus ojos no recorrieron su cuerpo como habían hecho otros hombres. Él se había limitado a sostener su mirada y Leila se dio cuenta entonces de que, aunque no hubiera sido consciente de ese hecho, le estaba devolviendo la sonrisa. Sin pensar en lo que hacía y como si fuera lo más normal del mundo, se acercó a él.

—He cambiado de opinión —le dijo el hombre al camarero mientras se volvía hacia él—. Después de todo, creo que me tomaré otra copa.

La miró entonces a ella.

—¿Qué le apetece? —le preguntó el desconocido.

—No lo sé —repuso ella mientras miraba las brillantes botellas de distintos colores que llenaban las estanterías tras la barra.

Por primera vez, no se sintió ingenua, sino atendida. A ese hombre no pareció importarle su vaga respuesta y esperó pacientemente a que ella se decidiera. Se quedó pensando en los nombres de los cócteles que había visto en la revista del avión. Lo único que tenía claro era que no iba a pedirle el que había conseguido que se sonrojara.

—Bueno, como es mi primera noche aquí, creo que tomaré un Manhattan.

—Un Manhattan es una elección perfecta —repuso James Chatsfield sin poder dejar de mirarla.

Tan perfecta como era esa mujer. Se fijó en su largo pelo, negro como la noche y brillante, y en su mirada dorada. Lo único que habría cambiado de su aspecto era el tono de su barra de labios. Creía que era demasiado estridente.

Pero no le preocupaba el maquillaje de sus labios, pensaba quitárselo a besos en cuanto pudiera.

James Chatsfield había estado tan aburrido en el tranquilo bar del Harrington, que había decidido marcharse para irse a algún sitio más animado. Acababa de decirle al camarero que no quería otra copa más cuando sintió un silencio repentino a su alrededor. Se había dado entonces la vuelta y había visto a la mujer que, con su sola presencia, podía conseguir silenciar un bar lleno de gente.

Leila asintió con la cabeza y el camarero se dispuso a prepararle el cóctel, pero ella solo tenía ojos para el hombre que estaba a su lado.

Era muy atractivo. Tenía el pelo oscuro y lo llevaba bastante largo. Era alto e iba bien vestido, pero había algo en él que le hacía parecer indomable y rebelde, algo que iba en contra de las convenciones sociales. No se parecía a los otros hombres que llenaban el bar.

Llevaba corbata, pero se había desabrochado el botón superior de la camisa. No estaba bien afeitado, pero tenía un aspecto limpio y olía muy bien.

Él sonrió de nuevo y ella se le acercó un poco más. Por extraño que pudiera parecerle, no sentía miedo.

Había vivido toda su vida con miedo, pero no lo tenía en esos momentos. De repente, sintió una paz estando a su lado para la que no tenía explicación.

—Me llamo James —le dijo él.

—Yo soy…

Estuvo a punto de presentarse usando su título, pero se detuvo a tiempo.

—Y yo me llamo Leila.

James se dio cuenta de que esa mujer estaba fuera de lugar allí, junto a la barra de un bar, y le sugirió que fueran a sentarse a una de las mesas bajas que había al otro lado del bar.

Leila eligió una mesa que estaba medio escondida entre las sombras del bar. Quería evitar así que otros tipos la miraran. Se sentó en el sofá esperando que el hombre se sentara frente a ella, pero se le acercó y se sentó a su lado.

No se sintió incómoda, había algo de distancia entre los dos, pero no pudo evitar sonreír al ver que James había elegido sentarse a su lado.

Les llevaron las bebidas y James se quedó mirando cómo probaba el cóctel. Sonrió al ver que abría mucho los ojos. Después, se pasó la lengua por los labios y dejó la copa de nuevo en la mesa.

—¡Está buenísimo! —exclamó Leila—. Aunque tiene un sabor helado, aún puedo sentirlo ardiendo en mi interior.

James sonrió de nuevo al oír su descripción. No solía importarle no saber nada sobre sus conquistas, pero esa mujer consiguió despertar tanto su interés que quería conocer hasta el último detalle de su vida.

—Entonces, ¿es tu primera noche aquí? —le preguntó.

—Así es —repuso Leila sonriendo—. He probado por primera vez la nieve mientras esperaba un taxi en el aeropuerto.

—¿Tuviste que tomar un taxi? ¿Por qué no me llamaste? —le preguntó James—. Habría ido a buscarte.

