Capítulo 9
Michael los estaba esperando en el apartamento cuando Taray Brandon llegaron poco antes de las nueve de la mañana del día siguiente. Llevaba levantado desde las seis. De hecho, había estado despierto toda la noche, pensando en ella, deseándola, sintiéndose frustrado y animado a la vez.
La noche anterior en el lago... bueno, él había esperado que el paseo en moto sirviera para crear un ambiente, que fuera un pequeño recordatorio de lo que solían hacer cuando estaban locamente enamorados y eran demasiado jóvenes para pensar en nada más.
Y había acertado. Tara había entrado en situación y lo había besado como sí él fuera el único hombre en el mundo. Y los besos de Tara no mentían. Aquello certeza había servido para que la deseara aún más.
Michael contuvo su libido cuando sonó el timbre del apartamento, y abrió la puerta para encontrarse con la imagen de su mujer y su hijo.
—¡Pa...! —gritó Brandon abalanzándose sobre sus brazos con un chillido de emoción.
—Asegúrate de no olvidarte de esa palabra—dijo Michael soltando una carcajada mientras lo estrechaba con fuerza contra su pecho.
Brandon se colgó de él como si fuera un mono. El amor incondicional de aquel niño nunca de jaba de asombrarlo. Lo hacía sentirse más orgulloso y más fuerte cada vez. Lo suficientemente fuerte como para recuperar a la mujer que estaba en el umbral de la puerta con los ojos inundados de una emoción que no podía disimular.
—Buenos días —dijo Michael por encima de la cabeza de Brandon.
Tara inclinó la cabeza en gesto de saludo y cerró la puerta.
Su mirada y la rigidez de sus hombros le dieron a entender que no quería hablar de la noche anterior. Que necesitaba mirar con distancia lo que había ocurrido entre ellos, y que también necesitaba distanciarse de él.
Algo decepcionado, pero decidido a respetar el espacio que ella necesitaba y a entender que precisaba de algún tiempo para procesar sus sentimientos, Michael se dirigió a la cocina.
—He hecho café. Lo he molido yo mismo.
¿Michael moliendo café? A Tara le resultaba difícil creerlo de un hombre que solía alimentarse directamente del microondas.
—Ya te he dicho muchas veces que he cambiado —se defendió con una mueca al observar la cara de asombro de ella—. En Ecuador aprendí a valorar las cosas verdaderas. María me enseñó a hacer café.
Tara se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta. Michael ayudó a Brandon a salir de su trenka sin perder de vista a su mujer. Se había puesto unos pantalones vaqueros que modelaban sus delgadas caderas y un jersey amarillo que le marcaba los pechos. A Michael siempre le había encantado su cuerpo. Un cuerpo que final mente había conseguido acariciar la noche anterior. Michael ahogó un gemido al recordarlo, y se dio cuenta de que ella lo estaba mirando con curiosidad.
—Hay algo más —dijo Tara entornando los ojos y señalando con la cabeza la cocina—. Aquí huele a algo dulce y calentito.
—Soy culpable. Compré unos bollos recién hechos en la panadería de la esquina cuando salí a correr.
—¿Has tenido tiempo de salir a correr? —preguntó ella arqueando una ceja con incredulidad.
—Ahora saco tiempo para hacer muchas cosas—le aseguró él.
Michael dejó a Brandon en el suelo y sirvió el café en dos vasos de plástico.
—En cambio, hay otras personas, y no quiero decir nombres, que no parecen haberse tomado tiempo para encargar mis muebles o llenar mi cocina. Lo único que he encontrado esta mañana al llegar han sido muestrarios de colores y retales de tela. Si seguimos así, no podré dejar nunca el hotel.
—Lo cierto es que he estado muy ocupada—aseguró Tara aceptando el café con una sonrisa—. Tengo una flota de proveedores preparada para descargar camiones y camiones de material... pero los tengo a todos esperando. No podía llegar y decorar este sitio sin que tú estuvieras aquí.
