Capítulo 6

Tara sacudió la cabeza y trató de tranquilizar a Michael.

En un principio papá estaba muy preocupado y aumentó las medidas de seguridad en torno al edificio de la Corporación Connelly y a la casa familiar. Pero han pasado ya varios meses y no ha ocurrido nada.

¿Pero? —preguntó Michael, alertado por la incertidumbre de su tono de voz.

Pero al parecer es evidente que la situación no se limita al sistema político de Altaria —reconoció Tan exhalando un suspiro—. Las últimas investigaciones apuntan a que existe una relación con el crimen organizado de Chicago. Y por eso está involucrado el Departamento de Policía de aquí.

¿Crimen organizado? —preguntó Michael acentuando la expresión grave de su rostro.

Sí, pero eso no es lo peor —aseguró Tara.

Estaba llegando a la parte que más detestaba de toda aquella historia.

Ninguno de nosotros quería creerlo, pero hay pruebas que apuntan a que el tío Marc podría estar implicado.

¿En qué sentido? —preguntó Michael sin poder creer lo que escuchaba.

Parece que el tío ocultó durante años que tenía un problema con el juego —aseguró Tara tras dudar unos instantes si contarle aquella parte—. Murió dejando una gran deuda. Poco después de su muerte, mi prima Catherine encontró un e—mail que su padre había recibido de alguien apodado «El Duque». En él se le decía que podría olvidarse de sus deudas siempre y cuando se asegurara de que nadie interfiriera. En qué, no lo sabemos. Pero resulta que este tal Duque es conocido por las autoridades internacionales como un mediador entre los aristócratas y el crimen organizado.

O sea, que si un grupo de criminales quisiera que alguien hiciera la vista gorda con alguna ley y estuviera dispuesto a pagar por ello, un príncipe con problemas de juego sería su hombre perfecto... —razonó Michael.

Eso parece —contestó Tara asintiendo con la cabeza—. Y por si eso fuera poco, la madre de Seth, Angie Donahue, apareció en escena hace un par de meses. Y eso está matando a Seth. Está muy callado desde que ella regresó. No quiere hablar con nadie de ella. Para él es muy duro: después de todo, es su madre, y hace veinte años, cuando él tenía solo doce, se lo dejó a papá y mamá como si fuera una maleta, y luego se olvidó de recogerlo. Hasta ahora. Su reaparición parece relacionada con todo lo que está pasando últimamente. Todo es un lío. Y ya para colmo—añadió con tristeza—, todo el sistema informático de la Corporación Connelly se vino abajo hace un par de meses sin razón aparente. Ya está arreglado, pero papá ha estado más tenso última mente que un controlador aéreo, e incluso Charlotte... ¿te acuerdas de ella, la asistente de papá?

Michael asintió con la cabeza.

Pues incluso Charlotte, siempre tan eficaz y tan segura de sí misma, lleva varios meses comportándose de manera muy extraña.

Parece que tiene motivos —aseguró él mirándola a los ojos con determinación—. Parece que todo el mundo tiene motivos. Y yo también los tengo para estar lo más cerca posible de Brandon y de ti.

Tara no dijo nada, pero Michael vio cómo una sombra cruzaba su rostro, y notó también cómo se le ponían rígidos los hombros. No se sentía cómoda con aquella afirmación. Así estaba bien, los igualaba a ambos, porque él también se había ido sintiendo cada vez más incómodo mientras Tara lo ponía al día sobre su abuelo, su tío, y su hermano Daniel.

Así que Daniel es rey... —dijo en voz alta—. Es pera un momento: eso os convierte a ti y a tus hermanos y hermanas en príncipes y princesas, ¿no?

Técnicamente sí —respondió ella encogiéndose de hombros mientras rebuscaba en la cesta del picnic—. Pero ninguno de nosotros tiene intención de reclamar el título —aseguró sentándose en el suelo enfrente de él.

Durante un instante no hubo ninguna conversación entre ellos, fuera de la establecida con Brandon para convencerlo de que debía comer algo de pollo y terminar la leche si quería conseguir una galleta. Estaba claro que toda aquella historia entristecía a Tara, y Michael no quería incomodarla aún más tratando de sacarle más in formación, información que tal vez ella no tu viera. Pero seguro que Grant sí, así que en cuanto pudiera arreglarlo, tendría una larga conversación con su suegro. Necesitaba saber los riesgos reales que corría Tara, y asegurarse de que no estaba en peligro.