Era un comentario absurdo. Pero, por algún extraño motivo, pareció tener tanto sentido para ellos dos que Leila no pudo evitar sonreír de nuevo. Se sentía como si llevaran toda la vida esperando para conocerse, como si hubiera salido del avión que la había llevado hasta Nueva York para ir directamente a sus brazos.

James le preguntó de dónde era y vio que ella vacilaba antes de contestar.

—Soy de Dubái —mintió Leila—. He venido por trabajo.

—¿A qué te dedicas?

Era una pregunta natural, pero vio que la joven volvía a detenerse un segundo antes de contestar.

—Soy… Soy músico —le dijo Leila—. He venido para ver algunas actuaciones.

Estuvo a punto de pedirle que no le mintiera. Era obvio. La joven había llegado incluso a sonrojarse al decirlo.

Pero no se lo dijo. Nunca había conocido a nadie que mintiera tan mal como ella y su contestación había conseguido sorprenderlo, tenía que reconocerlo.

La verdad era que no le importaba nada que le mintiera. Creía que lo había hecho porque no sabía que a él no tenía que mentirle.

Miró entonces su mano y vio que no llevaba alianza. Se fijó en sus largos y delgados dedos. Tenía que reconocer que parecían las manos de una pianista. Después de todo, a lo mejor no le había mentido.

—¿Y tú? —le preguntó Leila—. ¿A qué te dedicas?

—A poca cosa —admitió James—. Mi padre me llama Pepito.

Vio que Leila fruncía el ceño y decidió explicárselo mejor.

—Como el famoso Pepito Grillo.

La joven parecía seguir confundida y James se dio cuenta de que no debía de saber de qué le hablaba.

—Pepito Grillo es un personaje. Se trata de un tipo muy feliz que no trabaja mucho —le explicó James—. Yo solo trabajo media hora al día, haciendo mucho dinero jugando en la bolsa. Después, me paso las restantes veintitrés horas y media tratando de gastarme ese dinero de la peor manera posible.

—¿Y por qué estás aquí esta noche? —le preguntó Leila tomando otro sorbo de su bebida.

—Bueno, he venido a echar un vistazo a la competencia —le dijo él—. Soy James Chatsfield.

Vio que Leila lo miraba perpleja.

—De la cadena de hoteles Chatsfield… —continuó James para explicarle quién era.

Su hermano Spencer estaba decidido a comprar el Harrington y había pensado que no se iba a interponer nada en su camino, pero Isabelle Harrington, que acababa de asumir las riendas del hotel, había rechazado de forma inesperada su oferta y las cosas estaban complicándose cada vez más.

James estaba cansado de su familia, quería alejarse de ellos todo lo que pudiera, pero la curiosidad había podido con él y había decidido acercarse al Harrington para echar un vistazo al elegante hotel.

—Mi hermano mayor, Spencer, quiere comprar este hotel. Decidí venir y verlo por mí mismo —le confesó James—. Y la verdad es que ahora estoy encantado de haberlo hecho.

—Y yo también —le dijo Leila.

Tomó una de sus manos, la que tenía más cerca de él, y Leila bajó la mirada mientras James acariciaba sus dedos. El contacto fue increíble. Muy sutil, pero no podría haberlo ignorado aunque hubiera querido.

Sus dedos se entrelazaron y Leila se quedó absorta al ver así sus manos, con las palmas de los dos presionadas una contra la otra.

—Quiero seguir disfrutando de mi bebida —le confesó Leila—. Pero la verdad es que no quiero soltar tu mano.

—Entonces, no lo hagas.

James tomó la copa de Leila y se la llevó a los labios. Ella tomó un sorbo sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Ahora que lo pienso, ya había oído antes tu apellido —comentó entonces Leila—. Creo que leí algo sobre tu hotel en el avión.

—Bueno, no es mi hotel —le aclaró James—. De hecho, no quiero tener nada que ver con todos ellos.

—¿Tienes muchos hoteles?

—Son de la familia, no son solo míos —repuso James con una sonrisa—. Pero sí, hay unos cuantos hoteles Chatsfield por todo el mundo. Sé que tenemos uno muy bueno en Dubái. La verdad es que no lo conozco, nunca he estado allí, pero ahora estoy pensado que debería ir —añadió con una sonrisa más seductora.

No sabía por qué le estaba hablando de esa manera a una mujer a la que no conocía de nada. No solía comportarse de ese modo. Ni siquiera habían compartido un beso y ya le había sugerido que le agradaba la posibilidad de visitar Dubái para volver a verla. Nunca hacía promesas y era una norma que no iba a cambiar esa noche.