—Bueno, pues aquí me tienes. Y soy todo tuyo. Pero lo primero es lo primero: los bollos —aseguro Michael tranquilizándola con una mirada— Y luego... no puedo creer que esté diciendo esto.., luego hablaremos de decoración.
Aquello la hizo sonreír. Michael adoraba su sonrisa. Y dado que planeaba verla sonreír muchas veces, tomó el camino más largo.
No la presionó. No trató de persuadirla. Mientras tomaban el café, hablaron del tiempo y de los juegos de construcción de Brandon. Ambos rieron mientras el niño se ponía la cara perdida con la crema de los bollos y se manchaba la boca de leche.
En resumen: se comportaron como una familia unida,
«Podemos serlo», se dijo a sí mismo, «Esto es lo que podemos ser». Michael se sintió invadido por una nueva determinación mientras contemplaba a su mujer ya su hijo, y rogó para que se le concediera la paciencia y la sabiduría suficiente para dibujarse a sí mismo en aquel retrato con tinta indeleble.
—¿Estás seguro de que quieres pintarlo de azul?
Media hora más tarde, Tara estaba en medio de lo que seria el dormitorio de Michael. En la mano tenía una carta de colores. A sus pies, un muestrario de texturas para la pared y cientos de retales de telas. Y Michael la estaba mirando con aquellos ojos grises tan intensos y diciéndole que lo quería azul. Extraño, viniendo de un hombre que siempre había irradiado rojo. O tal vez era su propio subconsciente, que se había metido en la conversación, O los recuerdos de la noche anterior en su moto, a la orilla del lago, cuando él la había besado.
—¿Qué pasa? ¿Me estoy equivocando? ¿El azul no está bien? —preguntó Michael, en respuesta a la confusión que debía expresar el rostro de Tara.
Si él supiera... no estaba confusa. Estaba obsesionada. No podía dejar de pensar en él. En sus manos, su boca, su...
—No —respondió ella bruscamente, sacudiéndose mentalmente la imagen—. Azul está bien. Está fenomenal. Es solo que... no sé, supongo que me has sorprendido.
Aquel día, Michael llevaba puestos unos vaqueros desgastados y un jersey de color verde bosque que hacía juego con el gris de sus ojos.
—No sé por qué, pero tenga la impresión de que no estamos hablando solo de colores —aseguró él mirándola a los ojos.
—La elección de los colores dice a veces mucho sobre la gente —se explicó ella con timidez.
—¿De verdad? ¿Y qué dice el azul sobre mí?
Marcando con cuidado la página, Tara cerró el muestrario, decidida a centrar la conversación en la decoración. Algo difícil, teniendo en cuenta que sus pensamientos continuaban dirigiéndose a los besos que habían compartido en el parque.
—Vamos, me tienes intrigado —insistió Michael con una carcajada—. ¿Qué dice el azul de la persona que lo elige?
—Bueno, para empezar, que quiere estar relajada —aseguró ella tras dudar tinos instantes—. El azul refleja normalmente tranquilidad, paz, sentimientos asentados, y conformidad.
—¿Y no crees que el azul es reflejo de mi personalidad? —preguntó él con una sonrisa.
Tara se dio cuenta de que estaba encantado, y, lo que era peor, que le divertía verla a ella tan in cómoda.
Le resultaba difícil ver a Michael en términos de azul cuando el color rojo ocupaba toda su mente cada vez que lo miraba. Porque el simple hecho de que le pasara una taza de café, el roce accidental de sus dedos sobre los suyos le aceleraba el corazón y le debilitaba las rodillas. Porque no podía olvidar la imagen de su cabeza oscura inclinada sobre sus pechos bajo la luz de la luna.
—No dejo de repetirte que he cambiado, Tara. Pero, según tu experto punto de vista, ¿qué color ves cuando me miras?
Tara bajó la cabeza y se ocupó en ordenar las muestras.
—¿El negro? —aventuró Michael con tono divertido al ver que ella no respondía.
—Tal vez —respondió ella apartándose el cabello de la cara—. El negro es símbolo de disciplina, fuerza y autoridad
—Pero no es mi color principal, ¿verdad?