Michael desvió intencionadamente la conversación muy lejos del crimen organizado y los asesinatos sin resolver. El diálogo se encauzó hacia el estado de salud de los padres de Tara, las edades de los hijos de sus hermanos y las preferencias de Brandon en materia de juguetes, comida y cuentos.

Michael se dio cuenta de que ella también es cogía cuidadosamente los temas de conversación, evitando en todo momento hacer referencia directa al tiempo que él había estado en Ecuador, y a cuáles eran sus planes ahora que había regresado a Chicago. Cuando Brandon se quedó dormido sobre el regazo de su madre, Michael decidió abrir una puerta imaginaria para ver si Tara daba un paso adelante para entrar.

Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó mientras recogía los restos del almuerzo—. Me refiero conmigo —aclaró al ver que ella lo miraba con el ceño fruncido—. Has tenido menos de veinticuatro horas para procesar el hecho de que estoy vivo, de que estoy aquí. Tienes que estar haciéndote muchas preguntas, y estoy dispuesto a darte todas las respuestas.

La pelota estaba en el tejado de Tara. Michael esperó. Esperó hasta que estuvo seguro de que ella había decidido mantener las distancias negándose a satisfacer lo que tenía que ser una curiosidad tremenda. Esperó hasta que fue capaz de controlar la necesidad que él mismo sentía de acortar aquella distancia, tanto emocional como física que se había instalado entre ellos.

Quería sentir de nuevo a su mujer. Quería notar las sensaciones que recordaba tan vivamente, posar las manos sobre su piel desnuda, los labios sobre sus pechos, su cuerpo dentro del de ella..., se moría de deseo. Y lo único que le impedía lanzarse a tomar lo que sabía que ella le daría con un poco de insistencia era su hijo. Su hijo, que dormía como un ángel, sin saber que su futuro como familia dependía de la habilidad de su padre para mantenerse frío, para tomárselo con calma, para hacer todo lo que estuviera en su mano para no asustar a aquella mujer que ambos querían más que a su propia vida.

Así que esperó. No insistió, no la presionó, no la atrajo hacia sí. Esperó hasta que ella final mente exhaló un profundo suspiro y recogió el guante que él le había lanzado.

Tras reponerte de tus heridas... ¿por qué no trataste de averiguar quién eras, Michael? Seguro que esa familia ¿cómo se llamaban?

Los Santiago —le recordó él.

Eso, los Santiago. Ellos podrían haberte ayudado.

Michael no esperaba que Tara comenzara por allí. Aquella era la pregunta más difícil de responder, por muchas razones. Pero al menos había preguntado, y Michael decidió ser totalmente sincero.

No estoy muy seguro —admitió—. Sería una prioridad, ¿no? Un hombre despierta sin tener recuerdos, en un sitio desconocido y rodeado de extraños, y parece que lo normal sería que quisiera saber algo de sí mismo, de dónde viene, quién es y qué ha dejado detrás...

Así es —contestó Tara—. Eso sería lo normal.

Me gustaría tener una buena respuesta —continuó Michael apartando la cesta y sentándose frente a ella con las piernas cruzadas—. Pero la que tengo seguramente no te va a gustar.

No creo que lo que a mí me guste tenga algo que ver en esto —aseguró ella con tristeza.

Luchando contra la rabia que aquel comentario despertó en él, Michael se puso en pie y se acercó hasta el ventanal, mirando al infinito para disimular su frustración.

Creo que la razón por la que no traté de saber mi identidad era porque de alguna manera yo sabía que no me iba a gustar lo que averiguara—comenzó a decir midiendo las palabras—. Cuando finalmente recobré la memoria, lo hice por etapas. Primero recordé la primera vez que nos conocimos, la primera vez que hicimos el amor...

Michael se giró muy despacio para observar la reacción de Tara. Ella tragó saliva y se negó a mirarlo a los ojos.

Después de recordar todo lo bueno, empecé a acordarme de lo malo —continuó mirando de nuevo hacia el lago—. Como la última vez que te vi en el aeropuerto, cuando me pediste el divorcio. Creo que mi subconsciente se había quedado enganchado a aquel recuerdo y no quería enfrentarse a él. No quería averiguar quién era yo porque no quería afrontar que te iba a perder.