—Aunque quizás no sea buena idea que vaya a Dubái —se apresuró a decirle James para que no se hiciera una idea equivocada—. Manu, la encargada del departamento de relaciones públicas del hotel, ya me advirtió que mi modo de vida no sería muy bien bienvenido en ese país. Al parecer, allí son bastante más estrictos.

—¿Es que te portas mal, James? —le preguntó Leila.

James no pudo evitar sonreír ante su pregunta.

—Es una manera bastante benevolente de describir mi modo de vida, pero sí, supongo que tiendo a portarme mal en general.

Leila bajó de nuevo la mirada y se quedó contemplando cómo James seguía acariciando su mano. Se sintió más valiente de lo que lo había sido nunca. Y sabía que era gracias a ese hombre.

—Pórtate mal conmigo —le susurró ella.

Le aterrorizaba la idea de que él pudiera negarse. Pero comprobó enseguida que no tenía de qué preocuparse.

—No me lo digas dos veces —repuso James.

Pero, muy a su pesar, él le soltó la mano. Se quedó mirando cómo tomaba una servilleta de papel y la metía en un vaso de agua. Frunció el ceño al verlo. No entendía lo que estaba haciendo.

James fue hacia su cara con la servilleta, pero ella no se inmutó ni se apartó.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Leila.

—Te estoy quitando lo innecesario —repuso James mientras limpiaba sus labios.

Normalmente le gustaba que las mujeres utilizaran maquillaje, le gustaba verlas con esa especie de máscara, que siguieran siendo siempre desconocidas para él. Pero no quería eso de Leila. Necesitaba verla desnuda, sin ropa y también sin maquillaje.

A Leila no le molestó la presión sobre sus labios, era agradable. Y le encantó ver cómo la miraba mientras le quitaba la pintura de su boca. Parecía estar muy concentrado en la tarea.

—Ahora, estás perfecta —le dijo James—. Casi.

—¿Casi?

James se sacó algo del bolsillo y vio que era una barra de labios.

—¿Qué clase de hombre lleva un pintalabios en el bolsillo? —le preguntó Leila con el ceño fruncido.

—Uno que esquía con frecuencia —repuso sonriendo—. Es bálsamo labial.

Se estremeció cuando James se lo aplicó sobre los labios. Se pasó después la lengua por ellos, sabía ligeramente a vainilla. A pesar de su explicación, no se imaginaba ni a su padre ni a Zayn usando algo así.

Aunque era una mujer inexperta e inocente, no había vivido apartada de los hombres.

Pensó en los amigos que Zayn había tenido. Habían sido casi todos unos jóvenes insolentes y mujeriegos, acostumbrados a utilizar a las chicas.

Pero ella no sentía esa noche que la estuvieran utilizando. James tenía algo que la hacía sonreír, que hacía que se sintiera bien y hermosa. Era la primera vez que se sentía así.

—Nunca había conocido a nadie como tú —le confesó Leila.

—Lo mismo te digo —repuso James.

Se arrepintió enseguida de habérselo dicho. Nunca se comportaba así ni les decía ese tipo de cosas a las mujeres. No quería que Leila se hiciera una idea equivocada. No cuando sabía que no iba a volver a verla después de esa noche.

—Bueno, al menos por ahora —añadió él.

—¿Por ahora?

—Sí. Se me dan muy, muy mal las relaciones —le dijo James—. Suelo evitarlas.

Leila frunció el ceño como si no entendiera lo que estaba diciéndole y James decidió aclarárselo.

—Solo he tenido una relación seria en mi vida, pero ella decidió venderme a la prensa del corazón. Les contó todo lo que yo le había dicho en confianza y les dio un montón de detalles escabrosos —le confesó James—. ¿Y tú? ¿Has tenido alguna relación seria?

—No, nunca —le dijo Leila.

Le había dicho la verdad. Lo que James no podía imaginarse era hasta qué punto era una mujer inexperta.

Les sirvieron más bebidas. Pero el alcohol no era el culpable de que se sintiera relajada y no pudiera dejar de reír, era ese hombre, que no dejaba de hacerle preguntas y de hablarle también de su propia vida. Le encantaba verlo riéndose y darse cuenta de que él tampoco quería soltar su mano.

—¿Quieres cenar? —le preguntó James unos minutos después.

Leila negó con la cabeza. Esa noche, tenía otro tipo de hambre.