Tara se mojó los labios, consciente de que Michael se acercaba hacia ella, mirándola con una tierna intimidad que la hizo estremecerse.
—No. Yo no lo considero tu color.
—¿Cuál es el mío, entonces?
—El rojo —dijo finalmente mirándolo un instante a los ojos antes de apartar la vista.
Michael la tomó delicadamente del brazo, atrayéndola hacia sí hasta que no hubo entre ellos más que unos centímetros de distancia.
—pasa con el rojo, Tara? —preguntó con voz sensual mientras le acariciaba dulcemente el antebrazo con el dedo pulgar.
—El rojo... —comenzó a decir ella perdiéndose en sus ojos—, el rojo... tiene poder. Es estimulante. El rojo... el rojo simboliza la pasión
Manteniendo la mirada fija en la suya, Michael la hizo avanzar hacia la pared del dormitorio. Tara ofreció un mínimo de resistencia cuando sus poderosos muslos se apoyaron contra los suyos. Cuando la espalda de Tara se apoyó contra la pared, se quedó completamente inmóvil. Debería detenerlo. Debería apartarlo de sí. Pero en lugar de aquello aguantó la respiración, incapaz de resistirse a aquellos ojos del color del humo que la estaban devorando.
—Tú me das el poder —susurró depositándole un beso en la frente—. Tú me estimulas —continuó exhalando sobre el rostro de Tara su aliento fresco con aroma de café como si fuera una caricia—. Tú eres el símbolo de toda la pasión que necesito —concluyó inclinando la cabeza para besarla en la boca.
Y entonces, Tara fue incapaz de apartarse.
Michael deslizó la lengua sobre sus labios, solicitando, imponiendo, prometiendo un placer que a Tara le resultaba familiar y que estaba deseando sentir de nuevo.
Con un suspiro de rendición, abrió la boca y atrajo la lengua de Michael hacia su interior, saboreándola, consintiéndola, disfrutando del placer de tenerla allí. Y luego, sencillamente se fundió en el calor erótico de aquel beso.
Tara no fue consciente de haber levantado las manos y haberlas hundido en el cabello de Michael. No sentía nada que no fuera el vaivén sensual de su lengua, su cuerpo duro presionándola contra la pared.
Dulce, suave, y tan tiernamente que Tara sintió deseos de llorar de alegría, sus lenguas se fundieron en un abrazo mientras las caderas de Michael se hundían en ella, se separaban y volvían a hundirse, expresándole con sus movimientos cuánto la necesitaba, demostrándole cuánto la deseaba.
—Pa... má...
La voz de Brandon le llegó a Tara como desde la lejanía, aunque en realidad estaba a su lado, clavándole los deditos en la pierna.
—Parece que hay alguien que se siente excluido —dijo Michael con sonrisa indulgente tras una pausa, separándose lentamente de ella, con los ojos todavía encendidos de deseo.
La besó una vez más, levemente y con ternura, dejándola mareada. Luego se agachó y tomó a Brandon en brazos.
—¿Cuál es el problema, trasto? ¿Me estoy acercando demasiado a tu mamá?
—Má... —dijo el niño avanzando torpemente hacia su madre tras palmotearle la cara a Michael.
Tara se acercó hasta el niño y los tres se fundieron en un abrazo. Brandon sonrió con satisfacción, sintiéndose seguro en medio de aquel círculo.
Michael inclinó la cabeza sobre la frente de Tara, Ahora tenía en los ojos un brillo de alegría, paz y tranquilidad.
—Definitivamente, que sea azul —susurró.
Y ella se dejó llevar por la peligrosa sensación de sentir que había llegado a casa.
A regañadientes, Michael tuvo que reconocer que estaba claro que los años no lo habían hecho más sabio. La noche era fresca, y la luna estaba alta como un faro.
—O como un maldito foco —gruñó Michael entre dientes, estirando la mano para alcanzar la rama que tenía encima de él.
Cuando la tuvo bien sujeta, subió la pierna hacia uno de los nudos del árbol que crecía justo debajo de la ventana de Tara.