Michael... —dijo Tara.

Solo pronunció su nombre, solo eso, pero aquella sola palabra encerraba un mundo de emociones, en el que se incluía la pena y la firme intención de hacerle ver que habían terminado. Que habían terminado para siempre.

Pero él también estaba decidido, decidido a no perderla. Aun así, Emma tenía razón. Si la presionaba en aquel momento, obtendría la respuesta que no quería escuchar, y tal vez Tara no volvería a estar abierta a ninguna alternativa. Tendría que esperar, y, mientras tanto, al menos estaba allí. Tan a la defensiva como un ratón en una habitación llena de gatos, pero allí estaba.

Te gustarían los Santiago —dijo entonces, cambiando de tema para darles a ambos un respiro en la intensidad de sus emociones—. Y Ecuador te encantaría. Es un país maravilloso, especialmente en esta época del año.

Michael volvió a sentarse frente a ella, y apoyando los codos sobre las rodillas comenzó a hablarle de sus montañas, de sus playas cristalinas, de sus exóticos bosques y sus pueblos y ciudades, llenos de color. Pero sobre todo, le habló de Vicente y María Santiago.

Las tierras de Vicente pertenecieron a su padre, y antes al padre de este. Son ricas en madera, irónicamente el tipo de madera que me habían enviado a buscar para fabricar nuevos diseños.

En el momento en que había viajado a Ecuador, Michael era vicepresidente de una pequeña empresa de muebles de diseño en la que había comenzado a trabajar como chico de los recados cuando tenía quince años.

Vicente ya se dedicaba a vender madera a compradores locales cuando yo aparecí en escena, y estaba buscando una oportunidad para abrirse a nuevos mercados, aunque no sabía cómo hacerlo.

Michael siguió hablando mientras Tara se movía con suavidad para colocar a Brandon más cómodamente en su regazo.

Es extraño, porque no sabía ni cómo me llamaba pero recordaba todo lo que había aprendido sobre madera, sobre texturas, flexibilidad... y lo más importante, sobre el mercado europeo, que reclamaba maderas especiales como las que crecían en abundancia en las tierras de Vicente. Así que pusimos en marcha una página Web, y de la noche a la mañana nos con vertimos en uno de los grandes en el mercado de madera exótica.

¿Nos convertimos? —preguntó Tara mientras acariciaba suavemente el cabello de Brandon, que seguía profundamente dormido.

Ahora soy socio de la empresa —respondió Michael con una sonrisa—. Fue idea de Vicente y María. Al principio me negué, pero ellos insistieron en que mi intervención había transformado su pequeño negocio en una empresa multimillonaria en un tiempo récord.

Entonces —comenzó a decir ella muy despacio, como si le costara conciliar los pensamientos con las palabras—, me estás diciendo que eres rico.

Se podría decir que el dinero ya no me supone un problema —respondió él encogiéndose de hombros.

Y dejaste todo aquello atrás: el negocio, los Santiago y un país que al parecer te encanta, todo para volver a Chicago...

Regresé para retomar mi vida. Una vida que no había terminado —aseguró girándose para alcanzar la botella de vino.

Mientras Michael rellenaba de nuevo ambos vasos, Tara parecía dudar en pronunciar una respuesta, una respuesta que no dejara lugar a dudas que la vida que habían compartido había te minado. Michael se dio cuenta, así que, con el vaso entre los dedos, cruzó las piernas, echó los talones para atrás y la miró fijamente a la cara.

Tengo pensado regresar a Ecuador con cierta frecuencia, No solo para visitar a los Santiago, que son muy especiales para mí, sino también para supervisar los aspectos de la empresa que no pueda manejar desde aquí. Pero lo más importante de mi vida está en Chicago. Tú estás aquí, y Brandon también. Tara, no te pido que me digas que estás dispuesta a recomenzar tu vida conmigo —añadió suavizando el tono de voz—. Solo te pido que dejes un mínimo resquicio abierto a la posibilidad. Se lo debes, no a mí, ni a Brandon, sino a ti misma.

Era aquella pequeñísima posibilidad la que le dio fuerzas a Michael para seguir adelante cuando, pocos minutos después, Tara le pidió que los llevara a Brandon y a ella de vuelta a casa.