—Lo que quiero es saber más de ti —le confesó ella.

James pensó que quizás estuviera revelándole demasiado, pero el dorado de sus ojos lo tenía hipnotizado y, aunque sabía que no era buena idea, terminó por decirle que no podía fiarse de él, que era un canalla, un mujeriego y un juerguista. Le confesó que le gustaba vivir la vida a su manera y que, afortunadamente, podía permitírselo. Siempre había tenido suerte en la bolsa.

Le dijo que le gustaba salir por las noches, disfrutar de los placeres de la vida y hacer deportes de riesgo. Creía que nadie podía domarlo.

—He intentado portarme bien, pero fue algo a lo que renuncié definitivamente a los dieciocho años —le dijo James.

Le contó además cómo había luchado para ser el hijo perfecto, pero nada de lo que había hecho había sido lo suficientemente bueno para su padre.

A pesar de su confesión, no consiguió la comprensión de Leila.

—Al menos alguien estaba pendiente de ti para ver qué hacías —le dijo ella—. A mí siempre me han ignorado.

—¿Cómo podría alguien ignorarte? —le preguntó James—. Me parece imposible.

—Pues así ha sido siempre —le aseguró Leila—. Mi madre…

Vaciló un segundo antes de terminar la frase. Temía decirle que su madre nunca la había amado y que ese detalle le hiciera verla de otro modo, como alguien que no era digno de que nadie la amara. Era algo de lo que siempre se había sentido avergonzada, así que decidió cambiar un poco la historia.

—Desde que murió Jasmine, mi hermana, mi madre no ha sido siquiera capaz de mirarme —le dijo Leila—. Y ya me he cansado de esperar a que las cosas cambien. He decidido hacer lo que quiera y vivir la vida a mi manera.

—¿No les parece bien a tus padres que lo hagas?

—No —respondió ella.

Nunca había podido contar con su apoyo.

—Así que los dos somos las ovejas negras de nuestras respectivas familias —comentó James levantando su copa a modo de brindis.

Siguieron bebiendo mientras comentaban todas las maneras en las que los dos habían fallado y decepcionado a sus padres. Bajo la mesa, era muy consciente de cómo se tocaban sus rodillas y no podía dejar de mirarlo a los ojos. Para Leila, aquella estaba siendo la mejor noche de su vida.

Le estaba encantando hablar con él. No se cansaba de hacerle preguntas para tratar de conocerlo mejor.

—Entonces, ¿cuál es tu objetivo en la vida? Si tanta suerte tienes en los negocios, si todo lo que tocas se convierte en oro, ¿qué es lo que esperas de la vida? Cuando disfrutas tanto de todo y sales cada noche de fiesta, cuando el mundo está ya a tus pies, ¿qué más quieres? ¿Qué es lo que deseas y no has tenido nunca?

—A ti —repuso James.

Se inclinó hacia ella. Tenía su boca muy cerca, pero sabía que su respuesta no era toda la verdad y echó su cabeza hacia atrás.

—No, dime.

—No entenderías mi respuesta —le aseguró James.

—Yo creo que podría —le dijo Leila—. O puede que no, pero me encantaría escucharla de todos modos.

Pensó entonces que quizás sí lo entendiera, así que decidió decirle la verdad.

—Quiero saber lo que es tocar fondo —admitió James.

Tenía la esperanza de que entonces pudiera al menos sentir… Sentir algo.

—Yo ya lo sé —le contestó Leila.

Su vida había cambiado por completo durante esas últimas veinticuatro horas.

Tenía muy claro que su familia iba a repudiarla por lo que acababa de hacer. Tenía la sensación de que todo se había hundido a su alrededor, pero, estando allí con James, sintió que nada más importaba. Y esa era una noche hermosa y muy especial. Miró al hombre que la había salvado del infierno. Tenía su boca muy cerca, cada vez más.

—Pero ahora siento que estoy empezando a salir de ese pozo —le dijo Leila.

Nunca la habían besado, ni siquiera había llegado a imaginar cómo sería que alguien la besara, pero estaba pasando… La boca de James era suave y cálida. Al principio, no movió los labios, se limitó a disfrutar del peso de su boca sobre la de ella. Cuando vio que él tenía cerrados los ojos, también lo hizo Leila.

Poco a poco, comenzó a mover los labios y le devolvió el beso suavemente, deslizando su boca contra la de él. James llevó una mano hasta su mejilla y la otra a la cintura. Quería estar aún más cerca de él, sentarse en su regazo y que la rodeara con sus brazos.