Estaba completamente fuera de sí. Aquello era lo que el amor provocaba en los hombres. Y también el deseo. Tara lo volvía loco. Durante los últimos días, habían pasado bastante tiempo jun tos, hablando, riéndose, y besándose. Dios mío, aquellos besos...
Pero ella seguía resistiéndose. Y Michael que ría más. Y esa noche, aunque muriera en el intento, iba a ir por ello. El plan de la moto había dado resultado, y ahora esperaba que otro paseo por el camino de los recuerdos sirviera también para sus propósitos.
Le había resultado demasiado fácil burlar la vigilancia de la mansión de los Connelly, al día siguiente tendría que tener una charla con Grant al respecto. Pero no recordaba que aquel árbol fuera un obstáculo tan grande.
Michael solió otro gruñido y de una zancada se subió algo más alto, calculó la distancia y se lanzó hacia la barandilla.
—Aún puedo hacerlo —susurró con satisfacción cuando se vio en el balcón de Tara.
Entonces, se quedó momentáneamente sin respiración cuando la vio a través de las vidrieras de las puertas que daban al balcón.
Ya no pensaba en los riesgos que había corrido pan ir a verla. Por ella, valía la pena arriesgarlo todo. Y nada podría impedir que acabara teniéndola, su cuerpo contra el suyo, piel con piel.
Michael avanzó hacia la puerta del balcón. Tal y como esperaba, estaba cerrada con pestillo. Sin apartar los ojos de aquel cuerpo suave y sensual que yacía dormido sobre la cama, rebuscó en el bolsillo delantero de su chaqueta y sacó un juego de ganzúas.
El día anterior, Ruby le había entregado una caja con sus objetos personales, que Tara había guardado tras su «muerte», dos años atrás. Ella no sabía que aquel juego estaba allí. Michael no se sentía muy orgulloso de haberlo utilizado en los años más desesperados de su juventud, y no solo para conseguir entrar en el dormitorio de Tara...
—Ella guardó esto para ti —le había dicho Ruby entregándole la caja cuando Michael fue a buscar a Brandon para llevarlo al parque—. Me hace muy feliz entregártelo personalmente.
Y en aquel momento, nada lo hacía más feliz a él que comprobar que nadie había cambiado las cerraduras de la puerta del balcón.
Con un solo movimiento, quedaron desbloqueadas. Muy suavemente, giró el picaporte con sus manos enguantadas y lo empujó.
La puerta se quejó suavemente y él se detuvo, lanzando una mirada hacia la cama. Cuando comprobó que, tras girarse hacia un lado y estirarse, Tara seguía dormida, entró.
Y se quedó allí de pie, lleno de reservas, retorciéndose las manos con incertidumbre.
Tal vez aquello no era tan buena idea, después de todo. Tal vez ella no lo viera como una romántica reminiscencia de su juventud, sino como lo que realmente era: la imagen de un hombre desesperado que se colaba en su dormitorio con toda la intención de devorarla.
Tara se estiró de nuevo, apoyando sus piernas delgadas sobre las sábanas. Levantó un brazo por encima de la cabeza y se colocó boca arriba.
Michael permanecía a los pies de su cama, completamente inmóvil a excepción del acelerado latido de su corazón. Y entonces, ella abrió los ojos.
Y él contuvo la respiración.
Tara parpadeó una vez mirando al techo, y luego se sentó en la cama y lo miró directamente a los ojos.
Lo primero que Michael vio en ellos fue sor presa: Se llevó de inmediato la sábana hacia el pecho. Luego lo reconoció. Estiró el brazo y encendió la luz de la mesilla de noche.
—Michael...
Dijo su nombre en un susurro, más preguntando que acusando mientras lo observaba a través de la débil luz.
—¿Cómo has... —comenzó a decir antes de detenerse para mirar hacia la puerta del balcón, que seguía abierta—. No me digas que...
—Pues sí, Tara, me temo que sí. Mira, esto ha sido una mala idea —dijo atropelladamente—. Creo que me he vuelto loco. Me pareció... no sé, romántico, supongo. Como en los viejos tiempos, tal vez.
Michael se pasó la mano por la mandíbula y sacudió la cabeza, tratando de no pensar en cómo se le marcaban a Tara los pezones bajo la seda del camisón.
Ella lo estaba mirando como si fuera la primera vez que lo veía, o como si no quisiera volver a verlo nunca más. Michael no estaba muy seguro de cuál de las dos opciones era la correcta. No estaba seguro de nada, solo de que tenía que salir de allí antes de seguir metiendo la pata hasta el fondo.
—Lo siento —dijo uniendo las manos en gesto de súplica—. Vuélvete a dormir. Yo me marcho.
Se dio la vuelta para salir, pero la dulce voz de Tara lo detuvo.
—Michael.
El no se dio la vuelta. No podía darse la vuelta.
—Ha sido muy romántico. Es muy romántico—susurró ella.
Entonces él se giró y la miró con asombro mientras Tara se echaba de nuevo sobre la cama y abría los brazos para él.
—No te vayas.
Michael no fue consciente de que había dejado de respirar. No se había dado cuenta de que necesitaba tomar aire del mismo modo que necesitaba tomarla a ella.
—¿Estás segura? —preguntó aspirando con fuerza.
—No estoy segura de nada —respondió ella con los ojos muy abiertos y una mirada salvaje y algo desesperada mientras él se sentaba a su lado en la cama.
—¿Por qué tenemos que estar seguros, Michael? ¿No podemos actuar sin pensar, dejarnos llevar sin sentirnos culpables?
—Tara, necesito estar contigo más de lo que necesito el aire. Pero no quiero que después te arrepientas. No quiero que...
—Y yo no quiero que analicemos la situación hasta que ambos nos quedemos paralizados por la indecisión —lo interrumpió ella con un punto de impaciencia mezclado con desesperación.
Tara se sentó sobre la cama y cerró los ojos, como si tratara de asentar sus pensamientos.
—Tú has venido aquí siguiendo un impulso. Déjame que yo siga el mío. Dejemos que esto sea un sueño, Michael. No puedes... no tienes ni idea de las veces que he soñado contigo.
Tara le agarró la mano, y le quitó muy lenta mente el guante. Luego le besó la palma y se la llevó al pecho.
—Por favor —susurró ella con lágrimas en las ojos—. Sé mi sueño esta noche.
—No quiero ser tu sueño. Quiero ser tu realidad —murmuró él mientras se sacaba el otro guante y le tomaba la cara entre las manos—. Mírame. Mírame y dime que sabes que esto no es un sueño.
—Esto no es un sueño —susurró ella cubriéndole las manos con las suyas—. Eres real. Dios mío, eres real...
Michael le interrumpió el sollozo colocando los labios sobre los suyos, con pasión y fuerza, con deseo. No podía contenerse. Llevaba mucho tiempo deseándola, hacía una eternidad que la necesitaba.
Y cuando ella lo correspondió con el hambre de una tigresa, Michael la echó suavemente sobre la cama.
Tara le agarró la camisa y se la sacó por la cabeza hasta que el quedo vestido únicamente con un leve velo de transpiración.
Entonces se tumbó a su lado y se dejó llevar por la pasión de Tara, rindiéndose a su propio deseo. Se sintió arrastrado por la fuerza de su anhelo, pero trató de recuperar el sentido.
—Despacio —consiguió decir mientras respiraba con agitación y se obligaba a si mismo a tranquilizarse— Despacio —repitió colocándole la espalda con suavidad contra la cama.
Michael le sujetó ambas manos por encima de la cabeza con una mano y se sentó a su lado. Con la otra, le apartó el cabello de la cara y trató de recuperar el aliento.
—Tenemos que tomárnoslo con calma, nena. Tranquilizarnos, o acabaremos haciéndonos daño.
Tara asintió, temblando con la cabeza sobre la almohada. Su respiración estaba tan agitada como la suya, y su corazón latía igual de rápido.