Como si tuvieran vida propia, sus labios se entreabrieron, deseaba más. No sabía el qué, pero lo deseaba.

James dejó en ese instante de besarla. Normalmente, no solía importarle dónde estuviera ni le preocupaba actuar con discreción, pero creía que ella se merecía algo mejor. No podía dejarse llevar por el deseo en el bar de ese hotel.

—Vamos a bailar —le sugirió James con la boca a un par de centímetros de la de ella.

—No quiero bailar —protestó Leila abriendo los ojos—. Quiero seguir besándote.

—A bailar —insistió él.

Necesitaba estar más cerca de esa mujer, su cuerpo anhelaba ese contacto. Se puso de pie y le ofreció la mano.

—Pero… Nunca he bailado —admitió Leila mientras iban hacia la pista de baile.

—¿No me habías dicho que te gustaba la música?

—Me encanta tocar —admitió ella cuando James la tomó entre sus brazos—. También me gusta escuchar música…

Se quedó sin aliento cuando James comenzó a moverse, siguiendo el ritmo lento y sensual de la música. Era increíble sentir cómo sus cuerpos bailaban unidos. Sintió un escalofrío cuando comenzó a acariciar con los dedos sus brazos desnudos y supo que no tenía nada que ver con la temperatura. No tenía frío, todo lo contrario. Nunca había sentido tanto calor dentro de ella.

—Hueles tan bien… —susurró James con la cara enterrada contra su pelo.

Tiró de ella para tenerla un poco más cerca. Solo fueron unos centímetros, pero Leila pudo sentir lo excitado que estaba. A pesar de su falta de experiencia, no se le pasó por alto que era su imponente erección lo que sentía contra el estómago. Su cuerpo tuvo una reacción casi inmediata y fue consciente de la humedad que había aparecido entre sus piernas. Nunca se había sentido tan emocionada y excitada como lo estaba en ese momento. Echó la cabeza hacia atrás y buscó casi a ciegas la boca de James.

—No, aquí no —le dijo James negándole el beso—. Este bar es demasiado serio y aburrido. Si quieres podemos ir a una discoteca que está cerca de aquí…

Le pareció increíble que ese lugar le pareciera serio. Para ella, esa estaba siendo la noche más loca y salvaje de su vida. No terminaba de creerse que estuviera allí, bailando y entre los brazos de ese hombre.

—O podríamos irnos al Chatsfield —le sugirió él.

Era a ese hotel al que solía llevar a sus conquistas. Nunca las llevaba a su ático, eso habría sido demasiado personal.

Esa noche, en cambio, estaba dispuesto a ofrecerle esa posibilidad si Leila declinaba su oferta. Se sentía tan desesperado, deseaba tanto tenerla, que estaba dispuesto a cualquier cosa.

Pero no tuvo que hacerlo, su respuesta lo sorprendió gratamente.

—¿Te parece bien que vayamos a mi suite? —le preguntó ella con la mirada fija en la boca de James.

Leila no podía ignorar el calor que recorría su cuerpo ni cuánto deseaba estar a solas con él.

El tono inocente de su pregunta lo dejó sin habla. Cuando miraba a esa mujer, le parecía que era un ángel que acababa de caer del cielo, le costaba creer que Leila fuera real y no un producto de su imaginación.

—Me parece bien —repuso James.

—Pero, antes, un baile más —le pidió Leila sin querer apartarse de él.

No conocía la música que sonaba en el bar, nunca la había escuchado, pero sabía que iba a quedar grabada para siempre en su corazón porque James estaba consiguiendo con cada movimiento y cada respiración acercarla a lugares que nunca había visitado. Sentía que le dolían los pechos y la parte más íntima de su ser. Allí lo necesitaba más que en ningún otro sitio. Su boca anhelaba volver a besarlo y las manos de James, que recorrían en ese momento su espalda muy lentamente, hacían que se sintiera desnuda.

—Necesito besarte —le confesó ella.

James la miró a los ojos.

—Ahora —añadió Leila con urgencia en su voz.

—¿No me habías dicho que querías bailar un poco más? —le preguntó James al oído—. Me parece increíble que te dediques a la música y no hubieras bailado nunca. Debes de tener mucha fuerza de voluntad y un gran poder de contención.

Fue una suerte que él la estuviera sujetando porque sentía que le temblaban las piernas.

—Sí, siempre he sido así. Pero esta noche he dejado todo eso atrás —le aseguró Leila.