—Es que... es que, Michael, te deseo tanto...
—Lo sé. Lo sé.
Él tomó aliento de nuevo, contemplando el subir y bajar de los pechos de Tara.
—¿Te puedo soltar ya?
Ella asintió, su cabello de seda desparramado sobre la almohada. Lentamente, Tara levantó una mano para acariciarle el pecho, se incorporó poco a poco sobre los codos y se inclinó hacia él. Michael seguía sentado y todavía inmóvil cuando ella comenzó a recorrerle el hombro con la lengua.
—Tara... —susurró él cuando ella le lamió la piel.
—Déjame —respondió Tara mientras trazaba un sensual sendero con la boca, acariciando su piel con los labios. Le recorrió así todo el cuello y fue descendiendo lentamente, hasta que comenzó a juguetear con la lengua en su pezón.
Michael gimió y le echó la cabeza hacia atrás para mirarla a la cara, iluminada por el brillo del poder que tenía sobre él, exultante ante la necesidad de dar y recibir placer. Solo ella sabía cómo volverlo loco. Solo ella sabía cómo complacerlo.
—Quiero que te quites esto —ordenó Michael mientras con mano temblorosa le deslizaba el ti rante del camisón por el hombro.
Tumbándose sobre la almohada, Tara se bajó el otro tirante y lo ayudó a deslizar el camisón por las caderas.
—Eres preciosa —aseguró Michael colocándose a su lado sobre la cama y acariciándole un muslo—. Preciosa.
No podía dejar de mirarla, no podía dejar de tocarla.
—Es mi turno —susurró con un tono de deseo mientras volvía a besarla de nuevo, esta vez muy dulcemente, controlando su pasión, sustituyendo el arrebato por besos tiernos y delicados que le recorrieron el cuello. Con voluptuosa paciencia, beso la redondez de sus hombros, y luego le levantó el brazo para hundirse en aquella piel de seda.
Nunca tenia suficiente de sus pechos. No le bastaba con acariciarlos moldearlos con las manos o con la boca. No se imaginaba cómo había podido vivir tanto tiempo sin aquella suavidad, sin su sensualidad.
Michael bajó la cabeza y hundió la punta de la nariz en aquella preciosa aureola rosa, lamiéndola con la lengua hasta que la oyó gemir.
Había muchas más cosas. Muchas más cosas que había echado de menos. Muchas más cosa que podría hacerle y que la harían temblar de pasión. Sabía lo que le gustaba, y era el momento de dárselo. Tara estaba entregada y confiada a él. Michael siguió bajando la cabeza hasta llegar a la altura de su vientre, deslizando los labios en el relieve de su cadera hasta que se premió hundiéndose en la esencia que la hacía ser Tara.
Ella gritó cuando Michael le acarició las caderas con la boca, y se agarró a las sábanas casi con desesperación cuando él le separó las partes más íntimas de su feminidad con la lengua. Y gritó su nombre cuando entró hasta el fondo y le hizo lentamente el amor con la boca.
Ella no era la única que había soñado. Michael había soñado con aquello, lo había desea do como a nada, habría matado por escuchar sus suspiros, sentir su calor, experimentar sus mis mas sensaciones cuando ella se encogía y se estiraba al llegar al éxtasis, temblando de placer. Por él. Solo por él.
Michael levantó la cabeza, la besó con pasión dentro de los muslos y la miró a los ojos para ser testigo del brillo que desprendía tras el shock del placer que él le había regalado.
—Te amo —susurró él cuando ella alcanzó el clímax.
Michael se colocó entre sus piernas, y reprimió un gemido cuando la punta de su sexo se acercó hasta aquel lugar en el que ella estaba húmeda para él, preparada para él.
—Te amo —repitió mientras se deslizaba en el interior de su calor.
Con los brazos alrededor de su espalda y las piernas enredadas en torno a su cintura, Tara lo atrajo hacia lo más profundo de sí misma , guiándolo hacia aquel lugar en el que no existía nada más que él y ella y la maravillosa e increíble sensación de perderse el uno dentro del otro una vez más.